domingo, abril 13, 2014

charles simic / el mundo




Supongamos que fuera un árbol
en una calleja apartada
con una pequeña taberna
donde un letrero de neón
brilla con la palabra «frío».
Es verano, y cae la noche.

Dentro hay un único cliente
que tiene el rostro de mi padre.
Está inclinado sobre un libro
de caracteres diminutos,
ajeno al barman que le acerca
una taza de café negro.

Tengo infinitas hojas, pero
ninguna se atreve a moverse.
No hay duda, estamos embrujados.
Nada en el mundo nos atañe.


versión J.D. / dibujo de loustal

jueves, abril 10, 2014

piedra y cielo / 6


 
Soledad Sevilla, Maleza del cambio, 2003
Carboncillo sobre papel. 191 x 127 cm


Acaba de salir el nuevo número de la revista virtual Piedra y Cielo. Hace el número 6 y tiene un índice de lo más jugoso: poemas de Ana Hatherly y Chus Pato (traducidos por Thiago Medeiros y Ana Gorría, respectivamente, prosas de Camilo Pessanha y lúcidos textos críticos de José Luis Gómez Toré (sobre la poesía reunida de Carlos Piera), Francisco León (sobre Las formas disconformes), Andrés Sánchez Robayna y Melchor López, entre otros.

En lo personal, me alegra mucho poder compartir en este número un fragmento del libro Maleza del cambio, que llevo un tiempo escribiendo al margen de otras cosas. Tan al margen, de hecho, que este fragmento es lo único que he dado a leer hasta ahora del conjunto. También la maleza hay que cuidarla. Y en este caso la vieja superstición que aconseja no compartir lo escrito antes de tiempo cobra toda su validez. Pero este fragmento, no sé por qué, se ha salvado de la veda.

sábado, abril 05, 2014

el genio y la caverna


 
Charles Tomlinson, Sea Cave, 1975


Uno de los gestos más habituales al sostener un libro entre las manos, al recibirlo de alguien o prepararnos para leerlo, es acariciar sus tapas, pasar los dedos por los lomos, frotar –si estamos sentados– la cubierta contra las rodillas. Son gestos inconscientes, automáticos, semejantes al balanceo de un niño mientras espera o la mirada fugaz que echamos al espejo, pero que nos recuerdan, por si hiciera falta, la naturaleza profundamente material del acto de leer, la necesidad que tenemos de tocar, de palpar incluso, ese objeto misterioso cuyas hojas nos reclaman como movidas por un viento no menos misterioso: el viento del deseo, de la expectativa.

Esa necesidad de tocar, esas caricias involuntarias que prodigamos al libro, hacen pensar en el frotamiento que requiere otro objeto de leyenda: la lámpara de Aladino, la lámpara del genio. Como el libro, también la lámpara exige que las manos –nuestras manos– la sostengan y agasajen; sólo así es posible despertar al genio, convocarlo, hablar con él. Hay que frotar sus curvas metálicas como se acaricia el lomo de un animal no del todo manso; con precaución, preparado para una reacción imprevista o peligrosa, sin saber bien qué puede salir de entre el humo. Por otra parte, como ha dicho el poeta Richard Wilbur (se lo escuché hace poco al escritor cubano Orlando González Esteva): «La fuerza del genio proviene justamente de su estar confinado en una lámpara». El genio comparece y esgrime su poder en forma de servicio. Dice la leyenda que nos concede tres deseos, pero esa misma leyenda –o el cúmulo de interpretaciones que ha generado con el tiempo– sugiere que debemos elegir bien, que en esa elección nos va la vida, que no podemos abusar de la paciencia ni del poder del genio. Y que tan pronto hayamos pedido nuestros deseos, él volverá a su lámpara. No puede estar mucho tiempo fuera. El aire de este mundo le hace palidecer. Lo abierto –lo ilimitado– es sinónimo de distensión, de des-aliento: el genio literalmente se esfuma y pierde su fuerza, su hálito vital.

Tomamos el libro entre las manos y lo frotamos levemente –lo acariciamos– como si quisiéramos despertar al espíritu que lleva dentro. Y, en realidad, eso mismo es la lectura: un poner los oídos a trabajar, un envolver con nuestra atención el libro y frotarlo con los tentáculos de la expectativa, de la curiosidad. Sólo entonces, en el paréntesis de tiempo que abren sus páginas, el espíritu comparece, y su visión conlleva un breve diálogo con él, un diálogo que sin embargo puede y debe prolongarse luego en forma de reflexión solitaria, de paseo circular sobre las huellas de lo leído. Y ese diálogo es breve porque, como el genio de la lámpara, también el espíritu del libro –eso que podemos leer pero no, en última instancia, explicar; eso que es legible y a la vez impenetrable– debe su fuerza a su confinamiento. Desplegarlo por entero, mostrarlo de pies a cabeza, elucidarlo, supone su ruina. Todo lo que pensemos luego sobre lo leído, todas nuestras reflexiones y cavilaciones, dependen fatalmente de ese diálogo en tiempo real que establecemos con el magma oscuro que bulle en las estrechas paredes del libro y que, liberado unos instantes, se nos revela entre una nube de humo para desvanecerse poco después. Y en ese diálogo tan importante es lo que escuchamos, lo que se nos dice, como lo que atinamos a decir y preguntar.

El sentido del libro –aquí termina la comparación– no nos pide tres deseos. Pero sí nos empuja a interpelarlo. Y de la pertinencia y la oportunidad de nuestras preguntas dependen en gran medida la intensidad y el valor de la lectura. ¿Preguntas? ¿Pero no era el acto de leer una experiencia de escucha, un acto de atención y espera? Un buen libro lleva en sí las claves de su interpretación, tiene algo de acertijo que espera ser resuelto y que además nos muestra sutilmente la forma en que debe resolverse. Pero los grandes acertijos siempre dependieron de la calidad de las preguntas, de la sutileza del suplicante que interroga al oráculo. El mismo libro no dice las mismas cosas a distintos lectores ni mantiene su sentido indemne a lo largo del tiempo. Pensar lo contrario sería suponer –absurdamente– que el genio de la lámpara es un robot programado de antemano que actúa igual con los distintos Aladinos que lo despiertan de su sopor de siglos. Si la lectura no es diálogo, si no comporta preguntas, si esas preguntas no surgen en el curso mismo del leer, si no son decisivas e incluso irrevocables…, entonces la lectura no es nada; o es algo que pasa por la conciencia como el agua por un paraguas impermeable: sin filtrarse ni dejar huella.

Porque esa labor de filtro, ese gotear lento que horada la piedra y esculpe extrañas formas allí por donde pasa, es justamente lo que hace de la conciencia del lector una caverna, un espacio abierto con raíces en la oscuridad, en lo no dicho ni manifiesto; un espacio análogo al del libro que, de nuevo, deriva su fuerza de su confinamiento, de su estar ahí encerrado –enterrado– bajo la superficie de los sentidos, sujeto a los vaivenes de luz y oscuridad que va marcando el tiempo, nuestro estar en el tiempo. Nunca seremos un libro abierto para nadie, y menos para nosotros mismos. Y cada nuevo diálogo real, cada nuevo juego de escucha y de preguntas, de espera y de búsqueda, no hace sino complicar más las cosas.

miércoles, abril 02, 2014

el monumento



Román Hernández González
Donde muere la muerte y se desvanece el alma, 2013
Construcción. Madera. 137 x 24 x 14,5 cm


De qué está hecho, no lo sé.
Quizá de alguna clase de madera liviana
como el sauce,
o de escamas de cobre,
o del cristal que deja el caracol entre la hierba,
impuro y desenvuelto.
Difícil decidirlo a esta distancia.
La luz del mediodía
lo envuelve en brillos submarinos
como si fuera un ancla descansando en la arena.
Pero no está en el fondo de ningún mar
sino en la tierra,
sobre la tierra,
con sus raíces bien plantadas y el torso expuesto.
Respira el mismo aire que nosotros,
el mismo clima,
aunque el viento que emerge al final de la tarde
le haga mover las aspas de sus brazos
y parezca una estupa con banderas de oraciones.
Algo está claro: tiene ritmo. Solo un maestro
ajustaría así cada fragmento,
las venas invisibles.

De qué está hecho, no lo sé.
El cielo, cada vez más teatral, me confunde.
Doy vueltas a sus formas con los ojos
y estudio cada muesca,
cada surco,
creyendo hallar correspondencias.
Hablo con él como con un hermano
pero me ignora como un hijo.
Una estatua de espinas, una cruz emplumada.
Y ese poco de sombra
que prospera en las horas muertas.
Visto de arriba abajo
es lo que tú quieres que sea.
Visto de abajo arriba
es lo que tú podrías ser.
En cualquier caso, estás perdido.


domingo, marzo 30, 2014

nuages







Cuarenta días en el desierto. Allí la sombra es más densa, más dura. Basta una semana para empezar a tallarla.



Los aforismos, mejores cuanto más ingratos con su autor.



Se han convertido en estatuas de palabras. Por mirarse a sí mismos.



Cuando llegó el momento de afrontar las preguntas de los comentaristas, hizo un amago de cruzarse de brazos; fue apenas un instante, el tiempo justo para arrepentirse y enderezar la espalda, la línea de los hombros. Sonrió como cogido en falta, y solo por eso comencé a mirarlo con simpatía. Seducción de los actos fallidos.



Páginas como alfombras improvisadas, para no mancharnos los zapatos.


jueves, marzo 27, 2014

viene del cielo





Leyendo un viejo ensayo de George Steiner, caigo sobre un verso del escritor isabelino Thomas Nashe: «Brightness falls from the air». El verso –sin duda el más citado de su autor– despierta un eco inmediato en español: «Siempre la claridad viene del cielo». Un eco que es una inversión, pues el poema de Nashe («In Time of Pestilence») es un canto fúnebre por las víctimas de la peste, una elegía a los jóvenes que han muerto antes de tiempo a causa de la plaga: la claridad, en su poema, no «viene» del cielo, sino que «cae», «desaparece» o se «desprende» de él, dejando una sombra donde antes había luz.

Sin embargo, el eco persiste. Siendo como es un verso célebre –Eliot y Joyce le dedicaron largos comentarios, y hasta dio título en 1985 a una conocida novela de ciencia-ficción de Alice B. Sheldon–, ¿es posible que Claudio Rodríguez lo leyera de muchacho en alguna vieja antología de poesía inglesa? ¿Que lo leyera y, tal vez, equivocara su sentido, usándolo como resorte para llegar a su propia formulación?

En todo caso, sería un misreading que viene de lejos, un malentendido irónico, pues casi todos los expertos coinciden en que el verso de Nashe es fruto de una errata y que su autor se refería más bien al «hair», el «cabello» de esos jóvenes dorados que se mueren literalmente ante sus ojos. La errata convierte una simple descripción física en una imagen memorable de la ruina del mundo, de su caída en desgracia. Una imagen que ha pervivido a lo largo de los siglos y que reaparece, extrañamente –por azar o a sabiendas–, en el verso inicial de Don de la ebriedad, confirmando así las viejas jerarquías, la certeza de que nada puede ocurrir en este mundo sublunar sin permiso del cielo.

domingo, marzo 23, 2014

john ruskin / el sueño imperativo





Una tarde de invierno de hace ocho o nueve años recibí la llamada de un editor de cierto renombre, director de una venerable colección de clásicos. Yo le había enviado una propuesta de traducción de la obra poética de Coleridge y él me llamaba para comentarme que declinaba mi propuesta («ya hemos sacado hace poco una edición de Baladas líricas...») pero que se le había ocurrido una alternativa: una antología de la poesía victoriana inglesa, de Tennyson y Browning en adelante. La oferta era intimidatoria por monumental (sólo El libro Penguin del verso victoriano suma casi ochocientas páginas de poesía a texto corrido), pero también atrayente, con ese imán que tienen los desafíos para llevarnos a su terreno. Además, no me quedaba opción; estaba en el paro, sin perspectivas de encontrar trabajo a corto plazo, y malvivía de los encargos que me iban llegando con cuentagotas y que cobraba –como siempre– mal y tarde. Así que le pedí un par de días para pensármelo y enviarle una propuesta más definida, aunque en mi fuero interno ya había aceptado. Lo que sí avancé en nuestra conversación fue la necesidad de no confinarnos solo a los poemas de los grandes, sino de incluir muestras de la prosa de John Ruskin, Walter Pater y G. M. Hopkins, cuyos ensayos, cartas y cuadernos de notas tanto habían influido en los poetas del siglo veinte, empezando por Pound. De hecho, aquella misma tarde, o a la mañana siguiente, llevado por el entusiasmo, me puse a traducir algunos fragmentos de la obra de Ruskin, breves apuntes sobre el arte y la naturaleza que podían funcionar perfectamente, o eso me parecía (y me sigue pareciendo), como poemas en prosa. Traduje, no sé, diez o quince fragmentos mientras releía viejas antologías de poesía inglesa y redactaba un índice preliminar o tentativo para mi selección.

Como era de esperar, el proyecto quedó en nada. El editor se jubilaba aquel mismo verano, según me enteré por un tercero, y con su marcha también desapareció cualquier posibilidad de colaborar con la editorial. (Lo que nunca entendí, a la luz de estas noticias, es por qué me había llamado inicialmente; quizá pensó que podía echar a rodar algunos proyectos antes de jubilarse, quizá su jubilación fue más bien un despido encubierto; no hubo forma de saberlo.) Sin embargo, mantuve la idea de seguir traduciendo a Ruskin y de hacer un librito con el resultado. Recuerdo que una de las tareas que me impuse en el verano de 2006 fue la de ir leyendo y traduciendo algunos de esos fragmentos hasta un total de cincuenta o sesenta: sobre arte y naturaleza, en especial, pero también otros de índole autobiográfica, relativos a su niñez y a su relación con Turner. Todos ellos de una intensidad lírica innegable, escritos más desde el vacío fundante de la poesía que desde el sillón o la basa de la crítica. Pasó el verano, volví a mis traducciones de Auden y de Anne Carson, encontré trabajo en el Círculo de Bellas Artes, y el proyecto Ruskin quedó arrumbado en una carpeta: uno de esos bajíos en los que de pronto encalla hasta la nave mejor equipada. Algún fragmento escapó del naufragio y vio la luz en esta bitácora, pero sin consecuencias.

Y así siguió todo hasta el verano pasado. Siete años después, en agosto de 2013, y en un Madrid de calores africanos muy lejano del Gijón que lo vio arrancar, retomé por fin aquel viejo proyecto y lo completé con un sesgo sensiblemente distinto al inicial: a las entradas sobre arte, arquitectura y naturaleza se sumaron de modo natural toda una serie de fragmentos sobre sociedad y economía que daban fe de las preocupaciones sociales de Ruskin y que parecían comentar, con más de cien años de adelanto, nuestro presente castigado por la codicia de los bancos y la irresponsabilidad de financieros y políticos. Ruskin, que fue un crítico feroz del capitalismo victoriano y denunció las infames condiciones a las que estaba sometida gran parte de la sociedad inglesa, me hablaba en diferido (permítaseme la broma) y de modo indirecto de lo que pasaba aquí y ahora, en esta Europa exasperada por el miedo, la protesta y la incertidumbre. Así fue creciendo y cerrándose El sueño imperativo, un libro de apenas cien páginas que acaba de publicar Vaso Roto Ediciones y en el que se reúnen 111 fragmentos (los que me conocen saben de mi afición por la numerología) que tocan o reflejan todos los temas que interesaron a su autor. Es un libro de pequeño tamaño pero de grandes horizontes, porque todo lo que dice Ruskin sigue siendo relevante a estas alturas del nuevo siglo; basta con hacer un pequeño ejercicio de traducción, de transposición a las claves de nuestro tiempo. Esto es cierto incluso en el caso de sus notas sobre estética, en las que siempre se desliza un matiz, un aparte o un juicio que iluminan nuestra visión del arte y la literatura. Por no hablar de su noción de la obra de arte como algo vivo, como forma orgánica cuya totalidad es siempre mayor que la suma aritmética de las partes que contribuyen («coadyuvan») a su existencia.

El libro llega a las librerías la semana que viene en un formato casi de bolsillo, y eso es lo que pretende: ser llevado en el bolsillo, leído a ratos, picoteado en las horas perdidas del tren o el autobús; convertirse en un compañero de trayecto que haga pensar y, si es posible, sonreír. De momento, ahí va como adelanto uno de esos 111 fragmentos del libro que pertenece originalmente a uno de sus libros de madurez, El nido del águila (1872), en el que se reúnen algunas de sus conferencias en Oxford; un fragmento donde la fuerza de la sintaxis aparece tamizada por esa mezcla de escepticismo y admonición que es marca de la casa, y que es su manera de saludar de lejos a la muerte sin reconocer su autoridad:


¿A qué debemos atribuir el que todos los hombres rememoren el tiempo de su niñez con tanto pesar (si su niñez ha sido razonablemente saludable o pacífica)? Ese delicioso encanto que hasta la posesión más nimia tenía a nuestros ojos era la consecuencia de la pobreza de nuestros tesoros. Esa apariencia milagrosa con que la naturaleza nos rodeaba se debía a que habíamos visto poco y sabíamos menos. Cada nueva posesión supone una nueva carga de cansancio; cada nuevo fragmento de saber reduce la facultad de admiración; y la Muerte acude finalmente a su cita para echarnos de un escenario en el que, si nos quedáramos más tiempo, ningún obsequio podría satisfacernos y ningún milagro sorprendernos.

The Eagle’s Nest, capítulo V, § 82



viernes, marzo 21, 2014

john ruskin, la poesía



Francisco León Jun


Hay en su poema [Idilios del rey] tesoros de sabiduría y una concentración única, sin parangón, de pintura verbal; me parece, no obstante, que un poder tan intenso no debería gastarse en visiones del pasado sino en el presente vivo. Creo que por cada oyente capaz de percibir la hondura de este poema habría diez que sentirían la misma hondura si la corriente fluyera entre elementos más cercanos a ellos. Y solo en las realidades de la vida moderna –no la vida formal de los salones, sino el crecer lejano y en gran medida desconocido de almas que sufren toda clase de angustias o servidumbres– hay infinidad de cosas que deberían ser contadas y que solo un poeta puede contar. Pienso que la transcripción intensa, certera y experta de un hecho actual, y el relato de una vida real tal y como puede verla y estudiarla un poeta, harían que todo el mundo, al percibir el obrar inmediato de Vida y Destino, percibiera más o menos qué es la poesía.

Esta se me antoja la verdadera tarea del poeta moderno. Y creo que he visto rostros y oído voces, por el camino y en la calle, que conferían o exigían tanto como las más hermosas o tristes de Camelot. Las observo, y algo pesa en mi ánimo día tras día, el sentimiento de que el asombro ante el mundo no está en la tristeza del mismo sino en su pérdida. Veo criaturas llenas de poder y belleza, y nadie que las comprenda o las instruya o las salve. Suceden en ellas milagros, y todos naufragan, perdidos para siempre hasta donde se nos alcanza. Y sin ningún in memoriam.

De una carta a Tennyson, septiembre de 1859