lunes, mayo 31, 2010

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Ese instante, quizá irreparable, en que uno se convierte en parásito de sí mismo.

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En el poema va la penitencia.

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Palabras que asoman en mitad de una frase con la lengua bífida de una serpiente. Hay que apartarse a tiempo, hacer oídos sordos, y ni hablar de confiarse; en cualquier momento podríamos sentir su mordedura.

sábado, mayo 29, 2010

descripción de una escucha

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© Ramón Prendes


palabras para antonio gamoneda

Cómo llegamos a un escritor, a su trabajo, de algún modo proyecta una sombra sobre nuestra relación con él. Es una clave musical que condiciona todas nuestras lecturas, la forma en que volvemos sobre sus libros y profundizamos en ellos. Cada vez concedo más importancia a ese primer encuentro, a los ecos que despierta y que se prolongan y modulan en el tiempo hasta hacerse uno con el cuerpo del texto. La lectura es un ejercicio temporal y encuentra en el tiempo su pleno sentido; pero es un tiempo que no sólo se despliega en el futuro, en respuesta a la esperanza o la expectativa de sentido que surge del trato con el texto (con la materia del texto), sino que también mira hacia atrás, hacia un pasado que se reactiva cada vez que volvemos a él por medio de las páginas o los libros en que reside, virtual o latente, agazapado entre líneas, capaz de revivir de un salto a poco que lo llamemos.

Descubrí la existencia de Antonio Gamoneda a la vez que su poesía, y su poesía fue, durante largo tiempo, el recuerdo de la lectura que dio en la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo una mañana de enero de 1989, con ocasión de un congreso de poesía que fijó en términos bastante definitivos, al menos durante una década, mi retrato de lo que era o decía ser la poesía española contemporánea. Las primeras impresiones suelen ser decisivas, y la primera imagen que me viene a la mente al recordar aquel congreso es un hombre robusto, algo más avejentado de lo que hacía esperar su fecha de nacimiento, que leía con voz severa y cálida fragmentos de un largo poema o libro llamado Descripción de la mentira. Ahora no recuerdo si leyó el libro de principio a fin o si añadió a su lectura fragmentos de Lápidas, publicado sólo dos años antes (habría que ir a las grabaciones de aquel congreso, que existen, para aclararlo). Apenas hizo comentarios. La lectura fue una larga letanía de frases e imágenes resonantes, llenas de un énfasis casi bíblico y dichas, sin embargo, con extraña parsimonia, como si el lector pronunciara un veredicto irrefutable, medido y calculado hasta la extenuación, capaz de repartir con mano certera culpas y responsabilidades. Recuerdo el silencio alerta que se hizo en la sala durante los cincuenta minutos largos que duró su intervención, y también el aplomo, la sobria naturalidad del semblante que nos leía desde la mesa; una sobriedad en la que participaban por igual la pasión y el escepticismo, la tensión del momento y la paciencia del que lleva ya muchas horas de vuelo y concede la importancia justa a su trabajo.

He tenido el privilegio de escuchar a Antonio Gamoneda varias veces a lo largo de estos veinte años, con la ventaja añadida de una familiaridad con su obra que entonces simplemente no tenía. Pero ninguna lectura, con una salvedad que luego señalaré, ha tenido el impacto de aquella primera. Quizá porque, en mi caso, el descubrimiento de la poesía fue simultáneo al descubrimiento de la persona y de la voz. Durante muchas veces, mientras leía y releía (e imitaba torpemente) las páginas de Edad, los poemas sonaban con la voz de su autor, estaban asociados de manera inextricable y hasta obsesiva con la figura de Antonio. Ello no me impidió, desde luego, hacerlos míos en la lectura y disfrutar incluso con su apariencia visual, el modo en que desplegaban sus largos párrafos (esos «bloques textuales» de los que ha hablado alguna vez en conversación con Ildefonso Rodríguez) sobre la página. Pero el eco -el recuerdo- de aquella escucha inicial se prolongaba de manera soterrada y sostenía mi frecuentación íntima de la obra. Un eco en el que insertaban, al sesgo, las nociones y categorías que iban surgiendo de la lectura y que aún ahora, convertido su autor en figura célebre y celebrada, diana involuntaria de periodistas y comentaristas mediáticos, siguen teniendo más vigencia que nunca: rigor, autenticidad, tensión verbal, capacidad para ir a lo hondo y relatar en palabras memorables el drama de la existencia.

Muchos años más tarde, en el verano de 2003, y esta vez en el ámbito de un curso de poesía dirigido por Andrés Sánchez Robayna en la Universidad de verano de El Escorial, pude ser testigo una vez más del poder de convicción de esta poesía, del vigor con que se revela a sus oyentes, plantándose en su conciencia, estableciendo un vínculo que excede la simple comprensión de sus contenidos. Como el alumno universitario que yo era en 1989, también muchos de los asistentes al curso desconocían la poesía de Antonio. Sentado junto a él, pronuncié unas pocas palabras de presentación y le di la palabra. La voz había cambiado sutilmente con los años, se había hecho más grave y espesa, fluía con más lentitud, pero no había perdido la capacidad para hacer el silencio a su alrededor; un silencio atento, erizado como un gato, lleno de tensión y expectativa. Antonio leía y en muchos rostros -los tenía frente a mí, no podía ignorarlos- se iba dibujando una expresión de asombro, de sorpresa contundente, que ni siquiera el aplauso final borró del todo. Creo que muchos tuvimos la impresión de haber vivido un acontecimiento, algo cuyo sentido profundo se nos escapaba sin dejar de interpelarnos. De aquella semana es quizá lo que mejor recuerdo, junto con la lectura también inolvidable de Eugenio Montejo, otro poeta capaz de jugar a voluntad con los silencios.

Estas dos lecturas han marcado profundamente mi relación con la poesía y la persona de Antonio Gamoneda, hasta el punto de que no puedo leer un texto suyo sin escucharlo en su voz. Resulta curioso porque, como ya he dicho, está conciencia aural ha convivido sin problemas con una apreciación igualmente intensa de su presencia visual, el modo en que aparece impreso. Es una lectura doble, que discurre simultáneamente en dos canales, el ojo y el oído, y que a veces quisiera, en su entusiasmo, poder sopesar las palabras en la mano para cobrar conciencia cabal de su peso, su materialidad llena de aristas y grumos. Es algo que pude comprobar una y otra vez mientras trabajaba en la edición de La campana de la nieve, disco que recoge tres de las lecturas que Antonio ha dado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y en el que se percibe perfectamente la distancia entre el lector de 1986 -recién aparecido Lápidas-, con la voz encendida y hasta un punto insolente, y el de 2006, más viejo y decantado, también más vulnerable.

No sé si Antonio tiene la costumbre de decirse en voz alta los poemas mientras los compone, como dicen que hacía Sylvia Plath en el tramo final de su vida. Quizá no sea buena estrategia, ya que fiarlo todo al efecto sonoro puede conducir a una poesía efectista o retorizada, muy lejos de la cuajada inmediatez de su escritura, de su fraseo tirante y circular. Y el propio Antonio ha alertado sobre los peligros de las cantinelas tradicionales, de los ritmos fáciles que se heredan acríticamente y que impiden concebir o liberar un pensamiento poético genuino. Pero sin duda sabe (porque ese «placer sin esperanza» del que habla en Arden las pérdidas es fundamentalmente de índole musical) que esa dimensión sonora está ahí, en todo lo que escribe, y que el poema, antes que nada, es algo que se dice, algo hecho por y para la voz y que necesita de nuestra escucha para ser plenamente. Por fortuna, puede decirse que ese espacio de escucha y de receptividad ha crecido hasta extremos que hace veinte años, en aquel lejano mes de enero de 1989, parecían inconcebibles. No es culpa suya si yo sigo oyendo, como un eco de fondo, como la clave musical que explica y justifica el conjunto, al poeta casi secreto que nos leyó entonces.



[Escribí este breve texto hace cosa de un año (junio del 2009) para un libro de homenaje a A. G. coordinado por el poeta leonés Rafael Saravia, El río de los amigos, que Calambur Editorial publicó pocos meses más tarde. Lo bueno de escribir al margen de la actualidad es que luego los textos no pierden un ápice de su carácter marginal; son tan (im)procedentes ahora como cuando fueron escritos. Me gustó evocar, sobre todo, aquella primera lectura de enero de 1989, que fue también el mes en que publiqué mi primer poema, de vergonzante recuerdo. Sobra decir que toda mi secreta vanidad de poeta incipiente quedó hecho trizas al escuchar en riguroso directo Descripción de la mentira...]
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lunes, mayo 24, 2010

bunting / pound

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Hay temporadas en las que, por alguna extraña razón, uno frecuenta sobre todo a maldecidores. Quiero decir maldecidores literarios, escritores enfadados con el mundo que truenan, denigran y se encolerizan como profetas bíblicos. Reconozco que lo paso muy bien leyéndoles: hay algo liberador en su furia, en su desprecio, y a veces, cuando la diana está cerca de sus intereses, consiguen dar a sus invectivas un tono aforístico, una concisión lapidaria realmente memorables. Así ocurre en el último Cernuda (con aquel implacable «¿Príncipe tú de un sapo?» lanzado a la cara de Dámaso Alonso), en el Valente que va de La memoria y los signos a Treinta y siete fragmentos, o incluso en el Larkin más mordaz, el de «Vers de Societé» y «This Be The Verse».

Uno de esos maldecidores ocasionales fue Basil Bunting (1900-1985), del que ya he colgado aquí un curioso poema humorístico, «What the Chairman Told Tom», donde Tom se refiere al poeta T. S. Eliot. Este otro poema tiene como protagonista a Ezra Pound o, más en concreto, la historia de la recepción de sus Cantos, y Bunting dice haberlo escrito, garabateado quizá, en la portadilla de una edición de la gran obra de su maestro. Bunting frecuentó a Pound en Rapallo a comienzos de los años treinta, tras lo cual viajó por medio mundo (las Islas Canarias, Estados Unidos, Persia, etc.) hasta finalmente instalarse de nuevo en su Inglaterra natal, donde publicó en 1965 su gran poema Briggflatts.
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Bunting es un ejemplo perfecto de esos rara avis que produce Inglaterra de vez en cuando. Ya en Rapallo se hizo célebre por su humor sardónico, sus impertinencias, su orgullo desdeñoso y lleno de ingenio. Era también un gran fantasioso, capaz de adornar el relato de sus viajes con abundantes novelerías. Entre otras cosas, afirmó haber jugado al ajedrez con Franco mientras el futuro dictador ocupaba el cargo de Comandante general de las Islas Canarias (y urdía, suponemos, su fatal conspiración). Trabajo como espía en Persia durante la Segunda Guerra Mundial, y hasta 1952, año en que fue expulsado del país, estuvo en nómina del Servicio Británico de Inteligencia. Un personaje, vamos. El haber trabajado como espía le sirvió de poco a su regreso a su Inglaterra, donde malvivió como periodista y corrector de pruebas en un diario de Newcastle.

Leí este poema en un libro que reúne una selección de los mejores trabajos publicados en la revista londinense Agenda, donde se publicó originalmente, y me puse a traducirlo casi de inmediato, atraído por su tono de invectiva y su ferocidad (aunque los años no ha pasado en vano y de aquella primera traducción queda bien poco). Ahora aparece en varias páginas de la red como un ejemplo de la defensa que sus amigos y discípulos hicieron de la inmensa, caótica y esquinada obra de Pound. Lo que Bunting viene a decir, me parece, es que, a pesar de todos sus excesos y defectos, es imposible hacer como si los Cantos no existieran. Sospecho que tiene razón, aunque sospecho también que no hemos dado con una lectura de la obra despojada de adherencias historicistas, de rancia y gastada reverencia.

Por cierto, los dos versos en francés provienen de «Voici venir la nuit», una canción tradicional francesa. Aunque su sentido dentro del poema parece claro, no he logrado saber qué relación tienen con la vida o la obra de Bunting y Pound. ¿Quizá un chiste privado? ¿O una pieza de música que alguien tocaba al piano durante sus veladas italianas? Sigo investigando.



Escrito en la portadilla de los Cantos, de Pound

Ahí tenéis los Alpes. ¿Qué más se puede decir de ellos?
Son ininteligibles: glaciares asesinos, flancos
que sólo un loco escalaría, piedras y brezo,

pastos y grava,
et l' on entend, quizá, le refrain joyeux et leger.
¿Quién sabe lo que el hielo habrá arañado
al rebajar la piedra?

Ahí están; tendréis que dar largos rodeos
si queréis evitarlos.
Lleva su tiempo acostumbrarse. ¡Ahí los tenéis,
imbéciles! ¡Sentaos, y esperad a que caigan!



Trad. J. D.

El original, aquí.

domingo, mayo 23, 2010

monstruos en el laberinto


Más traducciones, y más sobre traducción. El poeta y traductor Juan Manuel Macías, que entre sus muchos haberes y saberes cuenta la creación y el mantenimiento de la espléndida página web de DVD Ediciones, ha armado un curioso laberinto en el que nos escondemos, lo mismo que monstruos de cuento medieval, un pequeño grupo de traductores de poesía con nuestros autores y textos traducidos: Rilke, Eliot, Browning, Hardy, Charles Wright, Ted Hughes, Bukowski… Ahí andamos, ocultos bajo los muros de un laberinto que a primera vista no tiene marcas ni señales de ningún tipo. Hay que pasar el cursor un poco al azar, jugar con él, hasta que se convierta en una pequeña mano, indicando la existencia de un enlace. Un juego que es también una invitación a la lectura, tanto de nuestras reflexiones sobre el oficio como (más importante) de los poemas que hemos traducido. Al final, lo que se demuestra es que la poesía, como cualquier otra forma de energía, no se crea ni se destruye, simplemente se transforma.

Aprovecho esta entrada para expresar mi agradecimiento a todos los que sois seguidores de esta bitácora por vuestra compañía y vuestra complicidad. Me resulta francamente increíble que haya más de cien personas interesadas en los contenidos que voy colgando en esta página. Pero es también muy estimulante, para qué negarlo. Lo único que siento es que estas últimas semanas me ha sido imposible centrarme en la bitácora como era mi deseo. Demasiado trabajo, demasiadas obligaciones que me han sacado un poco de mis casillas. La tormenta ya ha amainado. Ahora toca hacer recuento y retomar antiguas costumbres. Después de casi cuatro años de existencia y más de cuatrocientas entradas, esta bitácora ha cobrado vida propia; si no le presto la atención debida, salta de la pantalla para quejarse. Como el monstruo en su laberinto, también es una fiera a la que hay que alimentar. Para mi suerte, todo cuanto le doy me lo devuelve con creces.
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miércoles, mayo 19, 2010

yeats / lapislázuli

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para Harry Clifton

He oído que ciertas señoras histéricas
dicen estar cansadas del arco de violín y la paleta,
de poetas que siempre están alegres,
pues todo el mundo sabe o debiera saber
que si no sobreviene un cambio drástico
avión y zeppelín saldrán de vuelo,
lanzando bolas explosivas como en tiempos del Káiser,
hasta que la ciudad quede arrasada.

Todo el mundo interpreta su tragedia,
allí se pavonea Hamlet, allí está Lear,
y esa es Cordelia, y esa otra, Ofelia;
pero todos, transcurra el desenlace
o esté al caer el último telón,
si son dignos de sus papeles protagonistas
no interrumpen sus versos sollozando.
Saben que Lear y Hamlet son alegres;
la alegría transfigurando todo ese miedo,
todo cuanto los hombres han buscado,
encontrado y perdido;
oscuridad total; el Cielo ardiendo en la cabeza:
la tragedia llevada al paroxismo.
Aunque Hamlet divague y Lear delire
y todos los telones desciendan al unísono
en cien mil escenarios,
no puede ser mayor ni más rotunda.

Llegaron por su propio pie, o en barco,
a lomos de camellos o caballos, de mulas o jumentos,
antiguas civilizaciones pasadas a cuchillo.
Y ellos y su sabiduría cayeron en desgracia:
ninguna obra de Calímaco,
que trabajaba el mármol como si fuera bronce,
labrando cortinajes que parecían levantarse
cuando el viento marino barría el suelo, permanece;
su larga tulipa de bronce, forjada como el tallo
de una palmera esbelta, no duró sino un día;
todas las cosas caen y son reconstruidas,
y quienes las construyen de nuevo están alegres.

Dos chinos, y tras ellos un tercero,
aparecen labrados en lapislázuli;
sobrevuela la escena un pájaro zancudo,
símbolo de longevidad;
el tercero, sin duda un ayudante,
transporta un instrumento musical.

Cada deslucimiento de la piedra,
cada mella o rotura accidental
parece una corriente o un alud
o una cuesta empinada donde sigue nevando,
aunque una rama de ciruelo o de cerezo
dulcifica sin duda, a media altura,
la casa a la que ascienden estos chinos;
y allí sentados me complazco en imaginarles;
mirando fijamente la montaña y el cielo,
el trágico paisaje desplegado a sus pies.
Alguien del grupo pide una música triste;
unos dedos expertos comienzan a tocar.
Sus ojos, sepultados entre arrugas, sus ojos,
sus viejos ojos destellantes, están alegres.

1938

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Traducción: J. D. El original, aquí.

viernes, mayo 14, 2010

pájaros raíces / valente

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Bueno, ya está en librerías. Es un libro, obviamente, se llama Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente y, como el título indica, reúne reseñas críticas, artículos, ensayos y poemas sobre y alrededor de la obra del poeta José Ángel Valente. Lo publica Abada Editores con su elegancia característica y su edición culmina más de cinco años de trabajo discontinuo pero constante desde que allá por agosto de 2004, mientras compartíamos descanso y sol tinerfeño con los poetas Francisco León y Alejandro Krawietz, se nos ocurriera la idea de reunir en libro todo lo que llevábamos escrito sobre Valente y que andaba disperso por revistas y hojas volanderas. Al final el libro ha rebasado ampliamente su horizonte inicial y se ha convertido en un homenaje en toda regla a la obra del autor de Mandorla. Una reparación, también, porque se quería desmentir, en más de un sentido, la idea (interesada) de que esta poesía se habría movido lejos de los intereses de los poetas y críticos que empezamos a publicar en la última década del siglo pasado. La idea, sin embargo, era actuar con naturalidad, sin esa impostación agresiva con que se manejan las cuestiones estéticas en este país, como si una y otra vez hubiera que encender velas a los santones de turno; ya hemos tenido, y tenemos, demasiado olor a incienso entre nosotros. Creo que lo que nos ha movido es la necesidad de saldar una deuda de gratitud con una obra que, quiérase o no, está en el centro de nuestras lecturas, de nuestras inquietudes, y de la que seguimos aprendiendo cada vez que nos acercamos a ella.

No lo negaré: ha sido mucho trabajo. Más de quinientas páginas que Marta Agudo y un servidor hemos revisado y vuelto a revisar hasta la extenuación. Pero el resultado es sólido y elegante gracias a los buenos oficios de la editorial y, cómo no, gracias al estupendo trabajo crítico y creador de los participantes. El libro es todo aquello que esperábamos hace años, y más. Ese más me preocupa, porque puede hacer que reincidamos en el futuro, y no sé si quiero volver a pasar por un esfuerzo semejante. En cualquier caso, ha valido la pena.

Además de los editores mismos, han colaborado en Pájaros raíces los siguientes poetas y críticos: Jordi Ardanuy, Marcos Canteli, Daniel Casado, José María Castrillón, José Manuel Cuesta Abad, Rafael-José Díaz, Diego Doncel, Manuel Fernández Casanova, Agustín Fernández Mallo, María José Flores, Pilar Fraile, Eduardo García, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Isidro Hernández, Amalia Iglesias, Julián Jiménez Heffernan, Alejandro Krawietz, Francisco León, Antonio Lucas, José Antonio Llera, Juan Carlos Marset, Antonio Méndez Rubio, Luna Miguel, Eduardo Moga, Vicente Luis Mora, Luis Muñiz, Marianela Navarro Santos, Antonio Ortega, Julio Pérez-Ugena, Carlos Peinado Elliot, María Ángeles Pérez López, Jaime Priede, Raúl Quinto, María do Cebreiro Rábade Villar, Goretti Ramírez, Esther Ramón, José Luis Rey, Jorge Riechmann, Ada Salas, Vicente Valero, Joan de la Vega, Javier Vela, José Luis Zerón Huguet e Ibon Zubiaur. A todos ellos, gracias de nuevo por su contribución.
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miércoles, mayo 12, 2010

verde

De los tres olores que Jean Cocteau calificaba de principales: olor a lápiz, olor a puerto y olor a circo, sólo este último ha perdido su fuerza o su capacidad de sugerencia para mí. Quizá porque nunca estuvo muy presente en mi vida. Lo sustituiría, sospecho, por el olor a tierra húmeda, o más bien, para quienes entiendan que la tierra está demasiado cerca del lápiz, por el olor a hierba segada. Breve es el respirar / de las briznas cortadas, decía Philip Larkin, pero no tan breve como para no conmoverme mientras cruzaba esta mañana el parque y veía el temblor de oruga de las cortadoras eléctricas, el puño blanco de sus morros siguiendo el perímetro de los setos. Un aire verde, aún más denso bajo la densidad de las nubes como de tormenta que se agolpaban arriba. Así todo es más fácil, pensé, o me obligué a pensar. El día, claro, no tardó en desmentirme, pero por un instante estuve en paz con sus apariencias.

lunes, mayo 10, 2010

steiner en pn review

Uno de los hitos más placenteros de mi rutina suele ser acercarme a la oficina de correos y abrir el cajetín de mi apartado postal. Siempre hay sorpresas, y casi siempre son agradables. Hoy el lote incluía el último número, el de mayo-junio, de PN Review, la revista bimensual de poesía que dirige con mano firme, desde Manchester, el gran Michael Schmidt. No contesta un correo electrónico ni que le maten, y es escurridizo como el agua, pero su revista es quizá la mejor de su especie en las islas británicas. Basta revisar su lista de colaboradores para asentir. En este último número destacan, en concreto, las colaboraciones de Yves Bonnefoy, del australiano Les Murray y del escocés Frank Kuppner, un espléndido poeta del que algún día hablaré en esta página.

Hojeando la sección de Cartas al director me encuentro para mi sorpresa con una breve carta de George Steiner que puede leerse exenta, como una viñeta que se comenta a sí misma. Sabía que Steiner sigue habitualmente la revista (está suscrito a ella desde su fundación), pero me hace gracia tener la prueba. La traduzco sin más ceremonia y como un modo de retomar esta bitácora después de dos semanas de silencio. En rigor, la carta, casi un telegrama, dice tanto de Lukács y de Pasternak como de su autor.



Estimado señor:

Hace muchos años visité a Lukács en Budapest.

Le pregunté por qué había censurado Doctor Zhivago.

Lukács respondió: «Un libro deshonesto. Pasternak le atribuyó a Zhivago algunos de los mejores poemas de la literatura rusa moderna. De este modo le dio a la posición anticomunista de Zhivago una autoridad imponente. Shakespeare nos habría dado los torpes y quizá mediocres poemas líricos de un médico rural. Pasternak hace trampa».

El argumento me parece sofista. Es también profundo.

George Steiner
Churchill College, Cambridge

domingo, abril 25, 2010

aire cargado


Las nubes de tormenta se agolpan en el cielo
igual que bestias en una charca. Nadie
espera nada a estas alturas,
nadie sabe,
pero estaría bien, muy bien, después de todo,
que la lluvia bajara de una vez a lavarnos,
que dejara en los ojos deslucidos
un poco de su frío y su caudal.

Un paisaje indistinto de antenas y azoteas
duplica los baldíos de la sangre.
¿De qué hablamos cuando no estamos juntos?
¿Qué miedo se conjuga en nuestras evasivas?

Después de tantas vueltas, sólo queda
rearmar las tropas de la lucidez,
jugar con los insectos de la mente
y decir lo que toca,
si es que decir nos sirve a estas alturas.

La luz tangente de la calle
abre un charco en la mesa, un fuego escueto.
Es tarde para corregirse.
Acudo a él para engañar mi sed.

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jueves, abril 22, 2010

el trueno de peter redgrove

El poema de Jamie McKendrick que colgué la semana pasada me ha llevado a este otro de mi admirado Peter Redgrove, «Pigmy Thunder», que incluí en mi libro Gran angular (2005) con el título de «Trueno diminuto». Pasados los años volví a mi traducción y me di cuenta de que era manifiestamente mejorable, o al menos de que podía perfilar con más precisión el contorno del original. Ahora se llama «Trueno pigmeo», como debe ser, y es escrupulosamente fiel a los movimientos del verso y la sintaxis del texto inglés. Recuerdo haberlo leído allá en la primavera del 93 en las páginas, creo, de The Observer, que tenía la buena costumbre de publicar un poema contemporáneo en su edición dominical. La comparación sobre la que giran los versos es inspirada y está muy bien resuelta, como no siempre sucede en los poemas últimos de Redgrove. Creo que el paralelismo con el de McKendrick no es descabellado, aunque «Trueno pigmeo» es más extenso y complejo y también más humorístico. Si la lectura del poema no despierta una sonrisa, entonces es que lo he traducido mal.



Trueno pigmeo

Con hábil gesto de muñeca
el médico me extrae o saca
un diente delantero como si
me arrancara un botón de la camisa,
aunque el símil no explique mi ceceo.

Luego, en casa, lo observo:
pequeño, cavernoso
fragmento de marfil manchado.
En él uno podría, sin grandes cambios,
tallar un templo taoísta
con su propia escalera, bambúes y cigüeñas,
y encima una pequeña cúpula de cristal
para acoger a los espíritus.

Invisibles desconocidos se pasearían
de un lado a otro de la escalera
conversando descalzos
con pies sensibles como mi lengua,
que ya conoce cada grieta
de este recinto liliputiense,
aunque en su día,
atada al pedregal de mi mandíbula,
esta piedra me pareciera siempre
la forma condensada de una cumbre
en la sierra lluviosa
donde brama mi trueno pigmeo.


Trad. J. D.

miércoles, abril 21, 2010

copycat

El buen falsificador no es sólo el que hace de nuevo lo que hizo el artista original, sino el que evita hacer aquello que el artista original jamás hubiera hecho. Lo que demuestra que, en el arte, tan importante como lo que uno hace, es lo que uno decide firmemente no hacer.

lunes, abril 19, 2010

julieta valero / autoría

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El pasado jueves 15 de abril presentamos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid Autoría (Barcelona, DVD Ediciones, 2010), el espléndido nuevo libro de Julieta Valero (Madrid, 1971). Julieta tuvo la generosidad de invitarme a decir unas palabras sobre su trabajo, y esto es lo que logré escribir, maquetado con su proverbial elegancia por el webmaster de DVD Ediciones, el poeta y traductor Juan Manuel Macías. Lo he titulado «La salud de los pronombres», pero también podría llamarse «La salud de las palabras»; pocos libros de nuestra poesía reciente tienen su frescura, su sana insolencia y su verdad.

domingo, abril 18, 2010

gibbons / siles

Desde hace tiempo, las artes se debaten entre lo ético y lo retórico, sin llegar a encontrar una articulación que permita fijar un tipo de discurso que ocupe el punto fiel de la balanza. La mal llamada poesía social se inclinó por lo primero; la estética posterior al simbolismo, por lo segundo. La poesía norteamericana ha sido -junto con la alemana- la que más se ha esforzado por generar un nuevo tipo de discurso capaz de servir de expresión a las contradicciones del capitalismo tardío y a las disfunciones propias de la civilización postindustrial. […]


Así comienza «Disputas y lamentos», la certera reseña que Jaime Siles dedicó ayer, en el suplemento literario del ABC, al libro de Reginald Gibbons. Alegra saber que todavía hay sitio para la edición independiente, casi artesanal, en las páginas culturales de nuestros diarios. También Littera Libros, con lógico orgullo, se hace eco de la reseña.

sábado, abril 17, 2010

mentiras piadosas

Al adolescente se le ve venir de lejos: sus gustos, sus caprichos están ahí, bien expuestos, y no hace nada para esconderlos. Lo quiere todo y no le importa –o mejor: no puede evitar– someterse a la censura o el reproche ajenos. Nosotros somos distintos sólo en apariencia. Crecemos, y al crecer adquirimos, al menos, una curiosa maestría: la de salirnos con la nuestra haciendo creer a los demás que hemos cedido, que sabemos renunciar.

viernes, abril 16, 2010

jamie mckendrick / poema



Me escribe mi amigo el poeta mexicano David Huerta (publicamos tres espléndidos poemas suyos en una reciente entrada de Las razones del aviador) para decirme, entre otras cosas, que se va de gira poética por Inglaterra durante dos semanas. Le invita el Poetry Translation Centre, fundado en 2004 por la poeta Sarah Maguire con la más que loable ambición de promover la traducción al inglés de poesía asiática, africana y latinoamericana (se supone, sólo se supone, que la europea tiene más posibilidades de ser conocida en las islas). Ojalá no se estrellen, como les ha pasado a tantos en el pasado, contra el muro de la proverbial endogamia cultural británica.

Lo curioso, y para mí emocionante (un caso típico de esas vueltas que da la vida), es que el traductor de los poemas de Huerta es el poeta Jamie McKendrick (Liverpool, 1955), a quien conocí hace más de diez años durante mi estancia en Oxford. Casado con mi colega Xon de Ros, que había sido lectora de español en la Universidad de Oxford a principios de los años noventa, McKendrick llevaba publicados hasta la fecha tres libros en la colección de poesía de la OUP y era poeta en residencia en Hertford College. Un tipo alto y espigado, dueño de una calma envidiable, con quien a veces me cruzaba por la calle y charlaba un poco de todo, aunque nunca tardábamos en volver a la poesía. Por aquel entonces los dos trabajábamos mucho en casa y nuestros encuentros ocasionales, velados por cierta huraña introspección, no eran todo lo expansivos que habría deseado. Pero también es verdad que él era un poeta mayor y más maduro y esto introducía cierto desequilibrio en nuestro trato. Recuerdo que una vez charlamos fugazmente sobre un poema de Hardy que a los dos nos entusiasmaba, «Afterwards», un poema que yo relacioné entonces, y lo sigo haciendo, con el tono de Machado en Campos de Castilla (sobre todo en poemas como «A José María Palacio»).

McKendrick publicó su cuarto libro, Ink Stone, en Faber & Faber en 2003, después de publicar en la misma editorial una selección de sus primeros tres libros con el título de Sky Nails [Clavos en el cielo, o mejor: Clavos celestes]. A pesar de sus ecos latinos (traductor de Montale y de Valerio Magrelli, entre otros, vivió durante años en Italia y ha pasado largas temporadas en España), su poesía no es fácil de trasladar a nuestro idioma: densa y apretada, llena de localismos y referencias muy pegadas a tierra, con tendencia al prosaísmo y la narratividad y al mismo muy estructurada, muy hecha formalmente. Durante años la leí sin intentar nada. Pero al enterarme del encuentro Huerta-McKendrick he abierto Ink Stone y me he puesto a traducir uno de mis poemas favoritos del libro, una pequeña pieza titulada «Sea Salt» que juega con el eco de un viejo y célebre poema de Yeats, «Politics». El final también me recuerda por su comparación final a otro poema de Peter Redgrove, «Pigmy Thunder», que traduje para mi libro Gran angular, en el que Redgrove describe una muela cariada como un templo taoísta donde «invisibles desconocidos se pasearían / de un lado a otro de la escalera / conversando descalzos / con pies sensibles como mi lengua». Aunque «Sal marina», el breve poema de McKendrick, es más lírico y también más ligero: un breve instante de empatía que nos hace entrever un poso de dolor o de angustia en la muchacha a la que observa.

Tengo la esperanza de que David pueda leer esta entrada durante su periplo inglés, antes o después de conocer en persona a Jamie. Estas redes o circuitos que van dibujándose con el tiempo no dejan nunca de sorprenderme y de alegrarme. Son como una confirmación de que tarde o temprano todo acaba cobrando sentido, aunque sea a tientas; o tal vez precisamente porque es a tientas, porque nadie lo fuerza.



Sal marina

Cuando habría tenido
que fijarme
en aquella muchacha
sentada al otro lado de la mesa
después de no pensar durante días
en otra cosa, o poco menos,
me distrajo un cristal
que ella había extraído del salero...
Parecía al principio
la clase de tejado que un niño
pondría en una casa pintada o, más aún,
una pirámide traslúcida,
los peldaños de un Machu Pichu en miniatura
pero tallado en lágrimas, no en piedra.



Trad. J. D.


Sea Salt: When my attention / should have been fixed / on that girl sitting there / across the table from me / after days of thinking of nothing but / or little else, / I was distracted by a crystal / she’d shed from the salt bowl / —first of all it looked / like the kind of roof a child might put / on a painted house and then more like / a see-through pyramid, / the steps of a miniature Machu Picchu / but carved from tears and not from stone.

lunes, abril 12, 2010

el argumento de la obra

Mientras leo El argumento de la obra, el volumen de la correspondencia de Jaime Gil de Biedma, me pregunto si su temprano abandono de la poesía –a partir de los cuarenta los pocos poemas que escribe no dejan de ser ráfagas, escolios, piedras arrancadas a la cantera del silencio– no tiene que ver, en rigor, con el hecho de que está menos interesado en la poesía que en la figura de poeta, en verse a sí mismo representando ese papel. Como ciertos adolescentes, está enamorado de su propio enamoramiento, y así parece confesárselo a Jorge Guillén en una carta de mayo de 1954, cuando no ha cumplido los veinticinco, en la que reconoce que «toda la organización de mi vida presente y futura, en lo moral y lo práctico, descansa sobre la base de que yo soy, y aspiro a seguir siendo, poeta». En el instante en que el espejismo se disipa y él mismo descubre el monto real de la apuesta, la poesía se le aparece como un peligroso canto de sirena, un escollo donde su nave podría embarrancar. De hecho, se pregunta si no ha embarrancado ya.

Por ahí podría entenderse, tal vez, la boutade (sólo en apariencia contradictoria) de que en el fondo siempre había querido «ser poema», no poeta: convertirse en la ilustración ideal del oficio al que aspiraba, pasar de mano en mano como un ejemplo a imitar. O la tardía confidencia a María Zambrano de que la vida de Alfonso Costafreda, «tan frustrada y patética», le había revelado «que ser poeta es todavía […] un destino serio y terrible». Una confesión particularmente punzante cuando se recuerda la hostilidad que él mismo, movido por los celos o el rencor, prodigó desde muy pronto a Costafreda.

Hojeando las Máximas de La Rochefoucauld, encuentro un razonamiento que viene a apuntalar esta sospecha y que explica, asimismo, el sesgo excepcionalmente crítico de la relación de Gil de Biedma con la poesía: «Cuando se está enamorado, a menudo se duda de aquello en que se cree más». Comienzo a entender, por esta vía, que sus ensayos sobre Cernuda, poeta de quien tomó en esencia una actitud, una forma de relacionarse con la tradición nativa, apenas citen algún verso y prefieran detenerse en sus poéticas o en «Historial de un libro», que no en vano destaca (al menos en el ámbito hispanohablante) por establecer una identidad entre vida y obra, biografía y vocación, la historia de cómo Cernuda logró transformarse en el poeta que deseaba mientras intentaba abandonar o dejar atrás los poemas (Donde habite el olvido, Los placeres prohibidos) que habían hecho de él lo que era.

sábado, abril 10, 2010

tregua

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Bajo el agua de cobre de la tarde
mira cómo la sangre pactó con sus demonios.
Días sin culpa, dioses próximos
como el aire que silba en los aleros:
la luna, que es amiga del erizo de mar;
el sol, que da calor a sus entrañas.



Un brevísimo poema reciente, casi un epigrama, en el que vuelvo a ese curioso edén tardío con el que fantaseo a veces (ver también «De vita beata»). Sospecho que tiene que ver con el mucho trabajo que me espera estas próximas semanas. Cualquier cosa menos este barullo, me digo, aunque luego el día a día sea más llevadero. En este contexto, decir tregua es como decir nostalgia de lo fácil, de lo sencillo. O deseo, quizá, pues su tiempo es el futuro.

viernes, abril 09, 2010

ian hamilton / la tormenta

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Pasan los días y esta bitácora no se actualiza, para mi bochorno. En parte es cansancio y en parte, esa desidia que suele atenazarme cuando arranca la primavera. Parece que este buen tiempo invita a cualquier cosa menos a pensar o escribir con fluidez, y los días se suceden sin que pueda oponerles más resistencia que unas pocas líneas ocasionales.

Entre los trabajos que se han ido dejando hacer de forma casi inconsciente se encuentra la traducción de este viejo poema de Ian Hamilton (1938-2001), uno de los últimos grandes hombres de letras que ha dado Inglaterra. Poeta parco y puntilloso, crítico feroz y biógrafo no menos feroz y penetrante de Robert Lowell y J. D. Salinger, Hamilton fue uno de los ejes del periodismo literario londinense en los años sesenta y setenta, cuando fundó las revistas The Review (1962-1972) y The New Review (1974-1979), donde publicaron sus primeros trabajos escritores ahora célebres como Ian McEwan, Julian Barnes o James Fenton. Fue, como he dicho, un crítico implacable, capaz de realizar genuinos trabajos de demolición que ahora, pasados los años, se leen con una sonrisa por su ingenio y mala baba. Una de sus bestias negras fue mi admirado Ted Hughes; recuerdo, en particular, una reseña de Cuervo en la que demostraba no haber entendido nada del libro pero al mismo tiempo decía cosas muy pertinentes y necesarias sobre su autor. Sólo los grandes críticos son capaces de acertar hasta cuando yerran, y Hamilton pertenecía sin duda a esa especie.

Para ser justos, Hughes estaba en las antípodas de su gusto literario. Intransigente con cualquier forma de exceso retórico, su poesía completa se reduce a poco más de sesenta poemas publicados en vida; piezas breves, apretadas como puños, donde la elipsis es la ropa del pudor y todo se dice con velada y extraña oblicuidad. Fue tan exigente y riguroso consigo mismo como con los demás, y una prueba de ello es este poema, «The Storm» [La tormenta], incluido en su primer libro, un cuaderno de catorce poemas titulado Pretending Not To Sleep (Fingiendo no dormir, 1964). Un poema que siempre me ha fascinado desde que lo leí por vez primera allá por el 92, en la antología de George MacBeth que ya he citado otras veces. Una miniatura, un momento aislado en el tiempo, y al mismo tiempo una lente que magnifica con aire amenazador cada gesto, cada mínimo detalle. Hamilton definía sus propios poemas como «pequeñas apariciones milagrosas», y la frase no puede ser más precisa. Estos versos inquietantes lo dejan bien claro.


La tormenta

Lejos, estalla una tormenta. Rueda hasta nuestro cuarto.
Miras hacia la luz de modo que ilumina un lado
de tu rostro, tu boca rígida, tu mirar aprensivo.
Te vuelves hacia mí y al decir yo tu nombre
te me acercas y te arrodillas, pidiéndome que tome
tu cabeza en mis manos como si fuera un frágil
cuenco que la tormenta podría hacer añicos.
Quieres que te resguarde del estruendo bestial.
Al posarse en tu carne mis grandes manos se despiertan,
laten en ti y entonces, preguntándose cómo hacerlo, aprietan.
La tormenta me alcanza mientras tu boca se abre.


Trad. J. D.

El original, aquí.

domingo, abril 04, 2010

3 en raya

No te engañes. La mejor prueba de que existen es que nos obligan a hacer como si no existieran.

*

Se injuria y se mortifica públicamente, sí, pero como quien acuchilla el suelo de madera de su yo antes que los demás vengan a extender sus barnices, sus reparaciones.

*

Su corazón, como un inmueble desastrado cuyos inquilinos apenas se cruzan en el hueco de la escalera.

lunes, marzo 29, 2010

2 poemas

Una vez más, y si no me equivoco ya van tres, el poeta José Luis García Herrera ha tenido el detalle de acoger algunos de mis textos en su bitácora. Ahora ya no es una coctelería, como hace un año, pero la hospitalidad sigue siendo la norma de la casa. Gracias de nuevo, José Luis. Sí, lo visual es importante en nuestra poesía, la recreación de atmósferas y escenarios y superficies: leer la realidad como un cuadro, pero sólo a condición (o eso se intenta) de entrar luego en él y dejarnos tentar por sus impurezas, sus limitaciones.

viernes, marzo 26, 2010

jeffrey yang / eñe

Hace unos días recibí el último número de la revista Eñe. Un número estupendo, dedicado a los «Nuevos escritores de Norteamérica», en el que aparecen, entre otros trabajos, un curioso diario princetoniano / berlinés de Alan Pauls, dos buenos relatos de Junot Díaz y Jonathan Franzen, y uno brevísimo (y desternillante) de Dave Eggers. Todavía no he podido leer los cuentos de Carolyn Park Hurst o Yiyun Li, por ejemplo, pero todo el conjunto es muy recomendable, la verdad. He tenido la buena fortuna, gracias a la generosa invitación de Doménico Chiappe, de participar con algo de poesía traducida: un largo poema en prosa del último libro de Reginald Gibbons (lo «colgaré» aquí tan pronto caduque este número) y diez poemas de An Aquarium, el primer y sorprendente libro de un joven poeta neoyorquino (y editor en la legendaria New Directions), Jeffrey Yang.

Conocí el trabajo de Yang gracias a la recomendación de mi buen amigo el poeta, traductor y editor Aurelio Major. Me habló de su libro en términos tan elogiosos que a las dos horas ya me había hecho con él en Amazon. Y, desde luego, no me defraudó: una variación sobre el género del bestiario que toma los nombres de distintos seres marino para tejer una intrincada y sorprendente malla de referencias, una red argumental tan lúcida como lúdica que salta en zigzag por los asuntos más diversos sin pararse un instante. En el libro hay un poco de todo: desde piezas epigramáticas a otras más reflexivas o meditativas, pero el tono general (no sé bien cómo definirlo) es una mezcla de distanciamiento y humor, de curiosidad y sorna inteligente, que atrapa desde la primera página y nos obliga a pensar deprisa, furiosamente, para encajar las piezas del puzzle.

Los diez poemas que publica Eñe eran originalmente once, pero el último (y también el más extenso) se cayó por falta de espacio en la maqueta, así que lo recupero aquí para anunciar el número y hablar un poco de Yang: «Foraminíferos». No os ocultaré que una de las dificultades de este trabajo fue traducir los términos científicos que emplea Yang, tratar de que no perjudicaran el ritmo, el fluir del poema. Espero haberlo conseguido.




Foraminíferos


La prueba de un foraminífero
es su concha: membranoso,
aglutinado o calcáreo
endoesqueleto
citoplasma que fluye
por la cámara del foramen

hacia la cámara de
una única célula, movimiento de
seudópodo granuloreticuloso,
palacio del recuerdo de Ōkeanós.
Los foraminíferos se encuentran
en todas las latitudes y hábitats
marinos: blanco foraminífero
en los acantilados blancos de Dover.
En las pirámides de Gizeh

Herodoto vio «lentejas petrificadas»;
el ojo de Aldrovandi se desplazó
de Aristóteles a Galileo:
las conchas romboides
tienen rígidos tubérculos epigenéticos.
Para Oppen
una prueba de la poesía es
sinceridad, claridad, respeto…
Para Zukofsky, la gama de placer

que proporciona en cuanto vista, sonido e intelección.
En sueños
Vishnú visitó a Appakavi,
quien recibió los secretos de
la gramática de Nannaya: La poesía
es el saber definitivo.


Trad. J. D.


jueves, marzo 25, 2010

a la espera

Por mucho que te resistas, lo que al final perdura son los tics. Desaparece la carne, el nervio que animaba el gesto, el hueso que le daba relieve y cimiento, y sólo queda un rastro de piel reblandecida que de vez en cuando salta como por un resorte, un eco traidor e irreprimible que sigue latiendo mucho después de tu ausencia. Un reflejo animado, una ruina móvil, el retrato póstumo de tus defectos por todo testimonio. La momia hedionda de aquello que llamabas estilo.

miércoles, marzo 24, 2010

dos

Hace años, las acusaciones que escuchaba le dolían por injustas, por excesivas. También porque confirmaban, oscuramente, sus peores sospechas. Ahora no hacen mella: él mismo se dice habitualmente cosas mucho peores; la sospecha se ha vuelto certidumbre, y convive a diario con ella.

*

La paternidad cabalmente asumida nos arroja al circo de las emociones primarias, de los sentimientos que se tocan por intuición. De ahí al sentimentalismo de cartón piedra hay un paso, que conviene trascender o sublimar si queremos ofrecer un retrato veraz de nuestros miedos y afectos.
   A los escritores que han decidido no tener hijos, o para quienes estos han sido figuras prescindibles, se les suele distinguir, me parece, por cierta sequedad de humor, cierta acritud casi palpable que pone un punto ciego, un charco de sombra, en el cristal de diamante, admirable y riguroso, de su escritura.

lunes, marzo 22, 2010

óscar curieses / dentro


Todo sucede dentro: de la carne, de la imaginación, de la palabra: de la carne que sueña y dice, de la imaginación sonora, de las palabras que son carne y vibran, y respiran, y sangran.

Máscaras, voces, fantasmagorías, los cuerpos se aparean y luchan con sus sombras en este nuevo libro de Óscar Curieses, su segundo después de
Sonetos del útero, en el que ya quedaba perfilado el mundo preambular o regresivo que recorre estas páginas como un cable en tensión: el ámbito larvario de la perpetua posibilidad, ese lugar abierto y anterior a la vida donde alienta, no obstante, el tizón de la ruina, la violencia y la muerte.

Las palabras, en
Dentro, son espejos que duplican figuras y confunden los tiempos, los sentidos. Nada es lo que parece ni puede ser otra cosa. En lucha con sus dobles, con sus sueños y miedos y carencias, la voz de estos poemas nunca es más ella misma que cuando abraza sus ficciones, la vida que concibe para poder vivir.


Así reza el texto de contraportada que he tenido el honor de escribir para el nuevo libro del poeta Óscar Curieses, Dentro (Bartleby, Madrid, 2010), lleno de poesía genuina, de imaginación y fuerza expresiva, en el que la capacidad para generar imágenes y figuras perturbadoras va de la mano de un pulso narrativo digno de la mejor literatura expresionista. Lo podéis comprobar vosotros mismos leyendo esta breve muestra. Aviso: no es un libro para cualquier estación ni para cualquier estado de ánimo. Hay que abrirlo con cuidado, a debida distancia, porque ya se encargará él de vencer nuestras resistencias desde el primer poema. Un libro, más que recomendable, necesario.


Traducción de Ulises o los heroicos buzos de piedra

El lenguaje yace en lo más hondo del océano, piedra eterna indiferente a las mareas. Lo miran las sirenas con sus profundos ojos, y lo pronuncian cosiéndolo en la boca de los hombres naufragados. Ellos luchan por hacerlo aire en su lengua, carne en su viaje. Pero la palabra siempre les alcanza, no la alcanzan ellos.

Toda lengua es un anzuelo. Todo anzuelo una pregunta. Las sirenas gritan con labios pétreos y tiran de la lengua de los hombres para que éstos digan su lenguaje bajo el agua.

Ellos, que no entienden nada, balbucean el único aire que les queda hasta ahogarse. Después, van regresando muertos poco a poco hasta la superficie donde flotan y son pasto de los peces.

Óscar Curieses

viernes, marzo 19, 2010

ted hughes / campanilla de invierno

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Ahora que el globo se ha encogido hasta ceñirse
al lento corazón del roedor que hiberna,
cuervo y comadreja, como fraguados en metal,
vagan por las tinieblas exteriores
con el juicio perdido,
entre las demás muertes. También ella
persigue su propósito,
brutal como los astros de este mes,
su pálida cabeza pesada como acero.


Trad. J. D.

«Snowdrop», el original, aquí.

jueves, marzo 18, 2010

memoria del comienzo

[Me temo que la entrada de hoy tiene interés, sobre todo, para mis lectores asturianos. Es un breve artículo sobre mis inicios literarios que se incluye en Poetas asturianos para el siglo XXI (Trea, 2009), cuya edición estuvo a cargo del escritor y estudioso Carlos X. Ardavín. Allí hablo, sobre todo, de Heracles y nosotros, que fue la colección de cuadernos donde Fernando Menéndez, Jaime Priede o yo mismo velamos nuestras primeras armas literarias. Todos los comienzos son iguales, la verdad, y es difícil hacer recuento sin ponerse estupendo o sentimental. Pero no es menos cierto que disfruté haciendo memoria y recordando a las personas que fueron importantes para mí en esa época de entusiasmos ingenuos, de inmadurez exaltada.]

Heracles y nosotros

Creo que fue Borges quien, en alguna de sus muchas entrevistas, dijo que para la educación del poeta joven puede ser más importante la lectura de un poeta cercano, alguien con quien se cruza sin ceremonias en la calle o en un café, que la de un clásico, por rotundo y luminoso que sea. Saber que la poesía está a la vuelta de la esquina, que no es sólo un nombre lejano y enigmático en la portada de un libro, es otra forma de confirmar una vocación, de asegurarla cuando má
s débil y vulnerable se muestra, en esos inicios llenos de incertidumbre que disfrazamos con un entusiasmo desesperado, casi histérico. Uno de los errores más habituales del artista incipiente es pensar que la vida está en otra parte, que sus modestas circunstancias no son dignas de pasar al papel, que se está perdiendo algo por seguir donde está, lejos de un centro que adivina más brillante o envuelto en un aura de cosa elegida, inalcanzable. Pero la literatura –la poesía– se hace con todo, con cualquier cosa, se hace desde uno, con lo que uno tiene a mano, que es también lo que somos capaces de imaginar y concebir con lo que tenemos. Uno aprende de Rimbaud y de Eliot, de Cernuda y de Montale, pero también del poeta vecino que nos mira con curiosidad benevolente y cuyos poemas vienen envueltos por el prestigio supremo de la publicación. Uno lee y subraya y cita en sus poemas a Baudelaire y a Neruda, pero de quien espera una primera señal de aprobación es del poeta cuyo libro último se exhibe en el escaparate de la librería local.

En mi caso ese poeta fue Juan Ignacio González, Nacho para los amigos; la librería fue la extinta Universal, en la calle Menéndez Valdés, que llevaba con paciencia y espíritu deportivo Tina «Cañada» y en la que durante años, antes de pasarme definitivamente a Paradiso, me abastecí de historias y búsquedas y lecturas apresuradas; y el libro fue un hermoso volumen colectivo, Velar la arena, en
el que se recogían los poemas de Nacho junto con otros de Andrés Albuerne, José Carlos Díaz y Alejandro Cuesta. Creo que pocas veces he leído a un contemporáneo con el interés que puse en aquel librito de portada negra y dorada en el que se recogían, asimismo, un puñado de sugerentes fotografías firmadas por Juan Garay. Nada nuevo, supongo. Lo curioso, y para mí decisivo, es que Nacho era por entonces uno de los profesores de la academia de recuperación a la que asistía mi hermano Eloy; una de esas casualidades que, vistas en perspectiva, resultan casi providenciales. No tardé en reunir el coraje para verle con mi puñado de poemas primerizos y él, en vez de echarme con mueca desdeñosa, como habría sido lo más prudente a poco que hubiera fatigado aquellas páginas, me acogió con su cordialidad expansiva, con esa mirada entre pícara y pensativa que tardé más de la cuenta en descifrar. Creo que Nacho nunca me dijo a las claras su opinión sobre mis cosas; si algo no le gustaba, sonreía unos instantes y decía: «Creo que este poema cambiará bastante antes de que lo publiques». Lo que no dejaba de ser un poco extravagante, o absurdamente optimista, dado que yo no había publicado nada hasta entonces y que ninguno de los poemas que le enseñé esos primeros meses llegó a vestirse de letra impresa. Sin embargo, ese simple comentario neutral, non-committal, que diría un inglés, renuente a tomar partido o expresar claramente una opinión, hizo más por mí que cualquier juicio explícito: me hacía pensar, me obligaba a volver sobre el poema y corregirlo con detalle, o a darle tantas vueltas que los versos se deshacían entre mis dedos, incapaces de soportar tanto manoseo inexperto. Que era –sospecho– justo lo que él pretendía. Claro que yo tampoco fui nunca un modelo de expresividad; aunque leí una y otra vez aquella docena larga de poemas que él había reunido bajo el sugestivo lema de «Instrucciones para una larga ausencia», no fue sino años después cuando pude hacer justicia a su destreza verbal y, sobre todo, a su ironía sutil y llena de matices. Aquellos poemas, en los que alentaba la influencia de cierto esteticismo muy del gusto de aquellos años (Carnero, Villena, García Baena…), eran técnicamente impecables, piezas redondas de orfebre. Quizá el propio Nacho, empeñado en aquel tiempo en su labor de ayuda social, capitán de pisos de acogida donde nos veíamos en medio de una marabunta de muchachos zarandeados por la vida, fue el primer culpable de que no le tomáramos del todo en serio. O tal vez su postura, hechas las cuentas de rigor, ha sido la más saludable: dedicarse a tareas sociales tan necesarias como urgentes y reservar pequeñas bolsas de tiempo a la poesía, convertirla en un complemento igualmente necesario que ha sabido expresarse no sólo en la escritura, sino en la publicación discontinua –es decir: imprevisible– en Cálamo y Cuadernos del Bandolero de libros afines o cercanos.

Pero estoy adelantando acontecimientos. Primero debo contar cómo a finales de enero de 1989, hace ya casi veinte años, un congreso de poesía celebrado en la Universidad de Oviedo (congreso que, por cierto,
merecería por sí sólo un pequeño artículo) me descubrió la existencia de un puñado de «jóvenes turcos», tan primerizos y desconcertados como yo, con los que no tardé en hacer amistad: la afinidad literaria, la impaciencia con gran parte de nuestro entorno social y académico, el deseo compartido de hacernos visibles a los ojos de los demás, razones genuinas y otras espurias, todo conspiraba para acercarnos en un momento en que la cercanía, el intercambio encendido de cromos y descubrimientos, era lo único importante. Una vez más, nada nuevo. La historia de costumbre, una especie de rito iniciático que se reitera anualmente en las facultades de filología y de cuyos posos sentimentales seguimos bebiendo, lo queramos o no. Aquellos amigos se llamaban –se llaman aún– Jaime Priede, José María Castrillón, Fernando Menéndez y Alfonso Fernández, entre otros que flotábamos vagamente en la misma dirección. Sé que en algún momento, como quien se confía a un hermano mayor, le hice partícipe a Nacho de mi entusiasmo por dos o tres de aquellos nombres, antes incluso de conocerlos personalmente.

Algo debió de hacer clic en él, una idea que lleva
ba tiempo madurando, porque de inmediato me propuso la creación de unos cuadernos o plaquettes dedicados a publicar trabajos de poetas inéditos. Me enseñó un ejemplar de la colección Scriptum, dirigida en Torrelavega por Carlos Alcorta y Rafael Fombellida –una serie con poemas de Alejandro Céspedes–, que sería nuestro modelo confeso desde el primer número, y bautizó la colección con el título de un significativo poema de Yorgos Seferis, «Heracles y nosotros», un texto que muestra cómo el mito puede encarnar entre los hombres y ser el vehículo de una intensa preocupación social. Una cuestión –tardé tiempo en comprenderlo– que estaba entonces muy en la mente de Nacho, como evidencian los textos que publicó más de diez años después en El libro de las horas.


Si Nacho puso la idea original y el formato (y hasta la imprenta, Apel, de donde había salido poco antes Velar la arena), yo, por mi parte, gracias a mi estancia en la Facultad, fui haciendo acopio de nombres y textos. Recuerdo las carpetas de poemas fotocopiados que acumulé en pocos meses, la atención con que leíamos y subrayábamos y decidíamos, de entre una masa de material inédito, qué docena escasa de textos vería la luz. Los primeros números establecieron la pauta: Fernando Menéndez, Nacho Matías (que, tan pronto sació su anhelo de publicación, desapareció sin dejar rastro) y Jaime Priede, cuyos poemas llenos de calle y ácida melancolía me obligaron a revisar sin compasión lo que yo había escrito hasta entonces y cuestionar mi buen juicio. ¿Cómo podía haber perdido el tiempo de tal forma? En este sentido, no deja de asombrarme –y abochornarme– la impunidad con que me permitía juzgar y emitir veredictos sobre el trabajo de mis compañeros, inaugurando una práctica que por fortuna he logrado moderar y hasta expiar con el tiempo (si es que podemos refrenar del todo nuestros peores instintos, cosa que dudo).

De aquel tiempo quedan imágenes que sólo tienen interés para sus protagonistas: mañanas de charla con Fernando y Alfonso en el bar Cundo, el rostro anguloso y serio de Jaime en la escalera de la Facultad mientras me daba la carpeta con sus poemas, los encuentros con Nacho en los pisos de acogida donde se movía con ternura diligente sin dejar de hablar de lo nuestro, la primera presentación, pensada y convocada como si fuera a detener el mundo, mis paseos por las librerías donde trataba ingenuamente de colocar aquellos cuadernos ante dependientes escépticos o abiertamente hostiles...

La cosa duró dos años. En ese tiempo se editaron varios cuadernos más: los primeros poemas de José María Castrillón, Aurelio G. Ovies y Hermes González, entre otros, pero, en especial, se pusieron las bases de una vocación que a todos, en mayor o menor medida, nos ha condicionado hasta hoy. Nuestra capacidad para armar ruido era notable: las lecturas del café El gato de Cheshire, organizadas por Jaime y que daban con nuestros huesos en la calle a medianoche, convertidos en cuentas de un rosario por el monólogo inteligente y sentencioso de Javier Alejandre; los artículos y entrevistas que Jaime y yo comenzamos a publicar en el suplemento literario de La Voz de Asturias y en los que poníamos una ilusión que no he vuelto a sentir con ningún otro proyecto; las charlas nocturnas y obsesivas con un afán que tenía mucho de infantil pero que reflejaba, en parte, nuestra necesidad de hacernos un hueco habitable, de coincidir con nosotros mismos. Llegó también el agotamiento, cuando a todos nos tocó arrimar el hombro para terminar la carrera o afrontar los primeros meses de vida adulta. Algunos hicieron las oposiciones; otros se metieron a trabajar; yo me marché a Inglaterra a estudiar y durante dos años estuve egoísta y necesariamente perdido para todo lo que no fuera mi propio beneficio. Además de la falta de dinero –los cuadernos no se vendían y el dinero que ganaba dando clases de inglés rodaba una y otra vez hacia la imprenta–, se daba una última circunstancia, inscrita en el origen mismo del proyecto: por mucho que quisiéramos atenuarla o ignorarla, había una grieta entre Nacho, que vivía en Gijón y era diez años mayor que nosotros, y el joven grupo de la Facultad: pronto se vio que nos interesaban autores distintos, que nuestros aprecios y respetos iban por caminos divergentes y hasta antagónicos. Yo me sentía partido en dos, apremiado simultáneamente por mi fidelidad a Nacho y por el estímulo de un diálogo que había cobrado vida propia y establecía sus propias querencias. Mi marcha a Inglaterra canceló el dilema por la vía fácil de dejarlo en suspenso, irresuelto. Tal vez, en fin, todo fueran imaginaciones mías, pues un año después Nacho, con su generosidad habitual, publicó en sus Cuadernos del Bandolero Las estaciones desordenadas, un pequeño libro de Fernando Menéndez que, junto con Lluvia con veraneante de Jaime Priede, se me aparece como lo poco realmente valioso que hicimos entonces.

Quedan muchas cosas por contar, pero no sé bien qué interés puedan tener para terceros. No puedo evitar cierto barniz sentimental al evocar esos años, pero ese barniz es precisamente el que convierte la evocación en intransitiva, el que aparta al lector con una confesión no deseada. Decir que aquel tiempo fue importante para nosotros no es decir gran cosa: las vidas que se viven a conciencia son siempre importantes para sus protagonistas. Puedo añadir, tal vez, que echo de menos a los que éramos entonces, aunque tantos de sus gestos y actitudes me avergüencen ahora o me hagan reír. Es una sensación ambigua: saber que hemos crecido para bien, pero que en el proceso algo se perdió, una inconsciencia o un entusiasmo que sólo a duras penas puede remedarse. Al cabo, todas las juventudes se parecen. Nos distinguimos al hacernos adultos, y esa distinción es principalmente un apartamiento, una cesura. Aunque no debo dramatizar: en 1994 empezó «Nómadas» y durante cerca de diez años el «nosotros» de Heracles siguió presente con una actividad menos rabiosa pero sin duda más constante y meditada. Pero esa es otra historia, demasiado próxima aún para contarla con propiedad.

Veinte años. Todos hemos cambiado desde entonces. Todos seguimos siendo los mismos. La verdad simultánea de ambas proposiciones es lo que me sigue llevando una y otra vez a la poesía, lo que justifica su insistencia en mi vida.

Madrid, octubre 2008

martes, marzo 16, 2010

guerra fría

Con los años los enemigos aumentan en número pero se vuelven menos pugnaces, menos concentrados; cada cual, tomado en soledad, pesa menos. Su hostilidad se ha ido transfiriendo al tiempo, es decir, a nosotros mismos en el tiempo. Hemos comprendido y hasta asumido sus argumentos, incorporamos tácitamente sus coacciones y reservas, toleramos su mala fe, su beligerancia. Hasta el punto de que empezamos a parecernos a ellos, o al menos a no lamentar la convergencia. Nos volvemos un poco más tímidos, más cobardes, vasallos de un miedo que fue ajeno y ahora nos pide asilo. Si no andamos con cuidado, ese cuerpo extraño terminará por definirnos.

sábado, marzo 13, 2010

armitage / el chiste de la nevada

Como el invierno sigue trayendo frío y días desabridos, se me ocurre que una forma de combatirlo sea recordar un viejo poema de Simon Armitage, «Snow Joke» («El chiste de la nevada», 1989). Un poema de humor negro (el típico humor del condado de Yorkshire) en el que la risa no anda muy lejos de la tragedia y que pertenece a esa veta de poesía narrativa y de comentario social que tanto gusta en Inglaterra. Como Larkin, pero más irónico y malicioso, sin la melancolía y amargura del autor de Ventanas altas. Es verdad que la obra de Armitage se ha vuelto más compleja y ambiciosa con el curso de los años, pero a mí, no sé si por razones sentimentales, me siguen gustando más sus primeros libros, los que leí al llegar a Sheffield en el 92: tienen la frescura, la insolencia juvenil de quien acaba de llegar y no se resigna a pasar desapercibido.


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El chiste de la nevada

¿Te sabes el del tipo aquel de Heaton Mersey?
Mujer en casa, amante en Hyde, querida
en Newton-le-Willows y dos hijas encantadoras
en Werneth, en tercero de secundaria. Bueno,

pues como iba con retraso y tenía un buen coche
no hizo caso a los avisos de tráfico y trató de salvar
las últimas seis millas de ventisca en el páramo;
y en cosa de minutos, dicen, quedó atrapado.

Se entretuvo pensando en la vida y en cosas así;
sobre lo que hace el perro al morderse la cola
y sobre la serpiente que se comió a sí misma.
Y vio la nieve cubrir el parabrisas

y se sintió a gusto; y el whisky en la petaca
era cálido y suave, y aunque no tiene gracia
el chiste acaba más o menos así.
Lo hallaron inclinado sobre el volante

con la palabra VOLVO grabada del revés
en la frente helada. Y más tarde, en el pub,
empezaron a discutir alrededor de un ponche
sobre quién de ellos tenía más mérito.

¿El que confundió la antena con una rama de espino,
el que reconoció la silueta del coche
o el que dijo que oyó la bocina, quejándose
suavemente como un despertador bajo el edredón?


Trad. J. D.

El original, aquí.

lunes, marzo 08, 2010

sextante

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Pone todos sus pensamientos en un cuarto vacío y luego cierra la puerta. Sólo cuando empiezan a gritar les hace caso.

*

Ella se le mostraba en cualquier lugar, desnuda y complaciente.
Él no la veía, tanto se afanaba en buscarla en los rincones más insospechados.

*

Se queja de la brevedad de la vida, pero no sabe qué hacer con sus tiempos muertos.

*

El silencio son las palabras que se quedan fuera.

*

Revisar a conciencia la propia vida es como corregir pruebas: sólo se advierten las erratas.

*

Se pasa el día leyendo hasta que las palabras bailan ante sus ojos. Y entonces es feliz.
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