domingo, noviembre 04, 2018

josé ángel valente / los colores del sacrificio







San Jorge es apenas un niño
sobre un blanco caballo de cartón.

En el cielo azul pálido
hay una luna mínima, cortante,
y discurren distraídas las nubes.

La boca de la cueva se abre enorme,
apenas defendida por el dragón
con ojos en las alas
de encendidos colores
como el pavo real.

Su sangre corre roja,
convencional la sangre,
y tiñe tierno el verde de su piel.

La mujer, roja y verde
como el dragón, apenas
lo sujeta con una leve cuerda
que nada tensa.
                              Dócil, el animal
se presta al vencimiento.
La mano izquierda de ella
presenta, muestra, invita
a la entregada bestia.
                                        Mientras,
la prolongada lanza
del san Jorge inocente
perpetúa la oscura
penetración.

                                                 (Paolo Uccello) [1]


Incluido en el poemario póstumo Fragmentos de un libro futuro (2000), «[San Jorge…]» es un poema relativamente sencillo, descriptivo y hasta prosaico en algún tramo. Un poema que sigue de cerca muchos de los motivos del cuadro con el que enlaza desde su primer verso, y que la acotación final no hace sino confirmar: San Jorge y el dragón, óleo sobre lienzo de Paolo Uccello pintado hacia 1470 y conservado ahora en la National Gallery de Londres [2]. La descripción que hace el poeta es tan precisa que no cabe relacionarlo con una representación del mismo motivo que Uccello pintó unos diez años antes, entre 1456 y 1460, y que ahora se exhibe en el Museo Jacquemart-André de París. El tono suelto de algunas frases, su sintaxis enumerativa y el orden pausado con que cada estrofa se hace cargo de los elementos de la escena hacen pensar que quizá surgiera de alguna entrada de diario o de un cuaderno de viaje. Desde luego, se distingue netamente de otros ejercicios de écfrasis de Valente, y en concreto del otro poema de tema pictórico incluido en Fragmentos…, que es una lectura igualmente descriptiva pero bastante más densa y tensionada verbalmente del cuadro Der Lyriker [El poeta] de Egon Schiele; un poema en prosa en el que la adjetivación cobra desde el arranque mismo una fuerte dimensión connotativa.

Distinto es este poema, que parece surgir, como se acaba de apuntar, de unas líneas volanderas escritas en presencia del cuadro de Uccello. Lo indica el hecho de que la obra es leída siguiendo el sentido habitual de la percepción, de derecha a izquierda. Así, a pesar de la atracción indudable que la silueta herida del dragón ejerce en la mitad izquierda del lienzo, el poema se fija en la mitad contraria para centrarse en la figura de San Jorge, «apenas un niño / sobre un blanco caballo de cartón». Es una imagen amable, digna de un cuarto de juegos (reforzada, además, por su alusión al «[era un] niño que soñaba / un caballo de cartón» del célebre poema de Antonio Machado), que a su vez conlleva una fuerte dimensión teatral. Esto que vais a ver, se nos recuerda, es una puesta en escena, un cajón de marionetas que cobra vida cada vez que observamos el cuadro. Resulta curioso que Valente, que no solía dejar nada al azar, repita el adverbio «apenas» en las estrofas tercera y quinta: en un caso lo hace para matizar, poniéndolo en cuestión, el modo en que el dragón defiende su cueva; en el otro, lo que se califica es la forma en que la mujer «sujeta una leve cuerda / que nada tensa». De modo que San Jorge es, apenas; y tanto el dragón como la mujer que tiene secuestrada y que San Jorge ha venido presuntamente a salvar hacen, apenas. El desplazamiento no es sólo revelador, sino que enriquece sutilmente el efecto de la reiteración.

Sin entrar en un análisis detallado del poema, que se parecería demasiado a un comentario de texto escolar, sí cabe incidir en dos o tres aspectos que, a mi juicio, ayudan a comprender la poética de Valente en este tramo final de su obra. El poema, que parece discurrir algo distraídamente, como las nubes de la segunda estrofa, da un brinco en la siguiente con la mención a las alas de «encendidos colores / como el pavo real» que porta el dragón. Esta referencia explícita a los colores despierta uno de los nudos de sentido del conjunto: la íntima vecindad del rojo y el verde en las figuras del dragón y la mujer. Se rubrica así el carácter complementario de ambos protagonistas, la gravedad del vínculo que los une. No es casual, por lo demás, que la mención a estos dos colores suponga el afianzamiento de un patrón métrico que incluye, en última instancia, guiños aliterativos (tiñe tierno) y anafóricos (sangre roja / convencional la sangre):

con ojos en las alas
de encendidos colores
como el pavo real.

Su sangre corre roja,
convencional la sangre,
y tiñe tierno el verde de su piel.

Es justo decir que este primer brinco musical supone el ingreso en el poema de marcas de estilo que tensionan el lenguaje y lo llevan, primero con timidez y luego de manera decidida, al registro habitual de la poesía de Valente. Si el léxico de la primera mitad está muy pegado al cuadro –sus formas evidentes–, el de la segunda, sin dejar de ser fiel a la obra de Uccello, incorpora sustantivos, epítetos y hasta sintagmas nominales que todo lector de Valente reconoce al instante como suyos: «vencimiento», «entregada bestia», «prolongada lanza», «del San Jorge inocente», «oscura penetración». Por no citar de nuevo esa «leve cuerda / que nada tensa» que supone un breve descanso rítmico antes del asalto de los versos finales.

¿Qué pasa aquí, exactamente? Es como si el poema mismo fuera una preparación, un marco verbal que va cobrando fuerza y erizándose conforme avanzamos al centro del lienzo, disponiendo uno a uno los elementos con tensión creciente hasta llegar a la imagen –el instante– de la muerte del dragón, esa «oscura / penetración» que Uccello ha perpetuado para nosotros. Y ese sacrificio ritual que ahí se representa, y que Valente describe también para nosotros en el poema, nos dice algo sobre la relación entre naturaleza y cultura, selva selvaggia y sociedad. Que es también un decir sobre la naturaleza humana y la relación, en ella, entre imaginación y razón, ser y hacer, espera y búsqueda, pasividad y actividad… Nociones todas ellas que gravitan, como sabemos, sobre la forma en que Valente concebía la escritura y la creación poética, y que sondeó con lucidez en su escritura crítica. Bien es verdad que una cosa es la red de símbolos y correspondencias que parece haber creado el pintor y otra distinta la lectura adicional de nuestro poeta, que justificaría su interés o atracción por el cuadro.

Y al cuadro debemos volver. Los datos que hemos ido acopiando parecen sugerir que mujer y dragón, más que figuras complementarias, son dimensiones de una misma realidad espiritual o simbólica. Es la mujer la que, lejos de haber sido secuestrada por el dragón, ha logrado domesticar al monstruo y lo entrega, sumiso y «dócil» –así lo define el poeta–, a la lanza guerrera de San Jorge. El rojo y el verde de sus ropas son espejo y prolongación del rojo y verde del monstruo. La proporción se invierte en cada caso, y la abundancia de rojo en la mujer se refleja en los círculos rojos –los «ojos»– de las alas del dragón y el reguero de sangre que cae de sus fauces abiertas. A su vez, ese rojo es una extensión, lanza mediante, de la silla de montar de San Jorge: el joven caballero está sentado –casi literalmente– sobre un charco de sangre que preludia la sangre derramada en el combate. Así pues, a nuestra izquierda nos hallamos con una figura doble hecha de verde y rojo, que –como nos recuerda Cirlot en Diccionario de los símbolos– son los colores, por un lado, de la naturaleza, de «la fuerza creadora de la tierra», del suelo nutricio (el verde), y por otro, «de la actividad per se y de la sangre» (el rojo) [3]. Cabe leer esta dupla, simbólicamente, como una imagen del principio femenino que ha logrado amansar –reconciliarse con– su lado oscuro, ilimitado, ese vínculo feroz con la tierra, el fuego y los ciclos estacionales de germinación y muerte que le es propio. La mujer lleva al dragón atado con una cuerda que, como dice el poeta, «nada tensa»; en ese sentido, es justamente lo contrario de la «prolongada lanza», la dura lanza fálica que esgrime San Jorge.

Hay más, no obstante. Expone Cirlot, en una entrada dedicada específicamente al «Verdor vegetal», que «el eje cromático verde-azul (vegetación-cielo) es perfectamente naturalista y expone un sentimiento concorde con el sentido de estos colores y con el que emana de la contemplación de la naturaleza. En ese sentido es contrario al eje negro-blanco, o al blanco-rojo, de carácter alquímico, simbólico de procesos espirituales que “alejan” de la naturaleza» [4]. A esta luz, los dos ejes del cuadro –el vertical, hecho de verde y azul; y el horizontal, hecho de blanco y rojo sobre un fondo verde que, como aclara Cirlot, «domina en el arte cristiano por su valor de alianza entre […] grupos de colores» [5]– se corresponderían respectivamente con el plano de la naturaleza, lo dado, y con el plano de lo social y cultural, es decir, lo engendrado por la unión –en términos antropológicos– de mujer y hombre, de los principios femenino y masculino. Pero si esta lectura es correcta o al menos plausible, ¿quiere esto decir que la unión de mujer y hombre exige por fuerza el sacrificio del monstruo y el consiguiente derramamiento de sangre? Pregunta que también puede formularse así: si el dragón ya había sido amaestrado, domesticado por la mujer, ¿por qué San Jorge se empeña en clavarle la lanza ejecutora?




Demos un pequeño rodeo. John Fowles (1926-2005), novelista inglés contemporáneo de Valente conocido por sus novelas El coleccionista y La mujer del teniente francés, ambas llevadas al cine con cierto éxito comercial, publicó en 1974 una novela breve titulada La torre de ébano [6]. En ella, un joven crítico y pintor abstracto inglés viaja a una comarca de la Bretaña francesa para visitar a un venerable maestro pintor, Henry Breasley, sobre el que debe escribir una monografía. El viejo pintor resulta ser un bon vivant solitario, irascible y algo sátiro que odia la vieja Inglaterra, la abstracción geométrica y la hipocresía de las buenas maneras. Vive en un caserío en el resto de lo que fue el antiguo bosque mítico de Brocelianda con una joven colaboradora, Diana, de la que el joven crítico, como era de prever, se enamora casi al instante. Se establece así un triángulo de sospechas, secretos y celos mutuos que convierte al joven crítico en un nuevo San Jorge dispuesto a liberar a la doncella del yugo del dragón, personificado en Henry Breasley. El esquema se vuelve explícito en la versión televisiva de la novela, estrenada en 1984, donde Laurence Olivier se encarga de dar vida al viejo artista (en el que sería, por cierto, su último trabajo como actor) [7]. Una de las escenas culminantes del telefilme, que sin embargo no aparece en la novela original, es un encuentro entre los dos protagonistas masculinos en el que el joven crítico acusa directamente al pintor de tener «encadenada» a Diana. A lo que Breasley-Olivier, sin reprimir su desdén o su displicencia, responde con estas palabras:

Cuando vuelva a Londres, vaya a la National Gallery y busque el cuadro de San Jorge… Ahí está, el caballero con su armadura reluciente, cargando contra el pobre y viejo dragón y la princesa… Pero ¿sabe usted? La princesa lleva atado al dragón con una correa… Es su mascota, su compañero amaestrado, y llevan viviendo juntos y felices muchos años, ¿no lo ve? Vaya, vaya a verlo y pregúntese, ¿no es un poco ridículo San Jorge, no está actuando como un estúpido entrometido?




 
La pregunta de Breasley-Olivier confirma nuestras sospechas, que son en parte las del poema. El viejo artista se presenta a sí mismo en esa historia como el dragón ante la voluntad inexorable, abstractiva y en última instancia destructora de San Jorge, reivindicando la fuerza elemental –original y nutricia– de la tierra y el fuego (en la novela, Fowles insiste, no por azar, en que el color dominante en la paleta de su pintor es el verde). San Jorge, según su lectura, sería el símbolo del principio masculino embebido de sí, ciego a todo lo que no sea su empresa, incapaz de prever las consecuencias de sus actos, atento únicamente a su deseo de intervención en el mundo, del que se siente desligado y ajeno.

Valente, más ceñido al cuadro y quizá por ello más pesimista, nos muestra a una mujer que «presenta, muestra, invita» –verbos ambiguos que parecen denotar complicidad a la vez que la difuminan– y a un San Jorge «inocente» que parece reiterar el crimen por razones ajenas a su voluntad: él simplemente interpreta su papel en la función mítica. Es sintomático que el único elemento del lienzo que no comparece en el poema es el torbellino de nubes que parece empujar o dirigir, desde atrás, la lanza de San Jorge, y que tradicionalmente se ha entendido como una señal de la intervención divina. En el poema esa intervención brilla por su ausencia. En realidad, no es necesaria. Bastante maldición tiene el hombre, el «san Jorge inocente», al «perpetua[r] la oscura / penetración», la incursión guerrera que sella su condición de intruso y de recién llegado a un mundo que no comprende.

Valente, como el viejo pintor Breasley, parece decirnos que la fuente de la creatividad está en el dragón, el habitante de la cueva oscura, el bulto que se oculta en lo negro y dormita y espera y echa humo y cobra fuerzas antes de salir de nuevo al exterior. No otro, de hecho, es el sentido de un célebre texto de poética más o menos contemporáneo de «[San Jorge…]» que parece responder, desde su mismo título, «Cómo se pinta un dragón», a las preocupaciones que dramatiza el poema. Uno de los fragmentos más citados del conjunto, que es también el más extenso, funciona no sólo como poética sino como testimonio –moral, espiritual– o carta de creencia de una relación con la escritura y el arte que Breasley suscribiría sin vacilación:

La poesía no sólo no es comunicación; es, antes que nada […] incomunicación, cosa para andar en lo oculto, para echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea, para encontrar un vacío secreto, para adentrarnos en una habitación abandonada cuya puerta se pueda cerrar desde dentro sin que nadie en el exterior sospeche que una puerta se disimula en el muro, y para estarse allí en el claustro materno, seguros y escondidos, sin que nadie aparezca, sin que nadie nos saque a la luz pública, desnudos e indefensos, nos saque y nos suplicie y nos repita la sorda letanía cotidiana, la letanía aciaga de la muerte. [8]

Ese era el ideal, esa «cosa para andar en lo oculto [y] echar púas de erizo», que es como decir «escamas de dragón», evitando la «letanía aciaga de la muerte» que encarna la lanza de San Jorge, la pica del hombre que llamamos, irónicamente, «de mundo» –pues sabemos o hemos descubierto que San Jorge no es del mundo, sólo un intruso que se siente fuera de él–.

Sin embargo, Valente, poeta crítico donde los halla, conocedor escéptico de la distancia que las palabras establecen con el mundo, sabe que es difícil escapar del estigma definido por el mito, repudiar del todo la parte de San Jorge que le toca por nacimiento, casi por definición. Y quiere la paradoja –pero es una paradoja luminosa, fecunda, aunque seguramente no querida ni buscada por el autor– que sus palabras, en el poema que dedica a esta leyenda, se conmuevan y se exalten justamente en las inmediaciones, no del dragón y de su cueva, sino de esa lanza «del san Jorge inocente» que reitera el crimen en el tiempo cíclico del mito. Es una excitación contradictoria, en efecto, pues sus palabras saben como él que el crimen es inútil, innecesario. O que, si es necesario, sirve para eternizar una forma de estar en la vida y en el arte que está en las antípodas de la fuente –negra, furtiva, oculta– que debía alimentar su poesía.


1. Fragmentos de un libro futuro (1991-2000), en José Ángel Valente, Obras completas I: Poesía y prosa, ed. Andrés Sánchez Robayna, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, pp. 556-557.
2. Paolo Uccello, San Jorge y el dragón, c. 1470. Óleo sobre lienzo. 55.6 cm × 74.2 cm. National Gallery, Londres.
3. Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Siruela, Madrid, 2006 (1997), p. 462, 141.
4. Ibídem, p. 462.
5. Ibídem, p. 142.
6. Existen dos ediciones de esta novella. Una, muy temprana, del recientemente fallecido escritor uruguayo Álvaro Castillo: La torre de ébano, Plaza y Janés, Barcelona, 1976. Y otra, publicada hace apenas un año: La torre de ébano, traducción de Miguel Ros González, Impedimenta, Madrid, 2017.
7. The Ebony Tower (telefilme), 1984, 80 min. Dirección de Robert Knights y guión de John Mortimer sobre la historia original de John Fowles. Con Lawrence Olivier, Roger Rees, Greta Scacchi y Toyah Wilcox en los papeles protagonistas.
8. Notas de un simulador (1989-2000), en José Ángel Valente, Obras completas II: Ensayos, ed. Andrés Sánchez Robayna, recopilación e introducción de Claudio Rodríguez Fer, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, p. 460.


[Texto leído el 17 de noviembre de 2016 dentro del ciclo «Valente, naciente sombra», organizado por la Facultad de Poesía José Ángel Valente de la Universidad de Almería. Gracias a Isabel Giménez Caro y Raúl Quinto por su amable invitación.]


Jacobo Pérez Enciso, Serie Bosque (2018)


miércoles, octubre 31, 2018

refutación



 
Gerhard Richter, 22.01.2000 [Florence]



La vida divina es presente eterno.
—Ernst Jünger

1

En la lengua del infierno
no hubo pasado
ni habrá futuro

todo tiene un nombre
y hay un nombre para cada cosa:

limpia
fija
da esplendor

su nudo palpable

plomada

deteniendo el tiempo


2

Nuestras vidas
un tren que se aleja
en la planicie

de nosotros
queda tan solo
la silueta del humo

en la distancia


3

Quien habla futuro
habla esperanza

en el principio fue el Verbo
arma cargada de futuro

la vida:
alguien corre detrás de una bala


4

Allí
han prohibido los verbos:

sin tiempo
sin actos
sin movimiento

tan solo los nombres
mirándonos muy fijamente
con sus tercos ojos negros


5

Y nosotros:

estatuas
cuyos dueños han abandonado

quién dijo
esperanza
deseos

la vida está
demasiado lejos


1995

sábado, octubre 27, 2018

david kuhrt / relojes de sol





Somos relojes de sol
en un jardín olvidado.
Nuestros cuerpos,
oscura sustancia,
crean tiempo
al hurtar la luz.




Entre las versiones que quedaron fuera de Libro de los otros, sigo teniendo cariño por este breve poema de David Kuhrt que leí en un viejo número de la revista Agenda (de 1995, nada menos). Me parece francamente apropiado para el día de hoy, víspera del tradicional –y para mí enloquecedor– cambio de hora del otoño. Nada o muy poco sé de su autor, salvo que trabaja como artesano cartelista en un pueblo de Sussex y escribe poesía y artículos de comentario social. Esta miniatura suya siempre me ha parecido un aforismo disfrazado de haiku.

martes, octubre 23, 2018

poética del sueño


Creo haber leído una de las primeras afirmaciones anti-modernas de un escritor moderno en las memorias de Canetti cuando, a propósito de su desencuentro juvenil con Joyce –que había reaccionado con penosa extravagancia a la lectura pública de La comedia de la vanidad–, reivindica el poder y la integridad de la palabra y se opone a cualquier intento de «atomizar» el lenguaje. Entiendo que por atomización Canetti se refería al recurso vanguardista de romper o fragmentar el lenguaje en los planos bien morfológico –de las palabras– bien sintáctico –de la frase–. El autor de Masa y poder fue siempre un maniqueo y aquí vuelve a establecer una oposición que debe leerse más por lo que nos dice de su mundo que por lo que ilumina a otros escritores (aunque sirva para entender la peculiar forma de modernidad de su admirado Musil). Basta leer Trilce para saber que la fractura lingüística puede tener un alto valor expresivo y metafísico y conllevar un mundo insospechado de significaciones.

Nunca he olvidado el comentario de Canetti, aunque entonces no entendiera del todo su causa ni su sentido último. Y recuerdo que algunos de los poetas norteamericanos a los que he traducido –Anne Carson y Jeffrey Yang, muy en particular– son maestros en el arte de la ruptura y han sabido sacarle un partido sorprendente un siglo después de los primeros experimentos dadaístas. Hasta que hace unos años se me hizo evidente, en la práctica, que el recurso de la atomización verbal había dejado de tener valor expresivo o creativo para mí. Lo leo, lo traduzco y lo admiro en otros, pero la evolución de mi trabajo me ha ido llevando de manera natural a un trato muy distinto con las formas. Hubo un último coletazo en Monósticos, escrito en el otoño de 2011, pero incluso ahí la sintaxis sigue patrones más o menos normalizados: el experimento consistía más bien en yuxtaponer con violencia versos que eran frases cerradas sobre sí mismas y ver si las explosiones (controladas, por supuesto) liberaban alguna clase de sentido. Ciertos lectores amigos me dijeron que la serie suponía un soplo de aire fresco y que abría la puerta a nuevas experimentaciones. A mí, en cambio, me pareció una oportunidad para decir: «Hecho», y pasar a otra cosa. Es muy posible que esté equivocado.

Cuando hablo de «un trato muy distinto de las formas» me refiero a que casi toda la poesía que he escrito recientemente es figurativa y, en muchos casos, tiene un espinazo narrativo. Al mismo tiempo, esta voluntad narrativa convive con una visión, esta vez sí, fracturada del mundo. La ruina, el fragmento, el agregado de restos y retales, están inscritos en una mirada que se declara incapaz de poner orden o sentido en lo que ve. Pero recrear esta visión en un lenguaje similarmente fracturado me parece la opción más literal –ergo: la más aburrida– y la manera más segura o inmediata de abdicar de los poderes de la imaginación. «One builds a house of what is there», escribe Charles Tomlinson en un verso que Octavio Paz traduce como «La casa se construye con lo que ahí encontramos» (Hijos del aire, I, 1), y creo que la frase resume bien el sentido de un trabajo que parte de lo dado, eso que está ahí, a nuestros pies, eso que nos encontramos en el suelo, los cascotes, la ruina del tiempo, para convertirlo en una casa, un hogar de la imaginación para la imaginación (ajena y propia). De ahí la importancia, en el original, de la preposición «of» [de], que Paz normaliza echando mano del más esperable «con»: de lo que está ahí, a partir de lo que tenemos, de lo que ahí encontramos, se hace una casa. La visión final está ligada indefectiblemente a los materiales de partida –que son, no lo olvidemos, materiales de derribo–, pero el propósito es hacer de ellos una casa, algo habitable y congruente, aunque también mordido –es inevitable– por el diente roedor del tiempo. Sin olvidar, como recuerda Tomlinson, que la casa se hace «(a partir) de lo que traemos». A la mesa, claro. Al escritorio con su cuaderno abierto.

Desde hace años me interesa el poema como una forma de sueño lúcido, de sueño con los ojos abiertos que fluye con naturalidad en medio de la niebla, con personajes que no saben qué hacen ni por qué están donde están, inmersos en un trasfondo que tiende a mutar o transformarse sin aviso, o que incluso desaparece bajo sus pies. Exagero, desde luego, pero la hipérbole apunta a un ideal del que los poemas se alejan más o menos según las circunstancias o su naturaleza. La noción de relato me parece cada vez más seductora, una corriente que fluye por un territorio fantasmal, a menudo poco más que entrevisto, y que se compone de fragmentos encadenados, saltos de nivel y transiciones inesperadas pero que van configurando, de poema en poema, su propia lógica. Un relato fluido, ágil si es preciso, en el que las transformaciones propias de la metáfora se desplazan por necesidades del guión al plano de la sintaxis, de la relación entre frases. Y todo esto para decir que estas nociones complementarias de sueño, de relato, de corriente narrativa y algo sonámbula me parecen ahora el medio mejor, al menos en mi caso, para restituir a la imaginación el rango que nunca debió perder en poesía.

Decía Canetti –vuelvo a él– que la poesía es el territorio de la metamorfosis: el reino de la transformación y la analogía, del esto es aquello, de la extrañeza que deslumbra y alecciona. Pero podemos llevar el poema a los terrenos de caza del relato, allí donde esto nos lleva a aquello y a su vez a una tercera cosa que arroja luz sobre el conjunto antes de dejarse atrás a sí misma. Esto es lo que ahora me parece escuchar en un poema reciente, «Primer acto»: estamos, empezamos, nos vemos «aquí… con las ruinas», y terminamos «siempre lejos, siempre volviendo a casa».

viernes, octubre 19, 2018

sobre eduardo arroyo





Eduardo Arroyo no fue solo un espléndido pintor y dibujante, un artista en toda la extensión de la palabra, sino un escritor más que notable. La lectura de sus memorias, tituladas Minuta de un testamento, me impresionó. De esa lectura, y de la frecuentación intermitente de su obra, surgió este escrito, «Retrato del artista en el ring», que publiqué en su día (allá por el 2012) en la revista Minerva del Círculo de Bellas Artes. Creo que ahí se dicen cosas sobre la obra de Arroyo que son aplicables a la creación en general, o eso me ha parecido al releerlo. Descanse en paz.

lunes, octubre 15, 2018

visto / oído


Ni devolver el golpe ni poner la otra mejilla; basta con apartarse.



El adolescente que va por la calle con sus padres. Lo que tiene de guapo lo ha heredado claramente de su madre. Si tuviera un padre bien parecido podría ser incluso modelo. ¿Lo intuye al mirarse en el espejo? ¿Hará comparaciones? ¿Habrá empezado a odiar un poco a su padre sin darse cuenta?



En la sala de espera de radiología: «Ay, hija, el oído lo tengo más fino que el coral…».

jueves, octubre 11, 2018

w. b. yeats / recuerda la belleza olvidada





Cuando te estrecho entre mis brazos
arrimo al corazón una belleza
que se extinguió del mundo hace ya mucho;
coronas enjoyadas que al huir sus ejércitos
los reyes arrojaban a lagunas sombrías;
cuentos de amor que damas soñadoras
hilvanaban con seda
en telas que ha mordido la polilla asesina;
rosas que desde siempre
las doncellas prendían a su pelo,
lirios frescos como el rocío
que las damas lucían por pasillos sagrados
donde el incienso alzaba tales nubes
que sólo Dios podía abrir los ojos:
pues aquel pecho pálido y aquella mano persistente
provienen de una tierra más sumida en el sueño,
de un tiempo más sumido en el sueño que el nuestro;
y cuando entre dos besos tú suspiras
escucho suspirar a la blanca Belleza
por la hora en que todo ha de morir como el rocío,
mas llama sobre llama, abismo sobre abismo
y trono sobre trono, sumidos en letargo,
el peso de la espada en sus férreas rodillas,
cavilan sus altivos misterios solitarios.


trad. J.D. / el original, aquí



El que algunos lectores afines se hayan acercado a esta bitácora se debe, en gran medida, a las versiones poéticas que he ido compartiendo a lo largo de los años. Así que tocaba ya retomar esa veta de mi trabajo literario, y lo hago con uno de los poemas más impúdicamente románticos y «medievalistas» de W. B. Yeats, de su libro El viento entre los juncos, publicado en 1899, en ese primer momento de plenitud artística y creativa que lo puso al frente del llamado renacimiento celta. También Yeats, como nuestro Juan Ramón Jiménez, renegó en parte de la opulencia retórica y el tono sentimental de su poesía de juventud, pero este «He remembers Forgotten Beauty» [«Recuerda la belleza olvidada»] sigue siendo un poema hermoso, capaz de encerrar (y preservar) en unos pocos versos la fuerza melancólica de su amor por Maud Gonne. Nadie escribe ya poemas semejantes, la verdad; y quizá por eso disfrutamos aún más de su lectura.

domingo, octubre 07, 2018

¿hay alguien ahí?



Peter Redgrove, 1969 © Penelope Shuttle


Quizá el ejemplo más curioso de lector de poesía puro que conozco (o del que tengo noticia, al menos) sea el de un tal J. H. Barclay, que en su vejez se aficionó a la poesía de Peter Redgrove y se dedicó a coleccionar todos sus libros e incluso a recopilar sus publicaciones en periódicos y revistas. El señor Barclay había dejado la escuela a los trece años y trabajó hasta su jubilación como pastelero y fabricante de galletas (biscuit-maker) en un pueblo cerca de Liverpool. Dice Neil Roberts, el biógrafo de Redgrove, que llegó a viajar a Londres sólo para asistir a una lectura del poeta y que solía visitar los lugares que protagonizaban o aparecían en sus libros, «cuidando siempre de no molestar».

Así descrito, el señor Barclay parece un modelo de excéntrico inglés, que se aficionó a la obra de un poeta como otros se dedican a las maquetas de trenes o la jardinería. Sin embargo, su devoción por la escritura de Redgrove parece haber sido genuina. En una carta llegó a decirle que «no puedo expresar lo que sus poemas significan para mí. Espero no ser una molestia al ponerle estas letras». El señor Barclay no tenía lo que ahora suele llamarse «educación formal» y su experiencia vital estaba en las antípodas de la del poeta, que sí fue un excéntrico redomado que nunca se adaptó del todo a sus circunstancias (o que se imponía alegremente a ellas, como tuve ocasión de comprobar cuando le traté, a mediados de la década de 1990). Con todo, el viejo hacedor de galletas tenía imaginación suficiente para responder con entusiasmo y comprensión a poemas que nacían de un tiempo, un lugar y un horizonte estético muy distintos de los suyos. Por no hablar de una sensibilidad poco habitual para percibir el peso y la valencia de cada palabra, cada frase, las vueltas y revueltas de la sintaxis, los «extraños ciempiés» del inconsciente…

Parece que el diálogo con el señor Barclay fue un gran «consuelo» para Regdrove en un momento en que su reputación crítica estaba bajo mínimos: ¡por fin un lector puro que disfrutaba con sus poemas sin veladuras ni mediaciones, sin intereses ulteriores, sin los malentendidos que suelen arruinar la relación entre colegas! Tiene que haber sido reconfortante saber que uno podía escapar del gueto de la poesía profesional y establecer vínculos de lealtad y simpatía con un lector anónimo. Pero la curiosa desgracia del poeta moderno es que nada de todo esto, en ultima instancia, tiene mucha importancia. La biografía de Roberts demuestra que Redgrove se pasó la vida buscando el aprecio y el asentimiento de sus semejantes… y que sufrió como el que más por los reproches y los desplantes de que fue objeto. La sensación –la evidencia– es que ni siquiera la existencia de cien señores Barclay le habría compensado del desprecio que algunos poetas-críticos contemporáneos (como los jóvenes émulos de Larkin que empezaron a brotar como setas con el arranque de la era Thatcher) le tributaron en diversos momentos de su vida.

Hay algo en el trabajo creativo, cierta dimensión artesanal (análoga a la del fabricante de galletas), que necesita el refrendo del semejante, del iniciado. Podría entenderse como una flaqueza si no tuviera que ver, en última instancia, con la conciencia de pertenecer a un oficio tan antiguo como las palabras a las que sirve. Las posibles diferencias estéticas no anulan o cancelan esta afinidad profunda, esta conciencia gremial de ser practicantes de un arte colectivo: de ahí que la falta de respeto –la falta de muestras de respeto– pueda causar frustración y hasta ira. Es como si nos dijeran que no formamos parte del gremio: que no se nos considera, vaya.

Esta noción de respeto profesional puede parecer anticuada o incluso melodramática (¿en un sentido masculino de la palabra, tal vez?), pero existe, no tiene más remedio que existir, y ningún lector puro al estilo del señor Barclay, por sincero y profundo y conmovedor que sea su acercamiento, nos hará olvidar su ausencia. Redgrove lo sabía muy bien, y su larga correspondencia de años con Ted Hughes, amigo pero también rival, cómplice y antagonista, así lo confirma. Al fin y al cabo, las cartas de Hughes le obligaban a leer entre líneas, como un buen poema.



miércoles, octubre 03, 2018

nunca en doma





a Fernando Menéndez

La voz de Cassandra Wilson, esta noche, después de no haberla escuchado durante años. Una voz por turnos amarga, insinuante, colérica, llena de lentitud y temblor, tirando de un nudo que se deshace en cada tema, que parece juntar las cuerdas disímiles de la dulzura y la rabia.

El disco (Travelling Miles) es un homenaje a Miles Davis, y suenan en esta voz los riffs y vuelos del trompetista, el mismo golpe de aliento que los dedos moldeaban a su antojo, pero con la aparente desgana de quien está más allá de la canción, de quien ya no se preocupa por cantar porque todo su ser es canto, aliento, el alambre nervioso del ritmo hecho cuerpo. Corre por debajo un río de instrumentos acústicos cuyo frágil equilibrio nace y muere en la confusión, como si hubieran acertado sin saber, sin darse cuenta. Como quien tira un papel al azar y encesta de puro milagro. Turbia madeja que oscila entre el quejido y la duda, el acorde y la caída.

El milagro es aquí la duración. Tres, cuatro minutos, y la voz se derrama sobre ese campo de espinos con languidez premeditada, y se diría que hay en ella un acento de desprecio, como si todo fuera demasiado fácil, como si el oyente se dejara engatusar por nada. Y es nada, en efecto, la pura nada del existir, la nada de un cuerpo que respira y al respirar hace música, tan fácil, esa nada que encarna en una voz y tiende un hilo entre la noche y nuestro deseo, tan iguales.

sábado, septiembre 29, 2018

4 esquinas





Cuando vamos al amigo buscando no ayuda ni consejo, ni siquiera un gramo de compañía, sino la absolución.



Admítelo. Lo que quieres es que las palabras hagan el trabajo sucio por ti.



Quien juega a la rayuela con los baches del camino llega más lejos.



Descubre, de pronto, que es zurdo, que siempre lo ha sido y no se daba cuenta. Idea para un relato.