
viernes, julio 09, 2010
dale sombra

miércoles, julio 07, 2010
tom clark / poema
las nuevas emociones diminutas
lo dejaron sin duda todo claro
a una luz engañosa
y los mechones de una amada
formando un cuello que presiona
para extinguir la pasión de la sangre
el otoño estricto del ojo
el plumaje del intelecto yace empapado
en heces y sangre
oh haya, desata tu hoja, pues al fondo
de su amarillo
el tilo meloso yace dormido
y una sombra de plomo
sella los párpados de sus ovejas
y el indulto repica igual que pegamento
ningún despertar
ahora el rico cerezo
ahora toda la primavera y los árboles otoñales
trad. J. D.

Hace tiempo, creo que por diciembre de 2008, dediqué una entrada inquieta o inquietante al poeta norteamericano Tom Clark (1941). Las noticias que me llegaban lo situaban al borde del desahucio: gravemente enfermo, carecía de seguro médico y pronto se quedó sin fondos para pagar su tratamiento, por lo que sus amigos decidieron organizar una colecta para ayudarle. Parece que aquellos problemas de salud han remitido y que Clark está de nuevo en acción, como atestigua su estupendo blog.
No es fácil encontrar ejemplos de la poesía reciente de Clark; la mayor parte de su obra está dispersa en ediciones marginales, casi subterráneas (a excepción, claro está, de la que va publicando mal que bien en la bitácora), y mi conocimiento de su escritura se basa todavía en los sorprendentes poemas que Donald Hall incluyó en Contemporary American Poetry, la antología de Penguin de la que ya he hablado en otras ocasiones. Este poema es uno de ellos. Hice un borrador de traducción hace mucho tiempo, creo que diez años o más, y sólo ahora he podido corregirlo y dejarlo a mi gusto. Este calor africano impide casi pensar (de ahí, en parte, mi silencio de estos días), pero a veces la mente se ordena lo justo y consigue atar algún cabo suelto. Más que nada, yo destacaría del poema ciertos versos memorables, como el que cierra la primera estrofa, y el tono entre lúdico y dramático, en el que se adivina una veta de amenaza, de alarma pegajosa. Lo que me encanta, en cualquier caso, es que al volver a él después de diez o quince años recuerdo perfectamente (y suscribo) las razones por las que me gustaba.
jueves, julio 01, 2010
lunes, junio 28, 2010
siete sietes
Tan pronto abre la boca para hablar las cosas se apartan como animales recelosos.
Cuando menos la piensas, salta la frase.
No te acerques tanto; vete, retrocede algo más aún, o nunca podré saber quién eres de verdad.
Sin esa libertad que confiere el que nada de lo escrito se cumpla, muchos no anotaríamos una sola línea.
Manos impolutas, de dedos finos y uñas perfectas a excepción de una, mordida y castigada con saña.
Quienes piensan que la uña arruinada es el arte. Quienes piensan lo contrario.
Lo peor es que me lo dijo por teléfono. Hasta para la estupidez cabe observar, al menos, cierto respeto por el medio.
Esa carcajada, felizmente ostentosa, con que espantaba a los emisarios de la muerte.
sábado, junio 26, 2010
robert bly / lago que habla

Conduciendo hacia el río Lac qui parle
I
Anochece en Minessota mientras conduzco.
El campo con rastrojos retiene la última crecida del sol.
Los tallos de soja respiran.
En los pueblos, los viejos se sientan a la puerta
de sus casas
sobre asientos de automóvil. Soy feliz,
la luna se alza por encima de los cobertizos.
II
En la carretera de Willmar a Milán
el pequeño universo del coche
se hunde en los profundos campos de la noche.
Esta soledad cubierta de hierro
se mueve a través de los campos nocturnos
penetrada por el ruido de los grillos.
III
Cerca de Milán, me sorprende un pequeño puente,
el agua arrodillada a la luz de la luna.
En los pueblos, las casas se alzan a ras de suelo.
La luz de las farolas cae
sobre los cuatro costados de la hierba.
Cuando llego al río, la luna llena lo cubre;
en una barca hay gente que habla muy bajo.
∆
Un poema de Robert Bly (1926), un breve tríptico de su primer libro, Silence in the Snowy Fields (1962; Silencio en los campos nevados), en el que demuestra cómo se puede actualizar en clave moderna la sensibilidad oriental.
Descubrí a Bly en The Penguin Book of Contemporary American Poetry, de Donald Hall, en un ejemplar de segunda mano que compré al poco de llegar a Sheffield, en el otoño de 1992 (ya he hablado de este libro en otras entradas de la bitácora, y en particular en la que dediqué al propio Hall hace justamente un año, cuando traduje su poema «Manzanas»). Traductor de Thomas Transtörmer, de Vallejo y de Neruda, Bly fue uno de los poetas más activos del movimiento de protesta contra la guerra de Vietnam. Luego, a finales de los años setenta, se convirtió en una especie de gurú de la estética new age y su poesía se diluyó por el camino, aunque sus últimos libros (el mejor es Morning Poems) siguen teniendo un encanto especial.
Por cierto que Octavio Paz, en algún lugar de su correspondencia, lo llama «El porquero de Minnesota» a cuenta de una reseña hostil que dedicó a Renga y algún otro libro del poeta mexicano. Es verdad que Bly vivió muchos años en una pequeña granja muy cerca de la frontera con Canadá, pero no parece que fuera muy aficionado a los trabajos manuales. Él mismo confiesa en una entrevista que cuando no traducía o escribía artículos por encargo «pasaba mucho tiempo en el campo, sentado. Había paz. El silencio seguía siendo mi pasión». Es algo, me parece, que se ve muy bien en este poema.
El original, aquí.
miércoles, junio 23, 2010
la ciudad consciente
En un mundo ideal uno escribiría siempre lo que quiere, no lo que puede. Y haría los libros conforme a un plan y ese plan no cambiaría con el tiempo, sino que abriría espacios en ese mismo tiempo para imponer nuestro deseo. La realidad, al menos en mi caso, es muy distinta. Desde hace algún tiempo los libros se organizan a su gusto a partir del material que voy reuniendo casi sin darme cuenta: notas dispersas, poemas, ensayos y traducciones… Todo cobra forma por azar o al dictado de circunstancias que me rebasan, y el resultado final aparece sólo cuando quiere, o cuando me necesita para completarse. No es que los libros se hagan solos (su esfuerzo me ha supuesto escribirlos, después de todo), pero sí que llegan a su término por caminos o carriles que nunca habría supuesto.
El ejemplo más inmediato es La ciudad consciente, el libro que acaba de publicar Vaso Roto gracias a la generosidad de Jeannette L. Clariond y Martín López-Vega y que reúne mis trabajos sobre T. S. Eliot y W. H. Auden, dos poetas a los que he traducido a lo largo de más de diez años y que han terminado acompañando y condicionando muchas de mis reflexiones sobre poesía contemporánea. Sin darme cuenta, cada uno de los ensayos que componen el libro iba completando o respondiendo al anterior, de forma que el conjunto dibuja un territorio cuya coherencia, si la tiene (y espero por mi bien que la tenga), responde más a la evolución de su autor en el tiempo que a ningún plan preconcebido. Son tres ensayos sobre Eliot (uno global sobre su toda su obra, otro centrado en el poema «Marina», y otro más sobre los motivos recurrentes que animan su poesía inicial), dos sobre Auden, y una breve introducción que trata de explicar o de justificar el interés que estos dos poetas siguen teniendo para mí.
El libro se ha retrasado mucho y ve la luz en fechas comprometidas, cuando acaba de terminar la Feria del Libro y el verano oficial ya está en marcha. No sé muy bien qué puede ser de él en un país donde se publican más de setenta mil títulos anuales y en el que la crítica literaria tiene una presencia casi testimonial en las librerías y en el horizonte de los lectores de poesía. Presiento que está condenado de antemano a la marginalidad. Por eso, venciendo un poco mi resistencia a utilizar la bitácora como plataforma publicitaria, escribo estas líneas anunciando su publicación. Con independencia de las virtudes que pueda o no tener, me arriesgo a decir que es un libro escrito desde la paciencia y la pasión, un libro pensado y repensado a lo largo de muchos años y cuyos argumentos están en la base de casi todo lo que he escrito recientemente. En ese sentido, responde perfectamente a esa idea del propio Auden según la cual el trabajo crítico de un poeta es una forma sutil o sesgada de autobiografía, de debate consigo mismo.
Añado que siempre es una alegría publicar nuevo libro. Y que la alegría es mayor si se comparte. Lo hago ahora, no sin antes citar los versos de Auden (de «Monumento a la ciudad») que dan título al libro y que son, por cierto, un retrato paródico pero también comprensivo de la sensibilidad romántica. Creo que ellos os darán una idea de por dónde van los tiros de este libro:
Los yermos eran peligrosos, las aguas bravas, sus ropajes
Ridículos; no obstante, cambiando con frecuencia de Beatrices,
Durmiendo poco, no cejaron, plantaron la bandera del Verbo
En lugares sin ley […]
Las quimeras les flagelaron, se dejaron vencer por el spleen […]
Cercados por el hielo de la desesperanza en el Polo del Alma,
Murieron solos, inconclusos; pero ahora las prohibidas, las ocultas,
Las salvajes afueras se habían dado a conocer:
Fieles sin fe, murieron por la Ciudad Consciente.
.
martes, junio 22, 2010
beyond and before

Cuando uno aprende que escribir una página feliz no da siquiera un minuto de felicidad, que no cambia nada en nosotros ni en quienes nos rodean en relación con nosotros, que no nos hace más sabios ni más ligeros, que su felicidad –la de la página– es autónoma y sólo podrá iluminar a terceros a distancia, sin que nosotros lo sepamos o podamos incluso sospecharlo, cuando uno recibe estos fragmentos de decepción, digo, sobreviene una segunda vida, una calma modesta hecha de espacio libre, de irresponsabilidad, que es como decir de nueva juventud, precisamente porque no se tiene nada, se espera menos, y en este páramo preventivo ya no hay ambiciones que agosten prematuramente el deseo.
domingo, junio 20, 2010
jueves, junio 17, 2010
huésped

John Ashbery, «Faust»
Miro desde la puerta el polvo suspendido,
la luz tardía en las cortinas, y todo el tiempo
el fantasma está ahí: lo intuyo
en la brizna de nada que dura un parpadeo,
el aire al que interroga una página en blanco,
la música difícil de los huesos.
Ha ocupado su puesto junto a las otras sombras.
Una mella en la sangre, un rasguño tenaz.
Algo que no consigo aislar aunque lo intente.
Es rápido y esquivo, no tiene prisa.
Simple como la noche es simple,
como la noche cae con sobriedad de autómata.
Hace mucho que las palabras dejaron de ayudarme,
pero a veces las llamo siguiendo un viejo hábito.
Él brilla entonces un instante, ondea y se disipa,
y un puño de negrura ocupa su lugar hasta borrarlo.
Viejas palabras, viejos hábitos…
Ni siquiera la noche dura lo suficiente.
Ligera y lenta como una sospecha,
la luz de la mañana recorre a tientas el estudio
y todo gira una vez más
en la rueda de las apariciones.
.
sábado, junio 05, 2010
reginald gibbons / chicago

Animado por la preparación de la antología, traduje un largo poema de Creatures of a Day para un número especial de la revista Eñe dedicado a la literatura norteamericana. Se títula «Oda: En una estación de servicio de 24 horas», es un largo poema en prosa y forma parte de una serie de piezas extensas que recorren el libro comentando las superficies y texturas de la Norteamérica contemporánea, su mezcla de opulencia y miseria, de riqueza y vulgaridad, los malentendidos sociales y culturales que atraviesan la convivencia en una sociedad maleada por los caprichos del mercado. Uno de los rasgos más curiosos de esta serie de poemas es que Gibbons suele empezar cada nueva estrofa o párrafo retomando, a modo de eco, las palabras finales del precedente. Y también que la mirada que el narrador (porque son poemas tan narrativos como meditativos) arroja sobre sí mismo está llena de dudas, de perplejidades, de algo muy parecido a la mala conciencia social de la que hablaba Gil de Biedma hace cincuenta años.
El poema es tan lúcido como inquietante, creo yo. Y fue un placer traducirlo. El problema o escollo principal fue dar voz, un tono de voz verosímil, al anciano que conversa con el narrador. No sé si lo he conseguido. Pero sé que con este libro Gibbons nos demuestra que es posible hacer una poesía culta, trabajada, nada complaciente en términos de lenguaje y dicción, y al mismo tiempo asomarse con nobleza a los pliegues y hondones de nuestra mal llamada sociedad de la abundancia.

Oda: En una estación de servicio de 24 horas
En una estación de servicio con garaje y un tétrico Food Mart abierta las 24 horas en una esquina de la ciudad donde siempre hay tráfico, junto a un local de una cadena de restaurantes que sirve desayunos y pastel inerte y pesado día y noche,
En torno a medianoche, cuando hace frío, en torno a la parte delantera de mi coche con el capó levantado, cinco jóvenes mexicanos, no como yo, sus padres podrían vivir en granjas, se arremolinan para ver el mecanismo, y el que sabe del asunto, después de esperar hora y media la entrega de las piezas de recambio y después de trabajar en otros coches mientras enseña a los demás,
Cambia el radiador estropeado, más para su público que para mí, y recuerdo haber visto
Haber visto en México, no como aquí, un mercado donde junto a cada quiosco de flores atentas, expuestas para los que pasaban junto a ellas, y junto a cada pirámide de mangos, papayas, tomates, plátanos, naranjas y pimientos vigilantes, se sentaba el que los vendía, un representante humano de la abundancia y la privación, del comercio y el trabajo, esperando,
Pero aquí quien vende su trabajo no debe esperar,
Y mientras espero, yo a mi vez he salido para ver qué ocurre, he vuelto a entrar, he meado en el servicio mugriento, he vuelto a salir, he vuelto sobre mis propósitos y remordimientos, surgida de ningún sitio he sentido esa punzada de añoranza familiar por alguien muy querido que está en otro sitio, miro el reloj,
Los muchachos miran y bromean, no llevan ropa suficiente contra este mundo helador, y sin cobrar aprenden,
Yo aprendo cómo se transmite el saber para que otros jóvenes puedan ganar algo de dinero con sus manos,
Puedes ganar dinero con tus manos, tu velocidad, tu espalda o tu cerebro, y con lo que hay entre la verdad y una mentira, lo que tienes entre las piernas, puedes ganar dinero,
El dinero no era lo que primaba en mi mente hace tiempo
Cuando era joven, para mí aprender era algo que estaba en los libros, los libros no eran inertes sino que a veces parecía que fueran a batir como alas entre mis manos, quería todos los libros que fuera capaz de conseguir y pensaba que el dinero, en cantidad suficiente, acabaría por llegar de un modo u otro,
Aquí llega de manera constante a los dos dueños, socios, italianos, no como yo, presiden por turnos el garaje, la tienda medio vacía, el café recalentado, «Gratis» dice el letrero, en una jarra polvorienta y medio vacía sobre una bandeja que quema, sobre los baños mugrientos y el hueco entre ellos, una especie de sala de espera…
Tres butacas unidas y decrépitas que han sido transplantadas de algún teatro cerrado por falta de público.
~
Vuelvo a entrar y me siento un rato en una butaca, y en el otro extremo, un asiento vacío entre nosotros, hay un viejo, no como yo, le vi antes hablando con el italiano del turno de noche, descansa sus dos manos en un bastón tallado con un pomo de madera como una hoja de hacha roma, lleva una gorra negra de marinero ladeada con aire festivo o negligente,
Va usted elegante, me dice, pero no llevo puesto nada especial, y como suelo ponerme en guardia ante los demás, así es como aprendí a comportarme, había evitado adrede saludarle con los ojos mientras me miraba,
Ahora su acento me dice que es de aquí, porque
Éste es un lugar, aquí, con ochenta acentos diferentes, un barrio de ciudad con casas de dos y seis apartamentos, feas y baratas, casas de madera, casas de proyectos de futuro desiguales y de familias acabadas y dispersas, de viejos mundos que no encajan, de niños que aman a sus abuelos y se avergüenzan de ellos, de breves juergas y largas y duras horas de trabajo, de viviendas corroídas por el aliento y las corrientes de la ciudad,
Aquí, respirando con fuerza, algunos hombres y mujeres han escapado de la mortalidad en otro lugar –Little Rock o Sarajevo– o han sucumbido aquí a la mortalidad después de cruzar océanos desde Saigón o Beirut, los escaparates tienen
Don de lenguas, el aire está lleno de palabras, de mugre, creencias equivocadas, olor a comida comercial, gasolina, éste es el aire de la ciudad, y
Y el anciano, un ser de la ciudad, quiere conversación y
Y para salvar mi alma mortal unos minutos, me giro hacia él y doblego mis ojos,
Adivine de dónde soy, me dice, nunca lo adivinará.
~
Pruebo Polonia y se le ve sorprendido pero también satisfecho de que no ha logrado engañarme,
Golpea el suelo con el bastón y me cuenta su historia
(Parte de ella: Judío, sobrevivió, no me dice cómo, se quedó en Varsovia hasta la década de 1950, era sastre, vino a este país, a Chicago –como cruzar una puerta, dice, creo saber lo que quiere decir– y trabajó muchos años en el negocio textil, trajo su bastón consigo, lo lleva a todas partes, ahora tiene un buen puesto en el rastro, guarda el género ahí toda la semana, tiene ropa de calidad, Venga y la verá, vive a dos manzanas de aquí, cada noche se despide de su mujer, ella dejó de salir, él viene aquí, al garaje, se queda sentado una o dos horas y bebe el inmundo café gratis, incluso en mitad de la noche habla con quien esté esperando junto a él),
Este lugar es cuanto puede usar en esta parte del mundo
Como usó una vez los cafés de Varsovia
(En Varsovia, antes de escapar de aquellos sistemas burocráticos del miedo, no habría podido prever la negligencia de este sistema y sus estridentes voces transmitidas, sus productos fantásticos, sus incrustaciones de fantasía, pero le movió la esperanza de ganarse la vida y lo consiguió),
Cardin, Claiborne, Calvin Klein, Tommy, dice con orgullo, Ahorrará dinero, Es el rastro más grande que hay, cientos de puestos, Todo, Buena ropa el fin de semana, ¿Por qué no va?
Le cuento parte de mi historia: no de Varsovia sino de Lodz y antes aún, de Bialystok, vinieron mis abuelos maternos, judíos, hace cien años, tenía razón, dice con orgullo, ya decía yo que parece europeo,
Así que digo, Una mitad lo es,
Y veo el joven espectro de mi padre huyendo de nuevo de la granja de su padre irlandés y su madre medio choctaw, en el estado de Mississippi, y veo su viejo espectro retrocediendo y apartándose de esta conversación y le pregunto al viejo, ¿Cómo se llama?
Bill, dice, y sonríe, y un hombre despeinado de unos treinta años, no como Bill o yo, con paso ligero y una sección arrugada de periódico en la mano, cruza por delante de nosotros y sin tocar el pomo del servicio de caballeros entra directamente en el de señoras; Bill y yo oímos con claridad el clic de la cerradura
~
Y nos miramos el uno al otro, ahora vuelvo, le digo, y salgo al garaje y el quinto joven sigue trabajando en el radiador, explicando a los otros cuatro lo que hace, todos me miran con una sonrisa, tiemblan de frío y ríen y se dicen chorradas, de nuevo pienso en o soy pensado por alguien que está lejos, a quien echo de menos y que quisiera ver de nuevo, ahora mismo,
Cuando Bill me ve regresar ladea la cabeza hacia el servicio de señoras y levanta las cejas para decirme que el tipo sigue ahí, y nada más sentarme una joven cruza por delante de nosotros, hay angustia en su rostro, no como en el mío,
Lleva ropa barata pero fina, con zapatos elegantes, veo que Bill ha tasado su ropa, nadie podría negar que tiene una boca hermosa, cruza por delante de nosotros y entonces el pestillo cerrado del servicio de señoras la hace detenerse, nos mira con vergüenza, con urgencia, El de caballeros está libre, le digo amablemente y ella parece ofendida por que me haya dirigido a ella y abandona nuestro campo de visión
Y Bill suspira, se encoge de hombros ante mí, dice, ¿Se lo puede creer?
Antaño los hombres creían en dioses, le digo,
Es verdad, responde, pero cualquier cosa puede ser una puerta si la empujas: trabajar con las manos –¿ve estas manos?–; o la filosofía; o ver gente sufrir a tu alrededor; o un trozo de pastel de manzana; o vivir con tus propios pensamientos, día tras día donde ves que nadie tiene pensamientos así; o hasta la ropa…
¿O una boca hermosa de mujer? ¿O cinco muchachos hablando español junto a un radiador a medianoche?, pregunto,
Y Bill dice, ¡Sí, por supuesto! ¡O el bastón!, y levanta su objeto de madera oscura y gastada para hacerme ver que en el pomo, la cabeza, hay doce pequeños anillos deslustrados y tintineantes colgados de doce postes diminutos, el bastón parece casi capaz de saber, de ver, hasta de hablar,
Entonces oímos que alguien tira de la cadena y el tipo sale del servicio, ya no tiene el periódico en las manos, y sale tranquilamente,
Este polvo nocivo que hay sobre todas las cosas es como una hierba molida de abandono y dinero letal,
Puedo oler el café barato, espeso, recalentado,
La joven vuelve corriendo al servicio de señoras, la puerta cómplice ofrece la garantía del clic del pestillo, bibliotecas flotantes que debían llegar a lugares lejanos y sin libros se hunden por el camino, los medios de comunicación son un almacén de chatarra de coches nuevos, y los mineros yacen enfermos en sus cabañas, el dinero va siempre primero, todo es como siempre y distinto, cambiado, lirios o papayas o reparaciones a medianoche, tejanos azul marino o historias, y en este momento, como en cualquier otro momento, hay una posibilidad que el momento anterior no tenía, algún otro jalapeño u orquídea o tacón alto, alguna otra reparación de radiador, algún otro muchacho que se ha marchado de casa para encontrar trabajo,
Y Bill me mira, y cualquier hora mesiánica, apocalíptica u ordinaria de la noche y del día, como esta hora, parece infinita,
Le pregunto, ¿Qué haces aquí esta noche, Bill, tan tarde? ¿No es hora de que vuelvas a casa?
El italiano del turno de noche cruza el suelo de cemento del Food Mart en dirección al garaje, aprieta el paso mientras llama a voces a uno de sus empleados, Bill y yo le observamos, Chicago no es como Italia o México o Polonia, pero Polonia, Italia y México están aquí en el garaje, lo sé y no lo comprendo,
Bill extiende su mano gruesa y arrugada
Para darme la mano, ofrecer y recibir honores y reconocimiento, tenemos almas mortales
Y nuestras almas necesitan reparación constante,
No sé por qué, dice Bill… La maquinaria del planeta, eso pienso, me despierta por la noche, la ropa, las facturas, lo que dicen los periódicos, y luego si duermo tengo pesadillas, no, mejor sentarme aquí un rato más, hablar, hasta que usted se vaya. Entonces me voy.
.

jueves, junio 03, 2010
a tientas

Sobra decir que era una esperanza infundada, como lo son casi todas. Cuando al fin el artículo vio la luz, volví a sorprender todos los clichés de costumbre, todos los datos biográficos corrompidos por una mirada sensacionalista y vulgarizadora, todos los matices y gradaciones echados por el sumidero de la simplificación y el maniqueísmo. De mi conversación de cuarenta minutos quedaron sólo dos frases idiotas que rubricaban sin bochorno las opiniones del reportero, haciéndome pasar como testigo a su favor. Me consta que otro de los entrevistados tuvo la misma sensación, y eso que en su caso optó por contestar por escrito, para evitarse disgustos y procurar que el resultado final se ajustara lo más posible a su voluntad o sus deseos. De nada le sirvió; la funesta herramienta del entrecomillado condujo sus palabras precisamente al territorio que había querido soslayar en todo momento: el de las etiquetas y las definiciones escolares, el dominio de las taxonomías y las oposiciones sesgadas.
Toda esta queja introductoria puede parecer un poco pueril, y de hecho lo es. El error inicial fue precisamente hacerse ilusiones. Cualquiera que haya tenido un mínimo trato con la prensa (y, en concreto, la prensa cultural) sabe hasta qué punto su ley es la distorsión, la ligereza, la falta de sosiego o de cuidado. Pero hay algo más, algo que no depende de la necesaria brevedad o urgencia del género. El periodista tenía dos largas páginas a su disposición, dos páginas de letra apretada y esquinas espaciosas donde moverse con tranquilidad, y sin embargo volvió a incurrir en los vicios de costumbre, esa escritura de fórmulas sobadas y entonaciones de segunda mano que es el equivalente a hablar de oídas, a ciencia incierta, rodeando las cosas desde fuera.
Así se redactan, en realidad (el verbo no es casual), la mayor parte de los textos que leemos, incluyendo muchas novelas e incluso libros de poemas que pasan por literatura y que no son sino extensiones de esta misma escritura periodística que es un poco la maldición de nuestro tiempo: una escritura que procede a tientas, por aproximación, como quien siluetea un monigote con tijeras y va cortando aquí y allá hasta llegar a un parecido razonable (¿soportable?). Una escritura que habita en las afueras y que, por mucho que quiera entrañarse, por mucho que trate de acercarse a la médula de su asunto, es por naturaleza exterior, un tanteo que siempre se queda a las puertas, que no sabe nunca muy bien si se ha excedido o se ha quedado corto, si hay rebaba en el contorno por donde pasaron las tijeras. Una escritura, por último, que sólo construye las curvas a basa de múltiples líneas rectas enlazadas, que sólo es capaz de generar matices y detalles como suma de algo y su contrario, de pasos en una y otra dirección; todo en ella, en fin, es pleonasmo, pues se mueve por tanteo, corrigiéndose en el curso de su avance, haciendo la media de sus afirmaciones tajantes y mutuamente divergentes.
No pretendo negar la utilidad del periodismo ni impugnar su existencia. Sería absurdo, por lo demás. Pero sí quiero llamar la atención sobre el imperio casi absoluto de un tipo de escritura –una poética, en fin, por mucho que me irrite o me parezca equivocada– cuyos vicios y limitaciones hemos interiorizado hasta el punto, muchas veces, de no verlos, y que contribuyen de modo activo a la estrategia niveladora del mercado. Una escritura que, como la publicidad, opera con la urgencia del trilero, del que tiene algo que esconder y no quiere que descubramos su juego, su trampa. Nuestro mundo vive precisamente en el poco espacio abierto por estos discursos, velado por la sombra de sus impaciencias y sus simplificaciones. Vivimos tan metidos en ese velo, tan al cobijo de su sombra, que hemos dejado de advertirlo. Y nuestra sensibilidad, como nuestra reserva, se ha vuelto más roma. Es cierto que los encargos mundanos nos ayudan a sacarnos de la inercia y a poner la máquina de escribir en movimiento, pero me inquieta la frecuencia con que aceptamos salir de nosotros para hablar de cosas que nos incumben sólo a medias, o que no terminamos de hacer nuestras, o que cierta pericia retórica sabe envolver en juegos de ingenio y de palabras. Porque la escritura que reivindico o que me parece propia de nuestro oficio es precisamente lo contrario de este ejercicio de tanteo y ensayo. No procede desde fuera, sino que parte de un germen, una semilla, y la hace crecer y levantarse y fructificar hasta darle contorno y volumen precisos. Podemos calificar a esta escritura de poética, aunque su dominio es tanto el verso como la prosa, tanto el poema como la novela o el ensayo cuando están dictados por el deseo, la fatalidad, eso que mueve las palabras desde dentro y las empuja hasta engendrar algo, lo que sea, dueño de vida propia. Así también ese periodismo de investigación o de viaje movido por una curiosidad genuina y un respeto escrupuloso a los hechos –así como por una profunda conciencia de estilo–, donde la escritura periodística cambia de polaridad y cobra una vivacidad, una integridad orgánica, que la convierten en creación genuina, literatura. Aquí no hay aproximaciones, no hay rebabas ni virutas ni cortes fallidos o groseros, sino que el texto, como el «álamo» del que hablaba Juan Ramón Jiménez en La estación total, «termina bien en sí mismo». Esta identidad del ser consigo mismo no es la petrificación inmóvil de la muerte sino que remite a algo más profundo: la capacidad de la vida para encarnar o fructificar en seres plenos, colmados de sí mismos, de su sangre sonora.
Ésta es la escritura que siempre me ha interesado y sólo ella, a mi juicio, merece el nombre de poesía. En última instancia, da igual que esté escrita en verso o en prosa. Debe surgir de dentro, como un tallo de la tierra, olisqueando el aire, buscando siempre su más justo punto de expansión. Tal vez adivinar este perímetro justo, este contorno preciso, sea la tarea más difícil del escritor: escuchar las palabras, sus raíces y tendones y zarcillos, a fin de no castrarlas o de obligarlas, por el contrario, a crecer más de lo debido. Pero lo urgente, lo inexcusable, es no incurrir en esquematismos, en polaridades maniqueas que borren o suprimen las sutilezas, el placer de moverse por los grises del pensamiento. Un placer que no excluye la incertidumbre o la ansiedad, por supuesto, pero sin el cual parece muy difícil escribir nada que nos exceda, nada que nos mejore o nos tome por sorpresa.
lunes, mayo 31, 2010
3
En el poema va la penitencia.
Palabras que asoman en mitad de una frase con la lengua bífida de una serpiente. Hay que apartarse a tiempo, hacer oídos sordos, y ni hablar de confiarse; en cualquier momento podríamos sentir su mordedura.
sábado, mayo 29, 2010
descripción de una escucha
palabras para antonio gamoneda
Cómo llegamos a un escritor, a su trabajo, de algún modo proyecta una sombra sobre nuestra relación con él. Es una clave musical que condiciona todas nuestras lecturas, la forma en que volvemos sobre sus libros y profundizamos en ellos. Cada vez concedo más importancia a ese primer encuentro, a los ecos que despierta y que se prolongan y modulan en el tiempo hasta hacerse uno con el cuerpo del texto. La lectura es un ejercicio temporal y encuentra en el tiempo su pleno sentido; pero es un tiempo que no sólo se despliega en el futuro, en respuesta a la esperanza o la expectativa de sentido que surge del trato con el texto (con la materia del texto), sino que también mira hacia atrás, hacia un pasado que se reactiva cada vez que volvemos a él por medio de las páginas o los libros en que reside, virtual o latente, agazapado entre líneas, capaz de revivir de un salto a poco que lo llamemos.
Descubrí la existencia de Antonio Gamoneda a la vez que su poesía, y su poesía fue, durante largo tiempo, el recuerdo de la lectura que dio en la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo una mañana de enero de 1989, con ocasión de un congreso de poesía que fijó en términos bastante definitivos, al menos durante una década, mi retrato de lo que era o decía ser la poesía española contemporánea. Las primeras impresiones suelen ser decisivas, y la primera imagen que me viene a la mente al recordar aquel congreso es un hombre robusto, algo más avejentado de lo que hacía esperar su fecha de nacimiento, que leía con voz severa y cálida fragmentos de un largo poema o libro llamado Descripción de la mentira. Ahora no recuerdo si leyó el libro de principio a fin o si añadió a su lectura fragmentos de Lápidas, publicado sólo dos años antes (habría que ir a las grabaciones de aquel congreso, que existen, para aclararlo). Apenas hizo comentarios. La lectura fue una larga letanía de frases e imágenes resonantes, llenas de un énfasis casi bíblico y dichas, sin embargo, con extraña parsimonia, como si el lector pronunciara un veredicto irrefutable, medido y calculado hasta la extenuación, capaz de repartir con mano certera culpas y responsabilidades. Recuerdo el silencio alerta que se hizo en la sala durante los cincuenta minutos largos que duró su intervención, y también el aplomo, la sobria naturalidad del semblante que nos leía desde la mesa; una sobriedad en la que participaban por igual la pasión y el escepticismo, la tensión del momento y la paciencia del que lleva ya muchas horas de vuelo y concede la importancia justa a su trabajo.
He tenido el privilegio de escuchar a Antonio Gamoneda varias veces a lo largo de estos veinte años, con la ventaja añadida de una familiaridad con su obra que entonces simplemente no tenía. Pero ninguna lectura, con una salvedad que luego señalaré, ha tenido el impacto de aquella primera. Quizá porque, en mi caso, el descubrimiento de la poesía fue simultáneo al descubrimiento de la persona y de la voz. Durante muchas veces, mientras leía y releía (e imitaba torpemente) las páginas de Edad, los poemas sonaban con la voz de su autor, estaban asociados de manera inextricable y hasta obsesiva con la figura de Antonio. Ello no me impidió, desde luego, hacerlos míos en la lectura y disfrutar incluso con su apariencia visual, el modo en que desplegaban sus largos párrafos (esos «bloques textuales» de los que ha hablado alguna vez en conversación con Ildefonso Rodríguez) sobre la página. Pero el eco -el recuerdo- de aquella escucha inicial se prolongaba de manera soterrada y sostenía mi frecuentación íntima de la obra. Un eco en el que insertaban, al sesgo, las nociones y categorías que iban surgiendo de la lectura y que aún ahora, convertido su autor en figura célebre y celebrada, diana involuntaria de periodistas y comentaristas mediáticos, siguen teniendo más vigencia que nunca: rigor, autenticidad, tensión verbal, capacidad para ir a lo hondo y relatar en palabras memorables el drama de la existencia.
Muchos años más tarde, en el verano de 2003, y esta vez en el ámbito de un curso de poesía dirigido por Andrés Sánchez Robayna en la Universidad de verano de El Escorial, pude ser testigo una vez más del poder de convicción de esta poesía, del vigor con que se revela a sus oyentes, plantándose en su conciencia, estableciendo un vínculo que excede la simple comprensión de sus contenidos. Como el alumno universitario que yo era en 1989, también muchos de los asistentes al curso desconocían la poesía de Antonio. Sentado junto a él, pronuncié unas pocas palabras de presentación y le di la palabra. La voz había cambiado sutilmente con los años, se había hecho más grave y espesa, fluía con más lentitud, pero no había perdido la capacidad para hacer el silencio a su alrededor; un silencio atento, erizado como un gato, lleno de tensión y expectativa. Antonio leía y en muchos rostros -los tenía frente a mí, no podía ignorarlos- se iba dibujando una expresión de asombro, de sorpresa contundente, que ni siquiera el aplauso final borró del todo. Creo que muchos tuvimos la impresión de haber vivido un acontecimiento, algo cuyo sentido profundo se nos escapaba sin dejar de interpelarnos. De aquella semana es quizá lo que mejor recuerdo, junto con la lectura también inolvidable de Eugenio Montejo, otro poeta capaz de jugar a voluntad con los silencios.
Estas dos lecturas han marcado profundamente mi relación con la poesía y la persona de Antonio Gamoneda, hasta el punto de que no puedo leer un texto suyo sin escucharlo en su voz. Resulta curioso porque, como ya he dicho, está conciencia aural ha convivido sin problemas con una apreciación igualmente intensa de su presencia visual, el modo en que aparece impreso. Es una lectura doble, que discurre simultáneamente en dos canales, el ojo y el oído, y que a veces quisiera, en su entusiasmo, poder sopesar las palabras en la mano para cobrar conciencia cabal de su peso, su materialidad llena de aristas y grumos. Es algo que pude comprobar una y otra vez mientras trabajaba en la edición de La campana de la nieve, disco que recoge tres de las lecturas que Antonio ha dado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y en el que se percibe perfectamente la distancia entre el lector de 1986 -recién aparecido Lápidas-, con la voz encendida y hasta un punto insolente, y el de 2006, más viejo y decantado, también más vulnerable.
No sé si Antonio tiene la costumbre de decirse en voz alta los poemas mientras los compone, como dicen que hacía Sylvia Plath en el tramo final de su vida. Quizá no sea buena estrategia, ya que fiarlo todo al efecto sonoro puede conducir a una poesía efectista o retorizada, muy lejos de la cuajada inmediatez de su escritura, de su fraseo tirante y circular. Y el propio Antonio ha alertado sobre los peligros de las cantinelas tradicionales, de los ritmos fáciles que se heredan acríticamente y que impiden concebir o liberar un pensamiento poético genuino. Pero sin duda sabe (porque ese «placer sin esperanza» del que habla en Arden las pérdidas es fundamentalmente de índole musical) que esa dimensión sonora está ahí, en todo lo que escribe, y que el poema, antes que nada, es algo que se dice, algo hecho por y para la voz y que necesita de nuestra escucha para ser plenamente. Por fortuna, puede decirse que ese espacio de escucha y de receptividad ha crecido hasta extremos que hace veinte años, en aquel lejano mes de enero de 1989, parecían inconcebibles. No es culpa suya si yo sigo oyendo, como un eco de fondo, como la clave musical que explica y justifica el conjunto, al poeta casi secreto que nos leyó entonces.
[Escribí este breve texto hace cosa de un año (junio del 2009) para un libro de homenaje a A. G. coordinado por el poeta leonés Rafael Saravia, El río de los amigos, que Calambur Editorial publicó pocos meses más tarde. Lo bueno de escribir al margen de la actualidad es que luego los textos no pierden un ápice de su carácter marginal; son tan (im)procedentes ahora como cuando fueron escritos. Me gustó evocar, sobre todo, aquella primera lectura de enero de 1989, que fue también el mes en que publiqué mi primer poema, de vergonzante recuerdo. Sobra decir que toda mi secreta vanidad de poeta incipiente quedó hecho trizas al escuchar en riguroso directo Descripción de la mentira...]
lunes, mayo 24, 2010
bunting / pound
Uno de esos maldecidores ocasionales fue Basil Bunting (1900-1985), del que ya he colgado aquí un curioso poema humorístico, «What the Chairman Told Tom», donde Tom se refiere al poeta T. S. Eliot. Este otro poema tiene como protagonista a Ezra Pound o, más en concreto, la historia de la recepción de sus Cantos, y Bunting dice haberlo escrito, garabateado quizá, en la portadilla de una edición de la gran obra de su maestro. Bunting frecuentó a Pound en Rapallo a comienzos de los años treinta, tras lo cual viajó por medio mundo (las Islas Canarias, Estados Unidos, Persia, etc.) hasta finalmente instalarse de nuevo en su Inglaterra natal, donde publicó en 1965 su gran poema Briggflatts.
.Bunting es un ejemplo perfecto de esos rara avis que produce Inglaterra de vez en cuando. Ya en Rapallo se hizo célebre por su humor sardónico, sus impertinencias, su orgullo desdeñoso y lleno de ingenio. Era también un gran fantasioso, capaz de adornar el relato de sus viajes con abundantes novelerías. Entre otras cosas, afirmó haber jugado al ajedrez con Franco mientras el futuro dictador ocupaba el cargo de Comandante general de las Islas Canarias (y urdía, suponemos, su fatal conspiración). Trabajo como espía en Persia durante la Segunda Guerra Mundial, y hasta 1952, año en que fue expulsado del país, estuvo en nómina del Servicio Británico de Inteligencia. Un personaje, vamos. El haber trabajado como espía le sirvió de poco a su regreso a su Inglaterra, donde malvivió como periodista y corrector de pruebas en un diario de Newcastle.
Leí este poema en un libro que reúne una selección de los mejores trabajos publicados en la revista londinense Agenda, donde se publicó originalmente, y me puse a traducirlo casi de inmediato, atraído por su tono de invectiva y su ferocidad (aunque los años no ha pasado en vano y de aquella primera traducción queda bien poco). Ahora aparece en varias páginas de la red como un ejemplo de la defensa que sus amigos y discípulos hicieron de la inmensa, caótica y esquinada obra de Pound. Lo que Bunting viene a decir, me parece, es que, a pesar de todos sus excesos y defectos, es imposible hacer como si los Cantos no existieran. Sospecho que tiene razón, aunque sospecho también que no hemos dado con una lectura de la obra despojada de adherencias historicistas, de rancia y gastada reverencia.
Por cierto, los dos versos en francés provienen de «Voici venir la nuit», una canción tradicional francesa. Aunque su sentido dentro del poema parece claro, no he logrado saber qué relación tienen con la vida o la obra de Bunting y Pound. ¿Quizá un chiste privado? ¿O una pieza de música que alguien tocaba al piano durante sus veladas italianas? Sigo investigando.
Escrito en la portadilla de los Cantos, de Pound
Ahí tenéis los Alpes. ¿Qué más se puede decir de ellos?
Son ininteligibles: glaciares asesinos, flancos
que sólo un loco escalaría, piedras y brezo,
¿Quién sabe lo que el hielo habrá arañado
al rebajar la piedra?
Ahí están; tendréis que dar largos rodeos
si queréis evitarlos.
Lleva su tiempo acostumbrarse. ¡Ahí los tenéis,
imbéciles! ¡Sentaos, y esperad a que caigan!
Trad. J. D.
El original, aquí.
domingo, mayo 23, 2010
monstruos en el laberinto

Aprovecho esta entrada para expresar mi agradecimiento a todos los que sois seguidores de esta bitácora por vuestra compañía y vuestra complicidad. Me resulta francamente increíble que haya más de cien personas interesadas en los contenidos que voy colgando en esta página. Pero es también muy estimulante, para qué negarlo. Lo único que siento es que estas últimas semanas me ha sido imposible centrarme en la bitácora como era mi deseo. Demasiado trabajo, demasiadas obligaciones que me han sacado un poco de mis casillas. La tormenta ya ha amainado. Ahora toca hacer recuento y retomar antiguas costumbres. Después de casi cuatro años de existencia y más de cuatrocientas entradas, esta bitácora ha cobrado vida propia; si no le presto la atención debida, salta de la pantalla para quejarse. Como el monstruo en su laberinto, también es una fiera a la que hay que alimentar. Para mi suerte, todo cuanto le doy me lo devuelve con creces.
miércoles, mayo 19, 2010
yeats / lapislázuli
He oído que ciertas señoras histéricas
dicen estar cansadas del arco de violín y la paleta,
de poetas que siempre están alegres,
pues todo el mundo sabe o debiera saber
que si no sobreviene un cambio drástico
avión y zeppelín saldrán de vuelo,
lanzando bolas explosivas como en tiempos del Káiser,
hasta que la ciudad quede arrasada.
Todo el mundo interpreta su tragedia,
allí se pavonea Hamlet, allí está Lear,
y esa es Cordelia, y esa otra, Ofelia;
pero todos, transcurra el desenlace
o esté al caer el último telón,
si son dignos de sus papeles protagonistas
no interrumpen sus versos sollozando.
Saben que Lear y Hamlet son alegres;
la alegría transfigurando todo ese miedo,
todo cuanto los hombres han buscado,
encontrado y perdido;
oscuridad total; el Cielo ardiendo en la cabeza:
la tragedia llevada al paroxismo.
Aunque Hamlet divague y Lear delire
y todos los telones desciendan al unísono
en cien mil escenarios,
no puede ser mayor ni más rotunda.
Llegaron por su propio pie, o en barco,
a lomos de camellos o caballos, de mulas o jumentos,
antiguas civilizaciones pasadas a cuchillo.
Y ellos y su sabiduría cayeron en desgracia:
ninguna obra de Calímaco,
que trabajaba el mármol como si fuera bronce,
labrando cortinajes que parecían levantarse
cuando el viento marino barría el suelo, permanece;
su larga tulipa de bronce, forjada como el tallo
de una palmera esbelta, no duró sino un día;
todas las cosas caen y son reconstruidas,
y quienes las construyen de nuevo están alegres.
Dos chinos, y tras ellos un tercero,
aparecen labrados en lapislázuli;
sobrevuela la escena un pájaro zancudo,
símbolo de longevidad;
el tercero, sin duda un ayudante,
transporta un instrumento musical.
Cada deslucimiento de la piedra,
cada mella o rotura accidental
parece una corriente o un alud
o una cuesta empinada donde sigue nevando,
aunque una rama de ciruelo o de cerezo
dulcifica sin duda, a media altura,
la casa a la que ascienden estos chinos;
y allí sentados me complazco en imaginarles;
mirando fijamente la montaña y el cielo,
el trágico paisaje desplegado a sus pies.
Alguien del grupo pide una música triste;
unos dedos expertos comienzan a tocar.
Sus ojos, sepultados entre arrugas, sus ojos,
sus viejos ojos destellantes, están alegres.
1938
viernes, mayo 14, 2010
pájaros raíces / valente

Bueno, ya está en librerías. Es un libro, obviamente, se llama Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente y, como el título indica, reúne reseñas críticas, artículos, ensayos y poemas sobre y alrededor de la obra del poeta José Ángel Valente. Lo publica Abada Editores con su elegancia característica y su edición culmina más de cinco años de trabajo discontinuo pero constante desde que allá por agosto de 2004, mientras compartíamos descanso y sol tinerfeño con los poetas Francisco León y Alejandro Krawietz, se nos ocurriera la idea de reunir en libro todo lo que llevábamos escrito sobre Valente y que andaba disperso por revistas y hojas volanderas. Al final el libro ha rebasado ampliamente su horizonte inicial y se ha convertido en un homenaje en toda regla a la obra del autor de Mandorla. Una reparación, también, porque se quería desmentir, en más de un sentido, la idea (interesada) de que esta poesía se habría movido lejos de los intereses de los poetas y críticos que empezamos a publicar en la última década del siglo pasado. La idea, sin embargo, era actuar con naturalidad, sin esa impostación agresiva con que se manejan las cuestiones estéticas en este país, como si una y otra vez hubiera que encender velas a los santones de turno; ya hemos tenido, y tenemos, demasiado olor a incienso entre nosotros. Creo que lo que nos ha movido es la necesidad de saldar una deuda de gratitud con una obra que, quiérase o no, está en el centro de nuestras lecturas, de nuestras inquietudes, y de la que seguimos aprendiendo cada vez que nos acercamos a ella.
No lo negaré: ha sido mucho trabajo. Más de quinientas páginas que Marta Agudo y un servidor hemos revisado y vuelto a revisar hasta la extenuación. Pero el resultado es sólido y elegante gracias a los buenos oficios de la editorial y, cómo no, gracias al estupendo trabajo crítico y creador de los participantes. El libro es todo aquello que esperábamos hace años, y más. Ese más me preocupa, porque puede hacer que reincidamos en el futuro, y no sé si quiero volver a pasar por un esfuerzo semejante. En cualquier caso, ha valido la pena.
Además de los editores mismos, han colaborado en Pájaros raíces los siguientes poetas y críticos: Jordi Ardanuy, Marcos Canteli, Daniel Casado, José María Castrillón, José Manuel Cuesta Abad, Rafael-José Díaz, Diego Doncel, Manuel Fernández Casanova, Agustín Fernández Mallo, María José Flores, Pilar Fraile, Eduardo García, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Isidro Hernández, Amalia Iglesias, Julián Jiménez Heffernan, Alejandro Krawietz, Francisco León, Antonio Lucas, José Antonio Llera, Juan Carlos Marset, Antonio Méndez Rubio, Luna Miguel, Eduardo Moga, Vicente Luis Mora, Luis Muñiz, Marianela Navarro Santos, Antonio Ortega, Julio Pérez-Ugena, Carlos Peinado Elliot, María Ángeles Pérez López, Jaime Priede, Raúl Quinto, María do Cebreiro Rábade Villar, Goretti Ramírez, Esther Ramón, José Luis Rey, Jorge Riechmann, Ada Salas, Vicente Valero, Joan de la Vega, Javier Vela, José Luis Zerón Huguet e Ibon Zubiaur. A todos ellos, gracias de nuevo por su contribución.
.
miércoles, mayo 12, 2010
verde
lunes, mayo 10, 2010
steiner en pn review
Hojeando la sección de Cartas al director me encuentro para mi sorpresa con una breve carta de George Steiner que puede leerse exenta, como una viñeta que se comenta a sí misma. Sabía que Steiner sigue habitualmente la revista (está suscrito a ella desde su fundación), pero me hace gracia tener la prueba. La traduzco sin más ceremonia y como un modo de retomar esta bitácora después de dos semanas de silencio. En rigor, la carta, casi un telegrama, dice tanto de Lukács y de Pasternak como de su autor.

Estimado señor:
Hace muchos años visité a Lukács en Budapest.
Le pregunté por qué había censurado Doctor Zhivago.
Lukács respondió: «Un libro deshonesto. Pasternak le atribuyó a Zhivago algunos de los mejores poemas de la literatura rusa moderna. De este modo le dio a la posición anticomunista de Zhivago una autoridad imponente. Shakespeare nos habría dado los torpes y quizá mediocres poemas líricos de un médico rural. Pasternak hace trampa».
El argumento me parece sofista. Es también profundo.
Churchill College, Cambridge
domingo, abril 25, 2010
aire cargado

Las nubes de tormenta se agolpan en el cielo
igual que bestias en una charca. Nadie
espera nada a estas alturas,
nadie sabe,
pero estaría bien, muy bien, después de todo,
que la lluvia bajara de una vez a lavarnos,
que dejara en los ojos deslucidos
un poco de su frío y su caudal.
Un paisaje indistinto de antenas y azoteas
duplica los baldíos de la sangre.
¿De qué hablamos cuando no estamos juntos?
¿Qué miedo se conjuga en nuestras evasivas?
Después de tantas vueltas, sólo queda
rearmar las tropas de la lucidez,
jugar con los insectos de la mente
y decir lo que toca,
si es que decir nos sirve a estas alturas.
La luz tangente de la calle
abre un charco en la mesa, un fuego escueto.
Es tarde para corregirse.
Acudo a él para engañar mi sed.
.
jueves, abril 22, 2010
el trueno de peter redgrove
Trueno pigmeo
Con hábil gesto de muñeca
el médico me extrae o saca
un diente delantero como si
me arrancara un botón de la camisa,
aunque el símil no explique mi ceceo.
Luego, en casa, lo observo:
pequeño, cavernoso
fragmento de marfil manchado.
En él uno podría, sin grandes cambios,
tallar un templo taoísta
con su propia escalera, bambúes y cigüeñas,
y encima una pequeña cúpula de cristal
para acoger a los espíritus.
Invisibles desconocidos se pasearían
de un lado a otro de la escalera
conversando descalzos
con pies sensibles como mi lengua,
que ya conoce cada grieta
de este recinto liliputiense,
aunque en su día,
atada al pedregal de mi mandíbula,
esta piedra me pareciera siempre
la forma condensada de una cumbre
en la sierra lluviosa
donde brama mi trueno pigmeo.
Trad. J. D.
miércoles, abril 21, 2010
copycat
lunes, abril 19, 2010
julieta valero / autoría

El pasado jueves 15 de abril presentamos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid Autoría (Barcelona, DVD Ediciones, 2010), el espléndido nuevo libro de Julieta Valero (Madrid, 1971). Julieta tuvo la generosidad de invitarme a decir unas palabras sobre su trabajo, y esto es lo que logré escribir, maquetado con su proverbial elegancia por el webmaster de DVD Ediciones, el poeta y traductor Juan Manuel Macías. Lo he titulado «La salud de los pronombres», pero también podría llamarse «La salud de las palabras»; pocos libros de nuestra poesía reciente tienen su frescura, su sana insolencia y su verdad.
domingo, abril 18, 2010
gibbons / siles
Así comienza «Disputas y lamentos», la certera reseña que Jaime Siles dedicó ayer, en el suplemento literario del ABC, al libro de Reginald Gibbons. Alegra saber que todavía hay sitio para la edición independiente, casi artesanal, en las páginas culturales de nuestros diarios. También Littera Libros, con lógico orgullo, se hace eco de la reseña.
sábado, abril 17, 2010
mentiras piadosas
viernes, abril 16, 2010
jamie mckendrick / poema

Me escribe mi amigo el poeta mexicano David Huerta (publicamos tres espléndidos poemas suyos en una reciente entrada de Las razones del aviador) para decirme, entre otras cosas, que se va de gira poética por Inglaterra durante dos semanas. Le invita el Poetry Translation Centre, fundado en 2004 por la poeta Sarah Maguire con la más que loable ambición de promover la traducción al inglés de poesía asiática, africana y latinoamericana (se supone, sólo se supone, que la europea tiene más posibilidades de ser conocida en las islas). Ojalá no se estrellen, como les ha pasado a tantos en el pasado, contra el muro de la proverbial endogamia cultural británica.
Lo curioso, y para mí emocionante (un caso típico de esas vueltas que da la vida), es que el traductor de los poemas de Huerta es el poeta Jamie McKendrick (Liverpool, 1955), a quien conocí hace más de diez años durante mi estancia en Oxford. Casado con mi colega Xon de Ros, que había sido lectora de español en la Universidad de Oxford a principios de los años noventa, McKendrick llevaba publicados hasta la fecha tres libros en la colección de poesía de la OUP y era poeta en residencia en Hertford College. Un tipo alto y espigado, dueño de una calma envidiable, con quien a veces me cruzaba por la calle y charlaba un poco de todo, aunque nunca tardábamos en volver a la poesía. Por aquel entonces los dos trabajábamos mucho en casa y nuestros encuentros ocasionales, velados por cierta huraña introspección, no eran todo lo expansivos que habría deseado. Pero también es verdad que él era un poeta mayor y más maduro y esto introducía cierto desequilibrio en nuestro trato. Recuerdo que una vez charlamos fugazmente sobre un poema de Hardy que a los dos nos entusiasmaba, «Afterwards», un poema que yo relacioné entonces, y lo sigo haciendo, con el tono de Machado en Campos de Castilla (sobre todo en poemas como «A José María Palacio»).
McKendrick publicó su cuarto libro, Ink Stone, en Faber & Faber en 2003, después de publicar en la misma editorial una selección de sus primeros tres libros con el título de Sky Nails [Clavos en el cielo, o mejor: Clavos celestes]. A pesar de sus ecos latinos (traductor de Montale y de Valerio Magrelli, entre otros, vivió durante años en Italia y ha pasado largas temporadas en España), su poesía no es fácil de trasladar a nuestro idioma: densa y apretada, llena de localismos y referencias muy pegadas a tierra, con tendencia al prosaísmo y la narratividad y al mismo muy estructurada, muy hecha formalmente. Durante años la leí sin intentar nada. Pero al enterarme del encuentro Huerta-McKendrick he abierto Ink Stone y me he puesto a traducir uno de mis poemas favoritos del libro, una pequeña pieza titulada «Sea Salt» que juega con el eco de un viejo y célebre poema de Yeats, «Politics». El final también me recuerda por su comparación final a otro poema de Peter Redgrove, «Pigmy Thunder», que traduje para mi libro Gran angular, en el que Redgrove describe una muela cariada como un templo taoísta donde «invisibles desconocidos se pasearían / de un lado a otro de la escalera / conversando descalzos / con pies sensibles como mi lengua». Aunque «Sal marina», el breve poema de McKendrick, es más lírico y también más ligero: un breve instante de empatía que nos hace entrever un poso de dolor o de angustia en la muchacha a la que observa.
Tengo la esperanza de que David pueda leer esta entrada durante su periplo inglés, antes o después de conocer en persona a Jamie. Estas redes o circuitos que van dibujándose con el tiempo no dejan nunca de sorprenderme y de alegrarme. Son como una confirmación de que tarde o temprano todo acaba cobrando sentido, aunque sea a tientas; o tal vez precisamente porque es a tientas, porque nadie lo fuerza.

Sal marina
Cuando habría tenido
que fijarme
en aquella muchacha
sentada al otro lado de la mesa
después de no pensar durante días
en otra cosa, o poco menos,
me distrajo un cristal
que ella había extraído del salero...
Parecía al principio
la clase de tejado que un niño
pondría en una casa pintada o, más aún,
una pirámide traslúcida,
los peldaños de un Machu Pichu en miniatura
pero tallado en lágrimas, no en piedra.
Trad. J. D.
Sea Salt: When my attention / should have been fixed / on that girl sitting there / across the table from me / after days of thinking of nothing but / or little else, / I was distracted by a crystal / she’d shed from the salt bowl / —first of all it looked / like the kind of roof a child might put / on a painted house and then more like / a see-through pyramid, / the steps of a miniature Machu Picchu / but carved from tears and not from stone.
lunes, abril 12, 2010
el argumento de la obra
Mientras leo El argumento de la obra, el volumen de la correspondencia de Jaime Gil de Biedma, me pregunto si su temprano abandono de la poesía –a partir de los cuarenta los pocos poemas que escribe no dejan de ser ráfagas, escolios, piedras arrancadas a la cantera del silencio– no tiene que ver, en rigor, con el hecho de que está menos interesado en la poesía que en la figura de poeta, en verse a sí mismo representando ese papel. Como ciertos adolescentes, está enamorado de su propio enamoramiento, y así parece confesárselo a Jorge Guillén en una carta de mayo de 1954, cuando no ha cumplido los veinticinco, en la que reconoce que «toda la organización de mi vida presente y futura, en lo moral y lo práctico, descansa sobre la base de que yo soy, y aspiro a seguir siendo, poeta». En el instante en que el espejismo se disipa y él mismo descubre el monto real de la apuesta, la poesía se le aparece como un peligroso canto de sirena, un escollo donde su nave podría embarrancar. De hecho, se pregunta si no ha embarrancado ya.Por ahí podría entenderse, tal vez, la boutade (sólo en apariencia contradictoria) de que en el fondo siempre había querido «ser poema», no poeta: convertirse en la ilustración ideal del oficio al que aspiraba, pasar de mano en mano como un ejemplo a imitar. O la tardía confidencia a María Zambrano de que la vida de Alfonso Costafreda, «tan frustrada y patética», le había revelado «que ser poeta es todavía […] un destino serio y terrible». Una confesión particularmente punzante cuando se recuerda la hostilidad que él mismo, movido por los celos o el rencor, prodigó desde muy pronto a Costafreda.
Hojeando las Máximas de La Rochefoucauld, encuentro un razonamiento que viene a apuntalar esta sospecha y que explica, asimismo, el sesgo excepcionalmente crítico de la relación de Gil de Biedma con la poesía: «Cuando se está enamorado, a menudo se duda de aquello en que se cree más». Comienzo a entender, por esta vía, que sus ensayos sobre Cernuda, poeta de quien tomó en esencia una actitud, una forma de relacionarse con la tradición nativa, apenas citen algún verso y prefieran detenerse en sus poéticas o en «Historial de un libro», que no en vano destaca (al menos en el ámbito hispanohablante) por establecer una identidad entre vida y obra, biografía y vocación, la historia de cómo Cernuda logró transformarse en el poeta que deseaba mientras intentaba abandonar o dejar atrás los poemas (Donde habite el olvido, Los placeres prohibidos) que habían hecho de él lo que era.
sábado, abril 10, 2010
tregua

mira cómo la sangre pactó con sus demonios.
Días sin culpa, dioses próximos
como el aire que silba en los aleros:
la luna, que es amiga del erizo de mar;
el sol, que da calor a sus entrañas.
viernes, abril 09, 2010
ian hamilton / la tormenta

Entre los trabajos que se han ido dejando hacer de forma casi inconsciente se encuentra la traducción de este viejo poema de Ian Hamilton (1938-2001), uno de los últimos grandes hombres de letras que ha dado Inglaterra. Poeta parco y puntilloso, crítico feroz y biógrafo no menos feroz y penetrante de Robert Lowell y J. D. Salinger, Hamilton fue uno de los ejes del periodismo literario londinense en los años sesenta y setenta, cuando fundó las revistas The Review (1962-1972) y The New Review (1974-1979), donde publicaron sus primeros trabajos escritores ahora célebres como Ian McEwan, Julian Barnes o James Fenton. Fue, como he dicho, un crítico implacable, capaz de realizar genuinos trabajos de demolición que ahora, pasados los años, se leen con una sonrisa por su ingenio y mala baba. Una de sus bestias negras fue mi admirado Ted Hughes; recuerdo, en particular, una reseña de Cuervo en la que demostraba no haber entendido nada del libro pero al mismo tiempo decía cosas muy pertinentes y necesarias sobre su autor. Sólo los grandes críticos son capaces de acertar hasta cuando yerran, y Hamilton pertenecía sin duda a esa especie.
Para ser justos, Hughes estaba en las antípodas de su gusto literario. Intransigente con cualquier forma de exceso retórico, su poesía completa se reduce a poco más de sesenta poemas publicados en vida; piezas breves, apretadas como puños, donde la elipsis es la ropa del pudor y todo se dice con velada y extraña oblicuidad. Fue tan exigente y riguroso consigo mismo como con los demás, y una prueba de ello es este poema, «The Storm» [La tormenta], incluido en su primer libro, un cuaderno de catorce poemas titulado Pretending Not To Sleep (Fingiendo no dormir, 1964). Un poema que siempre me ha fascinado desde que lo leí por vez primera allá por el 92, en la antología de George MacBeth que ya he citado otras veces. Una miniatura, un momento aislado en el tiempo, y al mismo tiempo una lente que magnifica con aire amenazador cada gesto, cada mínimo detalle. Hamilton definía sus propios poemas como «pequeñas apariciones milagrosas», y la frase no puede ser más precisa. Estos versos inquietantes lo dejan bien claro.
La tormenta
Lejos, estalla una tormenta. Rueda hasta nuestro cuarto.
Miras hacia la luz de modo que ilumina un lado
de tu rostro, tu boca rígida, tu mirar aprensivo.
Te vuelves hacia mí y al decir yo tu nombre
te me acercas y te arrodillas, pidiéndome que tome
tu cabeza en mis manos como si fuera un frágil
cuenco que la tormenta podría hacer añicos.
Quieres que te resguarde del estruendo bestial.
Al posarse en tu carne mis grandes manos se despiertan,
laten en ti y entonces, preguntándose cómo hacerlo, aprietan.
La tormenta me alcanza mientras tu boca se abre.
Trad. J. D.
El original, aquí.
domingo, abril 04, 2010
3 en raya
*
Se injuria y se mortifica públicamente, sí, pero como quien acuchilla el suelo de madera de su yo antes que los demás vengan a extender sus barnices, sus reparaciones.
*
Su corazón, como un inmueble desastrado cuyos inquilinos apenas se cruzan en el hueco de la escalera.




