martes, noviembre 20, 2018

not waving but drowning


Algo que no he tardado en descubrir en mis paseos con la perra es que casi nadie se saluda ya por la calle. En realidad, no es la calle. Nos cruzamos a primera hora en un parque urbano donde apenas hay tránsito, pero esta soledad, lejos de facilitar los encuentros, los vuelve más opacos, más ariscos, como si temiéramos comprometernos en exceso. Hasta mis torpes intentos de saludo parecen más bien gruñidos, un cabeceo animal. Los dueños de los perros no tenemos otro remedio que darnos los buenos días, pero lo hacemos de manera mecánica y sin apartar los ojos del chucho a nuestro cargo. Y cuando alguien ocasionalmente me saluda con una sonrisa o a las claras, mi primera reacción es de sobresalto; luego intento compensar mi grosería inicial, ese sonido gutural que hago pasar por «buenas», pero ni modo, como dicen los mexicanos.

Un día llegué a fabular que este acto fallido del saludo es en realidad el resorte que nos empuja a seguir camino, movidos por la incomodidad y el bochorno, pero sospecho que en mi exageración quedaba un resto de mis vivencias inglesas. Aquí en Madrid es simple inercia, el hábito de la calle trasplantado a los senderos del parque. Por lo demás, nada nuevo. Supongo que a ciertas horas y en ciertos lugares la misantropía es de rigor, pero la facilidad con que confirmamos nuestras peores expectativas nunca deja de sorprenderme.

1 comentario:

Indigo Horizonte dijo...

Como paseante de perra, mi vivencia es distinta. Quizá porque no vivo en Madrid o porque aún creo en la sonrisa. Abrazo, Jordi