miércoles, octubre 03, 2018

nunca en doma





a Fernando Menéndez

La voz de Cassandra Wilson, esta noche, después de no haberla escuchado durante años. Una voz por turnos amarga, insinuante, colérica, llena de lentitud y temblor, tirando de un nudo que se deshace en cada tema, que parece juntar las cuerdas disímiles de la dulzura y la rabia.

El disco (Travelling Miles) es un homenaje a Miles Davis, y suenan en esta voz los riffs y vuelos del trompetista, el mismo golpe de aliento que los dedos moldeaban a su antojo, pero con la aparente desgana de quien está más allá de la canción, de quien ya no se preocupa por cantar porque todo su ser es canto, aliento, el alambre nervioso del ritmo hecho cuerpo. Corre por debajo un río de instrumentos acústicos cuyo frágil equilibrio nace y muere en la confusión, como si hubieran acertado sin saber, sin darse cuenta. Como quien tira un papel al azar y encesta de puro milagro. Turbia madeja que oscila entre el quejido y la duda, el acorde y la caída.

El milagro es aquí la duración. Tres, cuatro minutos, y la voz se derrama sobre ese campo de espinos con languidez premeditada, y se diría que hay en ella un acento de desprecio, como si todo fuera demasiado fácil, como si el oyente se dejara engatusar por nada. Y es nada, en efecto, la pura nada del existir, la nada de un cuerpo que respira y al respirar hace música, tan fácil, esa nada que encarna en una voz y tiende un hilo entre la noche y nuestro deseo, tan iguales.

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