Y sí, otra entrevista, otro cuestionario. Este
invierno ha estado lleno de ellos. En este caso, fue una propuesta del poeta y
periodista asturiano Luis Muñiz para el suplemento literario de La Nueva
España: hablar de La vida en suspenso (Fórcola, 2020) cuando se cumplía un año de su
escritura, en aquel primer confinamiento inicial que nos dejó a todos
paralizados. Luis, además, tuvo la buena idea de acompañar la entrevista con
unas pocas entradas del diario. No tengo la sensación de estar diciendo nada
nuevo ni original, pero estuvo bien poder ordenar algunas ideas al respecto del
libro… y de aquellos primeros meses de pandemia.
La vida en suspenso fue uno de los primeros diarios del confinamiento.
Y le sirvió, decía en mayo de 2020, para reencontrarse con la escritura.
¿También para reencontrarse con la poesía? ¿O ya lo concibió de mano como un
ejercicio poético en prosa, como ha hecho otras veces?
Como digo en el propio diario, no hubo plan ni
premeditación. Fue uno de esos casos en los que el impulso de la escritura surgió
espontáneamente, con naturalidad: había que aguzar la atención y registrar la
extrañeza, el pasmo incluso. El mismo domingo 15 de marzo me vi anotando lo que
percibía, como una forma de articular o amansar la sensación de incertidumbre
que vivíamos y de la que, en el fondo, no nos hemos desprendido. Y fue un
impulso muy íntimo, más acá de la decisión de compartir esas entradas en mi
blog (donde, en todo caso, no podían tener más que un puñado de lectores). Todo
se paró, de repente. Y ese hueco, ese espacio-tiempo vacío, fueron a ocuparlo
las palabras.
¿Fue un acto de consuelo, como quería Joan Margarit
que fuera siempre la poesía, o de lo contrario, de indocilidad, de rabia
serena?
Ni una cosa ni la otra, en realidad. La idea de que
la poesía es consuelo nunca me ha convencido, y en todo caso lo será siempre a toro
pasado. Al principio hay una extrañeza, algo que está ahí y que me interpela. Y
uno responde a esa realidad extraña con palabras que quisieran sondear el
enigma sin destriparlo ni quitarle su gracia, su sentido. No sentí tampoco, me
parece, indocilidad ni rabia. Más intenso fue el sentimiento de irrealidad, de
incertidumbre, y el malestar causado por la yuxtaposición de experiencias
contrarias: por la ventana asistíamos al estallido de la primavera y en la
pantalla se sucedían los recuentos de muertos, de ingresados en la UCI, los
testimonios angustiosos del personal hospitalario…
¿Siente que lo que escribió entonces sigue siendo
válido ahora? No como literatura, sino como informe de lo ocurrido. ¿Escribir
sobre los efectos del virus hace que uno sea más consciente de la volatilidad
de lo que escribe?
El diario, desde luego, no se libra de incurrir en
ingenuidades. Pienso en un pasaje en el que enumero lo que me gustaría hacer después
del confinamiento, y en el que está claro que no me había enterado de la
verdadera naturaleza del virus. Ya entonces se hablaba de contar con vacunas
fiables para inmunizar al grueso de la sociedad, pero yo insistía en pensar, en
querer pensar, que era poco más que una gripe estacional. Asumo el error y ahí
queda, como un síntoma y una prueba de mi ignorancia. Por lo demás, yo no podía
escribir «un informe de lo ocurrido». Escribo de lo que percibo desde mi
humilde esquina. Y eso tiene que bastar. Una de mis bestias negras de este
tiempo es esta manía universal de opinar de todo –algo que las redes sociales
han convertido en epidemia– y de confundir la escritura con la opinión. Yo no
escribí el diario para opinar. No me interesaba reducir la realidad con
prejuicios ni valoraciones. Quería acogerla en toda su riqueza, su complejidad
contradictoria. El mundo es mucho más grande que nuestro pobre yo opinante, y reducirlo
al blanco y negro binario de tantos tuits y columnas de periódico me parece un índice
de pobreza mental.
Desde entonces, ¿de qué manera ha modificado la
pandemia, en hábitos, en punto de vista, en lo temático, la poesía que usted
escribe?
Es demasiado pronto para decirlo, quizá, pero no
siento que haya modificado nada. El trabajo editorial y creativo exige, al
menos en mi caso, un cierto grado de soledad y reclusión, de modo que el
confinamiento de estos meses ha sido en realidad una versión extrema de lo que
solía ser mi rutina cotidiana. Echo de menos, eso así, como todo el mundo, los
encuentros en libertad con los amigos, los viajes, los conciertos, etc. Por lo
demás, mi poesía es de digestión lenta, quiero decir que no suele reaccionar en
caliente a lo que pasa. Primero hay que desplegar las antenas, percibir la
vibración en el aire, y luego ya veremos cómo se transmuta todo eso en
palabras.
¿Cree que podrá hablarse, también en poesía, de un
antes y un después de la pandemia del covid-19?
Es posible. Quizá no de forma directa, más allá de
algún poema de ocasión sobre el uso de mascarillas y la distancia social. Pero
es evidente que la pandemia refuerza la sensación de incertidumbre, de falta de
horizonte y hasta de desastre inminente que recorre este comienzo de siglo XXI.
El «no future» del punk es ya un peligro cierto. Y todo eso se filtra en
la escritura, en la pintura, en el cine, en el arte que estamos haciendo entre
todos. Es inevitable. La pandemia es solo un ingrediente más, quizá el más
aparatoso por su inmediatez, de un caldo tóxico que sube al mismo ritmo que el
nivel de las aguas marinas.
¿Puede un poeta, como poeta, no como ser humano,
sustraerse a la pandemia, ignorarla, y que no deje huella en lo que escribe,
aunque, por así decir, no sea el covid-19 el asunto de su poema?
Veo que ya estoy dando mi opinión, como todos. Bueno,
el poeta puede ser muy «poeta», pero sigue siendo un ser humano. Así que sustraerse
a las circunstancias me parece francamente difícil. No es cosa de ponerse
dramático, o tal vez sí, pero es evidente que la especie humana es ya una plaga
que amenaza la diversidad y el equilibrio de los ecosistemas del planeta.
Nuestro modelo económico favorece la avaricia consumista, la desigualdad
social, el expolio de los recursos naturales y la muerte de otras especies. Y
este es el marco, entiendo, en el que deberíamos situar los debates sobre el
virus y su impacto en nuestras vidas y nuestra imaginación.
¿Qué estímulo lingüístico, de vocabulario, piensa
que hallarán los poetas en lo venidero en palabros como «trazabilidad»
expresiones como «contacto estrecho»? ¿Ve posibilidades significantes en esa
neolengua del covid, teniendo en cuenta que la noción de «contacto» ya había
quedado seriamente tocada con el simulacro de relación social que han impuesto
las redes sociales?
Las redes sociales no imponen sólo simulacros de relación
social, sino también, por extensión, de lenguaje, de afectividad. Aunque muchos
las usamos y las encontramos útiles, mejor no mitificarlas. Que algunos
conviertan un tuit o un post de Facebook en literatura no significa que estos
espacios sean propicios para la creación. La prisa compulsiva y la egolatría
exhibicionista de las redes es justo lo contrario de lo que quisiera para la
poesía, para la escritura. Creo sinceramente que nos falta sosiego, lentitud y,
sobre todo, humildad, capacidad de atención.
¿Pronostica una explosión creativa para los próximos
años, como la que sobrevino en la década de 1920, tras la I Guerra Mundial y la
mal llamada gripe española?
Soy mal augur, así que no lo sé. Pero es evidente
que las épocas de crisis suelen serlo en todos los planos, también en el
intelectual y el creativo. Si esto sirve para remover un poco la tierra y
orearla, no estará todo perdido.