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Una ciudad de gentes que cada mañana ignora en qué idioma va a hablar. Se turnan para ser los primeros.
Sólo perdiendo el tiempo se encontraba a sí mismo.
Algo como un espejo, pero que reflejara tan sólo nuestro olor.
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Los cisnes salvajes de Coole
Los árboles ostentan su belleza otoñal,
los senderos del bosque se han secado,
bajo el atardecer de octubre el agua
refleja un cielo inmóvil;
sobre el agua vibrante, entre las piedras,
cincuenta y nueve cisnes.
Y diecinueve otoños han pasado
desde que los conté la primera vez;
antes de que pudiera hacerlo,
les vi de pronto alzar el vuelo
y dispersarse en grandes anillos rotos
sobre sus alas bulliciosas.
He contemplado a estos seres radiantes
y ahora me duele el corazón.
Todo ha cambiado desde que oyera, aquel ocaso,
por vez primera en esta orilla,
el golpe de sus alas sobre mi frente
y los pies me llevaran con paso más ligero.
Siempre incansables, amante con amante,
discurren por las frías
corrientes amistosas o ascienden por el aire;
sus corazones no han envejecido;
conquistas o pasión, por donde vayan,
no dejan de escoltarles.
Ahora surcan el agua inmóvil,
misteriosos y bellos;
¿en qué juncos harán su casa,
a la orilla de qué estanque o laguna
deleitarán los ojos de los hombres
cuando despierte un día y vea que han partido?
Trad. J. D.
El original, aquí.

Hace pocos días tuve el privilegio de acompañar a Ernesto García López en la presentación madrileña de Las linternas flotantes, el nuevo libro de la poeta argentina Mercedes Roffé (Buenos Aires, 1954). Fue una ocasión muy grata, que me permitió, además de escuchar algunos poemas del libro en la cálida voz de su autora, saludar a un buen puñado de amigos. Éstas son las palabras que pronuncié entonces, como breve testimonio de una lectura que (sobra decirlo) aún no se ha cerrado.

Oro pálido de las paredes, oro
de los centros de margaritas, las rosas amarillas
que brotan de una fuente clara. Todo el día
yacimos en la cama, mi mano
acariciando el oro
profundo de tus muslos y tu espalda.
Dormidos, despertándonos,
entramos juntos en el cuarto dorado,
nos tendimos en él, respirando
violentamente, luego
con calma una vez más,
dormitando y acariciándonos, tu mano perezosa
jugando con mi pelo ahora.
En aquel tiempo abrimos
cuartos idénticos y diminutos en nuestros cuerpos
que los hombres que exhumen nuestras tumbas
hallarán dentro de mil años
brillantes y completos.
Trad. J. D.
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Otro poema del gran Donald Hall (1928), de su primera época. Un hermoso y elegante poema de amor que se ha convertido en una especie de clásico que Hall incluye habitualmente en sus lecturas. El gerundio da siempre muchos problemas en español (creo que fue Borges quien aconsejaba evitarlos a toda costa) y los que aparecen en estos versos no son una salvedad; los he empleado también en mi versión, pero no siempre (versos séptimo y octavo) donde lo hace Hall. Esta pieza es un ejemplo memorable de la pervivencia del simbolismo en un momento –comienzos de los años sesenta– en que la poesía norteamericana comenzaba a surcar otros rumbos. Un poema muy clásico, en suma, aunque la imagen de la segunda estrofa –en realidad, toda ella– beba de la mejor vanguardia. Me quedo también con ese protagonismo de la luz, ese oro maleable y espeso como la miel que parece recubrirlo todo, desde el cuenco de flores (tan eliotiano) a los cuerpos de los amantes.
El original, aquí.
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BITÁCORA DE JORDI DOCE. Mis últimos poemarios son Nada se pierde. Poemas escogidos (PUZ, 2015) y No estábamos allí (Pre-Textos, 2016). Además de traducir la poesía de William Blake, Anne Carson, T.S. Eliot y Charles Simic, entre otros, he publicado los cuadernos Hormigas blancas y Perros en la playa, y los libros de artículos y de crítica Imán y desafío, Curvas de nivel, La ciudad consciente y Las formas disconformes. He reunido mis versiones de poesía en Libro de los otros (Trea, 2018).
