lunes, diciembre 10, 2018

césar vallejo / las piezas encontradas


  

Con motivo del Día del Libro, se celebró en la Casa de América de Madrid los días 23 y 24 de abril (¡hace una eternidad!) un coloquio en homenaje a César Vallejo titulado, justamente, «César Vallejo, 80 años después». Leí en esa ocasión una breve ponencia, «Las piezas encontradas», que ahora Periódico de Poesía de la UNAM ha tenido la gentileza de publicar gracias a los buenos oficios de sus editores, el poeta Hernán Bravo Varela y el novelista Daniel Saldaña. Aparece dividida en dos partes, aquí y aquí. Ojalá su lectura no resulte demasiado impertinente.

jueves, diciembre 06, 2018

tomlinson revisited





Una de mis últimas alegrías en un tiempo no muy propicio para ellas ha sido la publicación en la colección de clásicos de la editorial Carcanet de una nueva antología poética de Charles Tomlinson (1927-2015). Se titula Swimming Chenango Lake, como uno de los poemas emblemáticos de Charles (incluido en el libro The Way of a World, de 1969), y su responsable es el poeta y ecólogo David Morley (1964), que ocupa la cátedra de escritura creativa en la Universidad de Warwick.

Tengo la sensación, nada caprichosa, de que este libro aparece en un momento idóneo, cuando se corría el riesgo de que la obra de Charles quedara arrumbada por los cambios de viento estético o las nuevas modas literarias. La selección es impecable y pone el énfasis en sus libros más enérgicos y arriesgados, más o menos hasta finales de la década de 1980, esto es, la zona de su escritura más influida por la vanguardia, el ejemplo de los objetivistas americanos (empezando por William Carlos Williams) o su diálogo con estrictos contemporáneos como Octavio Paz o Philippe Jaccottet, entre otros.

La selección de Morley quiere llamar la atención de las nuevas generaciones de lectores y reivindicar la pertinencia y la vitalidad de una poesía que abominó por igual de la miopía provinciana, el lugar común y la falacia sentimental. Lo consigue sobradamente, y me alegra en particular que incluya poemas que testimonian la intensa relación que tuvo con la poesía española: su hermoso tributo a Ángel Crespo, o la divertida carta en verso que escribió a Juan Malpartida sobre los placeres de la «jubilación». Solo echo en falta alguna de las muchas variaciones sobre tema mexicano que escribió al final de su vida, pero no se puede tener todo...

La cubierta, por cierto, me parece un acierto: moderna, luminosa, pero a la vez con cierto aire retro. Y nos recuerda que hubo un tiempo en que Charles (que a veces firmaba sus cartas, en broma, como «su humilde sirviente, el escritor chino tom-lin-son») era el poeta más alerta y cosmopolita de su generación, como lo demuestran estos dos poemas de juventud. En realidad, lo sigue siendo.




El arte de la poesía

Al principio, la mente siente un golpe.
La luz abre agujeros blancos en el follaje negro.
O la neblina esconde cuanto no es ella misma.

Pero esto ¿cómo decirlo?
El hecho es que si la verdad no basta
exageramos. Las proporciones

importan. Es difícil calcularlas bien.
No tiene que haber nada
superfluo, nada que no sea elegante
ni nada que lo sea si solo es eso.

Este atardecer verde tiene bordes violetas.

Mariposas amarillas
que transitan nerviosas
de flores escarlata a flores color bronce
desaparecen cuando la noche aparece.




Más ciudades extranjeras

Nadie quiere más poemas sobre ciudades extranjeras...
       (De una reciente disertación sobre poética)

Sin olvidar Ko-jen,
esa ciudad musical (tiene
pocos edificios y junta espacio
combatiendo el silencio),
ni Fiordiligi, cuyos cambios de sol
contra muros de piedra transparente
confunden toda preconcepción: una ciudad
para arquitectos, que se instruyen
arrojando sus redes
a esos bajíos movedizos; ni
Kairouan, cuyo espacio iluminado
se desliza y encaja de tal modo
en las masas de piedra, duda uno
qué puede ser más sólido
a menos que, al abrir
los dorados segmentos del lechoso
globo de una naranja cuarteada,
uno aprenda, tal vez,
a leer tales perspectivas. Luna
alberga una ciudad de puentes, donde
incluso sus vecinos son conscientes
de un privilegio compartido: un puente
no existe por sí mismo.
Rige el vacío.


el original, aquí.

trad. J.D.

domingo, diciembre 02, 2018

tardío


Que un libro –y más si es de poemas– nunca termina de cerrarse es algo bastante frecuente y que muchos hemos aprendido a asumir con normalidad. Con el tiempo vamos retocando versos, tachando palabras o ajustando la puntuación o la sintaxis de ciertas frases; hasta surgen poemas cuyo lugar natural es justamente el libro ya editado. De ahí que ese paréntesis que suele abrirse entre la aceptación del poemario por parte de la editorial y su publicación final (que a menudo es de años) pueda ser muy útil para terminar de ajustar cada pieza o añadir alguna ocurrencia tardía.

Lo que nunca me había pasado, sin embargo, es encontrar la cita idónea de un libro dos años después de su aparición. Releyendo hace meses la vieja edición de Taurus de La provincia del hombre, de Canetti, me encontré con esta nota de 1966 (solo un año mayor que yo, por tanto): «No digas: ahí estuve yo. Di siempre: ahí no estuve nunca». Es más: el apunte –apenas un renglón en la página– iba subrayado doblemente a lápiz.

Está claro, al menos para mí, que esta frase tenía que estar rondando mi inconsciente cuando escribí el verso inicial de lo que sería «Suceso» (y que luego se convirtió en el título del libro): «No estábamos allí cuando ocurrió...». Pero ni la recordaba ni tampoco recuerdo haberla subrayado en su día, entiendo que buscando ayuda en mis peleas juveniles con el yo en la escritura. Lo que viene a confirmar, supongo, que las cosas nunca son del todo como uno las piensa. O que, de hecho, uno nunca está «ahí» donde se escribe el poema. Tenemos esa suerte.