martes, febrero 04, 2020

dos poemas / letras libres




Gracias a la hospitalidad de su editora de poesía, Malva Flores, la revista Letras Libres acoge en su número de febrero dos breves poemas inéditos que escribí el pasado otoño. Se pueden leer aquí. Tienen poco que ver con el dossier de este mes, aviso. Pero siempre es un gusto volver a una revista a la que dediqué casi tres años de mi vida...

viernes, enero 31, 2020

convalecencia


Envuelto finalmente por el sueño, he cerrado los ojos y he dejado el libro abierto sobre el vientre. Hacía años que no sentía el peso del papel en el cuerpo. Siempre dejo la lectura a un lado, en el sofá o en la mesita de noche. Esta vez he sentido con sorpresa –casi un sobresalto– el alivio protector del libro, su tibieza. Y me he puesto a dormir con perfecta placidez.

lunes, enero 27, 2020

hablo por nosotros





algunas notas sobre la traducción de poesía

Que la traducción es creación, así, sin más explicaciones ni apostillas, es algo que no recuerdo haber puesto en duda jamás, ni siquiera en las etapas iniciales de mi aprendizaje literario y específicamente poético, hará unos treinta años. Me parecía evidente... como lo era, al menos a mis ojos, la diferencia entre una traducción, digamos, más o menos didáctica, informativa o pegada a la literalidad del original, y otra capaz de preservar buena parte de sus valores formales, principalmente rítmicos, pero también asociados al tono, el fluir de la sintaxis, la tensión de la elipsis, ese aliento misterioso pero real –«quien lo probó lo sabe»– que infunde vida colectiva a palabras que hasta ese momento habían vivido aparte, sin tratarse. Ser un lector inexperto no me impedía distinguir una clase de traducción de otra y sentirme frustrado e incluso irritado cuando el texto no respondía al contacto de la lectura; cuando quedaba ahí, inerte, amorfo, sobre la página. Me veo rehaciendo una y otra vez las traducciones ajenas que ni el oído ni la intuición daban por válidas, hasta cuando no conocía el idioma de partida. Y entiendo ahora que ese atrevimiento, que era una consecuencia de mis ganas de aprender, surgía también de una percepción aguda de la materialidad y el carácter orgánico del poema, de su condición de cosa viva. No sé muy bien el origen de este convencimiento mío; quizá venía de serie o se activó tan pronto empecé a leer poesía con atención. Lo cierto es que todas mis lecturas críticas posteriores, de Coleridge a Valente pasando por Pound u Octavio Paz, no han hecho sino confirmarlo. Pero vayamos por partes.


Crecí, entre otras, a la sombra de aquella mítica colección amarilla de Ediciones Júcar que se llamaba «Los poetas» (que la editorial tuviera su sede en Gijón no es un dato trivial), y su catálogo, irregular y algo atrabiliario, hecho de libros de muy diversa procedencia, era un repertorio ilustrativo de las muchas vías por las que llegamos a la literatura. Quizá recuerden que cada título de aquella colección, fuera de alguna antología, estaba dedicado a un poeta canónico y que consistía en un estudio preliminar y una selección de poemas, pero ahí se acababan las semejanzas: algunos títulos eran traducciones de trabajos extranjeros, principalmente franceses, a los que se añadía una antología realizada manu militari por algún colaborador de la editorial; otros eran estudios académicos muy correctos que solían optar por una traducción más bien chata o incluso prosificada de la poesía; y otros, en fin, eran trabajos genuinamente literarios, propuestas críticas para las cuales la versión de los poemas era tanto o más importante que el estudio preliminar, pues ahí estaba el meollo del asunto, la prueba del algodón que verificaba la validez del conjunto. Recuerdo, en este último apartado, libros que fueron importantes en mi formación: el Odysseas Elytis de José Antonio Moreno Jurado, el Eugenio Montale de Joaquín Arce, el Gottfried Benn de José Manuel López de Abiada, el Mallarmé de Pilar Gómez Bedate... O, por mencionar un libro de naturaleza algo distinta, la monumental Antología de la poesía portuguesa contemporánea en dos tomos de Ángel Crespo. (Todos ellos autores, por cierto, y no me parece fortuito, que vivían o habían pasado largas temporadas en el extranjero). Estos títulos sobresalían visiblemente del resto y eran un ejemplo, a finales de los años setenta o principios de los ochenta del siglo pasado, de cómo podían hacerse las cosas. Cuando el propio Crespo escribe, en el prólogo de su libro Las cenizas de la flor, publicado en 1987, que «no sería de desear que se escribiese sobre poesía prescindiendo […] de ese instrumental crítico de carácter universitario que tantas cuestiones puede aclarar y tantas dudas resolver, si bien me [doy] cuenta del riesgo, que efectivamente se corre, de que dichos instrumentos de estudio se conviertan en un fin, en lugar de ser sólo un medio», está haciendo referencia a ciertas formas extremas de academicismo poco sensibles a los valores formales o estéticos del texto, algo de lo que yo mismo era testigo (y víctima) en aquellos mismos años en algunas aulas universitarias.


Ahora me parece evidente lo que entonces veía de manera confusa, y es que detrás de aquel interés primerizo por la poesía extranjera y la traducción alentaba el bilingüismo de mi niñez (soy hijo de madre francesa), y que gran parte de mis lecturas críticas buscaban iluminar ese espacio de confluencia entre dos lenguas y dos tradiciones que se abre en toda traducción literaria. Como Freud en la célebre frase de su epistolario que Lawrence Durrell puso al frente de Justine («Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema»), me di cuenta de que en el acto de traducción de un poema participan al menos cuatro elementos, y que los idiomas de partida y de llegada eran menos determinantes que las lenguas poéticas respectivas, el modo en que cuajaban y se formalizaban. Conforme avanzaba en mis estudios y descubría el territorio vastísimo y opulento de la poesía en lengua inglesa, más visible se me hacía el carácter histórico de los códigos literarios, el modo en que una lengua poética va sedimentando y condicionando las respuestas de cada cual a la herencia recibida. Mis lecturas de poesía española, francesa y angloamericana parecían discurrir por ramales divergentes, o que solo se tocaban muy de vez en cuando, gracias al esfuerzo de figuras literalmente excéntricas. Tuve entonces la intuición –el germen– que fructificaría años después en mi tesis doctoral y que encontró apoyo en formulaciones críticas de Yves Bonnefoy y de Paul Auster (el Auster crítico y poeta de la década de 1970, anterior a su fama como narrador): si Bonnefoy comparaba la lengua de la poesía contemporánea francesa a una esfera autosuficiente, algo rarificada, y la contraponía al espejo más narrativo –algo esthendaliano– de cierta poesía angloamericana, Auster notaba en mucha de la poesía francesa de su tiempo un grado de sutileza y transparencia verbales (de elegancia y fluidez polisilábica) que parecía disolverse en el afán de concreción de la tradición anglo, en sus ritmos abruptos y monosilábicos, en su predilección por el cuento y el detalle, lo grávido y material.

Estoy generalizando de manera grosera. Pero mi experiencia como lector de poetas tan diversos como Coleridge, Browning, Robert Frost, Eliot, Sylvia Plath o Charles Tomlinson confirmaba que las vetas germánica y escandinava del inglés habían aflorado al idioma poético desde el pozo artesiano del habla popular hasta hacerse con él y condicionar su evolución histórica. En cambio, la lengua poética española había creado en grandes tramos de su historia una distinción artificiosa –a veces en un mismo autor– entre lo popular y lo culto, dejándose hacer en mayor medida que la inglesa por los modelos latinizantes de la tradición petrarquista italiana y la simbolista francesa. La lengua misma, qué duda cabe, había influido en la configuración del código literario; pero a su vez esos códigos habían cobrado vida propia para evolucionar, en cada caso, por ramales casi divergentes.

Estas ideas configuraban un marco propicio de estudio y exploración, pero no convenía llevarlas demasiado lejos. El carácter histórico de la lengua poética podía ser una fuerza centrífuga, pero debía contender con la fuerza centrípeta del internacionalismo de la modernidad y los ismos vanguardistas. Esa lucha entre la fuerza de arrastre de la historia y el afán utópico de la modernidad ha tenido resultados muy diversos y no siempre previsibles: pensemos, por ejemplo, en la debilidad del surrealismo en lengua inglesa, su incapacidad para implantarse más allá del eco tardío que tuvo en algunos poetas norteamericanos de la era Kennedy; o en las dificultades que sigue teniendo la poesía española para dar cuenta veraz, aún hoy, de los grumos y texturas narrativas de un Robert Frost o un Ted Hughes.


A veces, con todo, sucede lo imprevisto, el milagro. Recuerdo, por ejemplo, una antología publicada por Pamiela en 1991, Siete poetas norteamericanas actuales, en la que Rosa Lentini y Susan Schreibman reunieron un puñado de versiones de la obra de Denise Levertov, Linda Pastan, Adrienne Rich o Carolyn Forché, entre otras. Creo no ser el único para quien esta antología resultó ser una lectura fundacional: lo personal y lo político, lo íntimo y lo colectivo, el impulso figurativo y el expresionismo onírico, los ritmos de la prosa y la atracción del fragmento, todo se anudaba en estas páginas de una manera que resultaba insólita en la España de entonces, en un momento además en que las lecturas críticas del feminismo se ignoraban por el sencillo expediente de darlas por superadas, como si nunca hubieran escapado de la burbuja contracultural en la que surgieron inicialmente.

Recuerdo también, en un sentido sin duda muy distinto, el descubrimiento de las versiones de Antonio Machado que el poeta inglés Charles Tomlinson –con la ayuda del lingüista Henry Gifford– hizo tempranamente. Reunidas en 1963 en un fino volumen titulado Castilian Ilexes, su trabajo sigue siendo uno de los grandes ejemplos de traducción poética del siglo veinte: un libro en el que Tomlinson reescribe muchas de las elegías y las visiones paisajísticas de Machado con el verso escalonado o «3-ply verse» de William Carlos Williams, ese metro saltarín hecho de tres peldaños variables que aligera el poema de barnices retóricos y hasta anticuados y lo vuelve cristal pulido, lente con la que mirar más de cerca el mundo.

La estrategia de Tomlinson es arriesgada, pero funciona, sobre todo en esa proeza que es «Poem of a Day» («Poema de un día»): la rima desaparece y permite desliar los versos, desanudarlos sobre la página en forma de escalones que van y vienen imitando el ir y venir de la percepción, el curso sincopado del pensamiento. Se preserva así la cordialidad de la poesía, su naturaleza «siempre viva, / fugitiva», de agua de «buen manantial» que brinca y fluye en el tiempo. Machado, en estas viejas versiones de Tomlinson –tienen ya 55 años largos–, es el mismo y distinto, y la distinción lo engrandece, porque es capaz de respirar y de hablarnos, en un metro que no era el suyo y que ni siquiera hubiera concebido.

Tomlinson pertenece a ese gremio de poetas-traductores que han dibujado con el tiempo una constelación de modelos o guías ejemplares: Pound, Ben Belitt, Robert Bly, el último Ted Hughes, Yves Bonnefoy o, en nuestro idioma, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, el Jaime García Terrés de Baile de máscaras, Manuel Álvarez Ortega, Clara Janés, Mirta Rosenberg, Circe Maia o Ángel Crespo, del que nunca he olvidado un aforismo que habla mucho de su lucidez conceptual y su vocación de servicio: «Dedicar un día a nuestra propia obra y una semana a la de los demás, que no es obra ajena». Como buen aforismo, es una exageración y hay que leerlo entre comillas, pero no es mala divisa en estos tiempos de exhibicionismo y baja tensión crítica. Esa aclaración final: «que no es obra ajena», viene a poner el dedo justamente sobre la cuestión de la autoría, un tema complejo sobre el que, sin embargo, vale la pena aventurar alguna hipótesis, por esquemática que sea.


Me parece productivo concebir la traducción literaria, o en este caso la poética, como un ejercicio de desdoblamiento dramático, una actuación forzada por el desafío a ser otro, una heteronimia de contenidos preexistentes que piden ser reformulados en otra lengua. Puedo decir sin temor a exagerar que, al enfrentarme a poetas tan dispares como Auden, Ted Hughes, Charles Simic, o el propio Tomlinson, he debido ensayar mi papel lo mismo que un actor: leer una y otra vez el guión de los poemas originales, hacer anotaciones al margen, buscar información complementaria, empaparme de la atmósfera y las circunstancias en que el autor los escribió; y, finalmente, a base de numerosos ensayos, hacerme con mi nuevo papel, hablar con otra voz, con una respiración que es a la vez propia y ajena.

En este esfuerzo me ha venido bien un consejo que recibí hace años de un amigo actor, quien me dijo que una buena caracterización dependía muchas veces de dar con un rasgo del personaje (una mueca, un tic, una forma de andar o de moverse o de hablar…) que lo define o lo resume. Ese rasgo es una suerte de palanca que permite reconstruir la totalidad del personaje, el puente o nexo que permite al actor ser uno con su interpretación, convencerle de su pertinencia y su veracidad. Y, como mi amigo el actor, muchas veces no he estado seguro de mi interpretación hasta que no he dado con un giro verbal, una superstición fonética, una forma de emparejar o articular las palabras que de alguna manera resume o singulariza el texto original.

Se trata de un esfuerzo imaginativo que no es tanto una transformación del yo como el desarrollo de algunas vetas o hebras que hasta entonces habrían permanecido latentes, atrofiadas, retenidas en un profundo estado germinal. Así el humor negro de Simic, por ejemplo, su ironía teñida de rasgos surrealistas, góticos. Así la urbanidad elegante de Auden, su gusto por el aparte digresivo y ensayístico, su coquetería. El yo es también esas otras voces, esos otros yoes, por frágiles o incipientes que puedan parecernos. Y traducir, interpretar, es también una huida liberadora de la cárcel de lo que somos, un medio de burlarnos de nosotros mismos, de reinventarnos, de conjurar o conjugar de otra manera eso que oscura y fatalmente percibimos ser.


Publicado originalmente en la revista de la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX) El Espejo, núm. 11 (2019), págs. 7-16. Gracias a Antonio Reseco por su amable invitación.



domingo, enero 19, 2020

poema





Detrás de la ventana
el patio mide sus silencios.
La mesilla de noche
y su carga dispar
–las gafas de leer, el libro, el móvil–
es un pulmón que se apacigua
y moja nervios
y celdillas
en la tinta basal de la renuncia.
Doblar las alas
y recogerse:
así la comprensión del nadador
que guarda bien su ropa,
la querencia del pájaro.
El invierno da fruto al despertarse.

viernes, enero 10, 2020

la farola


Es una pendiente suave en la trasera del parque. Una escalera ociosa que casi nadie frecuenta a estas horas del anochecer y que lleva hasta la calle –más bien carretera, por la velocidad con que algunos coches pasan por ella– de la Rosaleda. Hay dos farolas, dispuestas a grandes intervalos, que solo alcanzan a iluminar el círculo de empedrado que hay a sus pies. El resto, vegetación y oscuridad. Quiero pensar que estas farolas permanecen alumbradas toda la noche, aunque solo sea para acompañar remotamente a los dos o tres travestis que dentro de unas horas andarán paseando y ofreciéndose por el arcén. Desde aquí arriba, la farola más cercana luce solitaria, casi huérfana, y parece extraño que alguien quiera pasear por la negrura que la rodea. Pero de pronto surge un golden robusto, con la mueca bonachona de su raza, y detrás su dueña, una mujer de pelo corto que sube con esfuerzo y evita nuestro mirar. Sigue el rumor del tráfico, su parpadeo autista. Ahí echamos los ojos, como si estuviéramos al pairo y hubiera que entretener la espera. Y algo de eso hay.

Una farola que alumbra lo justo, que pocos agradecen y que brilla lejos de los caminos principales. Una farola que se enciende puntualmente cada tarde. Una luz para nadie, casi para nada, y que solo echamos de menos cuando se funde o no está. ¿Una imagen de la poesía?

lunes, enero 06, 2020

la ignorancia luminosa





En un escrito reciente sobre su disco I Trawl the Megahertz, mi admirado Paddy McAloon recuerda cómo «en la era anterior a Internet, no siempre podíamos encontrar, o costearnos, mucha de la música sobre la que leíamos, [pero] teníamos tiempo de sobra para imaginar cómo sonaba o debía sonar. Curiosamente, de este modo era posible sentirse inspirado por música que uno en realidad no había escuchado. Se trata de una idea que aún me agrada». Y es así, desde luego. Mi yo adolescente lo supo muy pronto, cuando pudo comparar las páginas que Ramón de España dedicaba a Eno en su biografía de Roxy Music con la experiencia misma de escuchar los discos, que siempre eran bastante más o menos de lo que esperaba. No digamos ya cuando empecé a adentrarme en el mundo del free jazz y otras lindezas. Lo curioso es que leía –y sigo leyendo– mucha crítica: me encanta saber lo que otros construyen desde la obra ajena. En realidad, me basta con que estén bien escritas o sostengan el vuelo de la imaginación. Que a menudo no casen con mi experiencia de la obra me importa poco.

Por lo demás, la idea de McAloon podría extenderse fácilmente a otras artes, y de modo muy particular a la poesía: de cuántos poetas latinoamericanos oyó hablar uno que no conocía, o no había leído apenas, y cómo a través de las descripciones de terceros nos íbamos haciendo una imagen, siempre brumosa o aproximada, tal vez, pero capaz de nutrir una admiración razonable. Cuando por fin lográbamos leer media docena de poemas, el desconcierto nos impedía valorar el mérito real de la propuesta. Había que amansar los prejuicios iniciales, por favorables o exaltados que fueran, para entender cabalmente lo que allí ocurría.

Por no hablar de las traducciones: hay poetas, en verdad, que uno ha leído con más fe que convicción. Uno miraba el logo de la editorial o el nombre del traductor y pensaba: si usted lo dice… Era una lectura hipotética, por aproximación. Nos decíamos: el poema real está aquí, detrás o delante de la imagen desenfocada de la página. Y luego esa grieta, ese decalage, nos permitía justamente imaginarnos a un poeta más cierto o sugestivo que el del libro. Lo recreábamos, vaya, y de ahí surgían sentidos imprevistos, que ni estaban en el original ni nosotros habríamos sido capaces de convocar sin ayuda. Un poeta, en fin, podía ser un poema o un puñado de versos memorables: el fervor que dedicábamos a esos fragmentos compensaba de sobra nuestra incomprensión del resto.

De todo esto nos íbamos alimentando, y la ignorancia y la imposibilidad de acceder a ciertas experiencias culturales ampliaba sensiblemente nuestro campo de actuación. Paradójico, quizá, pero real… iba a decir como la vida misma, pero nuestra vida misma nos parecía irreal, o asunto menor, comparada con todo aquello que desconocíamos y que sin embargo nos tentaba, nos atraía fatalmente, por estar fuera de nuestro alcance (bueno, estaba ahí, pero no siempre y desde luego no de manera simultánea, porque había un límite claro de tiempo, de dinero, incluso de energía…). Lo dice de nuevo McAloon en ese mismo escrito cuando habla del «espíritu atrevido de mi juventud, cuando la música parecía misteriosa, y nueva, y llena de posibilidades». Esa riqueza de posibilidades es tal vez lo que uno más echa en falta de aquel tiempo. Digamos también apertura, hospitalidad activa, ese adelantarse al acontecimiento o ir a su encuentro para teñirlo de los deseos y las expectativas de uno. Y sí: «se trata de una idea que aún me agrada».

lunes, diciembre 30, 2019

cuenta atrás





Los veo en la cancha, jugando, insistiendo en jugar a pesar de la hora y la oscuridad creciente. Los veo y no los veo, medio escondidos por los árboles que envuelven el rectángulo vallado, las canastas, las dos farolas que vierten su luz tibia sobre el pavimento. Hasta que se abre un claro y el ruido del balón me llega nítido, inmediato, y los gritos que avisan y se buscan y se dan órdenes… Que celebran, también. Es un sábado de finales de año, un sábado de libertad, sin horarios, y la noche no va a sacarlos de quicio. No importa si son amigos o si el azar los ha reunido aquí para jugar un partido improvisado. Desde fuera es difícil saberlo. Pero yo sé que fui uno de ellos hace tiempo, jugando, insistiendo en jugar a pesar de la noche, o quizá fuera mejor decir contra la noche, como si la oscuridad fuera el relevo natural de los padres aguafiestas, de esa espera irritable que nos ataba en corto con solo mirarnos.

Esas tardes infinitas. Esos partidos que se prolongan sin que ninguna de las partes se atreva a ponerles fin. Ese temor de que cada jugada sea la última. Afinábamos los pases, los intentos de lanzamiento, los bloqueos, y todo para desmentir la falta de luz. Negar la evidencia podía ser un arte. Y la ilusión del virtuosismo –agacharse para estudiar la jugada, buscar o esperar el desmarque, dar el pase con la mano cambiada–, nuestra forma de apurar cada minuto. La cuestión era forzar prórrogas, dilatar el tiempo hasta lo inverosímil, hasta que solo quedara irse. Y no pensarlo. Como ahora.

martes, diciembre 24, 2019

feliz navidad



Komura Settai (Japón, 1887-1940), Nevada matinal, 1924


Amanece con nieve: nieve reciente, muy fina, como pelusa o polvos de talco. Ya ayer, al regresar de buena tarde a casa, el azul cobalto de un cielo sin estrellas competía con el aura anaranjada de las farolas precaria y prematuramente encendidas. Era un indicio de nieve, o la nieve misma, suspendida sin cuerpo en el aire, lluvia invisible que solo la luz revela. Ahora descorro las cortinas y la blancura me duele en los ojos. Despierto con este resplandor acerado de un sol lejano, nítido como una hoja de afeitar, y luego, en silencio, con miedo a despertarla, desciendo a la cocina. En el jardín, la tierra húmeda asoma tímidamente entre lo blanco, y también los mínimos brotes que en este final de febrero se atreven a desafiar los últimos bandazos del invierno. No aguantará la nieve: tal vez en el jardín nos espere algún rastro esta noche, pero será la excepción. No hubo viento. Nada nos inquietó mientras dormíamos. Puedo imaginar ahora el rumor inapreciable de la nieve al caer sobre el asfalto como una música de fondo en nuestros sueños. No soñé con nieve, pero todo lo soñado se asienta en ella. Luego, cuando salga a la calle, será ese territorio el que pise, seré yo quien entre como una prolongación furtiva en mi sueño; y quien tome residencia con la primera palabra pensada o escrita sobre la nieve.

«Preámbulos del poema», 1997


Felices fiestas a todos, con mis mejores deseos.

viernes, diciembre 20, 2019

caravana





Días en los que uno llega a este cuaderno tan desasistido, tan ayuno de imanes y expectativas, que hasta agradecería la presencia fisgona de algún jubilado detrás de la valla, comentando la jugada.



Para un epitafio posible: Todo en ti / fue contradicción.



A fuerza de tomar un desvío tras otro, fue encontrando su camino.



La cabeza en la piedra, los pies en el umbral.



Soy tan capaz de rabia, odio, desdén, violencia verbal, raptos de capricho o egoísmo arbitrario como el más pintado. Que nadie parezca encontrar huella de estas emociones en mi escritura, o apenas, no significa que hayan quedado fuera. Están en la banda, en la grada, leyendo con atención y dando instrucciones. Vigilando el acceso.

lunes, diciembre 16, 2019

anáfora / 2





Me llegan algunos comentarios de amigos sobre la entrevista que me hizo el poeta Carlos Iglesias Díaz para la revista Anáfora (Carlos, por cierto, acaba de obtener el Premio de la Crítica que concede la asociación de escritores asturianos; toda una alegría para él y sus lectores). Entre las parejas de pregunta-respuesta que han quedado fuera de la versión final o editada, quisiera rescatar estas dos, que parten de Seamus Heaney y Geoffrey Hill para hablar un poco de escritura, en general, y de la mía en particular. Y son palabras que, en última instancia, se ajustan como un guante a muchas entradas de esta bitácora.


Al abordar el estudio conjunto y comparativo de los poemas en prosa de Seamus Heaney y Geoffrey Hill, opones la transparencia y el afán de verosimilitud propios del género frente a la retórica más artificiosa del poema en sí mismo. Por otro lado, tú eres un asiduo cultivador del poema en prosa, bien en diarios –La vibración del hielo (2008)– como en libros misceláneos –Perros en la playa (2011)–. ¿Qué te atrae del poema en prosa, en tu doble vertiente de lector y autor, y qué retos específicos te plantea a la hora de traducirlo?

Tengo la impresión de que el poema en prosa es una de las formas que toma la pelea constante de la modernidad entre el verso (más rítmico, más artificioso, más sutil y contrapuntístico) y la prosa. Dice Charles Simic que «El poema en prosa es una bestia mítica como la esfinge. Un monstruo hecho de prosa y poesía», pero no estoy muy de acuerdo. El problema reside en esa equivalencia falsa entre «verso» y «poesía». Lo contrario de la prosa es el verso, no la poesía, que puede aparecer donde quiera. Faltaría más. Yo creo que este tipo de debates formales deberían estar superados a estas alturas: poema en prosa, verso libre, serialidad, fragmentación, etcétera. Otra cosa es que se quieran superar en falso, sin tener una idea clara de lo que es o lo que supone la forma poética. Pero esa es otra cuestión.

Yo creo que todos, como poetas, hemos envidiado esa espaciosidad de la prosa, ese don para meter mundo y decirlo sin afectación, sin artificio aparente. Por cada gran poema que hemos leído podríamos invocar un pasaje en prosa igualmente memorable que persiste en la memoria como un talismán. Quizá no lo recordemos palabra por palabra, pero sabemos que está ahí, que existe, y podemos volver a él.

Sé que otros lectores pueden no estar de acuerdo, pero yo siento que Perros en la playa es un libro esencialmente de poesía. De hecho, es la poesía que quise hacer después de la decepción que me produjo, casi al momento de publicarse, Gran angular. Siento que hay menos poesía ahí que en Perros…, que es un cuaderno de notas, de reflexiones y mini ensayos, de aforismos… No veo cesura ni distancia entre esos dos modos de escritura. Hay una continuidad.


Siguiendo en la estela de Heaney y, en concreto, de su célebre poema «Digging» (Cavando), ¿crees que la tarea del traductor consiste justamente en cavar y horadar el lenguaje en busca de nuevos matices de los que antes carecía?

Yo creo que la imagen del «cavar» ha sido muy importante para mí como descripción del proceso de escritura. La idea de que uno empieza escarbando, apartando maleza y piedrecillas hasta que tropieza con algo. Algo de lo que tirar. Y la escritura entonces se parece a coger una pala y profundizar en los alrededores de ese algo, hasta que lo tienes delante de los ojos en forma de poema. Otra imagen posible es la del ovillo: uno encuentra un cabo suelto y tira de él hasta desplegarlo. Me gustó mucho el modo en que lo describió Martín López-Vega al reseñar Nada se pierde. Decía que los poemas, «que a menudo parten de un detalle, siempre dibujan, a partir de ese detalle, un mundo complejo, como una secuencia de adn». Martín entendió, me parece, la naturaleza obsesiva y hasta machacona de esa búsqueda. Pero la imagen del «cavar» también me atrae porque supone un esfuerzo físico, una cosa de porfía y de empeño. Bueno, todo eso está en un poema temprano como «Laurel», bastante explícito al respecto. En general, toda poética que incluya una visita a la tierra, a la oscuridad o al lado de sombra del mundo, tiene mi asentimiento.

jueves, diciembre 12, 2019

preludio


And then the lighting of the lamps… Ese momento, en la tarde de mediados de diciembre, en que vemos encenderse las farolas de la calle. Previsible, tal vez, pero inesperado. Los ojos se han ido habituando a la penumbra y al amarillo seco y sin vida de las hojas, y todo es del color indistinto del cielo, de las fachadas, de la piedra mordida por el frío. (Parece que esta noche lloverá). Vamos hablando de cualquier cosa y de pronto, ante nosotros, se enciende una farola, un parpadeo, luego la calle entera hasta donde llega la vista. La sorpresa. Luego el alivio tranquilo de la iluminación, como si nada. Y la noche va llegando, imantada por las luces como una polilla. Y lo que no esperábamos ilumina lo que nos espera, el camino que falta. Todavía es pronto para volver.

lunes, diciembre 09, 2019

familiares desconocidas


Vuelvo a leer en clase, en el taller del Kafka, ese viejo y certero lema de Valente: «Sólo se llega a ser escritor cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras» (Cómo se pinta un dragón). Una confesión de parentesco, desde luego, pero también una insinuación erótica, sin duda anterior o condicionada a esa idea suya de la escritura como «gestación». Sin embargo, como sucede también con las personas con las que compartimos la vida, hay días en que las palabras se nos vuelven extrañas, súbitas desconocidas, las vemos y es como si su rostro hubiera cambiado, nos descoloca, hay alguien ahí que asoma (¿algún ancestro?) y no sabemos quién es. Y puede ocurrir incluso que las palabras se nos hagan odiosas, como en esas broncas familiares en las que sale un rencor antiguo, el veneno fermentado durante años. La cercanía tiene esas contrariedades, ese viaje del amor al despecho que hacemos cada vez que la razón o el origen de nuestra fuerza nos quita la cara –y nos debilita. Uno puede enredarse en sus propias raíces, está claro. Pero es mejor sacar un pie tras otro y contorsionarse si es necesario que esgrimir un hacha falsamente liberadora. Las palabras se nos pueden volver remotas, hasta ilegibles a veces, pero no son el enemigo.

jueves, diciembre 05, 2019

cuenta atrás





Llevaba medio año ausente (alguna vez lo eché de menos), pero el chino que hace ejercicio caminando hacia atrás ha reaparecido. Así es la cosa: da vueltas en torno al parque en modo retroceso, moviéndose con paso firme y volteando la cabeza cada poco para evitar tropiezos y despistes. Podría hacer una consulta para conocer el motivo –si es una práctica venerable o está recomendado para prevenir algún mal específico–, pero me quedo con la imagen de este hombre más bien bajo, escueto y reconcentrado, que circunvala el damero de parterres y jardines avanzando de espaldas, como si quisiera regresar infinitamente a la noche de donde proviene –sin lograrlo. Una forma de penitencia. La sospecha, quizá, de que este caminar inverso ayuda a expiar (¿a corregir?) los errores de la víspera. El reloj en hora. Borrón y cuenta nueva.

(Una semana después me lo encuentro acompañado de su mujer, que imita su caminar hacia atrás, pero sin la firmeza ni la gracia del hombre. Tiene el pelo alborotado por las rachas de viento y lleva de la mano a su hijo, que intenta zafarse cada poco para no perder el equilibrio. El día, ciertamente, no ayuda. Pero ellos insisten y me los cruzo diez minutos después, más acompasados. Una práctica familiar).

lunes, diciembre 02, 2019

apetito



Tanto o más importante que el libro, en ocasiones, es la expectativa que despierta su lectura, la atmósfera que va creando conforme lo leemos. Esa expectativa nace en el acto mismo de hojearlo en la librería y abrir sus tapas. Vamos con él por la calle como quien lleva una delicatesen, una sorpresa suculenta que luego compartiremos en casa. Así que hay ese elemento de gula, de apetencia pura, pero también algo más: una apertura de posibilidades, un presagio feliz, la idea o mejor la ilusión –y cómo nos revolvemos si el libro defrauda esa ilusión– de que en esas páginas hay una clave, una voz, algo, que nos permitirá sentirnos menos solos… o menos desorientados. Esto sólo pasa con muy pocos libros, claro; o pasa muy de vez en cuando. Es una cuestión de química, de simpatía animal.

El juego de las afinidades es misterioso y a veces paradójico –suele ocurrir que apreciamos autores que se ignoran o se detestan mutuamente–, pero también es cierto que todos tenemos nuestros libros, nuestros autores, esos nombres propios que buscan o llaman a otros nuevos hasta formar constelaciones. Y que son esas constelaciones, esos dibujos astrales, los que nos orientan a la hora de optar por un camino u otro. Dicho de otro modo: son los libros los que nos eligen, los que deciden por nosotros y nos lanzan su reclamo desde la mesa de novedades o la página de un suplemento cultural. Y ello explica, por ejemplo, por qué, sin saber nada o casi nada de Dorothea Tanning, la pintora y poeta norteamericana, cedí sin pensarlo al impulso de comprar sus memorias, Between Lives. Bastó un leve vistazo, el examen curioso de algunas páginas –la sintaxis, el tono de voz, pero también la tipografía, la extensión de algunos párrafos–, para hacerme con el libro. De ahí pasé a sus poemas, a sus cuadros, y me sumergí durante semanas en el mundo artístico de la Francia de posguerra. Es un ejemplo. Me pasa igual con los libros de notas de Julien Gracq –que, a veces, lo diré, han podido irritarme por su evidente altivez o sus lítotes endemoniadas, pero que siempre contienen alguna perla, destellos inconstantes de su inteligencia.

Con todo, quizá lo mejor de la lectura es cuando el libro se apodera del día y las obligaciones cotidianas, digamos, quedan supeditadas a su atmósfera, el ritmo de sus frases o el parloteo de sus personajes. Todo –lo de dentro y lo de fuera, el verso suelto del pensamiento y la prosa de la rutina exterior– sucede en el espacio abierto por el libro. Es algo que hemos aprendido a evitar, hasta cierto punto, porque el grado de interferencia es tan alto que choca frontalmente con la exigencia de productividad del mundo. Así que la consignamos a los días de vacaciones o a los puentes festivos, como si fuera un adorno para ocasiones especiales. Algo inevitable, supongo, porque la mayor parte de la gente trabaja fuera de casa y no tiene tiempo para estas «delicadezas»; y porque ya muy pocos leen en el metro o en el autobús, por ejemplo, o pueden abstraerse y tomar distancia de su trabajo –que los agota y los aliena– en las páginas de un libro. Pero yo tengo la suerte –que no siempre es afortunada– de trabajar en casa, y más de una vez ha sucedido que, arrastrado por un libro, me descubro sentado en un sofá a media tarde, vagamente culpable, leyendo y subrayando y anotando frases en un cuaderno. Y esas lecturas son más intensas –también en el recuerdo– que ninguna otra. Son una supervivencia de los maratones lectores de nuestra juventud, de ese dominio tiránico que los libros ejercían sobre nosotros. Las recordamos muy bien, hasta con afecto, porque por un momento la vida se volvió otra cosa, una extensión maleable que se doblaba o curvaba al contacto de la imaginación ajena.

He escrito antes «vagamente culpable». Una tontería, o una muestra de debilidad por mi parte, como si tuviera que hacerme perdonar el haber protegido ese tiempo de lectura –ese espacio vital– de la agresión exterior. Pero esa es la escala de valores que va apoderándose del mundo y que, como se descuide uno, termina infiltrándose en la conciencia. El tiempo lineal de la eficacia, del trabajo productivo, no soporta ese otro tiempo curvado por la fuerza de gravedad del libro. No lo quiere incordiando por ahí, zumbando a su alrededor como las moscas «familiares» del poema de Machado.

Leer a sorbos, a trompicones, leer en los ratos libres, es algo que a nadie puede bastarle y que tarde o temprano terminamos pagando. El espíritu –a falta de una palabra mejor– necesita esas inmersiones periódicas, esas borracheras de tinta de las que salimos perplejos, mareados, como quien ve la luz del día después de pasar tiempo en una habitación a oscuras. O como quien salta a tierra después de navegar durante horas. El vaivén del agua en la sangre. El rumor de las palabras, como insectos en torno a un farol encendido. Y todo, en esa atmósfera abierta por el libro, se distorsiona ligeramente para cobrar su apariencia más veraz, más persuasiva.