sábado, julio 06, 2013

let it go (versión original) / empson





deja que se vaya

Este vacío intenso es lo realmente extraño.
         Cuantas más cosas te suceden más te cuesta
                   decir o recordar incluso lo que fueron.

Cubren tal radio las contradicciones.
         El hablar hablaría hasta irse por la tangente.
                   No quieres manicomio ni todo eso ahí.



trad. J. D. / el original, aquí



La última entrada del mes de junio no se llamaba «Let it go» por casualidad. Tenía en mente un breve poema homónimo de William Empson (1906-1984) que descubrí hace más de veinte años (creo que en la antología de George MacBeth que ya he mencionado otras veces) y que no ha dejado de fascinarme desde entonces. Es un poema breve, como digo: apenas seis versos, pero tan elíptico que soslaya cualquier intento de fijar o reducir su sentido. Me parece que tiene algo de impugnación del relato terapéutico freudiano: no entres en ese cuarto, viene a decir, no hurgues en la mugre (ese digging in the dirt que acuñó Peter Gabriel), no vayas a remover demasiado las cosas y te encuentres con un «manicomio» ahí dentro. El poema es tan intenso y comprimido que nunca me he quedado satisfecho con mis muchos intentos de traducirlo. Esto que doy a conocer ahora es un borrador provisional que quizá deba rehacer en el futuro. Para empezar, omite la rima consonante que enlaza los versos de la primera y segunda estrofas. Y no veo forma satisfactoria de traducir el penúltimo verso: ese «the talk would talk and would go so far aslant» que se va tanto por la tangente de su idioma que esquiva sin esfuerzo las garras de la sintaxis española. Dicho esto, creo que no ha quedado del todo mal (en otras palabras: hace diez años la hubiera firmado sin reservas).

Empson, por supuesto, es conocido principalmente como crítico literario por su libro Siete tipos de ambigüedad, que publicó cuando tenía la friolera de veinticuatro años (¡aunque lo escribió a los veintidós!). Tuvo una vida bastante nómada, con una expulsión temprana de la Universidad de Cambridge que le llevó a dar clase en Japón y en China poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Volvió primero a Londres (Canetti habla con admiración de las parties de Empson, las únicas en las que no se sentía como un bicho raro) y terminó instalándose en Sheffield, en cuya universidad dirigió el departamento de literatura inglesa. Revisando su vida, uno se queda con la impresión de un intelecto poderoso que dio lo mejor de sí al comienzo y al final de su carrera, con un largo intermedio de silencio y desconcierto que quizá tuviera que ver con su incapacidad para encontrar un trabajo estable y acorde a sus méritos. El tono entre oracular y enigmático de sus poemas lo convirtió en una figura influyente durante los años de posguerra: su obra está llena de versos rotundos y casi sentenciosos, cercanos al aforismo, y sin embargo una ironía impersonal actúa desde el fondo para evitar cualquier forma de énfasis, cualquier tentación de reducir su sentido a una glosa consoladora.

Ah, la imagen se la debo a mi buen amigo Juan Soros, quien la subió hace poco a su página de facebook.

miércoles, julio 03, 2013

piedra y cielo / el cuaderno





Noticias, noticias… Acaba de publicarse en la red el número 3 de la revista virtual Piedra y Cielo, de la que ya he hablado en alguna ocasión. Esta vez, con poemas de Ada Salas y Dónall Dempsey, notas y aforismos de Lázaro Santana, un cuento de Horacio Cavallo y reseñas de Francisco León y Alejandro Krawietz, entre otros. Tengo el honor de abrir este número con un texto a caballo entre la nota de diario y el apunte ensayístico que se llama «Trance» y que escribí apenas dos días antes de que se acabara el año 2012. Sospecho que los lectores habituales de esta bitácora reconocerán en «Trance» algunas de las obsesiones que suelen recorrer lo que escribo, solo que en versión algo más prolija.

De todos modos, el grueso del número está ocupado por un hermoso dossier sobre el artista bosnio Stipo Pranyko (Jajce, 1930), de quien pudo verse una fascinante retrospectiva en el TEA de Santa Cruz de Tenerife entre abril de 2012 y enero de este año: poemas, ensayos de Melchor López, Isidro Hernández y Fernando Gómez Aguilera, un vídeo de David Delgado San Ginés… En fin, todo un regalo para los sentidos, y un justo homenaje a una obra que ocupa un lugar aparte por su sobria luminosidad, sus blancos vividos y usados y gastados por la vida, su afán por dignificar los oficios, las tareas cotidianas, el espacio de la domesticidad humilde…

*

También está disponible en la red el último número del curso, el 47, de El Cuaderno, que dedica sus páginas iniciales a Julio Cortázar con motivo del cincuenta aniversario de la publicación de Rayuela. Pero hay más, mucho más: cuarenta páginas de reseñas, poemas, ilustraciones, textos sobre arte y literatura… Para descubrirlo basta con asomarse a la página correspondiente en issuu. Dosificad bien la lectura, porque no volvemos hasta septiembre.




sábado, junio 29, 2013

let it go





Ciertas renuncias personales pueden ser convenientes y hasta liberadoras para quien las asume, pero dejan un yermo, un vacío intratable, a quienes le rodean o le suceden en el tiempo. Claro que, ¿quién puede medir o evaluar las consecuencias de nuestro hacer –o mejor, de nuestro no-hacer– en el futuro? De manera que a la renuncia le siguen toda clase de pequeñas compensaciones con que variar o subsanar, siquiera un ápice, el rumbo establecido. Al final, el conjunto de añadidos corre el riesgo de desdibujar la abdicación inicial. Por eso decimos que la vida es una suma de pequeños gestos, de detalles solo en apariencia incongruentes. No vemos la dejación ahí detrás, pero está, existe, alienta desde el hueco mismo que ha dejado igual que un agujero negro gobierna más allá de su horizonte de sucesos. Y el término de los astrónomos no puede estar mejor escogido: sí, la renuncia implica –paradójicamente, acaso– un horizonte de sucesos, un marco de proyecciones y posibilidades al que no es posible sustraerse y que da la medida de nuestros pasos, de todo cuanto hacemos y dejamos de hacer. Pero el problema, para las estrellas vecinas, es que su luz o su materia no se curven hasta caer en el agujero, no dejarse arrastrar por el campo gravitatorio del gran hueco.

Los que tenemos hijos sabemos bien hasta qué punto ciertas renuncias –empezando por las más triviales– pueden ser un privilegio del que es obligado, a su vez, renunciar, para no interferir en su desarrollo o reducir el número y la calidad de las herramientas con que han de entrar en la vida. Dicho crudamente: ellos no tienen la culpa de nuestras limitaciones. Aunque si algo distingue a los hijos es justamente su destreza para ubicar la limitación de los padres, su flanco débil, y golpear ahí cuando es preciso (todo hijo acaba siendo un cuervo para sus padres, al menos por un instante). ¿Así que, haga lo que haga, está uno condenado a hacerlo mal? En gran medida, y la única forma de reducir o amortiguar el golpe es mantener abierto el abanico de vida comunicable, hacer que el aire fluya. They fuck you up, your mum and dad. / They may not mean to, but they do, escribía con humor exasperado Larkin (en la traducción de Francisco Rico: ¡Anda que tus papás bien te jodieron! Queriendo o sin querer, la jorobaron), pero el axioma no está escrito en piedra ni es irrevocable. Hay un grado de consciencia que supone admitir, sin derrotismos, nuestra naturaleza falible. Sí, todos nuestros actos, también nuestros no-actos, nuestras dimisiones, están sujetos a la injerencia de ese trickster que llevamos dentro y que malogra eso mismo que tratamos de fundar. Somos nuestro enemigo más íntimo y no obstante, como la paloma de la metáfora kantiana, sin la fricción y el debate con ese enemigo seríamos muy poco, tal vez nada. Retirarse, renunciar, significa en el mejor de los casos fundar un centro invertido, sombrío, que tira de su entorno y lo deforma; en el peor, dejar un terreno baldío que la maleza inundará muy pronto, hasta asfixiarnos.

miércoles, junio 26, 2013

agenda / 2





Lo anuncié hace dos o tres semanas, y lo cumplo ahora. Es hora de colgar la traducción de mi poema «Sin título» que Lawrence Schimel hizo el año pasado y que la revista inglesa Agenda acaba de publicar en su número más reciente, el 47. Lawrence ha hecho un trabajo espléndido y leo el poema como si lo hubiera escrito otro; en realidad, es así.

Recibí la revista hace algunos días y, como siempre, me asombra la riqueza y variedad de su índice. También la sobriedad casi espartana del diseño: formato libro, un poema por página, ensayos y reseñas a palo seco, todo impreso a una tinta, con una tipografía clara y legible, en un sencillo papel offset. Nada de lujos asiáticos ni formatos imposibles. Allí ya saben lo que es la austeridad en cultura desde hace años (y no siempre para bien, todo hay que decirlo). Agenda vive de las suscripciones de sus lectores y de una pequeña partida de dinero del Arts Council que no conviene derrochar, porque de ella depende la supervivencia de la revista. Acostumbrado a los hermosos y cuidados diseños de algunas revistas españolas, la parquedad (la pobreza, casi) de Agenda impresiona. Pero uno empieza a leer y pronto se olvida de estos detalles; lo importante, una vez más, es la poesía, la calidad y fuerza del pensamiento, y en Agenda la poesía –pensada, escrita, vivida– es el centro imperioso de la revista desde la página uno.

lunes, junio 17, 2013

rojo y azul

  



Sí, algunos no dejamos de tropezar en la misma piedra, pero siempre con la esperanza de salir rebotados a un lugar más interesante.



El miedo de la sangre conforme se aleja del corazón. El miedo de la sangre conforme se interna en las galerías oscuras de la carne.



Uno que ríe a carcajadas para mantener a raya a los demás.



Los latidos del corazón, esperando su gran momento, y luego ¡qué breve todo! Somos los legatarios de su decepción.



Cada tiempo concibe sus propios problemas.



Toma impulso hasta para callar.



jueves, junio 13, 2013

stephen romer / poema



Presas,
las mimbreras enrojecidas
bruñen
arena y nieve,

vellos de hielo
se encrespan en su lomo
este Loira indolente
charrie son troupeau

pero también aquí
en las mimbreras, bajo el agua,
hay calor,
trazos dorados, terracota,

su mano en mi mano
curso que fluye
pureza de la vida
desde aquí y desde ahora


[trad. J. D.]




Hace casi año y medio el poeta inglés Stephen Romer (Hertfordshire, 1957) compartía con sus corresponsales uno de sus últimos poemas, una pieza breve y delicada, muy en su estilo, que iba acompañada de varias fotografías invernales del río Loira entre hielos y nieve. Romer se prodiga muy poco en la red, así que recibir un mensaje suyo es casi un acontecimiento, y más si incluye un poema inédito. Desde el pueblo de Mosnes, muy cerca de la ciudad francesa de Tours, donde da clase y reside desde hace treinta y dos años (afortunado él), Romer ha hecho una poesía que se distingue netamente de la de sus contemporáneos por su capacidad para incorporar las vetas más líricas y esenciales de la poesía francesa contemporánea. Gran traductor de Yves Bonnefoy (L’Arrière-pays) y de Philippe Jaccottet, entre otros, es autor de una obra escueta pero compacta, inconfundible: sus cuatro libros hasta la fecha son como las cuatro paredes de una habitación en la que todo sucede un poco más despacio de lo habitual, a media voz, como si la vida misma fuera su fantasma o su fotografía. Ese cuarto es justamente el Yellow Studio [Estudio amarillo] que da nombre a su último poemario (de 2008), el espacio doméstico donde Romer se refugia del mundo para estar más cerca de él.
  
Hice una primera versión de estos versos sobre la marcha, pero no quedé contento. Y casi me había olvidado de ellos, un año después, cuando abrí una carpeta y allí estaban, pidiendo casi a gritos que los reescribiera. Así lo he hecho, y este es el resultado, que acompaño de un par de aquellas fotos crepusculares de los bancos nevados del Loira que nos envió su autor: me encanta esa mezcla del granate borroso de los árboles y el azul turbio de la corriente, el blanco azulino de la nieve. Y el poema es muy hermoso. Un poema de amor, sí, y tan sutil y reticente que nos deja con ganas de más, mirando por encima del hombro de quien habla, mirando las aguas heladas del río.


Sealed in
the reddened sallows
burnish
the sand and the snow,

hackles of ice
raised on her back
sluggish Loire
charrie son troupeau  

but even here
in the sallows, underwater,
there is warmth,
goldblock, terracotta,

her hand in mine
the current running
purity of life
henceforth and hereafter



lunes, junio 10, 2013

aforisma, que algo queda




Corre desde hace semanas por las mesas de novedades un libro que viene a llenar una pequeña laguna en nuestra literatura reciente. Se titula Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos (1980-2012), lo publica la editorial asturiana Trea, y es exactamente lo que dice en la cubierta: una antología de los aforistas españoles que han publicado su trabajo a lo largo de las últimas tres décadas. Su autor, José Ramón González, profesor de literatura española en la Universidad de Valladolid, ha hecho la selección después de haberse leído hasta la más pequeña colección de astillas verbales que alguien haya tenido la ocurrencia de publicar entre nosotros, y ha escrito un estudio previo que es un modelo de orden, claridad expositiva y sutileza conceptual: el tema lo exige, la verdad, porque pocos géneros plantean tantos problemas de caracterización como el aforismo, que puede ser y no ser al mismo tiempo sentencia moral, juego de ingenio, apunte narrativo, chispazo metafórico y capricho verbal. También antepone a cada selección un breve comentario que describe y explica la obra de su autor con una prosa que es todo un ejemplo de lo que debe ser la escritura académica: rigurosa y perspicaz, cordial y accesible. Un gusto, vaya.

La nómina, amplísima, arranca con Carlos Castilla del Pino, Cristóbal Serra y Carlos Edmundo de Ory (un trío que ejemplifica muy bien la diversidad de propuestas que acoge el volumen) y termina con autores nacidos a finales de los años setenta. Por el camino, nombres como los de Antonio Fernández Molina, Rafael Sánchez Ferlosio, Rafael Pérez Estrada, Carlos Pujol, Rafael Argullol, Ramón Andrés, Fernando Aramburu, José Mateos o Andrés Neuman, por nombrar unos pocos. Se incluyen también, me alegra decirlo, algunas de las «hormigas» que he ido publicando desde hace diez años. En fin, que estoy encantado con el libro. Son casi 350 páginas, pero en formato de bolsillo: caben bien en cualquier carpeta y también en la mesita de noche. Hay que afinar los ojos porque el cuerpo de letra es pequeño pero abundan las líneas en blanco, los espacios donde perderse cada vez que leemos algo que nos conmueve o nos pasma.
 
*

Por cierto, acaba de aparecer en la red una breve selección de mis aforismos en traducción italiana (con el original español). La «culpa» es del escritor Fabrizio Caramagna (Turín, 1969), creador y responsable de Aforisticamente, una página asombrosa, dedicada íntegramente al aforismo, en la que se recoge el trabajo de escritores de casi todo el mundo. Ahora le ha llegado el turno a este ocioso domador de hormigas. Caramagna ha montado su particular hormiguero (qué curioso comparar lo que cada cual selecciona del trabajo de uno) y ha escrito una breve semblanza crítica en la que me reconozco sin dificultades. Estoy encantado, por supuesto. Si digo tonterías, al menos suenan en italiano...! Grazie mille, Fabrizio.

domingo, mayo 26, 2013

5 hormigas





Dicen que la tontería se quita leyendo. Eso sí, no hay término medio. La alternativa es que se petrifique.


Loan su rapidez, su agilidad. Pero es sólo la inercia de quien huyó corriendo.


Era un hombre de principios. No lograba concluir nada.


La biblioteca del paraíso nada en libros; la del infierno naufraga en ellos.


Somos más generosos con quien menos reclama.

martes, marzo 26, 2013

pequeño cuento de pascua


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Hajo Mueller
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En aquella región a los niños que empiezan a hablar se les entrega un colgante con una piedra en la que se custodian gotas de un veneno mortal hecho a partir de su sangre. Los niños tienen prohibido indagar sobre la naturaleza de la piedra, que deben proteger de cualquier daño, y sólo cuando llegan a la pubertad se les informa sobre su contenido y sobre cómo acceder a él. Entonces la prohibición se levanta y cualquier muchacho puede, en cualquier momento, abrir la piedra y beber de ella.

No se puede salir de casa sin el colgante. No se puede emplear para hacer daño a otros, pues el veneno sólo afecta a su portador. No se puede vaciar a escondidas, pues la piedra cambia de color y se agrieta hasta romperse. La pérdida o deterioro del colgante se castiga con el destierro; es imposible no pensar en él, no cuidarlo, ignorar u olvidar que se lleva puesto. La piedra del veneno se convierte en la joya más preciada y los nativos no dejan de idear mil formas de adornarla, de protegerla.

Si alguien la emplea para matarse, se esparcen sus fragmentos sobre el cadáver. Si alguien muere de muerte natural, es enterrado con ella sobre los labios.

sábado, febrero 23, 2013

tanning / artista, una vez



 

Hace unos diez meses publiqué en esta bitácora un poema («Mujer saludando a los árboles») de Dorothea Tanning, la gran pintora y poeta norteamericana de cuyo fallecimiento se cumplió un año el pasado 31 de enero. Casada con Max Ernst entre 1946 y la muerte del pintor en 1976, Tanning descubrió la escritura y la poesía modernas a su regreso a Nueva York, a la edad en la que otros se jubilan, gracias a su amistad tardía con James Merrill y John Ashbery, entre otros, y supo reinventarse como espléndida biógrafa de un mundo, el de la inmediata posguerra europea, en el que las luminarias de la vanguardia presidían un gran baile de máscaras en el que se entremezclaban gentes de todo pelaje: diplomáticos, jóvenes bohemios, galeristas y editores, empresarios enriquecidos por la guerra, aristócratas extranjeros venidos a menos o arruinados por el exilio pero aún con ínfulas y no pocos contactos… Así lo cuenta ella en Between Lives, extraño y fascinante libro en el que la prosa serpentea y se enrosca con una voluntad de estilo que es un poco el correlato de ese tiempo, de la propia ambivalencia de su autora al revisarlo, dividida entre la admiración sincera y la burla socarrona. París es un imán demasiado intenso, un ojo de huracán devorado muy pronto por la vulgaridad chillona del dinero fácil, y la pareja Ernst-Tanning no tarda en escapar, primero a Touraine, en la región del Loira, y luego al sur, a la Provenza, donde residen hasta la muerte de él en 1976.

Pero no adelantemos acontecimientos. Coming to That (2011), su segundo y último libro de poemas, se cierra con este poema, «Artist, Once», en el que Tanning recrea su juventud neoyorquina, ese lapso de tiempo que se extiende entre su llegada a la ciudad en 1935 y el encuentro con Max Ernst en 1942: siete años en los que se ganó la vida trabajando como ilustradora y dibujante publicitaria mientras pintaba los cuadros de corte vagamente surrealista que llamaron la atención del mítico galerista Julien Levy. Fue Ernst, de hecho, quien la convenció de dejar el mundo de la ilustración y dedicarse de lleno (o, por hacer un fácil juego de palabras, sin medias tintas) a la pintura, aunque esos primeros años de «libertad» no debieron de ser fáciles: la sombra de su compañero era demasiado grande y Tanning tardó en madurar su mundo, encontrar la puerta que la llevara hacia sí misma.

Traduje este poema por invitación de Patricia Nieto, redactora de Letras Libres y gran admiradora de Tanning, quien lo ha incluido amablemente en el número de febrero de la revista. Es un poema sobrio, ajustado, regido por los principios de la elipsis y la economía verbal. No hay nostalgia ni complacencia en su mirar atrás, aunque no deja de ser significativo que Tanning cerrara el libro con él. De alguna manera, responde al deseo de cumplir el círculo vital de la creación, atar cabos, inferir algún tipo de coherencia entre el yo de entonces y el de ahora, aunque sea bajo la luz vacilante de la duda o la incertidumbre («ya no está tan segura»). Lo que me sigue asombrando es que lo escribiera una persona casi centenaria, alguien llegado a la poesía cuando la mayor parte de los poetas ya no tienen gran cosa que decir ni ganas de decirlo.

El original, aquí.

sábado, febrero 09, 2013

charles simic en el cuaderno


Hace una semana vio la luz el número 42 (¡ya!) de El Cuaderno. En él, entre otros muchos materiales, se incluía un adelanto de El mundo no se acaba, el libro de Charles Simic que está a punto de aparecer en Vaso Roto Ediciones. Son nueve poemas, a los que acompaña un breve texto en el que trato de iluminar, hasta donde se me alcanza, el mundo poético de Simic. El libro, como digo, está a punto de aterrizar en las librerías. No descarto que el título, dadas nuestras peculiares circunstancias, pueda sorprender o atraer a algún curioso. Pero es todo cuestión de azar, porque la edición original (de 1989) tiene ya veinticuatro años y su optimismo tácito nada tiene que ver con el desastre ambiental que padecemos, este hundimiento generalizado de valores y expectativas.

Podéis leer el adelanto pulsando en cada una de las tres imágenes. Alternativamente, podéis leer el número entero en la página correspondiente de issuu.





viernes, febrero 01, 2013

un poema de gerald dawe






Hijo del Imperio

La otra noche soñé con Churchill.
Estaba en el jardín, fumándose un buen puro.
Luego todo cambió y ambos reaparecimos
en un castillo, a solas; un fuego ardía en el hogar.

Retratos de hacendados y príncipes mercantes
nos vigilaban desde el hueco de la escalera.
Hablamos de pintura –la suya y la de otros–
y del fracaso;
de cómo hay que vivir también con él.

Tosía con frecuencia y los ojos se le nublaban
como si fuera a hablar una vez más
del enfermo de Roosevelt, o de Stalin.
Ahora ya sólo veo las pantuflas a cuadros
con su pequeña cremallera a cada lado.


trad. J. D.



Otro poema incluido en la antología de poesía irlandesa de Michael Longley. No conozco bien a Gerald Dawe (1952) y apenas he leído nada suyo, pero me gustó esta visión ligera y hasta compasiva de Churchill; una buena forma de jugar con su condición icónica, de patrón del establishment, hasta desactivarla. La clave, supongo, está en el título, que deja vislumbrar el subtexto político de unos versos que viajan, no por azar, del célebre puro de las fotografías a unas humildes pantuflas. No sé si los escritores, fuera de un puñado de grandes, tienen la última palabra, pero sospecho que si no creyeran tenerla cultivarían bastante menos la pantalla o la página en blanco.