miércoles, mayo 04, 2016

música discreta





No soy músico, por desgracia; sin embargo, alguna vez he soñado con una pieza para piano –algo sencillo, ligero, como aquellos primeros ejercicios minimalistas de Brian Eno o The Penguin Cafe Orchestra– hecha de acordes siempre distintos y siempre imprevisibles: una serie infinita, o poco menos, en la que cada acorde siguiera de manera natural al anterior y anunciara en parte el siguiente, pero sin repetir ninguno. ¿Es posible? ¿Y cómo sería su equivalente en poesía? ¿Un poema sin asunto, o de discurrir libre y errático, en el que cada verso enlazara únicamente con sus dos vecinos inmediatos? ¿Un cadena incomprensible que sólo revelara sentidos fugaces –parpadeantes– tomada en bloques o eslabones de tres versos? ¿Abdicar de un argumento global a base de hipertrofiar la conexión entre piezas contiguas?


De Eno recuerdo sobre todo la anécdota que originó Discreet Music (1975), su primera tentativa de música ambient. Fue cuando pasó una temporada en cama y escayolado por culpa de un accidente de coche. Un amigo le había traído un disco de música de arpa, pero estaba solo en casa y tuvo que hacer esfuerzos enormes para ponerlo en el tocadiscos. Cuando volvió a acostarse, se dio cuenta de que el volumen estaba muy bajo –casi en el umbral de lo inaudible– y que uno de los canales de estéreo no funcionaba. Sin fuerzas para incorporarse de nuevo y subir el volumen del aparato, se resignó a seguir escuchando: apenas lograba distinguir algunas notas por encima del silencio, crestas de sonido, borboteos engañosos, un rumor como de fondo que la mente interpretaba caprichosamente. Pero entonces, según cuenta, descubrió que aquellas circunstancias «me ofrecían lo que para mí era una nueva forma de oír música, como un elemento más de la atmósfera de mi entorno, del mismo modo que el sesgo de la luz y el sonido de la lluvia eran elementos de esa atmósfera».

Sospecho que Music for Airports (1978), que se abre con el piano escolar y repetitivo de Robert Wyatt, tiene más que ver con aquella experiencia concreta de escucha, pero en ambos casos lo que importa es que estamos ante ejercicios de reticencia, de ligereza. Se trata de cultivar la indeliberación, sí, pero también de atrapar al oyente en un mundo de sonidos fortuitos, hipnóticos, de hacerle oscilar entre el aburrimiento y la fascinación, de mostrarle tal vez que entre uno y otra no hay más que un paso, un roce, un compás. Es la música flotante de la duermevela, la inercia de un eco, nubes de sonidos que se desplazan lentamente sobre la llanura del sueño (uno de los trabajos más recientes de Eno se llama, justamente, «pequeña embarcación en un mar de leche»). Llegados a ese punto, las notas empiezan a confundirse con el fluir de la sangre. Todo existe en un estadio inicial de brote, de expectativa. Pero sin gravedad, literal o figurada. No hay tensión, nada se cierra ni coagula. El silencio es un prado donde brotan zarcillos de notas, alfombras sonoras. Y uno pisa la hierba sin prestar atención, o se tumba en ella para tomar el sol, y ve pasar las nubes, que también suenan.