viernes, diciembre 14, 2018

e.d.


«La Naturaleza es una Casa que está Hechizada – pero el Arte – una Casa que intenta estarlo» (Emily Dickinson, fragmento de la carta 459). 

lunes, diciembre 10, 2018

césar vallejo / las piezas encontradas


  

Con motivo del Día del Libro, se celebró en la Casa de América de Madrid los días 23 y 24 de abril (¡hace una eternidad!) un coloquio en homenaje a César Vallejo titulado, justamente, «César Vallejo, 80 años después». Leí en esa ocasión una breve ponencia, «Las piezas encontradas», que ahora Periódico de Poesía de la UNAM ha tenido la gentileza de publicar gracias a los buenos oficios de sus editores, el poeta Hernán Bravo Varela y el novelista Daniel Saldaña. Aparece dividida en dos partes, aquí y aquí. Ojalá su lectura no resulte demasiado impertinente.

jueves, diciembre 06, 2018

tomlinson revisited





Una de mis últimas alegrías en un tiempo no muy propicio para ellas ha sido la publicación en la colección de clásicos de la editorial Carcanet de una nueva antología poética de Charles Tomlinson (1927-2015). Se titula Swimming Chenango Lake, como uno de los poemas emblemáticos de Charles (incluido en el libro The Way of a World, de 1969), y su responsable es el poeta y ecólogo David Morley (1964), que ocupa la cátedra de escritura creativa en la Universidad de Warwick.

Tengo la sensación, nada caprichosa, de que este libro aparece en un momento idóneo, cuando se corría el riesgo de que la obra de Charles quedara arrumbada por los cambios de viento estético o las nuevas modas literarias. La selección es impecable y pone el énfasis en sus libros más enérgicos y arriesgados, más o menos hasta finales de la década de 1980, esto es, la zona de su escritura más influida por la vanguardia, el ejemplo de los objetivistas americanos (empezando por William Carlos Williams) o su diálogo con estrictos contemporáneos como Octavio Paz o Philippe Jaccottet, entre otros.

La selección de Morley quiere llamar la atención de las nuevas generaciones de lectores y reivindicar la pertinencia y la vitalidad de una poesía que abominó por igual de la miopía provinciana, el lugar común y la falacia sentimental. Lo consigue sobradamente, y me alegra en particular que incluya poemas que testimonian la intensa relación que tuvo con la poesía española: su hermoso tributo a Ángel Crespo, o la divertida carta en verso que escribió a Juan Malpartida sobre los placeres de la «jubilación». Solo echo en falta alguna de las muchas variaciones sobre tema mexicano que escribió al final de su vida, pero no se puede tener todo...

La cubierta, por cierto, me parece un acierto: moderna, luminosa, pero a la vez con cierto aire retro. Y nos recuerda que hubo un tiempo en que Charles (que a veces firmaba sus cartas, en broma, como «su humilde sirviente, el escritor chino tom-lin-son») era el poeta más alerta y cosmopolita de su generación, como lo demuestran estos dos poemas de juventud. En realidad, lo sigue siendo.




El arte de la poesía

Al principio, la mente siente un golpe.
La luz abre agujeros blancos en el follaje negro.
O la neblina esconde cuanto no es ella misma.

Pero esto ¿cómo decirlo?
El hecho es que si la verdad no basta
exageramos. Las proporciones

importan. Es difícil calcularlas bien.
No tiene que haber nada
superfluo, nada que no sea elegante
ni nada que lo sea si solo es eso.

Este atardecer verde tiene bordes violetas.

Mariposas amarillas
que transitan nerviosas
de flores escarlata a flores color bronce
desaparecen cuando la noche aparece.




Más ciudades extranjeras

Nadie quiere más poemas sobre ciudades extranjeras...
       (De una reciente disertación sobre poética)

Sin olvidar Ko-jen,
esa ciudad musical (tiene
pocos edificios y junta espacio
combatiendo el silencio),
ni Fiordiligi, cuyos cambios de sol
contra muros de piedra transparente
confunden toda preconcepción: una ciudad
para arquitectos, que se instruyen
arrojando sus redes
a esos bajíos movedizos; ni
Kairouan, cuyo espacio iluminado
se desliza y encaja de tal modo
en las masas de piedra, duda uno
qué puede ser más sólido
a menos que, al abrir
los dorados segmentos del lechoso
globo de una naranja cuarteada,
uno aprenda, tal vez,
a leer tales perspectivas. Luna
alberga una ciudad de puentes, donde
incluso sus vecinos son conscientes
de un privilegio compartido: un puente
no existe por sí mismo.
Rige el vacío.


el original, aquí.

trad. J.D.

domingo, diciembre 02, 2018

tardío


Que un libro –y más si es de poemas– nunca termina de cerrarse es algo bastante frecuente y que muchos hemos aprendido a asumir con normalidad. Con el tiempo vamos retocando versos, tachando palabras o ajustando la puntuación o la sintaxis de ciertas frases; hasta surgen poemas cuyo lugar natural es justamente el libro ya editado. De ahí que ese paréntesis que suele abrirse entre la aceptación del poemario por parte de la editorial y su publicación final (que a menudo es de años) pueda ser muy útil para terminar de ajustar cada pieza o añadir alguna ocurrencia tardía.

Lo que nunca me había pasado, sin embargo, es encontrar la cita idónea de un libro dos años después de su aparición. Releyendo hace meses la vieja edición de Taurus de La provincia del hombre, de Canetti, me encontré con esta nota de 1966 (solo un año mayor que yo, por tanto): «No digas: ahí estuve yo. Di siempre: ahí no estuve nunca». Es más: el apunte –apenas un renglón en la página– iba subrayado doblemente a lápiz.

Está claro, al menos para mí, que esta frase tenía que estar rondando mi inconsciente cuando escribí el verso inicial de lo que sería «Suceso» (y que luego se convirtió en el título del libro): «No estábamos allí cuando ocurrió...». Pero ni la recordaba ni tampoco recuerdo haberla subrayado en su día, entiendo que buscando ayuda en mis peleas juveniles con el yo en la escritura. Lo que viene a confirmar, supongo, que las cosas nunca son del todo como uno las piensa. O que, de hecho, uno nunca está «ahí» donde se escribe el poema. Tenemos esa suerte.

miércoles, noviembre 28, 2018

per somnia





Vivo en un barrio de Madrid a caballo entre dos o tres límites naturales y al menos uno artificial: un río, las colinas de Moncloa, las vías del tren, un parque donde hace ochenta años se situó durante meses el frente de guerra… Un barrio fronterizo, sí, pero también un barrio incompleto o mal compuesto, hecho de retales, en el que ningún camino es recto del todo y trazar curvas de nivel es casi un problema de física cuántica (un problema, por lo demás, al que me enfrento cada mañana cuando salgo a caminar con la perra y trato de no cansarme demasiado pronto encarando pendientes muy pronunciadas o tramos imposibles de escaleras, pero esa es otra historia).

Quizá lo que más me atrae de este barrio es justamente su variedad –digamos– paisajística, el modo en que los retales se yuxtaponen, a menudo sin solución de continuidad, para ofrecer un viaje en miniatura por atmósferas que no son propias ni habituales de esta ciudad. Aquella ladera de pinos altaneros bajo el cielo azul de agosto me hace pensar en Roma; un poco más allá, la disposición vagamente caprichosa de los árboles y el césped que rodean el camino de tierra parece un préstamo inglés; al cruzar el puente que se eleva sobre las vías del tren y entrar en la otra mitad del parque –su mitad, digamos, más precaria o pobretona–, tengo la sensación de estar de nuevo en Sheffield, como si hubiera salido de clase y volviera a casa por las veredas sucias y descuidadas del pequeño parque universitario; a medio trayecto, la fachada gris metalizada del bloque de edificios que se destaca al fondo, tras un primer plano de chopos blancos que casi lo ocultan de la mirada, está sacado directamente de las afueras de una ciudad francesa; y así hasta el infinito y más allá, que es la visión del Palacio Real desde un segundo puente que me devuelve a la ermita y el breve cementerio donde están enterrados las víctimas de los fusilamientos del 2 de mayo. Algunas de estas atmósferas –insisto en el término– remiten a escenas de mi pasado; otras tienen la cualidad del sueño, quiero decir, de lo que alienta con más fuerza en la imaginación precisamente porque no tenemos certeza de haberlo vivido en primera persona.

¿Por qué cuento todo esto? Pasan los días, las semanas, y el aura de estas escenas no cambia ni disminuye; antes bien, cobra fuerza con la repetición, y no hay manera de cruzar el puente en un sentido sin pensar en Sheffield ni de cruzar el segundo puente, de linaje goyesco, sin volver los ojos hacia ese rectángulo formalista que conocí de niño en Tours o Le Havre. Y voy pensando que el tipo de escritura que más me atrae ahora –al menos en la práctica o en mi horizonte de trabajo– tiene mucho que ver con este diorama cambiante de mis paseos matinales. Una poesía hecha de transiciones abruptas, repentinas, movida por la lógica imperturbable del sueño, en el que cada salto es imprevisto y a la vez natural, como si tal cosa. Una poesía en la que el paisaje ya no se deja moralizar ni destacar en primer plano, como solía hace años, sino que proporciona un trasfondo oportuno para la perplejidad, el enigma. Una poesía con la ligereza y la fluidez del caminar, sí, pero capaz al mismo tiempo de convertir lo familiar en extraño, lo inmediato en remoto, el presente en signo o secuela de lo que hubo antes (pues los cambios en el espacio lo son también en el tiempo, y el misterio que emana de ellos se alimenta del pasado –de aquello del pasado que seguimos sin entender propiamente– o bien se proyecta hacia el futuro en forma de conjetura o de premonición). Una poesía que incursiona cada día en el territorio de lo que cree conocer para ver cómo eso consabido se aleja o se aparta o se disuelve a su paso, sin dejar por ello de interpelarnos o de prometer alguna clave que nos comprometa, valga el juego de palabras.

El sonambulismo –ese soñar despierto o con los ojos abiertos que muchas veces se ha equiparado al acto creativo– puede y debe ser fecundo si evita la tentación del hoyo umbilical, si se deja llevar y traer por los afectos del mundo como la bola del pinball rebota y es golpeada por los muelles, resortes y paletas de la máquina. Y los años no han hecho sino refrendar a mis ojos la sabiduría estructural de este paseo sonámbulo, su condición de correlato de nuestro pasar por el mundo: un pas(e)ar incierto, a tientas, a duras penas, pero también iluminado por salvas redentoras de asombro y de plenitud que nos hacen pensar, al menos por un instante, que algo se puede comprender si nos ponemos a ello.

sábado, noviembre 24, 2018

seamus heaney / 2 poemas breves






I.I.87

Aceras peligrosas.
Pero afronto el hielo este año
con el cayado de mi padre.


(Seeing Things, 1991)



La playa

Aquella línea de puntos
que mi padre dibujó
con su bastón en la arena
es algo que la marea
tampoco podrá llevarse.


(The Spirit Level, 1996)


trad. J.D.

martes, noviembre 20, 2018

not waving but drowning


Algo que no he tardado en descubrir en mis paseos con la perra es que casi nadie se saluda ya por la calle. En realidad, no es la calle. Nos cruzamos a primera hora en un parque urbano donde apenas hay tránsito, pero esta soledad, lejos de facilitar los encuentros, los vuelve más opacos, más ariscos, como si temiéramos comprometernos en exceso. Hasta mis torpes intentos de saludo parecen más bien gruñidos, un cabeceo animal. Los dueños de los perros no tenemos otro remedio que darnos los buenos días, pero lo hacemos de manera mecánica y sin apartar los ojos del chucho a nuestro cargo. Y cuando alguien ocasionalmente me saluda con una sonrisa o a las claras, mi primera reacción es de sobresalto; luego intento compensar mi grosería inicial, ese sonido gutural que hago pasar por «buenas», pero ni modo, como dicen los mexicanos.

Un día llegué a fabular que este acto fallido del saludo es en realidad el resorte que nos empuja a seguir camino, movidos por la incomodidad y el bochorno, pero sospecho que en mi exageración quedaba un resto de mis vivencias inglesas. Aquí en Madrid es simple inercia, el hábito de la calle trasplantado a los senderos del parque. Por lo demás, nada nuevo. Supongo que a ciertas horas y en ciertos lugares la misantropía es de rigor, pero la facilidad con que confirmamos nuestras peores expectativas nunca deja de sorprenderme.

viernes, noviembre 16, 2018

circe maia / novedad





Parece que por fin la antología de la poeta uruguaya Circe Maia (Montevideo, 1932) que he preparado para la editorial Pre-Textos está llegando a las librerías. Por lo pronto, ya se anuncia en la página web de la editorial (comparto aquí la cubierta, con una hermosa ilustración de José Saborit). Dicen que lo bueno se hace esperar, pero en este caso –no sabe uno por qué– todo ha sido un poco más difícil o complicado de lo habitual. El libro se titula Múltiples paseos a un lugar desconocido. Antología poética 1958-2014, como uno de los primeros poemas de su autora, y recoge una amplia selección de esta obra desde el inaugural En el tiempo (1958) hasta Dualidades, publicado hace apenas cuatro años: más de doscientas páginas de poesía, medio siglo largo de escritura (¡toda una vida!), y lo primero que se desprende de la lectura del conjunto es su innegable coherencia, el acento personalísimo de su voz, a la vez curiosa y discreta, interrogante y contenida, volcada en el mundo sin dejar de guardar cierta distancia con él.

Ya he escrito en otras ocasiones (aquí) sobre la obra de Circe Maia y de cómo llegué a ella. Añadiré tan sólo que esta antología me permite saldar una vieja deuda, que se remonta como poco a finales de mi estancia en Sheffield, allá por 1997-98. Nada es fácil cuando se trata de poesía. El tiempo se toma su tiempo y hay que ser muy tenaz, o muy testarudo, para sacar cualquier proyecto adelante. Dicen que los poetas hispanoamericanos de ahora mismo, los contemporáneos, no suelen gozar de mucho predicamento en España, que las ventas de sus libros son bajas. Yo espero sinceramente que este libro sea la excepción a la regla, porque hay mucho que aprender de la poesía de Circe Maia: una forma de estar y de ser en el mundo, una actitud moral que es también una posición estética, el modo en que una relación honesta, humilde con el mundo (y con las palabras que lo nombran) disipa la espiral disolvente y algo fantasmal de un subjetivismo exacerbado. Y todo ello sin sentimentalismos ni falsos consuelos, sin deponer las armas de una inteligencia sensible y alerta, llena de lucidez.

Así en estos dos poemas de Dualidades (2014) incluidos en la antología, que nos dan una idea del tono final de esta poesía, de su modo de enfrentarse a la finitud, propia o ajena, con la entereza de quien lleva muchos años ensayando. Buena lectura.


Las siete placitas

Al entrar o salir de la ciudad se atraviesan
siete plazas pequeñas.
En alguna no cabe más que una palmera.
En otra, hay dos árboles y un banco.
En la más grande hay hasta una fuente
y una gran rosaleda, con bancos que se enfrentan.
No está todo al mismo nivel. Hay un lugar más alto.
Allí han puesto una estatua.
(La estatua, con el sable en alto,
ataca el aire plácido.)

Calles finas y curvas separan las placitas.
Crucemos con cuidado.
Desde este lugar se ven las casas nuevas
y, en las veredas, siete palmeras altas
que conservan la luz del sol por mucho rato.
Cuando todo es penumbra
se ve brillar las hojas todavía
y a veces
un rumor en lo alto.


¿Cómo será?

¿Será posible que uno esté escribiendo,
por ejemplo, esta frase, y nos quede inconclusa?
«Tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.»
No veremos entonces el momento
previo, el momento
último. Caerá el papel,
la taza de café, o lo que sea.
O tal vez no.
Podría ser la velita que se apaga
imperceptiblemente
sin que ninguna puerta se cierre
y ninguna se abra.


lunes, noviembre 12, 2018

lección de interferencia





Una de esas lecturas juveniles por las que sigo teniendo un cariño especial es El tapiz de Malacia, de Brian W. Aldiss, que leí en la vieja edición de tapa dura de Minotauro (la hoja de respeto sigue teniendo las marcas a lápiz de Tina, la responsable de la librería Universal de Gijón, que soportaba mis visitas interminables con paciencia socarrona: dice ahí que el libro llegó a la tienda el 17 de diciembre de 1984 y que yo lo compré exactamente dos meses después, el 17 de febrero de 1985, por mil doscientas pesetas, unos siete euros y medio, toda una fortuna para el muchacho de diecisiete años que era entonces). Aldiss es uno de los maestros de la ciencia ficción clásica gracias en especial a la trilogía de Heliconia, pero The Malacia Tapestry, publicada originalmente en 1977, fue una anomalía en su carrera: una novela picaresca con ribetes fantásticos y situada en un trasunto de la Venecia renacentista (la Malacia del título, aunque en esas sílabas también alienta el recuerdo del viejo emporio comercial de Malaca), una ciudad-estado cuyos habitantes descienden de los dinosaurios y en la que toda forma de cambio está prohibida. Un breve paseo por la red me hace pensar que no estoy solo en mi devoción: son muchos los que recuerdan con placer su mezcla de ironía, desenfado y erotismo, y sobre todo la precisión y la riqueza de su estilo. Más allá de los guetos genéricos, Aldiss era un escritor y prosista admirable que bebía lo mismo de la novela popular (Mary Shelley, Dickens, H.G. Wells) que de la modernidad rutilante de Yeats o Virginia Woolf, por no hablar de los Inklings de su Oxford natal.




El caso es que la novela va encabezada por un breve poema que recuerdo a la perfección porque fue uno de mis primeros «descubrimientos» líricos. Son versos que Aldiss dedica a su mujer, Margaret Christie Manson, y en la versión de Manuel Figueroa –el traductor del libro– dicen así:

el tiempo bajo un amanecer
de cristal, y nubes de polen
que cruzan el océano verde

tú eres mi sueño
verde sueño de existencia
frágil pero perdurable

Años después, cuando leí los poemas imagistas de Pound o H.D., entendí mi fascinación adolescente por estos versos: brevedad, condensación, la capacidad para tomar un instante de percepción (una visión del mundo natural) y convertirlo en emblema, ese lirismo asordinado de la segunda estrofa, con la repetición de un «sueño [...] / frágil pero perdurable» que da la medida exacta de nuestro existir... La huella de esta lectura revivió al cabo de veinticinco años y se coló en mi poema «Una vida», concretamente en su punto 17, en el que inserté esos tres versos finales en forma de homenaje privado... pero también con la certeza de que me ayudaban a concretar, o mejor a enriquecer, el sentido del conjunto:

17. Nubes de polen a la luz oblicua de la tarde. Un aire sutil mueve las acacias y despierta retinas, vislumbres, lujurias tardías. Tú eres mi sueño, verde sueño de existencia, frágil pero perdurable.

El caso es que ahora, cuando el escritor y traductor Lawrence Schimel está embarcado en la tarea de traducir No estábamos allí al inglés, he vuelto sobre la novela de Aldiss para encontrar el texto original de esos versos y citarlos tal cual en la traducción. Y ahí es donde me he llevado una sorpresa (no diré «mayúscula», pero casi), pues resulta que el poema original de Aldiss no tiene mucho que ver –nada, en rigor– con la versión que yo había leído todos estos años. Veamos:

time under prisms
dawn and pollen clouds afloat
presaging changes

you are the glimpsed light
in my smokey existence
frail but enduring

Que podría traducirse más o menos así:

el tiempo bajo prismas
amanecer, y nubes de polen suspendido
que presagian cambios

tú eres la luz entrevista
en mi nublada existencia
frágil pero perdurable

Sólo un verso, el último, coincide con la versión de Figueroa. Nada de «sueño» en el poema de Aldiss, ningún «océano verde», ningún «verde sueño de existencia»... Se me ocurrió que quizá el traductor había partido de una versión primera o primitiva del poema que luego, en ediciones posteriores, Aldiss habría reescrito, pero Google Books me ha permitido acceder a la primera edición británica de la novela y ahí el poema aparece tal cual, sin cambios. Aldiss nunca lo modificó.

De manera que llego a la conclusión de que ese poema que tanto me gustó hace treinta y tres años (una edad significativa) es obra, en realidad, de su traductor, Manuel Figueroa, que se inspiró en los versos de Aldiss para crear su propio emblema verbal. Lo hizo traicionando el engarce de los versos con la novela, pues esas «nubes de polen / que presagian cambios» son una referencia indudable al tiempo detenido de Malacia, la ciudad inalterable donde toda novedad está prohibida, pero siendo quizá fiel al germen imagista del original: el contraste luz/nublado de la segunda estrofa se resuelve en su versión en un contraste mucho más nítido y luminoso, más concreto (que hubiera hecho, me parece, las delicias de Pound o de Charles Tomlinson): nubes de polen sobre un océano verde...

No hay moraleja en esta historia, salvo tal vez para recordar –de nuevo– que nuestro aprendizaje y nuestro historial de lecturas están llenos de malentendidos y confusiones, de interferencias... Nada es del color con que lo pintan, literalmente: lo que era «verde» se revela, en realidad, «nublado» y hasta «humeante» (el otro sentido de la palabra «smokey»). Manuel Figueroa es uno de los traductores más notables y prolíficos de la literatura fantástica y de ciencia-ficción, gracias entre otros motivos a su larga asociación con Minotauro (suya es, por ejemplo, la traducción clásica de El hobbit de Tolkien). Pero está claro, al menos por este ejemplo, que había en él un poeta secreto con ganas de hacerse ver. Y que –por improbable que fuera– encontró un lector receptivo en ese muchacho de Gijón que lo ignoraba todo sobre su futuro, y mucho menos que terminaría haciendo versos. Ahora toca traducir esa segunda estrofa de Aldiss-Figueroa al mismo idioma inglés del que decía provenir. El juego de las metamorfosis sigue su curso.