miércoles, agosto 30, 2006

el cuervo de carver

Si hay un animal que ha comparecido habitualmente en mis poemas, sobre todo en los que escribí en Inglaterra, ese es el cuervo. Supongo que el hecho de haber traducido Cuervo, de Ted Hughes, y de estar en contacto permanente (durante cinco años, al menos) con el paisaje donde Hughes había nacido, me hicieron particularmente sensible a su presencia: una especie de correlato animal del áspero y negro paisaje de los páramos del norte, un manojo de plumas desabridas cuyos chillidos crecían con la oscuridad de la tarde. Así que me ha hecho gracia encontrarme con este poema de Carver en el que, además de fijar un instante con la sutileza de un poeta japonés, rinde homenaje a sus predecesores con una sencillez admirable. Lo dejo aquí, confundido con la tinta negra de esta página.


Raymond Carver

MI CUERVO

Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
Tampoco era uno de los cuervos de Homero, impregnados
de sangre coagulada tras la batalla. Era sólo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna
ni hizo nada digno de mención.
Se quedó ahí en esa rama durante unos minutos.
Luego alzó el vuelo maravillosamente
y salió de mi vida.

Versión de Jaime Priede

1 comentario:

Índigo dijo...

Ahora sólo me queda buscar al nuevo cuervo... Buen fin de semana, Jordi. Un abrazo añil, con frío pero sin cuervos.