domingo, marzo 24, 2019

novedad / la puerta verde





La hospitalidad generosa de los poetas Antón García y Martín López-Vega está detrás de este nuevo libro, La puerta verde, en el que he tenido la oportunidad de reunir gran parte de mis trabajos sobre la poesía en lengua inglesa de los últimos sesenta años, de Charles Tomlinson a John Burnside y de John Ashbery a Charles Simic, pasando por Ted Hughes, Sylvia Plath, Seamus Heaney o Allen Gisnberg. Lo publica la asturiana Ediciones Saltadera en su colección de ensayo, Arenas movedizas, y es un trabajo modélico en cuanto a diseño, producción, cuidado textual… No puedo estar más contento con el resultado final, la verdad. Me siento afortunado por haber podido publicar mis dos últimos libros con sellos asturianos: tiene algo de regreso a casa, de celebración familiar.

Veo este volumen como el reverso crítico de Libro de los otros (Trea, 2018), pero también como la prolongación natural de La ciudad consciente (Vaso Roto), el libro que allá por 2010 dediqué a T.S. Eliot y W.H. Auden. En fin, otra pieza más del puzle que uno va armando un poco sin querer a lo largo del tiempo (no en vano, el escrito más antiguo de esta compilación data de 1996; el más reciente es del año pasado).

El libro entra en librerías la próxima semana y se presentará en Madrid el viernes 5 de abril; iré dando detalles. Copio seguidamente la ficha técnica y el texto de contracubierta (la foto de cubierta, espléndida y sugerente, es de la tinerfeña Mercedes Pintado Brage, a quien agradezco su permiso para reproducirla).


La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea
Colección Arenas movedizas
Ediciones Saltadera, Oviedo, marzo de 2019
288 págs. / 21 €
ISBN: 978-84-949793-0-9
Distribuye: Distriforma

La puerta verde es un panorama didáctico y una guía informativa de la poesía angloamericana reciente. Su autor, Jordi Doce, reúne dieciséis aproximaciones críticas a figuras y obras decisivas de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. El libro se divide en dos secciones, según el poeta analizado proceda de un lado u otro del Atlántico; desde la orilla anglo-irlandesa: Charles Tomlinson, Ted Hughes, Sylvia Plath (americana asentada en Inglaterra), Geoffrey Hill, Seamus Heaney y John Burnside; desde la orilla norteamericana: John Ashbery, Allen Ginsberg, Kenneth Koch, Charles Simic, Joseph Brodsky (poeta ruso reconocido como un igual por sus colegas estadounidenses), Paul Auster, Sharon Olds, Anne Michaels y Jeffrey Yang.

Sin renunciar a las herramientas de la crítica y el pensamiento contemporáneos, estos ensayos tratan de poner en contexto las obras de estos poetas para luego interrogarlas y entender de qué manera, a su vez, nos interrogan. El resultado, que incluye una amplia antología poética gracias a las cuidadas versiones que acompañan cada ensayo, ofrece una imagen coherente y abarcadora de la poesía actual en lengua inglesa.

miércoles, marzo 20, 2019

esa ambición


Creo que por regla general las grandes obras son el resultado de intenciones modestas. La ambición no debe estar al principio, antes de la obra; ha de crecer con la obra, que quiere ser ella misma más grande de lo que el artista agradablemente sorprendido pretendía, ha de estar unida a ella y no al yo del artista. No hay nada más errado que la ambición abstracta y sin objeto, la ambición en sí, independiente de la obra, la lívida ambición del yo. Esa ambición tiene cara de águila enferma.

Thomas Mann, «Viaje por mar con Don Quijote» (1934)
 

sábado, marzo 16, 2019

anales de marte


 


En el imaginario del escritor norteamericano, Marte no tiene gran cosa que ver con sus presuntos habitantes, los marcianos o aliens que encarnan la amenaza del Otro, del extraño que por serlo es enemigo. Los marcianos de opereta de Tim Burton no vienen necesariamente del planeta rojo, sino que resumen en su chata deformidad el historial de figuraciones con que Occidente ha resuelto su compulsiva necesidad de enemigos. Marte es otra cosa. Lejos del escapismo temprano de Rice Burroughs, los escritores americanos proyectaron en el planeta el mito de la frontera que había gobernado su literatura desde Daniel Boone: Marte convertido en outback, en tierra de colonos, que es como decir la tierra prometida, la California de los sueños de opulencia y su reverso de pesadilla.

Las Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury son menos un ensayo de futurismo que una crítica de la posguerra y un canto elegíaco de la América rural de los años veinte: la sensualidad de esta escritura, su paisajismo misántropo y su elogio de la vida sencilla ofrecen un contrapunto al presente militarista de la era Truman, marcado por la amenaza nuclear y el comienzo de la guerra fría. El don telepático de sus marcianos, por turnos amables y amenazadores, y a los que no en vano se acaba aniquilando, parece evocar el chamanismo de los indios nativos, en un avance sutil de la «distopía» del gran Philip K. Dick. Así, Tiempo de Marte (traducción más bien plana del original, Martian Time-Slip), que se publicó en 1964, justo al comienzo de sus ensayos con el LSD, nos muestra el negativo corrupto y alienador del sueño americano: Marte es el basurero mental de la Tierra, el destino final de esquizofrénicos y paranoicos a los que se da una segunda oportunidad. La trama desvela el corazón negro de la luz californiana al apoyarse en a los intentos de los personajes por hacer uso del poder visionario de un niño autista, Manfred, cuyos sugerentes ecos byronianos fijan un mundo de egotismo impiadoso que hace ilusoria cualquier pretensión de convivencia.

El nihilismo de Dick, incapaz de creer en la polis, se contrapone ferozmente al mundo amable y pastoril de Arthur Clarke, quien, en Las arenas de Marte (1951), idea la conversión de Marte en una nueva Arcadia, una imagen de fertilidad semejante a la Comarca con que Tolkien mitificó la vieja campiña inglesa. Y es que Clarke, como buen británico, no puede avanzar sin mirar al pasado: ignora que esa Eurídice también se esfumará tan pronto vuelva los ojos, llevándose la poca realidad que aún hay en ella.


[A veces me gusta recuperar textos antiguos y que han quedado, por así decirlo, huérfanos. Este tiene muchos años: se publicó allá por 2002 en el suplemento cultural del diario ABC; una brevería que formaba parte de un amplio dossier sobre el planeta Marte y en el que puse en contigüidad cuatro hitos de la literatura «marciana». Encontré el suelto hace unos días, por azar. Y ahora pienso que debería releer la novela de Clarke, que recuerdo con cariño de mis catorce o quince años.]

martes, marzo 12, 2019

tal como éramos



 
© Luis Palmero, 2002



También nosotros querríamos volver al paraíso, escribir el edén. Luces bien asentadas, días que no vacilan y pupilas que miran de frente y de continuo la clara pertinencia del ahora. Sobre la mesa, el sol y un vaso de agua. Sobre la mesa, un sol de agua, el aire quieto del vaso. Allí estabas, hablando a espaldas de las horas, como si el tiempo fuera un invitado incómodo, una mancha capaz de borrar las palabras que decían el mundo. Allí estabas, bajo el toldo batido por el viento, y el agua lamía el malecón y se colaba entre las rocas con sus dedos prensiles, poniendo un suelo incierto donde plantar las voces, los silencios, la astucia misma del encuentro. También nosotros querríamos borrar la sombra, el reverso maléfico que seduce y arrastra. También nosotros, con nuestra piel viajera y la lengua labrada por el ansia. Limos bien asentados, mezclas desatendidas, manos que sólo manchan lo que codician. La sangre, que se lastima donde encalla. Pero ya no es posible. Todo se ha corrompido antes de madurar. Todo es mancha y turbión. O cayó en el desagüe donde una lluvia huraña lo arrastra y descompone sin piedad. Las palabras que hablabas se salieron de quicio, no saben su lugar, no saben estar quietas. Las palabras que oíamos se nos han ido de la mano y todo es ya otra cosa, distinta de sí misma, irreparable. No podemos volver sobre lo andado. No es posible desanudar el tiempo. Tan lejos de aquel día, el perfume difícil del presente, su impuro aprendizaje, tan lejos del edén.


viernes, marzo 08, 2019

circe maia / el cultural


Y entonces, un día, Álvaro Valverde reseña Múltiples paseos a un lugar desconocido. Antología poética 1958-2014 de Circe Maia en las páginas de El Cultural. Una lectura cercana. Una lectura necesaria.

También aquí.




lunes, marzo 04, 2019

fauna lírica



 © Miguel Ángel Barba



Cultiva pocos entusiasmos. No quiere flancos débiles.




Creció tanto, era tan grande, que dejamos de verlo.




Dios salió por la puerta, y en ese instante todos empezaron a hablar y a gritar a la vez.




El que recuerda se da cuerda. La divisa del elegíaco.




En aquel país, el adiestramiento de un artista incluye largos paseos nocturnos. Quien no educa la mirada, al menos aprende resignación.




Conformarse: deformarse.




Buscó la libertad en las palabras. Fue libre en sus silencios, sin saberlo.



jueves, febrero 28, 2019

phoebe power / pastorales austríacas



i           el lago, que está negro en enero.

ii          un arroyo de madrugada,
            el Loser pierde mineral.

iii         al salir del coche en Ratten
            aire limpio de las alturas, Die Post, tractor.

iv         Wolfsberg, por ejemplo, era una zona de blanco sordo.

v          y el canal de Villach, asperjado de mala hierba.

vi         Yo vivía en una colina de Carintia
            con cabras moteadas y graneros.

vii        Volvería al río silbante
            del Tirol,
            volvería a las casas
            de tejas de madera de Vorarlberg.

viii       Trepaba por bosques de montaña
            y emergía entre insectos, flores,
            árboles derribados, ganado.

por donde recorría los senderos sin baches
diariamente, dejando atrás las gallinas y el risco
encima del cementerio.





Sé muy poco de la poeta británica Phoebe Power (Newcastle-upon-Tyne, 1993). Solo que durante sus años estudiantiles dirigió la sociedad poética de Pembroke College (el mismo al que fue Ted Hughes, por cierto) en la Universidad de Cambridge, y que se ha dado a conocer tempranamente con su primer libro, Shrines of Upper Austria (Santuarios de Alta Austria), publicado por Carcanet en 2018. Tiene un blog bastante actualizado donde anuncia lecturas y otras novedades.

El libro, que ha merecido el premio Forward de poesía como mejor primer libro del año y es finalista del premio T. S. Eliot, está inspirado en la vida de la abuela austriaca de Power, que se casó con un soldado británico y emigró a Inglaterra después de la segunda guerra mundial. Y así este poema, engañosamente sencillo, que empieza con el adjetivo «negro» y termina con el sustantivo «cementerio». Por el camino, las montañas del Tirol: allí, como escribió el propio Eliot, «se respira libertad».





domingo, febrero 24, 2019

traum / 2


Nunca me había pasado: inventarme una palabra en sueños. Estaba en una recepción, creo que académica o universitaria, cuando vi a X en un aparte y le dije: «¡Hipóstame!». Supongo que quería decir, dame un abrazo, porque eso fue lo que hice en el sueño: dar un estrujón efusivo a X, a quien no veo desde hace años y con el que todo acercamiento se ha vuelto tenso, difícil.

¿De dónde habrá venido esta invención? Existe el galicismo «ripostar», parece que habitual en el Caribe, con el sentido de «responder de forma airada» o «contraatacar», y la RAE me confirma que el prefijo hipo- equivale a «debajo de». Es decir, que lo que estaba diciéndole a mi viejo amigo es, en realidad, rebájame, ponme en un escalón inferior a ti. Lo peor es que, conociendo a X –sabiendo cuál ha sido el clima de nuestra amistad–, la cosa parece muy plausible.

miércoles, febrero 20, 2019

libro de los otros / reseña


Había decidido no utilizar el blog para colgar reseñas de mis libros (prefiero compartir textos, lecturas, admiraciones), pero hago una excepción con esta lectura que Jaime Priede, con quien tanto he querido a lo largo de treinta años que se cumplirán muy pronto, acaba de publicar en el último número –el 29, descargable aquí– de la revista Nayagua sobre Libro de los otros (Trea, 2018). La leo con emoción y agradecimiento. Más acá de los elogios, pocas veces se ven las intenciones o los propósitos de uno tan bien elucidados. Jaime conoce perfectamente las piezas del puzle de esta escritura, el contexto que las envuelve y la fuerza que las mueve, y la precisión de su mirada crítica me resulta asombrosa, como si me hubiera leído el pensamiento. Que es, en realidad, un privilegio de la amistad. Y, ahora, no dejen de leer su espléndida traducción de la Poesía completa de Raymond Carver, recién publicada en Anagrama con el título de Todos nosotros.

[Nota: para leer bien el texto, basta pulsar en la imagen respectiva].
 






sábado, febrero 16, 2019

zerón huguet / espacio transitorio





Conozco a José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965) desde los tiempos heroicos (creo que los puedo calificar así) de la revista literaria Empireuma, que dirigió en las décadas de 1990 y 2000 con la ayuda cómplice de Ada Soriano, José María Piñeiro y José Manuel Ramón. Nuestra primera comunicación data, pues, de hace exactamente veinticinco años, cuando coincidimos en la antología Los nuevos poetas –entonces éramos «nuevos»... y jóvenes– editada por el también poeta José Luis García Herrera en 1994. Allí estaban, entre otros (cito un poco a vuelatecla), José Fernández de la Sota, Guillem Vallejo, Ilia Galán o la propia Ada Soriano.

Tendría que ir a las cartas de aquel periodo para saber cómo se estableció el contacto, pero lo cierto es que muy pronto José Luis, con su hospitalidad generosa, abrió las páginas de la revista a mis poemas y traducciones. Allí se publicó también una de las primeras reseñas de Diálogo en la sombra (1997). En aquel periodo pre-Internet (la red ya daba sus primeros pasos, pero era mayormente terra incognita), las revistas en papel cumplían un papel fundamental para cimentar vocaciones y complicidades. Aislado como estaba en Sheffield, sin apenas contactos con el medio literario español (recuerdo que entonces sólo Álvaro Valverde había respondido con gentileza al envío de mi primer libro), la posibilidad de ir publicando poemas en Empireuma era algo más que un refrendo o una toma de confianza: me hacía sentirme acompañado.

Pasaron los años, como en los cuentos, cada cual tuvo que entrar como pudo en la adultez y perdí el contacto con José Luis. Hasta que en 2010, de veraneo en la costa de Murcia, mi hija Paula me propuso visitar la casa natal de Miguel Hernández en Orihuela. Y allá que fuimos. Y esa visita (de la que habría mucho que contar, pero será para otra vez) fue la ocasión, finalmente, de conocer en persona a José Luis y retomar el contacto. La sentí –la viví– como una forma de cerrar un círculo que llevaba demasiado tiempo abierto. Desde entonces, han pasado casi nueve años en los que, a falta de encuentros personales, hemos podido conversar por correo electrónico y seguir al corriente de nuestros trabajos respectivos.

La década de 1990 no fue fácil para poetas como José Luis, cuya escritura se movía muy lejos de las modas al uso. El ninguneo crítico y editorial estaba a la orden del día y no existía Internet para sortearlo con la astucia debida. Pero el creador que hay en él ha sabido sobreponerse a las dificultades del comienzo con cuatro libros publicados en rápida sucesión que dan cuenta del arraigo de su vocación poética y de la verdad y la fuerza de su visión: Sin lugar seguro (Germanía, 2013), De exilios y moradas (Polibea, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, 2017) y Espacio transitorio (Huerga y Fierro, 2018).

Así que cuando José Luis me invitó a prologar su último libro, Espacio transitorio, no dejé pasar la oportunidad de rendir homenaje a su escritura y, de paso, saldar mi vieja deuda con él. Copio, pues, los tres párrafos iniciales de mi prólogo, que dan –me parece– una idea bastante clara de por dónde se mueven estos nuevos poemas. Aprovecho también para recomendar la entrevista que Ada Soriano le hizo en diciembre del año pasado en la revista digital «Frutos del tiempo». Leyéndola, no me parece casual que este libro sea quizá el más reseñado y mejor recibido de su autor. Como dice un viejo proverbio inglés, «toda espera tiene su recompensa». A otros nos gusta llamarlo justicia poética.
  

La obra de José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965) ha sido siempre un sondeo en el misterio, el enigma. Desde la publicación hace veinticinco años de su primera entrega, Solumbre (1993), su poesía ha indagado con lúcida insistencia en los signos terrestres, los elementos primordiales –agua, fuego, tierra, aire–, para empezar a comprender lo real y obtener, quizá, un atisbo de sentido. En los poemas de nuestro autor el sentido nunca o rara vez es transcendente, sino que surge de la exploración sensorial y casi alucinada del mundo físico, de su inmanencia, el aquí y ahora de las cosas: mieses, espigas, muros, rastrojos, tallos resecos, la luz de la tarde en los árboles y los campos, el vuelo de los pájaros, el sol negro del mediodía, los cauces complementarios de los ríos y los caminos, la huella de unas botas, el brillo gastado de enseres y herramientas…

La contemplación obsesiva de este mundo conlleva un grado de extrañeza –de extrañamiento– que nos permite tomar conciencia del tejido complejísimo y a la vez coherente de la realidad, con sus luces y sus sombras, su juego de contrarios, su infinito juego de espejos. Y sólo el ser humano conocedor de esa realidad dejará de sentirse, literalmente, un desterrado, un excluido. José Luis Zerón sabe, con Keats, que «la poesía de la tierra nunca muere», y sabe también que de esa poesía, esto es, de los vínculos con la tierra que ella mantiene y preserva, depende nuestra cordura. Los títulos mismos de sus libros son explícitos a este respecto: Ante el umbral, El vuelo en la jaula y, sobre todo, De exilios y moradas, donde el peligro de la alienación –y hasta de la depresión, como veremos más adelante– convive con la certeza de un refugio al alcance de la mano, tras el velo que nubla o distorsiona nuestros sentidos. En esta misma línea se expresa el escritor José María Piñeiro cuando, sobre Perplejidades y certezas (Ars Poetica, 2017), último poemario del autor, dice que «supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas, captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre». De ahí que la misión del poeta sea, en fin, «la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria».

Y así llegamos a esta nueva entrega, Espacio transitorio, que ocupa un lugar aparte en la obra de nuestro poeta. Ya desde sus primeros compases queda claro que estos poemas configuran una especie de libro negro, de quiebra o fractura donde la visión poética se despeña, abrumada por la sombra omnipresente del dolor y la violencia, el sufrimiento –propio y ajeno–, la angustia, la enfermedad… Los 33 poemas que lo integran –la cifra es significativa– dibujan un via crucis que hace paradas en la historia, el arte y el mito, que hace hablar a personajes bíblicos (Job, la mujer de Lot) y a grandes artistas (Van Gogh, Munch, Richard Dadd), que explora el dolor personal («Oración a San Orfidal», «No te he llamado») y colectivo (los «otros», los «excluidos»), que da voz a las víctimas de la historia («Visita al cementerio judío de Suceava», «La niña de Srebrenica») y a la vez registra la impotencia del sujeto contemporáneo, del individuo inmerso en las trampas del sistema, aguijado por la culpa pero incapaz de actuar. El resultado es un libro escrito desde la urgencia y la necesidad, una llamada de atención que es también un grito de socorro. José Luis Zerón responde así a la doble función de la poesía en tiempos difíciles: testimonio de soledad, sí, pero también manifiesto solidario, expresión depurada de nuestra hermandad fundamental. [...]

martes, febrero 12, 2019

la tarde





Releo La tarde de un escritor en una tarde, mi tarde de lector, podría decir. Hacía años que no leía a Peter Handke, y este librito, reencontrado de pronto entre las cajas de la mudanza que estaban por abrir, ha tenido algo de viaje en el tiempo, como una música que oímos en la radio y despierta presencias impertinentes.

Ciertos pasajes del libro, los que lo abren, por ejemplo, me han hecho recordar mis largas jornadas en el estudio de Netherfield Rd., en Sheffield, hace más de veinte años, donde traducía o trabajaba en la tesis en la más perfecta soledad: apenas se oía algún ruido, y uno tenía en ocasiones la impresión de ser el último habitante de la tierra; en los días más cortos del invierno, sobre todo, se percibía con absoluta nitidez la caída de la luz y el repliegue del jardín ante la noche, como un polvillo que fuera depositándose sobre las cosas y las dispusiera para su ingreso en la oscuridad; los gatos merodeaban por el muro y el viento mecía las ramas de un pequeño abeto que apenas cambió durante los cuatro años que ocupamos la casa. Handke describe una ciudad del norte, con suburbios extensos y silenciosos, y a veces, de no ser por las referencias a un río que la cruza, me ha dado la impresión de que hablaba (me hablaba) de Sheffield. Ciertas jornadas tenía la sensación de haberme hecho invisible a los demás: podían pasar dos o tres días sin que apenas saliera de casa y sin que cruzara una palabra con mis vecinos, y, cuando N. llegaba a casa por la noche, después de las clases, yo tenía que hacer un esfuerzo para procurarle conversación y vencer mi inicial indiferencia por la vida ajena. A veces salía y daba una vuelta por algún parque cercano, pero el frío me derrotaba pronto y maldecía la falta de cafés en mi barrio donde entrar en calor y ver pasar la vida. Inglaterra es un país poco acogedor para el flâneur.

He disfrutado mucho con el libro, pero me pregunto si en parte mi placer no se desprende de que he leído, al menos en parte, una autobiografía velada de mi vida en Sheffield. Ciertos gestos, incluso, me han recordado algunos de mis arranques maniáticos: el cambio a última hora de una palabra y la sensación de trabajo cumplido que eso me procuraba, la extrañeza con que miraba la casa después del largo día de silencio y cuartillas escritas, la pereza malsana antes de salir de casa y dar una vuelta, la sensación de navegar a la deriva por un aire hecho cámara de resonancia de mi conciencia… A veces, los fotogramas de Sheffield se me mezclaban con los de una ciudad centroeuropea, como la Praga que he visitado más tarde: Handke hablaba de un puente y un café y de inmediato me venían al recuerdo los puentes y cafés de Praga, la quietud ruinosa y deslavazada de la falsa isla de Kampa, donde tratamos inútilmente de encontrar huellas de Holan, aunque la memoria haya logrado reconciliar algunos de sus poemas con las callejas de esa tierra de nadie en la que nada nos llamaba. Aunque era marzo, el invierno seguía reinando y sumía las aguas del río en un negro pesado y revuelto que arrastraba las ramas y los despojos de la orilla. El frío palpaba la piel y se cernía sobre los tejados de Hradcany como un pájaro a la espera. De vez en cuando entrábamos a refugiarnos en un café y tratábamos de leer los periódicos checos, más bien de adivinar por ciertas palabras de qué hablaban. Hoy el recuerdo de esa semana salva acaso medio año de mi vida que ha caído en el olvido, sin duda propiciado por una rutina demasiado rígida.

La facilidad con que he logrado superponer imágenes de mi vida al texto de Handke me intriga. Sentí algo semejante al leer Poema de la duración: Handke lograba conjugar lo particular de cada situación (de lo que derivaba su poder inmediato) con una vaguedad descriptiva que permitía o más bien exigía la apropiación ajena. Sus escenas tienen rango de símbolos, cifran ideas o estados de ánimo que todos hemos asociado alguna vez con escenas análogas. Pero lo extraño, o al menos a mí me lo ha parecido en esta relectura, es que no resulta predecible, que sus identificaciones no son obvias. Todo sigue la lógica del sueño, natural y sorprendente a la vez, y vagamos por sus paisajes con la sensación, creo que no infundada, de que todo está a punto de cobrar –de revelarnos su– sentido.

viernes, febrero 08, 2019

cuatro ventanas







Se creyó alguien –¡al fin!– cuando se vio citado fuera de contexto.




Es tu hogar cuando decides buscar cualquier cosa, lo más nimio –un llavero, una linterna pequeña, un gorro contra el frío–, y lo encuentras.




Escritores que no dejan de egolucionar




Confirmar la sospecha. Ese miedo.



lunes, febrero 04, 2019

vona groarke / un poema breve






lo que entonces no sabía del mundo


Ese verano yo tenía un vestido amarillo
pero la montaña, con sus muchos verdes,
fue dejando caer que yo no era lo que parecía
y dijo, con su actitud liviana, tironeada por el viento:
solo una de nosotras necesita estar desnuda
y no veo por qué tendría que ser yo.



Hace como tres semanas colgué un breve poema de la poeta irlandesa Vona Groarke publicado en Poetry Nation Review. Este es aún más breve (apenas seis versos), y tiene algo, diríamos, más travieso y ashberiano que el anterior. No sé por qué, pero esa montaña «con sus muchos verdes» me ha recordado la célebre montaña Sainte-Victoire que Cezanne pintó obsesivamente a partir de 1885. Claro que la montaña del pintor parece bastante más sólida que esta y, desde luego, mucho menos impertinente.



what i didn’t know then about the world

I had a yellow dress that summer
but the mountain, in its so many greens,
put it about that I was not what I seemed,
said in its feathery, wind-flipped way:
only one of us needs to be naked here
and I don’t see why it should be me.