martes, junio 07, 2016

ángel crespo / la voluntad de perdurar






Está a punto de llegar a las librerías el último título de la colección Voces sin tiempo, publicada desde Badajoz por la Fundación Ortega Muñoz. Después de los libros de Mario Luzi, Philippe Jaccottet y Marià Manent, le toca el turno ahora a una selección de la obra primera de Ángel Crespo (1926-1995).

La antología se titula La voluntad de perdurar. Poemas 1949-1964 y es una muestra de los poemas que Crespo dedicó al paisaje rural de su infancia y juventud en Ciudad Real. Como explico en la nota a la edición, «mi propósito ha sido el de ofrecer un libro de nueva planta, en el que poemas escritos a lo largo de quince años y pertenecientes a distintos conjuntos temáticos o temporales puedan dialogar ante el lector (es decir, con él) en un marco propicio».

El libro se ha hecho esperar un poco más de la cuenta, pero creo que en este caso la tardanza ha obrado en beneficio del resultado final: me ha permitido madurar mi selección y entender un poco mejor el horizonte de trabajo de ese primer Crespo. Son poemas de una intensidad verbal y una finura de pensamiento verdaderamente excepcionales, y más si nos situamos de nuevo en la época en que fueron escritos. Como Claudio Rodríguez, Crespo bebe de la mejor tradición simbolista para volcarse en una interrogación obsesiva del libro del mundo, esos signos terrestres que educaron su sensibilidad y su imaginación.

El año pasado celebramos el veinte aniversario de la muerte de Ángel Crespo con una profusión de actos y homenajes públicos en su recuerdo. Pero el mejor homenaje que podemos hacer a un poeta es leerlo. Y la pretensión de La voluntad de perdurar, desde su título mismo, es justamente esa: que los poemas de Crespo sigan vivos en nuestra lectura, que perduren en la memoria íntima de cada cual. Lo dijo él mismo en el poema que da título a esta antología:


La voluntad de perdurar
de todo lo que es frágil
canta en la avena loca, en las avenas
en cultos surcos, de amarillo armadas,
y canta en estos versos
que bajo el sol despegan,
se alzan –llegan ya al sol–
y abatidos, quemados, mis propios labios hieren.