miércoles, mayo 04, 2016

música discreta





No soy músico, por desgracia; sin embargo, alguna vez he soñado con una pieza para piano –algo sencillo, ligero, como aquellos primeros ejercicios minimalistas de Brian Eno o The Penguin Cafe Orchestra– hecha de acordes siempre distintos y siempre imprevisibles: una serie infinita, o poco menos, en la que cada acorde siguiera de manera natural al anterior y anunciara en parte el siguiente, pero sin repetir ninguno. ¿Es posible? ¿Y cómo sería su equivalente en poesía? ¿Un poema sin asunto, o de discurrir libre y errático, en el que cada verso enlazara únicamente con sus dos vecinos inmediatos? ¿Un cadena incomprensible que sólo revelara sentidos fugaces –parpadeantes– tomada en bloques o eslabones de tres versos? ¿Abdicar de un argumento global a base de hipertrofiar la conexión entre piezas contiguas?


De Eno recuerdo sobre todo la anécdota que originó Discreet Music (1975), su primera tentativa de música ambient. Fue cuando pasó una temporada en cama y escayolado por culpa de un accidente de coche. Un amigo le había traído un disco de música de arpa, pero estaba solo en casa y tuvo que hacer esfuerzos enormes para ponerlo en el tocadiscos. Cuando volvió a acostarse, se dio cuenta de que el volumen estaba muy bajo –casi en el umbral de lo inaudible– y que uno de los canales de estéreo no funcionaba. Sin fuerzas para incorporarse de nuevo y subir el volumen del aparato, se resignó a seguir escuchando: apenas lograba distinguir algunas notas por encima del silencio, crestas de sonido, borboteos engañosos, un rumor como de fondo que la mente interpretaba caprichosamente. Pero entonces, según cuenta, descubrió que aquellas circunstancias «me ofrecían lo que para mí era una nueva forma de oír música, como un elemento más de la atmósfera de mi entorno, del mismo modo que el sesgo de la luz y el sonido de la lluvia eran elementos de esa atmósfera».

Sospecho que Music for Airports (1978), que se abre con el piano escolar y repetitivo de Robert Wyatt, tiene más que ver con aquella experiencia concreta de escucha, pero en ambos casos lo que importa es que estamos ante ejercicios de reticencia, de ligereza. Se trata de cultivar la indeliberación, sí, pero también de atrapar al oyente en un mundo de sonidos fortuitos, hipnóticos, de hacerle oscilar entre el aburrimiento y la fascinación, de mostrarle tal vez que entre uno y otra no hay más que un paso, un roce, un compás. Es la música flotante de la duermevela, la inercia de un eco, nubes de sonidos que se desplazan lentamente sobre la llanura del sueño (uno de los trabajos más recientes de Eno se llama, justamente, «pequeña embarcación en un mar de leche»). Llegados a ese punto, las notas empiezan a confundirse con el fluir de la sangre. Todo existe en un estadio inicial de brote, de expectativa. Pero sin gravedad, literal o figurada. No hay tensión, nada se cierra ni coagula. El silencio es un prado donde brotan zarcillos de notas, alfombras sonoras. Y uno pisa la hierba sin prestar atención, o se tumba en ella para tomar el sol, y ve pasar las nubes, que también suenan.

lunes, mayo 02, 2016

notas de un impostor / 8


Era mi primer libro. Una fea edición institucional, debida al premio que había obtenido un año antes, sin más destino que el de languidecer en alguna bodega del ayuntamiento. Cuando me dieron mis ejemplares, observé que la tinta seguía fresca: cada vez que el pulgar se posaba sobre la cubierta, dejaba una huella que borraba la ilustración y desleía el título. Cuando quise darme cuenta, la cubierta estaba empapada en las curvas de nivel de mis dedos. Esa tarde, durante la ceremonia de entrega del premio –una comida absurda, que no se acababa nunca–, fui testigo de cómo todos los ejemplares de los invitados se iban degradando, manchándose con su propia tinta mezclada con el sudor de los dedos y los cercos de comida en el mantel.

Los organizadores habían dejado dos o tres cajas con ejemplares del libro en mi habitación de hotel. No me atreví a abrirlas. Pero esa noche soñé que la tinta del interior se iba desvaneciendo hasta esfumarse y que los libros quedaban en blanco. Aún me daba tiempo a ver los últimos momentos del proceso: abría una caja, tomaba un ejemplar y veía cómo el poema desaparecía ante mis ojos. Ocurría una y otra vez. Era como si la tinta se disolviera en contacto con el aire.

Desperté con alivio. Seguía sin atreverme a abrir las cajas de libros, pero la inquietud creada por el sueño pudo más que cualquier precaución. La tinta ya estaba más seca, pero me limité a tomar un ejemplar por los bordes, como quien saca una fuente del horno, y a hojearlo tímidamente. Así que esto es publicar, me dije. Me sentía ridículo. Cuando me pareció que hasta el agua de la ducha venía manchada de tinta, supe que iba a ser un día muy extraño.

viernes, abril 22, 2016

sobre shakespeare





Hace algunas semanas, la revista Letras Libres me encargó una reseña extensa, muy al estilo angloamericano, de dos estudios biográficos sobre William Shakespeare: El espejo de un hombre, de Stephen Greenblatt (edición española, recién aparecida, de su libro de 2004 Will in the World); y 1606: William Shakespeare and the Year of Lear, del gran James Shapiro.

La reseña ha sido incluida en el dossier del número de abril de la revista y puede leerse ahora en la red, bien en pantalla o descargando el pdf correspondiente. Disfruté mucho escribiéndola. Y fue también, de paso, una forma de hacer rodar mi viejo motor filológico. (Ese mismo que me hace cabecear con incredulidad cuando leo que Shakespeare escribía en un inglés «grecolatino, sublime, que dice las cosas en su transparencia encendida», según afirma en El Cultural un poeta de mi quinta con no menos sublime y encendido atrevimiento; pero dejémoslo estar).


Stephen Greenblatt, El espejo de un hombre. Vida, obra y época de William Shakespeare, traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda, Debolsillo, Barcelona, 2016, 538 págs.

James Shapiro, 1606. William Shakespeare and the Year of Lear, Faber & Faber, Londres, 2015, 424 págs.

domingo, abril 17, 2016

w. b. yeats / la belleza viviente


 
 
John Collier, Lady Godiva, c. 1897


Pujé, pues se agotaron la mecha y el aceite
y yacen congelados los cauces de la sangre,
por que mi corazón descontento gozara
de bellezas fraguadas en un molde de bronce
o de aquella que emerge en mármol deslumbrante,
que emerge, pero vuelve a irse cuando nos vamos,
y es más indiferente a nuestra soledad
que cualquier espejismo. Qué viejos somos, corazón;
la belleza que vive es de los jóvenes:
no podemos rendirle su tributo de lágrimas salvajes.


trad. J.D. / el original, aquí

miércoles, abril 13, 2016

verso / prosa


Heaney, de nuevo:

…all the fleeting, fitful anxieties that afflict
the literary translator.

Así termina el breve prólogo que antepuso a su traducción del libro VI de la Eneida, que ahora se publica póstumamente: «…todas las breves, intermitentes ansiedades que afligen / al traductor literario». Sólo que yo he optado por dividir la línea de prosa en dos versos de vieja y grave sonoridad anglosajona: esa aliteración simultánea de la f y la i en sílabas acentuadas (bien es verdad que una i es larga y las dos restantes breves, pero aún así), la pausa entre hemistiquios después de «fitful», el anapesto de «anx-i-e-tís» preparando el terreno para el acento final –en agudo– del primer verso…

La poesía como una segunda naturaleza, que asoma cuando menos se la espera; o más bien, porque no se la espera.



viernes, abril 08, 2016

7 cuervos


 
 


El alivio de caminar por una niebla real.



Mientras está en un sitio, nadie muere. Pero no para de viajar, de cambiar de vida, y nadie establece la correspondencia.
La desesperación de no poder estar en todas partes a la vez le hace envejecer antes de tiempo.



Frases afiladas, mordientes; frases con que taladrar la caja y abrir respiraderos.



Meteorólogos del aliento: estudian los flujos y corrientes, las idas y venidas del aire que respiramos.



Palabras que planean como cuervos sobre el campo de trigo de los días.



Calles sombrías, hostiles, que nos obligan a dar un rodeo. Nunca se lo agradeceremos bastante.



Nada por aquí, nada por allá, pero ahí lo tienes, pidiendo el aplauso del respetable como un vulgar ilusionista.


miércoles, abril 06, 2016

notas de un impostor / 7


El minimalismo no puede ser un remedo de ascesis que ignore o haga de menos al cuerpo, que es precisamente el lugar donde debe comenzar –donde cobra sentido– la renuncia ascética: disciplinar sus exigencias, lidiar con sus humores y su inmundicia, estar en la carne hasta olvidarse de ella. Ser un asceta prescindiendo del cuerpo es algo más que hacer trampa: es, literalmente, un ejercicio de superficialidad. El despojamiento no es un ámbito al que se llegue por sublimación o enrarecimiento, rodeando los territorios del cuerpo grosero: es una realidad que está al otro lado de la materia, que surge de darse de cabezazos contra ella, empezando por la propia carne y sangre. Terquedad, insistencia: si no seguimos ese hilo de Ariadna, si no atravesamos el laberinto hasta dar con el monstruo que (también) somos, es que no hemos entendido nada. La renuncia nunca puede ser de antemano.

domingo, abril 03, 2016

charles simic / sobre mí mismo





Soy el rey sin corona de los insomnes
que sigue espantando a sus fantasmas con un sable,
un estudiante de los techos y las puertas cerradas
que apuesta a que dos más dos no son siempre cuatro.

Una vieja alma jovial que toca el acordeón
en el turno de noche de la morgue.
Una mosca que huyó de la cabeza de un loco
para darse un respiro en la pared vecina.

Descendiente de herreros y curas de pueblo:
un ayudante de escenario malhumorado
de dos célebres e invisibles maestros ilusionistas,
uno llamado Dios, el otro Diablo, asumiendo, claro está,
que soy la persona que me figuro ser.



trad. J.D / el original, aquí




Este es uno de los nueve poemas de El lunático (2015) de Charles Simic que acaban de aparecer en el último número de la revista Turia. Lo hacen gracias a la gentileza de su director, Raúl Carlos Maícas, y son un adelanto del poemario –el más reciente de su autor– que Vaso Roto Ediciones publicará el curso que viene. A Simic no habrá que presentarlo a estas alturas. Sus poemas tienen algo de truco de ilusionista (como los que menciona en la estrofa final): lo vemos venir, creemos saber a qué juega, y sin embargo siempre acaba sorprendiéndonos. Ya puestos, he aprovechado para retocar ligeramente la traducción del cuarto verso (un despiste que me saltó a los ojos cuando abrí la revista; ¿por qué será que uno sólo tiene ojos para sus propios fallos?).

viernes, abril 01, 2016

notas de un impostor / 6





Eso que escribes son cartas diferidas, palabras a destiempo que nunca llegarán a su destinatario, respuestas a preguntas que alguien planteó hace mucho, cuando responder habría servido de algo. Toda escritura es tardía por definición, esto es, inútil a efectos prácticos, porque supone una relación con el tiempo que nada tiene que ver con el paso del reloj o del calendario; y que tampoco se corresponde con las habituales cadenas de causa-efecto que sostienen nuestro día a día. La ocasión visible o aparente del libro es sólo una coartada, una especie de Macguffin que desvía la atención del motivo real que lo originó. Pero tardía no quiere decir impertinente. Porque esa relación peculiar con el tiempo presupone –a menudo contra toda expectativa sensata– la existencia de un lector para quien el libro llega siempre en el momento justo.

miércoles, marzo 30, 2016

de un diario

 
Mi amigo el poeta extremeño Álex Chico viene a hacerme una entrevista; una conversación larga y llena de digresiones que su grabadora registra fielmente.

Esa misma noche sueño con que estoy de excursión con mi familia por los alrededores de una ciudad (¿Cáceres?) cuando se declara un incendio; el sueño, de hecho, es una larga y sinuosa huida del fuego a través de montes, cañadas y caminos improvisados; sé que las personas que huyen conmigo son mi familia, pero no termino de conocerlos o reconocerlos bien. Todo es confuso, pegajoso, la maleza invade el camino y la ropa no deja de engancharse en las ramas, pero una certeza se abre paso hasta despertarme, no sin un sobresalto: hablé demasiado.

domingo, marzo 27, 2016

seven stones


 
 


Allí, al envidioso lo condenan a incubar piedras.


¿De quiénes eran las certezas que no heredamos?


Lo llama su corazón, pero es sólo un sapo que no para de croar.


Cuando lo son de verdad, son algo más que juegos de palabras.


Encontró un tipo especial de tierra donde hasta sus uñas florecían.


Guardaba las cenizas de su padre en un reloj de arena.


A veces me tropiezo con palabras que han desertado y andan por los caminos, buscando el modo de volver a casa.


miércoles, marzo 23, 2016

elias canetti / contra la muerte




Los apuntes de Elias Canetti se dieron a conocer en España en 1982 con la publicación de La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972 en la colección de ensayo de la editorial Taurus. En el marco de una serie que dio a conocer libros de Adorno, Eliade, Ricoeur o Benjamin, este «carnet de notas» representaba una cierta anomalía. No se estaba ante un ensayo ni un estudio sistemático, ni siquiera ante un compendio más o menos coherente de piezas sueltas, sino ante un enjambre de apuntes, ocurrencias, notas de lectura y aforismos ordenados cronológicamente que, para colmo, se presentaba como subproducto de una obra mayor (Masa y poder, 1960) cuya primera edición española había pasado desapercibida (Métodos vivientes, Barcelona, 1977). El libro, pues, tenía un aire testamentario que no hacía sospechar que era el primer capítulo de un proyecto más vasto (en el volumen de las Obras completas dedicado a sus Apuntes, La provincia del hombre ocupa un tercio del total). A lo que contribuía el que su autor no dudara en pronunciarse a menudo ex cátedra, con la autoridad que le otorgaba una vida de intensa actividad intelectual.


Quizá lo más anómalo de esa autoridad es que provenía de alguien que se negaba a definirse como filósofo –antes bien, que decía «desconfiar» de los filósofos, digamos, profesionales– o como experto en ninguna de las ramas del saber humanístico. No, Canetti insistía en definirse como un autor de ficciones que había dedicado treinta años a un proyecto titánico: el estudio de la masa como fenómeno ligado a las estructuras de poder y los órdenes sociales. El resultado era un libro desigual, de naturaleza poco académica, que procedía más por el principio de analogía que por el de síntesis, que gustaba más de la anécdota significativa que de la lógica de la argumentación.


Canetti se concibe también como un ensayista puro, empeñado en no dar nada por sabido, jugando a ser un poco el buen salvaje que prefiere hacerse preguntas ingenuas antes que dar por cierto un argumento de autoridad. Por no hablar de la repugnancia que le inspira el cientificismo y cualquier forma de pensamiento dogmático. Su único capital es la curiosidad, la tensión intelectual, su afinidad electiva y una inmensa capacidad para leer y activar con la imaginación la secreta red de correspondencias que rige el mundo. Por ahí se entiende la importancia del mito en su trabajo: el mito como pensamiento originario, como realidad que atrae y repele a la vez las interpretaciones, que genera una plétora de discursos incapaces de agotarlo o de iluminarlo por completo.


Donde Canetti se siente a gusto es en entornos fallidos o incompletos, en el espacio que abren proyectos hiperbólicos como el suyo propio; en este sentido, es un hijo más de Nietzsche, cuya luz recibe mediante el prisma interpuesto, entre otros, por Kraus, Musil o los expresionistas. Lo asistemático alienta también en los relatos de los pueblos primitivos –vivero de incitaciones que encapsulan toda el vigor del pensamiento mítico– o en libros raros como las Vidas breves de John Aubrey, el diario de Hebbel y Specimens of Bush Folklore de los lingüistas Bleek y Lloyd. Hay en él, lector omnívoro, un recelo visceral de la pedantería libresca, de toda forma de afectación destinada a reducir la importancia formativa de la experiencia vital. Y aquí su enemigo explícito es Borges, a quien llama «sus antípodas»: «No me gusta nada Borges. No choca con piedra. La reblandece». De nuevo emerge su vena de buen salvaje que desconfía del intelecto puro y cree ver en sus edificios conceptuales un espejismo. Parece que vislumbraba con claridad –y temía, con una mezcla de espanto y de desdén– el fondo nihilista y disolvente que anida tras la máscara de las ficciones borgesianas.


En sus apuntes, Canetti convierte de manera explícita el odio a la formalización y los sistemas cerrados en odio a la muerte. En rigor, no hay diferencia: el sistema y la muerte son manifestaciones de un mismo fenómeno («Nada hay más horrible que la unicidad. ¡Oh, cómo se engañan todos esos supervivientes!»). Tan pronto trazamos límites o cerramos fronteras, reconocemos la existencia de la muerte y su derecho a actuar sobre nosotros, esto es, a cerrar la frontera de nuestras vidas. El afán de sistematización no es sino deseo de servir a la muerte, despojándola de sus atributos más horrendos, convirtiéndola en un accidente más de la existencia, algo natural y esperado. Se entiende así que dedicara más de treinta años a su estudio de la masa: la magnitud del proyecto impedía un final inmediato y actuaba, en cierto modo, como un seguro de vida. Su resistencia a formalizar datos y extraer conclusiones actúa como razón y fuerza motriz de la existencia: cerrar el libro es rendirse ante la muerte.


La existencia ideal se basa en la agregación. El mapa de los apuntes se asemeja a un racimo o una constelación: todo le rodea, todo excita su curiosidad, todo lo aparta de sí… pero para verlo mejor. Busca la amplitud, la diversidad, pero una diversidad en la que cada elemento se muestre entero, irreducible, sin maquillajes ni artificios. Lo que quiere son frases sencillas pero a la vez duras como pedernales, enigmáticas. Mientras se mantengan a distancia unas de otras, hay esperanza; mientras graviten a nuestro alrededor, la muerte no podrá romper el cerco. Cada frase es un ladrillo en el muro alzado contra la muerte: no sólo ofrecen una resistencia casi obsesiva a ser interpretadas o incluidas en un marco formal que lime sus aristas, sino que el autor vive su distancia de ellas como un retraso forzado del final y, por tanto, como vigilia o motivo de tensión: «Todo lo inacabado era mejor. Te mantenía en vilo y descontento».


Canetti se aparta de manera visible de las vetas centrales del aforismo, signadas bien por un tono sentencioso y cercano a la máxima, bien por el ingenio mordaz, el jeu d’esprit y la observación costumbrista. Esto se aplica no sólo a la tradición francesa –de la que sólo parece salvar a Joubert–, sino a escritores centrales en su formación como Lichtenberg y Stendhal. De Lichtenberg, en concreto, aprecia la sequedad irónica, la dureza de las frases (en las que se «choca con piedra»), su capacidad para juzgarse con la misma impiedad con que mira el mundo. Pero en Lichtenberg las frases, siendo partes de una totalidad conjetural, son autónomas y están completas, contienen las claves que permiten comprenderlas y ponerlas en relación con el mundo al que apostillan. Litchtenberg no amaga: no amenaza con un golpe para luego retirar la mano. En Canetti, en cambio, abunda no sólo la frase incompleta, que amaga un sentido elusivo, sino también la gestualidad pura y dura, esto es: la declaración de intenciones, el brindis al sol, la simple enunciación de un deseo. Sí, los carnets incluyen apuntes muy diversos (notas de lectura más o menos detallada de obras clásicas; mini-cuentos o fábulas truncadas; pequeñas observaciones de este o aquel personaje, convertido en categoría), pero su clave musical es el autor hablando consigo mismo, aplaudiéndose o increpándose, ordenándose decir tal cosa, dirigiendo el movimiento de su conciencia y su deseo. Esta clave se hace más audible conforme pasan los años, acompañada de un gusto creciente por la brevedad y la expresión trunca. El impulso autoexhortativo se alía con una gestualidad que suele complacerse en la mera exposición, frases breves o sintagmas nominales que refieren una realidad desnuda de contexto y desarrollo: «Inventar cosas de poca monta»; «Beneficios de la conciencia»; «Ilusiones como olores»; «Seres vivos hechos de juramentos», etc.


Canetti convierte la nota en un género volitivo: su ser es un querer ser, un acto de fe; y también un movimiento simultáneo de repliegue y de búsqueda del lector, a quien se ignora y se requiere para que complete la propuesta de sentido del texto. Este movimiento alcanza su paroxismo en el libro póstumo Libro de los muertos (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010), summa de las notas, fragmentos y aforismos que escribió sobre y contra la muerte y que leemos, en gran parte, como una acumulación reiterativa de frases en las que se limita a exponer o constatar ese odio. Cierto es –siendo justos– que hay un intento accidental de revisar la noción de la muerte en la Biblia y la mitología grecolatina, en ciertas tragedias clásicas, en la configuración del pensamiento cristiano y nuestro modo de contar(nos) la Historia. Pero tan cierto es que nada dice sobre asuntos como la muerte digna, el dolor y la enfermedad terminal, la indignidad de la agonía y la aflicción de la carne, en absoluto marginales para un repensar contemporáneo de la muerte. Las notas de este Libro de los muertos son momentos de un diálogo continuo consigo mismo en el que su autor se exhorta a seguir y se reafirma en la necesidad de un libro semejante. A veces duda, pero sólo para rehacerse de inmediato: «¿Aún más parloteo? ¿Para qué? ¿Consuelo?». Y luego: «Rechazar a la muerte (rechazar la declaración)»; «Más simulaciones. ¿Salvaciones? Ninguna». Y al fin: «Podría ser que nada cuente, excepto tu convicción. // Podría ser que estés destinado a ser verdugo de la muerte y nada más. // Por eso callas durante tanto tiempo: porque no hay nada más que estés destinado a decir».


La dimensión de brindis al sol se vuelve omnipresente y despierta el fantasma de la megalomanía; se llega al extremo de condenar por «abominables» todos los intentos del pensamiento por reconciliarnos con la idea de nuestra muerte inevitable, que configuran una de las vetas más poderosas de nuestra propia tradición intelectual. ¿Es que Canetti pretende decirnos que basta con negar a la muerte, que basta con que él niegue a la muerte, para exorcizar su influjo? Desde luego, tomada en sentido lato, esta pretensión se nos antoja ridícula; pero en sentido figurado, leída a la luz del pensamiento mítico tan querido por él, se vuelve más fértil: el libro como un elenco de enigmas que inducen a la reflexión –y la identificación– imaginativa, pero que a la vez se sustraen a la tarea disgregadora de la razón crítica. Es decir, que se sustraen expresamente a la labor del tiempo: para nuestro autor, lo deseable es que cada una de sus frases tenga la opacidad y la capacidad de sugerencia de un petroglifo.


La lectura de Libro de los muertos arroja, en fin, una curiosa luz retrospectiva sobre la totalidad de los apuntes; nos permite entenderlos mejor y discriminar su calidad genuina. Pero sobre todo aclara el peculiar modo de modernidad de esta escritura: un querer ser, una proyección de futuro que es a la vez huella fósil, un eco del origen que solo siendo hipérbole se ve capaz de proyectarse sobre el presente.

  
Publicado en la revista Quimera, núm. 388, marzo de 2016, pp. 21-23.





lunes, marzo 21, 2016

primer acto, segunda función


Parece que hoy es el Día Mundial de la Poesía. Para un servidor (discúlpenme el ripio), lo es todos los días. Pero los amigos de El Cultural, siempre tan atentos, han tenido la gentileza de llamar a unos cuantos poetas y pedirnos un poema para celebrarlo. Leyendo el resultado (Clara Janés, Esperanza López Parada, Julieta Valero, Berta García-Faet...), tengo claro que mi «Primer acto» no podía estar en mejor compañía.
 

jueves, marzo 17, 2016

un poema de kiran millwood hargrave





Huésped

Los cisnes han anidado
en mi cuero cabelludo.
Cuando sale el sol, siento cómo corren
para levantar el vuelo,
pulcros como renacuajos, hurgando en mi córtex
con las patas palmeadas. Mordisquean la maleza
desde el tallo. Cuando se aman,
me dejo el cabello suelto y ellos lo levantan
desde el folículo y le dan forma de nido.
Cuando se aparean, siento un cosquilleo en la nuca.
Este verano voy con cuidado,
los huevos incuban en mi cerebro.


Host

Swans have nested
beneath my scalp.
Mornings I feel them
running for take-off,
neat as tadpoles, webbed feet
sticking my cortex. They nibble weeds
from the stem. When they love,
I wear my hair loose and they lift it
from the follicle, pull it in for nests.
When they mate, my nape tingles.
This summer I walk carefully,
my brain full of eggs.



Hace algunos meses –en realidad, el verano pasado–, la revista murciana La Galla Ciencia me invitó a colaborar en un número especial que versaría, literalmente, «sobre poetas vivos que traducen a poetas vivos». La idea, en fin, era traducir un poema inédito de un autor extranjero que siguiera vivito y coleando... La propuesta coincidió en el tiempo con la lectura del último número hasta entonces de la revista inglesa Shearsman, en cuyas páginas descubrí un breve poema que me puse a traducir casi sobre la marcha, improvisando un primer borrador al margen mientras lo leía y consultaba algunos términos en el diccionario. Fue una reacción instintiva, la sensación de que aquel poema me pedía una respuesta inmediata. Sucede pocas veces, pero cuando lo hace resulta muy gratificante. Y me quedé con la idea de que los versos se traducían solos, en realidad, como algo que hacemos en sueños.

El poema era este «Host» [Huésped], y su autora –como descubrí poco después– era una jovencísima escritora londinense, Kiran Millwood Hargrave (Londres, 1990). Kiran vive ahora en Oxford, donde acaba de completar un Máster en escritura creativa, y tiene una estupenda bitácora en la red. Y es la autora de una novela juvenil que saldrá este próximo mes de mayo, The Girl of Ink & Stars. Sin embargo, lo que de verdad tengo ganas de leer son nuevos poemas suyos, y más si son como este: una miniatura tan precisa como delicada. A ver si es posible.