sábado, febrero 01, 2014

in memoriam





Se acabó por fin enero. Un mes terrible, la verdad, que se ha cebado con su guadaña en la poesía y los poetas: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y, más cerca de casa, Fernando Ortiz y Félix Grande, dos grandes escritores y dos ejemplos, me parece, de saber estar en la vida y en la literatura. No tuve ocasión de tratar mucho a Félix, pero en mis pocos encuentros con él siempre me impresionaba el timbre y la cadencia –sabia, mesurada– de su voz, el imán sereno de su conversación. Como dice José Luis Piquero en su bitácora, «se quedaba uno hipnotizado».

Cuando un poeta se muere, nuestro mundo se hace un poco más pequeño, más inhóspito. Hay una merma en los depósitos de conciencia vigilante con que afrontamos el día a día. Quedan, sí, sus palabras, esas que, según Auden, «se alteran en el vientre de los vivos», porque son raíz y alimento de los que han quedado atrás. Triste consuelo, dirán algunos, pero no es verdad; las palabras son la base misma de esa conversación incesante que es la literatura, el hilo de plata que nos une más allá de otras diferencias.

Y menciono a Auden porque también otro gran poeta, Yeats, murió un mes de enero. De hecho, el pasado martes 28 se cumplieron 75 años de su muerte en Roquebrune-Cap-Martin, un pueblo de la Costa Azul francesa. Apenas unos días después, ya en febrero, Auden escribiría su famosa elegía al poeta irlandés, la misma que incluye uno de sus versos más citados (y quizá malinterpretados): Poetry makes nothing happen. Hoy, sin embargo, me quedo solo con la primera parte del poema, que tiene esa mezcla de emoción, piedad, distanciamiento clínico y lucidez mental tan característica de su autor. Sirva para despedir y celebrar la obra de nuestros poetas, que nos han dejado, sí, «en lo más crudo del invierno», con más frío del que hace bajar los termómetros. Descansen en paz. Y démosles nueva vida en nuestras lecturas.



En recuerdo de W. B. Yeats

Nos dejó en lo más crudo del invierno:
Los arroyos estaban congelados, los aeródromos casi desiertos,
Y en las plazas la nieve desfiguraba las estatuas;
El mercurio se hundió en la boca del día moribundo.
Los instrumentos de que disponemos coinciden en decirnos
Que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.

Lejos de su dolencia
Los lobos recorrían los bosques de coníferas
Y al río campesino seguían sin tentarle los muelles elegantes;
Gracias al luto de las lenguas
La muerte del poeta no llegó a sus poemas.

Fue su última tarde como el hombre que había sido,
Tarde de cuchicheos y enfermeras;
Las provincias del cuerpo se le alzaron en armas,
Las plazas de su mente se vaciaron,
El silencio invadió la periferia,
La corriente de su emoción sufrió un cortocircuito; se convirtió
[en sus admiradores.

Ahora se halla disperso en más de cien ciudades
Y dejado a la suerte de querencias ajenas
A fin de hallar su dicha en otros bosques
Y ser penalizado por un código de conciencia extranjero.
Las palabras de un hombre muerto
Se alteran en el vientre de los vivos.

Con todo, en la importancia y el ruido del mañana,
Cuando en el parque de la Bolsa los agentes aúllen como bestias
Y los pobres padezcan las penurias a las que están bastante
[acostumbrados,
Y todos, en su propia celda, respiren casi persuadidos de que son libres,
Un puñado de miles evocará este día
Como se evoca el día en que uno hizo algo ligeramente excepcional.

Los instrumentos de que disponemos coinciden en decirnos
Que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.


Traducción J.D. / El original, aquí

5 comentarios:

Indigo Horizonte dijo...

Un mes terrible, sí, pero, como bien dices, nos queda la palabra y su relectura. Y la voz. Al menos eso.

Jordi Doce dijo...

Qué bueno saberte de nuevo por aquí, Índigo. Un abrazo, J12

Anónimo dijo...

¿¿¿Dos grandes escritores??? Me hipnotizas, J12.

Adriana Alba dijo...

Un gusto visitar tu espacio.
Saludos.

Con don Gelman se nos fué un grande, pero mientras lo recordemos, estará siempre con nosotros.

Simón Viola dijo...

Me acaba de decir un antiguo alumno, Víctor Valadés, que coincidió contigo en la entrada a un concierto y que hablasteis de mí. El mundo es un pañuelo (o una pequeña playa con perros).
Un abrazo
Simón