lunes, noviembre 17, 2014

un verano con mónica





Releo Casetas de baño, recuperada con esmero y elegancia por Ediciones el Taller del Libro en Madrid –atrás quedan la edición pionera de Seix Barral en 1983 y la reedición de Galaxia Gutenberg en 1997–, con la sensación, fascinante, algo incómoda también, de estar espiando una conversación íntima, la charla ante el espejo de alguien a quien no conocí en persona pero que, a fuerza de cruzarse conmigo –en sus propios libros, en libros ajenos–, a fuerza de responder a mi saludo en las calles de la literatura, se ha incorporado a ese diálogo interminable que todo lector lleva consigo. Es el coloquio de la complicidad, de los espíritus afines, que revive o cobra fuerza con cada encuentro.

Si hace apenas medio año me sumergía sin reservas en la biografía que Monique Lange (1926-1996) dedicó en 1989 a uno de sus ídolos, el escritor y artista total Jean Cocteau, este regreso en odre nuevo a la que Juan Goytisolo considera su mejor novela no ha hecho sino restaurar, intacta, la seducción inicial. El relato de la mujer, aún joven, que trueca los añorados veranos mediterráneos por una estancia solitaria en el pueblo bretón de Roscoff vuelve a conmoverme –a hechizarme– con sus frases breves, sus párrafos desenvueltos, su tono acerado y a la vez impresionista, la verdad hiriente de sus ensoñaciones y sus nostalgias. Hay novelas que se ocupan del momento decisivo, ese punto de inflexión en que algo cambia fatalmente para su protagonista. Otras, por el contrario, lidian con las secuelas, la herida que no termina de sanar o que deja una marca visible en la piel. Casetas de baño pertenece a esta segunda categoría. Su verdad pertenece al orden de ese proceso de recuperación y remembranza verbal que, según el poeta T. S. Eliot, sigue al momento de la entrega. Por supuesto, añade Eliot con astucia y también con dolor, «el ser que se recupera nunca es igual al ser que se entrega».

Así, el médico que aparece en la primera línea del libro y que receta a la mujer, aún joven, una cura de aguas en un pueblo de la Bretaña, lejos del sol meridional de sus mejores veranos, no es más que una excusa para empezar a hablar, a contar. El médico dice lo que la mujer, tal vez sin saberlo, quiere oír: una confirmación de su dolencia, una salida plausible. Y la mujer, según vamos descubriendo, es alguien que sólo entiende el amor como entrega, como rendición voluntaria –y paradójicamente orgullosa– de esos espacios de sí misma donde han de habitar sus seres queridos. Si ello implica que sus seres queridos –su hija, su compañero vital– se alejen de ella, buscando espacios que les son propios, siguiendo un impulso que los constituye pero que ella no puede asumir sin aflicción, que hiere incluso su pequeña reserva de vanidad, sea. El amor no espera nada, no asegura nada. El amor, para esta mujer aún joven, debe quedar fuera de los circuitos de interés y cálculo egoísta de la sensibilidad burguesa. Libertad, libertad sobre todas las cosas, aun si la libertad de los demás conlleva mi esclavitud.

A ese primer gesto de entrega le acompaña, desde luego, un sentimiento de pérdida. Y el libro detalla el largo esfuerzo de la mujer por ganarse, por recobrarse, que es también el esfuerzo por recobrar el habla, la palabra: evocar los paisajes familiares del Sentier, rememorar un viaje compartido por Egipto, rendir homenaje a las figuras tutelares de su juventud… Aparece entonces el símbolo de las casetas de baño, ese espacio real que un personaje imaginario, «un señor mayor y descarnado [que] se parece a Clemenceau», le ofrece con anticuada y hasta sospechosa galantería. Es ahí, en esas casetas de baño que son una extensión o un reflejo de su cuarto de hotel, donde la mujer, aún joven, se refugia para rehacerse o gestar un nuevo yo, más libre y ecuánime. En resumen: más capaz de volver al mundo y encarar sus aristas, sus asperezas.

Si tuviera que definir este libro, diría que es el diario de una convalecencia, pero no nos equivoquemos: su tono, la frescura y ligereza de su prosa, tallada por los buriles complementarios de la elipsis y la lucidez –que se traduce en la búsqueda de los fetiches de una vida, de los detalles significativos–, arrancan de cuajo cualquier tentación autocompasiva. No hay lugar aquí para desfogues sentimentales ni quejas infundadas. Se mira a la existencia de frente y se lee el pasado, como apunta Goytisolo en el bello prólogo que ha escrito para esta reedición, con un propósito moral innegable: lo importante es saber vivir, saber vivirse. Por el camino, pinceladas de humor, de ironía, de una tristeza que justamente por eludir las trampas del patetismo se vuelve soportable.

El final del libro son dos simples palabras, una exclamación en sordina: «Cuánta dulzura». Y la prueba del nueve de su verdad –de vida y de palabra– es que el lector no espera otro.


[Revista Quimera, núm. 372, noviembre 2014, p. 65]

jueves, noviembre 13, 2014

mundo papel





Envidia, una vez más, del taller del pintor, del estudio cerrado donde trabaja en contacto inmediato con sus materiales: telas, cartones, pinceles, bastidores, pigmentos, barnices, productos químicos… Nostalgia de la dimensión física o artesanal del trabajo creativo, que apenas comparece en la escritura más allá del golpe de unos dedos en las teclas o (cada vez con menos frecuencia) el avance de la tinta por la página. Una envidia antigua, que se renueva al admirar, como cuando era niño, el escaparate de una papelería con sus plumas y bolígrafos, sus libretas y cuadernos, sus cajas de ceras y lápices de colores, sus reglas y compases, su inmenso surtido de carpetas y estuches y archivadores… Toda una cueva de Alí Babá para quien, como yo, vive con la ilusión o el horizonte de un orden capaz de introducir un poco de orden en su mente, de contener en lo posible el asedio del tiempo.

Es algo más que la felicidad infantil de estrenar libreta nueva. La tinta y el papel se transmutan y sutilizan en diseños cuidados, casi lujosos, que proponen al comprador un mundo feliz, una asepsia colorista y juguetona. La limpieza de los objetos finales se contrapone a la suciedad innata de la materia prima (la tinta mancha por definición; el papel se llena de huellas, se impregna del olor y la grasa de unos dedos) y la neutraliza con tal éxito que acabamos viendo la tinta, el papel, el cartón pintado y manipulado de los archivadores, como emblemas mercantiles de pureza. El proceso de higienización se extiende incluso a lo que tocan: fajos de papeles que atestaban una mesa van sin rechistar a su carpeta; las plumas, lápices y bolígrafos que acumulamos sin medida se alinean como picas en un bote de plástico. En realidad, estos objetos cumplen la misma función que las agendas o los cuadernos de notas: envolver el caos, o mejor dicho: volverlo presentable a fuerza de esconderlo.

Esta limpieza tiene muy poco que ver con el desorden de cajón de sastre que suele imperar en el taller de un pintor. Hasta en las herramientas propias del oficio se observa el carácter casi inmaterial de la escritura. A excepción de algunas plumas –que no dejan de ser primas hermanas de los pinceles–, se trata de objetos que juegan al disimulo, que seducen más al ojo que a la mano. Las tiendas de artículos de pintura, en cambio, son como un híbrido de bazar y almacén: en parte porque la tela y la madera, tan necesarias para el pintor, son materias primas más groseras, menos depuradas, que no suelen despertar el interés manumisor del diseño; en parte porque el grado de atractivo de la tienda depende directamente de su capacidad para evocar la atmósfera de su estudio; y en parte, como es obvio, porque ningún artista quiere olvidar la dimensión artesanal de su tarea, la cocina de la obra.

Eso sí, las diferencias no esconden una semejanza cardinal. Pues la consecuencia inmediata de la escritura, como sabemos, es que rasga el papel, lo llena de palabras y manchas y hasta de tachaduras. Y así también la pintura. La caligrafía es una variante del impulso primitivo de ocupar superficies con tramas de forma y de color; superficies que se convierten, en ambos casos, en volúmenes capaces de abrir las puertas de la percepción, de arrojar orden y claridad sobre la mirada –la consciencia– de quien los mira. El signo inscrito, por tanto, es menos una mancha que una grieta por la que pasa –por la que ha de pasar– la luz, y que convierte al lector o espectador en cámara oscura donde esa luz revela un mundo.

Con todo, lo importante a nuestros efectos es la fisicidad del gesto, la imagen del brazo y la mano y la muñeca flexionándose para lograr su objetivo. De ahí que el escritor mire siempre con envidia el taller del pintor: en más de un sentido, el espacio refrenda su trabajo con una soltura que no está al alcance de ningún escritorio, ninguna biblioteca.


sábado, noviembre 08, 2014

piedra





Vine para estar cerca de la piedra

–la piedra que aguarda en cualquier camino,
anónima y fiel,
que vio durar soles, planetas, prodigios
remotos,
que sufrió el castigo de vientos volubles
y fue deshojándose, menguando sencillamente,
descuidando sus confines
por los siglos de los siglos,
balbuciendo en sueños con la boca llena

–la piedra que estaba dentro de sí misma,
luchando por aflorar

–la piedra que poco a poco se convirtió en grumo,
en grano,
en polvo de escoria que el aire se lleva lejos
y desciende aquí, donde no hay camino,
vistiendo mis ropas y hablando en mi nombre.


para Juan Soros

martes, noviembre 04, 2014

hole5





Busca horas con agujeros, para cruzar al otro lado y olvidarse de todo.
            Pero los agujeros se cierran siempre a su espalda.



Cuando desapareció, nadie conocía su nombre, sus señas, su apariencia. Sólo cuando obtuvieron estos datos se permitió salir de su escondite.



En aquel patio de vecinos, la distancia se cuenta por años luz.



Deja siempre abiertas las puertas de casa. Sólo así no siente deseos de huir.



Cría discípulos, y te sacarán los colores.


viernes, octubre 31, 2014

please mr. postman


Es amable y locuaz, se explaya con detalle y voz atropellada sobre cada paso de la gestión, dice esto y aquello, aclara el porqué de sus decisiones, en resumen: no para de hablar. Uno espera que el simple trámite de enviar unos sobres por correo termine cuanto antes, pero se ve aguantando a pie firme una crónica minuciosa de las entrañas del servicio postal. Debe creer que así da más empaque a su tarea, o que transmite la seguridad de un profesional, pero no entiende que tanta explicación sólo despierta recelos e impaciencias. Me gustaría hablar con él de otras cosas, hacer alguna broma, y no esta retransmisión en directo de su labor. Soy injusto, lo sé, y esto es quizá lo que menos le perdono: que su cháchara inofensiva me vuelve mezquino.

miércoles, octubre 29, 2014

notas de un impostor / 1





Siempre hay alguien que me pregunta, con intriga un tanto picajosa, por qué insisto en traducir la poesía de otros en vez de dedicar más tiempo a mi escritura. Hace años, yo ejercía la pedantería preciosista –tan propia de mi juventud– y me escudaba en el deseo de compartir entusiasmos, hacer de puente entre tradiciones, divulgar la obra de poetas que podían decirle algo al lector hispanohablante. No es que mintiera, o no del todo (sin descartar la facilidad con que uno, a cualquier edad, tiende a creerse sus propias mentiras). Pero con el tiempo, como diría Gil de Biedma, «la verdad desagradable asoma», y descubro que la razón primera, muy distinta, no tenía nada que ver con la filantropía. Tampoco con ninguna forma de placer, aunque haya un goce indudable en el trabajo que nos ensimisma y nos sustrae del tiempo. Ahora sé que traduzco poemas ajenos para expiar la presunción de escribir –y publicar– los míos propios. Que traduzco, en resumen, para hacerme perdonar que escribo.


Este absurdo temor a repetirme, a que las mismas palabras o expresiones análogas reaparezcan a lo largo del tiempo, como si no supiera que esas repeticiones son la piedra en la que nunca dejamos de tropezar, que no se mueve ni se rompe por mucho que la pateemos, y que todos los caminos pasan por ella si queremos, como quiere el refrán, que nos lleven a Roma; esa Roma de lo inesperado, de la revelación, sin la cual el viaje –al menos en mi caso– no merecería la pena.

Y, con todo, el miedo a la repetición, el miedo a que la boca se convierta en cárcel donde uno, convertido en bocado de sí mismo, da vueltas y más vueltas hasta el agotamiento. Uno nunca termina de hacer las paces con su propio yo; no hay modo de ablandarlo y hacerlo digerible. Uno lo lleva consigo como una carga penosa que puede ser, en cualquier momento, peligro andante si dejamos que nos encierre en sus ficciones –eso que soñamos y rumiamos y escribimos los días menos pensados. De ahí la inquietud, el miedo a quedar preso de las proyecciones y distorsiones de un yo tiránico, absorbente. Pero esa es otra historia, que puede evitarse si uno lleva una relación oblicua o distante con su propio yo, si se rebaja la fuerza cegadora de sus imágenes con el filtro sanador de lo real. Ahí, en ese equilibrio, es donde la repetición sigue siendo fecunda, necesaria. Y donde tropezar en la misma piedra es el medio mejor para caer en la cuenta –el cuento– de nosotros mismos.


El que esté libre de influencias, que tire la primera metáfora.


sábado, octubre 25, 2014

louise glück / el pasado





Exigua luz que surge de repente
en el cielo, entre dos
ramas de pino, y sus finas agujas

grabadas ahora en la extensión radiante
y encima este
cielo, alto, ligero…

Huele el aire. Es el olor del pino blanco,
más fuerte cuando el viento sopla en él
con un sonido igual de extraño,
como suena el viento en una película.

Sombras que se desplazan. Cuerdas que
suenan a cuerdas. Lo que oyes ahora
debe ser el sonido del ruiseñor, Chordata,
el macho cortejando a la hembra…

Un rechinar de cuerdas. La hamaca
se mece con el viento, bien sujeta
entre dos pinos.

Huele el aire. Es el olor del pino blanco.

¿Es la voz de mi madre lo que oyes
o solo el ruido de los árboles
cuando el aire pasa entre ellos

pues cómo sonaría entonces
pasar entre la nada?


trad. J.D.



A la gran Louise Glück (Nueva York, 1943) no hace falta presentarla entre nosotros, me parece. Hasta cinco de sus libros (Ararat, Averno, El iris salvaje, Las siete edades y Vita nuova) han sido editados con mimo y elegancia por la editorial Pre-Textos. Es quizá la poeta norteamericana contemporánea más traducida y editada en España.

Su último libro se publicó hace pocos meses con el título de Faithful and Virtuous Night (Fiel y virtuosa noche); un sintagma que parece tomado de un libro de himnos o de una antología de poesía barroca, y que rubrica el viaje de la poeta hacia las regiones de una espiritualidad entre elegíaca y panteísta que se cuela entre las grietas del mundo visible para, como recordaba hace poco el novelista E. L. Doctorow que decía Henry James que debía ser la literatura, «mirar dentro de lo que no se ve». En el caso de este poema, uno de mis preferidos del libro, ver incluye también oír, oler, recordar (y aquí «recordar», jugando un poco con la etimología, toma el sentido de dar cuerda al reloj del corazón, pero al revés, para que avance en sentido inverso, porque Glück tiene una sensibilidad elegíaca indudable, un don para mirar atrás sin ira y establecer vínculos temporales que son, también, continuidades especiales).

Aunque no creo mucho en los premios, me ha hecho ilusión enterarme de que este libro, así como el último de mi admirado John Burnside (All One Breath), están entre los finalistas del premio T. S. Eliot. Se lo merecen, sin duda. Hay muchas afinidades entre sus obras, pero yo quizá destacaría la fluidez de su escritura, su ligereza, como si escribir fuera algo tan natural o tan sencillo como respirar, como si las palabras del poema fueran jirones de nubes en un cielo claro –«ligero», dice ella– de verano, a punto de esfumarse. No lo hacen, y por eso están aquí, creando sus lectores, dejándose traducir.

El original, aquí.



martes, octubre 07, 2014

coleridge y españa





A diferencia de su amigo Robert Southey, quien mostró desde joven un enorme interés por todo lo relacionado con la historia y la literatura hispánicas –no sólo escribió, por ejemplo, unas lúcidas Cartas desde España en 1797, fruto de su temprano viaje por la península, sino que llegó al extremo de asumir la máscara de un viajero español, Don Manuel Alvarez Espriella, para hacer el ejercicio contrario, esto es publicar unas Cartas desde Inglaterra que siguen siendo una guía fiable para entender las maneras y costumbres de la sociedad inglesa de su tiempo; sin olvidar sus recreaciones literarias de episodios de nuestra historia, ejemplos de un romanticismo bastante superficial que le valieron un puesto en la Real Academia Española de la Historia–; a diferencia de Southey, digo, Coleridge no parece haber sentido un gran apego por la cultura española. Leyendo un poco a saltos Specimens of the Table Talk of Samuel Taylor Coleridge, el libro en el que su sobrino Henry Coleridge recogió «muestras» de la charla de quien, según todos los testimonios, fue un conversador memorable (aunque bastante adepto a monologar y dar la tabarra a sus contertulios), me encuentro aquí y allá con referencias poco halagüeñas al carácter español. Son apenas media docena de citas en un libro de casi cuatrocientas páginas, pero bastan para hacerse una idea. Dejante aparte su breve apunte sobre Don Quijote, da la impresión de que España se le aparecía al autor de «Kubla Khan» como un país de «cerrado y sacristía», una reserva de superstición y dogmatismo religioso. En realidad, como se verá, cualquier comentario por mi parte es redundante: las citas hablan por sí solas.

Uno se pregunta, por lo demás, si Coleridge trató a muchos españoles en vida. Desde luego, en el Londres de la década de 1820 abundaban los exiliados liberales, y algunos de ellos frecuentaron círculos próximos al poeta. Pero sólo tenemos constancia de su amistad con Blanco White –que no era precisamente amigo de los liberales, con quien mantuvo correspondencia y cuyos trabajos siguió atentamente (fue Coleridge, de hecho, quien publicó una primera versión del poema de Blanco White «Night and Death», que elogió literalmente como uno de los mejores sonetos de la lengua inglesa). Fue una relación significativa y sin duda los artículos y cartas de Blanco White influyeron en la visión «española» de Coleridge, pero tampoco conviene exagerar. Al fin y al cabo, ni contamos con las cartas que el español envió al poeta en su residencia de Highgate, ni su nombre aparece citado en los diarios y trabajos en prosa que Coleridge redactó en la segunda mitad de su vida, y mucho menos en este «table talk» lleno de curiosidades.

He ordenado las seis citas por orden de relevancia, empezando por una reflexión en la que Coleridge, justamente, toma distancia del hispanófilo Southey, y que es tal vez la más perspicaz de todas. Buena lectura.



26 de junio de 1831

La Historia de Southey se inclina del lado correcto y comienza donde debe; pero siente demasiado apego personal por los españoles y, al poner de manifiesto su carácter nacional y darle la prominencia que merece, no expresa, a mi juicio, la verdad con claridad suficiente: que el carácter nacional de los españoles no se asentó sobre ningún cimiento justo de buen gobierno o de leyes sabias, sino que fue, de hecho, poco más que un sentimiento de antipatía arraigada hacia todos los extranjeros como tales.

En este sentido, toda cosa en España es nacional. Hasta su presunta religión católica, en la mente de un español genuino, es exclusivamente española; nunca verá las profesiones de fe de franceses o italianos a la misma luz que la suya propia.

 

23 de abril de 1832

El genio del pueblo español es exquisitamente sutil pero carece por completo de finura; de ahí que haya tanto humor y tan poco ingenio en su tradición literaria. El genio de los italianos, por el contrario, es fino, profundo y sensual, pero no sutil; de ahí que confundan lo humorístico con lo meramente ingenioso.

 

11 de agosto de 1832 

Don Quijote no es un hombre que haya perdido el juicio, sino un hombre en quien la imaginación y la razón pura son tan poderosas que acaba desdeñando el testimonio de los sentidos cuando se opone a las conclusiones de aquéllas. Sancho es el sentido común del hombre-animal social, inculto y no bendecido por la razón. Vemos cómo venera a su amo al tiempo mismo que lo engaña.

 

25 de julio de 1831 

La superstición del campesinado y las clases bajas en general en Malta, Sicilia e Italia excede el marco de la fe común. Se diferencia de la superstición en España, que no es sino fanatismo celoso, con un pie en su catolicismo y el ojo puesto siempre en la herejía. La superstición popular de Italia es hija del clima, las viejas asociaciones, las maneras y los nombres mismos de los lugares. Es puro paganismo, libre de cualquier sentimiento de inquietud en cuanto a la ortodoxia o de animosidad hacia los heréticos. Así pues, es mucho más simpática y agradable para la sensibilidad del viajero –y en todo indistinta, desde luego, de la religión verdadera de Nuestro Señor– que la sombría idolatría de los españoles.

 

18 de abril de 1833 

¡Qué profunda es la herida que inflige a la moral y la pureza social ese maldito artículo del celibato del clero! Hasta los hombres mejores y más ilustrados de los países románicos adscriben una noción de impureza al matrimonio de un clérigo. ¿Y puede tal sentimiento no afectar a la estimación de la vida matrimonial en general? ¡Imposible! Y la moral de ambos sexos en España, Italia, Francia, etc. lo demuestra profusamente.

 

29 de diciembre de 1822 

No debe concebirse a Otelo como un hombre de raza negra, sino como un gran caudillo, un caballero moro. Shakespeare tomó el espíritu del personaje de la poesía española, que entonces era predominante en Inglaterra. […]



jueves, octubre 02, 2014

incógnita





La voz del que corría por el bosque
¿era la tuya?
¿Eras tú quien hablaba
en la zanja contigua,
a solas con su miedo?
¿Susurrabas
en mitad de ninguna parte,
tumbado entre hojas secas?

Noche adentro
todo es cruz.
Todo escapa
cuando limitas con su sombra.

Almizcles te denuncian. Ropa vieja.
La cautela
que siembras al andar,
como esporas.

La pupila del cuervo
te va cortando a su medida.
El color de los abedules
es el color del extravío.

domingo, septiembre 28, 2014

simic / un fragmento





Tomé de mis padres la idea de combatir las noches de calor de Manhattan durmiendo en la azotea. Es lo que habían hecho durante la guerra, salvo que no era una azotea sino una larga terraza en el piso superior de un edificio del centro de Belgrado. Cómo no, era noche de apagón. Recuerdo inmensos cielos estrellados, y la ciudad totalmente en silencio. Comencé a hablar, pero alguien –al principio no supe quién– me tapó la boca con su mano.

Como en un barco en medio del mar, nos cubría un manto de nubes y estrellas. Navegábamos a toda máquina. «Allí es donde comienza el infinito», recuerdo que dijo mi padre, señalando el lugar con su larga y oscura mano.

miércoles, septiembre 24, 2014

la mano azul





De pronto me asomo a esta bitácora y me doy cuenta de que han pasado más de dos meses desde mi última entrada; y que el verano y sus muchas distracciones han dejado de ser una excusa válida desde hace tiempo. Pido disculpas a quienes siguen esta página con mayor o menos asiduidad, pero confieso que llegué (mentalmente) exhausto al final del pasado curso y que estas semanas de alejamiento me han hecho bien. O eso creo. Tampoco es que haya estado ocioso, precisamente. Y algo de todo lo que he ido haciendo se filtrará tarde o temprano aquí. Es cosa de dejar guiarse por la intuición, que ella dicte los ritmos, las frecuencias.

Uno de los últimos trabajos que cerré antes de inclinar la testuz a mediados de julio fue escribir el prólogo de este fascinante libro que acaba de publicar Fórcola Ediciones: La mano azul. La generación beat en la India, de la escritora norteamericana Deborah Baker: un retrato de grupo entero de Ginsberg & cía. durante los años cruciales que siguieron a la publicación de Aullido y En la carretera, hasta acabar en el viaje a la India que Ginsberg y su compañero Peter Orlovsky realizaron a la India entre febrero de 1962 y mayo de 1963 (que coincide más o menos en el tiempo con el que hizo Gary Snyder en compañía de su esposa, la también poeta Joanne Kyger).

Descubrí A Blue Hand (que así reza el título original) hace años gracias a la generosidad de un buen amigo, el poeta y profesor Carlos Ardavín, le hablé de él con entusiasmo a Javier Jiménez, creador y director infatigable de Fórcola Ediciones –que es ya una editorial de referencia en el ámbito del ensayo, las crónicas de viaje y las biografías– y, lo and behold!, aquí está el libro, años después, estupendamente traducido por David Paradela López y con la misma imagen en portada que la edición americana: Ginsberg jugando con un mono en la azotea de uno de sus hospedajes en la India. El resultado no podía ser más atractivo, incluso para el lector poco interesado, en principio, en la obra de los beat.

El libro, como apunto en el prólogo, se organiza como un mosaico que arracima «pasajes más o menos extensos que se compensan y corrigen mutuamente, administrando con sabiduría los flash-back y las citas documentales –cartas, diarios–», en un intento de abarcar los movimientos –incesantes, impredecibles– de los diversos miembros de la tropa ginsberiana. No diré que se lee de un tirón, porque hay que estar atento a las idas y venidas de los muchos personajes que lo pueblan, pero sí que es una lectura memorable, seductora, que atrapa desde la primera página. Y es una pieza fundamental de la bibliografía sobre los beat, porque nadie ha contado su aventura india como Deborah Baker. También es verdad que quizá nadie estaba mejor equipado para hacerlo, pues Baker –casada con el escritor anglo-bengalí Amitav Ghosh– ha vivido en Calcuta desde 1990 y conoce perfectamente la India moderna (sociedad, costumbres) así como el mundo cultural que hace de telón de fondo a los viajes de Ginsberg y de Snyder.

Como no es cosa de repetir lo que digo en el prólogo, lo dejo aquí. El libro entró a principios de septiembre en las librerías y el amarillo encendido de la cubierta lo vuelve inconfundible en cualquier mesa de novedades. No os lo perdáis.

domingo, julio 13, 2014

o'hara / la verdad sobre mi charla con el sol



 

la verdad sobre mi charla con el sol en fire island

El Sol me despertó esta mañana alto
y claro: «¡Eh! ¡Hola! Llevo
quince minutos intentando
despertarte. No seas tan grosero, sólo
eres el segundo poeta al que he decidido
hablar en persona
así que
¿por qué no estás más atento? Si debo
quemarte por la ventana para que despiertes
lo haré. No puedo estar aquí colgado
todo el día».
«Perdona, Sol, es que anoche
me quedé hasta tarde hablando con Hal».

«Cuando desperté a Mayakovski
no tuvo tantos remilgos», dijo el Sol
con arrogancia. «La mayoría de la gente
ya está levantada para ver
si hago mi aparición».
Traté
de disculparme: «Te eché de menos ayer».
«Así está mejor», dijo. «No sabía
que ibas a salir». «Quizá te preguntes
por qué me he acercado tanto…»
«Sí», respondí; comenzaba a sentir calor
y me pregunté si no me estaría quemando
de todos modos.
«La verdad, quería decirte
que me gusta tu poesía. Veo mucha
en mis rondas y la tuya no está mal. No es que seas
la octava maravilla del mundo, pero
eres distinto. Ahora bien, he oído que para algunos
estás loco –aunque esos que lo dicen
son demasiado tranquilos para mi gusto–, y que algunos
chiflados piensan que eres un reaccionario
aburrido. No estoy de acuerdo.
Tú sigue tu camino,
como yo, y no hagas caso. Verás
que mucha gente se queja siempre
de la atmósfera, que si hace calor o frío,
que si está muy claro o muy oscuro, que si los días
son demasiado cortos o demasiado largos.
Si
un día no apareces piensan que eres un vago
o que estás muerto. Tú ve a lo tuyo, me gusta.

Y no te preocupes de tu linaje,
ya sea poético o personal. El Sol, ya lo ves, brilla
sin distinción sobre la selva, sobre la tundra,
el mar, el gueto. Fueras donde fueras
yo estaba al tanto y seguía tus pasos. Esperaba
que te pusieras a trabajar.

Y ahora
que vives como quieres, por así decirlo,
incluso si nadie te lee excepto yo
no debes deprimirte. No todo el mundo
puede levantar la vista, ni siquiera para verme. Les
daña los ojos».
«¡Oh, Sol, te estoy tan agradecido!»

«Gracias, y recuerda que te estoy viendo. Me resulta
más fácil hablarte desde aquí
fuera. No tengo que bajar colándome
entre los edificios para que me prestes atención.
Sé que te encanta Manhattan, pero
deberías levantar la vista más a menudo.
Y
abraza siempre las cosas, la gente la tierra
el cielo las estrellas, como hago yo, libremente y con
una idea del espacio adecuada. Esa
es tu vocación, todo el cielo lo sabe,
y deberías seguirla hasta el infierno si
es necesario, cosa que dudo.
Quizá
volvamos a hablar en África, por la que siento
especial afecto. Ahora sigue durmiendo,
Frank, y tal vez deje un poemita
de despedida en ese cerebro tuyo».

«¡Sol, no te vayas!», ya estaba despierto
del todo. «No, debo irme, me están
llamando».
«¿Quiénes?»
Incorporándose, dijo: «Algún
día lo sabrás. También a ti te están
llamando». Oscuramente se levantó, y entonces yo dormí.


trad. J.D. / el original, aquí.





De Frank O’Hara (1926-1966) habría podido traducir quizá «The Day Lady Died» o «Why I Am Not a Painter», que son poemas objetivamente más célebres (de hecho, hace años intenté traducir «Why I Am Not a Painter» y nunca quedé satisfecho del resultado; algo en el tono del original, en su coloquialismo un tanto oblicuo, se me resistía). Pero he optado por este, «A True Account of Talking to the Sun on Fire Island», que descubrí hace más de veinte años en The Rattle Bag, la antología escolar que editaron Ted Hughes y Seamus Heaney allá por los años ochenta (además, si no me equivoco, no aparece en Poemas a la hora de comer, la hermosa edición española de Lunch Poems que Eduardo Moga tradujo para DVD Ediciones en 1997). El poema me sigue seduciendo como entonces: no ha perdido un ápice de su sentido del humor, de su ironía lúdica, y esto es precisamente lo que lo hace tan difícil de traducir: recrear en español la gracia del inglés neoyorquino de O’Hara, la chispa juguetona de un diálogo por turnos serio, infantil, tierno e incluso, en algún momento, solemne, con esos toques hiperbólicos marca de la casa que lo vuelven irresistible, no es tarea fácil. No sé si lo he logrado; sí tengo claro que debía traducirlo –tarde o temprano– si quería ser fiel a mis gustos, que es como decir mis relecturas, las piedras donde tropiezo aunque no quiera.

El poema, como su propio autor se encarga de señalar, es un homenaje a otro famoso encuentro con el astro rey: el de Mayakovsky en «Un gracioso incidente que le ocurrió a Vladimir Mayakovski en el campo», donde el poeta ruso increpa al sol antes de descubrir sus afinidades y comprender que la labor de ambos es análoga: «Con poemas y luz / ruidosos y brillantes / brillar y nunca preguntar nada: / esa es nuestra consigna, la mía y la del sol» (la traducción es del argentino Gustavo Adolfo Chaves). Que O’Hara conocía bien la obra de Mayakovsky y hasta lo tenía por uno de sus ángeles tutelares es bien conocido; de hecho, llegó a dedicarle uno de sus poemas tempranos, titulado justamente «Mayakovsky», donde la invocación al maestro es una forma de volver con más fuerza sobre uno mismo: «Puede ser el día más frío / del año, ¿cómo lo ve / él? Quiero decir, ¿cómo lo veo yo? Y si lo veo, / quizá vuelva a ser yo mismo otra vez». En «La verdad sobre…», por el contrario, el guiño a Mayakovsky es anecdótico y no pasa de ser una excusa para que O’Hara vuelva a hacer de las suyas: un diálogo que es una poética que es una crítica de la poesía contemporánea que es un ejercicio de egolatría que es una explicación no pedida que es un fragmento de stand-up comedy que es un sueño visionario que es una forma de reírse de todo el mundo, hasta de sí mismo… El resultado responde perfectamente al deseo tácito de su autor de que en esta vida se puede ser cualquier cosa menos aburrido; ya bastante pesada es la rutina diaria como para que nos convirtamos, encima, en oficinistas de nosotros mismos. El poema, fechado en 1958, quedó inédito a su muerte y no vio la luz hasta 1971, con motivo de la publicación póstuma de sus Collected Poems.

Por cierto, fue en Fire Island donde O’Hara murió, el 25 de julio de 1966, al ser atropellado en la playa por un buggy. Una muerte prematura, nada anunciada y particularmente absurda para alguien que había entendido como nadie el absurdo de la vida urbana, su chisporroteo febril y expectante. Tenía 40 años, y ya había escrito algunos de los poemas más vitales y divertidos de su tiempo. El aplomo sereno que exhibe en las fotos me hace pensar que lo sabía.