domingo, septiembre 17, 2006

el poeta en su obra

No pensaba escribir nada sobre el artículo que hoy dedica El País a Ted Hughes, pero la generosa entrada de Álvaro Valverde en su blog me anima a ello (gracias, Álvaro). Que a un poeta no se le recuerde por su obra sino por los hechos más o menos pintorescos de su vida ya es cosa normal (véase, entre nosotros, el caso reciente y desdichado de Jaime Gil de Biedma). Que se aproveche su fama para escribir la biografía de sus allegados, y que esa biografía, a su vez, se emplee para arremeter contra el poeta mismo, es un ejemplo de circularidad perversa que descalifica de inmediato a quienes incurren en ella. Sobre este asunto (y, en concreto, sobre todos los quicios y zonas de sombra de esta mal llamada industria «biográfica» que ha crecido en torno a Hughes, Sylvia Plath y Assia Gutman) recomiendo un espléndido libro de Janet Malcolm, La mujer silenciosa, editado hace unos años entre nosotros por Gedisa. Para hablar de la vida de dos grandes poetas como fueron Hughes y Plath hace falta algo más que estrategias narrativas y perfiles psicológicos propios de una vulgar telenovela. ¿O es que nadie se ha dado cuenta aún, por poner un ejemplo, de que tanto Plath como Hughes (en Ariel y en Cartas de cumpleaños, libros bien conocidos) sólo dialogaron públicamente en el idioma de la poesía? Todo lo que se dijeron, todo lo que nosotros hemos escuchado como intrusos o espías que han pinchado una línea telefónica, existe únicamente en forma de poema por la sencilla razón de que para ellos la poesía era el género más alto, el dominio de la palabra en plenitud. Es también el espacio de una palabra ambigua y reticente que no se deja manipular por los demás y capaz, por tanto, de engendrar (y guardar celosamente) algún indicio de verdad.

Así que, en honor a esa palabra y a esa poesía, cuelgo aquí un viejo poema de Hughes, «Widdop», que publiqué en un viejo libro mío con el título de «Principio del páramo». Aquí está el mundo genésico y brutal de Hughes, que es también el paisaje donde creció y en el que, por cierto, está enterrada (bajo una lápida que ha sido profanada demasiadas veces) la propia Sylvia Plath:


Ted Hughes

PRINCIPIO DEL PÁRAMO

Donde no había nada
alguien dispuso un lago amedrentado

Donde no había nada
hombros de piedra
se abrieron para sostenerlo

De las estrellas vino un viento
descendió al agua olió el temblor

Con los ojos cerrados, con manos enlazadas
los árboles se ofrecieron al mundo

El brezo se encogió, asustado

Nada no hay nada
hasta que una gaviota

Rompe
escapa

De la nada a la nada:
un rasguño en la tela

Versión de J. D.