jueves, febrero 04, 2010

private eye


Si tuviera que reducir o dejar en un puñado mi catálogo de paisajes privados, me quedaría con media docena de imágenes modestas, casi vulgares, y desde luego incomprensibles para cualquiera que suela vincular estos recuerdos a una estética de tarjeta postal (como hizo, en el verano de hace dos años, un conocido diario madrileño): la calle Fernando el Santo en Gijón, con sus chalecitos de vigas cilíndricas y sus muretes encalados, por donde pasábamos una y otra vez para ir al colegio, y que moría en un amplio descampado de ortigas y varas de oro que ahora, veinticinco años más tarde, es suelo de urbanizaciones y avenidas relucientes; la arboleda de avellanos y laureles tiznados junto a una vía de tren abandonada, en Grandpont, la pequeña reserva de pájaros que había detrás de casa en Oxford; la quietud verde y ordenada de campus universitario de la calle Samaria, o la Avenida de Nazaret, en Madrid, bajo la luz anaranjada de una tarde de julio, mientras buscaba por buscar, casi por aburrimiento, algún cartel de «Se vende»… Estampas íntimas, medio alucinadas, que han quedado en el recuerdo como escaleras hacia el asombro: la sensación de algo que súbitamente se amplía y se retira, como haciendo sitio a un aire más intenso, más punzante. Un asombro retraído, lejos de toda noción de trascendencia, que no llama la atención y que se disipa tan pronto se intenta estudiarlo o incluso acercarse a él, como un animal asustadizo.

Durante un tiempo me inquietó no conocer su sentido, si es que lo tenía. ¿Cuál era su origen, qué circunstancias propiciaban su aparición? La curiosidad no ha remitido, aunque ahora matizada por una indiferencia paciente que se complace en el recuerdo, en contar y repasar las estampas que ha ido almacenando sin esfuerzo. Porque no hubo, no hay esfuerzo: se diría que este asombro, esta percepción casi pasiva de alerta y plenitud que regresa sin aviso, es un hilo que ensarta cada imagen como la cuenta de un collar. Hay una existencia ahí, o una forma de desligarse de ella para leerla de otro modo, desde la distancia o el ángulo abarcador de la perspectiva. Una alegría, también, como si por un momento las piezas del rompecabezas encajaran, como si pudiera respirar mejor, más anchamente. Un indicio de cumplimiento.

2 comentarios:

moderrunner dijo...

Maravilloso modo de contar, me ha gustado muchísimo. Gracias por poner en palabras, ciertas sensaciones que de tanto e tanto nos acompañan.

Alfredo J. Ramos dijo...

En mi opiniòn, todo es literatura. Los paisajes vibran en una parte especial del cerebro que los acoge por apego a las formas. De ahí nace una experiencia recuperable de armonía que nos asalta donde menos lo pensamos (y acaso más si lo pensamos menos). La recuperación verbal, la descripción evocadora, se "limita" a crear un paisaje paralelo: es preciso que en él estén vivas las palabras para que podamos reconocer el rastro de realidad del que creemos partir y para que sepamos encontrarlo. Es un misterio, sin embargo, que todo esto suceda como si nada y que solo rara vez nos demos cuenta.