domingo, agosto 16, 2009

charles tomlinson / 3 poemas


Una de las alegrías de este verano ha sido la aparición en mi apartado postal del grueso volumen de New Collected Poems de Charles Tomlinson, publicado hace apenas un mes por la editorial Carcanet (junto con Faber & Faber la mejor editorial inglesa de poesía, responsable de la publicación en el Reino Unido de John Ashbery, Jorie Graham o Les Murray, ente otros). En la portada, un collage del propio Charles, Janus Figure, de mediados de los años setenta; dentro, quinientas páginas a texto corrido que recogen más de cincuenta años de fidelidad a la escritura, de trabajo constante y minucioso. El resultado es una obra de impecable coherencia, un auténtico festín para el espíritu y la mente.

Confieso que la llegada del libro me ha conmovido; todavía recuerdo el deslumbramiento que sentí con la lectura de sus Selected Poems allá por el 92, en Sheffield, cuando ensayé mis primeras traducciones de sus poemas en la gran sala de lectura de la biblioteca universitaria. Sigo creyendo, como entonces, y quizá con más razón, que su obra es una de las cimas de la poesía contemporánea en lengua inglesa. Para empezar, es imposible encontrar un mal poema en ninguno de sus libros; y todos, hasta los más influidos por W. C. Williams, Edward Thomas o Antonio Machado, tres de sus maestros, llevan su sello inconfundible: gracia, delicadeza y precisión; lo que también quiere decir: curiosidad por el mundo, confianza en los sentidos, gusto por la palabra limpia y sugerente. Hasta en sus poemas de circunstancias -y pocas obras se han apoyado tanto en la experiencia vital de su autor- hay una elegancia y una capacidad para trascender lo cotidiano que no dejan nunca de asombrarme. La anécdota es sublimada una y otra vez gracias a un oído finísimo que no deja nada al azar, que sabe organizar los materiales y presentarlos sin fisuras.

Recupero tres de los cuatro poemas que Charles me envió hace años para su publicación en Piedra y Cielo, una revista canaria dirigida por Francisco León y Alejandro Krawietz que por desgracia no pasó del tercer número. Uno de ellos, «Helada», vio la luz en esta bitácora en el otoño de 2006. Los demás son inéditos en España, a excepción de «En el golfo», que apareció el año pasado en la revista Letras Libres.



Busardos

Al ascender con alas desplegadas,
los busardos revelan de improviso el dibujo
de unos ojos al dorso: polillas gigantescas
(son cuatro) que se apoyan en las corrientes de aire
y se vuelven gregarias mientras planean
intercambiando graznidos sincopados
como el reclamo de las gaviotas costeras:
apenas si distingues sus cuerpos en el cielo,
entre gritos que ascienden hacia su invisibilidad.

En el golfo

En Albergo delle Palme
podía verse un fresco
concebido para mostrar la confraternidad
de famosos artistas que habían visitado el golfo...
Byron, Shelley, Wagner, Lawrence,
todos simultáneamente ocupados, el mismo día,
en absorber la esencia del lugar,
las manos por visera, posando junto a un árbol.
Era el único buen mal cuadro de la costa
y ahora, cubierto de pintadas, pervive fuera del alcance
de futuros contempladores: siento aún su presencia
como un brazo amputado (el del artista)
mientras cruzo el vestíbulo hacia la luz ardiente:
Lawrence, Wagner, Shelley, Byron…
reunidos desde entonces en un día inmortal
a mis espaldas.
El regreso

Aquella noche regresamos tarde.
La luna destellaba en el centro del cielo.
El tráfico del viaje de salida
se había disipado para resucitar sobre el Severn
en forma de estrellas fulgurantes.
Habíamos dejado de inhalar
el olor químico del embotellamiento:
la ruta se extendía despejada ante nosotros
hasta que, al tomar una curva
(por un error quizá), vimos de pronto
las formas amarillas
de unos camiones de obra
en torno al coche, acompañados
por peones que con largas escobas
se movían de un lado a otro
allanando el asfalto que las máquinas
defecaban sin pausa. Estábamos claramente atrapados
entre el hierro ambulante y el alquitrán vertido,
                 [cuando entonces
un miembro de aquel cuerpo de infantería
pareció saludarnos, señalando
un obstáculo de madera, una valla
en cuyo centro había una salida
hacia la carretera que echábamos de menos,
y allá nos dirigimos impacientes,
reuniéndonos de nuevo con la humanidad que
(pese a no haber reaparecido aún)
mañana volvería a poblar la autopista.


Trad. J. D.