martes, septiembre 29, 2009

william hazlitt / el placer de odiar

Para ampliar, pulsad en la imagen.


Solemos asociar el romanticismo inglés a la brillante constelación de poetas que, en dos oleadas casi sucesivas, modificó sin apelación el rumbo de la literatura inglesa, fundando otra sensibilidad, otro lenguaje, otro juego de valores y expectativas. Un recuerdo, además, que unifica y simplifica más allá de lo aconsejable, pues no fueron pocas las tensiones, recelos y hasta críticas feroces entre los autores pioneros de Baladas líricas y la generación de Byron, Shelley y Keats. La larga y apacible vejez de Wordsworth y Coleridge, refugiados en un conservadurismo temeroso y contrito después de haber probado brevemente las mieles revolucionarias, parece la cruz o el negativo de la existencia juvenil y fulgurante de aquellos tres poetas que encarnan a la perfección, con sus obras pero también con sus actos, el vitalismo desesperado, la sed de trascendencia y absolutos (sean políticos, espirituales o estéticos) del romanticismo.

Sin embargo, estos poetas no estuvieron solos, no trabajaron en tierra hostil o indiferente, sino que formaron parte de un amplio movimiento intelectual que halló cauce a sus inquietudes en multitud de revistas, periódicos y salas de conferencias. El romanticismo inglés fue algo más que un movimiento poético; incluyó también a no pocos ensayistas que se sirvieron del ansia de cultura y mejora personal de una incipiente burguesía urbana para expresar la nueva sensibilidad: no sólo Thomas de Quincey y Charles Lamb, tal vez los más conocidos entre nosotros por la relectura y vindicación borgesianas, sino también Coleridge, el radical (y gran amigo y colaborador de Shelley) Leigh Hunt y, sobre todo, William Hazlitt. Ellos fueron los que familiarizaron a sus lectores con la nueva estética, incorporando a su prosa los hallazgos de una poesía marcada por el subjetivismo, la pasión unificadora y trascendente de la imaginación, la mirada de un yo egotista que se busca y afirma en el análisis de la experiencia personal. Aprovecharon la emergencia de una nueva industria editorial para refundar el lenguaje del periodismo y establecer el modelo de ensayo literario vigente al menos hasta mediados del siglo pasado, un modelo que ha tocado de un modo u otro a los mejores prosistas ingleses de Ruskin a Lytton Strachey, de Leslie Stephen a John Middleton Murry. De todos ellos, Thomas de Quincey (gracias al resplandor alucinado de sus Confesiones de un comedor de opio) es quien, vía Baudelaire, más plena y asiduamente ha llegado hasta nosotros. Pero acaso el más moderno de todos, quien, en mayor medida aun que de Quincey, encarna hasta la médula la nueva sensibilidad romántica y nos habla con la voz –urgente, inmediata, feroz– de un contemporáneo, es William Hazlitt. […]


Así comienza el epílogo que he escrito para acompañar la publicación en la Editorial Nortesur de este breve y hermoso libro, El placer de odiar, estupendamente traducido por Maria Faidella, que reúne cuatro ensayos del gran escritor romántico inglés William Hazlitt (1778-1830) y que empezará a verse en librerías este mismo mes de octubre. Un pequeño volumen que aparece en Mínima, la misma colección, por cierto, en la que se incluye La literatura como bluff de Julien Gracq, de inexcusable lectura para todos los que seguimos con cierta atención (y no poco desánimo y desconcierto) nuestro mundo literario. No es fácil traducir ni publicar a Hazlitt, dueño de una prosa feroz y acerada, dividido entre el impulso satírico y el afán regenerador, pero Maria Faidella y los buenos amigos de Nortesur han hecho un trabajo modélico y el resultado no podía ser más atractivo: casi cien páginas del mejor ensayismo inglés a las que se añaden, para más información, una cronología y una bibliografía de su autor. Una pequeña joya.
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lunes, septiembre 28, 2009

en el parque 10

Suena el primer trueno, un bramido potente, como venido de muy atrás, y un segundo más tarde el aire se opaca y una ráfaga de viento barre las hojas con su largo brazo invisible. La tarde gira de pronto sobre sí misma para ser su sombra. Un tiempo en germen, un paréntesis abierto. Y aquí seguimos, inquietos, a la espera, como si sólo las primeras gotas, el fardo pesado y lento del aguacero, fueran capaces de completarnos.

domingo, septiembre 27, 2009

en el parque 9

Recuperar de nuevo esa terquedad, el no querer marcharse de los niños mientras la noche avanza. Insistir en el juego, las carreras a ciegas sobre el tablero en sombra de la hierba. Fidelidad, qué alientas. Árboles empastados, el silencio que poco a poco va cayendo igual que una campana de cristal. Brillos de bicicletas, el ascua de un cigarro en los dedos del padre, un barrunto de frío en la verja impasible. Que no haya más verdad que este momento. Que bajo el mismo cielo farolas mortecinas nos cuiden de regreso a casa: voces, hoyuelos negros, la tierra y su calor de terciopelo.

viernes, septiembre 25, 2009

littera libros / 4 años

Littera Libros, la modesta editorial que conducen desde Extremadura José María Cumbreño y Antonio Reseco, cumple cuatro espléndidos años. Para celebrarlo, han inaugurado bitácora. En ella podréis leer las respuestas de los autores de la casa al cuestionario que nos remitieron hace unas semanas y que aprovechamos, cómo no, para colar algún inédito. La verdad, yo siempre les estaré agradecido por acoger con generosidad y entusiasmo mi diario del 98, La vibración del hielo, uno de esos libros que contienen lo más íntimo y depurado de la escritura de uno y que sin embargo suelen dormir largos años en un cajón del escritorio. Años que se me vuelven palpables, de repente, cuando comparo el rostro de la foto que ilustra mis respuestas con el que estos días me mira desde el espejo.

jueves, septiembre 24, 2009

peter redgrove en falmouth

No suelo colgar dos traducciones seguidas en esta bitácora, pero esta vez haré una excepción. Hace días que pienso con insistencia en Peter Redgrove (1932-2003), y en lo necesario que sería editar una amplia antología de su trabajo (la pequeña muestra que ofrecí en un hermoso catálogo de la galería Luis Burgos no basta, es sólo un pequeño aperitivo, el vértice de un iceberg cuyas dimensiones exactas resultan muy difíciles de calibrar, incluso para los críticos británicos). Redgrove es casi un arquetipo de gran poeta irregular, capaz de lo mejor y de algunas caídas disculpables y hasta coherentes con su ideario: su fe en la creación, en la vida como un ejercicio constante de la fuerza imaginativa, le hicieron escribir y publicar en exceso, pero ese mismo exceso es parte de su encanto, algo que lo explica y lo singulariza.

Hablar de Redgrove me lleva al pasado. Durante dos años, del 93 al 95, bajé regularmente al sótano de la biblioteca de la Universidad de Sheffield, un lugar no en vano llamado The Cage, para trabajar con los papeles de su archivo: borradores de poemas y novelas, cartas, primeras ediciones de sus libros… Mi tesina debía estudiar su método compositivo y llegué a consultar borradores escritos veinte años atrás. Todo un viaje en el tiempo. De vez en cuando, para combatir el tedio, desoía las prohibiciones legales y abría las carpetas de la correspondencia: recuerdo, por ejemplo, un fajo de cartas de Ted Hughes de mediados de los años setenta que leí con una mezcla de aprensión, entusiasmo y curiosidad malsana, como quien se cuela en una conversación ajena.

Para entender su curioso método de composición, del que dio cumplida descripción en un artículo, «Redgrove’s Incubator», no me resisto a citar dos párrafos de un viejo ensayo, «El baile del poeta» (incluido en Curvas de nivel), que dejan claro hasta qué punto vivía en una atmósfera saturada de creatividad, de un afán constante y perdurable por transfigurar la realidad cotidiana. Son un poco largos, pero con ellos todo queda más claro:

«El principio básico [de Redgrove] es que el proceso creativo consta de diversas etapas. A cada etapa corresponde un cuaderno diferente: uno primero, llamado Diario, en el que anota todo tipo de estímulos: imágenes, citas, ideas, sueños; a este cuaderno le sigue otro llamado Imaginario, al que van a parar ‘las imágenes más musculosas, las metáforas más voraces, los extraños ciempiés del pensamiento’. Una vez incubado, este material se organiza en un tercer cuaderno. Aquí la tarea es doble: en la página izquierda aparece un primer borrador en prosa; en la página derecha, el borrador incorpora la partición del verso. Cuadernos posteriores exhiben borradores cada vez más trabajados, que un buen día desembocan en lo que Redgrove, a regañadientes, llama ‘versión final’.

Lo más curioso de esta técnica compositiva es que el autor dedica una o dos horas al día a cada uno de estos cuadernos: diario, imaginario y borradores pasan por sus manos en un proceso que abarca el trabajo de lustros. Aclaro enseguida este punto: Redgrove deja pasar meses e incluso años entre diferentes borradores de un mismo poema. Así, incorpora a su diario las imágenes e ideas del día; abre luego el imaginario por páginas de un año de antigüedad; corrige un borrador en prosa escrito dos años antes, y el primer borrador en verso de otro poema aun más antiguo. Y así sucesivamente. De este modo, pueden pasar de cinco a diez años hasta que un poema adquiere forma final, y en cada instante el escritor puede tener en sus ficheros centenares de textos inconclusos. Obviamente, no todos los borradores desembocan en un poema ni todas las versiones finales terminan viendo la luz, pero el porcentaje de logros es lo bastante amplio como para dar trabajo simultáneo a varias imprentas.»


Redgrove vino dos o tres veces por Sheffield a leer poemas y aproveché aquellos encuentros para charlar con él y tratar de conocerlo. No pude sacar mucho en claro porque vivía tan absorto en su mundo, en su peculiar rutina, que era casi imposible transitar una zona media en la conversación: o se hablaba de lo que a él le interesaba, y en sus términos, o no había mucho que hacer. Recuerdo sus cejas, eso sí, con un curioso bucle o rizo hacia arriba, como acentos circunflejos, y sus ojos vivaces de inglés excéntrico. Vivía muy retirado con su mujer, la también poeta Penelope Shuttle, en Falmouth, uno de los pueblos más hermosos de la costa sur de Cornualles, lugar favorecido por toda clase de pintores, donde daba clases de escritura creativa en el College of Arts, y a Falmouth dedicó multitud de poemas en los que aparecía como un pueblo poseído por una extraña energía, un lugar mágico que acogía o suscitaba constantes metamorfosis. Uno de esos poemas es este «Zona de terremotos», en el que coexisten diferentes realidades imaginativas, diferentes versiones del mismo pueblo, y que fue una de las primeras piezas de Redgrove que me atreví a traducir. No sé si es un gran poema, pero le tengo mucho cariño y es un retrato bastante fiel de la relación que él mismo tenía con su entorno, esa capacidad para otorgar rango fabuloso a las circunstancias más cotidianas y prosaicas.



Zona de terremotos

Nuestro hogar es zona de terremotos,
ciudad de columnas partidas y avalanchas colgantes.

Al ojo del visitante todo es paz:
las pequeñas cabañas de piedra, los estuarios
siempre alisados por el viento, pero ¿y la realidad?

Grandes piedras caen del cielo y rebotan
varias veces al día, grandes como palacios
o largas como avenidas.

¿De dónde vienen estos cuerpos caídos?

Ahora observo la luna llena:
qué tranquila y hermosa en su navegación;
luego, su negro equivalente se echa sobre nosotros
y aterriza en algún antiguo cráter…

Pero ¡mirad!, la luna aún cabalga
serena como una postal;
y otra vez su pesado espectro cae.

El golpe de la luna resuena por los montes.

De vez en cuando, e
n noches claras,
otra aparición nos visita,

una ciudad de muros y torres
y cisternas de agua luminosa
toma tierra y se acopla a nuestras calles,

y vagamos por esta ciudad suplementaria

explorando una versión astral del hogar
que estrena galerías en nuestras escaleras cotidianas,
halla un salón del trono en el silencio

[de cada invernadero.


Trad. J. D.




martes, septiembre 22, 2009

tomlinson / sobre manhattan


Vuelvo a Charles Tomlinson, una vez más. Un viejo poema de Notes from New York and Other Poems (1984) que he vuelto a releer aprovechando la publicación de su Poesía completa. Ando estos días preparando una antología de textos sobre Nueva York para un amigo y me he tomado la libertad de abrirla con estos versos que, por razones obvias, no puedo dejar de asociar con las famosas fotos que Charles Ebbets tomó en los andamios de un rascacielos en construcción allá por el año 1932: la de los trabajadores dando cuenta de su almuerzo sobre una viga es muy célebre; menos conocida es la segunda, donde aparece el propio Ebbets en plena acción.

El texto es un ejemplo de la maestría constructiva, por así decirlo, de Tomlinson: cómo despliega y desplaza la idea gracias al hábil empleo del encabalgamiento, la combinación de versos largos y cortos, la ambigüedad medida de la sintaxis. En realidad, es como si la voz hablara apoyándose en esas mismas vigas de las que habla, como si caminara con infinita precaución sobre la estructura incipiente del poema. Un poema espigado y elegante como un rascacielos, aunque también, sin duda, mucho más habitable.



Sobre Manhattan

Allá arriba en el aire
entre los iroqueses: no:
no nacen
hechos a las alturas:
su paseo entre vigas
es un aprendizaje, al fin
algo aprendido
tan seguro como el instinto:
a sus pies
pueden mirar, impresa,
la gaceta de la ciudad
con un solo rasguño donde tres
columnas, allí levantadas,
muestran que el Parque es obra humana:
envuelto y acunado por
las distancias de catenaria
de puente sobre puente
este lugar es tan real
como si fuera imaginario: pero
desde donde se encuentran
hay que leer con atención:
pues poner
un pie en mal sito
es echar
más que un vistazo
y aunque
esta proximidad y esa distancia
no invitan a bailar, un baile
es lo que aguarda a nuestra mente
sobre Manhattan



Trad. J.D.

lunes, septiembre 21, 2009

cul-de-sac

Cada uno de los pasos que ha dado es perfectamente razonable, un modelo de equilibro y buen olfato. ¿Qué hace, pues, delante de este muro ciego, este callejón sin salida donde hasta el más ligero soplo despierta un eco atronador?

domingo, septiembre 20, 2009

el visitante


Avanzó entre las tumbas del viejo camposanto
buscando una inscripción, un nombre familiar.
El sol brillaba ecuánime sobre cruces y lápidas
perfilando las muescas funerarias
con su buril de sombra.
Oyó voces lejanas, un coche que arrancaba,
pero evitó volverse. Mejor pisar la hierba,
caminar junto al muro tachonado de musgo
entre mosquitos perezosos
y allí, como quien cumple una vieja promesa,
arrodillarse lentamente
y limpiar con las manos la piedra de otro tiempo,
la firma irrevocable que justifica un viaje:
su propio nombre.
                 

viernes, septiembre 18, 2009

4+3

                 
Está uncido a sus hijos y le es imposible detenerse, tomar aliento, no mirar otra cosa que el surco y los grumos de tierra.

*

Días en que debemos cargar con nuestra cabeza en los brazos. Se tira a dar y las balas arrecian sin descanso. Esconder nuestros pensamientos, izar bandera blanca.

*

Cuando escribir consiste en no sacarle todo el partido a las palabras.

*

Su hijo es quien más se le parece, pero no sabe nada de él. Su hijo es quien más se le parece, pero no sabría reconocerlo.

*

Algo se rompió para que estos fragmentos emergieran, pero ¿qué?

*

El muerto más reciente, que por no dejar de serlo hace lo imposible para impedir nuevas muertes.

*

Alguien que percibe las ondas concéntricas de cada latido.
                 

jueves, septiembre 17, 2009

imán

Lo que llegó hace tiempo está pegado al imán del corazón y no lo suelta. Lo que va llegando después ya tiene que lidiar con intermediarios y siente el tirón de lo que se le acumula encima, hasta el punto de que la estructura, al menos en parte, amenaza con venirse debajo de un momento a otro.

Lo que ahora busca nuestro afecto tiene que abrirse paso sin piedad entre acumulaciones de materia inerte, ir directamente al hueso, la médula. ¿Conocerá el camino? En cualquier caso, que no cuente con nuestra ayuda, porque no podremos dársela. Somos víctimas indolentes y venenosas de nuestras posesiones.

martes, septiembre 15, 2009

sucursal

Sentado en el borde de la silla, escuchaba las evasivas del subdirector como si no fueran con él. Estaba claro que allí no le querían, que la sesión había terminado y debía asumir su fracaso, pero él se demoraba, buscaba cualquier forma de prolongar la cita y salir a la calle con otra respuesta. El subdirector le miraba con impaciencia mal encubierta, balbuciendo palabras sueltas que sin ser tajantes le hicieran levantarse. Parecían detenidos como para un retrato, una especie de moderna rendición de Breda en la que, sin embargo, el rostro de la dignidad hubiera cambiado: ya no era un general entregando con estudiada cortesía las llaves de su ciudad, sino un hombre obligado por sus miedos, fusionado con ellos pero que no ha perdido la esperanza ni la necesidad moral de perder con elegancia. Tampoco la rabia: si estos prestamistas han de ganar, parecía decirse, que no sea con mi ayuda.

domingo, septiembre 13, 2009

cohen / 4 poemas breves


Leonard Cohen vino ayer a Madrid, por fin. Un concierto de tres horas y cuarto, generoso y pletórico, lleno de matices y pequeños reconocimientos. Nos costó dejar nuestro sitio, quitar los ojos del escenario mientras los operarios comenzaban a retirar instrumentos y cables.
.
Estábamos ya en la calle, sudorosos y alegres, tratando de escapar de la multitud y encontrar el camino a casa, cuando vi en el suelo, cerca de un portal mal iluminado, un pequeño cuaderno de pastas negras. Miré a mi alrededor, pero nadie parecía reparar en él. Me agaché a recogerlo. Al abrirlo por las primeras páginas, descubrí estos pocos versos que alguien había escrito en diagonal con letra cuidadosa y apretada. Cuatro poemas muy breves, casi ráfagas.



VERANO: HAIKU

Silencio
y otro silencio aun más profundo
cuando los grillos
dudan



PUES LO POSEO TODO

Te preocupa que pueda dejarte.
No te dejaré.
Sólo los extraños viajan.
Dueño de todas las cosas,
no tengo adónde ir.



EL AMOR ES UN FUEGO

El amor es un fuego
Quema a todo el mundo
Desfigura a todo el mundo
Es la excusa que tiene el mundo
para ser feo



ALGUIEN QUE COME CARNE

Alguien que come carne
quiere hincar sus dientes en algo
Alguien que no come carne
quiere hincar sus dientes en otra cosa
Si por un momento
todo esto te interesa
estás perdido
.
.
.
Trad. J.D.

viernes, septiembre 11, 2009

blake en ámbito cultural


Hay muchos Blake, y yo los he ido descubriendo poco a poco, a lo largo de los años. El Blake de las Canciones de Inocencia y Experiencia me ha interesado desde siempre. Esa capacidad para crear poemas redondos, exentos, que preludia la concepción escultórica del texto tan querida por los simbolistas, nunca ha dejado de fascinarme: poemas como «Londres», «El tigre» o «La rosa enferma» son insondables, inagotables; volvemos a ellos una y otra vez y siempre los encontramos vivos, siempre nos inquieren y nos asombran. Luego, en Blake hay un poeta con un ojo agudo y muy entrenado para la estampa costumbrista: «Jueves Santo», «El pequeño vagabundo» o «Londres», de nuevo, son capaces de levantar la escenografía de la ciudad que era entonces, a caballo entre la capital provinciana y algo destartalada del dieciocho y el monstruo imperial en que se convirtió en el curso del diecinueve. Londres está mucho más vivo en esos versos que en el soneto triunfalista que Wordsworth dedica al puente de Westminster.

Luego está el Blake de los epigramas, que es una versión más irónica y desenfadada del poeta de las canciones: son fragmentos feroces, de gran lucidez y penetración psicológica, y en los que Blake demuestra que era un buen observador de la naturaleza humana. Y que ningún sentimiento le era ajeno, porque ahí comparecen el rencor, la ira, el deseo, la frustración, pasiones demasiado humanas, si se quiere, que él sintió y anotó con la misma naturalidad con que hablaba de sus visiones y sus ángeles…



Así empieza «Las mil caras de Wiliam Blake», una charla con Marta Agudo sobre mi edición de su poesía en Visor que acaba de aparecer en Ámbito Cultural. Otra entrevista, otro fruto tardío de la primavera que ve la luz ahora, casi cuatro meses después, y que tiene algo de ensayo a dos voces. Tengo la sensación de que me ha permitido decir cosas sobre Blake que no siempre encuentran fácil acomodo en introducciones o textos críticos. Por cierto, la imagen, maravillosa, reproduce uno de los grabados que el artista inglés realizó para ilustrar el Infierno de Dante, en concreto el canto V, el dedicado a los amantes cuyos espíritus aparecen en torbellino antes de dar paso a la historia de Paolo y Francesca.

jueves, septiembre 10, 2009

alumnos modelo

Dedican la sobremesa a desbrozar pleitos de sus conocidos, disputas por herencias o propiedades que dividen secularmente a hermanos y familia. Así ensayan y se entrenan para el día de mañana, cuando deban afilar las uñas y embutirse el disfraz de ave carroñera. Simples ejercicios de prácticas que no deben extrañar o irritar a nadie. Te divierte (¿te consuela?) pensar que tanta experiencia acumulada no puede sino rendir fruto: la operación de despiece será todo un espectáculo, en efecto, aunque no habrá ningún Hogarth o Grosz a mano que los redima de su aterradora vulgaridad.

lunes, septiembre 07, 2009

sylvia plath / filo

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Dos de los primeros libros de poemas en inglés que compré fueron los Selected Poems de Seamus Heaney y los Collected Poems de Sylvia Plath, los dos con las viejas cubiertas de Faber & Faber que creaban un curioso fondo miniado a partir de la reiteración de dos ff minúsculas. Fue en un Waterstone’s de Lower O’Connell Street, en Dublín, creo que en el verano de 1988. A Heaney no le conocía, pero su libro, recién editado, ocupaba todo un escaparate de la librería. De Sylvia Plath sólo tenía oscuras referencias, pero abrí el libro por el final, por los poemas de Ariel, y quedé sobrecogido. Como tantos y tantos lectores antes que yo, por lo demás. Aquellos dos gruesos volúmenes se pasearon en mi mochila por toda Irlanda, no hubo lugar que visitara aquel verano que no esté ligado a su lectura.

Este «Filo» [«Edge»] es tal vez, exceptuando «Daddy» y «Lady Lazarus», el poema más famoso de Sylvia Plath. Lo escribió días antes de morir, y en este caso el acento melodramático no me parece descaminado: se trata realmente de un ensayo general, una recreación visual de su propia muerte. Y saberlo forma parte inextricable, para bien o para mal, de nuestra experiencia lectora. Por lo demás, es un poema escrito con un dominio absoluto de la forma, del lenguaje, de la composición; todo fluye con una limpieza y una precisión absolutas.

Este poema, como otros de su autora y algunos (muy escogidos) de Ted Hughes y Seamus Heaney, fue de los primeros que me atreví a traducir, allá por el 89. Atrevimiento es la palabra justa en este caso. Es como si hubiera necesitado conjurar su energía psíquica y simbólica centrándome únicamente en su textura verbal, su juego de asonancias y encabalgamientos. La traducción, así, convertida en una forma de autodefensa. La ofrezco ahora como homenaje al inmenso trabajo de Xoán Abeleira, el traductor de la poesía completa de Sylvia Plath en España (en la editorial Bartleby), una de esas personas a cuyo entusiasmo, perseverancia y buen hacer debemos versiones memorables no sólo de la obra de Sylvia Plath, sino también de la poesía de Rimbaud o Apollinaire.


Filo

La mujer ha alcanzado la perfección.
Su cuerpo

muerto muestra la sonrisa de la realización;
la imagen de una necesidad griega

fluye por los pliegues de su toga,
sus pies

desnudos parecen estar diciendo:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.

Los niños, muertos y ovillados como blancas serpientes,
uno junto a cada pequeña

jarra de leche ya vacía.
Ella los ha plegado

de nuevo hacia su cuerpo como pétalos
de una rosa cerrada cuando el jardín

se aquieta y los aromas sangran
de las dulces y profundas gargantas de la flor de la noche.

La luna no tiene de qué entristecerse,
mirando fijamente desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.
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domingo, septiembre 06, 2009

la primera piedra

Al final de la obra, y después de una larga ovación, alguien se levanta y comienza a lanzar terribles imprecaciones contra el primer actor. El público, perplejo y algo escandalizado, retoma sus aplausos a fin de acallar al entrometido. La noche siguiente, sin embargo, un par de acomodadores notan extraños huecos y ausencias en las filas a su cargo. Tres o cuatro noches más tarde hay ya calvas visibles en el auditorio y los actores titubean, presos del nerviosismo. El hombre está marcado. Al final de la semana, no tendrá siquiera la categoría suficiente para que sea el productor quien le comunique su despido.

jueves, septiembre 03, 2009

entonces


Cuando el mundo se convirtió en el mundo
la luz brillaba como de costumbre
sobre un reloj indiferente,
el aire estaba lleno de comienzos
y mil veces en mil calles distintas
alguien se tropezaba en una piedra
y esa piedra le abría los ojos;
fue la ocasión que todos esperábamos
para tomar las mismas decisiones,
besar de nuevo el mismo suelo,
decir los hasta luego de anteayer;
y el rostro amado y rutinario
que fingía escuchar
o brindaba una mano distraída
volvió a apartarse antes de tiempo.
Detrás de las ventanas crecía la penumbra,
una gaviota hurgaba en la basura
y los niños jugaban casi a ciegas
ignorando los gritos de sus madres.
Era un día cualquiera en la ciudad,
con su ruido de fondo en nuestras venas
y el hollín de la noche borrando cercanías.
Quien guardó una moneda en su bolsillo
no fue más rico a la mañana.
Nada ocurrió que pueda recordarse,
ninguno de nosotros se dio cuenta
cuando el mundo se convirtió en el mundo.




Éste es uno de los poemas que leeré dentro de dos días, el sábado 5 de septiembre, a las ocho de la tarde, en el monasterio de Valdediós, en el concejo asturiano de Villaviciosa. Me presenta mi buen amigo José María Castrillón. Estas lecturas son siempre una buena ocasión para conocernos, charlar y pasar un buen rato. Si algún lector asturiano de esta bitácora se acerca, será más que bienvenido.

miércoles, septiembre 02, 2009

preguntas y respuestas


¿Qué puede aportar un curso de escritura creativa en relación con las clases académicas de teoría e historia de la literatura?

Supongo que una relación más inmediata con el texto, y también la posibilidad de ver y apreciar escrituras que a menudo quedan ocultas por las rejillas de la historiografía crítica. En otras palabras, la capacidad para relacionar la experiencia del texto con la propia experiencia, de imbricarlo en nuestra vida y nuestra sensibilidad. En última instancia, un taller permite subrayar la condición de cuerpo vivo del texto: eso que estamos leyendo nos inquiere y nos examina, es relevante y tiene algo que decirnos sobre nosotros mismos. Y a la vez, claro está, nos enseña a emplear ciertos recursos y técnicas que pueden ser útiles a la hora de escribir, aunque siempre trato de aclarar que los recursos expresivos están condicionados fatalmente por aquello mismo que estamos diciendo: lo que funciona en una situación puede no funcionar en otra. Yo no creo mucho en trucos o mañas para escribir, sino en desarrollar la intuición necesaria para que, en el momento de la escritura, el qué y el cómo (el tono, el ritmo, la música peculiar de las frases y las palabras y hasta de las sílabas…) vayan íntimamente unidos.



Así termina la conversación que mantengo con el poeta y crítico Carlos Javier Morales en el último número de la revista Poesía Digital, recién salido del taller. Una conversación por escrito, claro está, de ahí que a veces el tono sea más ensayístico que coloquial. La han titulado «La mirada despierta». Qué más quisiera yo, pero se agradece la confianza.

martes, septiembre 01, 2009

tomlinson / hache


Primer día de septiembre. Primer día del nuevo curso, si se quiere, aunque llevo un tiempo nada despreciable en la oficina y de las vacaciones ya ni me acuerdo. Las revistas también se ponen a punto y publican en estas fechas sus nuevos números. La colombiana El Malpensante, hermana espiritual de la mexicana Letras Libres, cumple cien números llenos de vitalidad y descaro. Uno de sus directores, Mario Jurchisk, ha tenido la gentileza de acoger una amplia selección de mis traducciones de Charles Tomlinson, al que dediqué hace poco una entrada en esta bitácora para celebrar la publicación de sus New Collected Poems.

Y bastante más cerca, desde Murcia, Héctor Castilla y Cristina Morano me anuncian la salida inminente de un nuevo número, el 6, de la revista de poesía Hache. Adjuntan un archivo de imagen con el índice, donde aparece uno en estupenda compañía, y prometen visita a Madrid para dentro de muy poco. Aquí estaremos si nada lo impide, y creo que hasta final de año, ay, no habrá nada que lo impida.

domingo, agosto 30, 2009

li-young lee / poema

Conocí la poesía de Li-Young Lee (1957) gracias a una antología de textos dedicados a la ciudad de Nueva York editada, creo, por el MoMA. Entre los muchos fragmentos de escritores conocidos (de Henry James a Jack Kerouac, de Djuna Barnes a Susan Sontag) aparecía este breve y memorable poema de desamor, un fragmento de su libro The City in Which I Love You [La ciudad en la que te amo] con un aire vagamente hoperianno, casi como si Hopper se hubiera trasladado a los paisajes de Taxi Driver o a una película crepuscular de Cassavetes. Es un prodigio de sencillez y sin embargo nada en él es fortuito, nada está dejado al azar: la localización en un barrio marginal, las cuatro líneas con que dibuja el estado de ánimo del hablante, las imágenes que cifran la ruina universal, la comparación que cierra el poema y lo deja en suspenso, detenido en los gerundios del penúltimo verso. Y de vez en cuando, como astillas incrustadas en la madera del verso, dos o tres imágenes de corte irracional que introducen su pequeña dosis de inquietud aprensiva. No pude resistirme y traduje este poema casi al instante, como una prolongación natural de la lectura.

Autor de cuatro libros de poemas, en 1995 Lee publicó un libro de memorias, The Winged Seed: A Remembrance, sobre su singular peripecia biográfica. De origen chino pero nacido en Indonesia, su padre había sido médico personal de Mao Tse-tung. La familia huyó de Indonesia en 1959 y, después de un viaje de cinco años que los llevó por Macao, Hong Kong y Japón, los Lee se instalaron en Estados Unidos. Como Simic quince años atrás, Lee adoptó el inglés como lengua literaria, pero no ha perdido contacto con el mundo familiar, la vieja sangre que cruza como un río las llanuras de la imaginación y le permite ver a su país adoptivo con las ropas del extrañamiento y la distancia.



La mañana desciende a esta ciudad vacía de ti.
Páginas y ventanas prenden fuego y tú no estás.
Alguien barre su tramo de acera,
despierta a los borrachos, tirados como ropa sucia,
y tú estás lejos.

No estás en el viento
que alguien anota en el margen de un libro.
Te has ido de las breves hogueras en solares vacíos
donde formas humanas se apiñan,
aspirantes a su propio fantasma.

Entre muros de ladrillo, en un espacio no más ancho que mi rostro,
un retoño sin hojas se yergue sobre el barro.
En sus ramas, un nido de bocas desolladas
abriéndose y piando, fuegos escuálidos que han de comer.
Mi hambre de ti no es menor que la suya.
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viernes, agosto 28, 2009

12 del 12


Se rompió la cabeza al caerse de un superlativo.

*

Un país donde cada cual envejece conforme al número de palabras que pronuncia. Un país donde parlotear sin juicio es una forma de suicidio.

*

Esgrimen bien alto su jerga y entrechocan tecnicismos: están de acuerdo antes de completar las presentaciones.

*

Fue abrir su libro y verle haciendo equilibrismo entre líneas.

*

Quema etapas. Escribe con tinta hecha de esa ceniza.

*

Aquella calle colgaba de sus acacias.

*

Palabras que blanden una antorcha encendida y muestran el camino a seguir. Las demás se amontonan inquietas, llenas de nerviosismo, echando a codazos al autor.

*

Se descubre dentro del lienzo. Pinta para buscar una salida.

*

Tiene ojos como peines, sí, pero se pasa los días limpiándolos de cabellos muertos.

*

No cejar en la escucha, escuchar con tal intensidad que por fin alguien, cualquiera, se sienta obligado a hablar.

*

Aquellos a los que el tiempo disgrega. Aquellos a los que el tiempo da brillo. Aquellos a los que pudre por dentro.

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No logro dar conmigo. Vivo en los lugares a los que no puedo ir.
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miércoles, agosto 26, 2009

cortázar / 3 tiempos

Me parece que Cortázar es el primer escritor de nuestra lengua que da la sensación de jugar cuando escribe. Tenemos una tradición rica en humoristas y humoradas, pero en casi todos los casos la escritura adolece de una pesadez reveladora: son chistes de tasca, chocarreros, cuando no crueles o escatológicos, como los de Quevedo. Cervantes, más fino, destaca por su compasión; pero no juega, es el primero en anticipar la reacción del lector y se ve que Don Quijote, a pesar de su inmensa humanidad, sigue teniendo a sus ojos algo de muñeco. Cortázar, sin embargo, es el primer niño escritor de nuestra lengua. Cae en todas las trampas del sentimiento pero sale de ellas sin un rasguño. Mientras lo releía me acordé de que para Robert Lowell todo gran poema rozaba el sentimentalismo sin caer en él. La fórmula es discutible pero sugerente y vale, me parece, para los cuentos de Cortázar. Pienso en «Carta a una señorita en París», en «Las babas del diablo», en «Axolotl»… Su inteligencia no establece distancias: desconfía y se admira de sí misma a un tiempo, no le importa exhibir sus debilidades ni confiar en fortalezas que más parecen –aunque no lo sean– golpes de suerte o iluminaciones súbitas. Y el lector se encariña con él, lo siente cerca, toma confianza y piensa que por fin ha encontrado a alguien tan indeciso como él, como todos. Cortázar juega con el lector como antes jugaba consigo mismo. No establece diferencias. De ahí la rara elasticidad de su prosa: corre sin rechistar a su espalda, obediente y absorta como la tribu de ratones de Hamelín.

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El joven Córtazar es un escritor libresco y casi secreto, maestro errante y solitario por la provincia argentina, habitante de sombrías pensiones donde rumia su empacho de alta literatura; el autor maduro de Historias de cronopios y famas, por el contrario, parece empeñado en desprenderse de las escamas de la erudición y la tradición mal entendida, adoptando el juego como primera norma, abominando de cualquier atisbo de solemnidad, mojando la escritura en el agua del ritmo verbal y los saltos imaginativos. Ya desde sus primeros libros de relatos, Final de juego o Las armas secretas, escritos y publicados cuando su autor ronda los cuarenta años, Cortázar sale una y otra vez en busca de una segunda juventud y consigue apresarla plenamente en esos libros sin género, a medio caballo entre el relato fragmentario, la chispa reflexiva y la lentejuela autobiográfica, que son Los autonautas de la cosmopista o La vuelta al día en ochenta mundos. Como un Benjamin Button de la literatura, Cortázar hace el camino inverso al de tantos escritores: nace viejo y muere joven, consciente de que la mera corrección no basta, de que la escritura es algo más que un ejercicio de sintaxis y modales léxicos intachables (como dijo Charles Tomlinson hace años: «nada que no sea elegante / ni nada que lo sea si sólo es eso»); es preciso, en fin, atreverse a escribir mal, perseguir el fantasma de las propias obsesiones hasta que algo, no sabemos bien qué, surge de la página y nos interpela; es algo que hemos suscitado en nuestra peculiar sesión de espiritismo verbal pero que ahora se vuelve hacia nosotros y nos desafía: algo incierto, que cobra vida propia y nos obliga a servirlo, pues necesita de nosotros para completarse, y que a la vez mantenemos a distancia, pues sólo desde la distancia y cierta astucia crítica sabremos estar a su altura, controlarlo.

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Visto así, Cortázar se nos aparece como uno de esos hijos tardíos del surrealismo que el surrealismo nunca reconoció (o no del todo) y que sin embargo permitieron su normalización, su ingreso en discursos literarios más aceptados o aceptables. Todo el énfasis genuino que el surrealismo puso en el juego y la dimensión azarosa de la escritura fue más un wishful thinking teórico que una realidad práctica; si la severidad casi papal de los cónclaves bretonianos tuvo mucho de expresión aberrante –literalmente perversa– del cartesianismo francés, su gran líder (como recordaba muy bien su amigo y discípulo Julien Gracq) no abdicó jamás de los ritmos y cadencias de la prosa clásica francesa, Valèry incluido. Tuvo que ser el afrancesado Cortázar el que disolviera el ácido surrealista en la tradición del cuento breve de Poe y Hoffmann; una tradición a la que Cortázar, más hábil a la hora de envolver sus ficciones en atmósferas de apariencia realista, se mantuvo estrictamente fiel en sus primeros libros, incluso cuando empieza a desarrollar o complicar los argumentos. Cuando Vargas Llosa subraya la «ambigua resolución» de sus relatos, «pues lo fantástico en ellos es, acaso, fantasía de los personajes o acaso milagro», dice algo que explica igualmente a Poe y que nos permite establecer un vínculo evidente entre, digamos, «William Wilson» y «Axolotl». Un vínculo que toma cuerpo en el uso que ambos hacen de la primera persona como forma de dar verosimilitud al lugar desde el que se escribe; un lugar que está más allá del desenlace, oculto por él, y que se encuentra por ello en el cruce de lo real y lo fantástico, esa frontera incierta donde ambos espacios se disuelven. Dicho de otro modo: en Cortázar la zona de ambigüedad entre lo real y lo fantástico surge del relato mismo, de lo que nos cuenta. Es un proceso. Lo vemos crecer ante nosotros, alumbrado por los focos, y nunca se nos permite desviar la mirada. Pero no hay aprensión, no hay temor. La pasividad del narrador, su postura entre distante y fatalista, cuando no divertidamente curiosa, desactiva cualquier asomo de inquietud. Acaso el único síntoma de miedo es, en ocasiones, la tendencia de la prosa a complicarse, corrigiéndose a sí misma, produciendo de manera compulsiva más y más frases, como si sólo hablando sin cesar pudiera espantarse a los fantasmas (esta compulsión charlatana es tan poderosa en «Las babas del diablo» que termina disolviendo su posible resolución). Pero también aquí la inquietud consigue disfrazarse con las ropas amables del juego. Un juego que es moral de escritura y también de vida, pues sólo de este modo, para Cortázar, se puede hacer justicia al papel que juegan en nuestra existencia el azar, el capricho, las fuerzas de la entropía y la locura. Engañarse al respecto es una locura mayor, y así nos lo recuerda el fragmento inicial de sus «Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo», donde la muerte se hace presente en una peculiar variación de la ruleta rusa que sin embargo, cosas del autor, sabe arrancarnos una sonrisa:

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.
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lunes, agosto 24, 2009

weather report


Ésta es la calma que ha ganado a duras penas. Alguien habla por teléfono mientras abre las hojas del balcón y mira de reojo la calle, el ir y venir de la gente bajo las acacias, el cielo pizarroso que comienza a encresparse. Se oyen voces de niños, coches que pasan con lentitud, una canción que tararea mentalmente y le ayuda a encadenar los gestos, a darles fluidez en el agua seca y polvorienta del verano. Repite frases consabidas, monosílabos que apaciguan igual que un molinillo de oraciones. De pronto, un golpe de viento cierra la puerta del despacho y unos folios caen al suelo. Sin dejar de hablar, se acerca a recogerlos y siente el frescor repentino del aire, el barrunto que aviva las hojas y pone un grumo de escarcha en la piel. Como si algo cobrara sentido en ese instante. Como si algo sucediera más acá de la tormenta o su inminencia. Pero no es nada, sólo la calma que vibra con astucia entre el rayo y su estallido, la calma que se ovilla bajo sus párpados lo mismo que un insomnio, este alambre de calma que le inquiere y le aquilata y es algo muy suyo que vuelve a conocer, que desnuda su carne bajo la sombra eléctrica.

domingo, agosto 23, 2009

3 días


Días que pasan a la carrera, para no vernos.

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Los días están ahí. Sólo hace falta ponerse a buscarlos.

*

El doble fondo de los días. Su retumbar oscuro, allá abajo, cuando se acuesta.

viernes, agosto 21, 2009

heaney / verano 1969


Mientras la policía escudaba a la chusma
disparando a la calle Falls, yo sufría únicamente
el sol abusador de Madrid. Cada tarde,
en el calor de cazuela del apartamento,
mientras sudaba para abrirme paso
por la vida de Joyce, el hedor del pescado
flotaba como el tufo de una alberca de lino.
De noche, en el balcón, tintes vinosos,
un ambiente de niños en rincones oscuros,
viejas con negros chales y ventanas abiertas
y el aire, una cañada fluyendo en español.
Hablar nos transportaba a casa, por llanuras
tachonadas de estrellas, donde el charol
              [de la Guardia Civil
brillaba como el vientre de los peces
             [en aguas estancadas.

«Vuelve -me dijo uno- y trata de animarles.»
Otro evocó a Lorca en su barranco.
Vimos cifras de muertos y crónicas de toros
en la televisión, famosos que venían
de donde lo real aún estaba ocurriendo.

Me retiré al frescor respirable del Prado.
Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya
cubría una pared: los brazos levantados
y el temblor del rebelde, los soldados
con quepis y pertrechos, el barrido eficiente
de las descargas. En la sala contigua,
sus caprichos, inscritos en las paredes del palacio:
oscuros torbellinos flotantes, destructores, Saturno
enjoyado en la sangre de sus hijos,
el gigantesco Caos dando su espalda
brutal al mundo. Y también ese duelo
donde un par de dementes se apalean a muerte
por asuntos de honor, hundiéndose en el fango.

Pintaba con sus puños y sus codos, esgrimía la capa
manchada de su corazón ante la carga de la historia.

Trad. J. D.
Hace justamente cuarenta años Seamus Heaney era un joven profesor universitario de vacaciones en Madrid con su familia. El calor, al parecer, era el mismo o peor que el de ahora. Y de la lejana y brumosa Belfast venían noticias inquietantes de lo que luego se llamaría La batalla del Bogside, que durante cinco días (del 13 al 17 de agosto) enfrentó a nacionalistas católicos y lealistas protestantes (estos últimos, apoyados sin disimulos por la policía inglesa) con un saldo trágico: ocho muertos, centenares de heridos y un país que definitivamente no recuperaría la normalidad durante más de tres décadas. Heaney escribió este poema poco tiempo después, en California, y lo incluyó en la segunda sección de su libro North (1975). Un ejemplo memorable de poesía civil, de su escritura más explícita y comprometida políticamente con los Troubles.
El original, aquí.

jueves, agosto 20, 2009

oasis

Ayer a media tarde, en el patio de un colegio cercano, cuatro adolescentes jugaban al frontón con palas de madera y una pelota de tenis. Habían dejado las mochilas contra la pared delantera, a resguardo del sol de agosto que cortaba en dos la pista, arrojando un zumo denso y brillante sobre el asfalto. El aire pesaba y hacía aún más firmes el vacío y la soledad del patio, el silencio casi material de las ventanas enrejadas, pero ellos corrían y daban gritos ajenos a todo, incansables, contentos de haber encontrado aquel oasis en una de las calles traseras de su barrio. Hace veinticinco años yo habría sido uno de esos chicos, pasando la larga tarde de verano en la pista de deportes del colegio, apurando las horas y los minutos antes del regreso inevitable a casa. Me quedé mirándoles, recuperando esa atmósfera de barrio en verano que con los años ha adquirido una intensidad punzante, casi alucinada, saboreando el modo en que la claridad, al empastarse en los muros de ladrillo y las fachadas grises, parecía detener el tiempo. Vi los geranios secos en un alféizar de la planta baja, el hollín y la humedad tamizando la luz violenta. Vi las mochilas tiradas en un rincón, las líneas dibujadas con tiza, los saltos y carreras de los jugadores. Como si nada hubiera cambiado desde entonces. Una imagen de la felicidad.

miércoles, agosto 19, 2009

para vivir

Sentado en un rincón de su cocktelería, el escritor José Luis García Herrera ha tenido la gentileza de acordarse de un viejo poema de Otras lunas. Mil gracias, José Luis. La fe en lo que uno lleva escrito suele resentirse con los años, pero el amparo de los amigos lo hace todo más fácil.

martes, agosto 18, 2009

brizna

Sobre la mesa, una naranja. Por la ventana abierta se cuela un ruido de coches, de perros que ladran, el estruendo en sordina de las seis de la tarde. También nosotros nos volvemos satélites de ese pequeño sol.

domingo, agosto 16, 2009

charles tomlinson / 3 poemas


Una de las alegrías de este verano ha sido la aparición en mi apartado postal del grueso volumen de New Collected Poems de Charles Tomlinson, publicado hace apenas un mes por la editorial Carcanet (junto con Faber & Faber la mejor editorial inglesa de poesía, responsable de la publicación en el Reino Unido de John Ashbery, Jorie Graham o Les Murray, ente otros). En la portada, un collage del propio Charles, Janus Figure, de mediados de los años setenta; dentro, quinientas páginas a texto corrido que recogen más de cincuenta años de fidelidad a la escritura, de trabajo constante y minucioso. El resultado es una obra de impecable coherencia, un auténtico festín para el espíritu y la mente.

Confieso que la llegada del libro me ha conmovido; todavía recuerdo el deslumbramiento que sentí con la lectura de sus Selected Poems allá por el 92, en Sheffield, cuando ensayé mis primeras traducciones de sus poemas en la gran sala de lectura de la biblioteca universitaria. Sigo creyendo, como entonces, y quizá con más razón, que su obra es una de las cimas de la poesía contemporánea en lengua inglesa. Para empezar, es imposible encontrar un mal poema en ninguno de sus libros; y todos, hasta los más influidos por W. C. Williams, Edward Thomas o Antonio Machado, tres de sus maestros, llevan su sello inconfundible: gracia, delicadeza y precisión; lo que también quiere decir: curiosidad por el mundo, confianza en los sentidos, gusto por la palabra limpia y sugerente. Hasta en sus poemas de circunstancias -y pocas obras se han apoyado tanto en la experiencia vital de su autor- hay una elegancia y una capacidad para trascender lo cotidiano que no dejan nunca de asombrarme. La anécdota es sublimada una y otra vez gracias a un oído finísimo que no deja nada al azar, que sabe organizar los materiales y presentarlos sin fisuras.

Recupero tres de los cuatro poemas que Charles me envió hace años para su publicación en Piedra y Cielo, una revista canaria dirigida por Francisco León y Alejandro Krawietz que por desgracia no pasó del tercer número. Uno de ellos, «Helada», vio la luz en esta bitácora en el otoño de 2006. Los demás son inéditos en España, a excepción de «En el golfo», que apareció el año pasado en la revista Letras Libres.



Busardos

Al ascender con alas desplegadas,
los busardos revelan de improviso el dibujo
de unos ojos al dorso: polillas gigantescas
(son cuatro) que se apoyan en las corrientes de aire
y se vuelven gregarias mientras planean
intercambiando graznidos sincopados
como el reclamo de las gaviotas costeras:
apenas si distingues sus cuerpos en el cielo,
entre gritos que ascienden hacia su invisibilidad.

En el golfo

En Albergo delle Palme
podía verse un fresco
concebido para mostrar la confraternidad
de famosos artistas que habían visitado el golfo...
Byron, Shelley, Wagner, Lawrence,
todos simultáneamente ocupados, el mismo día,
en absorber la esencia del lugar,
las manos por visera, posando junto a un árbol.
Era el único buen mal cuadro de la costa
y ahora, cubierto de pintadas, pervive fuera del alcance
de futuros contempladores: siento aún su presencia
como un brazo amputado (el del artista)
mientras cruzo el vestíbulo hacia la luz ardiente:
Lawrence, Wagner, Shelley, Byron…
reunidos desde entonces en un día inmortal
a mis espaldas.
El regreso

Aquella noche regresamos tarde.
La luna destellaba en el centro del cielo.
El tráfico del viaje de salida
se había disipado para resucitar sobre el Severn
en forma de estrellas fulgurantes.
Habíamos dejado de inhalar
el olor químico del embotellamiento:
la ruta se extendía despejada ante nosotros
hasta que, al tomar una curva
(por un error quizá), vimos de pronto
las formas amarillas
de unos camiones de obra
en torno al coche, acompañados
por peones que con largas escobas
se movían de un lado a otro
allanando el asfalto que las máquinas
defecaban sin pausa. Estábamos claramente atrapados
entre el hierro ambulante y el alquitrán vertido,
                 [cuando entonces
un miembro de aquel cuerpo de infantería
pareció saludarnos, señalando
un obstáculo de madera, una valla
en cuyo centro había una salida
hacia la carretera que echábamos de menos,
y allá nos dirigimos impacientes,
reuniéndonos de nuevo con la humanidad que
(pese a no haber reaparecido aún)
mañana volvería a poblar la autopista.


Trad. J. D.

jueves, agosto 13, 2009

contrapunto


Habitamos el mismo territorio
pero distintos mapas. En el tuyo
las calles son el testimonio de una escisión
y la luz brilla obscenamente
sobre las trazas de este mundo sublunar.
Hay silencio, palabras desmedidas,
el cansancio febril de la vigilia
y un animal baqueteado por el tiempo
que te brinda consuelo.
Por mi lado hay orgullos, impaciencias,
el afán de agradar y el miedo a conseguirlo;
convivo con imágenes que la palabra ha prestigiado
pero vivo a disgusto con su ambiguo sentido:
calles vacías, espejos de misántropo
y paisajes inmóviles bajo una luz postrera.
A los dos nos agota una culpa genuina
que a fuerza de insistir parece falsa,
excusa de malos pagadores.
Nuestras palabras mágicas raramente concuerdan,
tampoco los remedios de los que echamos mano
los días más pensados,
cuando vibran los nervios y la mente se enrosca
a punto de saltar sobre sí misma.
Sólo de noche, algunas veces, nuestros cuerpos
cruzan las líneas furtivamente
para firmar una tregua perpleja,
difícil,
el armisticio que es ahora nuestra vida.