
domingo, octubre 24, 2010
ritos de paso

martes, octubre 19, 2010
mercedes roffé / las linternas flotantes
Hace pocos días tuve el privilegio de acompañar a Ernesto García López en la presentación madrileña de Las linternas flotantes, el nuevo libro de la poeta argentina Mercedes Roffé (Buenos Aires, 1954). Fue una ocasión muy grata, que me permitió, además de escuchar algunos poemas del libro en la cálida voz de su autora, saludar a un buen puñado de amigos. Éstas son las palabras que pronuncié entonces, como breve testimonio de una lectura que (sobra decirlo) aún no se ha cerrado.Mercedes Roffé, Las linternas flotantes, Buenos Aires, Bajo la luna, 2009, 68 pp.
Recuerdo el impacto que me produjo, hace ya algunos años, la lectura del comentario que Moisés Mori dedicaba a La perseverancia del desaparecido (1988), del poeta Miguel Suárez. Aquella lectura comenzaba con inteligencia −también con gran astucia− por el final, abriendo el libro por el poema de cierre y leyendo el conjunto a la luz retrospectiva de sus versos. Me pareció un modo sugerente de leer, no sólo aquel poemario, sino cualquier otro, en la medida en que un libro de poemas no se cierra jamás ni responde de forma tajante a nada; sólo ofrece, a lo sumo, un delta, una embocadura por la que entrar y subir río arriba hasta las fuentes, el magma emocional que brota y cobra forma al brotar, poblándose de contenidos intelectivos y lingüísticos. En realidad, un libro de poemas, hasta el más estructurado, se puede abrir por cualquier página, pero a menudo hacerlo por la última es un modo de reaccionar a la ansiedad estructural del autor, desarmar su afán de dejarlo todo atado y bien atado. Si el poema final suele ser una forma sutil de echarnos de la casa del libro, entrar por esa puerta nos concede una perspectiva oblicua, inédita, capaz de hacernos entrever en sus frutos, en la huella que ha dejado impresa, el impulso primero de la escritura.
He recordado la estrategia de Moisés Mori porque, leyendo este nuevo libro de Mercedes Roffé, Las linternas flotantes, he encontrado también un final que es un comienzo. Un comienzo explícito, de hecho, que remeda el de los libros sagrados de nuestra tradición cultural: «En el origen fue el Bien. / Y de él, todas las cosas». Así podría comenzar el libro; sin embargo, así se cierra, con un breve epílogo que contiene igualmente una obstinada súplica amorosa, una petición de afecto que quiere escuchar «mil veces al día / que me quieres». Vale la pena tener en mente esta simple declaración en toda su persuasiva crudeza, porque es el punto final o destino de un viaje que nos lleva de lo global, de lo colectivo desplegado en los ejes sincrónico y diacrónico, a lo personal, lo afectivo, el diálogo íntimo con los otros y el otro, y finalmente al vislumbre de aquello que nos constituye, la raíz del ser o su conciencia. Un viaje que empieza con un oxímoron o algo que se le parece mucho («Dormir con los ojos abiertos, bien abiertos / Dormir alerta»), con infinitivos estáticos, de naturaleza impersonal, y que termina con una declaración de raíz inequívocamente personal, urgente, a la vez expresiva y apelativa: «Dime que me quieres».
Descontando este epílogo, Las linternas flotantes consta de veinte secciones o cantos de diversa extensión que responden, de manera evidente, a una ambición de totalidad. Se trata, como bien ha dicho Ernesto García López, de un libro-poema, de un largo poema que se despliega en movimientos y que parte, en el primero de ellos −uno de los más determinantes−, de una aceptación, lúcida pero no resignada, de los opuestos que gobiernan la existencia: día-noche, bien-mal, vida-muerte, pleno-vacío, visión-ceguera… Maniqueísmo, sí, pero como punto de partida para el viaje de una conciencia que trata de reunir, eliotianamente, los fragmentos dispersos y contrarios a fin de darles un sentido. Y no sólo sentido, sino un uso en el sentido filosófico del término: quiero decir, algo que nos ayude a vivir, que sea herramienta de vida y nos haga más sabios, más felices. Se trata de un viaje incierto, donde a menudo se pierde pie o se encuentra uno con indicios embusteros que lo apartan del camino. La propia autora confiesa hacia el primer tercio del libro:
¿Por qué caminos vamos
si hay camino
--tiempo herido en su costado?
¿Hay antes y después?
¿Sendero hay?
Este carácter incierto del avance se inscribe en la forma misma del poema, lleno de preguntas, de negaciones, de aparentes contradicciones que se resuelven en súbitos aforismos que nada resuelven. O mejor dicho: que nada demuestran. Que sólo muestran, afirmando con rotundidad verbal lo que, por lo demás, tampoco podrían argumentar por la vía de la lógica. Entretanto, sobre todo en los cantos inaugurales, se oyen ecos abundantes de tradición de la mística negativa o del Eclesiastés, también del eco mismo que estas voces dejaron en el Eliot de Cuatro Cuartetos, por ejemplo, o en la sequedad astillada con que Jerome Rothenberg retoma la tradición de la primitiva poesía oral:
Suspensión del sentido para ver lo pleno
Suspensión del sentido para oír lo pleno
Suspensión del sentido para oler y tocar […]
Suspensión del sentido para sentir lo pleno
Suspensión de todos los sentidos para el sentido pleno […]
Las aporías recorren este poema-libro en todos sus planos, del sintáctico al morfológico, creando neologismos y palabras compuestas (vórtice-tiempo, sangre-alma, ángel-lechuza, velos-vendas, Fórmula-madre, Vasija-cofre, Luz estético-ética…) que, además de intentar corregir la propia visión maniquea de la que parten, son ejemplos extremos de un decir austero, abocado a lo mínimo, que sin embargo es capaz de fluir ágilmente, desplegarse en un discurso de ritmo y cadencia eficaces gracias al uso de anáforas, oxímoros, negaciones que afirman y asertos que niegan, dibujando así un ámbito plural de referencias que trata –ya se ha dicho– de asumir la totalidad, comprenderla en su riqueza inagotable. Se trata, en última instancia, de encarar a la existencia sin disimulos, de mirarla a los ojos en lo que tiene de bondad y maldad, conceptos que la autora emplea sin ironía como apoyo para el salto de trampolín del discurso: «Moremos / en el seno de la noche / en el fétido seno del mal // contra el mal». Dicho de otro modo –como quiere una larga tradición humana de ritos iniciáticos–, es preciso afrontar los propios miedos, los ángulos ciegos o viles de uno mismo, a fin de superarlos. Aquí el yo toma responsabilidad por el colectivo, rinde cuentas por la maldad del colectivo a que pertenece, y trata de expiar el cúmulo de infamias que impregnan nuestro presente. Lo que viene a decir Roffé, me parece, es que no es posible sentirse ajeno a ese mal, entre otras cosas porque es parte de nosotros, pero que tampoco el mal puede limitarnos: es preciso verlo como un instante o peldaño en la dialéctica incesante del aprendizaje humano. También hay verdad, hay luz, hay amanecer, hay día (palabras y nociones que comparecen una y otra vez en esta poesía a modo de hitos numinosos, con la energía que tienen en la poesía primitiva), y esa realidad alternativa y simultánea nos permite tener confianza, albergar esperanzas frente al continuo declive ético-social del que somos juez y parte, pues es la existencia misma.
La forma en que Roffé trae o invoca lo histórico al poema me ha hecho recordar unas lúcidas y más que nunca necesarias palabras de Tomás Segovia en El tiempo en los brazos. Cuaderno de notas (1950-1983), cuando denuncia la tendencia de cierta crítica contemporánea a caer en la trampa de los sistemas y ciclos temporales, su voluntad (en gran medida de raíz hegeliana) de dibujar tramas autosuficientes de acción y reacción que ignoran la existencia de realidades a-históricas, es decir, originarias:
La traición en la poesía y el arte modernos es cuando en lugar de restituirnos a la naturaleza −y a nuestra naturaleza−, como es su misión, se deja engañar a menudo y acaba por hacerse sierva de la Historia, por conducirnos nuevamente al mundo puramente histórico. El mundo histórico es el desierto. La poesía es el agua viva, natural, que fertiliza este desierto, y sólo ella puede fertilizarlo.
Y añade: «Si no hubiera historia no seríamos como somos, naturalmente. Pero si no hubiera la hermosura del mundo y el amor no seríamos. Y no habría historia […]». Segovia se refiere aquí a la facultad del pensamiento analógico, del pensamiento fundado en el ritmo y la imagen y la visión, para saltar por encima del tiempo, de la historia, y encarnar la continuidad del ser, la continuidad de lo humano. Eso humano, sin embargo, que no puede vivir fuera de la historia, porque el hombre es tiempo y es historia desde el momento mismo de su nacimiento. Por eso dirá, desde su condición de poeta, que «la historia no tiene sentido sino con relación a la restitución de lo originario. La Historia es al mismo tiempo el lugar donde hemos perdido lo originario y el terreno en que lo buscamos». La poesía, sobra añadirlo, es nuestra forma de buscarlo.
Esta búsqueda de lo originario es precisamente el asunto central de Las linternas flotantes. Una búsqueda que opera por retracción, por contracción, al modo de la cábala luriana. Es un abandono del mundo que trata, al achicarse, de conceder al mundo su presencia justa, pero también de descubrirlo en el ser, en las palabras del ser, como si eso que encontramos al final del trayecto de la conciencia fuera un reflejo holográfico de la totalidad, una réplica a otra escala. El yo descubre entonces que todo estaba en él/ella, bienes y males, afirmaciones y negaciones, que la plenitud estaba aquí, adentro. El canto final, el número veinte, es justamente una denuncia explícita del relato sagrado que nos separa de ese tiempo originario, una denuncia de la presunta caída o lapso que nos hace mortales, finitos, imperfectos:
Caída no hubo.
Lo alto está aquí. Es aquí.
Adentro.
Caída no hubo.
Distracciones hay. Vientos. Fugas.
Maquinarias. Grandes, grandes.
Juegos de sombra, preocupación y olvido. De sí. […]
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De pronto la validez de otros relatos míticos se desmorona. La plenitud no es ni puede ser exterior, no depende de dones de fuera, arrancados a los dioses o sacados a hurtadillas de paraísos artificiales. Prometeo no existe y puede decirse, entonces, un verso incitante y sentencioso a la vez como un aforismo: «Robar el fuego no es robar ni es fuego». Cada cual es su propio dios, cada cual porta su propia llama, que es doble y prolongación de las demás: «en sí y fuera de sí / −todo es uno−».
Las linternas flotantes se cierra, así, en el origen, en el tiempo del origen, que es el tiempo del amor, del Bien que se dice incesante (mil veces) a sí mismo: «En mi fin está mi principio», decía Eliot en «East Coker»». El viaje, pues, ha llegado a un término que es un recomienzo, un nuevo empezar. Un viaje, por lo demás, en el que Roffé ha sabido espigar ideas y figuras de distintas tradiciones espirituales, pero siempre al servicio de la lógica poética, es decir, de la lógica de la imagen y el ritmo. Y en cuyos últimos cantos aparece con insistencia un tú que es doble o reflejo del yo, sombra con la que se dialoga, pero que a la vez apunta, me parece, a la pareja originaria, la fundadora, habitante primera del Edén. Tan pronto oímos ese tú conativo, también cada uno de nosotros, como lectores, está ahí presente, implicado por fuerza en ese diálogo que se proyecta hacia nosotros, que debe proyectarse hacia nosotros, para cobrar sentido.
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lunes, octubre 18, 2010
retorno
Entrar en la ciudad con el coche en silencio, cada cual en sus pensamientos, mientras los ojos desplazan su desgana sobre fachadas y carteles y sólo el balbuceo de la radio aventura algo semejante a una conversación. Todos estamos ya en otro lugar, otro día, lo que vivimos quedó atrás y es un bagaje levemente incómodo que va de mano en mano a la luz vidriosa de los semáforos. La tarde que declina, el coche suturando las calles, las rotondas, las frases que se dicen por decir y son como la máscara del silencio, su pequeño altavoz. Allí seguimos, horas después, junto al olor de ropas oreadas, el tacto de unas llaves en los bolsillos. Cuando la complacencia es una forma de la inercia. Cuando el cansancio tiene forma de complacencia. Cuando llegar no importa, sólo la inercia del llegar, su expectativa.
domingo, octubre 17, 2010
jueves, octubre 14, 2010
ráfaga
En ocasiones, al sentir de reojo el salto repentino de una urraca entre dos troncos o detrás de una verja, me ha parecido que era una lagartija, algo frío que repta clandestina o culpablemente para evitarme. Sólo entonces, entre dos parpadeos, cuando no estoy atento, se me aparece el origen reptiliano del pájaro, su linaje de escama y furtivismo, como si rastrear gusanos bajo tierra fuera una penitencia por haber traicionado su clase original, no recordar la mugre que manchaba sus vientres.
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miércoles, octubre 13, 2010
david shapiro / poema
Además de ser un muy activo profesor universitario de arte y literatura, un violinista consumado, el autor en 1979 de un estudio pionero sobre John Ashbery y traductor de Rafael Alberti (en concreto, de los poemas que dedicó a Picasso), David Shapiro (1947) es un espléndido poeta. Publicó su primer libro en 1965, a los dieciocho años, y desde entonces no ha mirado atrás: prolífico, inventivo, lúdico y atrevido, Shapiro ha trabajado en la ancha estela abierta por los poetas de la escuela de Nueva York, con los que comparte un gusto acentuado por la pintura moderna (ha escrito libros sobre Mondrian y Jasper Johns, entre otros) y cierta sana distancia irreverente de los productos de la alta cultura, que es sin embargo su hábitat natural.
Shapiro es un agente cultural de primer orden. Uno de sus mentores fue el arquitecto, proyectista y también poeta John Hejduk (1929-2000), uno de los teóricos más influyentes de la arquitectura contemporánea. Con Hedjuk compartió poemas, inquietudes y conversaciones (una de ellas, por cierto, aparece en un número reciente de Minerva, la revista del Círculo de Bellas Artes). Entre los diversos poemas que Shapiro ha dedicado a su maestro me quedo con esta «Oración por una casa», que tiene una estructura de fractal o cajas chinas (de muñeca rusa) en las que cada elemento aparece una y otra vez en distinto lugar; una plegaria enloquecida y al mismo tiempo metódica (though this be madness, yet there is method in it) que recuerda el trabajo geométrico de Hejduk, su obsesión por jugar con las leyes de la perspectiva (también con el paso de las dos a las tres dimensiones) y explotar el caudal de posibilidades inherente a las cuadrículas o rejillas y los sólidos platónicos.
El original, por cierto, aquí.
David Shapiro
Oración por una casa
para J. H.
Bendito es el arquitecto de las estructuras desmanteladas
Bendita es la estructura a la intemperie entre nieve de primavera
Y bendita es la escuela
Benditas facturas
Benditas como nieve de primavera
Benditas como un Bufón
Y un libro quemado
¿Es la escuela una estructura o la intemperie
O una mentira como nieve de primavera
Y salta la roca matriz como un bufón
Y es un libro quemado o construido?
Bendito es lo desmantelado
Bendita igualmente la incrustación que es como la primavera
Bendito el tigre de la roca matriz como un bufón encontrado
Y bendita es la escuela
Bendito es el corte y el grito
Bendito el cuerpo del paciente en la nieve de primavera
Y bendito es el libro quemado
Bendito es el anacoreta y el arquitecto en el borrón oscuro
Bendito es el desmantelador inclinándose para desmantelar
Bendita es la bufonada saltando de la roca matriz
Y bendito cada libro no iluminado
Bendito es el arquitecto del corte desmantelado
Benditas las estructuras a la intemperie entre mentiras
Y bendita es la escuela como una biblioteca en llamas
Vieja nueva oración
Vieja nueva canción
Bendito es el cristal y el grito y la roca matriz como un bufón que pinta
Y bendita es la escuela
Trad. J. D.
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martes, octubre 12, 2010
desde fuera
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domingo, octubre 03, 2010
error rima con aviador
jueves, septiembre 30, 2010
donald hall / oro

Oro pálido de las paredes, oro
de los centros de margaritas, las rosas amarillas
que brotan de una fuente clara. Todo el día
yacimos en la cama, mi mano
acariciando el oro
profundo de tus muslos y tu espalda.
Dormidos, despertándonos,
entramos juntos en el cuarto dorado,
nos tendimos en él, respirando
violentamente, luego
con calma una vez más,
dormitando y acariciándonos, tu mano perezosa
jugando con mi pelo ahora.
En aquel tiempo abrimos
cuartos idénticos y diminutos en nuestros cuerpos
que los hombres que exhumen nuestras tumbas
hallarán dentro de mil años
brillantes y completos.
Trad. J. D.
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Otro poema del gran Donald Hall (1928), de su primera época. Un hermoso y elegante poema de amor que se ha convertido en una especie de clásico que Hall incluye habitualmente en sus lecturas. El gerundio da siempre muchos problemas en español (creo que fue Borges quien aconsejaba evitarlos a toda costa) y los que aparecen en estos versos no son una salvedad; los he empleado también en mi versión, pero no siempre (versos séptimo y octavo) donde lo hace Hall. Esta pieza es un ejemplo memorable de la pervivencia del simbolismo en un momento –comienzos de los años sesenta– en que la poesía norteamericana comenzaba a surcar otros rumbos. Un poema muy clásico, en suma, aunque la imagen de la segunda estrofa –en realidad, toda ella– beba de la mejor vanguardia. Me quedo también con ese protagonismo de la luz, ese oro maleable y espeso como la miel que parece recubrirlo todo, desde el cuenco de flores (tan eliotiano) a los cuerpos de los amantes.
El original, aquí.
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martes, septiembre 28, 2010
bisectriz
Al hablar con él se tiene siempre la sensación de estar pasando un examen. Ahora que lo pienso, conmigo nunca aprueba.
No deja de parlotear, lo sé, pero ten paciencia. No se puede hacer humo sin algo a lo que prender fuego.
domingo, septiembre 26, 2010
versos que piensan

El problema es que toda estructura musical es por fuerza circular o repetitiva: necesita un estribillo, o al menos (en la poesía moderna) un elemento que haga de tal, que fije el argumento sin dejar de hacerlo avanzar, de moverlo un paso más allá a cada giro de la aguja, como una espiral que se aparta de su centro conforme da vueltas. En la práctica, ese estribillo ha quedado reducido a una palabra, o a unas pocas palabras y figuras que reaparecen a intervalos regulares con hábil disimulo, esparcidas o diluidas en el diseño general. Se trata, en realidad, de reclamos subliminales que funcionan por acumulación, corrigiéndose a sí mismos. Su repetición garantiza ese movimiento de espiral: se vuelve sobre lo dicho pero se dice algo más, algo nuevo, y ese algo nuevo es lo que permite, a su debido momento, dar un salto a modo de conclusión en los últimos versos, caer de nuevo sobre un comienzo que el avance ha convertido en punto final. O un punto final que permite un eterno recomienzo, y así sucesivamente.
Lo más difícil de este avance, por lo demás, es conjugar las exigencias argumentales y las musicales: hacer que las transiciones conceptuales tengan forma y hasta carácter melódicos. Aquí juegan un papel decisivo los silencios, las aposiciones, los súbitos cambios de ritmo, ciertas líneas de fuga que mantienen el poema en marcha mientras desvían la atención, enriqueciéndola con datos laterales o ráfagas de tensión emocional. Nada puede ser muy rígido dentro de la rigidez global. O dicho en otros términos: algo debe ceder para que todo fluya. De tal modo es así que el borrador, el poema inconcluso, sólo deja de temblar y bambolearse como un castillo de naipes cuando se le añaden los últimos versos. Hasta entonces todo es provisional, el ritmo queda como en suspenso y no se cumple. Y con él la idea, el argumento de la idea.
lunes, septiembre 20, 2010
stephen romer / braughing

la luz tangente y amarilla
acalla el lenguaje con tiempo,
me lleva al escritorio
ahora que es tiempo
de anotar, como un monje
copista, no sabría decir qué,
mientras unos desconocidos
desmontan el hogar
donde crecí, el medio
en que nado en silencio,
de manera que cuando lleguen
con descaro a la puerta
para cargar las cajas
ya no estaré,
disuelto por la luz
amarilla y el timbre
de advertencia del mirlo.
Trad. J. D.
sábado, septiembre 18, 2010
cuadrilátero
*
Cuánta valoración de pros y contras, cuántos razonamientos y balances y rumias silenciosas para acabar, a fin de cuentas, en un rapto de ira.
*
La reencarnación, aunque sólo fuera por el don de nacer cada vez en una lengua distinta.
*
Aún se muerde las uñas y los dedos con dientes laboriosos, como si los marcara a fuego por atreverse a dar caricias o rasgar unas cuerdas o sostener un lápiz. Se castiga las manos con saña preventiva y confirma su cuota de rencores, lo que aprendió a la fuerza y aún no se perdona.
jueves, septiembre 16, 2010
música de ascensor
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miércoles, septiembre 15, 2010
alto en el camino
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lunes, septiembre 13, 2010
el huésped hospedado
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martes, septiembre 07, 2010
c. h. sisson / 2 poemas

Despertar
Mayo tiene sus gracias lo mismo que otros meses;
incluso junio entraña su placer. Aquí reposo,
el insistente tordo no me inquieta
ni la brisa ligera: un tocón del jardín parece un gato.
Sin embargo, no todo marcha bien
por culpa del recuerdo: congregaos junto a mí
mejor, espectros destinados a beber del Leteo.
¿Quién querría volver al mundo de allá arriba
y pulsar otra vez las cuerdas nerviosas del cuerpo
y sufrir a conciencia el miedo y la tristeza?
Hace tiempo lo hice: y me sigue llegando el eco,
no sólo del pasado –lo que podría soportar–,
sino de aquellos jóvenes que arrancan, optimistas,
y encuentran un final amargo donde empezaron
y al mal con apariencia de piedad.
Tales cosas he visto, y ya no quiero
tomar jamás la misma senda
donde ciegos mendigos piden con las manos tendidas
y los santos escupen en sus palmas. Esto ya lo he visto
y lo veré otra vez si me despierto ahora de mi sueño.
La mañana
No sé qué significa la neblina
cuando llega sin arremolinarse,
juntándose como brionia al pie de mi ventana
Vadeándola, se diría,
los árboles emergen desde el fondo,
arrastran sus oscuros mechones por el agua
que dio comienzo al mundo.
Trad. J. D.
Llevo tiempo, mucho tiempo, asediando sin demasiada fortuna la poesía de C. H. Sisson (1914-2003). Hace años, incluso, creo que en 2004, me compré en Londres sus Collected Poems, un grueso volumen limpiamente editado por Carcanet, pero nunca llegué a leerlo como es debido. Hojeaba sus páginas, me detenía con intriga en algún poema breve, pero nunca lograba romper su sello, establecer ese acuerdo tácito que va más allá (o más acá) de las palabras y nos permite entender su raíz, la fuerza primera que las anima. Esa imposibilidad me frustraba. Sabía que Sisson era importante. Sabía que tanto Geoffrey Hill como Charles Tomlinson habían sido amigos lejanos y admiradores suyos (una cita suya, de hecho, encabeza los Himnos de Mercia de Hill). En ambos casos la admiración literaria se solapa con la afinidad política o ideológica, pues los tres profesan lo que cabría definir como «anarquismo conservador»: una profunda desconfianza de la maquinaria estatal y el intervencionismo de la administración (cualquier administración), un rechazo casi instintivo del marxismo y una creencia igualmente visceral en la libertad del individuo, el sentido de la historia y los lazos comunitarios (es decir, los vínculos creados desde dentro y de manera orgánica por una comunidad a lo largo de su historia).
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En el caso de Sisson, nacido en abril de 1914, menos de un mes después que Octavio Paz, esta creencia tenía al menos un apoyo biográfico, pues durante largo tiempo, al menos hasta mediados de los años setenta, fue un funcionario de alta graduación en distintos ministerios del gobierno británico. Allí conoció de primera mano el funcionamiento de la tramoya administrativa, la grasa y las ruedas dentadas de las que el poder se sirve para perpetuarse a sí mismo, un poco al estilo de aquella serie cómica protagonizada por Nigel Hawthorne en los ochenta, Yes, Minister. La necrológica de The Independent le define como un «magnífico anacronismo»: era conservador y detestaba a Margaret Thatcher por su demagogia populista; descreído y solitario, creía sin embargo en el poder de la iglesia Anglicana para reforzar los vínculos sociales; traductor modélico (de Dante, de Lucrecio, de Virgilio) y teórico no menos magistral del poder, los salones de la corte universitaria le provocaban urticaria; admirador de Pound y de ciertas líneas de fuga de la vanguardia, su poesía es un modelo de concisión y austeridad, un licor destilado con los azúcares de la experiencia, la lucidez y un escepticismo de profundas raíces morales.

Hace algunas semanas, paseándome un poco al azar por la página web de The Times Literary Supplement, me topé con un viejo poema de Sisson publicado en 1984, «Waking», y fue como si la puerta a su escritura se hubiera abierto por fin. Bien es verdad que llevaba un par de semanas rondando su territorio de caza gracias al dossier que le dedica el último número de la revista londinense Agenda. Pero ni siquiera los modélicos ensayos de Robert Wells, John Peck o Michael Schmidt (el editor de Sisson en Carcanet) lograron hacerme entender su trabajo como lo ha hecho este poema. Un poema que toma la tradición de la albada y la lleva al punto de congelación. Aquí no hay amante ni amada, sólo un anciano copulando con la muerte mientras mira de reojo el ascenso impertinente del sol. Un poema que denuncia la vida como un reino de falsedad, hipocresía y recompensas injustas. Un poema lleno de rabia y desesperanza –también de piedad por quienes le suceden– en el que ni siquiera la naturaleza, reducida a una estampa desmañada, cumple su habitual función compensatoria.
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Sisson tenía setenta años cuando escribió y publicó esta pieza. Aún viviría otros veinte, dedicado a su familia, su escritura y su jardín (no sé si por este orden). Para compensar, he escogido un segundo poema, muy breve, casi una estampa oriental que toma la difícil visión de unos árboles entre la bruma y le otorga una dimensión metafísica. Empieza donde lo hace Pound y termina con un guiño a la Ofelia de Tennyson. Quizá este viaje sea simbólico del trayecto que hizo el poeta Sisson: inglés casi de libro, tercamente arraigado en su tierra insular, nunca perdió de vista la dimensión mítica de la existencia, que es como decir la dimensión doméstica del mito. Así nos lo recuerda el envidiable título que dio a su primera poesía completa: En la zanja troyana. Un título, por cierto, que a Yeats o a Robert Graves les habría encantado.
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viernes, septiembre 03, 2010
el poeta, la sopa y la mosca

Lleva colgado en la red desde comienzos de julio, pero no lo había anunciado aún. Lo hago ahora, cuando faltan quince días para que desaparezca de la página de portada (que no de la revista). Me refiero al extracto de las memorias del poeta norteamericano Charles Simic, A Fly in the Soup [Una mosca en la sopa], que publicamos en Las razones del aviador gracias a la gentileza de Vaso Roto Ediciones y su traductor, Jaime Blasco. El libro, por lo que sé, estará en librerías este otoño. No os lo perdáis: un relato irónico y acerado de la Segunda Guerra Mundial en los Balcanes, los desvelos y reflexiones de un muchacho condenado a emigrar a Francia y luego a Estados Unidos a mediados de los años cincuenta, pero también uno de los mejores recuentos sobre la vocación y el aprendizaje literarios que conozco. Para muestra, este breve adelanto, este capítulo 23 escrito a modo de poética. Releído ahora, me siguen maravillando su claridad expresiva, su lucidez, su capacidad para abrazar las contradicciones y seguir camino. Justamente eso para lo que nació la poesía, entre otras cosas.
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miércoles, septiembre 01, 2010
john burnside / zorro blanco

Fue cuestión de suerte, imagino,
aunque me pareció otra cosa
cuando dejé la carretera
y me detuve en un arcén de nieve
para estirar las piernas
y el zorro blanco
llegó en silencio desde la distancia,
en ruta hacia el verano, hebras de rojo
y castaño en la piel
plateada, el hocico
indiferente, cuando atrajo mi atención
y me observó un minuto
–estudiando mi olor,
tanteándome–,
aunque sólo, pensé,
por cortesía,
sin rastro de sorpresa,
acostumbrado,
al contrario que yo,
a la ley de la tundra,
la lógica salvaje según la cual
donde nada parece suceder
todo el tiempo
lo que sucede es la oportunidad
de que algo suceda.
martes, agosto 31, 2010
él / 4 versiones
El miedo a convertirse en un problema para otros le hizo tomar distancia de ellos. Entonces se volvió un problema para sí mismo.
Libros que se vuelven contra él y le cortan en dos. Así es como ha engendrado su prole.
Dicen de él que es bilingüe. Tiene un idioma para hablar y otro para guardar silencio.
Le alaban y ovacionan por abrir nuevas sendas, dicen, pero él sólo quería no pasar por ciertos cruces de caminos.

domingo, agosto 29, 2010
casa vacía
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viernes, agosto 27, 2010
exploración
miércoles, agosto 25, 2010
reencuentro
Que todo se detenga ahora, en este instante, que todo sea una vez más lo que somos, lo que no somos: esa blanda ronquera después de las palabras y el alcohol, la luz junto a la puerta, a punto de apagarse.
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miércoles, julio 28, 2010
ashbery / inédito
Llevo casi un mes leyendo y releyendo el primer volumen de Collected Poems de John Ashbery editado por Library of America. Un libro compacto, impreso en papel biblia, poco más de mil páginas que recogen toda la poesía publicada por Ashbery entre 1956 y 1987 (es decir, entre Some Trees y April Galleons, ambos inclusive) más una amplia sección de poemas inéditos, descartados o no incluidos en libro hasta la fecha. La edición (francamente modélica) corre a cargo del poeta y crítico inglés Mark Ford, que es un poco el heredero espiritual de Ashbery al otro lado del charco y que ha incluido, entre otras cosas, un cuadro biográfico bastante exhaustivo y unas notas muy razonables, sin pedanterías ni obviedades sonrojantes. No hay prólogo, por cierto. Y se agradece. El libro ya es abultado y la literatura crítica sobre Ashbery crece a ritmo exponencial desde hace años. Estoy disfrutando con esta oportunidad de sumergirme en el Mar Ashbery sin intermediarios, como si fuera un escritor desconocido al que nunca le hubiera hincado el diente. Eso sí, sigo pasando del asombro al hastío en cuestión de segundos, como hace años, lo que me hace sospechar que mi mente es menos flexible o elástica de lo que me gustaría. O que las primeras (y segundas y terceras) impresiones no son tan fáciles de corregir.Me ha interesado mucho, por razones obvias, la sección final de Uncollected Poems: un centenar de páginas a texto corrido que incluye toda clase de materiales: poemas juveniles, experimentos, imitaciones o parodias de otros poetas, etcétera. Entre los no recogidos en libro me ha llamado la atención este «A Vase of Flowers», escrito en 1959, a la vez que escribía los collages y piezas casi automáticas que componen The Tennis Court Oath (1962), su segundo título y el más ortodoxamente experimental, escrito bajo la influencia de la vanguardia francesa y el expresionismo abstracto. Supongo que por eso «Un jarrón con flores» quedó fuera del libro, aunque vio la luz en alguna antología de la época. Un poema breve, una pequeña muestra de ese humor elusivo y paradójico que Ashbery ha practicado desde sus comienzos y que es uno de sus mayores atractivos.
Un jarrón con flores
El jarrón es blanco y sería un cilindro
si un cilindro fuera más ancho por arriba que por abajo.
Las flores son rojas, blancas y azules.
Todo contacto con las flores está prohibido.
Las flores blancas se esfuerzan hacia arriba
hacia un pálido aire de sus referencias,
empujadas apenas por las flores rojas y azules.
Si ibas a tener celos de las flores,
por favor olvídalo.
No significan nada para mí.
Trad. J. D.

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martes, julio 27, 2010
ecos
jueves, julio 15, 2010
12 de 12
Se sube a lo más alto del podio y desde allí proclama a voz en grito que es el más puro, el insobornable, el que nunca se venderá por nada.
Él sólo pone el pie donde antes ha puesto palabras, alfombrando el camino.
Sabe tanto de tantas cosas que ha dejado de creer en nada.
martes, julio 13, 2010
convergencias 3
Yo me callo, yo espero
hasta que mi pasión
y mi poesía y mi esperanza
sean como la que anda por la calle;
hasta que pueda ver con los ojos cerrados
el dolor que ya veo con los ojos abiertos.
Por otra parte, el poeta se ve empujado a decir la verdad. «¿Cómo debe expresarse la verdad?», se pregunta Gwendolyn Brooks. La verdad importa. Acertar importa. El consejo del realista es: abre los ojos y mira. Los defensores de la imaginación aconsejan: cierra los ojos para ver mejor. Hay una verdad que se percibe con los ojos abiertos y otra a la que se accede con los ojos cerrados, y a veces estas dos verdades no se reconocen cuando se cruzan por la calle.
viernes, julio 09, 2010
dale sombra

miércoles, julio 07, 2010
tom clark / poema
las nuevas emociones diminutas
lo dejaron sin duda todo claro
a una luz engañosa
y los mechones de una amada
formando un cuello que presiona
para extinguir la pasión de la sangre
el otoño estricto del ojo
el plumaje del intelecto yace empapado
en heces y sangre
oh haya, desata tu hoja, pues al fondo
de su amarillo
el tilo meloso yace dormido
y una sombra de plomo
sella los párpados de sus ovejas
y el indulto repica igual que pegamento
ningún despertar
ahora el rico cerezo
ahora toda la primavera y los árboles otoñales
trad. J. D.

Hace tiempo, creo que por diciembre de 2008, dediqué una entrada inquieta o inquietante al poeta norteamericano Tom Clark (1941). Las noticias que me llegaban lo situaban al borde del desahucio: gravemente enfermo, carecía de seguro médico y pronto se quedó sin fondos para pagar su tratamiento, por lo que sus amigos decidieron organizar una colecta para ayudarle. Parece que aquellos problemas de salud han remitido y que Clark está de nuevo en acción, como atestigua su estupendo blog.
No es fácil encontrar ejemplos de la poesía reciente de Clark; la mayor parte de su obra está dispersa en ediciones marginales, casi subterráneas (a excepción, claro está, de la que va publicando mal que bien en la bitácora), y mi conocimiento de su escritura se basa todavía en los sorprendentes poemas que Donald Hall incluyó en Contemporary American Poetry, la antología de Penguin de la que ya he hablado en otras ocasiones. Este poema es uno de ellos. Hice un borrador de traducción hace mucho tiempo, creo que diez años o más, y sólo ahora he podido corregirlo y dejarlo a mi gusto. Este calor africano impide casi pensar (de ahí, en parte, mi silencio de estos días), pero a veces la mente se ordena lo justo y consigue atar algún cabo suelto. Más que nada, yo destacaría del poema ciertos versos memorables, como el que cierra la primera estrofa, y el tono entre lúdico y dramático, en el que se adivina una veta de amenaza, de alarma pegajosa. Lo que me encanta, en cualquier caso, es que al volver a él después de diez o quince años recuerdo perfectamente (y suscribo) las razones por las que me gustaba.






