martes, septiembre 07, 2010

c. h. sisson / 2 poemas

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Despertar

Mayo tiene sus gracias lo mismo que otros meses;
incluso junio entraña su placer. Aquí reposo,

el insistente tordo no me inquieta
ni la brisa ligera: un tocón del jardín parece un gato.
Sin embargo, no todo marcha bien

por culpa del recuerdo: congregaos junto a mí
mejor, espectros destinados a beber del Leteo.
¿Quién querría volver al mundo de allá arriba
y pulsar otra vez las cuerdas nerviosas del cuerpo
y sufrir a conciencia el miedo y la tristeza?
Hace tiempo lo hice: y me sigue llegando el eco,
no sólo del pasado –lo que podría soportar–,

sino de aquellos jóvenes que arrancan, optimistas,
y encuentran un final amargo donde empezaron
y al mal con apariencia de piedad.
Tales cosas he visto, y ya no quiero
tomar jamás la misma senda

donde ciegos mendigos piden con las manos tendidas
y los santos escupen en sus palmas. Esto ya lo he visto
y lo veré otra vez si me despierto ahora de mi sueño.



La mañana

No sé qué significa la neblina
cuando llega sin arremolinarse,
juntándose como brionia al pie de mi ventana


Vadeándola, se diría,
los árboles emergen desde el fondo,
arrastran sus oscuros mechones por el agua
que dio comienzo al mundo.



Trad. J. D.



Llevo tiempo, mucho tiempo, asediando sin demasiada fortuna la poesía de C. H. Sisson (1914-2003). Hace años, incluso, creo que en 2004, me compré en Londres sus Collected Poems, un grueso volumen limpiamente editado por Carcanet, pero nunca llegué a leerlo como es debido. Hojeaba sus páginas, me detenía con intriga en algún poema breve, pero nunca lograba romper su sello, establecer ese acuerdo tácito que va más allá (o más acá) de las palabras y nos permite entender su raíz, la fuerza primera que las anima. Esa imposibilidad me frustraba. Sabía que Sisson era importante. Sabía que tanto Geoffrey Hill como Charles Tomlinson habían sido amigos lejanos y admiradores suyos (una cita suya, de hecho, encabeza los Himnos de Mercia de Hill). En ambos casos la admiración literaria se solapa con la afinidad política o ideológica, pues los tres profesan lo que cabría definir como «anarquismo conservador»: una profunda desconfianza de la maquinaria estatal y el intervencionismo de la administración (cualquier administración), un rechazo casi instintivo del marxismo y una creencia igualmente visceral en la libertad del individuo, el sentido de la historia y los lazos comunitarios (es decir, los vínculos creados desde dentro y de manera orgánica por una comunidad a lo largo de su historia).
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En el caso de Sisson, nacido en abril de 1914, menos de un mes después que Octavio Paz, esta creencia tenía al menos un apoyo biográfico, pues durante largo tiempo, al menos hasta mediados de los años setenta, fue un funcionario de alta graduación en distintos ministerios del gobierno británico. Allí conoció de primera mano el funcionamiento de la tramoya administrativa, la grasa y las ruedas dentadas de las que el poder se sirve para perpetuarse a sí mismo, un poco al estilo de aquella serie cómica protagonizada por Nigel Hawthorne en los ochenta, Yes, Minister. La necrológica de The Independent le define como un «magnífico anacronismo»: era conservador y detestaba a Margaret Thatcher por su demagogia populista; descreído y solitario, creía sin embargo en el poder de la iglesia Anglicana para reforzar los vínculos sociales; traductor modélico (de Dante, de Lucrecio, de Virgilio) y teórico no menos magistral del poder, los salones de la corte universitaria le provocaban urticaria; admirador de Pound y de ciertas líneas de fuga de la vanguardia, su poesía es un modelo de concisión y austeridad, un licor destilado con los azúcares de la experiencia, la lucidez y un escepticismo de profundas raíces morales.



Hace algunas semanas, paseándome un poco al azar por la página web de The Times Literary Supplement, me topé con un viejo poema de Sisson publicado en 1984, «Waking», y fue como si la puerta a su escritura se hubiera abierto por fin. Bien es verdad que llevaba un par de semanas rondando su territorio de caza gracias al dossier que le dedica el último número de la revista londinense Agenda. Pero ni siquiera los modélicos ensayos de Robert Wells, John Peck o Michael Schmidt (el editor de Sisson en Carcanet) lograron hacerme entender su trabajo como lo ha hecho este poema. Un poema que toma la tradición de la albada y la lleva al punto de congelación. Aquí no hay amante ni amada, sólo un anciano copulando con la muerte mientras mira de reojo el ascenso impertinente del sol. Un poema que denuncia la vida como un reino de falsedad, hipocresía y recompensas injustas. Un poema lleno de rabia y desesperanza –también de piedad por quienes le suceden– en el que ni siquiera la naturaleza, reducida a una estampa desmañada, cumple su habitual función compensatoria.
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Sisson tenía setenta años cuando escribió y publicó esta pieza. Aún viviría otros veinte, dedicado a su familia, su escritura y su jardín (no sé si por este orden). Para compensar, he escogido un segundo poema, muy breve, casi una estampa oriental que toma la difícil visión de unos árboles entre la bruma y le otorga una dimensión metafísica. Empieza donde lo hace Pound y termina con un guiño a la Ofelia de Tennyson. Quizá este viaje sea simbólico del trayecto que hizo el poeta Sisson: inglés casi de libro, tercamente arraigado en su tierra insular, nunca perdió de vista la dimensión mítica de la existencia, que es como decir la dimensión doméstica del mito. Así nos lo recuerda el envidiable título que dio a su primera poesía completa: En la zanja troyana. Un título, por cierto, que a Yeats o a Robert Graves les habría encantado.
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6 comentarios:

A. dijo...

Me parecen magníficos poemas los dos. El primero me ha impactado. Gracias por el descubrimiento.

Alfredo J. Ramos dijo...

Excelentes pistas, Jordi, y buenas muestras; se agradecen. El primer poema me parece de una lucidez deslumbrante. En tu versión, y en mi lectura, se me va un poco el ritmo en los versos 13 y 14 (But from the young who set out hopefully / To find a bitter end where they began), quizás atascado por la asonancia entre "confiados" y "empezaron" y no sé si también por la sintaxis. Pero el poema, en su conjunto, suena magnífico. Un abrazo.

Jordi Doce dijo...

Gracias, Alfredo. He cambiado un poco ese verso, creo que ahora es más breve y tiene mejor ritmo. A ver qué te parece. Abrazo, J12

Alfredo J. Ramos dijo...

Creo que suena mejor, Jordi. ¿Y qué tal si ese "final amargo" se convierte en "amargo final"? Me parece que el ritmo del verso mejora notablemente, aunque no sé si a costa de una cierta concesión al tópico...

Jordi Doce dijo...

No lo sé, Alfredo, ese alejandrino lo he planteado como dos hemistiquios de 9 y 5 respectivamente. No me suena mal. Ten en cuenta que de otro modo habría asonancia entre los dos finales de cada hemistiquio, "amargo" y "empezaron". Déjame pensarlo.

Saludos, J12

Jordi Doce dijo...

Te he hecho caso, Alfredo. Suena más clásico, pero suena. Un abrazo, J12