lunes, marzo 29, 2010

2 poemas

Una vez más, y si no me equivoco ya van tres, el poeta José Luis García Herrera ha tenido el detalle de acoger algunos de mis textos en su bitácora. Ahora ya no es una coctelería, como hace un año, pero la hospitalidad sigue siendo la norma de la casa. Gracias de nuevo, José Luis. Sí, lo visual es importante en nuestra poesía, la recreación de atmósferas y escenarios y superficies: leer la realidad como un cuadro, pero sólo a condición (o eso se intenta) de entrar luego en él y dejarnos tentar por sus impurezas, sus limitaciones.

viernes, marzo 26, 2010

jeffrey yang / eñe

Hace unos días recibí el último número de la revista Eñe. Un número estupendo, dedicado a los «Nuevos escritores de Norteamérica», en el que aparecen, entre otros trabajos, un curioso diario princetoniano / berlinés de Alan Pauls, dos buenos relatos de Junot Díaz y Jonathan Franzen, y uno brevísimo (y desternillante) de Dave Eggers. Todavía no he podido leer los cuentos de Carolyn Park Hurst o Yiyun Li, por ejemplo, pero todo el conjunto es muy recomendable, la verdad. He tenido la buena fortuna, gracias a la generosa invitación de Doménico Chiappe, de participar con algo de poesía traducida: un largo poema en prosa del último libro de Reginald Gibbons (lo «colgaré» aquí tan pronto caduque este número) y diez poemas de An Aquarium, el primer y sorprendente libro de un joven poeta neoyorquino (y editor en la legendaria New Directions), Jeffrey Yang.

Conocí el trabajo de Yang gracias a la recomendación de mi buen amigo el poeta, traductor y editor Aurelio Major. Me habló de su libro en términos tan elogiosos que a las dos horas ya me había hecho con él en Amazon. Y, desde luego, no me defraudó: una variación sobre el género del bestiario que toma los nombres de distintos seres marino para tejer una intrincada y sorprendente malla de referencias, una red argumental tan lúcida como lúdica que salta en zigzag por los asuntos más diversos sin pararse un instante. En el libro hay un poco de todo: desde piezas epigramáticas a otras más reflexivas o meditativas, pero el tono general (no sé bien cómo definirlo) es una mezcla de distanciamiento y humor, de curiosidad y sorna inteligente, que atrapa desde la primera página y nos obliga a pensar deprisa, furiosamente, para encajar las piezas del puzzle.

Los diez poemas que publica Eñe eran originalmente once, pero el último (y también el más extenso) se cayó por falta de espacio en la maqueta, así que lo recupero aquí para anunciar el número y hablar un poco de Yang: «Foraminíferos». No os ocultaré que una de las dificultades de este trabajo fue traducir los términos científicos que emplea Yang, tratar de que no perjudicaran el ritmo, el fluir del poema. Espero haberlo conseguido.




Foraminíferos


La prueba de un foraminífero
es su concha: membranoso,
aglutinado o calcáreo
endoesqueleto
citoplasma que fluye
por la cámara del foramen

hacia la cámara de
una única célula, movimiento de
seudópodo granuloreticuloso,
palacio del recuerdo de Ōkeanós.
Los foraminíferos se encuentran
en todas las latitudes y hábitats
marinos: blanco foraminífero
en los acantilados blancos de Dover.
En las pirámides de Gizeh

Herodoto vio «lentejas petrificadas»;
el ojo de Aldrovandi se desplazó
de Aristóteles a Galileo:
las conchas romboides
tienen rígidos tubérculos epigenéticos.
Para Oppen
una prueba de la poesía es
sinceridad, claridad, respeto…
Para Zukofsky, la gama de placer

que proporciona en cuanto vista, sonido e intelección.
En sueños
Vishnú visitó a Appakavi,
quien recibió los secretos de
la gramática de Nannaya: La poesía
es el saber definitivo.


Trad. J. D.


jueves, marzo 25, 2010

a la espera

Por mucho que te resistas, lo que al final perdura son los tics. Desaparece la carne, el nervio que animaba el gesto, el hueso que le daba relieve y cimiento, y sólo queda un rastro de piel reblandecida que de vez en cuando salta como por un resorte, un eco traidor e irreprimible que sigue latiendo mucho después de tu ausencia. Un reflejo animado, una ruina móvil, el retrato póstumo de tus defectos por todo testimonio. La momia hedionda de aquello que llamabas estilo.

miércoles, marzo 24, 2010

dos

Hace años, las acusaciones que escuchaba le dolían por injustas, por excesivas. También porque confirmaban, oscuramente, sus peores sospechas. Ahora no hacen mella: él mismo se dice habitualmente cosas mucho peores; la sospecha se ha vuelto certidumbre, y convive a diario con ella.

*

La paternidad cabalmente asumida nos arroja al circo de las emociones primarias, de los sentimientos que se tocan por intuición. De ahí al sentimentalismo de cartón piedra hay un paso, que conviene trascender o sublimar si queremos ofrecer un retrato veraz de nuestros miedos y afectos.
   A los escritores que han decidido no tener hijos, o para quienes estos han sido figuras prescindibles, se les suele distinguir, me parece, por cierta sequedad de humor, cierta acritud casi palpable que pone un punto ciego, un charco de sombra, en el cristal de diamante, admirable y riguroso, de su escritura.

lunes, marzo 22, 2010

óscar curieses / dentro


Todo sucede dentro: de la carne, de la imaginación, de la palabra: de la carne que sueña y dice, de la imaginación sonora, de las palabras que son carne y vibran, y respiran, y sangran.

Máscaras, voces, fantasmagorías, los cuerpos se aparean y luchan con sus sombras en este nuevo libro de Óscar Curieses, su segundo después de
Sonetos del útero, en el que ya quedaba perfilado el mundo preambular o regresivo que recorre estas páginas como un cable en tensión: el ámbito larvario de la perpetua posibilidad, ese lugar abierto y anterior a la vida donde alienta, no obstante, el tizón de la ruina, la violencia y la muerte.

Las palabras, en
Dentro, son espejos que duplican figuras y confunden los tiempos, los sentidos. Nada es lo que parece ni puede ser otra cosa. En lucha con sus dobles, con sus sueños y miedos y carencias, la voz de estos poemas nunca es más ella misma que cuando abraza sus ficciones, la vida que concibe para poder vivir.


Así reza el texto de contraportada que he tenido el honor de escribir para el nuevo libro del poeta Óscar Curieses, Dentro (Bartleby, Madrid, 2010), lleno de poesía genuina, de imaginación y fuerza expresiva, en el que la capacidad para generar imágenes y figuras perturbadoras va de la mano de un pulso narrativo digno de la mejor literatura expresionista. Lo podéis comprobar vosotros mismos leyendo esta breve muestra. Aviso: no es un libro para cualquier estación ni para cualquier estado de ánimo. Hay que abrirlo con cuidado, a debida distancia, porque ya se encargará él de vencer nuestras resistencias desde el primer poema. Un libro, más que recomendable, necesario.


Traducción de Ulises o los heroicos buzos de piedra

El lenguaje yace en lo más hondo del océano, piedra eterna indiferente a las mareas. Lo miran las sirenas con sus profundos ojos, y lo pronuncian cosiéndolo en la boca de los hombres naufragados. Ellos luchan por hacerlo aire en su lengua, carne en su viaje. Pero la palabra siempre les alcanza, no la alcanzan ellos.

Toda lengua es un anzuelo. Todo anzuelo una pregunta. Las sirenas gritan con labios pétreos y tiran de la lengua de los hombres para que éstos digan su lenguaje bajo el agua.

Ellos, que no entienden nada, balbucean el único aire que les queda hasta ahogarse. Después, van regresando muertos poco a poco hasta la superficie donde flotan y son pasto de los peces.

Óscar Curieses

viernes, marzo 19, 2010

ted hughes / campanilla de invierno

.

Ahora que el globo se ha encogido hasta ceñirse
al lento corazón del roedor que hiberna,
cuervo y comadreja, como fraguados en metal,
vagan por las tinieblas exteriores
con el juicio perdido,
entre las demás muertes. También ella
persigue su propósito,
brutal como los astros de este mes,
su pálida cabeza pesada como acero.


Trad. J. D.

«Snowdrop», el original, aquí.

jueves, marzo 18, 2010

memoria del comienzo

[Me temo que la entrada de hoy tiene interés, sobre todo, para mis lectores asturianos. Es un breve artículo sobre mis inicios literarios que se incluye en Poetas asturianos para el siglo XXI (Trea, 2009), cuya edición estuvo a cargo del escritor y estudioso Carlos X. Ardavín. Allí hablo, sobre todo, de Heracles y nosotros, que fue la colección de cuadernos donde Fernando Menéndez, Jaime Priede o yo mismo velamos nuestras primeras armas literarias. Todos los comienzos son iguales, la verdad, y es difícil hacer recuento sin ponerse estupendo o sentimental. Pero no es menos cierto que disfruté haciendo memoria y recordando a las personas que fueron importantes para mí en esa época de entusiasmos ingenuos, de inmadurez exaltada.]

Heracles y nosotros

Creo que fue Borges quien, en alguna de sus muchas entrevistas, dijo que para la educación del poeta joven puede ser más importante la lectura de un poeta cercano, alguien con quien se cruza sin ceremonias en la calle o en un café, que la de un clásico, por rotundo y luminoso que sea. Saber que la poesía está a la vuelta de la esquina, que no es sólo un nombre lejano y enigmático en la portada de un libro, es otra forma de confirmar una vocación, de asegurarla cuando má
s débil y vulnerable se muestra, en esos inicios llenos de incertidumbre que disfrazamos con un entusiasmo desesperado, casi histérico. Uno de los errores más habituales del artista incipiente es pensar que la vida está en otra parte, que sus modestas circunstancias no son dignas de pasar al papel, que se está perdiendo algo por seguir donde está, lejos de un centro que adivina más brillante o envuelto en un aura de cosa elegida, inalcanzable. Pero la literatura –la poesía– se hace con todo, con cualquier cosa, se hace desde uno, con lo que uno tiene a mano, que es también lo que somos capaces de imaginar y concebir con lo que tenemos. Uno aprende de Rimbaud y de Eliot, de Cernuda y de Montale, pero también del poeta vecino que nos mira con curiosidad benevolente y cuyos poemas vienen envueltos por el prestigio supremo de la publicación. Uno lee y subraya y cita en sus poemas a Baudelaire y a Neruda, pero de quien espera una primera señal de aprobación es del poeta cuyo libro último se exhibe en el escaparate de la librería local.

En mi caso ese poeta fue Juan Ignacio González, Nacho para los amigos; la librería fue la extinta Universal, en la calle Menéndez Valdés, que llevaba con paciencia y espíritu deportivo Tina «Cañada» y en la que durante años, antes de pasarme definitivamente a Paradiso, me abastecí de historias y búsquedas y lecturas apresuradas; y el libro fue un hermoso volumen colectivo, Velar la arena, en
el que se recogían los poemas de Nacho junto con otros de Andrés Albuerne, José Carlos Díaz y Alejandro Cuesta. Creo que pocas veces he leído a un contemporáneo con el interés que puse en aquel librito de portada negra y dorada en el que se recogían, asimismo, un puñado de sugerentes fotografías firmadas por Juan Garay. Nada nuevo, supongo. Lo curioso, y para mí decisivo, es que Nacho era por entonces uno de los profesores de la academia de recuperación a la que asistía mi hermano Eloy; una de esas casualidades que, vistas en perspectiva, resultan casi providenciales. No tardé en reunir el coraje para verle con mi puñado de poemas primerizos y él, en vez de echarme con mueca desdeñosa, como habría sido lo más prudente a poco que hubiera fatigado aquellas páginas, me acogió con su cordialidad expansiva, con esa mirada entre pícara y pensativa que tardé más de la cuenta en descifrar. Creo que Nacho nunca me dijo a las claras su opinión sobre mis cosas; si algo no le gustaba, sonreía unos instantes y decía: «Creo que este poema cambiará bastante antes de que lo publiques». Lo que no dejaba de ser un poco extravagante, o absurdamente optimista, dado que yo no había publicado nada hasta entonces y que ninguno de los poemas que le enseñé esos primeros meses llegó a vestirse de letra impresa. Sin embargo, ese simple comentario neutral, non-committal, que diría un inglés, renuente a tomar partido o expresar claramente una opinión, hizo más por mí que cualquier juicio explícito: me hacía pensar, me obligaba a volver sobre el poema y corregirlo con detalle, o a darle tantas vueltas que los versos se deshacían entre mis dedos, incapaces de soportar tanto manoseo inexperto. Que era –sospecho– justo lo que él pretendía. Claro que yo tampoco fui nunca un modelo de expresividad; aunque leí una y otra vez aquella docena larga de poemas que él había reunido bajo el sugestivo lema de «Instrucciones para una larga ausencia», no fue sino años después cuando pude hacer justicia a su destreza verbal y, sobre todo, a su ironía sutil y llena de matices. Aquellos poemas, en los que alentaba la influencia de cierto esteticismo muy del gusto de aquellos años (Carnero, Villena, García Baena…), eran técnicamente impecables, piezas redondas de orfebre. Quizá el propio Nacho, empeñado en aquel tiempo en su labor de ayuda social, capitán de pisos de acogida donde nos veíamos en medio de una marabunta de muchachos zarandeados por la vida, fue el primer culpable de que no le tomáramos del todo en serio. O tal vez su postura, hechas las cuentas de rigor, ha sido la más saludable: dedicarse a tareas sociales tan necesarias como urgentes y reservar pequeñas bolsas de tiempo a la poesía, convertirla en un complemento igualmente necesario que ha sabido expresarse no sólo en la escritura, sino en la publicación discontinua –es decir: imprevisible– en Cálamo y Cuadernos del Bandolero de libros afines o cercanos.

Pero estoy adelantando acontecimientos. Primero debo contar cómo a finales de enero de 1989, hace ya casi veinte años, un congreso de poesía celebrado en la Universidad de Oviedo (congreso que, por cierto,
merecería por sí sólo un pequeño artículo) me descubrió la existencia de un puñado de «jóvenes turcos», tan primerizos y desconcertados como yo, con los que no tardé en hacer amistad: la afinidad literaria, la impaciencia con gran parte de nuestro entorno social y académico, el deseo compartido de hacernos visibles a los ojos de los demás, razones genuinas y otras espurias, todo conspiraba para acercarnos en un momento en que la cercanía, el intercambio encendido de cromos y descubrimientos, era lo único importante. Una vez más, nada nuevo. La historia de costumbre, una especie de rito iniciático que se reitera anualmente en las facultades de filología y de cuyos posos sentimentales seguimos bebiendo, lo queramos o no. Aquellos amigos se llamaban –se llaman aún– Jaime Priede, José María Castrillón, Fernando Menéndez y Alfonso Fernández, entre otros que flotábamos vagamente en la misma dirección. Sé que en algún momento, como quien se confía a un hermano mayor, le hice partícipe a Nacho de mi entusiasmo por dos o tres de aquellos nombres, antes incluso de conocerlos personalmente.

Algo debió de hacer clic en él, una idea que lleva
ba tiempo madurando, porque de inmediato me propuso la creación de unos cuadernos o plaquettes dedicados a publicar trabajos de poetas inéditos. Me enseñó un ejemplar de la colección Scriptum, dirigida en Torrelavega por Carlos Alcorta y Rafael Fombellida –una serie con poemas de Alejandro Céspedes–, que sería nuestro modelo confeso desde el primer número, y bautizó la colección con el título de un significativo poema de Yorgos Seferis, «Heracles y nosotros», un texto que muestra cómo el mito puede encarnar entre los hombres y ser el vehículo de una intensa preocupación social. Una cuestión –tardé tiempo en comprenderlo– que estaba entonces muy en la mente de Nacho, como evidencian los textos que publicó más de diez años después en El libro de las horas.


Si Nacho puso la idea original y el formato (y hasta la imprenta, Apel, de donde había salido poco antes Velar la arena), yo, por mi parte, gracias a mi estancia en la Facultad, fui haciendo acopio de nombres y textos. Recuerdo las carpetas de poemas fotocopiados que acumulé en pocos meses, la atención con que leíamos y subrayábamos y decidíamos, de entre una masa de material inédito, qué docena escasa de textos vería la luz. Los primeros números establecieron la pauta: Fernando Menéndez, Nacho Matías (que, tan pronto sació su anhelo de publicación, desapareció sin dejar rastro) y Jaime Priede, cuyos poemas llenos de calle y ácida melancolía me obligaron a revisar sin compasión lo que yo había escrito hasta entonces y cuestionar mi buen juicio. ¿Cómo podía haber perdido el tiempo de tal forma? En este sentido, no deja de asombrarme –y abochornarme– la impunidad con que me permitía juzgar y emitir veredictos sobre el trabajo de mis compañeros, inaugurando una práctica que por fortuna he logrado moderar y hasta expiar con el tiempo (si es que podemos refrenar del todo nuestros peores instintos, cosa que dudo).

De aquel tiempo quedan imágenes que sólo tienen interés para sus protagonistas: mañanas de charla con Fernando y Alfonso en el bar Cundo, el rostro anguloso y serio de Jaime en la escalera de la Facultad mientras me daba la carpeta con sus poemas, los encuentros con Nacho en los pisos de acogida donde se movía con ternura diligente sin dejar de hablar de lo nuestro, la primera presentación, pensada y convocada como si fuera a detener el mundo, mis paseos por las librerías donde trataba ingenuamente de colocar aquellos cuadernos ante dependientes escépticos o abiertamente hostiles...

La cosa duró dos años. En ese tiempo se editaron varios cuadernos más: los primeros poemas de José María Castrillón, Aurelio G. Ovies y Hermes González, entre otros, pero, en especial, se pusieron las bases de una vocación que a todos, en mayor o menor medida, nos ha condicionado hasta hoy. Nuestra capacidad para armar ruido era notable: las lecturas del café El gato de Cheshire, organizadas por Jaime y que daban con nuestros huesos en la calle a medianoche, convertidos en cuentas de un rosario por el monólogo inteligente y sentencioso de Javier Alejandre; los artículos y entrevistas que Jaime y yo comenzamos a publicar en el suplemento literario de La Voz de Asturias y en los que poníamos una ilusión que no he vuelto a sentir con ningún otro proyecto; las charlas nocturnas y obsesivas con un afán que tenía mucho de infantil pero que reflejaba, en parte, nuestra necesidad de hacernos un hueco habitable, de coincidir con nosotros mismos. Llegó también el agotamiento, cuando a todos nos tocó arrimar el hombro para terminar la carrera o afrontar los primeros meses de vida adulta. Algunos hicieron las oposiciones; otros se metieron a trabajar; yo me marché a Inglaterra a estudiar y durante dos años estuve egoísta y necesariamente perdido para todo lo que no fuera mi propio beneficio. Además de la falta de dinero –los cuadernos no se vendían y el dinero que ganaba dando clases de inglés rodaba una y otra vez hacia la imprenta–, se daba una última circunstancia, inscrita en el origen mismo del proyecto: por mucho que quisiéramos atenuarla o ignorarla, había una grieta entre Nacho, que vivía en Gijón y era diez años mayor que nosotros, y el joven grupo de la Facultad: pronto se vio que nos interesaban autores distintos, que nuestros aprecios y respetos iban por caminos divergentes y hasta antagónicos. Yo me sentía partido en dos, apremiado simultáneamente por mi fidelidad a Nacho y por el estímulo de un diálogo que había cobrado vida propia y establecía sus propias querencias. Mi marcha a Inglaterra canceló el dilema por la vía fácil de dejarlo en suspenso, irresuelto. Tal vez, en fin, todo fueran imaginaciones mías, pues un año después Nacho, con su generosidad habitual, publicó en sus Cuadernos del Bandolero Las estaciones desordenadas, un pequeño libro de Fernando Menéndez que, junto con Lluvia con veraneante de Jaime Priede, se me aparece como lo poco realmente valioso que hicimos entonces.

Quedan muchas cosas por contar, pero no sé bien qué interés puedan tener para terceros. No puedo evitar cierto barniz sentimental al evocar esos años, pero ese barniz es precisamente el que convierte la evocación en intransitiva, el que aparta al lector con una confesión no deseada. Decir que aquel tiempo fue importante para nosotros no es decir gran cosa: las vidas que se viven a conciencia son siempre importantes para sus protagonistas. Puedo añadir, tal vez, que echo de menos a los que éramos entonces, aunque tantos de sus gestos y actitudes me avergüencen ahora o me hagan reír. Es una sensación ambigua: saber que hemos crecido para bien, pero que en el proceso algo se perdió, una inconsciencia o un entusiasmo que sólo a duras penas puede remedarse. Al cabo, todas las juventudes se parecen. Nos distinguimos al hacernos adultos, y esa distinción es principalmente un apartamiento, una cesura. Aunque no debo dramatizar: en 1994 empezó «Nómadas» y durante cerca de diez años el «nosotros» de Heracles siguió presente con una actividad menos rabiosa pero sin duda más constante y meditada. Pero esa es otra historia, demasiado próxima aún para contarla con propiedad.

Veinte años. Todos hemos cambiado desde entonces. Todos seguimos siendo los mismos. La verdad simultánea de ambas proposiciones es lo que me sigue llevando una y otra vez a la poesía, lo que justifica su insistencia en mi vida.

Madrid, octubre 2008

martes, marzo 16, 2010

guerra fría

Con los años los enemigos aumentan en número pero se vuelven menos pugnaces, menos concentrados; cada cual, tomado en soledad, pesa menos. Su hostilidad se ha ido transfiriendo al tiempo, es decir, a nosotros mismos en el tiempo. Hemos comprendido y hasta asumido sus argumentos, incorporamos tácitamente sus coacciones y reservas, toleramos su mala fe, su beligerancia. Hasta el punto de que empezamos a parecernos a ellos, o al menos a no lamentar la convergencia. Nos volvemos un poco más tímidos, más cobardes, vasallos de un miedo que fue ajeno y ahora nos pide asilo. Si no andamos con cuidado, ese cuerpo extraño terminará por definirnos.

sábado, marzo 13, 2010

armitage / el chiste de la nevada

Como el invierno sigue trayendo frío y días desabridos, se me ocurre que una forma de combatirlo sea recordar un viejo poema de Simon Armitage, «Snow Joke» («El chiste de la nevada», 1989). Un poema de humor negro (el típico humor del condado de Yorkshire) en el que la risa no anda muy lejos de la tragedia y que pertenece a esa veta de poesía narrativa y de comentario social que tanto gusta en Inglaterra. Como Larkin, pero más irónico y malicioso, sin la melancolía y amargura del autor de Ventanas altas. Es verdad que la obra de Armitage se ha vuelto más compleja y ambiciosa con el curso de los años, pero a mí, no sé si por razones sentimentales, me siguen gustando más sus primeros libros, los que leí al llegar a Sheffield en el 92: tienen la frescura, la insolencia juvenil de quien acaba de llegar y no se resigna a pasar desapercibido.


.
El chiste de la nevada

¿Te sabes el del tipo aquel de Heaton Mersey?
Mujer en casa, amante en Hyde, querida
en Newton-le-Willows y dos hijas encantadoras
en Werneth, en tercero de secundaria. Bueno,

pues como iba con retraso y tenía un buen coche
no hizo caso a los avisos de tráfico y trató de salvar
las últimas seis millas de ventisca en el páramo;
y en cosa de minutos, dicen, quedó atrapado.

Se entretuvo pensando en la vida y en cosas así;
sobre lo que hace el perro al morderse la cola
y sobre la serpiente que se comió a sí misma.
Y vio la nieve cubrir el parabrisas

y se sintió a gusto; y el whisky en la petaca
era cálido y suave, y aunque no tiene gracia
el chiste acaba más o menos así.
Lo hallaron inclinado sobre el volante

con la palabra VOLVO grabada del revés
en la frente helada. Y más tarde, en el pub,
empezaron a discutir alrededor de un ponche
sobre quién de ellos tenía más mérito.

¿El que confundió la antena con una rama de espino,
el que reconoció la silueta del coche
o el que dijo que oyó la bocina, quejándose
suavemente como un despertador bajo el edredón?


Trad. J. D.

El original, aquí.

lunes, marzo 08, 2010

sextante

.
Pone todos sus pensamientos en un cuarto vacío y luego cierra la puerta. Sólo cuando empiezan a gritar les hace caso.

*

Ella se le mostraba en cualquier lugar, desnuda y complaciente.
Él no la veía, tanto se afanaba en buscarla en los rincones más insospechados.

*

Se queja de la brevedad de la vida, pero no sabe qué hacer con sus tiempos muertos.

*

El silencio son las palabras que se quedan fuera.

*

Revisar a conciencia la propia vida es como corregir pruebas: sólo se advierten las erratas.

*

Se pasa el día leyendo hasta que las palabras bailan ante sus ojos. Y entonces es feliz.
.

domingo, marzo 07, 2010

charles simic / compañía siniestra


Fue justo el otro día,
en mitad de la calle, entre la multitud.
Te detuviste, hurgándote los bolsillos
en busca de algunas monedas,
y notaste que te seguían:

los locos, los sordos, los ciegos, los vagabundos
te seguían de lejos, con respeto.
¡Un hurra por el rey!, gritaban.
¡Nuestro líder!
¡El mayor domador de leones del mundo!

¿Y tus bolsillos?
Había un agujero en cada uno.
Entonces se acercaron,
tocándote con avidez,
posando una corona de papel en tu cabeza.


Trad. J. D.

jueves, marzo 04, 2010

túmulos, vigas, respiraderos


en torno a grisú, de esther ramón

Comienzo, acaso, señalando una obviedad para el lector que conoce esta obra: Esther Ramón (Madrid, 1970), más que una escritora de poemas, es una escritora de libros, de sistemas, de conjuntos textuales que incursionan de manera activa en lo real, enjambres de palabras que acotan un fragmento de mundo y proceden a horadarlo a fin de crear, en lo inhóspito, en lo que suele estar vedado a nuestro paso, un espacio habitable para la reflexión. Tundra, reses, grisú… La mera enumeración de los títulos deja clara su voluntad de configurar o asentar lo humano, las palabras que nos definen y nos alumbran, en el territorio de lo no humano, de modo que ese territorio mismo, su extrañeza constitutiva, revele a su vez nuevas facetas de nuestra condición. Los libros son mallas que caen sobre lo real sin esconderlo, sin hurtarlo del todo a la vista, haciendo que en los intersticios se dibuje otro rostro, la superficie de aquello que escapa a nuestras definiciones previas y que por eso mismo desafía nuestra comprensión, nos reta a comprenderlo; un reto que amplía y expande nuestra visión, la capacidad para discriminar y finalmente nombrar nuevas realidades.



Escribimos, entre otras razones, porque el lenguaje heredado no nos es suficiente, porque todo es demasiado vasto y las palabras de que disponemos no aciertan a ser el igual de ese todo. La poesía de Esther Ramón es síntoma y testimonio de esta carencia. También una respuesta. De ahí la intensidad y vigor con que sus palabras se organizan en poemas y en conjuntos de poemas, con precisión de organismo vivo que quiere ser más que la suma de sus partes, con voluntad de excederse a sí mismo pues sólo entonces puede asediar sistemáticamente lo real, hacerse con ello, hacerlo nuestro. Aunque sea obligado, en el proceso, contagiarse y hasta participar del carácter no humano, irreducible, de aquello que se busca reducir. Si hablamos de tundra, volverse yermo, desierto, conocer la sequedad y el frío. Si hablamos de reses, desovillarse en la página con el ímpetu de un animal, dejarse tocar por los golpes y temblores de una sangre que antecede a la razón. Esa capacidad negativa, esa precisión estratégica con que la escritura cambia de forma, de ritmo y hasta de lugar de origen para asechar el fragmento de mundo que le ha tocado en suerte, o que ha escogido, es otro de los rasgos definitorios del trabajo de Esther Ramón. Todos sus libros responden a un mismo impulso, pero su plasmación en cada caso es única. No hay dos libros iguales, ni siquiera poemas de transición que puedan mediar o hacer de puente entre ellos. Ocurre, sin embargo, que cada asedio tiene valor metonímico, es un fragmento de holograma que replica, a pequeña escala, la totalidad.

Otra forma de verlo, invirtiendo la dirección de este movimiento de asedio, convirtiendo al acechador en acechado y al asedio en estrategia defensiva, es hacer de cada libro la faceta de un diamante que va construyéndose con el tiempo y que, como el nácar de las perlas de ostra, ha sido segregado lentamente, con paciencia, para envolver o dulcificar la mella, el rasguño que el mundo a todas horas deja en nosotros.



El diccionario nos dice que «el grisú es un gas que puede encontrarse en las minas subterráneas de carbón, capaz de formar atmósferas explosivas», y añade que «tiene el mismo origen que el carbón y se forma a la vez que él». Dicho de otro modo, en los términos que aquí me interesan: el grisú es la emanación del carbón, su sombra o gemelo abortado, la mitad oscura o violenta que ha escapado al control de su hermano. O que puede escapar en cualquier momento, pues las bolsas de grisú son difíciles de detectar y su estallido, inesperado y letal. Siempre al amparo de su pariente más estable, del que quizá siente envidia, perdura en bolsas que un simple chispazo o entrechocar de metales puede hacer estallar. Por eso hay que proceder con cuidado, horadar la tierra oscura y entrar en ella con precaución forjada por una larga lista de accidentes y pérdidas humanas. Descender con jaulas de pájaros que nos prevengan de su aliento insidioso. Crear fuegos falsos, fuegos fatuos, que no despierten su ira.



Visualmente, los poemas de este libro se despliegan como vigas, ejes verticales que recorren la página y la sostienen, pilares que abren un espacio de sentido habitado por silencios y reticencias, ese temor a despertar al monstruo que habita la piedra. Una escritura enjuta, hecha de relámpagos y llamadas de atención, de encabalgamientos furiosos y a la vez fluidos, de verbos y nombres y adjetivos que caen con precisión de grano de arena, contando los instantes que faltan para una explosión que nunca llega, que se incorpora sutilmente al fraseo mismo de los poemas y los tiñe de sospecha, de inminencias. La ausencia de puntuación –esa confianza en las junturas y las soluciones de continuidad que inserta la pausa versal entre palabras y frases– otorga, acaso paradójicamente, una ligazón extraordinaria a cada pieza, como si forzara a sus elementos a fundirse y amalgamarse, hacerse uno en su afán por cimentar la página y apuntalar aquel indicio o principio de sentido que va creciendo, cerrándose sobre sí mismo, a medida que avanzamos en la lectura.



«ésta fue / la helada / que cambió / la polaridad / de nuestras piedras», se dice hacia el final del libro, en un poema de cadencia tan serena y enigmática como sus compañeros. Palabras que me remiten, oscuramente (y todo en este libro sucede a oscuras, como a tientas, llevado por la tenue luz de la intuición) a otro símil visual, el del túmulo, como si estos poemas fueran montones de piedras, pilas funerarias que la autora hubiera dispuesto pacientemente sin dejar de examinar cada lasca, cada fragmento de roca. Sólo que aquí los túmulos no entierran nada, ellos mismos son la presencia que encubren o que sellan. Cada poema abunda en nominaciones, objetos y animales que remiten siempre a otro objeto, otro animal, y todo es nombrado en voz alta y luego depositado en el poema, todo es pasado por el tacto y la vista y la conciencia antes de sumarse a las figuras que lo preceden y con las que establece una cadena incandescente como un filamento, poseída por la fuerza del extrañamiento y la imaginación.



Poemas, pues, hechos de cantos o, si se quiere, de fragmentos de canto, de un ritmo que insinúa o sugiere el golpe de los picos contra la piedra, la percusión en sordina, recubierta de ecos como escamas, de las herramientas que avanzan bajo tierra:

   sigilo junto al
   horno estéril
   todos duermen
   la trampilla
   cubierta de tierra
   y una escalera
   oblicua abajo
   estatuas nuevas
   la sed de la linterna
   dibuja elipses
   en los sacos vacíos
   un rastro de trigo
   bajo la herrumbre
   de las herramientas
   una espantada
   de ratas
   que argumenta.

La escritura adquiere así valor onomatopéyico, de cuerpo que lleva impreso las huellas de aquello mismo que dice: también los poemas cavan y excavan y las palabras persiguen ese diamante inasible que no termina de aparecer o verse claramente. Porque sabemos, o sospechamos al menos, que ese diamante es la búsqueda misma, ese ahondar en la tierra para acotarla, respirarla, habitarla. Y que ese brillo sólo es visible en el proceso mismo, el intervalo que abren la escritura o la lectura.



grisú, con su abundancia de referentes, su riqueza nominal y adjetival, su tesoro de vetas y filones y brillos minerales, responde sin embargo –de nuevo la paradoja– a ese afán de vaciamiento con que José Ángel Valente definía el trabajo poético: ese hacer un vacío donde el poema pueda comparecer, gestarse. Un vacío que es tanto verbal –material, al cabo– como un espacio o lugar de la conciencia. Así se hace posible, en efecto, «andar en lo oculto […], echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea, […] estarse allí en el claustro materno, seguros y escondidos», como quería el autor de Mandorla, fundiendo de manera expresa, y quizá no del todo consciente, poema y sujeto, palabra germinada y yo autorial.

No hace falta subrayar, a mi juicio, hasta qué punto el movimiento de descenso de estos poemas parece replicar el buceo en los estratos del inconsciente que persigue la escritura, su deseo de anclaje en los planos del mito, de los símbolos colectivos, de los arquetipos. Pero prefiero, en este punto, violentando quizá la propia inclinación de su autora, invertir el movimiento y pensarlos como respiraderos donde el sujeto puede tomar aliento, escapar del abrazo uterino de la materia y mirar hacia lo alto. Son pozos que nos permiten entrar y también salir, volviendo sobre nuestros pasos para reencontrar el exterior, las pupilas abiertas, el cuerpo alerta de quien ha cortejado el desastre y sale indemne. Queda un rastro de imágenes confusas y amenazantes, el sordo latido de una actividad subterránea que se aferra, pegajoso, a la mente. Algo que viene en sueños y nos perturba mucho después de sucedido, como atestigua el poeta norteamericano James Wright en su poema «Mineros»: «En medio de la noche / oigo vagones moviéndose sobre rieles de acero, chocando / bajo tierra». En estos poemas de grisú se escucha ese entrechocar de piedras y aceros, pero también es posible oler, sentir, la promesa del aire libre.


[Hace exactamente una semana, el pasado 25 de febrero, se presentó en Madrid el nuevo libro de Esther Ramón. Éstas son las palabras que pronuncié entonces. Se trataba, me parece, no tanto de adentrarme en el libro con el bisturí de la crítica cuanto de acompañarlo y alumbrar desde fuera algunas de sus claves. Espero haberlo conseguido.]

martes, marzo 02, 2010

inesperado

Lo confieso. No me esperaba esta reedición virtual de «El esperado», un poema que escribí hace cosa de diez años y que vio la luz en Otras lunas (2002, hace una eternidad). Me hacen gracia estas reapariciones fugaces, casi incongruentes con la página que las alberga. Muchas gracias a Nacho Segurado, a quien no tengo el gusto de conocer, y que tiene el gusto, él sí, de expresar con gracia ciertas reservas sobre mi poesía. A esa luz (o sombra), los cumplidos del final saben francamente mejor.

domingo, febrero 28, 2010

escalera de color


No me oyó. Estaba absorto grabando el último mordisco de la termita antes de que todo se viniera abajo.

*

Un año en el que nadie muere, en el que nadie desaparece o es echado en falta.
  ¿Qué extraña plaga concebiría el mundo para no hundirse bajo ese exceso de vida?

*

Todo breve, sí, tanto como quieras, para que puedas tomarte todo el tiempo.

*

Hablaban sólo para mantener la debida distancia entre ellos. Las palabras les servían de verja o de pretil donde acodarse antes de subir el listón con cada nueva frase.

*

Todas esas veces en que, por fortuna, no se reconoce en el espejo.

jueves, febrero 25, 2010

historias de niños / 1


Con el tiempo, la niña ha desarrollado una discreta sabiduría en el trato con sus padres. Alterna comportamientos y actitudes según la compañía: más vivaz y sociable, también más nerviosa, con la madre; pensativa y relajada y hasta acomodaticia con el padre. Percibe un cambio en el aire, otra inflexión de voz, otras palabras, y rápidamente se incorpora al carril que tiene previsto y que conoce bien de otras veces. El padre ha creído percibir incluso cierto agrado en su manera de afrontar el cambio, como si esta duplicidad la permitiera vivir con más fluidez, previniera el aburrimiento o la monotonía. La niña descansa de su padre en compañía de su madre, y viceversa. Descansa, se aleja, toma perspectiva y conoce quién es quién. Así también se va conociendo ella, en el trato alternado y sucesivo con unos padres que advierten y disfrutan del cambio, como si en esta capacidad de adaptación de su hija cifraran la intensidad del amor de ella, la naturaleza y alcance de su afecto. (Hay también, desde luego, una dimensión narcisista en este disfrute; lo saben, son incluso tan conscientes de su existencia que pueden desterrarla a un segundo plano.)

Acostumbrado a llevarla desde pequeña al parque, el padre observa con aprensión que la niña ha empezado a ignorar la zona de juegos; incluso los rechaza abiertamente cuando él, temeroso de contagiarle ese virus de la soledad que tanto daño le ha hecho, la anima a subirse al columpio o a trepar con otros niños por una torre hecha de cuerdas y plataformas de plástico y hierro que han dado en llamar «la jaula de los pájaros». Prefiere pasear, dice ella. Acercarse hasta una zona del parque que bautizaron hace meses como «el jardín japonés», un nombre que la niña repite con gusto, como un conjuro o una contraseña: un breve parche de tierra poblado por arces, bambúes y sauces llorones, rodeado por un arroyo que solo puede cruzarse gracias a dos gráciles puentes de madera donde siempre hay gente reclinada, fumando y charlando o simplemente viendo pasar el agua borrosa en silencio. Así que caminan y hablan (las historias de la niña son una infinita concatenación de anécdotas escolares que él oye como de lejos, asintiendo sin comprometerse, preguntando cuando siente que debe hacerlo) y los pasos compartidos son en sí mismos un juego con reglas que no por tácitas son menos inflexibles. Ella sabe que caminar por el parque es uno de los placeres de su padre y se adapta a él, le complace y aprende a encontrar placer en esa complacencia. Él se asusta, avergonzado por esta respuesta sumisa, y finge una jovialidad que al final se vuelve genuina e invade cada nervio, cada poro de su piel. Él mismo se sorprende de la rapidez con que su sangre cobra otro brillo, otra soltura, como si le indicara a su dueño un camino que pocas veces ha emprendido: la disciplina de la alegría, la voluntad de gozo como preludio de una visión más ligera, más luminosa; la felicidad transformada en una meta deportiva.

Pasado el jardín japonés, caminan sin rumbo, cogidos de la mano, alternando el silencio y la charla cómplice sobre lo que van encontrando a su paso: los perros que se husmean mutuamente, el grupo de practicantes de Tai Chi, la familia de gemelos idénticos, el joven que lee el periódico con actitud displicente y al mismo tiempo defensiva, esgrimiendo las páginas abiertas como un escudo. De vez en cuando, él la mira de reojo: el óvalo del rostro, la sombra del bozo en los rasgos suaves y formados, la expresión confiada, la absoluta seguridad en sí misma que fluye de la mano enlazada a su mano. Sus miedos son infundados, se dice, ella no resiente esta soledad de dos que parece una simple prolongación de la suya propia, tan maniática, tan llena de reservas y silencios difíciles. Lo haría, tal vez, si no tuviera con qué compararla, si no pudiera alejarse de su padre y vivir en el aire más ligero, también más frívolo y salubre, de su madre. La separación se le aparece entonces como un estado no del todo indeseable, al menos para la niña. Una forma de ganar elasticidad y también de no ahogarse en las atmósferas de dos seres tan rotundos, tan ellos mismos, como son sus padres. Aprieta ligeramente la mano de la niña y mira a otro lado, para esconder la mueca de su rostro. Le dice: ven, vamos a tomar algo.

(2008)

miércoles, febrero 24, 2010

ruskin / dibujando la hiedra

.
John Ruskin, Studio de una hiedra. Acuarela con guache sobre lápiz, 1870
(bosquejo hecho cerca de la casa del artista en Brantwood, Coniston Water,
en el distrito de los Lagos; cortesía del Museo Británico).


Mientras consideraba estos asuntos, un día, en la carretera de Norwood, reparé en un poco de hiedra en torno a un tallo de espino, que se me antojó, incluso a la luz de mi juicio crítico, bastante bien «compuesto»; y procedí a hacer un dibujo a lápiz y carboncillo en las páginas grises de mi cuaderno, con cuidado, como si hubiera sido un trozo de escultura, y a medida que lo dibujaba más me iba gustando. Cuando lo terminé, vi que había perdido virtualmente el tiempo desde mis doce años, porque nadie me había enseñado a dibujar lo que tenía ante los ojos. Quiero decir que se me había ido el tiempo entregado al dibujo como una de las bellas artes; por supuesto, guardaba un registro de lugares concretos, pero jamás había visto la belleza de nada, ni siquiera de una piedra, ¡y qué decir de una hoja!


[A menudo, cuando alguien me pregunta por qué insisto en traducir ciertos poemas, aun a sabiendas de que la traducción nunca estará medianamente a la altura del original, quisiera citarle entero este fragmento de John Ruskin. La correspondencia es obvia. Ese Ruskin que dibuja un poco de hiedra sobre un tallo de espino mientras discurre que «nadie [le] había enseñado a dibujar lo que tenía ante los ojos» es el espejo donde se miran quienes -yo entre ellos- piensan o intuyen que sólo empezaron de verdad a leer poesía cuando arrancaron a traducirla.]
.

martes, febrero 23, 2010

2 creyentes


–Me cuesta creerte.
–No esperaba menos.

*

No me lo digas con tanta elegancia. Empezaré a no creerte.

lunes, febrero 22, 2010

vaya por dios / 2


Tendemos a maravillarnos del creador pese a que en ocasiones nos horrorice lo creado. Es el poder para crear una ilusión semejante lo que une a Dios y a los déspotas.

*

La búsqueda religiosa no difiere, en el fondo, de una vieja novela de detectives. En ambos casos, se trata de descubrir al asesino, rastreando e interpretando cuantas claves nos salen al paso. Aunque ahora con un agravante: buscamos saber quién nos mata después de darnos la vida.

domingo, febrero 21, 2010

círculo vicioso

Escribir es defender la intimidad en que se está, creo haber leído en algún sitio, esto es: defender el espacio de soledad y silencio, la madriguera en la que algunos debemos recalar con más o menos frecuencia para no perder la cabeza o no perdernos a nosotros mismos en el laberinto de las calles y el trato social. Pero el fruto de esa defensa, las páginas que fuimos armando en nuestra defensa, buscan paradójicamente la calle y ese trato que hemos rehuido a conciencia. Necesitan de aquellos mismos que hemos evitado para existir o sentir que existen. Algunas, incluso, no le hacen ascos al elogio, el aplauso, el apretón de manos satisfecho y complaciente. En esa contradicción nos movemos no pocos, al menos los que no somos primordialmente narradores o contadores de historias y tendemos –el instinto manda– a concebir la escritura, al menos en parte, como una indagación más o menos obsesiva (¿ególatra?) de nuestras circunstancias. Esa contradicción es fuente segura de descontento y hasta de disgusto, de repugnancia hacia nosotros mismos. ¿Salir del mundo para volver a él buscando la aprobación ajena? El ascetismo del primer movimiento no se corresponde con la coquetería de starlet del segundo. Y de esa repugnancia, que nos somete por (mal) gusto al escrutinio de aquellos de quienes más recelamos –el mundo en general–, se desprende una mayor necesidad aún de lejanía, de apartamiento. Éste es el círculo vicioso que rige el comercio, por modesto y hasta insignificante que sea, de nuestras palabras. Precisamente porque nadie nos ha obligado jamás a comerciar con ellas.

viernes, febrero 19, 2010

nombrestrella


Dice Eduardo Scala que no existe, pero sus trabajos le desmienten. Hace unos días me llegó a la oficina, impreso en papel de seda, inserto con elegancia entre dos cartulinas blancas, este hermoso regalo: mi nombre convertido en estrella o copo de nieve, con sus letras distribuidas armónicamente sobre el lado superior de la página. Sé que cometo un delito de lesa egolatría, pero no me resisto a compartir este nombrestrella con vosotros. Al fin y al cabo, no todos los días nos dan la posibilidad de convertir nuestra firma en mandala o poema visual. De paso, os invito a leer, aunque sea en el tamaño minúsculo que permite la red, su admirable intervención Llum de Llull, que acaba de publicarse en el último número de la revista Minerva.
.

miércoles, febrero 17, 2010

bei dao / la rosa del tiempo

El joven poeta norteamericano Jeffrey Yang (algún día hablaré de él y de su poesía) me envía la última novedad de la legendaria editorial New Directions, para la que trabaja: el nuevo volumen de New and Selected Poems de Bei Dao, titulado The Rose of Time y editado con elegancia y cuidado escrupuloso por Eliot Weinberger. Todo el libro es una pequeña joya. Cerca de trescientas páginas en edición bilingüe que recogen lo mejor, o lo más selecto, de la producción de Bei Dao, figura central de la poesía china contemporánea. Nacido en Pekín en 1949, Zhao Zhenkai (su nombre real; Bei Dao es el pseudónimo que adoptó a finales de los años setenta y significa «Isla del norte») lleva en el exilio desde 1989, año en que tuvo lugar la masacre de la plaza de Tiananmén. En la actualidad vive con su segunda mujer y su hijo en Hong Kong (técnicamente parte del territorio chino, aunque con el estatus especial que le concede el haber sido colonia inglesa), donde da clases de literatura y escritura creativa.

Pocos libros me han impactado últimamente como esta rosa del tiempo. Mi admiración me ha llevado al extremo de ponerme a traducir sobre la marcha algunos poemas a partir de la traducción inglesa. Su valor es, pues, meramente indicativo. Haría falta que un sinólogo experto, como mi buen amigo Gabriel García-Noblejas, tradujera estos poemas del chino para hacerles justicia. Pero estas versiones me sirven para tomar su temperatura emocional y terminar de hacerme con ellos.

El propio Bei Dao abre esta selección con un breve prefacio del que me quedo con esta cita, unos versos de su primera época tan precisos y fulgurantes como un aforismo: «La libertad no es más que la distancia / entre el cazador y la presa». Todo el libro está lleno de imágenes semejantes, balizas que acotan el territorio de una imaginación poderosa, capaz de borrar las fronteras entre vigilia y sueño, percepción y sentimiento.

Estas versiones son simples apuntes, merodeos en torno a una obra de la que lo ignoro casi todo, pero las copio aquí para correr la voz, dar cuenta de mi entusiasmo.



El arte de la poesía

en la gran casa a la que pertenezco
sólo queda una mesa, rodeada
por una vasta ciénaga
la luna me ilumina desde distintos ángulos
el frágil sueño del esqueleto aún se yergue
a lo lejos, como un andamio por desmontar
y hay pisadas de barro en la página en blanco
el zorro al que hemos dado de comer muchos años
con un golpe de su cola feroz me halaga y me hiere

y estás tú, por supuesto, sentada frente a mí
el relámpago de buen tiempo que reluce en tu palma
se convierte en leña se convierte en ceniza


del inglés de Bonnie S. McDougall



Sin título

en la línea de defensa de la lengua materna
una extraña añoranza
una rosa marchita

rosa bebiendo agua por su tallo
o si no es agua
al menos es la luz del alba

revelando al final la medianoche
canción silvestre
cabeza de pelo agitada


del inglés de David Hinton



Mañana

esas entrañas de pescado como si fueran luces
parpadean de nuevo

al despertar, hay sal en mi boca
como el primer sabor de la alegría

salgo a dar una vuelta
casas que aprenden a escuchar

unos pocos árboles se vuelven
y alguien se han convertido en héroe

debes hablar por señas al saludar
a los pájaros y a los cazadores de pájaros


del inglés de David Hinton y Yangbin Chen

Trad. J. D.

.

martes, febrero 16, 2010

vicente aleixandre / ámbito

Como no todo en este mundo va a ser poesía anglo, recupero un breve texto sobre Vicente Aleixandre que escribí hace poco menos de un año para un dossier de la revista Letra Internacional dedicado al poeta (creo que aún es posible encontrarlo en los kioscos). El encargo era comentar uno de los libros de su extensa bibliografía y a mí me tocó el primero, Ámbito, que recuerdo haber leído con admiración y asombro hace más de veinte años, en el comienzo mismo de mi aprendizaje literario. Tenía curiosidad por comprobar si aquella primera impresión sobreviviría a la relectura, y así fue: el libro se sostiene como el primer día, a pesar de que muchas de sus estrategias expresivas se mueven muy lejos de mis preferencias o inclinaciones actuales. En general, toda la parte primera de la obra de Aleixandre, hasta Sombra del paraíso, sigue teniendo una fuerza extraña, anómala y fascinante, que no ha tenido continuadores (de altura, al menos) en nuestra poesía. Una excepción, como todo lo que merece la pena.



Ámbito. Cimiento y conflicto

Hay primeros libros que surgen armados de los pies a la cabeza, como Palas Atenea, y marcan de una vez por todas el territorio privativo de una obra, el espacio de lenguaje y obsesiones que le es propio. A esa clase pertenecen Don de la ebriedad, A modo de esperanza, la primera edición de Cántico o incluso Marinero en tierra, por mucho que la obra posterior de Alberti escape en gran medida a sus inicios neopopularistas. Otros, en cambio, como los primeros libros de García Lorca o Juan Ramón Jiménez, apenas si permiten adivinar la potencia y hondura de realizaciones posteriores: son libros de aprendizaje, tanteos y tentativas que el azar o la prisa han hecho públicos. Esto, en realidad, sólo nos sirve para comprender algo mejor la naturaleza del poeta, los resortes y desvelos peculiares de su sensibilidad. A todo creador le corresponde un ritmo de maduración distinto, y son muchos los que han encontrado su mejor voz con el paso de los años, o que necesitan de una buena antología que rescate o redima sus poemas centrales, sumidos en una ganga de aproximaciones y páginas a medio hacer.

Ámbito pertenece a una clase intermedia, la de los primeros libros que, sin expresar plenamente el mundo y el lenguaje de su autor, delimitan con claridad su perímetro. Son libros fundacionales pues ahí, en germen, y a veces con carácter memorable, se plasma una visión concreta que el tiempo irá confirmando, haciendo más perfecta y también más compleja, más llena de matices y desarrollos dialécticos. En realidad, Ámbito debe leerse en diálogo con Pasión de la tierra, que es un poco su respuesta o su reverso, el complementario que pone su peso en el otro plato de la balanza y hace posible, como reacción o salida del impasse, la escritura de Espadas como labios (1932) y La destrucción o el amor (1935). Se trata de un vínculo paradójico, de libros que se oponen y a la vez se suman, de presencias antagónicas que vienen finalmente a completarse. Si Ámbito es un libro de formas cerradas, desde las cuartetas que beben directamente del ejemplo de Guillén a los tersos endecasílabos blancos de «Viaje» o «Alba», Pasión de la tierra es el reino del poema en prosa, la escritura liberada de corsés métricos o estróficos, el avance irrestricto por la página en blanco. Y si Ámbito es el libro del mar y de la noche, de fuerzas primigenias que luchan con perfecta indiferencia hacia el hombre, Pasión de la tierra, como su propio título indica, remite al dominio terrestre de las pasiones humanas, la fuerza del deseo y la imaginación y su reverso de angustia y violencia; un eros sin freno que revela de inmediato el límite opresor de la estructura social y también las costuras, la condición falible, de nuestro ser mortal. Lo paradójico está inscrito, pues, en la naturaleza misma de ambos libros, en el modo en que su propuesta formal parece contradecir su materia semántica o al menos el impulso que los genera. Y en Ámbito, en concreto, este conflicto se hace aparente desde el poema inicial, «Cerrada», cuyo célebre arranque traza sin titubeos la clave del conjunto: «Campo desnudo. Sola / la noche inerme. El viento / insinúa latidos / sordos contra sus lienzos». Ese campo desnudo, ilimitado, se opone así a la opresión de la noche, la materia nocturna que cae y cierra y toma el mundo en su puño imperioso. Es un campo-mar, una tierra que preludia la irrupción violenta y demoníaca del mar, la otra gran presencia de este libro. Y es aquí, en los dos poemas de la sección «Mar», y especialmente en «Mar y noche», donde el libro alcanza su centro expresivo y ensaya, acaso sin saberlo, el decir posterior de su autor. Esa lucha de gigantes entre dos fuerzas que se desean y se destruyen mutuamente establece los términos simbólicos de toda la obra de Aleixandre, al menos en su primera etapa, aunque con una ausencia significativa: el autor de Ámbito apenas hace sitio para el ser humano salvo como yo testigo, contemplador de potencias que le ocupan y le exceden. Es una ausencia que se acentúa en los poemas extensos, como si esa misma extensión fuera privativa de una naturaleza entendida como no-yo, aquello que se opone al ser sin dejar de atravesarlo y darle forma.

No cabe menospreciar la influencia del primer Jorge Guillén en este libro. Una influencia visible no sólo en la elección de metros y estrofas, ese gusto casi artesanal por las formas cerradas que comparte, al menos inicialmente, con muchos de sus contemporáneos, sino también en la estructura interna de los versos, resueltos por aposición o yuxtaposición de periodos sintácticos, en ocasiones simples sintagmas nominales o palabras aisladas que funcionan doblemente como bisagras («pulidos goznes») y altos en el camino. Aquí las frases, como en Cántico, se juntan y fusionan abruptamente, sin solución de continuidad, estableciendo un ritmo de stacatto que se agrava mediante hipérbatos, encabalgamientos y una puntación característica: «Bajo cielos altísimos y negros / muge −clamor− la honda / boca, y pide noche. / Boca −mar− toda ella, pide noche; / noche extensa, bien prieta y grande, / para sus fauces hórridas, y enseña / todos sus blancos dientes de espuma». Sin embargo, todo el libro es una refutación tácita o sobrentendida del universo de Guillén, una versión llena de ruido y furia de aquel mundo bien hecho del primer Cántico. Aquí hasta los poemas de plenitud («Íntegra», «Viaje») son violentos, dinámicos, llenos de un ímpetu que complica la sintaxis y retrasa fatalmente su resolución. Aleixandre no sabe o no puede refrenar su pasión discursiva y el resultado, pese a los rígidos bloques estróficos de tantos poemas, es una escritura en ebullición, tensa de inminencias y amenazas, signada por un anhelo trágico de totalidad que no tarda en dominar su escritura posterior. Así, comienzo paradójico, cimiento y conflicto, se me aparece Ámbito en el conjunto de la obra de Aleixandre. De pocos primeros libros, al menos entre los poetas de nuestra lengua, se puede afirmar tanto.

lunes, febrero 15, 2010

pentagrama

.
Hacer de sus restas una suma, por pequeña que sea. La vocación profunda del aforista.

*

Extrañas reputaciones literarias que no viajan más allá de una ciudad, de una provincia. Flores locales que un botanista consigna en su cuaderno y que a veces trata infructuosamente de trasplantar. Se alimentan de datos consabidos y de lugares tan comunes como circunstanciales. Sus entornos idóneos son la gacetilla, el periódico local, los salones de casinos y ateneos donde pueden brillar con luz ajena, replicando con menor intensidad las peculiares conflagraciones de su lugar y su tiempo.

Graves malentendidos cuando esa ciudad es una capital europea.

*

Le decepciona que los hechos le respalden. Creía tener más imaginación.

*

Si una cosa no te lleva a otra, olvídala.

*

El que piensa tropezando con todo. El que piensa sorteándolo todo. El que piensa mirándolo todo desde lejos.

Lo que cada cual escribe en su cuaderno.
.

domingo, febrero 14, 2010

3 confesiones

.
No tener miedo nunca es de necios. Tenerlo siempre es de locos. Así pues, mi relación conmigo mismo oscila fatalmente entre la necedad y la locura.

*

Una enseñanza insospechada. Comienzo a saber disfrutar de la satisfacción del deber no cumplido.

*

Como el deudo a quien el exceso sentimental de las plañideras le impone serenidad, el estrépito del mundo me petrifica en el silencio.
.

sábado, febrero 13, 2010

john ashbery / poema

Ashbery, de nuevo. El poema inicial de su libro Por dónde vagaré [Where Shall I Wander, 2004], aunque The New York Review of Books lo adelantó para sus lectores a finales de marzo de ese mismo año.

Creo que si tuviera que definir a John Ashbery con una sola frase, echaría mano de Wallace Stevens y su famoso poema «The Emperor of Ice-Cream». Ashbery es, en efecto, el emperador de los helados, el que «lía gruesos cigarrillos […] y bate / en tarros de cocina las concupiscentes cuajadas»; el que deja que «ser rime con parecer». Si hay algo que me gusta de sus poemas últimos es su tono otoñal, crepuscular, el modo en que se tiñen de una nostalgia inconcreta que nunca cede a la sensiblería, que nunca depone su fundamental escepticismo. Una melancolía irónica y hasta lúdica, por decirlo en pocas palabras. La tercera estrofa de este poema es explícita a ese respecto, con su lamento por «esa meritocracia que […] / había puesto comida en la mesa y leche en el vaso». Y su capacidad para celebrar la poesía de las afueras, de los barrios residenciales, un paisaje urbano tanto visual como mental que es también, para qué negarlo, un homenaje perverso a los Estados Unidos de su juventud. Y una imagen que no deja de ser un sueño, como dejan entrever los últimos versos («la sombra que llega cuando esperas que amanezca»). Un sueño transmutado en poema, registrado en el poema. De ahí la vaguedad, la fluidez de las transiciones, esa forma que tiene Ashbery de mover la tierra bajo nuestros pies y marear nuestras expectativas. Aunque quizá el error, leyendo su poesía, sea esperar fundamentos estables o conclusiones de ningún tipo.




Desconocer la ley no es eximente


Nos alertaron sobre las arañas y la ocasional hambruna.
Bajamos en coche al centro a ver a nuestros vecinos. Ninguno estaba en casa.
Encontramos refugio en patios diseñados por la municipalidad,
y al hablar evocamos otros lugares, lugares diferentes…
Pero ¿lo eran de veras? ¿No los conocíamos ya de antes?

En viñedos donde el himno de las abejas ahoga la monotonía
dormimos en busca de tranquilidad,
sumándonos a la estampida.
Él se me acercó.
Todo seguía igual que de costumbre,
excepto por el peso del presente,
que arruinó el pacto que hicimos con el cielo.
En verdad, no había motivo para alegrarse,
ni tampoco necesidad de dar la vuelta.
Sólo por estar de pie ya nos habíamos perdido,
escuchando el zumbido de los cables encima de nosotros.

Guardamos luto por esa meritocracia que,
llena de salvaje vitalidad,
había puesto comida en la mesa y leche en el vaso.
Con maneras descuidadas, barriobajeras,
volvimos caminando al cristal de roca primitivo
en que él se había convertido,
todo preocupación, todo miedo por nosotros.
Descendimos con calma
hasta el último peldaño. Allí puedes lamentarte y respirar,
enjuagar tus posesiones en la fuente helada.
Ten cuidado tan sólo con los osos y lobos que la frecuentan
y la sombra que llega cuando esperas que amanezca.


Trad. J. D.

viernes, febrero 12, 2010

novena

.
Las respuestas aplazadas, ensanchando el tiempo.

*

Aferrarse a lo inútil le consuela.
Pero también: la utilidad es adictiva.

*

Se encierra en la frase más breve posible, e incluso así le queda espacio para tomar aliento y decir otra.

*

La alegría del niño con zapatos nuevos. Porque está más cerca del suelo, porque la amenaza conjurada era mayor.

*

Hay alguien en mí que no conozco: habla conmigo para saber quién soy.

*

Le inquieta menos el instante de su muerte que su continuación. Aquellos de quienes se despidió viven desde hace mucho en la eternidad. ¿Le aceptarán sin condiciones?

*

Poemas como maniquíes. Tienen una interpretación nueva para cada pase.

*

Lo que entra fácilmente en el oído suele pasarse de frenada. La oreja contraria como un despeñadero.

*

¡No me resucites! No quiero morirme dos veces.
.

sábado, febrero 06, 2010

poemas / reseña

Dos anuncios, dos pequeñas alegrías en medio de tanta urgencia, tanta carrera, este tráfago enloquecido en el que nos movemos casi cada día. La espléndida revista colombiana El Malpensante (o, más en concreto, su director, Mario Júrsich) ha tenido la gentileza de acoger tres de mis poemas en su número de enero. Aunque aparecieron en su momento en esta bitácora, he disfrutado con esta nueva vida, la prórroga o segunda oportunidad que les concede su publicación en El Malpensante. No dejéis de explorar el resto del número y, en general, la página web de la revista. No tiene desperdicio.



Y Jesús Aguado firma una generosa y atenta reseña de mi edición de la poesía de William Blake en el número de enero de la revista Mercurio, el boletín mensual de la Fundación Lara. Para ilustrarla, el memorable retrato de Blake que realizó Thomas Phillips. Me ha conmovido, en especial, el comienzo de su lectura, prueba de una penetración psicológica fuera de lo común: «William Blake (1757-1827) vivía y escribía el exceso con naturalidad, seguro de que al el corazón de lo excesivo (Dios y el resto de las mayúsculas) se podía acceder usando herramientas humildes, artesanales, baratas. En esto se diferenciaba de sus contemporáneos los románticos, que por aquel entonces estaban inventándose el concepto de lo sublime para tener un pedestal desde el cual poderle hablar de tú a tú a la Inmensidad, al Yo, al Amor o a la Muerte. En esto, por otra parte, se parecía a la mayoría de los místicos (zapateros, cesteros, eremitas), de los que, sin embargo, también se distinguía en que él, cuando se encontraba cara a cara con Eso (Dios, etc.), no humillaba el rostro en señal de sumisión sino que, en un acto que no hay que calificar de arrogante porque era la inocencia absoluta el que se lo dictaba, lo mantenía bien alto y atento para no perderse detalle […]».
.

Podéis acceder a la reseña pulsando sobre la imagen.

jueves, febrero 04, 2010

private eye


Si tuviera que reducir o dejar en un puñado mi catálogo de paisajes privados, me quedaría con media docena de imágenes modestas, casi vulgares, y desde luego incomprensibles para cualquiera que suela vincular estos recuerdos a una estética de tarjeta postal (como hizo, en el verano de hace dos años, un conocido diario madrileño): la calle Fernando el Santo en Gijón, con sus chalecitos de vigas cilíndricas y sus muretes encalados, por donde pasábamos una y otra vez para ir al colegio, y que moría en un amplio descampado de ortigas y varas de oro que ahora, veinticinco años más tarde, es suelo de urbanizaciones y avenidas relucientes; la arboleda de avellanos y laureles tiznados junto a una vía de tren abandonada, en Grandpont, la pequeña reserva de pájaros que había detrás de casa en Oxford; la quietud verde y ordenada de campus universitario de la calle Samaria, o la Avenida de Nazaret, en Madrid, bajo la luz anaranjada de una tarde de julio, mientras buscaba por buscar, casi por aburrimiento, algún cartel de «Se vende»… Estampas íntimas, medio alucinadas, que han quedado en el recuerdo como escaleras hacia el asombro: la sensación de algo que súbitamente se amplía y se retira, como haciendo sitio a un aire más intenso, más punzante. Un asombro retraído, lejos de toda noción de trascendencia, que no llama la atención y que se disipa tan pronto se intenta estudiarlo o incluso acercarse a él, como un animal asustadizo.

Durante un tiempo me inquietó no conocer su sentido, si es que lo tenía. ¿Cuál era su origen, qué circunstancias propiciaban su aparición? La curiosidad no ha remitido, aunque ahora matizada por una indiferencia paciente que se complace en el recuerdo, en contar y repasar las estampas que ha ido almacenando sin esfuerzo. Porque no hubo, no hay esfuerzo: se diría que este asombro, esta percepción casi pasiva de alerta y plenitud que regresa sin aviso, es un hilo que ensarta cada imagen como la cuenta de un collar. Hay una existencia ahí, o una forma de desligarse de ella para leerla de otro modo, desde la distancia o el ángulo abarcador de la perspectiva. Una alegría, también, como si por un momento las piezas del rompecabezas encajaran, como si pudiera respirar mejor, más anchamente. Un indicio de cumplimiento.

viernes, enero 29, 2010

desde una barca de papel


Hay temporadas en las que el mundo está demasiado con nosotros, como decía Wordsworth. Y así ha sido estas últimas semanas. Las obligaciones laborales me han impedido acercarme a esta bitácora y también, muchos días, a las de mis amigos y afines. Parece que la situación de emergencia remite y que vuelvo a tener una relación más saludable o equitativa con el calendario. Ojalá se prolongue.

En cualquier caso, no quería dejar pasar más tiempo sin anunciar -y celebrar- la publicación de la antología Desde una barca de papel. Poemas (1981-2008), del poeta norteamericano Reginald Gibbons (Houston, 1947), un proyecto en el que hemos trabajado muy estrechamente el autor, los editores -Antonio Reseco y José María Cumbreño, esto es, Littera Libros- y yo mismo, y que es una especie de punto de inflexión, de primer hito en el camino, desde que tuve la suerte de conocer a Reg Gibbons allá por el 2002, con motivo de un homenaje a Luis Cernuda celebrado en México D.F., y descubrí su poesía.

Ya he hablado de Reg en esta bitácora, y también colgué entonces un poema, «Invierno», que aparece de nuevo en esta antología. Autor, a mi juicio, de la mejor traducción que se ha hecho de la poesía de Cernuda en lengua inglesa (en 1977), y finalista hace dos años del National Book Award con su último libro, Creatures of a Day, el trabajo de Gibbons se ha desplegado en diversos frentes: no sólo la poesía y la traducción (de Jorge Guillén, de Sófocles, de Eurípides, de poetas mexicanos contemporáneos) sino también el ensayo, la novela y la edición durante años de una revista crucial para entender la poesía contemporánea norteamericana: la inmensa TriQuaterly, donde, además de intervenir activamente en los debates del presente, también procedió a reevaluar la obra de poetas del medio siglo veinte como Muriel Rukeyser o Thomas McGrath. Doy fe de su celo editorial, porque yo mismo lo he visto en acción mientras trabajábamos en esta antología: esmero, escrúpulo vigilante y una atención minuciosa a los detalles, a fin de que nada se colara entre las mallas de nuestras limitaciones. Así lo demuestra en su propia bitácora, muy bien cuidada, llena de reflexiones que surgen pegadas a tierra, al taller del escritor, pero que no tardan en cobrar vuelo, llenarse de matices y ramificaciones sorprendentes.

Como señalo en la nota editorial, este libro «es el resultado del esfuerzo conjunto de varias personas a lo largo de los años». Además de mis traducciones, también se recogen traducciones de los poetas mexicanos Manuel Ulacia y Víctor Manuel Mandiola (estas últimas, hechas en colaboración con Jennifer Clement) que su autor y yo hemos revisado con detalle. Creo con franqueza que el conjunto no tiene desperdicio; además, retrata fielmente las distintas etapas de su obra, una evolución que lo lleva de una poesía de corte narrativo, muy ligada a la anécdota biográfica, a otra más densa y alusiva, preñada de preocupaciones morales y socio-políticas, donde lo personal y lo colectivo se funden… iba a decir sin fisuras, pero me temo que aquí son precisamente las fisuras, la juntura de colado, lo interesante. Quizá mi poema favorito sea la extensa secuencia que da título al libro, «Desde una barca de papel», pero todos los textos de la última época me entusiasman por igual.

No sin invitaros a dar una vuelta por la página y por la bitácora de Littera Libros, llevadas con nervio y buen hacer por Antonio y José María, cuelgo un par de secciones de su poema en prosa «Migraciones de aves» (It’s Time, 2002) para abrir boca. No os lo perdáis.



MIGRACIONES DE AVES

1.

Pálidas gaviotas se yerguen en los oscuros campos arados igual que parlamentarios.

El aroma de la tierra removida satura el aire.

De pie entre las gaviotas, dos pequeños abrigos negros que graznan.

Dispuestos y apretados en una larga hilera, los cedros parecen haber llegado con la intención de esperar alguna revelación.

Macilento y barbado, el viajero camina junto a ellos por la senda polvorienta rumbo a una u otra civilización, con los ojos abatidos, fumando un cigarrillo, mientras en su mente las innúmeras palabras se han congregado y están a punto de volar hacia el sur sobre el humo de incendios forestales y ciudades.

5.

Había un interrogador que trabajaba para el prefecto jefe de la ciudad, un torturador con una intuición casi infalible de los límites mismos del martirio físico, la humillación y el terror impotente en los seres humanos, un hombre conocido entre sus colegas y superiores por su impecable silencio lo mismo en el trabajo (otros hacían las preguntas sin sentido) que luego, y que con otro nombre escribía poemas.

Estos poemas sobrevivieron a su época, aleteando sin cesar a través del tiempo como una pequeña bandada de pájaros, pero sin regresar nunca a su propio tiempo. Seiscientos o mil seiscientos años más tarde, cuando se redescubrieron fragmentos de poesía entre los escombros desenterrados de grandes edificios antiguos, se estimó que los poemas del interrogador eran de una belleza especialmente delicada y memorable, pero de su autor nada, ni siquiera su nombre falso, se llegó a saber.


Trad. J. D.
.