miércoles, noviembre 29, 2006

menos que uno

Supongo que siempre hubo un «yo» dentro de esa pequeña –y, más adelante, algo mayor– concha en torno a la cual «todo» sucedía. Dentro de aquella concha, la entidad que llamamos «yo» nunca cambiaba y nunca dejaba de contemplar lo que sucedía fuera. No estoy intentando insinuar la existencia de perlas dentro. Lo que digo es que el paso del tiempo no afecta en gran medida a esa entidad. Obtener una mala nota, manejar una fresadora, recibir una paliza en un interrogatorio o dar una clase sobre Calímaco en un aula son esencialmente la misma cosa. Eso es lo que nos hace sentirnos un poco asombrados cuando crecemos y nos vemos afrontando las tareas correspondientes a las personas mayores. La insatisfacción de un niño por la autoridad de sus padres y el pánico de un adulto que afronta una responsabilidad son de la misma naturaleza. No somos ninguna de esas figuras; tal vez seamos menos que «uno».

Joseph Brodsky, Menos que uno, traducción de Carlos Manzano, Siruela, Madrid, 2006, pp.24-25.


Las cursivas son mías, y son testimonio del asombro que sentí al leer estas líneas hace un par de días. Brodsky es uno de los escritores menos presuntuosos que conozco, tal vez porque en él hay una conciencia casi palpable de la escasa distancia que le separa de la dimensión más humillante de la niñez. No esa infancia arcádica que muchos, en cualquier caso, no hemos conocido, sino la infancia que es sinónimo de impotencia, de margen sin voz ni voto. Así las cosas, imposible envanecerse mientras uno siga sintiendo «asombro» de su propia adultez. Que es como decir que uno sigue sin sentirse a la altura de su propia vida.

2 comentarios:

Índigo dijo...

Me gustó.

Índigo dijo...

Me hizo reflexionar. Me gustó.