viernes, febrero 25, 2011

circe maia

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Allá por el 96, casi en otra vida, cuando (mal)vivíamos en Sheffield dando clases en la universidad, dos buenos amigos uruguayos, Laura Musto y el escritor Pablo Casacuberta, regresaron de sus vacaciones australes con un pequeño regalo: una antología de la poesía uruguaya contemporánea. El responsable de aquella muestra se llamaba –y se llama– Amir Hamed, aunque ahora no recuerdo el nombre de la editorial donde vio la luz (supongo, por cierto, que es la misma antología que Hamed ha reeditado hace pocos meses con el nombre de Orientales. Uruguay a través de su poesía). Sí recuerdo que era un tomo pequeño, impreso algo pobremente, y en el que me alegró encontrar, a modo de confirmación o prueba del nueve, dos admirados nombres familiares: Eduardo Milán y Rafael Courtoisie.

Aparte de ellos, de aquel volumen me impresionó en especial una poeta, entonces para mí desconocida, de sugestivo nombre y aun más sugestiva obra: Circe Maia. Se incluían ahí, no sé, doce o catorce piezas breves, poemas que contrastaban abiertamente con el resto del libro y que sentí de inmediato muy cercanos: un tono reticente y a la vez cordial, la herencia del simbolismo tamizada por la lección de la oralidad y los ritmos conversacionales, frescura y elegancia, interés por el mundo natural y el tiempo secreto de las cosas, Vermeer y Morandi, el misterio de los arrabales y de la penumbra doméstica pero también el esplendor laborioso de las estaciones. Para entendernos, como si la cordialidad y la «palabra en el tiempo» de su maestro Antonio Machado se hubieran aliado con la precisión y el detallismo sensoriales de un Jorge Guillén.

Años más tarde, en el otoño de 2001, ya de vuelta en Gijón, tuve la idea de preparar una amplia selección de sus poemas para el lector español. No sé bien cómo, pero conseguí sus señas postales y le escribí una carta explicando mi proyecto. Ella respondió muy amablemente y me envió algunos de sus libros. Incluso llegamos a hablar por teléfono, una comunicación trasatlántica que recuerdo llena de timidez y vacilaciones por ambas partes. Y puse manos a la obra.

Apenas una semana después me llegó una oferta para trabajar en una revista madrileña. Acepté. Y, como diría Antonio Gamoneda en uno de sus blues, «ya nunca tuve paz». Cayó la vida sobre mí y no sé cuántos proyectos, incluido el de la antología de Circe Maia, quedaron aparcados sine die y metidos en cajones. Estos últimos cuatro o cinco años han supuesto, entre otras cosas, la posibilidad de abrir viejas carpetas y retomar los trabajos de aquel tiempo: trabajos que quedaron interrumpidos o que ni siquiera tuve la oportunidad de empezar. Mal que bien, los hilos que entonces se rompieron vuelven a tensarse, borrando aquel breve paréntesis de nervio y desánimo.

La buena fortuna ha querido que Circe Maia me haya vuelto a recibir, casi diez años después, sin quejas ni reproches. La indulgencia paciente que transpira su escritura es también un rasgo central de la persona. Desde luego, ha sido una buena década para ella: en 2007 publicó su Obra reunida, libro que volvió a reeditarse en 2010 y con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Uruguay. Mantiene en la red una cuidada página personal. Y tanto en Inglaterra como en Estados Unidos se han publicado traducciones de su obra. Tiene lógica, porque su poesía, con esa atención que muestra hacia el mundo físico (plantas, animales, los accidentes naturales), su énfasis en la percepción sensorial y su curiosidad por los objetos cotidianos, guarda cierto parentesco con la tradición anglosajona; yo la veo como una prima lejana de Charles Tomlinson, más suelta y espontánea, menos cerebral quizá, pero igualmente fascinada por las incesantes idas y venidas del mundo, sus diligentes metamorfosis. Lúcidos y atentos, ambos han comprendido que, en todos los órdenes (la poesía, el amor o la naturaleza), lo superficial es muchas veces lo más profundo.



Aún así, Circe Maia sigue siendo, a mi juicio, una autora infravalorada y escasamente conocida en el ámbito hispanohablante. Fuera de Uruguay y de Argentina, no se le ha dado el trato que merece, quizá por la aparente modestia de su dicción, su falta de solemnidad, su rechazo de la pompa retórica y el exhibicionismo técnico. También porque la modernidad de su propuesta es tan sutil como discreta, capaz de pasar desapercibida en un primer momento.

Copio seguidamente, a modo de adelanto, uno de los poemas suyos que más prefiero, «El medio transparente». Y cuelgo en Las razones del aviador, con permiso de mi buen amigo y compañero José María Castrillón, una breve
secuencia, «Poemas de Caraguatá», que es un poco un compendio de las potencias y virtudes de su escritura. Por algún sitio hay que empezar. Y lo importante es que esta obra, hecha con laboriosa reserva durante años, vaya encontrando nuevos lectores, nuevas rutas de difusión.


Circe Maia

EL MEDIO TRANSPARENTE

Lo mejor sería no pensar demasiado
en ellas, las palabras. Ellas vienen
así o de otro modo y no es tan importante.

Vidrios, ventanas son y habría que limpiarlas
con cuidado, por eso. No pintarlas
–¿qué verías detrás?– y no adornarlas.

Por mirar el adorno en la ventana
no miraste hacia fuera.
El más breve vistazo
hubiera sido al menos suficiente
para mirar la luz del otro lado.

Sí, esa luz de afuera
sobre un rostro que pasa.

miércoles, febrero 23, 2011

cees nooteboom / entrevista

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Hace poco menos de un año, como a mediados de mayo del 2010, la poeta Esther Ramón y un servidor tuvimos el privilegio de entrevistar al escritor holandés Cees Nooteboom (La Haya, 1933). Pasamos casi media mañana en uno de los salones del Hotel Wellington de Madrid charlando a medias en español y en inglés, un pidgin improvisado en el que también se colaban, casi imperceptibles en su caso, palabras en francés y alemán. Hablamos de su poesía, de sus libros de viaje, también de su última novela publicada hasta entonces en España, Una canción del ser y la apariencia.

El encuentro fue tan grato que se prolongó off the record hasta casi la hora del almuerzo. Gran conocedor de España, donde reside parte del año, Nooteboom se dedicó entonces a preguntarnos con ceño de antropólogo por la situación política de nuestro país y también sobre ciertas peculiaridades, por llamarlas de manera piadosa, de una sección muy visible o ruidosa de nuestra derecha. Pero eso fue después y no entró, creo que para bien, en la entrevista, estrictamente literaria y ceñida a su propia obra.

Dicho esto, el resultado acaba de ver la luz en el último número (el 16 ya) de Minerva, la revista del Círculo de Bellas Artes, y puede leerse aquí. Espero que os guste.


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lunes, febrero 21, 2011

collage

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Sí, podría perderse en esta honestidad. Alzar en el cuaderno la gráfica de una convalecencia, el otoño invertido, la granja donde sanan los caballos lisiados. Trata de capturar lo que le elude. A duras penas, lentamente, como quien disimula su borrachera en público. El avión ha caído detrás de las líneas enemigas y no entiende el idioma. Camina por el bosque durante horas y todo el tiempo piensa: Esa suerte de paz que da el valor en la ausencia de paz. Dos semanas de tregua, y la vida no ha comenzado aún. La sombra fiel, que guarda las distancias. El temor a creerse sus propias invenciones. ¿Desde cuándo fue un hombre este simple latido, esta ocurrencia? Conócete a ti mismo, le decían. Pero ningún consejo podrá nunca con lo real. Son las secuelas de la fiebre. La inercia de las venas. Hunde el rostro en el frío de una verja imaginaria y mira más allá, donde la escoba huraña de los árboles se confunde con la neblina. Oye gritos de niños en la cancha de baloncesto, detrás de los laureles y las zanjas infestadas de ortigas. El murmullo del tráfico a lo lejos, junto al puente de hierro. Claridad y ceguera. Y todo a su debido tiempo, cuando no importe. Como leyó una vez: Esperamos la caída final; pero, durante la caída, dos opciones: cerrar los ojos o admirar el paisaje.
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miércoles, febrero 16, 2011

w. h. auden / la divisoria

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Ese que asciende hasta la encrucijada,
A mano izquierda de la divisoria,
Por la senda mojada entre los herbazales,
Ve a sus pies lavaderos desmantelados, restos
De raíles antiguos que conducen al bosque,
Una industria ya en coma pero que alienta aún
Penosamente; en Cashwell, una bomba achacosa
Sigue extrayendo agua; permaneció diez años
En minas inundadas hasta cumplir con éste,
Su cometido último, de mala gana.
Y luego, aquí y allá, si bien son muchos los que yacen
Bajo la magra tierra, ciertos actos, tomados
De recientes inviernos, son reseñables; hubo dos, por ejemplo,
Que limpiaron a mano un conducto dañado, aferrándose
Contra viento y marea al montacargas; uno murió
Durante una tormenta, los páramos intransitables,
No en su pueblo, aunque luego, cubierto de madera,
Fue abriéndose camino por galerías olvidadas
Hasta unirse a la tierra en su valle postrero.

Regresa a casa, forastero, ufano de tu joven descendencia,
Vuelve sobre tus pasos, perplejo y fracasado:
Esta región exenta no comulga con nada,
No será el contenido accesorio de nadie
Perdido sin objeto entre rostros distantes.
Los faros de tu coche sorprenderán acaso las paredes de un cuarto
Pero no el sueño del durmiente; oirás tal vez al viento
Exiliado arreciar desde el mar ignorante
Y lastimarse en las ventanas o la corteza de los olmos
Donde la savia fluye sin asombro, pues ya es primavera;
Pero no es este el caso. Cerca de ti, más altas que la hierba,
Unas orejas se enderezan antes de decidirse, husmeando el peligro.

Agosto 1927


No suelo colgar traducciones o trabajos ya publicados en libro, pero hago una excepción en este caso. Por dos razones: porque he devuelto al poema, uno de los primeros y más memorables de Auden, el título («La divisoria») que habría debido tener originalmente, y de paso he retraducido tres versos; y porque, un poco por azar, encontré hace unos días la imagen ideal para ilustrarlo. El diablo está en los detalles, dicen los ingleses, y creo que ahora, con estas mínimas correcciones, el poema adquiere más nitidez, más precisión. Podéis leer el original inglés aquí.

Por cierto, que si uno quiere comparar el modo en que dos poetas amigos, Auden y Spender, tratan un mismo paisaje, una misma atmósfera, sólo tiene que leer «Torres de alta tensión» –uno de los mejores y más emblemáticos del primer Spender–, del que colgué una versión hace poco más de año y medio. Creo que las semejanzas son tantas como las diferencias, y que se percibe hasta qué punto el temperamento de Spender era más lírico y menos discursivo que el de Auden. A ochenta y tantos años de distancia, los rasgos epocales pasan a un segundo plano y se percibe, más rotunda que nunca, la personalidad de cada cual.
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sábado, febrero 12, 2011

vuelta a empezar

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Es curiosa esta melancolía que sucede a la terminación de un libro, en especial cuando ese libro ha sido el lugar de las confesiones oblicuas, el marco del retrato intermitente y sucesivo de uno mismo. Uno ha hecho su casa ahí, se ha guarecido con palabras que han ido apilándose y entrelazándose con el tiempo, y vive –y escribe– como aquel explorador ártico que veía cómo las paredes de hielo de su iglú se espesaban con su aliento hasta cerrarse sobre él. La casa de palabras, el libro escrito y rescrito hasta la extenuación, tiene algo de útero que termina echándonos de nuevo al mundo. Pero quien sale expulsado no es, claro está, el mismo que empezó la casa. Esta expulsión es un nuevo nacimiento, un recomenzar dentro de un proceso de aprendizaje que, en sentido estricto, es interminable y aboca al escritor a ser el hijo, una y otra vez, de los libros que termina.

Es una empresa paradójica. El libro se sirve de nosotros para existir, y una vez finalizado nos echa de su lado como el animal que aparta a su cría tras alumbrarla. Somos padres e hijos a la vez de nuestra escritura. De ahí esa sensación de orfandad, de un tiempo más o menos prolongado en la intemperie del mundo, que sobreviene cada vez que cerramos un libro. Un desamparo hecho de soledad, incertidumbre y no poca violencia interna. Hay que empezar de nuevo, cambiar de costumbres y hasta de horizonte, plantarse sobre la tierra y olfatear el aire en busca de nuevos pastos. Y en eso estamos.

domingo, febrero 06, 2011

5

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Lo que mejor recuerda es lo que despreció de sus antagonistas.


Camina sobre la alfombra roja de su lengua.


Se toma tan en serio que discute hasta en sueños.


Un mundo en el que escribir sobre algo previene su aparición. A ver quién se atreve a seguir.


Libros como cuarteles de invierno.

viernes, enero 28, 2011

george johnston / octubre

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La jornada flaquea y los campos

yacen reconciliados. Octubre.
El viejo sale y se sienta

al sol
al pie de su arce
y siente el esplendor sobre sí.

Su camino hacia la oscuridad
de gleba y de piedra:
por la estación llameante.

Confía en ella
como sus bestias confían
o esta lámpara encendida su árbol
castigado por la escarcha.


Trad. J. D.


Descubrí este breve poema del canadiense George Johnston (1913-2004) gracias a la bitácora de Reginald Gibbons, quien hace cosa de un mes le dedicó una entrada entusiasta. Una estampa sugestiva y condensada de una estación que es también una estación vital, el otoño de un hombre que espera sin impaciencia –y acaso sin demasiada inquietud– su propio término. El penúltimo verso puede inducir a confusión hasta que comprendemos que el arce es justamente esa lámpara que ilumina al viejo y lo envuelve en su esplendor.

Gibbons subraya en su nota la calidad casi doméstica y algo arcaica de las palabras que emplea Johnston:
palabras de familia, gastadas tibiamente, que diría Gil de Biedma, y he intentado, sobre todo en los primeros versos, que el español tuviera esa sencillez, esa flexibilidad. Esta es la razón, también, de que haya no pocos versos de seis, ocho y diez sílabas, tan habituales en nuestra poesía popular. Porque «Octubre» es uno de esos raros híbridos: un poema de acento y sensibilidad tradicionales que no habría podido escribirse sin el ejemplo del imagism o la reticencia luminosa de un William Carlos Williams.
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jueves, enero 20, 2011

matemática tiniebla

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¡Montad, pues, montad todos, valientes caballeros!
y los yelmos ceñid sin más demora:
Fama y honor, correos de la Muerte,
nos llaman otra vez al campo de batalla.
Ningún llanto de arpía bañará nuestros ojos
cuando empuñemos las espadas;
de corazón partimos, sin verter un suspiro
por las más bellas del lugar;
que músicos pastores y aldeanos cobardes
se lamenten y lloren y den voces;
somos hombres: luchar es lo que hacemos,
¡y caer como héroes!



Está a punto de ver la luz en Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg Matemática tiniebla, libro en el que se reúnen ensayos de Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot relativos al simbolismo y el nacimiento de lo que solemos entender por poesía moderna. La idea y la selección corren a cargo del poeta y crítico Antoni Marí. Miguel Casado ha traducido los ensayos de los poetas franceses, y yo he hecho lo propio con los escritos de Poe y de Eliot. Ambos, además, hemos hecho alguna sugerencia sobre la selección. En concreto, se incluye en el volumen final «Escila y Caribdis», un ensayo hasta ahora inédito en libro de Eliot que traduje hace muchos años para la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El título, por cierto, es una cita del Canto General de Pablo Neruda, en concreto del canto IX («Que despierte el leñador»), dedicado a los Estados Unidos, y en el que sus escritores tienen un papel protagónico: Melville, que es «un abeto marino», Whitman, «innumerable / como los cereales», y finalmente Poe, «en su matemática / tiniebla».



Estoy muy a gusto con el resultado, en el que ha tenido mucho peso el buen hacer y la experiencia del editor Nicanor Vélez. Creo que es una guía excelente, muy fiable y compacta, del movimiento simbolista a través de las palabras de sus practicantes, que además tiene la virtud de incluir textos que dialogan y se corrigen mutuamente. Una guía que acotan dos poetas norteamericanos –bien que muy influidos y hasta fascinados por la cultura europea–, pero que protagonizan los tres grandes pilares (a falta de Rimbaud) de la poesía francesa moderna. Vale la pena recordarlo cuando advierto a nuestro alrededor un cierto desdén hacia el presente, el aquí y el ahora, de la poesía de nuestros vecinos.

Para celebrar la edición de este libro he querido arrancar con mi traducción de la segunda (y última) estrofa de «La canción del caballero» [The Song of the Cavalier], poema del anticuario escocés William Motherwell (1797-1835) con el que Poe cierra su ensayo «El principio poético». Unos versos que hacen pensar en aquellas relecturas o incluso pastiches de la poesía medieval que tanto le gustaban a Pound. Bien es verdad que, como él mismo se encargó de subrayar, «estas cosas solían resultar más sugestivas antes de 1914 que ahora, en 1920». No sé si hay que esperar a la Primera Guerra Mundial para cobrar conciencia de ciertos horrores, pero, sea como fuere, Poe vio estos versos como un ideal o el preludio de la clase de escritura que él mismo quería practicar; la escritura, mal que bien, de la que venimos. Para compensar tanto ardor guerrero, aquí va mi versión de otro poema admirado por Poe, esta vez del irlandés Thomas Moore (1779-1852), el mismo cuyo libro Alcifrón le sirvió al autor de «El cuervo» para discurrir por escrito (y por extenso) sobre las diferencias entre «imaginación» y «fantasía».


Ven, descansa en mi pecho, mi cierva malherida;
si te huyó la manada, aquí tienes tu casa;
aquí está la sonrisa que las nubes no esconden,
y mano y corazón que hasta el fin serán tuyos.

¿A qué sirve el amor si se muestra inconstante
en la dicha y la angustia, la gloria y la vergüenza?
No sé, ni lo pregunto, si hay culpa en esa entraña;
sólo sé que te amo, quienquiera que tú seas.

«Mi Ángel» me llamaste en un rapto de júbilo
y tu Ángel seré en mitad del espanto;
impávido entre llamas he de seguir tus pasos,
y ampararte, y salvarte, o allí morir contigo.

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Trad. J. D.

viernes, enero 14, 2011

madrigal

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Anselm Kiefer, Sternenfall [Lluvia de estrellas], 2007


Volver a casa oliendo el aire dulzón, irrespirable, de la tierra empapada, los grumos opulentos de la fermentación. Volver mientras las hojas descosidas liberan sus metales y el agua del estanque es un bozal de plomo que nos sigue con la mirada. Esto es lo que insiste, lo que existe en nosotros. Ácido y frío. El ascua silenciosa del invierno. La hoja que penetra y adormece la piel. La cara y cruz del hielo. Y todo por vivir aún, y la promesa torva de otro día, y un cielo de nevada donde la luz entrechoca sus huesos con un hilo de sangre. Es la noche rapaz, que viene a someternos. Es la noche rapaz, que está en nosotros.
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martes, enero 11, 2011

3 poemas / triquarterly

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Riva Lehrer, Study for Unicorn Skull, 2005


Un viejo conocido de esta página, el poeta y crítico norteamericano Reginald Gibbons, ha tenido la gentileza de traducir tres de mis poemas («Desierto de los Monegros», «Epílogo» y «Suceso») y publicar el resultado en el último número (invierno-primavera 2011) de la revista norteamericana TriQuarterly Online (una revista virtual con sede en la Northwestern University de Chicago). Tantos años traduciendo a poetas de habla inglesa y ahora compruebo, con cierto asombro, que algunos de mis versos han hecho el viaje opuesto. El trabajo de Reg Gibbons es impecable, pero me queda una leve sensación de incomodidad, como si me hubieran examinado con el mismo impudor o alegre desenvoltura que he dedicado antes a otros; algo inevitable, supongo, cuando te traducen a idiomas familiares. En cualquier caso, disfruto con la experiencia. Me gusta este lugar intermedio en el que dos idiomas admirables, jugando con sus virtudes y sus resistencias, me dan y me quitan al mismo tiempo. Casi me parece que podría revisar algún verso del original en respuesta a su traducción inglesa...

sábado, enero 08, 2011

tenue

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Estoy en el salón de mi madre, leyendo. Con su sentido habitual de la economía –o simple aversión al derroche–, se arrimó a la puerta hace unos minutos y apagó la lámpara del techo que yo había prendido al entrar. Todo sin una palabra, como quien realiza un acto reflejo, mecánico. (Y era sin duda una esquirla del instinto que venía de otro tiempo y atravesaba mis veinticinco años de ausencia de la casa familiar.) He seguido leyendo a la poca luz natural que entraba por la ventana, acostumbrando los ojos a ese aire más sutil de un mediodía de invierno en la ciudad, y entonces he sentido el paso de las nubes, la sombra repentina que cruzaba la página y me hacía detenerme sobre mis pasos. Durante un buen rato la lectura ha convivido con este parpadeo, este pasar veloz de la sombra a una sombra mayor; tenía la impresión de estar caminando por un bosque donde los rayos del sol no terminaban de imponerse a las copas de los árboles.

Me ha parecido un buen augurio, una advertencia juiciosa. Mejor así, pensé, sin falsa claridad, sin bombillas ortopédicas, a fin precisamente de sentir hasta el más pequeño cambio en tus alrededores. Habría que vivir, sospecho, sin tantos brillos artificiosos, capaces de mimetizarnos con el entorno, graduando a discreción los visos y matices. Este querer mirar a toda costa subraya un solo camino en detrimento de los demás, como quien conduce de noche y sólo ve el trecho de carretera por el que avanza; o como un caballo al que ponen anteojeras para que no se distraiga. Y todo sumido en la oscuridad, una negrura todavía más intensa en contraste con el camino iluminado. Está bien servirse de lámparas y farolas, sí, a menudo hasta es indispensable, pero sin excesos ni dependencias malsanas. Hay una belleza en la sobriedad, en esta luz natural que ilumina escondiendo, o que oculta a la vez que revela, o que tamiza el conjunto y le infunde una calidez casi corporal, como si el mundo estuviera ahí, sin más, en la punta de los dedos.
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sábado, enero 01, 2011

ichiku / haiku

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Amanecer
de Año Nuevo. ¡Qué lejos,
ya, queda ayer!

Ichiku
Versión de Orlando González Esteva

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Entre los haikus que me envía el poeta Orlando González Esteva para celebrar la llegada del nuevo año, me quedo con éste, admirable, de Ichiku, en el que resuena la conciencia de la pérdida irremediable del ayer, del pasado inmediato. Lo que sucedió ya está sumido en un abismo intocable, oculto por el foso altivo de unos pocos segundos o unas pocas horas, qué más da. Ya no forma parte de nosotros, sólo un esfuerzo supremo de la memoria imaginativa puede reintegrarlo a modo de ficción, y nunca por completo, en nuestras vidas. «Ayer», para el caso, se halla tan lejos de nosotros como «antesdeayer» o «hace diez años».

Los versos de Ichiku son una destilación amable, vagamente elegíaca, de la conciencia de nuestras limitaciones. Lo que está pasando se nos escurre literalmente de las manos como un pez inquieto y apenas si podemos hacernos una idea de lo que es, de lo que fue. Lo que pasó ya está en otro mundo, en otra realidad, intocable y ajena en su nicho. Vivimos, pasamos y dejamos pasar el tiempo, y aturde darse cuenta de ello, como hace Ichiku en su poema.
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viernes, diciembre 31, 2010

nuevo año

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Los relojes que importan, los que miden el ir y venir de nuestras inquietudes y asombros y afanes más o menos íntimos, sólo avanzan cuando los llevamos puestos y tienen poco que ver con la hora que marcan las manecillas. Pero cada vez estoy más convencido de la importancia de ciertos rituales que nos ayudan a cerrar o pasar ciertas páginas y abrir otras nuevas. Rituales colectivos a los que no viene mal asentir para hacernos la ilusión de que limpiamos la pizarra o el libro de cuentas antes de consignar nuevos asientos. Tal vez algo se filtre, después de todo, a esa intimidad donde todo sucede un poco a distancia del calendario oficial. Una sensación de cumplimiento, o de posible renuevo, o simplemente el alivio del corredor de vallas que ve despejado el camino inmediato antes del siguiente obstáculo.

El libro de la vida también contiene divisiones y subdivisiones, como las líneas que separan las viñetas de una página de cómic. Hoy cruzamos una de esas fronteras. Nos tomaremos un instante de la mano, cerraremos los ojos y pasaremos en un instante, sin movernos, de un lugar a otro. El tiempo nos arrastra en su cinta transportadora. Sirvan estas palabras como trasunto de un guiño cómplice o una inclinación de cabeza antes de pasar al otro lado. Comienza un nuevo año. Me alegra inmensamente verlo arrancar en vuestra compañía.



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lunes, diciembre 27, 2010

leyendo a x

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En nuestra relación con los maestros hay siempre un cupo de temor reverente, pues sacan a la luz todas nuestras carencias. Hay una forma, sin embargo, de hacerles frente o de esquivar su abrazo irrespirable, y es tomar un camino (ese, precisamente) que revele las suyas.
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miércoles, diciembre 22, 2010

d. h. lawrence / poema

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Somos los transmisores

Mientras vivimos somos transmisores de vida.
Y cuando no logramos transmitir vida, la vida
ya no logra fluir a través de nosotros.

Es parte del misterio del sexo, es un flujo que avanza.
Las gentes asexuadas jamás transmiten nada.

Y cuando al trabajar logramos transmitir vida a nuestro trabajo,
la vida, ya más vida, corre a nosotros para compensarnos,
para estar preparada
y ondeamos vivientes a través de los días.

Ya sea una mujer haciendo un pastel de manzana
o un hombre un taburete,
si la vida penetra en el pastel, bueno será el pastel
y bueno el taburete,
contenta estará ella, ondeando de vida fresca,
contento estará él.

Da y te será dado,
ésta es aún la verdad de la vida.
Pero dar vida no es tan fácil.
No significa dispensarla a cualquier necio
ni dejar que los muertos vivientes te devoren.
Significa encender el principio de vida allí donde no estaba,
incluso si es tan sólo en la blancura de un pañuelo recién lavado.

Trad. J. D.


Confieso mi debilidad por los poemas de D. H Lawrence (1885-1930). Sé bien que muchos de ellos están malogrados en parte o del todo por la prisa, la impericia técnica y cierto didactismo del que tiene muy claro lo que quiere decir y no pierde el tiempo en formulismos ni reglas de etiqueta. Fuera de las espléndidas piezas que dedicó a plantas y animales (como ese «Gato montés» que publiqué en esta bitácora hace año y medio), el verso es uno de los medios preferidos por Lawrence para divulgar de manera más o menos explícita su credo vital y literario. Así, por ejemplo, las reflexiones y ortigas epigramáticas que le ocuparon hacia el final de su vida y en las que volcó todo el odio y la ironía furiosa que había acumulado contra el establishment cultural de su país, lleno de reprimidos bienpensantes y críticos con almas de burócrata…

Supongo que es precisamente este sentimiento (intuitivo, casi infantil) de rebeldía el que me hace simpáticos los poemas de Lawrence. Pueden estar mejor o peor hechos técnicamente, pero siempre están vivos, tienen fuerza, rebullen y patalean como niños impacientes. Y nada de lo que dicen sobra, sino que exige ser escuchado y pensado y hasta memorizado como un aviso a navegantes. Así este poema, «We Are Transmitters» («Somos los transmisores»), que pertenece a Pansies (1929), su penúltimo libro publicado en vida, y que traduje (el poema, no el libro) hace como cuatro o cinco años mientras releía Hijos y amantes, una de sus novelas que más me acompañan. No se me ocurre mejor mensaje para estas fiestas, para este nuevo final de año, que esta invitación a «transmitir vida», este llamamiento urgente a dar («Da y te será dado, / ésta es aún la verdad de la vida») que me recuerda una frase de una entrevista a Alberto García-Alix: «Artista es el que da». Según este lema, tenemos el deber de ser un poco artistas en nuestra vida, cuidar de los detalles y volcarnos en cada mínima cosa que hacemos. Todo un señor programa, en efecto, aunque rara vez podamos o sepamos cumplirlo. Supongo, al menos, que basta con tenerlo en cuenta o no perderlo de vista mientras avanzamos por el laberinto de los días. Lawrence lo formula con versos claros y rotundos que hacia el final me recuerdan aquella idea liberadora de William Blake:

No premio al enemigo con gestos generosos. […]
Quien con el enemigo es generoso
promueve sus asuntos, y se vuelve
enemigo y traidor de sus amigos.

Esto es, no basta con dar: también hay que saber a quién se da, dejar fuera del reparto al «enemigo» o al «muerto viviente», como lo llama Lawrence. Aquí no hay buenismos ingenuos ni incitaciones a poner la otra mejilla, sino puro y simple control de fuerzas, que el camino es largo (cada vez más, aunque se acorte) y no conviene malograrlo con gente de poco fiar. Lawrence (y Blake) lo sabían mejor que nadie, precisamente porque eran reos de entusiasmos episódicos que los agitaban en todas direcciones y les llevaban a creer en esto o aquello casi a su pesar. En ambos, la fe en la vida fue siempre más fuerte que el diente de roedor del escepticismo.

En fin, lo dicho. Muy felices fiestas a todos, y que sigamos mucho tiempo al abrigo del árbol de la vida.


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jueves, diciembre 16, 2010

caminos / melquiades álvarez

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Hay oportunidades que no se pueden dejar pasar; son trenes a los que hay que subirse sin dudarlo. Eso es lo que pensé cuando el fundador y director de Ediciones Trea, Álvaro Díaz Huici, me invitó a escribir un texto de acompañamiento a la serie de cincuenta dibujos que el pintor y dibujante Melquiades Álvarez (Gijón, 1958) ha agrupado bajo el título de Caminos. Dibujos que se expondrán a partir del próximo domingo 19 de diciembre en el Museo Evaristo Valle de Gijón y que aparecen de manera simultánea en un hermoso volumen editado con esmero y elegancia por Trea.

No siempre tiene uno la posibilidad de colaborar con grandes artistas, y Melquiades Álvarez lo es: un dibujante impecable, capaz de recoger y condensar una atmósfera con unos pocos trazos de lápiz. Lo digo en mi epílogo: Caminos es el trabajo de un solitario, de un paseante, que tan pronto es capaz, al modo oriental, de fijarse en detalles casi imperceptibles como de recoger la poesía de la provincia, de las afueras, o percibir la cualidad metafísica de ciertos paisajes tocados por la luz y el abandono. Pero este libro es mucho más que el trabajo de un artesano, por diestro y experimentado que sea; es el fruto de una disposición que sólo puedo calificar de espiritual. Grandes palabras, sin duda, pero justas y adecuadas en este caso. La mirada de Melquiades es la de un gran lector, aficionado también a pasear por los libros y subrayar aquellos pasajes que le sorprenden o en los que se reconoce. Estos fragmentos aparecen en Caminos acompañando los dibujos, formando como un relato paralelo que los ilumina y complementa. Y aparecen –esto es importante– escritos en su mano, convertidos ellos mismos en dibujos.

Recuerdo el primer encuentro que tuve con Melquiades, este pasado verano, en el sobrio y tranquilo jardín de su casa en las afueras de Gijón. Una larga tarde de charla en la que fuimos descubriendo afinidades y puntos de contacto, los lugares donde nuestras miradas parecían converger. Acabé yéndome con las últimas luces, ya bien entrado el anochecer, con la sensación de haberme reencontrado con un viejo amigo. Antes de marchar, Melquiades me enseñó con orgullo una zona de su jardín convertida en huerto. Lo bello y lo práctico, o lo utilitario (que era también bello), convivían sin fisuras ni discordias. Así, pensé, podría definirse también su lectura del mundo, su trabajo pictórico. Una forma también de crecer, de aprender, de dejar que el trato con el mundo nos complete y afine, nos haga más sabios.

Si queréis más información sobre Caminos, podéis pulsar sobre las imágenes de esta entrada o ir a la página de Trea,
aquí. Por cierto, que el poeta y crítico Juan Carlos Gea (responsable de la bitácora de arte Materia parva) ha publicado hoy una lúcida y pertinente reseña de esta obra en el suplemento cultural de La Nueva España..
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domingo, diciembre 12, 2010

el gato de ted hughes

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Ted Hughes (1930-1998) fue el primer poeta cuyo trabajo intenté traducir, y quizá por ello es el poeta que menos he traducido, o que más me hace dudar al hacerlo. Es cierto que traduje Cuervo hace como quince años, pero Cuervo es una excepción en su obra, un libro en el que las marcas habituales de su estilo (el lenguaje brusco, violento, la aliteración, el uso de palabras compuestas, de vocales oscuras y consonantes explosivas, la fascinación por los animales…) pasan a un extraño y momentáneo segundo plano. Traduje «El gato de Esther» («Esther’s Tomcat», de su segundo libro, Lupercal, editado en 1960) hace casi veinte años, en 1991, pero nunca quedé contento con la versión; volví a ella a finales de la misma década, pero el resultado fue el mismo. Lo cual demuestra, supongo, que cada trabajo tiene su momento, que los textos encuentran su enunciación final cuando quieren o les resulta conveniente.

«Esther’s Tomcat»
es uno de los poemas más célebres y apreciados del primer Ted Hughes. Solía estudiarse en los colegios (como prueba el enlace donde aparece el texto original) y aparece en casi todas las antologías de poesía inglesa contemporánea. Un ejemplo transparente del buen hacer del poeta, capaz de convertir una mascota en una bestia mítica, surgida de los fondos de la historia. Un poema construido a la perfección, en rígidas estrofas que ascienden, peldaño a peldaño, hacia el oscuro escenario de unos tejados de ciudad.



El gato de Esther

Día tras día el gato yace sobre su vientre
como un felpudo viejo, sin ojos y sin boca.
Interminables guerras y esposas son lo que
rasgaron sus orejas e hirieron su cabeza.

Como un montón de hierro y viejas cuerdas
dormita hasta la noche azul. Luego sus ojos,
verdes gemas, regresan. Bosteza largo, rojo,
y las finas agujas de sus colmillos brillan.

Un gato sorprendió una vez a un jinete
y deslizó en su cuello una soga de garfios
mientras el caballero luchaba por su vida.
Muchos siglos después la mancha sigue ahí,

en la piedra donde cayó abatido:
tuvo lugar en Barnborough. El gato sigue aún
destripando en secreto al perro ocasional,
arrancando cabezas de pollo de un mordisco.

Imposible matarlo. De la furia del perro,
del tiro de escopeta a bocajarro, el gato
saca intacta su piel, la saca entera
de sus noches de cópula entre contenedores

bajo lunas solemnes. Salta, y con ligereza
camina sobre el sueño, su cabeza en la luna.
Noche tras noche, sobre la esfera de los hombres,
por los tejados van sus ojos y protesta.


Trad. J. D.
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domingo, diciembre 05, 2010

william carlos williams / 2 poemas

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la carretilla roja

tanto depende
de una

carretilla
roja

laqueada de
gotas de lluvia

junto a las gallinas
blancas



esto es sólo para decirte

Me he comido
las ciruelas
que había en
la nevera

y que
seguramente
guardabas
para el desayuno

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías



Trad. J. D.

jueves, diciembre 02, 2010

demolition man

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Desde el pasado lunes las máquinas se dedican a echar abajo el viejo edificio de la estación de autobuses. Todos los días, al salir de casa, me sorprende el olor acre y metálico del aire, la humedad oscura, como de fosa enmohecida, de las nubes de polvo que sortean la manguera del operario. Hoy, cuarta jornada de los trabajos de demolición, sólo queda la fachada oeste con sus despachos y pasillos correspondientes: una muralla a medio hacer sobre una pequeña sierra de cascotes, amasijos de hierro y cristales rotos.


Redescubro mi fascinación por las ruinas modernas, aunque la fealdad del edificio original, un poliedro mostrenco en el peor estilo de la arquitectura oficialista de la posguerra, rebaja un poco mi entusiasmo. Hace poco, en Gijón, me pasé casi una hora contemplando la demolición de un edificio de El Muro. Lo mejor era observar, abiertos por un corte transversal y se diría que sujetos por hilos invisibles, los cuartos y dormitorios donde aún quedaba una silla o un cuadro mal colgado: el lugar de la intimidad expuesto a la mirada de los curiosos. La pala, como una mano encorvada y afanosa, iba empujando los muros hacia dentro, rompiendo el canto superior de las fachadas con infinita delicadeza, hundiéndose en la pasta quebradiza de los cascotes. La destrucción, además de cautela, exige una paciencia a prueba de rodeos.

Una casa o un edificio son formas de acrecentar el espacio, de dar forma al aire y hacerlo más holgado. Lo que siempre me intriga, al ver el hueco de un edificio demolido, es lo pequeño que era en realidad, lo poco que ocupaba. Lo plegado era más de lo que ahora, caído, se amontona sin orden. La forma no sólo hace habitable la materia: la amplía, la engrandece por dentro, cava en ella más espacio. En cierto modo, nuestros bloques de apartamentos son como diques contra el aire: prolongan la tierra y abren nichos en ella.

Esta mañana los muros de la antigua estación mostraban su interior cariado: una gruesa lámina de hierro, ladrillos y cemento de mala calidad envuelta en una funda de piedra tiznada. Todo el hollín acumulado a lo largo de medio siglo se ha desprendido del edificio y flota invisible en un radio de dos manzanas. El tiempo exhala su aliento de calavera sobre nosotros.


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martes, noviembre 30, 2010

sintaxis asfalto

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Hace unos días se presentó en Zaragoza el nuevo libro del poeta chileno (aunque afincado en aquella ciudad) Julio Espinosa Guerra. Continuación de su espléndido NN (libro que conoció dos versiones, en Chile y en España), sintaxis asfalto (Ediciones Olifante, 2010), que así se llama su nuevo trabajo, es un poco el testimonio poético de sus constantes viajes entre Zaragoza y Madrid, su lectura (y traducción simbólica) del árido paisaje que ha frecuentado tras las ventanillas del autobús. Es mucho más, por supuesto, pero es evidente que el punto de partida es un viajero solitario que mira y piensa y se mete en el interior de las horas mientras va de una ciudad a otra.

Julio ha tenido la gentileza y la generosidad de pedirme unas palabras para la solapa de su libro (siempre es un placer acompañar a los amigos en sus aventuras editoriales) y este es el resultado. Copio también tres breves poemas del conjunto que definen a la perfección su tono, su abanico de búsquedas y hallazgos. No os lo perdáis: es un libro que ha madurado mucho tiempo en manos de su autor, un libro escrito y corregido hasta que cada fragmento encontrara su forma y su lugar idóneo en la serie. Si os gusta las atmóferas de road movie, tenéis una cita inexcusable con él.



Viajar no es sólo desplazarse de punto a punto, salvar una distancia. Es salirse del tiempo lineal, entrar en un espacio transitorio donde las viejas cotas, las lindes familiares, pierden su validez por unas horas. Todo es provisional, todo queda en suspenso o se vuelve materia de deseo, de planes que la mente bosqueja para ser con más fuerza ella misma. Entretener la espera, apurar la botella de la resignación, mirar por la ventana un paisaje a la vez distante y familiar, inerte y elocuente.

En sintaxis asfalto, Julio Espinosa Guerra nos da algo semejante a una épica (feroz y fragmentaria) de los viajes domésticos, un himno taciturno que anota cuanto ve, cuanto medita, cuanto imagina, y lo reúne en finas astillas de palabras que son como dibujos en ventanillas polvorientas: cables, pájaros, ramas, llanuras de cemento, charcos y amaneceres, el ruido del motor y la belleza exhausta del desmonte… Como el viajero que observa su reflejo sobre el telón de fondo del paisaje, así el yo se descubre a sí mismo al descubrir la tapa de lo real, del mundo inalcanzable que fluye por sus ojos. Estos poemas se presentan ante nosotros como naipes de una baraja desordenada, a la espera de un orden que sería también, como bien dice el título, una nueva sintaxis. Se cumple de este modo uno de los propósitos del viaje: ponerse al día con la propia vida, concebir la ilusión de un recomienzo.



de sintaxis asfalto

4

Y de pronto
el campo
tierra
surco
trigo
Signos transparentes
abiertos al ojo
Un cascarón que se rompe
sin polígonos
ni ciudad
¿ni ciudad?
Cables de alta tensión
Líneas caligráficas
cercenando el vuelo


5

En medio de la nada
que es el todo
sin cemento
un campo de amarillo
Bulldozer desguazados
a la orilla de la vía
Grafía oxidada
Virus
del paisaje


31

Cables eléctricos
Y pájaros como signos
escribiendo con sus cuerpos
lo real

lunes, noviembre 29, 2010

paul muldoon / brownlee

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Por qué Brownlee se fue

Por qué Brownlee se fue, y adónde,
sigue siendo un misterio.
Pues si alguien debía estar contento
era él: un acre de patatas,
dos de cebada, cuatro bueyes,
una lechera, un techo de pizarra.
Fue visto por última vez
yendo a arar muy temprano
una mañana radiante de marzo.

Al mediodía Brownlee ya era famoso;
todo lo suyo estaba desatendido, el último
surco aún por abrir, su par de pencos
negros, como marido y mujer,
desplazando su peso de unas patas
a otras, y oteando el futuro.


Más Irlanda. Cuando llegué a Sheffield en septiembre de 1992, una de las primeras cosas que hice fue asistir como oyente a las conferencias (las célebres lectures universitarias) sobre poesía británica contemporánea que Matthew Campbell, entonces un joven profesor de greñas rojizas, daba en los sótanos de la Torre de las Artes. Aulas oscuras con amplios graderíos que se llenaban en pocos minutos para escuchar genuinos tour de force expositivos llenos de conocimiento de causa, ironía y lucidez. Campbell (que formó parte, tres años y medio más tarde, del tribunal de mi tesina sobre Peter Redgrove) estaba particularmente interesado en la poesía irlandesa, y uno de los primeros poemas que leyó y comentó con su habitual brillantez fue esta breve pieza de Paul Muldoon (1951), «Why Brownlee Left», de su libro homónimo publicado en 1980. Recuerdo que lo recitó con una mueca feroz y se centró especialmente en los primeros versos: ese tal Brownlee que, al parecer, debía estar contento o satisfecho por tener nada menos que «un acre de patatas, / dos de cebada, cuatro bueyes, / una lechera, un techo de pizarra». ¿Cómo es que alguien podía despreciar un tesoro semejante? La ironía de Muldoon, aquí, asoma su sonrisa traviesa para dar paso, al final de la segunda estrofa, a una imagen al mismo tiempo doméstica y misteriosa, inquietante y ligeramente humorística.

«Why Brownlee Left» es uno de sus poemas más estudiados y antologados (uno se lo encuentra, de hecho, en incontables páginas de la Red), pero es también, a pesar de su aparente sencillez, un poema muy difícil de traducir. O al menos lo ha sido para mí, pues sólo después de muchos años y varias sentadas he dado con una formulación más o menos aceptable. Tiene una dicción muy suelta, con toques de sorna irónica y distante, pero al mismo tiempo consigue que entendamos a la perfección (y sin decirlo a las claras) el por qué del título. Aunque parece una pieza menor, y quizá lo es, tiene algo de puerta de entrada a la obra, francamente difícil y exigente, de Muldoon. Una obra que en libros posteriores se llena de juegos de palabras, de chistes poco menos que privados, de rimas intelectualmente rebuscadas y complejas estructuras estróficas. De todos los poetas contemporáneos de habla inglesa, sospecho que Muldoon es ahora el más difícil de traducir.

El original, por cierto, aquí.


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sábado, noviembre 27, 2010

fallon / abedules

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Leyendo el último número de la revista Poetry Nation Review, me encuentro con un breve poema, casi un apunte, del irlandés Peter Fallon (1951), poeta, traductor y fundador de la legendaria editorial The Gallery Press. Cuatro versos que tienen algo de haikú y mucho de greguería y en los que percibo, vaga o tenuemente, un eco del calor del verano. Los traduzco y los copio aquí, con la esperanza de que nos protejan un poco de estos primeros compases heladores del invierno.
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Abedules

Sombras y más sombras
cruzan el camino;
una hilera de abedules:
código de barras.


Trad. J. D.

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miércoles, noviembre 24, 2010

tres

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Una ciudad de gentes que cada mañana ignora en qué idioma va a hablar. Se turnan para ser los primeros.

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Sólo perdiendo el tiempo se encontraba a sí mismo.

*

Algo como un espejo, pero que reflejara tan sólo nuestro
olor.
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martes, noviembre 23, 2010

invernal

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Ahora que el invierno está próximo, el cuerpo rehúye las calles pero la mente las busca con alivio, feliz de haber dejado atrás el embotamiento del verano. Las ideas se estiran y prosperan, el sol no las oprime, hay como una amplitud en el aire que resiste incluso a las contracciones del frío. Más todavía si el cielo, como ayer a media tarde, aparece despejado: un azul denso, impenetrable, reverso del negro casi gótico que vino a sucederle. Cuerpo y mente prefieren estaciones distintas, sí. Y uno debe aprovechar la fuerza que le es dada, venga de donde venga. El invierno es para él, desde hace mucho, el espacio para el juego del pensamiento.
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sábado, noviembre 20, 2010

taller del hechicero

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Si yo fuera fotógrafo, creo que uno de mis primeros proyectos sería retratar chapisterías o talleres de reparación de coches. De hecho, me extraña que no sea un asunto más frecuente, salvo en viejas imágenes algo hopperianas de pueblos norteamericanos donde los letreros de Exxon o de Mobil tienen la fuerza icónica de una bandera. En nuestras ciudades, al menos, son de los pocos espacios urbanos donde todavía quedan restos de una tecnología primitiva, de ruedas y discos y engranajes mecánicos que se conciertan con resultados más o menos tangibles. Es el reino de un trabajo manual que ya no puede servirse de materiales nobles (madera, tela, piedras preciosas o de cantería) pero que tampoco ha ascendido a ese otro estadio donde la electrónica permite una distancia higiénica entre el músculo y el objeto dañado. Es inevitable mancharse las manos y la cara, asomar los ojos entre marañas de tubos y cables y manchas de aceite. Y luego están los garajes, esos bajos de edificios abiertos en su interior como vientres de ballena tiznados de hollín, con forjados de uralita y tragaluces vidriosos que no dan a ningún sitio, en los que siempre hay una pequeña oficina mal ventilada donde el calendario hace las veces de altar. Son espacios fascinantes, madrigueras de topo en medio del paisaje saneado de la ciudad moderna. Lo más curioso es que a ellos confiamos la reparación de nuestros coches, como si siguiéramos obedeciendo a la vieja superstición de que un objeto precioso sólo puede ser restaurado por una intervención excepcional, como si no pudiéramos vivir -al menos en apariencia- sin la diligencia de magos o curanderos de saberes esotéricos. El paso del coche por el taller tiene algo de rito de iniciación: hay que entrar en lo oscuro para borrar la mancha o la dolencia y salir como nuevo al otro lado. Y ellos, los mecánicos, son los oficiantes inescrutables y algo displicentes de este rito. Retratarlos en sus garajes urbanos seria, imagino, como documentar el final de los últimos mohicanos, con ese aire de tribu irreductible que se niega a trasladarse a la reserva normalizada de los concesionarios.
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jueves, noviembre 18, 2010

tijeras de sombra

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Iba andando de noche por el paseo del estanque, siguiendo la hilera de farolas anaranjadas que separa el camino de asfalto de los setos y los pequeños recuadros de césped arbolado. Cada vez que dejaba atrás una farola, mi sombra enflaquecía y me adelantaba con rapidez hasta desvanecerse, pero justo entonces, al acercarme a la siguiente farola, una sombra compacta, negrísima, se formaba detrás de mí y empezaba a crecer y aclararse y ponerse a mi altura. Y así sucesivamente: sombras que no dejaban de crecer a mi espalda y de rebasarme luego velozmente hasta borrarse en el asfalto. Como si estuviera enviando emisarios en misión de reconocimiento que caían abatidos tan pronto alcanzaban un misterioso límite invisible, o como si mis sombras quisieran protegerme y les pudiera siempre la urgencia, el deseo de abrir camino a toda costa. El juego de adelantamientos y desapariciones tenía cierta gracia rítmica, como la oscilación de un émbolo o los tijeretazos de una mano avisada. Un juego, sí. Una forma de hacer más habitable el camino de vuelta a casa; de hacer a un lado cansancio y ansiedad. Pensé, por un instante, que andaba por un claro abierto por mis sombras. Algo así como un buen poema: un centro de claridad bajo palabras oscuras.
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martes, noviembre 16, 2010

explicaciones

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Me escriben algunos amigos, extrañados (quizá preocupados) de que no haya actualizado la bitácora desde hace más de diez días. Miro las entradas del año pasado por estas mismas fechas y veo que hay un vacío similar: es tan sólo que la carga de trabajo se espesa hacia la mitad de trimestre y termina formando una madeja impenetrable, por la que sólo se puede avanzar a machetazos, con golpes secos y rotundos. Esta es temporada de muchas exposiciones y a mí me toca sacar adelante los catálogos con toda su cohorte de proyectos laterales. Un trabajo apasionante, desde luego, pero difícil de compaginar con otras inquietudes. Así que nada grave: tan sólo el ritmo habitual de estas fechas imponiendo su pesado lastre.

No son tan sólo los catálogos, sin embargo. Por alguna razón, este trimestre se me ha ido (es un decir) escribiendo varios textos críticos que irán viendo la luz a lo largo de las próximas semanas y meses: el prólogo de una antología de la poesía del escocés John Burnside que Pre-Textos publicará el año que viene; un epílogo a la edición bilingüe que Julio Mas Alcaraz ha realizado del segundo libro de John Ashbery, El juramento de la pista de frontón, de inminente aparición en Calambur Editorial (he colgado la portada -espléndida, obra como siempre del editor Emilio Torné- en la columna de la izquierda); un texto de acompañamiento para una memorable edición de los dibujos y carboncillos del pintor asturiano Melquiades Álvarez, Caminos, que Ediciones Trea acaba de enviar a la imprenta; y otro texto para mi buen amigo Eduardo Scala, cuya serie Visualabrev aparecerá en forma de libro a finales de este año (en La Oficina, la editorial que acogió Lost City). Muchas cosas, por tanto, más alguna conferencia, un par de textos de contraportada, la presentación del libro de Mercedes Roffé… Todo esto lo voy anotando, más que nada, para ir anunciando algunos de los libros cuyas portadas iré colgando en el margen izquierdo de la bitácora. Se trata, en todos los casos, de proyectos muy cercanos y francamente hermosos, pero tanta prosa crítica ha hecho que dejara a un lado esta página, las anotaciones cotidianas, hasta los aforismos que de vez en cuando solían aparecer como en sueños.

Por suerte, tengo amigos que creen en mi trabajo más que yo mismo. Poetas que no dejan de asombrarme por su fe en la poesía y su talento para iluminar la vida de sus prójimos. Uno de ellos es mi buen Elías Moro, quien ha decidido (él sabrá por qué) ir colgando en su
bitácora las entradas de Bestiario del nómada, un libro que escribí en dos tiempos, en 1995 y 2001 (es decir, hace una eternidad), y que es un diccionario de seres imaginarios y vagamente alegóricos. El otro es Óscar Curieses, que ha recogido algunas de mis «Iluminaciones» junto con otros textos de mis admirados Eduardo Moga y María Salgado en su bitácora Dentro. Mil gracias a los dos por su generosidad y su cercanía cómplice. Así, creo que ya lo he dicho antes aquí, todo es más fácil. Mira uno al frente con más optimismo, más esperanza.
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PS. No os perdáis, por cierto, los poemas de Derek Walcott que hemos publicado en Las razones del aviador...
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jueves, noviembre 04, 2010

la ciudad consciente / reseña

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Días de mucho trabajo, de nervios y plazos de imprenta que se nos echan encima sin apenas darnos cuenta. En tales circunstancias ha sido muy difícil tener actualizada esta bitácora, disponer de las horas y la tranquilidad necesarias para escribir o revisar lo escrito. Hoy, sin embargo, una buena noticia. El poeta y crítico asturiano Luis Muñiz ha tenido la gentileza, la generosidad, de escribir una atenta y muy detallada reseña de mi libro La ciudad consciente (Vaso Roto, 2010), que vio la luz a finales del pasado mes de junio. La primera reseña, y me temo que la última. Ya se sabe que el ensayismo literario... La leo, no obstante, con cierta incredulidad. ¿Puede uno imaginarse esta reseña publicada en algún suplemento literario madrileño? A esto hemos llegado, supongo, a convertir los mal llamados suplementos de los grandes diarios en listados de fichas técnicas y solapas descriptivas.

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La ciudad de los poetas.
Jordi Doce reúne sus ensayos sobre Eliot y Auden


La Nueva España, Culturas, 4 de noviembre 2010

El poeta, traductor y crítico literario Jordi Doce (Gijón, 1967) reúne en La ciudad consciente todos sus ensayos sobre T. S. Eliot y W. H. Auden, dos autores a los que ha vertido al español con enorme acierto (formidables son, por ejemplo, sus trabajos sobre «Burnt Norton» o «Marina», del primero, y «Calibán al público» o «España», del segundo). Doce es uno de los mejores traductores de poesía en lengua inglesa con los que cuenta ahora mismo nuestro país, pero, si bien sus versiones de Auden (Los señores del límite, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) llegaron a ocupar espacio en las librerías, no ocurrió otro tanto con las de Eliot, pues la antología de éste que él y Juan Malpartida prepararon en 2001 para Círculo de Lectores no fue distribuida más que entre los socios del club por un problema con los derechos de autor. Una lástima, porque todas las traducciones incluidas en ese volumen tienen gran interés, empezando por la de Cuatro cuartetos de Doce y la de «La canción de amor de J. Alfred Prufrock» de Malpartida.

Precisamente dos de los ensayos que contiene La ciudad consciente son los prólogos que el gijonés escribió para introducir sus versiones de ambos po
etas, cuya obra, según afirma en el prefacio del libro, «señala un momento de transición en el desarrollo de la poesía moderna en lengua inglesa. Un momento –prosigue– que cabría definir como el epílogo del legado simbolista y el preludio de otra edad, en la que aún estamos, caracterizada por la incertidumbre sobre el rumbo a seguir». Como lector, Doce considera la postura de Auden «más sensata o provechosa a estas alturas de la partida», pero admite que la poesía de Eliot es «una cima de perfección estética que ningún poema de Auden está cerca de emular». Sin embargo, rompe una lanza por el segundo al reconocer que su trabajo «da carta de naturaleza al poeta como ciudadano burgués maniatado por las contradicciones de su condición», que es justo el lugar más alejado del «púlpito de superioridad solitaria» desde el que lanzaron sus prédicas Eliot, Yeats, Valéry o Juan Ramón Jiménez; una tribuna que «nuestro tiempo, teñido de ironía y descreencia», ya no permite levantar.


Eliot y Auden, poetas modernos, tienen como nexo la ciudad, aunque, por más que ambos sigan a Baudelaire, difieren en el tratamiento que conceden al tema. Para el primero, sobre todo en su obra inicial, la ciudad no es un escenario, sino el otro protagonista del poema, que agrede al flâneur en sus paseos y sacude al insomne en sus vigilias; un personaje al que, de acuerdo con los dictados del simbolismo finisecular, pero también de conformidad con su exigente fe puritana, condena por «su materialidad grosera» y porque es «el espacio de la caída». Más adelante, en Cuatro cuartetos, ya definitivamente embarcado en su proyecto de recuperación del dogma religioso, le otorgará «de manera invariable rango infernal o de pesadilla».

En cambio, Auden («tal vez nuestro primer poeta posmoderno») no ve en la ciudad sino el ámbito donde se desarrolla la vida cotidia
na, y su presencia, explica Doce con sumo tino, «se traduce en la irrupción de la prosa en el poema», algo que en su día ya percibió con claridad Jaime Gil de Biedma, quizá su primer valedor entre nosotros. En su obra, como expone el gijonés, la poesía se contamina «de datos circunstanciales y epocales, reinventándose como enunciado de un sujeto consciente afincado en un lugar y un tiempo muy concretos». Y esto es así porque, para él (como luego lo será para John Ashbery), la ciudad también es el centro emisor de la jerga periodística y el territorio de la vulgar reflexión a la que se entregan los urbanitas en sus tiempos muertos. Sin embargo, esta reivindicación de lo apoético que Auden inaugura, esta propuesta democratizadora que reacciona contra la voz absolutista de los herederos del simbolismo (Eliot entre ellos), no estaría completa si antes el autor no hubiera quedado marcado por lo que Doce llama «el estigma del poeta moderno», que es, al mismo tiempo, «la fuente de su poder»: la voluntad de creer cuando creer es una actividad que «el escepticismo y la duda» sabotean sin descanso; voluntad que es una maldición para quienes, como dejó escrito en «Monumento a la Ciudad», «fieles sin fe, murieron por la Ciudad Consciente».


De esas dudas está llena la poesía de Auden; de dudas y, a veces, de contradicciones tan visibles que el autor se sintió impelido a corregirlas. Quizá la más famosa sea la que afecta a su poema «España», compuesto en 1937 al calor de su viaje a nuestro país. En plena contienda bélica, el poeta cede al entusiasmo revolucionario con el que hasta entonces sólo había coqueteado intelectualmente y se granjea críticas muy severas con el verso: «La aceptación consciente de culpa ante el asesinato necesario». Tres años después, incómodo con los reproches, trueca su última parte en el impreciso sintagma «el hecho del crimen». Finalmente, en la edición de su poesía reunida publicada en 1966, lo excluye con el argumento de que es un poema «deshonesto», aunque, para probar esa deshonestidad, no cita el verso en cuestión, sino las dos líneas finales: «La Historia a los vencidos / puede ofrecer su pena pero no ayuda ni perdón». Y razona: «Decir esto es equiparar bondad y éxito. Haber sostenido esta doctrina perversa ya habría sido bastante siniestro, pero haberla puesto por escrito sólo porque me sonaba retóricamente eficaz resulta imperdonable».

Otro ejemplo de esta pulsión correctora es el verso de «1 de septiembre de 1939» que reza «debemos amar al prójimo o morir», luego transmutado en «debemos amar al prójimo y morir». Doce dedica a este largo poema, que Auden también decidió dejar fuera de su poesía reunida, gran parte de su último ensayo, «El poeta en la ciudad», quizá el más valioso del conjunto. Como nos recuerda el crítico asturiano, la pieza (y, en concreto, sus dos versos iniciales: «Estoy sentado en uno de los antros / de la calle Cincuenta y dos») suele ponerse como ejemplo de la superación de la concepción vática que instauraron los románticos y que, con todos los matices que se quiera, llega hasta Eliot. Joseph Brodsky, entre otros, ha intentado probar que en este poema Auden se transforma en una suerte de informador con veleidades de moralista, alguien que puede plasmar los temores de una época poniéndose a la altura de quien los padece. Sin embargo, si es así, lo hace sin acabar de decidir qué papel le gusta más: si el del cronista en pugna con el oráculo del vate o el del «legislador no reconocido» del mundo que propugnaba Shelley. De esa indefinición, de ese no saber si bajarse o no del púlpito, Doce extrae una idea iluminadora: Auden no está rompiendo con el linaje alto romántico, lo está adecuando «a las nuevas circunstancias imperantes», aunque sea a través de una disfunción en la que cabe ver la consecuencia de una nueva contradicción: aquélla en la que sume al poeta el desdén de la misma sociedad a la que intenta acercarse.

Luis Muñiz
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