jueves, junio 30, 2011

john burnside / poema ocasional

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Charity Graepel, dos meses de edad

Antes de que los nombres de las cosas
se adentren en su mente,
no hay más que una secuencia de ecos:
el pelo color óxido y los ojos acuosos,
el ángulo y pivote de los huesos
bajo la piel oscura y blanda,

y ella habita otro estado
donde somos fluidos e indistintos,
caprichos de sonido y alimento
que se encienden y apagan,

y lo que sabe de los perros,
o de la luz, o el agua, es un misterio a nuestros ojos,
que los hemos nombrado y extraviado,
verdad resuelta en la gramática
que viste y mina nuestro pensamiento
y oscurece su asombro ante éste, el imposible mundo.




Revisando pruebas de la amplia antología del escocés John Burnside (1955) que he preparado para la editorial Pre-Textos, y que debería ver la luz este próximo otoño con el título de Conjeturas y esperanza, me doy cuenta de que nunca he colgado este poema, uno de los que más me gustan de su primera etapa. Una pieza breve que encarna todas las virtudes de su escritura: precisión y misterio, fluidez y elipsis, y una mirada curiosa y alerta, llena de delicadeza, hacia las cosas del mundo. También una concepción ambivalente de la palabra, que viste y mina nuestro pensamiento, sí, pero que también es capaz de concebir o conjeturar el asombro rotundo, absoluto, con que siente su entorno una niña de dos meses.
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4 comentarios:

Índigo dijo...

Me gusta cómo describe ese estado fluido en el que intuye inmersa a la niña de dos meses, que aún no sabe nombrar las cosas pero que, tal vez por eso sea aún más parte indisoluble de ellas. Un fluido: ese continuo del que nos vamos apartando según vamos creciendo. Y, sin embargo, algo nos recuerda que quedamos atrapados en la añoranza del agua.

José Luis Gómez Toré dijo...

Un hermoso poema... y ya puedes imaginar por qué me resulta especialmente conmovedor adentrarme así en la mirada de una niña de pocos meses...

Anónimo dijo...

¡Es curioso! Daríamos el alma por acceder a la pureza de esa realidad a la que los ojos del recién nacido accede, por conservar ese punto de fuga prístino. Queremos creer en un mundo diferente del representado, ese mundo anterior a la palabra,al concepto. Pero, tal vez, no haya más mundo que el representado. Sólo cuando nombramos la realidad ésta se aparece como tal ante nosotros. Antes de todo signo, sólo hay ceguera, un mundo imposible ante el que sólo cabe la explosión muda del asombro. ¡Un hermoso poema para la reflexión!

Anónimo dijo...

¡Es curioso! Daríamos el alma por acceder a la pureza de esa realidad a la que los ojos del recién nacido accede, por conservar ese punto de fuga prístino. Queremos creer en un mundo diferente del representado, ese mundo anterior a la palabra, al concepto. Pero, tal vez, no haya más mundo que el representado. Sólo cuando nombramos la realidad ésta se aparece como tal ante nosotros. Antes de todo signo, sólo hay ceguera, un mundo imposible ante el que sólo cabe la explosión muda del asombro. ¡Un hermoso poema para la reflexión!