jueves, septiembre 21, 2006

caza nocturna


En Cacería en el bosque, de Paolo Uccello, las figuras se dirigen sin excepción hacia la espesura sombría del bosque, absortas en la persecución de unos ciervos que no logran confundirse con el fondo negro de la tabla. Podría ser de noche pero no es posible asegurarlo. En todo caso, la penumbra del bosque da a la escena un aire de irrealidad reforzado por el carácter icónico de las figuras: los árboles, tal vez pinos, parecen columnas dispuestas en hileras regulares; los cazadores, en su mayoría vestidos de rojo, se hallan a ambos lados del cuadro como si se reflejaran mutuamente; y galgos y ciervos corren entremezclados, formando un patrón de siluetas en forma de rombo. El aparente realismo de la escena no esconde la artificiosidad de la composición: en primer plano, cuatro troncos a modo de pórtico o umbral junto a los que se congregan la mayor parte de las figuras humanas; sobre éstas se extiende una techumbre de copas altas y planas donde el verde de las hojas vira a negro, impidiendo cualquier asomo de luz exterior: tanto es así que la espléndida luminosidad del cuadro proviene exclusivamente del rojo de las ropas y los arreos y del blanco de algunos caballos y perros. Al fondo, las siluetas en escorzo de galgos y ciervos sugieren una carrera enfebrecida hacia un fondo de negrura inescrutable. Todo en el cuadro apunta a esa negrura. Es un imán, una fuente. El exagerado sentido de la perspectiva de Ucello tiene aquí, por una vez, sobrada respuesta: la espesura misteriosa de un bosque prolongado hasta el infinito. La extremada amplitud de la tabla, unida a su poca altura, refuerza el efecto de la perspectiva. Las figuras corren o cabalgan sin atender a testigos, absortas en el placer de una caza que los lleva más allá de sí mismas, hacia un fondo de oscuridad impenetrable. Tres jinetes, en especial, capturan nuestra atención: destacan por ser los únicos que parecen no atreverse a entrar en el bosque. El primero, situado a la derecha de los troncos centrales, ha tascado el freno de su caballo e inclina el cuerpo hacia atrás como si fuera a gritar. A su derecha, un segundo jinete rojo parece ir al trote, como si supervisara los movimientos de sus compañeros. Y tras él, montado en un caballo blanco, uno de los dos del cuadro, sin dar visos de estar moviéndose, aparece un tercer jinete vestido de gris o pardo. El estatismo de estas tres figuras contrasta fuertemente con el galope vivo de los jinetes situados en el lado izquierdo y añade fuerza al enorme poder de sugestión de la oscuridad. Ellos se han detenido, como si temieran la noche del bosque, como si dudaran antes de dar un nuevo paso, como si disfrutaran más atendiendo al ingreso en la penumbra de sus compañeros. Sobre la escena gravita una especie de hechizo: la inminencia de un misterio o de un desastre. La caza, como expresión de una vida puesta en peligro, envuelve a estas figuras en un halo: pese a la torpeza con que Ucello expresa el movimiento, nos parece sentir de manera vívida la excitación de la carrera, el riesgo de una persecución voraz y alegre. El rojo de sus ropas es el rojo de la sangre, que parece iluminar las formas desde dentro, encendiendo los bordes de la oscuridad. En todos los cazadores late (y creemos, tal vez, sentir ese latido por un instante) el hambre de una noche escondida en el punto de fuga. Y, sobre todo esto, el bosque como un templo, como un recinto sagrado donde los cazadores deambulan poseídos por la fiebre de la vida. Pero el templo los recibe con ambivalencia: por un lado, se abre a ellos con ceremonia, sabedora de que cumplen con un rito obligado; por otro, esconde sus entrañas a la luz, como si quisiera recordar en todo momento el precio de una vida llevada al extremo. Su imán nos amenaza, más viejo y más paciente de lo que nunca llegaremos a ser.

De Hormigas Blancas, Bartleby, Madrid, 2005, pp. 68-70.