lunes, febrero 28, 2022

con asombro dolido

 



Piedad Bonnett, Lo terrible es el borde. Antología poética, selección y prólogo de Malola Romero Carbonell, Madrid, Visor, 2021, 232 págs.

 

 

Lo primero que uno percibe al adentrarse en esta amplia y necesaria antología de la obra de Piedad Bonnett (Amalfi, Colombia, 1951) es su unidad de tono, de lenguaje, de intención. No hay lugar aquí para ensayos ni titubeos. Tampoco para cambios drásticos, más allá de un gusto creciente por la sencillez expresiva que no desfigura, más bien modula, la profunda elegancia y musicalidad del verso. Poeta de publicación tardía –su primer libro, De círculo y ceniza, es de 1989–, sabe muy bien cuál es su mundo y cómo decirlo. Y los ecos de ciertos maestros –Asunción Silva, Aurelio Arturo, ese legado de armónicos modernistas que salta justo sobre las vanguardias– no impiden que oigamos, rotunda, expresiva, la voz de un sujeto femenino que nos habla a las claras del daño, la herida, la decepción o la culpa.

 

«¿Esto era todo? / ¿Esto que nos han dado?». Así, con preguntas desabridas, impacientes, arranca este libro. Y pronto, como en esas enumeraciones que toma prestadas de Borges, va desplegando ante nosotros su estera de obsesiones: el difícil amor de los padres y el peso de «las herencias»; la bendición del espacio doméstico; el miedo como una compañía temprana, casi palpable, que amarga la conciencia y la vuelve receptiva a la culpa, la sospecha, la parálisis; la sombra de la pobreza y su rúbrica fatal, la violencia; pero también, del otro lado, el descubrimiento del propio cuerpo y el enigma del sexo, la alegría de la sensualidad y el amor entendido barrocamente como «campo de plumas»… Todo ello referido con palabras que Bonnett juzga falibles, limitadas, pero que quizá por ello mismo maneja con rara maestría.

 

A lo largo de los diez poemarios que recoge Lo terrible es el borde –con una etapa especialmente intensa en la década de 1990, cuando en apenas cinco años publica cuatro libros centrales– asistimos a un sondeo feroz en la memoria de su autora: si Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995) y Ese animal triste (1996) cartografían sucesivamente los ámbitos del hogar, el tiempo y el cuerpo, Todos los amantes son guerreros (1998) tiene algo de pausa en el camino: hasta la sintaxis se relaja queriendo ser fiel a la experiencia amorosa, su modo de sacarnos del tiempo y hasta de nosotros mismos. Pero es en Tretas del débil (2004) y Las herencias (2008) donde Bonnett da con la sustancia primera de su imaginación: la familia, telaraña que nos impone una cercanía hiriente y hecha de malentendidos.

 

Así, el padre, que «tuvo pronto miedo de haber nacido», está condenado a transmitir esa carga: «Tenía miedo de tu miedo / y miedo de mi miedo». La madre y su «terca convicción», sus «ataduras», sus «extrañas formas del amor», reciben el juicio retrospectivo de una hija que, a su vez, tiene que enfrentarse al reto de la maternidad. El destino cortó ese hilo y lo convirtió en una tragedia –la muerte del hijo– que está en la raíz de Los habitados (2017), donde el dolor mismo se convierte en presencia benéfica, dadora de sentido: «Cuida la sal de tus ojos»; «Pido al dolor que persevere […] para que de su mano cada día / con tus ojos intactos resucites». La poesía, una vez más, es la encargada de hablar de «lo que no tiene nombre» y lo hace justamente porque, siendo palabras, ilumina siempre ese borde «terrible» donde las palabras no suelen llegar. 

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 11 de febrero de 2022.

 

 

 


 

jueves, febrero 24, 2022

contra la muerte

  



Eduardo Moga, Tú no morirás, Valencia, Pre-Textos, 2021, 86 págs.

 

 

Alguna vez ha dicho Eduardo Moga (Barcelona, 1962) que toda su obra es un acto de rebeldía contra la muerte: la muerte, ese escándalo, que envenena la existencia y nos condena a bracear en el absurdo. A pesar de la tensión existencialista de sus últimos libros, Moga ha sido siempre un poeta barroco, empeñado en combatir ese falta de sentido con el placer de una palabra feraz, casi palpable, y Tú no morirás lo confirma plenamente, con su visión del amor como fuerza primordial que eleva y salva a sus protagonistas. «Amor todo lo vence», sí, como quería Virgilio.

 

Dividido en doce largos poemas que combinan el verso y la prosa –más un soneto en alejandrinos que hace las veces de pórtico–, estamos quizá ante el libro más condensado y a la vez formalmente más diverso de su autor. Desde el inicio mismo, la amada comparece como ausencia, pero es una ausencia corpórea, «desnuda […], acuciada por las dentelladas del no ser, húmeda de penumbra y de madrugada»; una ausencia material que no cesa de mutar y transfigurarse gracias al poder reproductor de la imagen. Amor y desamor conviven en una alternancia de la que salen más unidos que nunca: el dolor es alegría, el aliento es ahogo, todo baila los ritmos de la paradoja y el principio de contradicción. Y el yo se explaya en toda clase de formas –el versículo, la prosa sin puntuación, la tirada anafórica– para desvanecerse justo al final, en los poemas en prosa que reconstruyen el mal de amor de personajes reales o ficticios como Larra o Yuri Zhivago, entre otros. Por el camino, el poeta revisita el tono de sus primeros libros (La luz oída, Premio Adonáis) en dos largos poemas –el VI y el VIII– que confirman su maestría en el verso clásico y son, a la vez, el punto más alto y luminoso del libro: «Me lacera decir / tu nombre: me redime».

 

La poesía de Moga es a la vez minuciosa y expansiva, como si las palabras que pone ante la muerte crecieran hacia dentro, como matrioskas. Y aquí, además, las anima una urgencia, una necesidad, que el lector no tarda en hacer suya.

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 4 de febrero de 2022.

 

 

 


 

jueves, febrero 17, 2022

esplendor en la ruina

 


 

  

José Antonio Llera, El hombre al que le zumban los oídos, Barcelona, RIL Editores, 2021, 68 págs.

 

 

Para encontrar las raíces de este nuevo libro del poeta y ensayista José Antonio Llera (Badajoz, 1971) hay que ir no sólo a su poemario anterior, Transporte de animales vivos, publicado hace ya nueve años, sino al dietario Cuidados paliativos (2017), en el que la ambición reflexiva y el buceo en la memoria familiar y rural se correspondían con una palabra densa y bien trabada, de admirable intensidad plástica. Llera parece haber encontrado en el poema en prosa el cauce idóneo para una escritura que quiere dejar acta de un tiempo, aquí, ahora, que se percibe como terminal, agotado, incapaz de alimentar nuevos sueños.

 

Los 45 poemas en prosa de El hombre al que zumban los oídos, divididos en tres partes de igual extensión («Cuerpo», «Descendencia» e «Historia»), giran sobre esta idea y dibujan un mundo –el del tardocapitalismo– que «nos enferma» a fuerza de ensimismarnos: «Por eso acudimos a las puertas de la farmacia, para comulgar con sus ríos de hierro y sombra». Quizá el origen del mal esté en un sistema cuya opulencia se basa justamente en la insatisfacción constante, pero Llera, con Eliot, parece apuntar más hondo, a la naturaleza fallida del hombre y su pecado original: «Toda culpa es caracol: abre los surtidores, mengua la maleza…». Así, ante las «tijeras y pesticidas» que pudren las esperanzas, la mirada de Llera toma conciencia de su propia fragilidad y se compadece del fondo ruinoso de ciertas vidas: «Los exiliados […] nunca volverán a preguntar por el dueño de la casa».

 

Libro de índole expresionista, fértil en imágenes y hallazgos expresivos, El hombre… tiene algo de museo imaginario de la modernidad. A veces, en poemas como «Detrás del sol» o «Lautréamont», me recuerda un poco a Charles Simic, pero Llera es más arisco y también más hondo. No queda otro remedio cuando se sabe, como él, que «el límite del bosque es otro bosque». Alta poesía.



Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 4 de febrero de 2022.


martes, febrero 08, 2022

una república de iguales

 


 

Pepa Merlo, Con un traje de luna. Diálogo de voces femeninas de la primera mitad del siglo XX, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, 2022.

 

 

Doce años después de publicar Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27, la narradora y estudiosa Pepa Merlo (Granada, 1969) nos entrega, con este Con un traje de luna, una revisión al alza de aquel libro pionero y necesario: se incrementa el número de poetas incluidas (de 20 se pasa a 24, con un apéndice que añade otras 10); se abre el abanico temporal, que ya no se detiene en la Guerra Civil sino que alcanza a la obra escrita en la posguerra, bien en el exilio o en el ámbito misérrimo de la España franquista; y se duplica largamente el número de páginas.

 

En realidad, este libro –subtitulado Diálogo de voces femeninas de la primera mitad del siglo XX– esconde otros más en su interior: su extensa introducción es un compendio de la misoginia cifrada en las tradiciones clásica y judeocristiana y de hasta qué punto sigue reprimiendo a la mujer, confirmando así que lo simbólico está una y otra vez detrás de los códigos de la vida social y familiar. Un segundo libro es la antología misma, cuyos ejes no han cambiado, desde nombres más familiares –Carmen Conde, Concha Méndez o Rosa Chacel– a otros que nos acercó en su día Peces en la tierra: Lucía Sánchez Saornil y Margarita Ferreras; o Elisabeth Mulder, cuya obra narrativa está siendo objeto de un intenso trabajo de recuperación. El tercero lo configuran los fascinantes bosquejos biográficos que Merlo antepone a la selección de cada poeta y que tienen, a menudo, un fuerte acento novelesco: imposible no conmoverse con la peripecia vital de Sánchez Saornil, por ejemplo; o no admirar la entereza de Marina Romero en el exilio; o, en el otro costado ideológico, no descubrirse ante la fuerza de carácter de una Cristina de Arteaga.

 

Si algo queda claro es que el ingreso de la mujer en la vida civil española de los años veinte y treinta forma parte de un proceso de modernización y apertura que culmina con la instauración republicana. ¿El 27? Si queremos ser fieles a la riqueza y diversidad –no sólo genérica– de ese tiempo, tal vez haya que empezar a hablar ya claramente de una «Generación de la República».

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 28 de enero de 2022.

 

 


 


martes, febrero 01, 2022

el sueño del final

 



Louise Glück, Recetas invernales de la comunidad, traducción de Andrés Catalán, Madrid, Visor, 2021, 102 páginas.

 

 

Louise Glück (Nueva York, 1943) es una poeta de las postrimerías. El paisaje de sus libros más recientes suele ser invernal, sombrío, un mundo escasamente poblado en el que las cosas se repliegan sobre sí mismas o espían con paciencia, con discreta pasión, la presencia de la muerte. Su talante introspectivo parece excluir el deseo humano, los afanes del cuerpo –que es algo manifiestamente impuro, poco fiable–, pero no el gusto sensorial por las formas de la naturaleza, en especial las plantas: en El iris salvaje (1992), el libro que la descubrió entre nosotros gracias al trabajo pionero de la editorial Pre-Textos, otorgaba emociones complejas a las flores y también a una voz que, a falta de otros candidatos, debemos atribuir a Dios.

 

La atracción del vacío y el silencio, esa vía negativa que ha ido perfeccionando con los años, mueve los hilos de este nuevo libro, Recetas invernales de la comunidad (Visor), el primero que publica tras obtener el premio Nobel en 2019. Traducido con solvencia por Andrés Catalán, que reproduce con acierto el tono frío y lacónico del original, es un conjunto de quince poemas o series poemáticas de corte narrativo, con personajes brumosos que viven en la esfera del «érase una vez» y se pasean por un mundo espectral donde las cosas suceden a menudo sin porqué y la existencia es un descenso tenaz («Hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo / es donde nos lleva el viento»), un aprendizaje del cambio y la pérdida. El impulso fabulador convive con el don para la expresión lapidaria: «no existe algo así como una muerte en miniatura»; «pero has dejado de hacer cosas, dijo, que es lo que / hace el filósofo»; «no hay suficiente noche, respondí. De noche puedo ver / mi propia alma»… A veces la sequedad se resuelve en apartes mordaces, gotas de humor negro que confirman el buen ojo de Glück para el detalle grotesco y destierran, de paso, cualquier asomo de patetismo. Como ella misma señala en la primera sección del poema homónimo: «El libro contiene / solo recetas para el invierno, cuando la vida es dura. En primavera / cualquiera es capaz de preparar un buen plato».

 

Muchas de estas series («La negación de la muerte», «Viaje de invierno», «Una historia interminable», «La puesta de sol») incluyen pasajes dialogados, careos en los que una segunda voz –de la hermana, del profesor de pintura, de una figura misteriosa llamada «el conserje»– permite articular ideas y emociones que ayudan al yo en su labor de examen. Son voces que parecen provenir del pasado, visto por la poeta como una carga que le impide relacionarse sin trabas con el ahora: «Qué llena tengo la cabeza / con las cosas del pasado. / ¿Habrá suficiente espacio / para que quepa el mundo?». Así la hermana, que la acompaña en sus sondeos de la memoria familiar para revivir escenas con la lente de la ficción, viñetas en las que lo evocado tiene la misma aura fantasmagórica que lo inventado y enturbia el recuerdo de los padres, de la madre enferma, de la propia niñez en la que «demasiado pronto surgió / mi verdadero yo, / robusto pero amargo, / como un despertador».

 

La precisión del autorretrato hace patente la lucidez de Glück. Robusta pero amarga, su voz ilumina el territorio austero pero lleno de posibilidades del final. Y este libro breve y decantado, intensísimo, confirma que el viaje –la vigilia– está lejos de haber concluido: «Ah, dice, otra vez estás soñando // Y entonces digo: me alegro de estar soñando / el fuego aún sigue vivo».

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 21 de enero de 2022.

 

 


viernes, enero 28, 2022

tiempo ganado


 

Clive James, Fin de fiesta. Últimos poemas, edición y traducción de Luis Castellví Laukamp, Valencia, Editorial Pre-Textos, 2021, 160 págs.

 

 

Desconocido en España, el australiano Clive James (1939-2019) fue una celebridad en Inglaterra, su país adoptivo, primero como crítico de televisión para The Observer en la década de 1970, donde creó un estilo propio, culto y desenfadado; y luego como presentador en la BBC, donde destacó gracias a su inteligencia curiosa y su ironía risueña. Pero su pasión primera fue la literatura, y en concreto la poesía. Autor de novelas, letras de canciones, libros de viaje y de divulgación, se inició como autor de poemas épico-satíricos que retomaban el ejemplo de Swift o Alexander Pope. Y es que había algo decididamente dieciochesco, en el mejor sentido del término, en su relación con la escritura, que encaró sin prejuicios, con un dominio absoluto del oficio y la voluntad horaciana de «entretener y aleccionar».

 

Gran lector de Larkin, al que dedicó un libro ejemplar (Somewhere Becoming Rain), su poesía se fue haciendo más íntima y reflexiva con los años. En 2010, la enfermedad lo apartó de los focos y le permitió centrarse en la creación. De esa etapa datan dos libros señeros, Sentenced to Life (2015) e Injury Time (2017), que son los afluentes que nutren esta muestra de 41 poemas, modélicamente traducida por Luis Castellví Laukamp con rigor métrico y un oído impecable. Basta leer la elegía inicial, conmovedor homenaje al padre, enterrado en el cementerio de guerra Sai Wan de Hong Kong, o los poemas en que dialoga sin almíbar con su nieta, la pequeña Maia, o el tono estoico, lejos de todo patetismo, de sus soliloquios, para comprender que estamos ante un poeta genuino, en el que inteligencia y emoción van en todo momento de la mano. Así estas «lecciones de tinieblas», como él mismo las llama, que son también la ocasión para mirar atrás sin ira y hacerse perdonar sus errores: «Mi experiencia… Debí ser más amable. Es mi destino / reconocerlo tarde y a deshora». Una revelación.

 


Publicado originamente en La Lectura de El Mundo, 14 de enero de 2022.

 

 

 

lunes, enero 24, 2022

cuerpo elocuente

 

 

Julieta Valero, Mitad, Madrid, Vaso Roto Ediciones, 2021, 122 páginas.

 

 

La publicación el año pasado de Niños aparte (Caballo de Troya) hizo pensar a muchos lectores de Julieta Valero (Madrid, 1971) que la sustancia narrativa de sus primeros poemarios había migrado a la prosa, configurando un relato de relatos en el que encontrábamos muchas de sus marcas temáticas y de estilo: esa lengua propia, extrañamente barroca y austera a la vez, que se interrogaba sobre los vínculos familiares y sentimentales, las vetas de la propia identidad, la fuerza de la pertenencia, el asombro de ser y estar en el mundo…

 

Y es que Mitad ahonda en el proceso de condensación y despojamiento que Valero ya inició en Los tres primeros años (2019), también en Vaso Roto. El decir, aquí, se ha vuelto corto y erizado, hecho de fulguraciones y transiciones rápidas, rupturas sintácticas y esos neologismos tan suyos de estirpe vallejiana. Los 104 poemas que componen el libro (dividido en tres partes más una coda: «Frontal», «Cuerperio» y «Mitad») arrancan en una clave sentenciosa («La intemperie que esto es. La casa que esto es»; «No somos de lo que queda somos / de lo perdido) que no tarda en complicarse y hacerse maleable con preguntas, apartes, la inserción de la oralidad y el uso de ciertas imágenes («Una luz en el esternón que / me pone de pie me ahoga») que no son estrictamente sinestésicas, sino el modo en que la autora busca borrar cualquier traza de dualismo, reparar la brecha cuerpo/mente y devolver la primacía al instinto, la inteligencia implícita de la sangre.

 

Porque no nos engañemos. Aunque esta poesía haya reducido su componente narrativo, aquí se sigue contando una historia; y la historia de Mitad es justamente el trauma de la pérdida y la separación, el duelo que sigue a la ruptura, pero también el diálogo con la hija («Una demanda de ser que / no soy yo pero sabe / mi nombre»), el aprendizaje de la maternidad y el abanico de emociones que despierta (alegría, sorpresa, culpa, incertidumbre…). Y detrás, como telón de fondo, el imán del deseo y la plenitud erótica, la búsqueda legítima de la felicidad: «no olvides que tú y yo / sabemos también prosperar hacia el cielo».

 

La escritura en Mitad es a la vez franca y perspicaz, cálida y desafiante. Lo exige no sólo el carácter voluble de la vida, sino también «esta distancia por recorrer» que cierra el libro con hambre de futuro. O lo que es lo mismo: sin cerrarse a nada.

 

 

Versión extensa de la reseña publicada en La Lectura de El Mundo, 14 de enero de 2022.


miércoles, noviembre 24, 2021

novedad



«Somos las abejas de lo invisible», escribió Rilke al final de su vida. Y a este libar «desesperadamente la miel de lo visible» para alimentar la gran colmena de la imaginación se dedica el poeta en cuerpo y espíritu, en un ejercicio de diálogo con el mundo que va revelando sus formas, colores y relieves, abriendo con los sentidos un espacio para la conciencia. Todo esto será tuyo, publicado justamente diez años después de Perros en la playa (2011), su predecesor, es el cuaderno de notas de un poeta que no abdica de la viñeta narrativa, la excursión ensayística o el aforismo perspicaz para estar a la altura de las cosas y hacerse digno de ellas; sólo así, tal vez, nos darán a conocer su secreto, que es también el de quienes convivimos con ellas. Jordi Doce se pasea como un detective distraído por entre lo cotidiano visible y observa el acontecer del mundo, el aquí y ahora de sus gentes, el modo en que las cosas se despliegan ante nosotros a poco que les prestemos atención. Una mirada hacia afuera que no descuida las sombras de interior ni el sondeo curioso y hasta extravagante sobre un puñado de obsesiones musicales y literarias. Todo esto será tuyo es el retrato algo borroso de alguien que insiste en no llamar la atención; alguien que ha elegido dar un paso atrás para que las palabras hablen por él.

 

Más información, aquí.


Lectura del poeta Álvaro Valverde en su blog.


Imagen de cubierta: Segimón Vilarasau, Delta de l'Ebre. Óleo sobre tabla. 2017.


jueves, abril 22, 2021

formas de saber que sigues vivo

 

 

Formas de saber que sigues vivo (La Garúa, 2021) es el libro de una vida, el testimonio de un hombre que ha llegado a la mitad de su camino, y en él José María Castrillón (Avilés, 1966) nos entrega un decir reticente, escrupuloso y fragmentario que, tal vez paradójicamente, ha crecido por acumulación, como un largo sedimento destilado en secreto por la memoria, la perplejidad y el amor –intenso amor– a las palabras y los días. Libro-resumen que es también libro inaugural, aquí se hace balance, pero también se limpia la pizarra, otra vez, para nuevos ensayos, nuevas preguntas y conjeturas.

 

Más información, aquí.

 

domingo, abril 18, 2021

la nueva españa / entrevista

 

Y sí, otra entrevista, otro cuestionario. Este invierno ha estado lleno de ellos. En este caso, fue una propuesta del poeta y periodista asturiano Luis Muñiz para el suplemento literario de La Nueva España: hablar de La vida en suspenso (Fórcola, 2020) cuando se cumplía un año de su escritura, en aquel primer confinamiento inicial que nos dejó a todos paralizados. Luis, además, tuvo la buena idea de acompañar la entrevista con unas pocas entradas del diario. No tengo la sensación de estar diciendo nada nuevo ni original, pero estuvo bien poder ordenar algunas ideas al respecto del libro… y de aquellos primeros meses de pandemia.

 

 

La vida en suspenso fue uno de los primeros diarios del confinamiento. Y le sirvió, decía en mayo de 2020, para reencontrarse con la escritura. ¿También para reencontrarse con la poesía? ¿O ya lo concibió de mano como un ejercicio poético en prosa, como ha hecho otras veces?

Como digo en el propio diario, no hubo plan ni premeditación. Fue uno de esos casos en los que el impulso de la escritura surgió espontáneamente, con naturalidad: había que aguzar la atención y registrar la extrañeza, el pasmo incluso. El mismo domingo 15 de marzo me vi anotando lo que percibía, como una forma de articular o amansar la sensación de incertidumbre que vivíamos y de la que, en el fondo, no nos hemos desprendido. Y fue un impulso muy íntimo, más acá de la decisión de compartir esas entradas en mi blog (donde, en todo caso, no podían tener más que un puñado de lectores). Todo se paró, de repente. Y ese hueco, ese espacio-tiempo vacío, fueron a ocuparlo las palabras.

 

¿Fue un acto de consuelo, como quería Joan Margarit que fuera siempre la poesía, o de lo contrario, de indocilidad, de rabia serena?

Ni una cosa ni la otra, en realidad. La idea de que la poesía es consuelo nunca me ha convencido, y en todo caso lo será siempre a toro pasado. Al principio hay una extrañeza, algo que está ahí y que me interpela. Y uno responde a esa realidad extraña con palabras que quisieran sondear el enigma sin destriparlo ni quitarle su gracia, su sentido. No sentí tampoco, me parece, indocilidad ni rabia. Más intenso fue el sentimiento de irrealidad, de incertidumbre, y el malestar causado por la yuxtaposición de experiencias contrarias: por la ventana asistíamos al estallido de la primavera y en la pantalla se sucedían los recuentos de muertos, de ingresados en la UCI, los testimonios angustiosos del personal hospitalario…

 

¿Siente que lo que escribió entonces sigue siendo válido ahora? No como literatura, sino como informe de lo ocurrido. ¿Escribir sobre los efectos del virus hace que uno sea más consciente de la volatilidad de lo que escribe?

El diario, desde luego, no se libra de incurrir en ingenuidades. Pienso en un pasaje en el que enumero lo que me gustaría hacer después del confinamiento, y en el que está claro que no me había enterado de la verdadera naturaleza del virus. Ya entonces se hablaba de contar con vacunas fiables para inmunizar al grueso de la sociedad, pero yo insistía en pensar, en querer pensar, que era poco más que una gripe estacional. Asumo el error y ahí queda, como un síntoma y una prueba de mi ignorancia. Por lo demás, yo no podía escribir «un informe de lo ocurrido». Escribo de lo que percibo desde mi humilde esquina. Y eso tiene que bastar. Una de mis bestias negras de este tiempo es esta manía universal de opinar de todo –algo que las redes sociales han convertido en epidemia– y de confundir la escritura con la opinión. Yo no escribí el diario para opinar. No me interesaba reducir la realidad con prejuicios ni valoraciones. Quería acogerla en toda su riqueza, su complejidad contradictoria. El mundo es mucho más grande que nuestro pobre yo opinante, y reducirlo al blanco y negro binario de tantos tuits y columnas de periódico me parece un índice de pobreza mental.

 

Desde entonces, ¿de qué manera ha modificado la pandemia, en hábitos, en punto de vista, en lo temático, la poesía que usted escribe?

Es demasiado pronto para decirlo, quizá, pero no siento que haya modificado nada. El trabajo editorial y creativo exige, al menos en mi caso, un cierto grado de soledad y reclusión, de modo que el confinamiento de estos meses ha sido en realidad una versión extrema de lo que solía ser mi rutina cotidiana. Echo de menos, eso así, como todo el mundo, los encuentros en libertad con los amigos, los viajes, los conciertos, etc. Por lo demás, mi poesía es de digestión lenta, quiero decir que no suele reaccionar en caliente a lo que pasa. Primero hay que desplegar las antenas, percibir la vibración en el aire, y luego ya veremos cómo se transmuta todo eso en palabras.

 

¿Cree que podrá hablarse, también en poesía, de un antes y un después de la pandemia del covid-19?

Es posible. Quizá no de forma directa, más allá de algún poema de ocasión sobre el uso de mascarillas y la distancia social. Pero es evidente que la pandemia refuerza la sensación de incertidumbre, de falta de horizonte y hasta de desastre inminente que recorre este comienzo de siglo XXI. El «no future» del punk es ya un peligro cierto. Y todo eso se filtra en la escritura, en la pintura, en el cine, en el arte que estamos haciendo entre todos. Es inevitable. La pandemia es solo un ingrediente más, quizá el más aparatoso por su inmediatez, de un caldo tóxico que sube al mismo ritmo que el nivel de las aguas marinas.

 

¿Puede un poeta, como poeta, no como ser humano, sustraerse a la pandemia, ignorarla, y que no deje huella en lo que escribe, aunque, por así decir, no sea el covid-19 el asunto de su poema?

Veo que ya estoy dando mi opinión, como todos. Bueno, el poeta puede ser muy «poeta», pero sigue siendo un ser humano. Así que sustraerse a las circunstancias me parece francamente difícil. No es cosa de ponerse dramático, o tal vez sí, pero es evidente que la especie humana es ya una plaga que amenaza la diversidad y el equilibrio de los ecosistemas del planeta. Nuestro modelo económico favorece la avaricia consumista, la desigualdad social, el expolio de los recursos naturales y la muerte de otras especies. Y este es el marco, entiendo, en el que deberíamos situar los debates sobre el virus y su impacto en nuestras vidas y nuestra imaginación.

 

¿Qué estímulo lingüístico, de vocabulario, piensa que hallarán los poetas en lo venidero en palabros como «trazabilidad» expresiones como «contacto estrecho»? ¿Ve posibilidades significantes en esa neolengua del covid, teniendo en cuenta que la noción de «contacto» ya había quedado seriamente tocada con el simulacro de relación social que han impuesto las redes sociales?

Las redes sociales no imponen sólo simulacros de relación social, sino también, por extensión, de lenguaje, de afectividad. Aunque muchos las usamos y las encontramos útiles, mejor no mitificarlas. Que algunos conviertan un tuit o un post de Facebook en literatura no significa que estos espacios sean propicios para la creación. La prisa compulsiva y la egolatría exhibicionista de las redes es justo lo contrario de lo que quisiera para la poesía, para la escritura. Creo sinceramente que nos falta sosiego, lentitud y, sobre todo, humildad, capacidad de atención.

 

¿Pronostica una explosión creativa para los próximos años, como la que sobrevino en la década de 1920, tras la I Guerra Mundial y la mal llamada gripe española?

Soy mal augur, así que no lo sé. Pero es evidente que las épocas de crisis suelen serlo en todos los planos, también en el intelectual y el creativo. Si esto sirve para remover un poco la tierra y orearla, no estará todo perdido.

 

 

 

miércoles, abril 14, 2021

noche y día

 

La curva del dolor

se desprende a hurtadillas

del árbol de la noche.

Y aquí brilla, cercana,

concluyente,

en el suelo

de las incertidumbres. No podemos

apagarla. No hay forma

de guardar esa hoja

entre las páginas de un libro.

Así la sangre rutinaria

se hiere en las esquinas:

un estambre de espera,

un filamento al rojo.

La noche lo encendió.

Desnudamente significa.

 

 

Así recibe al día,

como si nada:

el cuerpo ladeado,

los ojos de vigilia

sobre el diorama escuálido

del patio

–septiembre en el alféizar,

en la sangre afanosa–,

la mano que tantea

y aparta las cortinas

para que irrumpa en él,

como en un templo,

el sol de los egipcios.

 

 

[Publicado en la revista Turia, núms. 137-138, 2021]

 

viernes, abril 09, 2021

conclave

 


El martes que viene, 13 de abril, a las cinco de la tarde hora española, participo en la cuarta sesión del ciclo de lecturas CONCLAVE, organizado y moderado por los poetas Fiona Sampson y Sudeep Sen: lecturas bilingües, por Zoom y de libre acceso (previa inscripción). Leeré una pequeña selección de poemas en español y en inglés junto a mi admirada poeta galesa Menna Elfyn y al poeta macedonio Zoran Anchevski, y luego habrá un breve coloquio sobre poesía a partir de las preguntas de los moderadores. Los interesados se pueden inscribir gratuitamente pulsando aquí.