martes, febrero 12, 2019

la tarde





Releo La tarde de un escritor en una tarde, mi tarde de lector, podría decir. Hacía años que no leía a Peter Handke, y este librito, reencontrado de pronto entre las cajas de la mudanza que estaban por abrir, ha tenido algo de viaje en el tiempo, como una música que oímos en la radio y despierta presencias impertinentes.

Ciertos pasajes del libro, los que lo abren, por ejemplo, me han hecho recordar mis largas jornadas en el estudio de Netherfield Rd., en Sheffield, hace más de veinte años, donde traducía o trabajaba en la tesis en la más perfecta soledad: apenas se oía algún ruido, y uno tenía en ocasiones la impresión de ser el último habitante de la tierra; en los días más cortos del invierno, sobre todo, se percibía con absoluta nitidez la caída de la luz y el repliegue del jardín ante la noche, como un polvillo que fuera depositándose sobre las cosas y las dispusiera para su ingreso en la oscuridad; los gatos merodeaban por el muro y el viento mecía las ramas de un pequeño abeto que apenas cambió durante los cuatro años que ocupamos la casa. Handke describe una ciudad del norte, con suburbios extensos y silenciosos, y a veces, de no ser por las referencias a un río que la cruza, me ha dado la impresión de que hablaba (me hablaba) de Sheffield. Ciertas jornadas tenía la sensación de haberme hecho invisible a los demás: podían pasar dos o tres días sin que apenas saliera de casa y sin que cruzara una palabra con mis vecinos, y, cuando N. llegaba a casa por la noche, después de las clases, yo tenía que hacer un esfuerzo para procurarle conversación y vencer mi inicial indiferencia por la vida ajena. A veces salía y daba una vuelta por algún parque cercano, pero el frío me derrotaba pronto y maldecía la falta de cafés en mi barrio donde entrar en calor y ver pasar la vida. Inglaterra es un país poco acogedor para el flâneur.

He disfrutado mucho con el libro, pero me pregunto si en parte mi placer no se desprende de que he leído, al menos en parte, una autobiografía velada de mi vida en Sheffield. Ciertos gestos, incluso, me han recordado algunos de mis arranques maniáticos: el cambio a última hora de una palabra y la sensación de trabajo cumplido que eso me procuraba, la extrañeza con que miraba la casa después del largo día de silencio y cuartillas escritas, la pereza malsana antes de salir de casa y dar una vuelta, la sensación de navegar a la deriva por un aire hecho cámara de resonancia de mi conciencia… A veces, los fotogramas de Sheffield se me mezclaban con los de una ciudad centroeuropea, como la Praga que he visitado más tarde: Handke hablaba de un puente y un café y de inmediato me venían al recuerdo los puentes y cafés de Praga, la quietud ruinosa y deslavazada de la falsa isla de Kampa, donde tratamos inútilmente de encontrar huellas de Holan, aunque la memoria haya logrado reconciliar algunos de sus poemas con las callejas de esa tierra de nadie en la que nada nos llamaba. Aunque era marzo, el invierno seguía reinando y sumía las aguas del río en un negro pesado y revuelto que arrastraba las ramas y los despojos de la orilla. El frío palpaba la piel y se cernía sobre los tejados de Hradcany como un pájaro a la espera. De vez en cuando entrábamos a refugiarnos en un café y tratábamos de leer los periódicos checos, más bien de adivinar por ciertas palabras de qué hablaban. Hoy el recuerdo de esa semana salva acaso medio año de mi vida que ha caído en el olvido, sin duda propiciado por una rutina demasiado rígida.

La facilidad con que he logrado superponer imágenes de mi vida al texto de Handke me intriga. Sentí algo semejante al leer Poema de la duración: Handke lograba conjugar lo particular de cada situación (de lo que derivaba su poder inmediato) con una vaguedad descriptiva que permitía o más bien exigía la apropiación ajena. Sus escenas tienen rango de símbolos, cifran ideas o estados de ánimo que todos hemos asociado alguna vez con escenas análogas. Pero lo extraño, o al menos a mí me lo ha parecido en esta relectura, es que no resulta predecible, que sus identificaciones no son obvias. Todo sigue la lógica del sueño, natural y sorprendente a la vez, y vagamos por sus paisajes con la sensación, creo que no infundada, de que todo está a punto de cobrar –de revelarnos su– sentido.

viernes, febrero 08, 2019

cuatro ventanas







Se creyó alguien –¡al fin!– cuando se vio citado fuera de contexto.




Es tu hogar cuando decides buscar cualquier cosa, lo más nimio –un llavero, una linterna pequeña, un gorro contra el frío–, y lo encuentras.




Escritores que no dejan de egolucionar




Confirmar la sospecha. Ese miedo.



lunes, febrero 04, 2019

vona groarke / un poema breve






lo que entonces no sabía del mundo


Ese verano yo tenía un vestido amarillo
pero la montaña, con sus muchos verdes,
fue dejando caer que yo no era lo que parecía
y dijo, con su actitud liviana, tironeada por el viento:
solo una de nosotras necesita estar desnuda
y no veo por qué tendría que ser yo.



Hace como tres semanas colgué un breve poema de la poeta irlandesa Vona Groarke publicado en Poetry Nation Review. Este es aún más breve (apenas seis versos), y tiene algo, diríamos, más travieso y ashberiano que el anterior. No sé por qué, pero esa montaña «con sus muchos verdes» me ha recordado la célebre montaña Sainte-Victoire que Cezanne pintó obsesivamente a partir de 1885. Claro que la montaña del pintor parece bastante más sólida que esta y, desde luego, mucho menos impertinente.



what i didn’t know then about the world

I had a yellow dress that summer
but the mountain, in its so many greens,
put it about that I was not what I seemed,
said in its feathery, wind-flipped way:
only one of us needs to be naked here
and I don’t see why it should be me.


jueves, enero 31, 2019

oblicuidades





Mi infancia, entre otras cosas, es un recuerdo de viajes interminables en el coche familiar: de Gijón a Barcelona en verano; de Gijón a Le Havre, en la costa francesa de Normandía, en Navidad. La visita a los parientes catalanes, en concreto, suponía un periplo de dos días por carreteras endemoniadas –las autovías seguían siendo cosa de un futuro improbable– y un estado de aburrimiento que la visión de la España mesetaria bajo el sol de agosto volvía letárgico.

Entre los juegos privados que inventé para entretenerme –debía tener cinco o seis años– estaba el que yo, secretamente, llamaba «el de las matrículas»: consistía en relacionar entre sí las cuatro cifras de las matrículas de los vehículos que se cruzaban en nuestro camino, bien agrupándolas en una serie coherente, bien dividiéndolas en dos grupos que a su vez guardaban algún tipo de lógica interna entre sí. La relación debía establecerse mediantes operaciones aritméticas más o menos simples: era esencial no complicar el proceso, establecer ese vínculo de la manera más rápida y sencilla. Aunque también se valoraba –quiero decir: lo valoraba yo, que era juez, practicante y espectador único de este juego privado– cierta fantasía, la capacidad para llegar a esa relación por caminos extraños, el rodeo sorprendente. El juego se complicó más tarde cuando incorporé las letras de la matrícula–que entonces eran tres–, sustituyéndolas por la posición que ocupaban en el alfabeto, pero las operaciones, las etapas del proceso, no cambiaron sustancialmente.

La cuestión, en fin, era dotar de orden a aquella serie arbitraria de números, entrelazarlos en un patrón que no dejara ninguno fuera y tuviera coherencia interna. No me cabe duda de que aquel juego encarnaba una forma básica o arcaica de pensamiento algebraico –y el álgebra fue siempre mi rama preferida de las matemáticas–, pero ahora veo en él, también, una prefiguración de la poesía, el germen de esa necesidad compulsiva de acotar –palabra mediante– espacios de sentido, celdas verbales capaces de mitigar y esclarecer el barullo de fuera. Entre aquel juego infantil y mi descubrimiento de la poesía median, tal vez, quince años, pero el principio es el mismo: se trata de lidiar con lo dado, lo mostrenco, ordenar las cartas que nos han tocado en suerte y buscar una mano ganadora. Y aquí el verbo «ganar» no significa competición ni victoria sobre otros (ya lo dijo Eliot en «East Coker»: «Pero no hay competencia, / sí una lucha por recobrar lo perdido / y encontrado y perdido tantas veces: y, ahora, en condiciones / que parecen adversas»), sino incremento puro, el esfuerzo («lo demás no debe incumbirnos») por ampliar los cauces de nuestra vida, de vivir más y con más intensidad.

De ahí que la noción popular de la poesía como un arte escapista siempre me haya resultado extraña, aunque entienda su origen. Al fin y al cabo, el juego de las «matrículas» podría muy bien entenderse como una reacción de repliegue ante la incomodidad del viaje: el niño se mete en su concha de caracol y allí sortea o combate el aburrimiento barajando números. Pero no es sólo cuestión de números: el niño que memoriza matrículas está volcado en un acto de atención por el que recibe, a la vez, datos del exterior, impresiones sensoriales, señales de un mundo que no termina de mostrarse. Esta percepción sucede en los márgenes de su concentración; es, digamos, tangencial. Pero la información se deposita en su memoria sin esfuerzo y echa raíces para el futuro. El niño no sortea o se evade del mundo: simplemente, llega a él de manera oblicua, busca un lugar desde el que acecharlo y leer su secreto. Literalmente: uno de los poemas de Gran angular que más prefiero, «Desierto de los Monegros», es una reelaboración ficticia –algo así como un fragmento de road-movie– de mi experiencia infantil de esa comarca. Ya podía estar el niño jugando a lo que fuera, pensando en musarañas de sus propiedad, que los sentidos iban a lo suyo, recogiendo muestras del mundo y guardándolos en los depósitos del inconsciente, haciendo inventario.

Así también la escritura: ningún poema mira de frente al mundo; ninguna palabra puede abarcar la totalidad. Uno se instala en los márgenes y trabaja desde ahí, moviéndose lentamente, volcando su atención en un fragmento y dejando que el acto mismo de atención sea el imán que haga llegar el resto, que lo convoque. Y, con el tiempo, uno aprende a buscar en ese fragmento la ley que rige tras las apariencias. O mejor dicho: un orden posible, el que más conviene a nuestra subjetividad, el que explica la atracción misma que ese fragmento ejerce en nosotros.

domingo, enero 27, 2019

lema


Poesía misma como la vida real.

miércoles, enero 23, 2019

josé corredor-matheos / novedad





Cuando ves una hormiga
en el camino
procuras no pisarla.
Si acaso la mataras,
por descuido,
habría de menguar
el universo.
Llega hasta ti el perfume
del romero y la adelfa,
de la dama de noche.
Hormigas y perfumes
se convierten de pronto
en tu horizonte.
La tierra, al fin, abierta,
los arbustos tronchados,
las raíces al aire,
la verdad descubierta.
Seguirás tu camino
y encontrarás más cosas,
seres vivos,
una presencia
sólo adivinada,
que no han de aparecer
ya en el poema.




Si hace exactamente dos años y medio –en junio de 2016– anunciaba en esta bitácora la publicación de una antología de la poesía primera de Ángel Crespo (La voluntad de perdurar) en la colección Voces sin tiempo, editada desde Badajoz por la Fundación Ortega Muñoz y dirigida por Álvaro Valverde y un servidor, hago ahora lo propio con este volumen, el sexto de la colección, de su amigo y contemporáneo José Corredor-Matheos.

El paisaje se hace en el poema, que así se titula el libro, reúne ochenta y seis poemas espigados del conjunto de su obra y dedicados, todos ellos, a su relación con el mundo natural, quizá la veta central y más significativa de su obra. Un vínculo con la naturaleza que se funda en la contemplación fascinada, el aprendizaje moral y estético y una profunda empatía con los seres vivos, desde la golondrina que vuela en círculos sobre un sembrado al más humilde insecto pasando por la familia numerosa de los árboles o los jardines que son refugio y cifra de la belleza, ese tiempo otro de la serenidad y el asombro.

El libro –que incluye, por cierto, tres inéditos– aparece cuando su autor está a punto de cumplir noventa años (nació, recordémoslo, en Alcázar de San Juan, Ciudad Real, el 14 de julio de 1929). Hablamos de casi siete décadas de fidelidad a la creación literaria y artística como poeta, traductor, crítico de arte, divulgador y editor desde la publicación de su primer libro de poemas, Ocasión donde amarte, en 1953. Pero quizá lo que más sorprende y admira de Corredor-Matheos es la modestia y la sencillez genuinas con que sigue llevando su vida después de una trayectoria que le ha permitido trabajar con muchos grandes (Alberti, Miró, Dalí, Tàpies, etc.) y estar en el centro de proyectos culturales de largo alcance en la Barcelona de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Pocas personas he conocido tan libres de vanidad o de resentimiento, y eso se trasluce, en última instancia, en una poesía que combina la ingenuidad y la capacidad de extrañeza propias de un niño con la sabiduría de quien ha vivido y pensado largamente.

Copio seguidamente un fragmento del prólogo que he escrito para el libro, que llega estos mismos días a librerías (lo edita, como ya he dicho, la Fundación Ortega Muñoz, y lo distribuye UDL Libros):

 

[…] La naturaleza, para Corredor-Matheos, ha sido tanto presencia pura como correlato de ciertos estados anímicos o emocionales. Es también un interlocutor con el que ha ido dialogando a lo largo de los años, escuchando sus enseñanzas, acechando sus misterios, aguardando sus señales. La cuestión, supongo, era encontrar formas de hacer más llevadero el peso del yo, de romper como fuera los grilletes de un subjetivismo miope que nos pone siempre a los pies de los caballos del deseo... y de su reverso: la angustia. Este trabajo de abolición del yo se anuncia en muchas piezas de los años sesenta, pero se afianza con la publicación de Carta a Li Po en 1975 y, sobre todo, con el tono más lúdico y desenfadado de Jardín de arena (1994), donde la influencia oriental es determinante y supone un cambio revelador: si hasta mediados de los setenta «yo» es el pronombre enunciador de estos poemas, en los ochenta (con la escritura justamente de Y tu poema empieza) ese pronombre pasa con frecuencia a ser «tú», un tú que implica distancia y a la vez desdoblamiento, que permite al poeta dialogar consigo mismo, pero también poner en solfa su propia existencia: «¿Por qué tú has de ser tú?». Son poemas donde ese tú se relata, se aconseja, se amonesta incluso; donde se da indicaciones a sí mismo sobre cómo llevar su relación con el mundo natural, sus plantas, sus animales, sus cambios de clima, el modo en que los nombres, lejos de normalizar o subrayar o aclarar las cosas, oscurecen su relación con ellas. Como ha señalado el poeta escocés John Burnside, nombrar es extraviar, pues esa misma «gramática / que viste y mina nuestro pensamiento / oscurece [nuestro] asombro ante este, el imposible mundo». Es como si el afán de Corredor-Matheos de poner el yo en cuarentena hubiera debido pasar antes por callarlo o abandonar su uso: una especie de purga, de limpia benéfica. Lo recuperará años más tarde, sí, pero sólo cuando «el don de la ignorancia» haya hecho su efecto, cuando ese yo se haya convertido en un tú cualquiera, en todos. La relación con el mundo natural es un aprendizaje, desde luego, pero consiste precisamente en desaprender los nombres y abrazar las presencias, desechar los conceptos y desvelar las relaciones, quedarse inmóvil en el tiempo y saltar en el espacio, ir de una cosa a otra por la red que las conecta en un solo instante de percepción. […]
 



sábado, enero 19, 2019

... gastadas tibiamente





Con los años mi punto de vista sobre la publicación parece haber cambiado de manera casi copernicana. Recuerdo que publicar –un libro, un artículo, poemas en una revista– empezó siendo una necesidad, el deseo pueril y si se quiere irracional de ver mi trabajo en letra impresa, como si aquello validara no tanto el trabajo mismo cuanto la fe que había puesto en él. Había que romper el hielo, la inercia del silencio. La vocación no es menos genuina por necesitar rúbricas o confirmaciones ajenas, pensaba (y sigo pensando), pero sé que en algún momento el equilibrio se rompió y me confundí de objetivo. Los libros no pueden ser los andamios de su autor.

Luego vino el momento de mirar atrás y revisar lo hecho –lo editado– con decepción y hasta con disgusto. De ahí al miedo a publicar había un paso, que di sin miedo (valga la paradoja). La publicación llegó a parecerme un síntoma de debilidad, un gesto exhibicionista que convenía dosificar y hasta coartar sin piedad. El hecho de que tuviera que trabajar como editor de otros complicó las cosas, aunque no siempre para mal: veía de cerca la egolatría de algunos autores, su vanidad, su afán incansable de reconocimiento, y lo que al principio me produjo rechazo terminó divirtiéndome. Si fue un purgatorio, al menos no me aburrí.

Ahora publico como quien hace informes por rutina o rinde cuentas periódicas a unos accionistas indiferentes. Tengo la impresión de actuar como si el verdadero síntoma de debilidad fuera la escritura. No una debilidad vergonzante, desde luego. Al fin y al cabo, mucha gente escribe o quiere dar la impresión de que lo hace (es incluso una actividad que lleva aparejada, no sé si por hábito, una cierta consideración social). Se trata más bien de que no parece haber forma de evitarlo. Es algo involuntario, que sucede un poco a mi pesar, como una segunda naturaleza. Pasa el tiempo y me encuentro con un montón de palabras que necesito ir ordenando y clasificando para que no se desmanden o parezcan más de lo que son. En realidad, es una forma de higiene. Doy forma y estructura a unos materiales que surgen al calor del tiempo, de mis pasos por el tiempo. Y el libro final tiene algo de caja o carpeta archivadora que va a parar al almacén, donde será olvidada como todo lo demás.

En última instancia, no ser un profesional de la literatura conlleva, en mi caso, una relación de fundamental extrañeza con el hecho de publicar, que parece haberse desplazado desde hace un tiempo al acto de escribir. Nunca me preocupó demasiado la pregunta de para quién escribía, y sigue sin hacerlo. Es algo tan connatural a mi naturaleza que resulta casi mecánico. Pero tiene consecuencias de orden personal que no puedo ignorar si quiero mantener cierto equilibrio en el día a día. Así que lo más sensato, lo saludable, es tomar las cosas como vienen y procurar al menos dejar el taller despejado y libre de cargas adicionales. Me doy cuenta de que estoy comparando la publicación con una especie de chequeo o revisión médica, una obligación tranquilizadora, pero no es mala estrategia, al menos de momento. Todo pasa factura, pero conozco demasiado bien –de primera y segunda mano– la parte de impudor que hay en la publicación para entregarme sin más a ella.

martes, enero 15, 2019

traum


En el sueño, el niño estaba muerto. Un bebé apenas, de tres o cuatro meses. Alguien lo había dejado en aquel piso, no había sabido cuidarlo y ahora el niño llegaba a mí muerto. No sé por qué ni cómo. Sólo recuerdo el rostro céreo, los ojos redondos y abiertos, como de muñeca.

Sentí de inmediato que debía arroparlo, vestirlo a su manera, y me fui a un rincón, extendí una sábana y me puse a doblarla, envolviendo su cuerpecito con cuidado, amorosamente. Entonces el niño despertó, empezó a canturrear y a sonreírme. Por alguna razón había revivido y me miraba, diáfano, como si nada hubiera pasado.

Fui a avisar a M. y a partir de ahí el sueño se fue enredando, aunque siempre volvía, por alguna razón, a un primer plano del niño muerto y, acto seguido, a una visión de sus ojos risueños, las burbujas de saliva en los labios que hablaban por hablar.

Me desperté con angustia, sobresaltado, y sin embargo me daba cuenta, en ese mismo instante, de que era un sueño afirmativo, de resurrección. El niño había revivido gracias a mi sencillo gesto de arroparlo, pero ese despertar suyo me aliviaba y me dolía a la vez, impidiéndome regresar al sueño. Cerraba los ojos y el alivio –la alegría– se mezclaba con el miedo a lo que había pasado… y lo que podía pasar. Pero el niño seguía canturreando. Entonces volví a dormirme.

viernes, enero 11, 2019

un poema de vona groarke



Como si cualquier cosa pudiera

Un artículo de hace dos años es lo que inaugura
mi hoguera esta noche. ¿En qué andaba metida? ¿Qué he hecho?
No es como si el mundo me increpara con un «¡Haz esto!» o
un «¡Haz esto!». Y no es como si aprender una cosa
suponga desaprender otra. El hogar es tumbarse
cuando a una le apetece tumbarse, un cuenco de porvenir
junto al lecho y una ventana a la altura de la mano
de modo que al abrirse, como un diario, las jornadas y todo su cortejo
se escabullen suavemente, ah cuán suavemente, del dormitorio.


Trad. J.D./ El original, aquí




Leí este breve poema de mi casi contemporánea Vona Groarke (Midlands, Irlanda, 1964) en un número reciente de Poetry Nation Review, y salí de sus versos con una sonrisa de asentimiento, como si hablaran de un lugar reconocible de mi intimidad, una experiencia que pude muy bien haber tenido. Es un poema de extrañezas diversas: el paso del tiempo, el peso de lo escrito, el piso inestable del cansancio, el poso de las lecciones bien aprendidas, el modo en que la vida –esa vez, al menos– nos puso la mano en el hombro antes de darse un respiro.

Groarke es una de las figuras centrales de la nueva poesía irlandesa, la que emerge a comienzos de la década de 1990, y como muchos de sus colegas ha vivido a caballo entre Irlanda, Inglaterra y Estados Unidos. Ha publicado seis poemarios hasta la fecha, todos publicados por Gallery Press, y una antología de su escritura primera en Estados Unidos. Los poemas suyos que he leído confirman que hay vida, mucha vida, después de la quinta gloriosa de Heaney, Michael Longley o Derek Mahon, entre otros. Para muestra, este (pequeño) botón.




lunes, enero 07, 2019

procesión





Noche de niebla,
pero haces tu camino
como si nada,

entre farolas
que alumbran tibiamente:
Santa Compaña.


jueves, enero 03, 2019

five points





Primero abrid la puerta. Ya diré luego si era la equivocada.



Vivir lo que sea preciso para volver a ser anónimo.



Un adulador. Ya puestos, es capaz de lamer hasta el cielo.



Un corazón adicional para la lengua.



Palabras que hablan de nosotros a nuestras espaldas. Palabras que cuchichean entre risas nerviosas.


domingo, diciembre 30, 2018

ficción





No quise abrir la puerta
ni que se abriera para mí:

me bastó el ojo de la cerradura
para pasar al otro lado

y ver la casa donde el tiempo
era un zumbido en la cocina

y nosotros oíamos, al fondo,
la obstinación del mar,

el crujir obediente de la arena
—y luego por las noches

cómo la curva de las luces
que llevaban al faro

se retorcía en forma de pregunta
para que respondieras: nadie, nada,

me despierto con miedo
y el miedo me mantiene alerta,

por qué esta angustia
que insiste en los pasillos…

Tal vez nos queríamos suavemente,
sin decirnos gran cosa,

y en el salón nos rodeaban fotos
de una vida ficticia

que recordábamos por turnos
y jamás en el mismo orden,

hasta que una mañana,
cuando el mundo pedía amanecer,

un harapo humeante del frío
se escurrió por el techo

y dibujó una cruz en esta puerta:
la puerta que daba a ningún sitio.

Despertamos a cielo abierto,
en mitad de la playa,

y era como si hubiéramos dormido
desde el principio de los tiempos:

entre el chillar de las gaviotas
y el olor a salitre.

No quise abrir la puerta
ni pedir que se abriera

—tras ella escribo, he muerto,
sigo viviendo.


miércoles, diciembre 26, 2018

eugenio montejo / las palabras en jaque


 


Descubrí la poesía de Eugenio Montejo tarde, muy tarde, con la publicación en Pre-Textos, en 1999, de su libro Partitura de la cigarra. En aquel entonces vivía en Inglaterra y la publicación de Adiós al siglo XX dos años antes, en la editorial Renacimiento, había escapado a mi radar de lector curioso. Compré el ejemplar de Partitura... porque el nombre de Montejo había ido apareciendo con seductora insistencia en el sismograma de las apreciaciones ajenas. Fue a finales de 1997, por ejemplo, cuando asistí a la lectura de Rafael Cadenas en Londres, en la Universidad de Westminster. La lectura (de la que ya hablé en otro artículo) no fue solo una revelación en sí misma, sino que me hizo tomar conciencia de mi ignorancia asnal de la poesía venezolana fuera de algún nombre prestigiado por los manuales: José Antonio Ramos Sucre, Andrés Eloy Blanco... Un amigo me dijo: lee a Eugenio Montejo. Encontré poemas sueltos en viejos números de la revista Vuelta y de la Gaceta del Fondo (siempre, tarde o temprano, la intermediación de México), escarbé en antologías, pregunté a más amigos, y de esta búsqueda intermitente me quedó el polvillo de algunas imágenes y palabras recurrentes: Islandia, el alfabeto, la nieve (o mejor: su ausencia), el canto de un pájaro (sin pájaro), Lisboa, Manoa (la rima no es casual), una cigarra, un caballo... Y al fondo, como un rumor que hacía vibrar los poemas, un neologismo que no parecía tal, o que al menos no causaba extrañeza: terredad...

Recuerdo la lectura de los poemas de Partitura... como un acontecimiento. Pero también como la puerta de ingreso –para el joven anglista desacomodado que yo era entonces– a un Nuevo Mundo de lecturas, aprendizaje, descubrimientos: por ejemplo, La máscara, la transparencia, de Guillermo Sucre, que se convirtió en una guía imprescindible de nuevas lecturas; la palabra flexible y fragmentada de Juan Sánchez Peláez; o la palabra exuberante y mágica de Vicente Gerbasi...

Exuberante y algo mágica me pareció también la poesía de Montejo, pero en su caso tamizada por un rigor compositivo y una precisión rítmica que recogían la herencia del modernismo y la pulían con las herramientas más perdurables de la vanguardia: el cincel de la elipsis, la lima del distanciamiento y la contención emocional, la horma de una curiosidad cosmopolita que se pone el mundo por montera y conoce los pasadizos ocultos que unen los tiempos y los espacios, por dispares que sean. Era una poesía anclada en tierra, sensitiva y sensorial, fascinada por la riqueza visible del mundo pero en diálogo constante con su lado invisible. Una poesía de inquietudes animistas cuya elegancia y hasta opulencia melódica no excluía la música más suelta o azarosa de la conversación. Montejo retomaba incluso los motivos del modernismo crepuscular –la vida de café, la seducción del viaje y la huida, el imán de un paganismo risueño, sin culpa ni castigo, el aura de ciertas ciudades europeas que parecen revivir con solo decirlas, pero también el aurea mediocritas de la vida provinciana, la calidez erótica de ciertas formas de domesticidad– y les daba nueva vida, o los volvía aceptables para el lector contemporáneo. Por las fotos que iba encontrando aquí y allá, donde aparecía siempre con aspecto atildado y un bigote a juego, Montejo se me antojaba un personaje del Barnabooth de Valéry Larbaud, una especie de cónsul de entreguerras que habría podido codearse con Pessoa, Saint-John Perse o Cavafis. Y, en cierto modo, así era. Su estancia en Lisboa como agregado cultural de la Embajada venezolana fue una traducción contemporánea de aquel destino vanguardista que sólo existe en nuestra imaginación, pero que explica, por ejemplo, la simpatía de nuestro poeta por el mundo arisco y turbulento de Maqroll el Gaviero, a quien –estoy seguro– le habría encantado recibir con plácida cordialidad en las oficinas comerciales de algún puerto del trópico.




Habrá quien piense que estas ensoñaciones están fuera de lugar en una aproximación crítica. Pero no me lo parecen, sinceramente, puesto que la lógica del sueño y de las afinidades electivas está en el meollo de los poemas de Montejo, en su forma de avanzar y desplegarse. El poema «Adiós al siglo XX» («Cruzo la calle Marx, la calle Freud...») es quizá el ejemplo más inmediato, pero hay muchos otros: «Mi padre muerto iba delante y detrás junio, de verdor ubérrimo... Hablaba dormido, / con voz inubicable, / una voz rápida de cuando era muy joven / y yo no había nacido...»; «La vaca que al pasar alzó los ojos / y se quedó mirándome / debió reconocerme / pues me llevó por siglos de paisajes...». En los poemas de Montejo, machadianamente, todo pasa y todo queda, pero ese pasar encadena y anexiona espacios como en un sueño, y al hacerlo anula el tiempo, o convierte el tiempo en un solo presente encendido, tocado por la batuta de la imaginación poética. Espacio y tiempo están ligados de manera inextricable, sí, como en el verso que abre «Terredad» («Estar aquí por años en la tierra») o el arranque asombroso (digno de haber sido dictado por los dioses, como quería Valéry) de «Caracas»: «Tan altos son los edificios / que ya no se ve nada de mi infancia...». A la vez, son muchos los pasajes de esta obra donde un lugar nos lleva a otro, donde entramos por una calle o una vereda y salimos por otra distinta, donde las ciudades y los países conversan de tú a tú, donde los saltos en el tiempo son constantes y acaban derogando el peso del presente, el agobio barroco del tic-tac en nuestros oídos. Por lo mismo, son célebres los poemas donde el calor del trópico hace más intenso el frío europeo, o la ausencia de nieve congela más que la nieve misma, en los que «Recuerdo siempre a Trieste, / esa ciudad donde no he estado nunca, / ni de paso», o «No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire, / ningún indicio de sus piedras», etc. Montejo es un maestro en el arte de afirmar negando, y muchas de sus páginas son memorables precisamente por el placer moroso con que rodea su asunto, con que lo engasta en palabras que dan vueltas lenta, musicalmente, hasta cerrarse sobre él. A este respecto me parece iluminador un fragmento del norteamericano Charles Simic, estricto coetáneo suyo (también de 1938): «Nombramos una cosa y luego otra. Así es como el tiempo entra en la poesía. El espacio, por otro lado, existe en virtud de la atención que dedicamos a cada palabra. Cuanto más intensa nuestra atención, más espacio, y hay mucho espacio en las palabras». Ese espacio que hay en las palabras de Montejo, que respira sin prisa en ellas, rompe las limitaciones de la geografía y de la propia realidad material para postular un tiempo a-histórico, el tiempo de lo real mágico, lo real visto con la lente reveladora de la analogía y el extrañamiento. Lo subraya su paisano Rafael Cadenas al recordar algunos de sus versos más sorprendentes: «Los muertos andan bajo tierra a caballo»; «Un instante la silla ha regresado a su lejano árbol»; «En el cuadro de Uccello hay un caballo que estuvo en Hiroshima»...

Dice también Simic en otro pasaje: «Hay un boletín del tiempo en casi todos los poemas populares. El sol brilla; nevaba; soplaba el viento... El poeta popular sabe que lo más inteligente es establecer de inmediato la conexión entre lo personal y lo cósmico». Montejo estuvo muy lejos de ser un poeta popular en el sentido recto de la palabra, pero nunca perdió de vista, como Machado, la noción de la poesía como «cosa cordial», y sus mejores poemas tienen ese mismo discurrir de «agua del buen manantial, / siempre viva, / fugitiva» («Poema de un día»). La sonora armonía de su estilo se sostiene en una línea de bajo caracterizada por la llaneza y la naturalidad. Digo esto porque quizá lo primero que me llamó la atención al leerlo fue la conexión que una y otra vez establecía entre lo personal, lo doméstico, y lo que a falta de una palabra mejor debo llamar, Simic mediante, «cósmico». Esa capacidad suya para indagar en lo pequeño, lo humilde, lo apenas perceptible, o tal vez lo prosaico, la circunstancia rutinaria o cotidiana, y a la vez situarla en un marco tan vasto como el planeta, como el mundo con «el sol y las demás estrellas», con el firmamento ilimitado que alumbra allá arriba. Es algo que uno percibe muy bien, por ejemplo, en un poema tan cercano y estremecedor como «Noche en la noche», donde oímos, modulada con maestría, la nota de desamparo de su querido Vallejo:

[...] Ya va durando décadas la noche
y mis amigos tardan demasiado...
No hay quien me diga ahora dónde se hallan,
sólo se oye un fragor de mar y viento.
Iban por un instante y no aparecen,
nadie sabe por qué tardan y tardan.

Es evidente, por lo demás, que esta presencia de lo cósmico, de lo inconmensurable, es la consecuencia forzosa o necesaria de su atención a lo nimio, lo íntimo, lo doméstico, como afirma Rilke al final de la primera estrofa de su «Primera Elegía de Duino»: «Y así los pájaros quizá / sientan más grande el aire con un vuelo más íntimo». Que es otra forma de decir que sólo si ponemos los pies sobre la tierra y cobramos conciencia de nuestra pequeñez, de nuestra poquedad, seremos capaces de hacernos cargo de la grandeza del universo. En la poesía de Montejo no son únicamente los pájaros los que sienten más grande el aire al recogerse en su vuelo, sino los lectores mismos, que escuchan el canto del pájaro (sin pájaro) y advierten en él su terredad, «lo que en su pecho vuelve al mundo». Y esa terredad, ese «deber terrestre» del canto, se dice ahí, solo puede entenderse a la luz doble o escindida del poema: por un lado, para defender su canto, el pájaro «trabaja al sol, procrea, busca sus migas»; por otro, para hacerlo durar, para que permanezca, ese mismo pájaro «en el tiempo no es un pájaro / sino un rayo en la noche de su especie, / una persecución sin tregua de la vida». Así pues, quien ignore una cara cualquiera de esa moneda, de esa doble filiación, será simple y llanamente un descarado. Lo íntimo y lo cósmico, la prosa del día a día y el silencio atronador del cosmos, se funden en el espacio del poema.

Se conjuga y declina así «el alfabeto del mundo» cuyas letras, decía su heterónimo Blas Coll –o quizá uno de los discípulos de Coll que rondaban por su taller–, eran de Dios. Y la poesía se vuelve, como quería Montejo, «un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario» y en el que nadie gana salvo el lector: ese mismo lector que vuelve una y otra vez sobre las partidas, los poemas, intentando desvelar las claves del juego, la pericia de los jugadores. Tarea imposible, pues, como recuerda Cadenas que dijo el pintor Whistler y gustaba de citar Borges, «el arte sucede». La poesía de Montejo siempre sucede cuando la leemos.



[El pasado miércoles 12 de diciembre, gracias a la iniciativa de la escritora y periodista Michelle Roche Rodríguez, rendimos homenaje en Casa de América al gran poeta venezolano Eugenio Montejo (1938-2008), autor de libros centrales de nuestra literatura como Terredad o Partitura de la cigarra. Allí estuvimos Olga Muñoz Carrasco, Verónica Jaffé, Luis Enrique Belmonte y un servidor, y este fue el texto de mi intervención.]