jueves, septiembre 30, 2010

donald hall / oro

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Oro pálido de las paredes, oro
de los centros de margaritas, las rosas amarillas
que brotan de una fuente clara. Todo el día
yacimos en la cama, mi mano
acariciando el oro
profundo de tus muslos y tu espalda.
Dormidos, despertándonos,
entramos juntos en el cuarto dorado,
nos tendimos en él, respirando
violentamente, luego
con calma una vez más,
dormitando y acariciándonos, tu mano perezosa
jugando con mi pelo ahora.

En aquel tiempo abrimos
cuartos idénticos y diminutos en nuestros cuerpos
que los hombres que exhumen nuestras tumbas
hallarán dentro de mil años
brillantes y completos.



Trad. J. D.

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Otro poema del gran Donald Hall (1928), de su primera época. Un hermoso y elegante poema de amor que se ha convertido en una especie de clásico que Hall incluye habitualmente en sus lecturas. El gerundio da siempre muchos problemas en español (creo que fue Borges quien aconsejaba evitarlos a toda costa) y los que aparecen en estos versos no son una salvedad; los he empleado también en mi versión, pero no siempre (versos séptimo y octavo) donde lo hace Hall. Esta pieza es un ejemplo memorable de la pervivencia del simbolismo en un momento –comienzos de los años sesenta– en que la poesía norteamericana comenzaba a surcar otros rumbos. Un poema muy clásico, en suma, aunque la imagen de la segunda estrofa –en realidad, toda ella– beba de la mejor vanguardia. Me quedo también con ese protagonismo de la luz, ese oro maleable y espeso como la miel que parece recubrirlo todo, desde el cuenco de flores (tan eliotiano) a los cuerpos de los amantes.

El original, aquí.
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martes, septiembre 28, 2010

bisectriz


Al hablar con él se tiene siempre la sensación de estar pasando un examen. Ahora que lo pienso, conmigo nunca aprueba.



No deja de parlotear, lo sé, pero ten paciencia. No se puede hacer humo sin algo a lo que prender fuego.

domingo, septiembre 26, 2010

versos que piensan

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El problema al que uno se enfrenta al escribir un poema meditativo es dar con un ritmo de pensamiento que sea también un ritmo musical, una línea melódica hecha de silencios, armonías, transiciones. Cuando hablo de un poema meditativo no me refiero a una pieza de repertorio, una versificación más o menos diestra de lugares comunes (la nostalgia elegíaca por un pasado perdido, el asombro extático ante la plenitud del presente, la tópica incertidumbre sobre el rumbo a seguir, etcétera), sino al desarrollo argumental de una hipótesis de pensamiento, la creación de una cadena de causalidades que opere en los planos tanto lógico como metafórico sin dejar de leerse con los oídos, de entrar por ellos lo mismo que una melodía.

El asunto es diferente en el caso de los poemas narrativos (de los cuales tenemos muy pocos ejemplos en nuestra tradición reciente), que pueden y suelen depender de una estructura fija, como la terza rima de Dante o el octosílabo de tantos romances, pues la efectividad del relato depende, en primera instancia, de saber poner un pie después de otro, de encender el motor y mover el chasis del verso sin atender estrictamente a detalles ni sutilezas verbales. El poema meditativo es otra cosa: no se puede pensar cabeceando de un lado a otro, como un caballo trotón, ni levantando polvo con paso marcial.

El problema es que toda estructura musical es por fuerza circular o repetitiva: necesita un estribillo, o al menos (en la poesía moderna) un elemento que haga de tal, que fije el argumento sin dejar de hacerlo avanzar, de moverlo un paso más allá a cada giro de la aguja, como una espiral que se aparta de su centro conforme da vueltas. En la práctica, ese estribillo ha quedado reducido a una palabra, o a unas pocas palabras y figuras que reaparecen a intervalos regulares con hábil disimulo, esparcidas o diluidas en el diseño general. Se trata, en realidad, de reclamos subliminales que funcionan por acumulación, corrigiéndose a sí mismos. Su repetición garantiza ese movimiento de espiral: se vuelve sobre lo dicho pero se dice algo más, algo nuevo, y ese algo nuevo es lo que permite, a su debido momento, dar un salto a modo de conclusión en los últimos versos, caer de nuevo sobre un comienzo que el avance ha convertido en punto final. O un punto final que permite un eterno recomienzo, y así sucesivamente.

Lo más difícil de este avance, por lo demás, es conjugar las exigencias argumentales y las musicales: hacer que las transiciones conceptuales tengan forma y hasta carácter melódicos. Aquí juegan un papel decisivo los silencios, las aposiciones, los súbitos cambios de ritmo, ciertas líneas de fuga que mantienen el poema en marcha mientras desvían la atención, enriqueciéndola con datos laterales o ráfagas de tensión emocional. Nada puede ser muy rígido dentro de la rigidez global. O dicho en otros términos: algo debe ceder para que todo fluya. De tal modo es así que el borrador, el poema inconcluso, sólo deja de temblar y bambolearse como un castillo de naipes cuando se le añaden los últimos versos. Hasta entonces todo es provisional, el ritmo queda como en suspenso y no se cumple. Y con él la idea, el argumento de la idea.
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lunes, septiembre 20, 2010

stephen romer / braughing

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En el cuarto amarillo
la luz tangente y amarilla
acalla el lenguaje con tiempo,

me lleva al escritorio
ahora que es tiempo
de anotar, como un monje

copista, no sabría decir qué,
mientras unos desconocidos
desmontan el hogar

donde crecí, el medio
en que nado en silencio,
de manera que cuando lleguen

con descaro a la puerta
para cargar las cajas
ya no estaré,

disuelto por la luz
amarilla y el timbre
de advertencia del mirlo.


Trad. J. D.
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Un viejo poema de Stephen Romer (Hertfordshire, 1957), de su libro Tribute (Oxford University Press, 1998), centrado casi en exclusiva en el relato de una separación amorosa. Un libro tenue, ascético, obsesionado con la luz y los espacios vacíos, el río de silencio y desamparo que fluye por debajo de nuestros actos, el modo en que el aire parece cambiar de peso y de color a lo largo del día. Así este poema, que relata una mudanza y una desaparición, un cambio y la continuidad de la luz sobre todas las cosas. Un poema que, como todos los de este libro, tiene la delicadeza de una rama helada a punto de romperse, el resplandor de unas brasas que podrían extinguirse en cualquier momento.
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sábado, septiembre 18, 2010

cuadrilátero

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Déjalo, no sigas… Demasiadas explicaciones son el acta de defunción del poema.

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Cuánta valoración de pros y contras, cuántos razonamientos y balances y rumias silenciosas para acabar, a fin de cuentas, en un rapto de ira.

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La reencarnación, aunque sólo fuera por el don de nacer cada vez en una lengua distinta.

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Aún se muerde las uñas y los dedos con dientes laboriosos, como si los marcara a fuego por atreverse a dar caricias o rasgar unas cuerdas o sostener un lápiz. Se castiga las manos con saña preventiva y confirma su cuota de rencores, lo que aprendió a la fuerza y aún no se perdona.
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jueves, septiembre 16, 2010

música de ascensor

En el trabajo, ayer, aquella limpiadora de rostro serio, avinagrado, con rasgos que muy bien podrían calificarse de raciales -como racial era su presunto mal humor, su andar desabrido-, bajita, tez oscura, el pelo recogido en un moño, el guardapolvo borrando cualquier asomo de feminidad excepto por los ojos, bien grandes y visibles sobre la raya marcada. Entró en el ascensor sin mirarme, callada y hosca, y apenas me atreví a murmurar un tímido buenos días. Entonces se volvió y, con timidez refleja, levantó hacia mí una sonrisa deslumbrante; una sonrisa franca, instintiva, que le quitó de pronto veinte o treinta años y en la que también había un conato de disculpa: buenos días, añadió, perdona, estaba en mis pensamientos… No supo seguir; yo tampoco. Allí quedamos, cohibidos, silenciosos, quizá todavía sonrientes en nuestro fuero interno, mientras el ascensor de servicio subía con sigilo. Pensé fugazmente qué injustos podemos ser con nosotros mismos: la suya no era una sonrisa que debiera esconderse, aunque fuera para estar en este o aquel pensamiento. Pero quizá lo que me había deslumbrado era justamente aquel instante de transición, lo inesperado del cambio, la luz que fue más luz por haber surgido de improviso.
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miércoles, septiembre 15, 2010

alto en el camino

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Melquíades Álvarez


¿La traducción? Sin duda, entre otras cosas –ya que muchos me lo preguntan–, para preservar la tensión y el placer de la lectura lenta, para deshacer el mal camino andado en otras labores. Hay demasiada urgencia en el trabajo de edición, demasiado nerviosismo: se lee en diagonal, se hacen informes y resúmenes y contraportadas, se revisa y corrige contrarreloj, y al final las palabras desfilan ante los ojos como recuas de ganado que entran y salen del cercado a horas fijas. Todo el cuidado que uno pueda poner en su tarea debe sobreponerse por fuerza a esta premisa nociva, este mal de raíz. Y luego, en casa, o también en el trabajo, esta rayuela compulsiva por ventanas que no parece tener fin, como si patináramos en círculo sobre ellas. La prisa, siempre la prisa. Un turbión que es preciso apaciguar si no queremos que nos arrastre o nos despoje de las pocas facultades que nos alumbraban al comienzo. Hay que abrir espacios de calma o de silencio donde el lenguaje recupere su peso, su valencia, repudiar la lectura como esfuerzo, bajar al ruedo y mezclarse sin más con las palabras, oler su almizcle. Hay que desaprender, desquitarse de vicios, y la traducción –en mi caso, la traducción de poemas– es muchas veces un remedio inmediato, una forma de parar sobre mis pasos y mirar en torno. Recupero entonces otra velocidad, quiero decir, la lentitud deseada, y los libros dejan de ser los consortes pasivos de esta huida afanosa a ningún sitio.
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lunes, septiembre 13, 2010

el huésped hospedado

Mil gracias, Luis Miguel, por hacer de huésped de «Huésped». Es la segunda vez, creo, que esto sucede. Más palabras para olvidar, se llama tu bitácora. Pero entretanto las rescatas y les das una nueva oportunidad. Brillan un instante y luego desaparecen, como el fantasma del que habla mi poema. Estoy en deuda contigo. Un fuerte abrazo.
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martes, septiembre 07, 2010

c. h. sisson / 2 poemas

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Despertar

Mayo tiene sus gracias lo mismo que otros meses;
incluso junio entraña su placer. Aquí reposo,

el insistente tordo no me inquieta
ni la brisa ligera: un tocón del jardín parece un gato.
Sin embargo, no todo marcha bien

por culpa del recuerdo: congregaos junto a mí
mejor, espectros destinados a beber del Leteo.
¿Quién querría volver al mundo de allá arriba
y pulsar otra vez las cuerdas nerviosas del cuerpo
y sufrir a conciencia el miedo y la tristeza?
Hace tiempo lo hice: y me sigue llegando el eco,
no sólo del pasado –lo que podría soportar–,

sino de aquellos jóvenes que arrancan, optimistas,
y encuentran un final amargo donde empezaron
y al mal con apariencia de piedad.
Tales cosas he visto, y ya no quiero
tomar jamás la misma senda

donde ciegos mendigos piden con las manos tendidas
y los santos escupen en sus palmas. Esto ya lo he visto
y lo veré otra vez si me despierto ahora de mi sueño.



La mañana

No sé qué significa la neblina
cuando llega sin arremolinarse,
juntándose como brionia al pie de mi ventana


Vadeándola, se diría,
los árboles emergen desde el fondo,
arrastran sus oscuros mechones por el agua
que dio comienzo al mundo.



Trad. J. D.



Llevo tiempo, mucho tiempo, asediando sin demasiada fortuna la poesía de C. H. Sisson (1914-2003). Hace años, incluso, creo que en 2004, me compré en Londres sus Collected Poems, un grueso volumen limpiamente editado por Carcanet, pero nunca llegué a leerlo como es debido. Hojeaba sus páginas, me detenía con intriga en algún poema breve, pero nunca lograba romper su sello, establecer ese acuerdo tácito que va más allá (o más acá) de las palabras y nos permite entender su raíz, la fuerza primera que las anima. Esa imposibilidad me frustraba. Sabía que Sisson era importante. Sabía que tanto Geoffrey Hill como Charles Tomlinson habían sido amigos lejanos y admiradores suyos (una cita suya, de hecho, encabeza los Himnos de Mercia de Hill). En ambos casos la admiración literaria se solapa con la afinidad política o ideológica, pues los tres profesan lo que cabría definir como «anarquismo conservador»: una profunda desconfianza de la maquinaria estatal y el intervencionismo de la administración (cualquier administración), un rechazo casi instintivo del marxismo y una creencia igualmente visceral en la libertad del individuo, el sentido de la historia y los lazos comunitarios (es decir, los vínculos creados desde dentro y de manera orgánica por una comunidad a lo largo de su historia).
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En el caso de Sisson, nacido en abril de 1914, menos de un mes después que Octavio Paz, esta creencia tenía al menos un apoyo biográfico, pues durante largo tiempo, al menos hasta mediados de los años setenta, fue un funcionario de alta graduación en distintos ministerios del gobierno británico. Allí conoció de primera mano el funcionamiento de la tramoya administrativa, la grasa y las ruedas dentadas de las que el poder se sirve para perpetuarse a sí mismo, un poco al estilo de aquella serie cómica protagonizada por Nigel Hawthorne en los ochenta, Yes, Minister. La necrológica de The Independent le define como un «magnífico anacronismo»: era conservador y detestaba a Margaret Thatcher por su demagogia populista; descreído y solitario, creía sin embargo en el poder de la iglesia Anglicana para reforzar los vínculos sociales; traductor modélico (de Dante, de Lucrecio, de Virgilio) y teórico no menos magistral del poder, los salones de la corte universitaria le provocaban urticaria; admirador de Pound y de ciertas líneas de fuga de la vanguardia, su poesía es un modelo de concisión y austeridad, un licor destilado con los azúcares de la experiencia, la lucidez y un escepticismo de profundas raíces morales.



Hace algunas semanas, paseándome un poco al azar por la página web de The Times Literary Supplement, me topé con un viejo poema de Sisson publicado en 1984, «Waking», y fue como si la puerta a su escritura se hubiera abierto por fin. Bien es verdad que llevaba un par de semanas rondando su territorio de caza gracias al dossier que le dedica el último número de la revista londinense Agenda. Pero ni siquiera los modélicos ensayos de Robert Wells, John Peck o Michael Schmidt (el editor de Sisson en Carcanet) lograron hacerme entender su trabajo como lo ha hecho este poema. Un poema que toma la tradición de la albada y la lleva al punto de congelación. Aquí no hay amante ni amada, sólo un anciano copulando con la muerte mientras mira de reojo el ascenso impertinente del sol. Un poema que denuncia la vida como un reino de falsedad, hipocresía y recompensas injustas. Un poema lleno de rabia y desesperanza –también de piedad por quienes le suceden– en el que ni siquiera la naturaleza, reducida a una estampa desmañada, cumple su habitual función compensatoria.
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Sisson tenía setenta años cuando escribió y publicó esta pieza. Aún viviría otros veinte, dedicado a su familia, su escritura y su jardín (no sé si por este orden). Para compensar, he escogido un segundo poema, muy breve, casi una estampa oriental que toma la difícil visión de unos árboles entre la bruma y le otorga una dimensión metafísica. Empieza donde lo hace Pound y termina con un guiño a la Ofelia de Tennyson. Quizá este viaje sea simbólico del trayecto que hizo el poeta Sisson: inglés casi de libro, tercamente arraigado en su tierra insular, nunca perdió de vista la dimensión mítica de la existencia, que es como decir la dimensión doméstica del mito. Así nos lo recuerda el envidiable título que dio a su primera poesía completa: En la zanja troyana. Un título, por cierto, que a Yeats o a Robert Graves les habría encantado.
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viernes, septiembre 03, 2010

el poeta, la sopa y la mosca

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Lleva colgado en la red desde comienzos de julio, pero no lo había anunciado aún. Lo hago ahora, cuando faltan quince días para que desaparezca de la página de portada (que no de la revista). Me refiero al extracto de las memorias del poeta norteamericano Charles Simic, A Fly in the Soup [Una mosca en la sopa], que publicamos en Las razones del aviador gracias a la gentileza de Vaso Roto Ediciones y su traductor, Jaime Blasco. El libro, por lo que sé, estará en librerías este otoño. No os lo perdáis: un relato irónico y acerado de la Segunda Guerra Mundial en los Balcanes, los desvelos y reflexiones de un muchacho condenado a emigrar a Francia y luego a Estados Unidos a mediados de los años cincuenta, pero también uno de los mejores recuentos sobre la vocación y el aprendizaje literarios que conozco. Para muestra, este breve adelanto, este capítulo 23 escrito a modo de poética. Releído ahora, me siguen maravillando su claridad expresiva, su lucidez, su capacidad para abrazar las contradicciones y seguir camino. Justamente eso para lo que nació la poesía, entre otras cosas.
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miércoles, septiembre 01, 2010

john burnside / zorro blanco

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Fue cuestión de suerte, imagino,
aunque me pareció otra cosa
cuando dejé la carretera
y me detuve en un arcén de nieve
para estirar las piernas

y el zorro blanco
llegó en silencio desde la distancia,
en ruta hacia el verano, hebras de rojo
y castaño en la piel
plateada, el hocico

indiferente, cuando atrajo mi atención
y me observó un minuto
–estudiando mi olor,
tanteándome–,
aunque sólo, pensé,

por cortesía,
sin rastro de sorpresa,
acostumbrado,
al contrario que yo,
a la ley de la tundra,

la lógica salvaje según la cual
donde nada parece suceder
todo el tiempo
lo que sucede es la oportunidad
de que algo suceda.



de Gift Songs (Cape, 2007; Canciones de regalo)
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Trad. J.D.

martes, agosto 31, 2010

él / 4 versiones


El miedo a convertirse en un problema para otros le hizo tomar distancia de ellos. Entonces se volvió un problema para sí mismo.

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Libros que se vuelven contra él y le cortan en dos. Así es como ha engendrado su prole.

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Dicen de él que es bilingüe. Tiene un idioma para hablar y otro para guardar silencio.

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Le alaban y ovacionan por abrir nuevas sendas, dicen, pero él sólo quería no pasar por ciertos cruces de caminos.




domingo, agosto 29, 2010

casa vacía

Días en que regresas por sorpresa y no hay nada. En que vagas sin rumbo por sus salas desiertas, sus pasillos vacíos, los espacios donde aprendiste a ser feliz. Hay un raro barniz en cada cosa, como si la vida acabara de irse a toda prisa, sin tiempo para borrar sus huellas como es debido. Entra la luz por las ventanas, el aire mueve las cortinas, pero no hay nadie. Dices un nombre a gritos pero nadie responde. Una casa abandonada. Una casa que ha dejado de respirar y que yace a la intemperie, sometida al rigor y la indiferencia de los días. Te sientas en el suelo y comienzas a hablar con ese nadie.
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viernes, agosto 27, 2010

exploración

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Ir allí donde nadie había estado nunca.
El lugar de los lugares, decían.
Un fuego me quemó por dentro y no hubo tregua.
Tierras sin nadie, nubes errantes, algún árbol.
Seguí viaje hacia la frontera de mí mismo.
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miércoles, agosto 25, 2010

reencuentro

Estar junto a la puerta mientras se dice adiós a los amigos. Dentro, la mesa con las copas destempladas, el súbito repliegue, los vestigios de vino en el mantel. Parada y fonda. Unas pocas palabras en desorden contra el ancho silencio de la tierra. Y la noche, la mano fría de la noche como un trapo contra la cara, la frente que respira.

Que todo se detenga ahora, en este instante, que todo sea una vez más lo que somos, lo que no somos: esa blanda ronquera después de las palabras y el alcohol, la luz junto a la puerta, a punto de apagarse.
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miércoles, julio 28, 2010

ashbery / inédito

Llevo casi un mes leyendo y releyendo el primer volumen de Collected Poems de John Ashbery editado por Library of America. Un libro compacto, impreso en papel biblia, poco más de mil páginas que recogen toda la poesía publicada por Ashbery entre 1956 y 1987 (es decir, entre Some Trees y April Galleons, ambos inclusive) más una amplia sección de poemas inéditos, descartados o no incluidos en libro hasta la fecha. La edición (francamente modélica) corre a cargo del poeta y crítico inglés Mark Ford, que es un poco el heredero espiritual de Ashbery al otro lado del charco y que ha incluido, entre otras cosas, un cuadro biográfico bastante exhaustivo y unas notas muy razonables, sin pedanterías ni obviedades sonrojantes. No hay prólogo, por cierto. Y se agradece. El libro ya es abultado y la literatura crítica sobre Ashbery crece a ritmo exponencial desde hace años. Estoy disfrutando con esta oportunidad de sumergirme en el Mar Ashbery sin intermediarios, como si fuera un escritor desconocido al que nunca le hubiera hincado el diente. Eso sí, sigo pasando del asombro al hastío en cuestión de segundos, como hace años, lo que me hace sospechar que mi mente es menos flexible o elástica de lo que me gustaría. O que las primeras (y segundas y terceras) impresiones no son tan fáciles de corregir.

Me ha interesado mucho, por razones obvias, la sección final de Uncollected Poems: un centenar de páginas a texto corrido que incluye toda clase de materiales: poemas juveniles, experimentos, imitaciones o parodias de otros poetas, etcétera. Entre los no recogidos en libro me ha llamado la atención este «A Vase of Flowers», escrito en 1959, a la vez que escribía los collages y piezas casi automáticas que componen The Tennis Court Oath (1962), su segundo título y el más ortodoxamente experimental, escrito bajo la influencia de la vanguardia francesa y el expresionismo abstracto. Supongo que por eso «Un jarrón con flores» quedó fuera del libro, aunque vio la luz en alguna antología de la época. Un poema breve, una pequeña muestra de ese humor elusivo y paradójico que Ashbery ha practicado desde sus comienzos y que es uno de sus mayores atractivos.



Un jarrón con flores

El jarrón es blanco y sería un cilindro
si un cilindro fuera más ancho por arriba que por abajo.
Las flores son rojas, blancas y azules.

Todo contacto con las flores está prohibido.


Las flores blancas se esfuerzan hacia arriba
hacia un pálido aire de sus referencias,
empujadas apenas por las flores rojas y azules.

Si ibas a tener celos de las flores,
por favor olvídalo.
No significan nada para mí.



Trad. J. D.



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martes, julio 27, 2010

ecos

La ciudad consciente ha encontrado, cómo no, una mirada cómplice en Plasencia. Gracias, Álvaro, una vez más (y van...). También me alegra saber que las páginas introductorias del libro, escritas sin ánimo polémico pero sí con ganas de compartir ideas que me rondan desde hace tiempo, no son malinterpretadas.

jueves, julio 15, 2010

12 de 12


Se sube a lo más alto del podio y desde allí proclama a voz en grito que es el más puro, el insobornable, el que nunca se venderá por nada.

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Él sólo pone el pie donde antes ha puesto palabras, alfombrando el camino.

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Sabe tanto de tantas cosas que ha dejado de creer en nada.

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Todo lo que oye es un viento que mueve sus orejas. Así se abanica.

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El mundo se estrella contra su frente, y los fragmentos le sirven de palabras.

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Sólo teniendo miedo, evitando y esquivando ciertas cosas por temor, le fue posible hallar el camino a casa.

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Robó el hilo con que zurcieron nuestros cuerpos y lo cortó en pequeños fragmentos: eran palabras.

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Recorta cada una de sus frases hasta encajarla exactamente en el espacio de una huella.

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El buen escritor sólo pone una condición para jugar: que la baraja esté incompleta.

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Esos dientes que asoman, temblorosos, cuando ríe a carcajadas, como una sierra que se abriera paso ciegamente hacia el futuro.

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De pronto, en el carril de la línea, una idea se aparta por sorpresa y comienza a adelantar a sus palabras.

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Nunca llegarás a nada, le dicen fugazmente antes de alejarse, arrastrados por la multitud.


© Jaspers Johns, Summer (1985)

martes, julio 13, 2010

convergencias 3

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Yo me callo, yo espero
hasta que mi pasión
y mi poesía y mi esperanza
sean como la que anda por la calle;
hasta que pueda ver con los ojos cerrados
el dolor que ya veo con los ojos abiertos.


Antonio Gamoneda, de Exentos I (1959-1960)


Por otra parte, el poeta se ve empujado a decir la verdad. «¿Cómo debe expresarse la verdad?», se pregunta Gwendolyn Brooks. La verdad importa. Acertar importa. El consejo del realista es: abre los ojos y mira. Los defensores de la imaginación aconsejan: cierra los ojos para ver mejor. Hay una verdad que se percibe con los ojos abiertos y otra a la que se accede con los ojos cerrados, y a veces estas dos verdades no se reconocen cuando se cruzan por la calle.

Charles Simic, cap. 23 de Una mosca en la sopa (A Fly in the Soup. Memoirs, 2002)
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viernes, julio 09, 2010

dale sombra


Refugiarse en las palabras que uno escribe es tan inútil, o tan absurdo, como buscar la protección de la propia sombra cuando el sol arrecia. Las palabras son también una emanación de ti, algo que desprendes según la inclinación y altura del sol (muchas veces infernal) que las motiva: tus palabras son tan poco tuyas como tu sombra, y tan incapaces como ella de confortarte o acogerte en su seno. Porque no hay seno donde recogerse. Estas palabras que ahora dices son planas, velos con que envuelves y remarcas, pura superficie o proyección que fluye sobre el mundo mientras la noche espera.
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miércoles, julio 07, 2010

tom clark / poema


las nuevas emociones diminutas
lo dejaron sin duda todo claro
a una luz engañosa
y los mechones de una amada
formando un cuello que presiona
para extinguir la pasión de la sangre
el otoño estricto del ojo


el plumaje del intelecto yace empapado
en heces y sangre
oh haya, desata tu hoja, pues al fondo
de su amarillo
el tilo meloso yace dormido
y una sombra de plomo
sella los párpados de sus ovejas

y el indulto repica igual que pegamento
ningún despertar
ahora el rico cerezo

ahora toda la primavera y los árboles otoñales



trad. J. D.


Hace tiempo, creo que por diciembre de 2008, dediqué una entrada inquieta o inquietante al poeta norteamericano Tom Clark (1941). Las noticias que me llegaban lo situaban al borde del desahucio: gravemente enfermo, carecía de seguro médico y pronto se quedó sin fondos para pagar su tratamiento, por lo que sus amigos decidieron organizar una colecta para ayudarle. Parece que aquellos problemas de salud han remitido y que Clark está de nuevo en acción, como atestigua su estupendo blog.

No es fácil encontrar ejemplos de la poesía reciente de Clark; la mayor parte de su obra está dispersa en ediciones marginales, casi subterráneas (a excepción, claro está, de la que va publicando mal que bien en la bitácora), y mi conocimiento de su escritura se basa todavía en los sorprendentes poemas que Donald Hall incluyó en Contemporary American Poetry, la antología de Penguin de la que ya he hablado en otras ocasiones. Este poema es uno de ellos. Hice un borrador de traducción hace mucho tiempo, creo que diez años o más, y sólo ahora he podido corregirlo y dejarlo a mi gusto. Este calor africano impide casi pensar (de ahí, en parte, mi silencio de estos días), pero a veces la mente se ordena lo justo y consigue atar algún cabo suelto. Más que nada, yo destacaría del poema ciertos versos memorables, como el que cierra la primera estrofa, y el tono entre lúdico y dramático, en el que se adivina una veta de amenaza, de alarma pegajosa. Lo que me encanta, en cualquier caso, es que al volver a él después de diez o quince años recuerdo perfectamente (y suscribo) las razones por las que me gustaba.

jueves, julio 01, 2010

lunes, junio 28, 2010

siete sietes


Tan pronto abre la boca para hablar las cosas se apartan como animales recelosos.

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Cuando menos la piensas, salta la frase.

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No te acerques tanto; vete, retrocede algo más aún, o nunca podré saber quién eres de verdad.

*

Sin esa libertad que confiere el que nada de lo escrito se cumpla, muchos no anotaríamos una sola línea.

*

Manos impolutas, de dedos finos y uñas perfectas a excepción de una, mordida y castigada con saña.
   Quienes piensan que la uña arruinada es el arte. Quienes piensan lo contrario.

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Lo peor es que me lo dijo por teléfono. Hasta para la estupidez cabe observar, al menos, cierto respeto por el medio.

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Esa carcajada, felizmente ostentosa, con que espantaba a los emisarios de la muerte.

sábado, junio 26, 2010

robert bly / lago que habla

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Conduciendo hacia el río Lac qui parle

I

Anochece en Minessota mientras conduzco.
El campo con rastrojos retiene la última crecida del sol.
Los tallos de soja respiran.
En los pueblos, los viejos se sientan a la puerta
                 de sus casas
sobre asientos de automóvil. Soy feliz,
la luna se alza por encima de los cobertizos.


II

En la carretera de Willmar a Milán
el pequeño universo del coche
se hunde en los profundos campos de la noche.
Esta soledad cubierta de hierro
se mueve a través de los campos nocturnos
penetrada por el ruido de los grillos.


III

Cerca de Milán, me sorprende un pequeño puente,
el agua arrodillada a la luz de la luna.
En los pueblos, las casas se alzan a ras de suelo.
La luz de las farolas cae
sobre los cuatro costados de la hierba.
Cuando llego al río, la luna llena lo cubre;
en una barca hay gente que habla muy bajo.

Un poema de Robert Bly (1926), un breve tríptico de su primer libro, Silence in the Snowy Fields (1962; Silencio en los campos nevados), en el que demuestra cómo se puede actualizar en clave moderna la sensibilidad oriental.

Descubrí a Bly en The Penguin Book of Contemporary American Poetry, de Donald Hall, en un ejemplar de segunda mano que compré al poco de llegar a Sheffield, en el otoño de 1992 (ya he hablado de este libro en otras entradas de la bitácora, y en particular en la que dediqué al propio Hall hace justamente un año, cuando traduje su poema «Manzanas»). Traductor de Thomas Transtörmer, de Vallejo y de Neruda, Bly fue uno de los poetas más activos del movimiento de protesta contra la guerra de Vietnam. Luego, a finales de los años setenta, se convirtió en una especie de gurú de la estética new age y su poesía se diluyó por el camino, aunque sus últimos libros (el mejor es Morning Poems) siguen teniendo un encanto especial.

Por cierto que Octavio Paz, en algún lugar de su correspondencia, lo llama «El porquero de Minnesota» a cuenta de una reseña hostil que dedicó a Renga y algún otro libro del poeta mexicano. Es verdad que Bly vivió muchos años en una pequeña granja muy cerca de la frontera con Canadá, pero no parece que fuera muy aficionado a los trabajos manuales. Él mismo confiesa en una entrevista que cuando no traducía o escribía artículos por encargo «pasaba mucho tiempo en el campo, sentado. Había paz. El silencio seguía siendo mi pasión». Es algo, me parece, que se ve muy bien en este poema.

El original, aquí.

miércoles, junio 23, 2010

la ciudad consciente


En un mundo ideal uno escribiría siempre lo que quiere, no lo que puede. Y haría los libros conforme a un plan y ese plan no cambiaría con el tiempo, sino que abriría espacios en ese mismo tiempo para imponer nuestro deseo. La realidad, al menos en mi caso, es muy distinta. Desde hace algún tiempo los libros se organizan a su gusto a partir del material que voy reuniendo casi sin darme cuenta: notas dispersas, poemas, ensayos y traducciones… Todo cobra forma por azar o al dictado de circunstancias que me rebasan, y el resultado final aparece sólo cuando quiere, o cuando me necesita para completarse. No es que los libros se hagan solos (su esfuerzo me ha supuesto escribirlos, después de todo), pero sí que llegan a su término por caminos o carriles que nunca habría supuesto.

El ejemplo más inmediato es La ciudad consciente, el libro que acaba de publicar Vaso Roto gracias a la generosidad de Jeannette L. Clariond y Martín López-Vega y que reúne mis trabajos sobre T. S. Eliot y W. H. Auden, dos poetas a los que he traducido a lo largo de más de diez años y que han terminado acompañando y condicionando muchas de mis reflexiones sobre poesía contemporánea. Sin darme cuenta, cada uno de los ensayos que componen el libro iba completando o respondiendo al anterior, de forma que el conjunto dibuja un territorio cuya coherencia, si la tiene (y espero por mi bien que la tenga), responde más a la evolución de su autor en el tiempo que a ningún plan preconcebido. Son tres ensayos sobre Eliot (uno global sobre su toda su obra, otro centrado en el poema «Marina», y otro más sobre los motivos recurrentes que animan su poesía inicial), dos sobre Auden, y una breve introducción que trata de explicar o de justificar el interés que estos dos poetas siguen teniendo para mí.

El libro se ha retrasado mucho y ve la luz en fechas comprometidas, cuando acaba de terminar la Feria del Libro y el verano oficial ya está en marcha. No sé muy bien qué puede ser de él en un país donde se publican más de setenta mil títulos anuales y en el que la crítica literaria tiene una presencia casi testimonial en las librerías y en el horizonte de los lectores de poesía. Presiento que está condenado de antemano a la marginalidad. Por eso, venciendo un poco mi resistencia a utilizar la bitácora como plataforma publicitaria, escribo estas líneas anunciando su publicación. Con independencia de las virtudes que pueda o no tener, me arriesgo a decir que es un libro escrito desde la paciencia y la pasión, un libro pensado y repensado a lo largo de muchos años y cuyos argumentos están en la base de casi todo lo que he escrito recientemente. En ese sentido, responde perfectamente a esa idea del propio Auden según la cual el trabajo crítico de un poeta es una forma sutil o sesgada de autobiografía, de debate consigo mismo.

Añado que siempre es una alegría publicar nuevo libro. Y que la alegría es mayor si se comparte. Lo hago ahora, no sin antes citar los versos de Auden (de «Monumento a la ciudad») que dan título al libro y que son, por cierto, un retrato paródico pero también comprensivo de la sensibilidad romántica. Creo que ellos os darán una idea de por dónde van los tiros de este libro:

Los yermos eran peligrosos, las aguas bravas, sus ropajes
Ridículos; no obstante, cambiando con frecuencia de Beatrices,
Durmiendo poco, no cejaron, plantaron la bandera del Verbo
En lugares sin ley […]

Las quimeras les flagelaron, se dejaron vencer por el spleen […]
Cercados por el hielo de la desesperanza en el Polo del Alma,
Murieron solos, inconclusos; pero ahora las prohibidas, las ocultas,
Las salvajes afueras se habían dado a conocer:
Fieles sin fe, murieron por la Ciudad Consciente.
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martes, junio 22, 2010

beyond and before

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Cuando uno aprende que escribir una página feliz no da siquiera un minuto de felicidad, que no cambia nada en nosotros ni en quienes nos rodean en relación con nosotros, que no nos hace más sabios ni más ligeros, que su felicidad –la de la página– es autónoma y sólo podrá iluminar a terceros a distancia, sin que nosotros lo sepamos o podamos incluso sospecharlo, cuando uno recibe estos fragmentos de decepción, digo, sobreviene una segunda vida, una calma modesta hecha de espacio libre, de irresponsabilidad, que es como decir de nueva juventud, precisamente porque no se tiene nada, se espera menos, y en este páramo preventivo ya no hay ambiciones que agosten prematuramente el deseo.

domingo, junio 20, 2010

jueves, junio 17, 2010

huésped

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© Bernard Plossu


If only the phantom would stop reappering!
John Ashbery, «Faust»

Miro desde la puerta el polvo suspendido,
la luz tardía en las cortinas, y todo el tiempo
el fantasma está ahí: lo intuyo

en la brizna de nada que dura un parpadeo,
el aire al que interroga una página en blanco,
la música difícil de los huesos.

Ha ocupado su puesto junto a las otras sombras.
Una mella en la sangre, un rasguño tenaz.
Algo que no consigo aislar aunque lo intente.

Es rápido y esquivo, no tiene prisa.
Simple como la noche es simple,
como la noche cae con sobriedad de autómata.

Hace mucho que las palabras dejaron de ayudarme,
pero a veces las llamo siguiendo un viejo hábito.
Él brilla entonces un instante, ondea y se disipa,

y un puño de negrura ocupa su lugar hasta borrarlo.
Viejas palabras, viejos hábitos…
Ni siquiera la noche dura lo suficiente.

Ligera y lenta como una sospecha,
la luz de la mañana recorre a tientas el estudio
y todo gira una vez más
en la rueda de las apariciones.
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sábado, junio 05, 2010

reginald gibbons / chicago

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He hablado del escritor Reginald Gibbons (Houston, Texas, 1947) en otras ocasiones, en especial con motivo de la publicación, hace seis o siete meses, de una antología de sus poemas en la editorial extremeña Littera Libros. El libro se llamaba, se llama aún, Desde una barca de papel, y recoge poemas de todos sus libros hasta llegar a Creatures of a Day (2008), con el que fue finalista del National Book Award en 2009. No es su último libro publicado. Hace poco ha visto la luz Slow Trains Overhead: Chicago Poems and Stories, que recoge poemas y relatos ambientados en su ciudad adoptiva, Chicago, y cuyo título hace referencia al tren elevado, el EL, que recorre desde 1892 el centro de la ciudad y es una de sus atracciones más célebres y características. Un tren que va algo más despacio de lo que dice el título, porque su autor me envió un ejemplar del libro hace semanas y todavía no me ha llegado. Habrá que esperar un poquito más aún para disfrutarlo.

Animado por la preparación de la antología, traduje un largo poema de Creatures of a Day para un número especial de la revista Eñe dedicado a la literatura norteamericana. Se títula «Oda: En una estación de servicio de 24 horas», es un largo poema en prosa y forma parte de una serie de piezas extensas que recorren el libro comentando las superficies y texturas de la Norteamérica contemporánea, su mezcla de opulencia y miseria, de riqueza y vulgaridad, los malentendidos sociales y culturales que atraviesan la convivencia en una sociedad maleada por los caprichos del mercado. Uno de los rasgos más curiosos de esta serie de poemas es que Gibbons suele empezar cada nueva estrofa o párrafo retomando, a modo de eco, las palabras finales del precedente. Y también que la mirada que el narrador (porque son poemas tan narrativos como meditativos) arroja sobre sí mismo está llena de dudas, de perplejidades, de algo muy parecido a la mala conciencia social de la que hablaba Gil de Biedma hace cincuenta años.

El poema es tan lúcido como inquietante, creo yo. Y fue un placer traducirlo. El problema o escollo principal fue dar voz, un tono de voz verosímil, al anciano que conversa con el narrador. No sé si lo he conseguido. Pero sé que con este libro Gibbons nos demuestra que es posible hacer una poesía culta, trabajada, nada complaciente en términos de lenguaje y dicción, y al mismo tiempo asomarse con nobleza a los pliegues y hondones de nuestra mal llamada sociedad de la abundancia.



Oda: En una estación de servicio de 24 horas

En una estación de servicio con garaje y un tétrico Food Mart abierta las 24 horas en una esquina de la ciudad donde siempre hay tráfico, junto a un local de una cadena de restaurantes que sirve desayunos y pastel inerte y pesado día y noche,

En torno a medianoche, cuando hace frío, en torno a la parte delantera de mi coche con el capó levantado, cinco jóvenes mexicanos, no como yo, sus padres podrían vivir en granjas, se arremolinan para ver el mecanismo, y el que sabe del asunto, después de esperar hora y media la entrega de las piezas de recambio y después de trabajar en otros coches mientras enseña a los demás,

Cambia el radiador estropeado, más para su público que para mí, y recuerdo haber visto

Haber visto en México, no como aquí, un mercado donde junto a cada quiosco de flores atentas, expuestas para los que pasaban junto a ellas, y junto a cada pirámide de mangos, papayas, tomates, plátanos, naranjas y pimientos vigilantes, se sentaba el que los vendía, un representante humano de la abundancia y la privación, del comercio y el trabajo, esperando,

Pero aquí quien vende su trabajo no debe esperar,

Y mientras espero, yo a mi vez he salido para ver qué ocurre, he vuelto a entrar, he meado en el servicio mugriento, he vuelto a salir, he vuelto sobre mis propósitos y remordimientos, surgida de ningún sitio he sentido esa punzada de añoranza familiar por alguien muy querido que está en otro sitio, miro el reloj,

Los muchachos miran y bromean, no llevan ropa suficiente contra este mundo helador, y sin cobrar aprenden,

Yo aprendo cómo se transmite el saber para que otros jóvenes puedan ganar algo de dinero con sus manos,

Puedes ganar dinero con tus manos, tu velocidad, tu espalda o tu cerebro, y con lo que hay entre la verdad y una mentira, lo que tienes entre las piernas, puedes ganar dinero,

El dinero no era lo que primaba en mi mente hace tiempo

Cuando era joven, para mí aprender era algo que estaba en los libros, los libros no eran inertes sino que a veces parecía que fueran a batir como alas entre mis manos, quería todos los libros que fuera capaz de conseguir y pensaba que el dinero, en cantidad suficiente, acabaría por llegar de un modo u otro,

Aquí llega de manera constante a los dos dueños, socios, italianos, no como yo, presiden por turnos el garaje, la tienda medio vacía, el café recalentado, «Gratis» dice el letrero, en una jarra polvorienta y medio vacía sobre una bandeja que quema, sobre los baños mugrientos y el hueco entre ellos, una especie de sala de espera…

Tres butacas unidas y decrépitas que han sido transplantadas de algún teatro cerrado por falta de público.

~

Vuelvo a entrar y me siento un rato en una butaca, y en el otro extremo, un asiento vacío entre nosotros, hay un viejo, no como yo, le vi antes hablando con el italiano del turno de noche, descansa sus dos manos en un bastón tallado con un pomo de madera como una hoja de hacha roma, lleva una gorra negra de marinero ladeada con aire festivo o negligente,

Va usted elegante, me dice, pero no llevo puesto nada especial, y como suelo ponerme en guardia ante los demás, así es como aprendí a comportarme, había evitado adrede saludarle con los ojos mientras me miraba,

Ahora su acento me dice que es de aquí, porque

Éste es un lugar, aquí, con ochenta acentos diferentes, un barrio de ciudad con casas de dos y seis apartamentos, feas y baratas, casas de madera, casas de proyectos de futuro desiguales y de familias acabadas y dispersas, de viejos mundos que no encajan, de niños que aman a sus abuelos y se avergüenzan de ellos, de breves juergas y largas y duras horas de trabajo, de viviendas corroídas por el aliento y las corrientes de la ciudad,

Aquí, respirando con fuerza, algunos hombres y mujeres han escapado de la mortalidad en otro lugar –Little Rock o Sarajevo– o han sucumbido aquí a la mortalidad después de cruzar océanos desde Saigón o Beirut, los escaparates tienen

Don de lenguas, el aire está lleno de palabras, de mugre, creencias equivocadas, olor a comida comercial, gasolina, éste es el aire de la ciudad, y

Y el anciano, un ser de la ciudad, quiere conversación y

Y para salvar mi alma mortal unos minutos, me giro hacia él y doblego mis ojos,

Adivine de dónde soy, me dice, nunca lo adivinará.

~

Pruebo Polonia y se le ve sorprendido pero también satisfecho de que no ha logrado engañarme,

Golpea el suelo con el bastón y me cuenta su historia

(Parte de ella: Judío, sobrevivió, no me dice cómo, se quedó en Varsovia hasta la década de 1950, era sastre, vino a este país, a Chicago –como cruzar una puerta, dice, creo saber lo que quiere decir– y trabajó muchos años en el negocio textil, trajo su bastón consigo, lo lleva a todas partes, ahora tiene un buen puesto en el rastro, guarda el género ahí toda la semana, tiene ropa de calidad, Venga y la verá, vive a dos manzanas de aquí, cada noche se despide de su mujer, ella dejó de salir, él viene aquí, al garaje, se queda sentado una o dos horas y bebe el inmundo café gratis, incluso en mitad de la noche habla con quien esté esperando junto a él),

Este lugar es cuanto puede usar en esta parte del mundo

Como usó una vez los cafés de Varsovia

(En Varsovia, antes de escapar de aquellos sistemas burocráticos del miedo, no habría podido prever la negligencia de este sistema y sus estridentes voces transmitidas, sus productos fantásticos, sus incrustaciones de fantasía, pero le movió la esperanza de ganarse la vida y lo consiguió),

Cardin, Claiborne, Calvin Klein, Tommy, dice con orgullo, Ahorrará dinero, Es el rastro más grande que hay, cientos de puestos, Todo, Buena ropa el fin de semana, ¿Por qué no va?

Le cuento parte de mi historia: no de Varsovia sino de Lodz y antes aún, de Bialystok, vinieron mis abuelos maternos, judíos, hace cien años, tenía razón, dice con orgullo, ya decía yo que parece europeo,

Así que digo, Una mitad lo es,

Y veo el joven espectro de mi padre huyendo de nuevo de la granja de su padre irlandés y su madre medio choctaw, en el estado de Mississippi, y veo su viejo espectro retrocediendo y apartándose de esta conversación y le pregunto al viejo, ¿Cómo se llama?

Bill, dice, y sonríe, y un hombre despeinado de unos treinta años, no como Bill o yo, con paso ligero y una sección arrugada de periódico en la mano, cruza por delante de nosotros y sin tocar el pomo del servicio de caballeros entra directamente en el de señoras; Bill y yo oímos con claridad el clic de la cerradura

~

Y nos miramos el uno al otro, ahora vuelvo, le digo, y salgo al garaje y el quinto joven sigue trabajando en el radiador, explicando a los otros cuatro lo que hace, todos me miran con una sonrisa, tiemblan de frío y ríen y se dicen chorradas, de nuevo pienso en o soy pensado por alguien que está lejos, a quien echo de menos y que quisiera ver de nuevo, ahora mismo,

Cuando Bill me ve regresar ladea la cabeza hacia el servicio de señoras y levanta las cejas para decirme que el tipo sigue ahí, y nada más sentarme una joven cruza por delante de nosotros, hay angustia en su rostro, no como en el mío,

Lleva ropa barata pero fina, con zapatos elegantes, veo que Bill ha tasado su ropa, nadie podría negar que tiene una boca hermosa, cruza por delante de nosotros y entonces el pestillo cerrado del servicio de señoras la hace detenerse, nos mira con vergüenza, con urgencia, El de caballeros está libre, le digo amablemente y ella parece ofendida por que me haya dirigido a ella y abandona nuestro campo de visión

Y Bill suspira, se encoge de hombros ante mí, dice, ¿Se lo puede creer?

Antaño los hombres creían en dioses, le digo,

Es verdad, responde, pero cualquier cosa puede ser una puerta si la empujas: trabajar con las manos –¿ve estas manos?–; o la filosofía; o ver gente sufrir a tu alrededor; o un trozo de pastel de manzana; o vivir con tus propios pensamientos, día tras día donde ves que nadie tiene pensamientos así; o hasta la ropa…

¿O una boca hermosa de mujer? ¿O cinco muchachos hablando español junto a un radiador a medianoche?, pregunto,

Y Bill dice, ¡Sí, por supuesto! ¡O el bastón!, y levanta su objeto de madera oscura y gastada para hacerme ver que en el pomo, la cabeza, hay doce pequeños anillos deslustrados y tintineantes colgados de doce postes diminutos, el bastón parece casi capaz de saber, de ver, hasta de hablar,

Entonces oímos que alguien tira de la cadena y el tipo sale del servicio, ya no tiene el periódico en las manos, y sale tranquilamente,

Este polvo nocivo que hay sobre todas las cosas es como una hierba molida de abandono y dinero letal,

Puedo oler el café barato, espeso, recalentado,

La joven vuelve corriendo al servicio de señoras, la puerta cómplice ofrece la garantía del clic del pestillo, bibliotecas flotantes que debían llegar a lugares lejanos y sin libros se hunden por el camino, los medios de comunicación son un almacén de chatarra de coches nuevos, y los mineros yacen enfermos en sus cabañas, el dinero va siempre primero, todo es como siempre y distinto, cambiado, lirios o papayas o reparaciones a medianoche, tejanos azul marino o historias, y en este momento, como en cualquier otro momento, hay una posibilidad que el momento anterior no tenía, algún otro jalapeño u orquídea o tacón alto, alguna otra reparación de radiador, algún otro muchacho que se ha marchado de casa para encontrar trabajo,

Y Bill me mira, y cualquier hora mesiánica, apocalíptica u ordinaria de la noche y del día, como esta hora, parece infinita,

Le pregunto, ¿Qué haces aquí esta noche, Bill, tan tarde? ¿No es hora de que vuelvas a casa?

El italiano del turno de noche cruza el suelo de cemento del Food Mart en dirección al garaje, aprieta el paso mientras llama a voces a uno de sus empleados, Bill y yo le observamos, Chicago no es como Italia o México o Polonia, pero Polonia, Italia y México están aquí en el garaje, lo sé y no lo comprendo,

Bill extiende su mano gruesa y arrugada

Para darme la mano, ofrecer y recibir honores y reconocimiento, tenemos almas mortales

Y nuestras almas necesitan reparación constante,

No sé por qué, dice Bill… La maquinaria del planeta, eso pienso, me despierta por la noche, la ropa, las facturas, lo que dicen los periódicos, y luego si duermo tengo pesadillas, no, mejor sentarme aquí un rato más, hablar, hasta que usted se vaya. Entonces me voy.
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Trad. J. D.
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jueves, junio 03, 2010

a tientas

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Hace algunas semanas, un diario madrileño publicó un extenso reportaje sobre el poeta inglés Ted Hughes en sus páginas de cultura. El motivo, la edición de dos importantes libros suyos en España. Además de documentarse de manera bastante exhaustiva, el periodista tuvo la cortesía de entrevistar telefónicamente a las dos o tres personas que hemos contribuido a difundir la poesía de Hughes en nuestro país: en mi caso, la conversación duró cerca de cuarenta minutos y cubrió casi todos los aspectos de su obra. Me quedé con esa impresión un poco desconcertante que siempre produce charlar con un reportero (vergüenza o al menos incomodidad con mi entusiasmo, perplejidad ante su paciencia), pero también con la esperanza de que el resultado final estuviera a la altura de las circunstancias, es decir, que comunicara siquiera un poco de la fuerza y la entraña de la poesía del autor de Cuervo. Pensé: bueno, al menos se ha tomado la molestia de escuchar con detalle; si así ha hablado con los demás, por fuerza tiene interés en el asunto y quiere huir de los lugares comunes y los latiguillos periodísticos que han arruinado aproximaciones anteriores.

Sobra decir que era una esperanza infundada, como lo son casi todas. Cuando al fin el artículo vio la luz, volví a sorprender todos los clichés de costumbre, todos los datos biográficos corrompidos por una mirada sensacionalista y vulgarizadora, todos los matices y gradaciones echados por el sumidero de la simplificación y el maniqueísmo. De mi conversación de cuarenta minutos quedaron sólo dos frases idiotas que rubricaban sin bochorno las opiniones del reportero, haciéndome pasar como testigo a su favor. Me consta que otro de los entrevistados tuvo la misma sensación, y eso que en su caso optó por contestar por escrito, para evitarse disgustos y procurar que el resultado final se ajustara lo más posible a su voluntad o sus deseos. De nada le sirvió; la funesta herramienta del entrecomillado condujo sus palabras precisamente al territorio que había querido soslayar en todo momento: el de las etiquetas y las definiciones escolares, el dominio de las taxonomías y las oposiciones sesgadas.

Toda esta queja introductoria puede parecer un poco pueril, y de hecho lo es. El error inicial fue precisamente hacerse ilusiones. Cualquiera que haya tenido un mínimo trato con la prensa (y, en concreto, la prensa cultural) sabe hasta qué punto su ley es la distorsión, la ligereza, la falta de sosiego o de cuidado. Pero hay algo más, algo que no depende de la necesaria brevedad o urgencia del género. El periodista tenía dos largas páginas a su disposición, dos páginas de letra apretada y esquinas espaciosas donde moverse con tranquilidad, y sin embargo volvió a incurrir en los vicios de costumbre, esa escritura de fórmulas sobadas y entonaciones de segunda mano que es el equivalente a hablar de oídas, a ciencia incierta, rodeando las cosas desde fuera.

Así se redactan, en realidad (el verbo no es casual), la mayor parte de los textos que leemos, incluyendo muchas novelas e incluso libros de poemas que pasan por literatura y que no son sino extensiones de esta misma escritura periodística que es un poco la maldición de nuestro tiempo: una escritura que procede a tientas, por aproximación, como quien siluetea un monigote con tijeras y va cortando aquí y allá hasta llegar a un parecido razonable (¿soportable?). Una escritura que habita en las afueras y que, por mucho que quiera entrañarse, por mucho que trate de acercarse a la médula de su asunto, es por naturaleza exterior, un tanteo que siempre se queda a las puertas, que no sabe nunca muy bien si se ha excedido o se ha quedado corto, si hay rebaba en el contorno por donde pasaron las tijeras. Una escritura, por último, que sólo construye las curvas a basa de múltiples líneas rectas enlazadas, que sólo es capaz de generar matices y detalles como suma de algo y su contrario, de pasos en una y otra dirección; todo en ella, en fin, es pleonasmo, pues se mueve por tanteo, corrigiéndose en el curso de su avance, haciendo la media de sus afirmaciones tajantes y mutuamente divergentes.

No pretendo negar la utilidad del periodismo ni impugnar su existencia. Sería absurdo, por lo demás. Pero sí quiero llamar la atención sobre el imperio casi absoluto de un tipo de escritura –una poética, en fin, por mucho que me irrite o me parezca equivocada– cuyos vicios y limitaciones hemos interiorizado hasta el punto, muchas veces, de no verlos, y que contribuyen de modo activo a la estrategia niveladora del mercado. Una escritura que, como la publicidad, opera con la urgencia del trilero, del que tiene algo que esconder y no quiere que descubramos su juego, su trampa. Nuestro mundo vive precisamente en el poco espacio abierto por estos discursos, velado por la sombra de sus impaciencias y sus simplificaciones. Vivimos tan metidos en ese velo, tan al cobijo de su sombra, que hemos dejado de advertirlo. Y nuestra sensibilidad, como nuestra reserva, se ha vuelto más roma. Es cierto que los encargos mundanos nos ayudan a sacarnos de la inercia y a poner la máquina de escribir en movimiento, pero me inquieta la frecuencia con que aceptamos salir de nosotros para hablar de cosas que nos incumben sólo a medias, o que no terminamos de hacer nuestras, o que cierta pericia retórica sabe envolver en juegos de ingenio y de palabras. Porque la escritura que reivindico o que me parece propia de nuestro oficio es precisamente lo contrario de este ejercicio de tanteo y ensayo. No procede desde fuera, sino que parte de un germen, una semilla, y la hace crecer y levantarse y fructificar hasta darle contorno y volumen precisos. Podemos calificar a esta escritura de poética, aunque su dominio es tanto el verso como la prosa, tanto el poema como la novela o el ensayo cuando están dictados por el deseo, la fatalidad, eso que mueve las palabras desde dentro y las empuja hasta engendrar algo, lo que sea, dueño de vida propia. Así también ese periodismo de investigación o de viaje movido por una curiosidad genuina y un respeto escrupuloso a los hechos –así como por una profunda conciencia de estilo–, donde la escritura periodística cambia de polaridad y cobra una vivacidad, una integridad orgánica, que la convierten en creación genuina, literatura. Aquí no hay aproximaciones, no hay rebabas ni virutas ni cortes fallidos o groseros, sino que el texto, como el «álamo» del que hablaba Juan Ramón Jiménez en La estación total, «termina bien en sí mismo». Esta identidad del ser consigo mismo no es la petrificación inmóvil de la muerte sino que remite a algo más profundo: la capacidad de la vida para encarnar o fructificar en seres plenos, colmados de sí mismos, de su sangre sonora.

Ésta es la escritura que siempre me ha interesado y sólo ella, a mi juicio, merece el nombre de poesía. En última instancia, da igual que esté escrita en verso o en prosa. Debe surgir de dentro, como un tallo de la tierra, olisqueando el aire, buscando siempre su más justo punto de expansión. Tal vez adivinar este perímetro justo, este contorno preciso, sea la tarea más difícil del escritor: escuchar las palabras, sus raíces y tendones y zarcillos, a fin de no castrarlas o de obligarlas, por el contrario, a crecer más de lo debido. Pero lo urgente, lo inexcusable, es no incurrir en esquematismos, en polaridades maniqueas que borren o suprimen las sutilezas, el placer de moverse por los grises del pensamiento. Un placer que no excluye la incertidumbre o la ansiedad, por supuesto, pero sin el cual parece muy difícil escribir nada que nos exceda, nada que nos mejore o nos tome por sorpresa.
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