jueves, noviembre 13, 2014

mundo papel





Envidia, una vez más, del taller del pintor, del estudio cerrado donde trabaja en contacto inmediato con sus materiales: telas, cartones, pinceles, bastidores, pigmentos, barnices, productos químicos… Nostalgia de la dimensión física o artesanal del trabajo creativo, que apenas comparece en la escritura más allá del golpe de unos dedos en las teclas o (cada vez con menos frecuencia) el avance de la tinta por la página. Una envidia antigua, que se renueva al admirar, como cuando era niño, el escaparate de una papelería con sus plumas y bolígrafos, sus libretas y cuadernos, sus cajas de ceras y lápices de colores, sus reglas y compases, su inmenso surtido de carpetas y estuches y archivadores… Toda una cueva de Alí Babá para quien, como yo, vive con la ilusión o el horizonte de un orden capaz de introducir un poco de orden en su mente, de contener en lo posible el asedio del tiempo.

Es algo más que la felicidad infantil de estrenar libreta nueva. La tinta y el papel se transmutan y sutilizan en diseños cuidados, casi lujosos, que proponen al comprador un mundo feliz, una asepsia colorista y juguetona. La limpieza de los objetos finales se contrapone a la suciedad innata de la materia prima (la tinta mancha por definición; el papel se llena de huellas, se impregna del olor y la grasa de unos dedos) y la neutraliza con tal éxito que acabamos viendo la tinta, el papel, el cartón pintado y manipulado de los archivadores, como emblemas mercantiles de pureza. El proceso de higienización se extiende incluso a lo que tocan: fajos de papeles que atestaban una mesa van sin rechistar a su carpeta; las plumas, lápices y bolígrafos que acumulamos sin medida se alinean como picas en un bote de plástico. En realidad, estos objetos cumplen la misma función que las agendas o los cuadernos de notas: envolver el caos, o mejor dicho: volverlo presentable a fuerza de esconderlo.

Esta limpieza tiene muy poco que ver con el desorden de cajón de sastre que suele imperar en el taller de un pintor. Hasta en las herramientas propias del oficio se observa el carácter casi inmaterial de la escritura. A excepción de algunas plumas –que no dejan de ser primas hermanas de los pinceles–, se trata de objetos que juegan al disimulo, que seducen más al ojo que a la mano. Las tiendas de artículos de pintura, en cambio, son como un híbrido de bazar y almacén: en parte porque la tela y la madera, tan necesarias para el pintor, son materias primas más groseras, menos depuradas, que no suelen despertar el interés manumisor del diseño; en parte porque el grado de atractivo de la tienda depende directamente de su capacidad para evocar la atmósfera de su estudio; y en parte, como es obvio, porque ningún artista quiere olvidar la dimensión artesanal de su tarea, la cocina de la obra.

Eso sí, las diferencias no esconden una semejanza cardinal. Pues la consecuencia inmediata de la escritura, como sabemos, es que rasga el papel, lo llena de palabras y manchas y hasta de tachaduras. Y así también la pintura. La caligrafía es una variante del impulso primitivo de ocupar superficies con tramas de forma y de color; superficies que se convierten, en ambos casos, en volúmenes capaces de abrir las puertas de la percepción, de arrojar orden y claridad sobre la mirada –la consciencia– de quien los mira. El signo inscrito, por tanto, es menos una mancha que una grieta por la que pasa –por la que ha de pasar– la luz, y que convierte al lector o espectador en cámara oscura donde esa luz revela un mundo.

Con todo, lo importante a nuestros efectos es la fisicidad del gesto, la imagen del brazo y la mano y la muñeca flexionándose para lograr su objetivo. De ahí que el escritor mire siempre con envidia el taller del pintor: en más de un sentido, el espacio refrenda su trabajo con una soltura que no está al alcance de ningún escritorio, ninguna biblioteca.


3 comentarios:

Blanca Ruiz dijo...

Increíblemente bonito. Me encanta el rastro que dejas describiendo lleno de sensaciones , colores y olores , creando un ambiente adecuado para el recuerdo . Me quedo con una cita :
" envolver el caos o mejor dicho :
volverlo presentable a fuerza de
esconderlo " .
Genial !!!! .

Luisa Pallares dijo...

Estimado Jordi, la pintura, la escultura o cualquier otra actividad de ese tipo tienen sus problemas, por ejemplo el del almacenaje ¿dónde guardas las obras que no vendes? y te garantizo que son unas cuantas, lógicamente en el taller, pero si tienes un taller ¿dónde vives? o tienes dinero suficiente para mantener una casa y un taller o vives en él, esto último no es muy compatible con tener una familia, por ejemplo una mujer y un hijo e incluso si has optado por la soledad, vivir en un taller a la larga pesa, por no hablar de los olores tóxicos de los líquidos, el polvo... cargar con las obras.

Para quitarte ese sentimiento, legítimo y comprensible, cada vez hay mas personas que quieren hacer cosas con las manos, "manualidades" no, por favor, te recomiendo el dibujo, aprende a dibujar no necesita casi despliegue y te reconcilia a través de la capacidad espacial y la memoria visual, con tus manos.

Un saludo

Luisa Pallarés

Luisa Pallarés dijo...

Estimado Jordi,

La pintura, la escultura o cualquier otra actividad de ese tipo tienen como todo sus problemas, por ejemplo el del almacenaje ¿dónde guardas las obras que no vendes? y te garantizo que son unas cuantas, lógicamente en el taller, pero si tienes un taller ¿dónde vives? o tienes dinero suficiente para mantener una casa y un taller o vives en él, esto último no es muy compatible con tener una familia e incluso si has optado por la soledad vivir en un taller a la larga pesa, por no hablar de los líquidos tóxicos, el polvo...trasladar las obras.

Para quitarte esa sensación, legítima y comprensible, pues cada vez hay más personas que quieren hacer cosas con las manos, "manualidades" no por favor, te recomiendo el dibujo, aprender a dibujar no necesita un gran despliegue de medios y te reconcilia, a través de la capacidad espacial y la memoria visual, con tus manos.

Un saludo