miércoles, enero 18, 2017

james merrill / ángel





Sobre mi mesa de trabajo, zumbador y engreído
(aunque no mucho más grande que un colibrí),
envuelto en finas telas, escuela de Van Eyck,
planea un visitante ciertamente seráfico.
Asoma un dedo índice por la ventana
apuntando al invierno que codicia su corazón,
al vacío del vidrio, al empañado
aliento de las casas y la gente que vuelve a sus hogares,
huyendo del sol gélido que golpea el océano;
mientras que con la otra mano
señala el piano de pared
donde la Sarabande nº 1 sigue abierta
por un pasaje que nunca lograré dominar
pero que ya ha logrado, y sin esfuerzo, dominarme.
Tiene caída la mandíbula, como si dijera, o cantara,
«Entre el mundo hecho por Dios
y esta música de Satie,
apenas vislumbrados tras sus velos, pero íntegros,
radiantes y surgidos por un acto de voluntad,
exigiendo alabanza y exigiendo sometimiento,
¿cómo puedes estar sentado ahí con tu libreta?
¿Qué crees que estás haciendo?».
Sin embargo, no dice nada… sabiamente; pues yo podría mencionar
errores en el mundo de Dios o de Satie; y, si vamos al caso,
¿cómo llegó a adquirir su gusto por Satie?
Un poco para fastidiarle vuelvo a mi página,
salpicada de frases como grumos…
El ángel diminuto menea la cabeza.
No hay sonrisa en su rostro lampiño y ovalado.
Ni siquiera soporta que haya escrito estos versos.


trad. J.D. / el original, aquí


domingo, octubre 02, 2016

charles simic / humor, poder y literatura


Hace unos meses, la redacción mexicana de la revista Letras Libres me pidió que hiciera de intermediario y convenciera a Charles Simic de contestar este breve cuestionario sobre la importancia del humor en la literatura. No fue muy difícil. Simic contestó casi al instante (está claro que el tema le entusiasma) y el resultado, debidamente traducido, vio la luz en el número de agosto de la revista. Como no ha llegado a España, me tomo la libertad de compartirlo aquí (basta pinchar en las imágenes para aumentarlas).





jueves, septiembre 29, 2016

auden / at last the secret is out


  


Ya el secreto salió a la luz
como es forzoso que suceda,
maduro el chisme que divierte
al amigo que tienes cerca;
sobre manteles y en la plaza
las lenguas se van de la lengua;
que las apariencias engañan
y nunca hay humo sin hoguera.

Detrás del cuerpo en el estanque,
detrás del fantasma en los hoyos,
detrás de la dama que baila
y el hombre que bebe a lo loco,
bajo la mueca de cansancio,
la migraña y los ojos rojos
hay historias que no se cuentan,
no todo lo que brilla es oro.

Para la clara voz que canta
desde la tapia del convento,
el perfume de los arbustos,
los cuadros con escenas de recreo,
el croquet en verano,
el saludo, la tos, el beso,
hay siempre una clave privada,
hay siempre un secreto perverso.


Trad. J.D. / el original, aquí.



Hace unos años el responsable de una revista cultural madrileña me llamó para solicitarme la traducción de un célebre poema de Auden. El poema, en realidad una canción, se titula «At last the secret is out» y forma parte, junto con «Funeral Blues» y otras piezas, de las «Twelve Songs» («Doce canciones») que Auden compuso en 1936. Entre nosotros el poema es muy conocido porque Jaime Gil de Biedma lo tradujo al español para la edición definitiva de Las personas del verbo. Eso fue justamente lo que razoné al atender la llamada: ya existe la versión de Gil de Biedma, ¿por qué no recurrís a ella? Mi interlocutor hizo como que no me había oído. Quizá pensó en problemas de derechos, en agentes y herederos espinosos. El caso es que el encargo se mantuvo.

Cuando alguien te muestra su confianza hasta ese punto lo mejor es no hacerse de rogar y proceder con rapidez. Pero antes releí la traducción de Gil de Biedma y la comparé con el original. Me llevé una sorpresa. Bien es verdad que el autor de Moralidades dice que la suya es una versión «en romance»: tres estrofas de ocho octosílabos cada una, con rima asonante en los versos pares. Pero es más que eso, pues lo que hace Gil de Biedma es traducir culturalmente la escena del poema de Auden, ese mundo británico del club de golf y salones de té y setos de boj, a la España de su tiempo, con su café de plaza y su juego de naipes y hasta un monasterio con la correspondiente tapia. Alguna decisión es más difícil de entender: por ejemplo, traducir «still waters run deep», que es algo así como «la procesión va por dentro», por el refrán «que la cabra tira al monte», que tampoco –diría– se justifica en el contexto del poema.

En mi caso he preferido optar por el eneasílabo, aunque manteniendo la rima del original en forma de asonancia en los versos pares: ea en la primera estrofa, oo en la segunda, y eo en la tercera.

sábado, septiembre 24, 2016

no estábamos allí / novedad






Allá por 2011, poco después de la publicación de Perros en la playa, me encontré en una presentación con un poeta de mi quinta, un escritor al que admiro no sólo por su obra sino por su nervio crítico, su inteligencia. Le di la enhorabuena por su nuevo libro de poemas, que acababa de ver la luz, él esbozó una sonrisa tímida, como solía, y acto seguido me espetó: «¿Y tú qué? ¿Cuándo sacas algo?». Expliqué algo confusamente que Perros en la playa estaba en la calle y que yo lo veía, casi, como un libro de poesía, que eran cinco años de trabajo y me costaba desprenderme de él. Entonces él amplió su sonrisa y volvió a la carga: «Ya, ya, todo eso está muy bien, ¿pero cuándo vas a sacar un libro de poemas poemas…?». Y extendió los brazos y las manos como abarcando algo de solidez irrefutable, un objeto volante identificado o por lo menos reglamentario. La pregunta quedó colgando en el aire, como si él mismo se hubiera asustado un poco de hacerla. No supe qué responder. En realidad, no recuerdo si llegué a hacerlo. La memoria se detiene ahí, en el instante de la pregunta, convertido de pronto en instante significativo, como esos pasajes de los cuentos de Cortázar que nos obligan a volver atrás y cambiar fatalmente el sentido del relato.

No sé muy bien por qué cuento esto. Más allá del lapsus de mi admirado poeta, esa evidencia algo melancólica de que hasta las mentes más finas y entrenadas pueden caer en las trampas del etiquetado, recuerdo bien la pregunta porque venía a remachar mi propia inquietud al respecto. Era yo mismo el que, por mucho que insistiera en que Perros en la playa era un libro de poesía, sabía que no era un libro de poemas, quiero decir, de poemas poemas, publicado en una colección al uso y presentado con una lectura a juego. Era yo mismo el que, por mucho que insistiera –creo que con razón y con razones– en que todo, prosa y verso, poemas y ensayos y fragmentos y aforismos, formaba parte de un mismo proyecto de escritura, no podía evitar contagiarme de las definiciones –forzosamente limitadoras– de los demás: lo propio de un poeta era y es publicar libros de poemas, quiero decir, de poemas poemas. Y hacerlo de manera regular, cumpliendo con las obligaciones de un imaginario plan quinquenal, y si es posible con premio de por medio, que es algo que viste mucho.

Bueno, ese libro está aquí, por fin. Se titula No estábamos allí y ve la luz en la colección La Cruz del Sur de la Editorial Pre-Textos gracias a la generosidad de sus responsables, Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba. Unos pocos poemas del libro han ido apareciendo ocasionalmente en revistas y páginas web, así como en Nada se pierde. Poemas escogidos, la antología que publiqué el año pasado con las Prensas de la Universidad de Zaragoza, pero sólo ahora aparecen en el marco que he creado para ellos. Y ese marco, por cierto, incluye en cubierta un hermoso y sugerente dibujo a tinta del pintor asturiano Melquiades Álvarez, con quien ya tuve el privilegio de colaborar hace tiempo en su libro Caminos. El resultado es espectacular, al menos a mis ojos. Nunca el aspecto material de un libro ha coincidido tan plenamente con la imagen mental que tenía de él durante su preparación.

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de leer algunos de estos poemas, en privado, a un grupo de escritores amigos. Dije entonces, y lo repito ahora, que el tipo de creatividad que me permitía escribir un libro de poemas cada tres o cuatro años estaba asociada a una forma de vivir la literatura que había terminado por hacerme daño. Era, por decirlo en pocas palabras, una actitud contraproducente, que iba en contra de aquello mismo que se suponía que debía ser la escritura: un aprendizaje moral e intelectual, una forma de hacer mejor –más intensa y plena, más benéfica– la vida. Perros en la playa, como se dieron cuenta los pocos lectores que tuvo, fue el fruto y el testimonio de esa puesta en cuestión. Y este libro, No estábamos allí, es la prolongación de ese mismo impulso, de esa etapa, que viene durando ya unos diez años.

Voy cerrando esta nota egotista, que no tenía otro objetivo que anunciar la publicación del libro pero que ha cobrado, ay, un peligroso aspecto de confesión no pedida. Tengo la sensación de que todo lo que escribo es una misma sustancia verbal, la lengua de hielo de un glaciar que va abriéndose paso muy lentamente, y que sólo el azar de la oportunidad o de ciertas decisiones formales va creando con el tiempo, en algún margen de esa lengua, este o aquel volumen. A mis ojos no hay mayor diferencia entre No estábamos allí y Perros en la playa o un librito de ensayo como Zona de divagar. Las clasificaciones formales o genéricas palidecen en comparación con el peso de las propias obsesiones, de los lastres y piedras imantadas de la imaginación, hasta de los tics verbales.

Eso sí, los poemas de este libro se podrán al menos presentar y leer en público sin disculpas ni aclaraciones previas, lo que no deja de ser un alivio. De momento, me permito disfrutar con el resultado y compartirlo humildemente en esta página. Es tiempo, por breve que sea, de celebración.

jueves, agosto 18, 2016

una bitácora / diez años




Gerhard Richter, Teide Landscape, 1971


Regreso a esta bitácora después de un pequeño descanso, y lo hago con un artículo que trata justamente de ella, de cómo surgió y cuál ha sido su evolución –y la de su autor– a lo largo del tiempo. Me lo encargó la revista Nayagua hace muy poco y parece adecuado compartirlo ahora, cuando Perros en la playa cumple diez años de vida. Qué barbaridad. Y sigue uno con esa sensación –incómoda, paradójica– de no haber parado quieto y de tenerlo todo por hacer…


Desde que abrí Perros en la playa, mi bitácora literaria en la red, han pasado casi diez años. Fue en agosto de 2006, en un momento de profundo desconcierto vital y literario, y quiero pensar que gran parte del camino recorrido –o escrito– desde entonces no habría sido el mismo sin el concurso de esa pizarra pública donde he ido colgando de manera intermitente mi trabajo.

Llegué tarde al mundo del blog, o eso me parece ahora, y cuando lo hice gran parte de mis contemporáneos y colegas disponían ya de un espacio propio en la red. La tardanza –y el ver cómo se las arreglaban los demás– no me dio más soltura ni más seguridad; tardé en encontrar la dicción, el tono de voz. ¿De qué forma debía dirigirme a los posibles lectores? Antes aún: ¿habría lectores? Parecía aconsejable encontrar un término medio entre la informalidad excesiva –muchas veces agravada por el desaliño expresivo y la pretensión de tratar a los visitantes como colegas de tertulia en la barra de un bar– y la distancia olímpica de ciertos figurones que veían la red como un instrumento publicitario más.

El arranque, pues, fue lento, titubeante. Tuvieron que pasar meses e incluso años para que la extrañeza inicial diera paso a una comprensión más o menos cabal de las ventajas y limitaciones del nuevo formato. Y sobre todo para ir encontrando ese tono que me permitiera sentirme cómodo y a la vez alerta, sin caer en las trampas del facilismo y la autocomplacencia. Decidí escribir como si no hubiera nadie al otro lado, como si realmente no tuviera lectores (cosa que, por lo demás, no estaba ni está muy lejos de la realidad). Y combinar el trabajo propio con el cuidado del ajeno, es decir: las viñetas callejeras y cotidianas, los poemas, las notas de poética o los aforismos con las versiones de poesía en lengua inglesa y el asedio crítico a otros escritores. Esa variedad parecía replicar de manera bastante ajustada y espontánea la naturaleza de mi propio trabajo literario, que desde siempre ha simultaneado la escritura propia y la traducción, la creación y la crítica.

Como expliqué en su día en una entrevista publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, la bitácora me resultó estimulante sobre todo por dos motivos: «primero, a diferencia de un artículo de revista, que suele tener una extensión determinada y estar limitada por las características de la página o de la sección donde se incluye, me permitía escribir exactamente lo que el asunto o mi acercamiento a él me exigía; ni más ni menos; no había lugar para perífrasis retóricas ni glosas espesantes […]. En segundo lugar, saber que había lectores atentos [por pocos que fueran, añado ahora] al otro lado de la pantalla me hizo consciente de las vetas más egotistas o solipsistas de mi escritura, así que me propuse abrir bien los ojos y contar lo que veía, olvidarme un mucho del yo y dar cabida al “ellos”: creo que algunas notas de Perros en la playa tienen la virtud de llamar la atención, machadianamente, sobre lo que pasa en la calle, escenas o personajes que despertaron mi curiosidad y que guardan, en su brevedad, un gran potencial narrativo. […] Fue una buena disciplina».

En estos diez años la bitácora ha generado al menos dos libros –el homónimo Perros en la playa (La Oficina, 2011) y una muestra de mis traducciones de poesía de próxima aparición– y acumula más de 800 entradas (poco menos de ochenta al año de medio, que no es un ritmo precisamente vertiginoso). Sigue siendo un espacio modesto, con pocos pero fieles lectores, que no quiere ser más que un reflejo de mis gustos, intereses y averiguaciones. Pero ha sido también un interlocutor paciente que no se conforma con cualquier respuesta y que sigue exigiendo toda mi atención. Si algo he aprendido todo este tiempo, es que sin él estos diez años habrían tenido un sentido muy diferente. Es algo así como el fantasma que, como en el poema de Ashbery, no deja de reaparecer y plantear preguntas incómodas. Lo que nos recuerda que nuestro oficio sigue siendo dar respuesta, testimonio, aunque sea a nada o a nadie.

(publicado en la revista Nayagua, núm. 24, pp. 329-330)

sábado, julio 16, 2016

verano, descanso, eliot



 


Esta bitácora se toma un pequeño descanso por vacaciones. Volveremos, ella y yo, dentro de un mes por estas fechas. Ha sido un curso largo y riguroso y la cabeza, la verdad, no da para más. La rentrée del otoño se anuncia apasionante y con muchas novedades, pero es pronto para adelantar nada; y casi prefiero que el silencio de estas semanas me permita calibrar las piezas y ordenarlas a gusto.

Os dejo, eso sí, con la versión que hice el año pasado de «El entierro de los muertos», la célebre sección inicial de La tierra baldía de T.S. Eliot. Se incluye en Subir al origen, una antología didáctica y comentada de la poesía moderna occidental que ha preparado mi buen amigo el poeta José María Castrillón y que Ediciones Trea tiene previsto publicar el curso que viene. Creo que no estoy autorizado a decir más. Pero sé, porque he seguido de cerca su escritura, que será un libro importante. Y eso es todo de momento. Feliz verano.


el entierro de los muertos
(La tierra baldía, 1922)

Abril es el mes más cruel, exhumando
lilas de la tierra inerte, mezclando
memoria y deseo, removiendo sordas
raíces con lluvias de primavera.
El invierno nos dio refugio, cubriendo la tierra
de nieve olvidadiza, alimentando
una pequeña vida con tubérculos secos.
El verano nos sorprendió con una breve llovizna
cerca del Starnberger See; nos refugiamos en los soportales
y luego, ya con sol, salimos al Hofgarten,
y tomamos café, y charlamos largo rato.
Bin gar keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, en casa del archiduque,
mi primo, él mismo me llevó en trineo.
Yo tenía miedo. Me dijo, Marie, Marie,
agárrate fuerte. Y nos fuimos cuesta abajo.
En las montañas se respira libertad.
Paso las noches leyendo, y en invierno voy al sur.

¿Cuáles son las raíces qué se aferran, qué ramas crecen
de esta escoria rocosa? Hijo de hombre,
tú no puedes decirlo, ni adivinarlo, pues conoces tan sólo
un manojo de imágenes rotas donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, y el grillo no consuela,
y el agua desertó la piedra seca. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a la sombra de esta roca roja),
y te mostraré algo distinto
de tu sombra por la mañana siguiéndote a zancadas
o de tu sombra por la tarde alzándose hacia ti;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
Frisch weht der Wind
Der Heimat zu
Mein Irisch Kind
Wo weilest du?
«Me diste tus primeros jacintos hace un año;
me llamaron la niña de los jacintos».
…Pero cuando volvimos, tarde, del jardín de jacintos,
con tus brazos colmados y tu cabello húmedo, no pude
hablar, y me falló la vista, no estaba
vivo ni muerto, y quedé sin saber,
mirando al corazón de la luz, el silencio.
Oed’ und leer das Meer.

Madame Sosostris, célebre vidente,
estaba muy resfriada, se la tiene no obstante
por la mujer más sabia de Europa
con una vil baraja. He aquí su carta, dijo,
el Marino fenicio, el ahogado
(perlas son lo que fueron sus ojos. ¡Mire!),
y aquí está Belladona, Señora de las Rocas,
la dama de las situaciones.
Aquí va el Tres de Bastos y aquí la Rueda,
y aquí el mercader tuerto, y esta carta,
que está en blanco, es algo que lleva a sus espaldas
y no se me permite ver. No encuentro
al Colgado. Cuídese de la muerte por agua.
Veo grupos de gente que caminan en círculos.
Gracias. Si por algún casual ve a la señora Equitone
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
toda prudencia es poca en estos tiempos.

Ciudad irreal,
bajo la niebla terrosa de un amanecer de invierno,
una multitud bañaba el Puente de Londres, tantos,
nunca pensé que la muerte hubiera deshecho a tantos.
Suspiros, intermitentes y fugaces, se exhalaban,
y cada figura iba mirando el suelo a sus pies.
Fluyeron colina arriba y King William Street abajo,
donde Saint Mary Woolnoth daba las horas
con un golpe mortecino en el toque de las nueve.
Allí vi a un conocido y lo detuve gritando: «¡Stetson,
tú que estuviste conmigo en la batalla de Milas!
Ese cuerpo que plantaste hace un año en tu jardín,
¿ha empezado a retoñar? ¿Echará flor este año?
¿O la helada repentina ha malogrado su lecho?
¡Ah, mantén lejos al Perro, que es amigo de los hombres,
o con uñas de sabueso volverá a desenterrarlo!
¡Tú, hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère!».


Versión de Jordi Doce