martes, diciembre 18, 2018

richard hugo / carta a simic


Lo cuenta Charles Simic en sus memorias, Una mosca en la sopa. Un día, durante un encuentro de escritores que tuvo lugar en San Francisco en 1972, coincidió en el restaurante con el poeta Richard Hugo (1923-1982). Simic acababa de pasar parte del verano en Belgrado y Hugo, al enterarse, le dijo: «Ah, sí, recuerdo bien esa ciudad», y procedió a dibujar sobre el mantel un mapa con sus enclaves y puntos de referencia principales. Simic le preguntó cómo es que conocía tan bien Belgrado, si había estado alguna vez como turista, y Hugo respondió: «No, no, sólo la bombardeé unas cuantas veces».

Hugo ignoraba, por supuesto, que Simic había nacido en Belgrado en 1938 y que había vivido allí, por tanto, toda la guerra. O, en otras palabras, que una de las personas a las que había bombardeado era precisamente aquel joven poeta de nombre extranjero sentado a su mesa. Cuando se enteró por boca del propio Simic, «se quedó muy afectado. De hecho, estaba profundamente conmovido». Tanta fue la conmoción que no dejó de disculparse y de dar explicaciones, como si solo poniendo sobre la mesa todos los detalles de aquella terrible coincidencia pudiera calmarse.

La anécdota me recuerda aquella otra (no sé si parcialmente apócrifa, quizá alguien pueda confirmar o completar el relato) de Juan Benet y Julio Llamazares. Como es sabido, entre 1961 y 1965 Benet trabajó en la construcción de la presa del pantano de Porma, obra que supuso, entre otros, la desaparición de Vegamián, pueblo natal de Julio Llamazares. Cuando Llamazares se lo recordó (¿se lo reprochó?) públicamente a Benet, este optó por el desmarque irónico, culpándose de la vocación literaria del leonés y diciéndole en broma que no se quejara tanto, pues le había dado el tema central de su escritura.

La reacción de Hugo fue muy distinta. Tiempo después de aquel encuentro en San Francisco, le envió a Simic una carta-poema en la que trataba de poner en claro sus emociones y de reconciliar al poeta maduro con el joven que había ido a la guerra con apenas dieciocho años. El poema-carta vio la luz en su libro 31 Letters and 13 Dreams (1977), y Simic lo recogió años más tarde en sus memorias, como corolario de aquel singular encuentro. Por supuesto, puede leerse en la edición española de Vaso Roto, muy bien traducida por Jaime Blasco, pero no me he resistido a preparar mi propia versión, que intenta ser tan clara como la de Blasco sin renunciar a la agilidad rítmica y la capacidad de síntesis del original. El motor del poema es la frescura de la lengua conversacional y su ritmo, como el de una carta improvisada, nos lleva sin descanso a través de las pausas de la puntuación y los encabalgamientos. Tengo la sensación, sin duda presuntuosa, de que el poema mejoraría sin el último verso y medio (después de «peligro»). Hagan la prueba. Quizá lo que me pone nervioso es la imagen algo ñoña de los caramelos sustituyendo a las bombas, pero no descarto que ese nerviosismo diga más de mi puritanismo lector que de ningún presunto error de juicio de Hugo.


 
Copyright: William Stafford



Carta a Simic desde Boulder

Querido Charles: de modo que un día nos conocemos en San Francisco
     y yo
me entero de que hace tiempo, cuando tenías cinco años, te bombardeé
     en Belgrado.
Lo recuerdo. Debíamos destruir un puente sobre el Danubio
con la esperanza de dividir a las tropas alemanas que huían hacia el norte
desde Grecia. Fallamos. Nada excepcional, teniendo en cuenta que yo
estaba en uno de los bombarderos. No podía acertar una mierda ni aunque
me sentara en la mira telescópica o me arrojara con una bomba
     entre las piernas
cantando el himno nacional. Recuerdo que Belgrado se abrió
como una rosa cuando llegamos. Poco fuego antiaéreo. Yo no sabía nada
de las ejecuciones diarias, los ochenta mil eslavos que colgaban
de sogas alemanas en la ciudad, lecciones para el resto.
Básicamente, lo que me interesaba era seguir con vida, ese momento
en que el avión se desprendía del peso de las bombas y volvíamos a casa.
¿Qué hablabas entonces? Serbio, imagino. ¿Y cómo interpretabas
el terrible aullido de las bombas? ¿Cómo se dice «miedo» en serbio?
Supongo que igual que en inglés, un largo lamento primitivo
de niños moribundos, un niño inmóvil para siempre con la mirada muerta.
No me disculpo por la guerra ni por lo que fui entonces. Me dejé
cegar de buena gana por los tiempos. Me parece que incluso creía
en el heroísmo (el de otros, no el mío). Creía que aquel mundo
de sufrimiento era necesario, pues esperaba que el mundo aprendiera
a no volver a hacerlo. Pero era joven. El mundo nunca aprende. La historia
sabe transformar el pasado en algo tolerable, y a los muertos
en un sueño. Querido Charles: me alegra que escaparas de las bombas, que
ahora vivas con nosotros y escribas poemas. Sin embargo, debo decirte
que aquel día en San Francisco me sentí mal. No dejaba de
pensar, él estaba en tierra ese día, con el cielo
de un inquietante color mostaza y nuestros motores hurgando
     entre las cosas
con su estruendo. Y el mundo, para los supervivientes,
se revela en momentos así. El mundo se revela como las nubes
en verano, puro blanco soplado, tiernos pájaros que entran y salen
con rapidez, y nuestras vidas tienen la oportunidad de vagar lentamente
sobre el mundo, con las bodegas vacías de bombas, olvidados los blancos,
lejos del enemigo. Me ha gustado conocerte después de
todo ese odio insensato. La próxima vez, si quieres asegurarte
de seguir con vida, siéntate en el puente que intento derribar y agita
     los brazos.
Estoy bien orientado pero nervioso y el punto de mira tiembla.
Estés donde estés, no habrá peligro. Te apuntaré,
pero ahora mis bombas son caramelos y he perdido a mi escuadrón.
     Tu amigo, Dick.


trad. J.D. / el original, aquí

2 comentarios:

Indigo Horizonte dijo...

Pues... yo leí en su día Una mosca en la sopa, que ahora está entre mis estantes, y ya desdibujada en mi recuerdo. Tu traducción es hermosa, como siempre, pero hoy disiento contigo en los caramelos. Una nimiedad pero ¿por qué no hablar de caramelos? Simic era niño. Richard Hugo, un joven que arrojaba bombas a un niño. Un poema puede ser un cuento que alguien cuenta. Y quien lo cuenta decide cómo lo cuenta y si regala caramelos... Yo me quedo con los caramelos, pero quizá soy demasiado niña a pesar de mis años. Y me temo que eso ya va no teniendo remedio. Pero, con o sin caramelos, tu traducción es hermosa porque fluye, como siempre.

Abrazo enorme, Jordi. Feliz solsticio y felices fiestas y descanso con los tuyos.

Jordi Doce dijo...

Y sin duda tienes razón en disentir de mis reparos, que son más una sospecha que otra cosa. Está claro que los caramelos están ahí para subrayar la "niñez" del niño Simic, y la imagen se sostiene en el contexto de los versos precedentes. Y sin embargo... Y finalmente, si el poema no me gustara no lo habría traducido, ya lo sabes. Gracias, como siempre, por tu lectura y tu complicidad. Abrazo, J12