lunes, junio 28, 2010

siete sietes


Tan pronto abre la boca para hablar las cosas se apartan como animales recelosos.

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Cuando menos la piensas, salta la frase.

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No te acerques tanto; vete, retrocede algo más aún, o nunca podré saber quién eres de verdad.

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Sin esa libertad que confiere el que nada de lo escrito se cumpla, muchos no anotaríamos una sola línea.

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Manos impolutas, de dedos finos y uñas perfectas a excepción de una, mordida y castigada con saña.
   Quienes piensan que la uña arruinada es el arte. Quienes piensan lo contrario.

*

Lo peor es que me lo dijo por teléfono. Hasta para la estupidez cabe observar, al menos, cierto respeto por el medio.

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Esa carcajada, felizmente ostentosa, con que espantaba a los emisarios de la muerte.

sábado, junio 26, 2010

robert bly / lago que habla

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Conduciendo hacia el río Lac qui parle

I

Anochece en Minessota mientras conduzco.
El campo con rastrojos retiene la última crecida del sol.
Los tallos de soja respiran.
En los pueblos, los viejos se sientan a la puerta
                 de sus casas
sobre asientos de automóvil. Soy feliz,
la luna se alza por encima de los cobertizos.


II

En la carretera de Willmar a Milán
el pequeño universo del coche
se hunde en los profundos campos de la noche.
Esta soledad cubierta de hierro
se mueve a través de los campos nocturnos
penetrada por el ruido de los grillos.


III

Cerca de Milán, me sorprende un pequeño puente,
el agua arrodillada a la luz de la luna.
En los pueblos, las casas se alzan a ras de suelo.
La luz de las farolas cae
sobre los cuatro costados de la hierba.
Cuando llego al río, la luna llena lo cubre;
en una barca hay gente que habla muy bajo.

Un poema de Robert Bly (1926), un breve tríptico de su primer libro, Silence in the Snowy Fields (1962; Silencio en los campos nevados), en el que demuestra cómo se puede actualizar en clave moderna la sensibilidad oriental.

Descubrí a Bly en The Penguin Book of Contemporary American Poetry, de Donald Hall, en un ejemplar de segunda mano que compré al poco de llegar a Sheffield, en el otoño de 1992 (ya he hablado de este libro en otras entradas de la bitácora, y en particular en la que dediqué al propio Hall hace justamente un año, cuando traduje su poema «Manzanas»). Traductor de Thomas Transtörmer, de Vallejo y de Neruda, Bly fue uno de los poetas más activos del movimiento de protesta contra la guerra de Vietnam. Luego, a finales de los años setenta, se convirtió en una especie de gurú de la estética new age y su poesía se diluyó por el camino, aunque sus últimos libros (el mejor es Morning Poems) siguen teniendo un encanto especial.

Por cierto que Octavio Paz, en algún lugar de su correspondencia, lo llama «El porquero de Minnesota» a cuenta de una reseña hostil que dedicó a Renga y algún otro libro del poeta mexicano. Es verdad que Bly vivió muchos años en una pequeña granja muy cerca de la frontera con Canadá, pero no parece que fuera muy aficionado a los trabajos manuales. Él mismo confiesa en una entrevista que cuando no traducía o escribía artículos por encargo «pasaba mucho tiempo en el campo, sentado. Había paz. El silencio seguía siendo mi pasión». Es algo, me parece, que se ve muy bien en este poema.

El original, aquí.

miércoles, junio 23, 2010

la ciudad consciente


En un mundo ideal uno escribiría siempre lo que quiere, no lo que puede. Y haría los libros conforme a un plan y ese plan no cambiaría con el tiempo, sino que abriría espacios en ese mismo tiempo para imponer nuestro deseo. La realidad, al menos en mi caso, es muy distinta. Desde hace algún tiempo los libros se organizan a su gusto a partir del material que voy reuniendo casi sin darme cuenta: notas dispersas, poemas, ensayos y traducciones… Todo cobra forma por azar o al dictado de circunstancias que me rebasan, y el resultado final aparece sólo cuando quiere, o cuando me necesita para completarse. No es que los libros se hagan solos (su esfuerzo me ha supuesto escribirlos, después de todo), pero sí que llegan a su término por caminos o carriles que nunca habría supuesto.

El ejemplo más inmediato es La ciudad consciente, el libro que acaba de publicar Vaso Roto gracias a la generosidad de Jeannette L. Clariond y Martín López-Vega y que reúne mis trabajos sobre T. S. Eliot y W. H. Auden, dos poetas a los que he traducido a lo largo de más de diez años y que han terminado acompañando y condicionando muchas de mis reflexiones sobre poesía contemporánea. Sin darme cuenta, cada uno de los ensayos que componen el libro iba completando o respondiendo al anterior, de forma que el conjunto dibuja un territorio cuya coherencia, si la tiene (y espero por mi bien que la tenga), responde más a la evolución de su autor en el tiempo que a ningún plan preconcebido. Son tres ensayos sobre Eliot (uno global sobre su toda su obra, otro centrado en el poema «Marina», y otro más sobre los motivos recurrentes que animan su poesía inicial), dos sobre Auden, y una breve introducción que trata de explicar o de justificar el interés que estos dos poetas siguen teniendo para mí.

El libro se ha retrasado mucho y ve la luz en fechas comprometidas, cuando acaba de terminar la Feria del Libro y el verano oficial ya está en marcha. No sé muy bien qué puede ser de él en un país donde se publican más de setenta mil títulos anuales y en el que la crítica literaria tiene una presencia casi testimonial en las librerías y en el horizonte de los lectores de poesía. Presiento que está condenado de antemano a la marginalidad. Por eso, venciendo un poco mi resistencia a utilizar la bitácora como plataforma publicitaria, escribo estas líneas anunciando su publicación. Con independencia de las virtudes que pueda o no tener, me arriesgo a decir que es un libro escrito desde la paciencia y la pasión, un libro pensado y repensado a lo largo de muchos años y cuyos argumentos están en la base de casi todo lo que he escrito recientemente. En ese sentido, responde perfectamente a esa idea del propio Auden según la cual el trabajo crítico de un poeta es una forma sutil o sesgada de autobiografía, de debate consigo mismo.

Añado que siempre es una alegría publicar nuevo libro. Y que la alegría es mayor si se comparte. Lo hago ahora, no sin antes citar los versos de Auden (de «Monumento a la ciudad») que dan título al libro y que son, por cierto, un retrato paródico pero también comprensivo de la sensibilidad romántica. Creo que ellos os darán una idea de por dónde van los tiros de este libro:

Los yermos eran peligrosos, las aguas bravas, sus ropajes
Ridículos; no obstante, cambiando con frecuencia de Beatrices,
Durmiendo poco, no cejaron, plantaron la bandera del Verbo
En lugares sin ley […]

Las quimeras les flagelaron, se dejaron vencer por el spleen […]
Cercados por el hielo de la desesperanza en el Polo del Alma,
Murieron solos, inconclusos; pero ahora las prohibidas, las ocultas,
Las salvajes afueras se habían dado a conocer:
Fieles sin fe, murieron por la Ciudad Consciente.
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martes, junio 22, 2010

beyond and before

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Cuando uno aprende que escribir una página feliz no da siquiera un minuto de felicidad, que no cambia nada en nosotros ni en quienes nos rodean en relación con nosotros, que no nos hace más sabios ni más ligeros, que su felicidad –la de la página– es autónoma y sólo podrá iluminar a terceros a distancia, sin que nosotros lo sepamos o podamos incluso sospecharlo, cuando uno recibe estos fragmentos de decepción, digo, sobreviene una segunda vida, una calma modesta hecha de espacio libre, de irresponsabilidad, que es como decir de nueva juventud, precisamente porque no se tiene nada, se espera menos, y en este páramo preventivo ya no hay ambiciones que agosten prematuramente el deseo.

domingo, junio 20, 2010

feriante

Tan pronto sale de su casa, el escritor está a merced de los malentendidos.

jueves, junio 17, 2010

huésped

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© Bernard Plossu


If only the phantom would stop reappering!
John Ashbery, «Faust»

Miro desde la puerta el polvo suspendido,
la luz tardía en las cortinas, y todo el tiempo
el fantasma está ahí: lo intuyo

en la brizna de nada que dura un parpadeo,
el aire al que interroga una página en blanco,
la música difícil de los huesos.

Ha ocupado su puesto junto a las otras sombras.
Una mella en la sangre, un rasguño tenaz.
Algo que no consigo aislar aunque lo intente.

Es rápido y esquivo, no tiene prisa.
Simple como la noche es simple,
como la noche cae con sobriedad de autómata.

Hace mucho que las palabras dejaron de ayudarme,
pero a veces las llamo siguiendo un viejo hábito.
Él brilla entonces un instante, ondea y se disipa,

y un puño de negrura ocupa su lugar hasta borrarlo.
Viejas palabras, viejos hábitos…
Ni siquiera la noche dura lo suficiente.

Ligera y lenta como una sospecha,
la luz de la mañana recorre a tientas el estudio
y todo gira una vez más
en la rueda de las apariciones.
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sábado, junio 05, 2010

reginald gibbons / chicago

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He hablado del escritor Reginald Gibbons (Houston, Texas, 1947) en otras ocasiones, en especial con motivo de la publicación, hace seis o siete meses, de una antología de sus poemas en la editorial extremeña Littera Libros. El libro se llamaba, se llama aún, Desde una barca de papel, y recoge poemas de todos sus libros hasta llegar a Creatures of a Day (2008), con el que fue finalista del National Book Award en 2009. No es su último libro publicado. Hace poco ha visto la luz Slow Trains Overhead: Chicago Poems and Stories, que recoge poemas y relatos ambientados en su ciudad adoptiva, Chicago, y cuyo título hace referencia al tren elevado, el EL, que recorre desde 1892 el centro de la ciudad y es una de sus atracciones más célebres y características. Un tren que va algo más despacio de lo que dice el título, porque su autor me envió un ejemplar del libro hace semanas y todavía no me ha llegado. Habrá que esperar un poquito más aún para disfrutarlo.

Animado por la preparación de la antología, traduje un largo poema de Creatures of a Day para un número especial de la revista Eñe dedicado a la literatura norteamericana. Se títula «Oda: En una estación de servicio de 24 horas», es un largo poema en prosa y forma parte de una serie de piezas extensas que recorren el libro comentando las superficies y texturas de la Norteamérica contemporánea, su mezcla de opulencia y miseria, de riqueza y vulgaridad, los malentendidos sociales y culturales que atraviesan la convivencia en una sociedad maleada por los caprichos del mercado. Uno de los rasgos más curiosos de esta serie de poemas es que Gibbons suele empezar cada nueva estrofa o párrafo retomando, a modo de eco, las palabras finales del precedente. Y también que la mirada que el narrador (porque son poemas tan narrativos como meditativos) arroja sobre sí mismo está llena de dudas, de perplejidades, de algo muy parecido a la mala conciencia social de la que hablaba Gil de Biedma hace cincuenta años.

El poema es tan lúcido como inquietante, creo yo. Y fue un placer traducirlo. El problema o escollo principal fue dar voz, un tono de voz verosímil, al anciano que conversa con el narrador. No sé si lo he conseguido. Pero sé que con este libro Gibbons nos demuestra que es posible hacer una poesía culta, trabajada, nada complaciente en términos de lenguaje y dicción, y al mismo tiempo asomarse con nobleza a los pliegues y hondones de nuestra mal llamada sociedad de la abundancia.



Oda: En una estación de servicio de 24 horas

En una estación de servicio con garaje y un tétrico Food Mart abierta las 24 horas en una esquina de la ciudad donde siempre hay tráfico, junto a un local de una cadena de restaurantes que sirve desayunos y pastel inerte y pesado día y noche,

En torno a medianoche, cuando hace frío, en torno a la parte delantera de mi coche con el capó levantado, cinco jóvenes mexicanos, no como yo, sus padres podrían vivir en granjas, se arremolinan para ver el mecanismo, y el que sabe del asunto, después de esperar hora y media la entrega de las piezas de recambio y después de trabajar en otros coches mientras enseña a los demás,

Cambia el radiador estropeado, más para su público que para mí, y recuerdo haber visto

Haber visto en México, no como aquí, un mercado donde junto a cada quiosco de flores atentas, expuestas para los que pasaban junto a ellas, y junto a cada pirámide de mangos, papayas, tomates, plátanos, naranjas y pimientos vigilantes, se sentaba el que los vendía, un representante humano de la abundancia y la privación, del comercio y el trabajo, esperando,

Pero aquí quien vende su trabajo no debe esperar,

Y mientras espero, yo a mi vez he salido para ver qué ocurre, he vuelto a entrar, he meado en el servicio mugriento, he vuelto a salir, he vuelto sobre mis propósitos y remordimientos, surgida de ningún sitio he sentido esa punzada de añoranza familiar por alguien muy querido que está en otro sitio, miro el reloj,

Los muchachos miran y bromean, no llevan ropa suficiente contra este mundo helador, y sin cobrar aprenden,

Yo aprendo cómo se transmite el saber para que otros jóvenes puedan ganar algo de dinero con sus manos,

Puedes ganar dinero con tus manos, tu velocidad, tu espalda o tu cerebro, y con lo que hay entre la verdad y una mentira, lo que tienes entre las piernas, puedes ganar dinero,

El dinero no era lo que primaba en mi mente hace tiempo

Cuando era joven, para mí aprender era algo que estaba en los libros, los libros no eran inertes sino que a veces parecía que fueran a batir como alas entre mis manos, quería todos los libros que fuera capaz de conseguir y pensaba que el dinero, en cantidad suficiente, acabaría por llegar de un modo u otro,

Aquí llega de manera constante a los dos dueños, socios, italianos, no como yo, presiden por turnos el garaje, la tienda medio vacía, el café recalentado, «Gratis» dice el letrero, en una jarra polvorienta y medio vacía sobre una bandeja que quema, sobre los baños mugrientos y el hueco entre ellos, una especie de sala de espera…

Tres butacas unidas y decrépitas que han sido transplantadas de algún teatro cerrado por falta de público.

~

Vuelvo a entrar y me siento un rato en una butaca, y en el otro extremo, un asiento vacío entre nosotros, hay un viejo, no como yo, le vi antes hablando con el italiano del turno de noche, descansa sus dos manos en un bastón tallado con un pomo de madera como una hoja de hacha roma, lleva una gorra negra de marinero ladeada con aire festivo o negligente,

Va usted elegante, me dice, pero no llevo puesto nada especial, y como suelo ponerme en guardia ante los demás, así es como aprendí a comportarme, había evitado adrede saludarle con los ojos mientras me miraba,

Ahora su acento me dice que es de aquí, porque

Éste es un lugar, aquí, con ochenta acentos diferentes, un barrio de ciudad con casas de dos y seis apartamentos, feas y baratas, casas de madera, casas de proyectos de futuro desiguales y de familias acabadas y dispersas, de viejos mundos que no encajan, de niños que aman a sus abuelos y se avergüenzan de ellos, de breves juergas y largas y duras horas de trabajo, de viviendas corroídas por el aliento y las corrientes de la ciudad,

Aquí, respirando con fuerza, algunos hombres y mujeres han escapado de la mortalidad en otro lugar –Little Rock o Sarajevo– o han sucumbido aquí a la mortalidad después de cruzar océanos desde Saigón o Beirut, los escaparates tienen

Don de lenguas, el aire está lleno de palabras, de mugre, creencias equivocadas, olor a comida comercial, gasolina, éste es el aire de la ciudad, y

Y el anciano, un ser de la ciudad, quiere conversación y

Y para salvar mi alma mortal unos minutos, me giro hacia él y doblego mis ojos,

Adivine de dónde soy, me dice, nunca lo adivinará.

~

Pruebo Polonia y se le ve sorprendido pero también satisfecho de que no ha logrado engañarme,

Golpea el suelo con el bastón y me cuenta su historia

(Parte de ella: Judío, sobrevivió, no me dice cómo, se quedó en Varsovia hasta la década de 1950, era sastre, vino a este país, a Chicago –como cruzar una puerta, dice, creo saber lo que quiere decir– y trabajó muchos años en el negocio textil, trajo su bastón consigo, lo lleva a todas partes, ahora tiene un buen puesto en el rastro, guarda el género ahí toda la semana, tiene ropa de calidad, Venga y la verá, vive a dos manzanas de aquí, cada noche se despide de su mujer, ella dejó de salir, él viene aquí, al garaje, se queda sentado una o dos horas y bebe el inmundo café gratis, incluso en mitad de la noche habla con quien esté esperando junto a él),

Este lugar es cuanto puede usar en esta parte del mundo

Como usó una vez los cafés de Varsovia

(En Varsovia, antes de escapar de aquellos sistemas burocráticos del miedo, no habría podido prever la negligencia de este sistema y sus estridentes voces transmitidas, sus productos fantásticos, sus incrustaciones de fantasía, pero le movió la esperanza de ganarse la vida y lo consiguió),

Cardin, Claiborne, Calvin Klein, Tommy, dice con orgullo, Ahorrará dinero, Es el rastro más grande que hay, cientos de puestos, Todo, Buena ropa el fin de semana, ¿Por qué no va?

Le cuento parte de mi historia: no de Varsovia sino de Lodz y antes aún, de Bialystok, vinieron mis abuelos maternos, judíos, hace cien años, tenía razón, dice con orgullo, ya decía yo que parece europeo,

Así que digo, Una mitad lo es,

Y veo el joven espectro de mi padre huyendo de nuevo de la granja de su padre irlandés y su madre medio choctaw, en el estado de Mississippi, y veo su viejo espectro retrocediendo y apartándose de esta conversación y le pregunto al viejo, ¿Cómo se llama?

Bill, dice, y sonríe, y un hombre despeinado de unos treinta años, no como Bill o yo, con paso ligero y una sección arrugada de periódico en la mano, cruza por delante de nosotros y sin tocar el pomo del servicio de caballeros entra directamente en el de señoras; Bill y yo oímos con claridad el clic de la cerradura

~

Y nos miramos el uno al otro, ahora vuelvo, le digo, y salgo al garaje y el quinto joven sigue trabajando en el radiador, explicando a los otros cuatro lo que hace, todos me miran con una sonrisa, tiemblan de frío y ríen y se dicen chorradas, de nuevo pienso en o soy pensado por alguien que está lejos, a quien echo de menos y que quisiera ver de nuevo, ahora mismo,

Cuando Bill me ve regresar ladea la cabeza hacia el servicio de señoras y levanta las cejas para decirme que el tipo sigue ahí, y nada más sentarme una joven cruza por delante de nosotros, hay angustia en su rostro, no como en el mío,

Lleva ropa barata pero fina, con zapatos elegantes, veo que Bill ha tasado su ropa, nadie podría negar que tiene una boca hermosa, cruza por delante de nosotros y entonces el pestillo cerrado del servicio de señoras la hace detenerse, nos mira con vergüenza, con urgencia, El de caballeros está libre, le digo amablemente y ella parece ofendida por que me haya dirigido a ella y abandona nuestro campo de visión

Y Bill suspira, se encoge de hombros ante mí, dice, ¿Se lo puede creer?

Antaño los hombres creían en dioses, le digo,

Es verdad, responde, pero cualquier cosa puede ser una puerta si la empujas: trabajar con las manos –¿ve estas manos?–; o la filosofía; o ver gente sufrir a tu alrededor; o un trozo de pastel de manzana; o vivir con tus propios pensamientos, día tras día donde ves que nadie tiene pensamientos así; o hasta la ropa…

¿O una boca hermosa de mujer? ¿O cinco muchachos hablando español junto a un radiador a medianoche?, pregunto,

Y Bill dice, ¡Sí, por supuesto! ¡O el bastón!, y levanta su objeto de madera oscura y gastada para hacerme ver que en el pomo, la cabeza, hay doce pequeños anillos deslustrados y tintineantes colgados de doce postes diminutos, el bastón parece casi capaz de saber, de ver, hasta de hablar,

Entonces oímos que alguien tira de la cadena y el tipo sale del servicio, ya no tiene el periódico en las manos, y sale tranquilamente,

Este polvo nocivo que hay sobre todas las cosas es como una hierba molida de abandono y dinero letal,

Puedo oler el café barato, espeso, recalentado,

La joven vuelve corriendo al servicio de señoras, la puerta cómplice ofrece la garantía del clic del pestillo, bibliotecas flotantes que debían llegar a lugares lejanos y sin libros se hunden por el camino, los medios de comunicación son un almacén de chatarra de coches nuevos, y los mineros yacen enfermos en sus cabañas, el dinero va siempre primero, todo es como siempre y distinto, cambiado, lirios o papayas o reparaciones a medianoche, tejanos azul marino o historias, y en este momento, como en cualquier otro momento, hay una posibilidad que el momento anterior no tenía, algún otro jalapeño u orquídea o tacón alto, alguna otra reparación de radiador, algún otro muchacho que se ha marchado de casa para encontrar trabajo,

Y Bill me mira, y cualquier hora mesiánica, apocalíptica u ordinaria de la noche y del día, como esta hora, parece infinita,

Le pregunto, ¿Qué haces aquí esta noche, Bill, tan tarde? ¿No es hora de que vuelvas a casa?

El italiano del turno de noche cruza el suelo de cemento del Food Mart en dirección al garaje, aprieta el paso mientras llama a voces a uno de sus empleados, Bill y yo le observamos, Chicago no es como Italia o México o Polonia, pero Polonia, Italia y México están aquí en el garaje, lo sé y no lo comprendo,

Bill extiende su mano gruesa y arrugada

Para darme la mano, ofrecer y recibir honores y reconocimiento, tenemos almas mortales

Y nuestras almas necesitan reparación constante,

No sé por qué, dice Bill… La maquinaria del planeta, eso pienso, me despierta por la noche, la ropa, las facturas, lo que dicen los periódicos, y luego si duermo tengo pesadillas, no, mejor sentarme aquí un rato más, hablar, hasta que usted se vaya. Entonces me voy.
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Trad. J. D.
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jueves, junio 03, 2010

a tientas

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Hace algunas semanas, un diario madrileño publicó un extenso reportaje sobre el poeta inglés Ted Hughes en sus páginas de cultura. El motivo, la edición de dos importantes libros suyos en España. Además de documentarse de manera bastante exhaustiva, el periodista tuvo la cortesía de entrevistar telefónicamente a las dos o tres personas que hemos contribuido a difundir la poesía de Hughes en nuestro país: en mi caso, la conversación duró cerca de cuarenta minutos y cubrió casi todos los aspectos de su obra. Me quedé con esa impresión un poco desconcertante que siempre produce charlar con un reportero (vergüenza o al menos incomodidad con mi entusiasmo, perplejidad ante su paciencia), pero también con la esperanza de que el resultado final estuviera a la altura de las circunstancias, es decir, que comunicara siquiera un poco de la fuerza y la entraña de la poesía del autor de Cuervo. Pensé: bueno, al menos se ha tomado la molestia de escuchar con detalle; si así ha hablado con los demás, por fuerza tiene interés en el asunto y quiere huir de los lugares comunes y los latiguillos periodísticos que han arruinado aproximaciones anteriores.

Sobra decir que era una esperanza infundada, como lo son casi todas. Cuando al fin el artículo vio la luz, volví a sorprender todos los clichés de costumbre, todos los datos biográficos corrompidos por una mirada sensacionalista y vulgarizadora, todos los matices y gradaciones echados por el sumidero de la simplificación y el maniqueísmo. De mi conversación de cuarenta minutos quedaron sólo dos frases idiotas que rubricaban sin bochorno las opiniones del reportero, haciéndome pasar como testigo a su favor. Me consta que otro de los entrevistados tuvo la misma sensación, y eso que en su caso optó por contestar por escrito, para evitarse disgustos y procurar que el resultado final se ajustara lo más posible a su voluntad o sus deseos. De nada le sirvió; la funesta herramienta del entrecomillado condujo sus palabras precisamente al territorio que había querido soslayar en todo momento: el de las etiquetas y las definiciones escolares, el dominio de las taxonomías y las oposiciones sesgadas.

Toda esta queja introductoria puede parecer un poco pueril, y de hecho lo es. El error inicial fue precisamente hacerse ilusiones. Cualquiera que haya tenido un mínimo trato con la prensa (y, en concreto, la prensa cultural) sabe hasta qué punto su ley es la distorsión, la ligereza, la falta de sosiego o de cuidado. Pero hay algo más, algo que no depende de la necesaria brevedad o urgencia del género. El periodista tenía dos largas páginas a su disposición, dos páginas de letra apretada y esquinas espaciosas donde moverse con tranquilidad, y sin embargo volvió a incurrir en los vicios de costumbre, esa escritura de fórmulas sobadas y entonaciones de segunda mano que es el equivalente a hablar de oídas, a ciencia incierta, rodeando las cosas desde fuera.

Así se redactan, en realidad (el verbo no es casual), la mayor parte de los textos que leemos, incluyendo muchas novelas e incluso libros de poemas que pasan por literatura y que no son sino extensiones de esta misma escritura periodística que es un poco la maldición de nuestro tiempo: una escritura que procede a tientas, por aproximación, como quien siluetea un monigote con tijeras y va cortando aquí y allá hasta llegar a un parecido razonable (¿soportable?). Una escritura que habita en las afueras y que, por mucho que quiera entrañarse, por mucho que trate de acercarse a la médula de su asunto, es por naturaleza exterior, un tanteo que siempre se queda a las puertas, que no sabe nunca muy bien si se ha excedido o se ha quedado corto, si hay rebaba en el contorno por donde pasaron las tijeras. Una escritura, por último, que sólo construye las curvas a basa de múltiples líneas rectas enlazadas, que sólo es capaz de generar matices y detalles como suma de algo y su contrario, de pasos en una y otra dirección; todo en ella, en fin, es pleonasmo, pues se mueve por tanteo, corrigiéndose en el curso de su avance, haciendo la media de sus afirmaciones tajantes y mutuamente divergentes.

No pretendo negar la utilidad del periodismo ni impugnar su existencia. Sería absurdo, por lo demás. Pero sí quiero llamar la atención sobre el imperio casi absoluto de un tipo de escritura –una poética, en fin, por mucho que me irrite o me parezca equivocada– cuyos vicios y limitaciones hemos interiorizado hasta el punto, muchas veces, de no verlos, y que contribuyen de modo activo a la estrategia niveladora del mercado. Una escritura que, como la publicidad, opera con la urgencia del trilero, del que tiene algo que esconder y no quiere que descubramos su juego, su trampa. Nuestro mundo vive precisamente en el poco espacio abierto por estos discursos, velado por la sombra de sus impaciencias y sus simplificaciones. Vivimos tan metidos en ese velo, tan al cobijo de su sombra, que hemos dejado de advertirlo. Y nuestra sensibilidad, como nuestra reserva, se ha vuelto más roma. Es cierto que los encargos mundanos nos ayudan a sacarnos de la inercia y a poner la máquina de escribir en movimiento, pero me inquieta la frecuencia con que aceptamos salir de nosotros para hablar de cosas que nos incumben sólo a medias, o que no terminamos de hacer nuestras, o que cierta pericia retórica sabe envolver en juegos de ingenio y de palabras. Porque la escritura que reivindico o que me parece propia de nuestro oficio es precisamente lo contrario de este ejercicio de tanteo y ensayo. No procede desde fuera, sino que parte de un germen, una semilla, y la hace crecer y levantarse y fructificar hasta darle contorno y volumen precisos. Podemos calificar a esta escritura de poética, aunque su dominio es tanto el verso como la prosa, tanto el poema como la novela o el ensayo cuando están dictados por el deseo, la fatalidad, eso que mueve las palabras desde dentro y las empuja hasta engendrar algo, lo que sea, dueño de vida propia. Así también ese periodismo de investigación o de viaje movido por una curiosidad genuina y un respeto escrupuloso a los hechos –así como por una profunda conciencia de estilo–, donde la escritura periodística cambia de polaridad y cobra una vivacidad, una integridad orgánica, que la convierten en creación genuina, literatura. Aquí no hay aproximaciones, no hay rebabas ni virutas ni cortes fallidos o groseros, sino que el texto, como el «álamo» del que hablaba Juan Ramón Jiménez en La estación total, «termina bien en sí mismo». Esta identidad del ser consigo mismo no es la petrificación inmóvil de la muerte sino que remite a algo más profundo: la capacidad de la vida para encarnar o fructificar en seres plenos, colmados de sí mismos, de su sangre sonora.

Ésta es la escritura que siempre me ha interesado y sólo ella, a mi juicio, merece el nombre de poesía. En última instancia, da igual que esté escrita en verso o en prosa. Debe surgir de dentro, como un tallo de la tierra, olisqueando el aire, buscando siempre su más justo punto de expansión. Tal vez adivinar este perímetro justo, este contorno preciso, sea la tarea más difícil del escritor: escuchar las palabras, sus raíces y tendones y zarcillos, a fin de no castrarlas o de obligarlas, por el contrario, a crecer más de lo debido. Pero lo urgente, lo inexcusable, es no incurrir en esquematismos, en polaridades maniqueas que borren o suprimen las sutilezas, el placer de moverse por los grises del pensamiento. Un placer que no excluye la incertidumbre o la ansiedad, por supuesto, pero sin el cual parece muy difícil escribir nada que nos exceda, nada que nos mejore o nos tome por sorpresa.
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