jueves, junio 03, 2010

a tientas

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Hace algunas semanas, un diario madrileño publicó un extenso reportaje sobre el poeta inglés Ted Hughes en sus páginas de cultura. El motivo, la edición de dos importantes libros suyos en España. Además de documentarse de manera bastante exhaustiva, el periodista tuvo la cortesía de entrevistar telefónicamente a las dos o tres personas que hemos contribuido a difundir la poesía de Hughes en nuestro país: en mi caso, la conversación duró cerca de cuarenta minutos y cubrió casi todos los aspectos de su obra. Me quedé con esa impresión un poco desconcertante que siempre produce charlar con un reportero (vergüenza o al menos incomodidad con mi entusiasmo, perplejidad ante su paciencia), pero también con la esperanza de que el resultado final estuviera a la altura de las circunstancias, es decir, que comunicara siquiera un poco de la fuerza y la entraña de la poesía del autor de Cuervo. Pensé: bueno, al menos se ha tomado la molestia de escuchar con detalle; si así ha hablado con los demás, por fuerza tiene interés en el asunto y quiere huir de los lugares comunes y los latiguillos periodísticos que han arruinado aproximaciones anteriores.

Sobra decir que era una esperanza infundada, como lo son casi todas. Cuando al fin el artículo vio la luz, volví a sorprender todos los clichés de costumbre, todos los datos biográficos corrompidos por una mirada sensacionalista y vulgarizadora, todos los matices y gradaciones echados por el sumidero de la simplificación y el maniqueísmo. De mi conversación de cuarenta minutos quedaron sólo dos frases idiotas que rubricaban sin bochorno las opiniones del reportero, haciéndome pasar como testigo a su favor. Me consta que otro de los entrevistados tuvo la misma sensación, y eso que en su caso optó por contestar por escrito, para evitarse disgustos y procurar que el resultado final se ajustara lo más posible a su voluntad o sus deseos. De nada le sirvió; la funesta herramienta del entrecomillado condujo sus palabras precisamente al territorio que había querido soslayar en todo momento: el de las etiquetas y las definiciones escolares, el dominio de las taxonomías y las oposiciones sesgadas.

Toda esta queja introductoria puede parecer un poco pueril, y de hecho lo es. El error inicial fue precisamente hacerse ilusiones. Cualquiera que haya tenido un mínimo trato con la prensa (y, en concreto, la prensa cultural) sabe hasta qué punto su ley es la distorsión, la ligereza, la falta de sosiego o de cuidado. Pero hay algo más, algo que no depende de la necesaria brevedad o urgencia del género. El periodista tenía dos largas páginas a su disposición, dos páginas de letra apretada y esquinas espaciosas donde moverse con tranquilidad, y sin embargo volvió a incurrir en los vicios de costumbre, esa escritura de fórmulas sobadas y entonaciones de segunda mano que es el equivalente a hablar de oídas, a ciencia incierta, rodeando las cosas desde fuera.

Así se redactan, en realidad (el verbo no es casual), la mayor parte de los textos que leemos, incluyendo muchas novelas e incluso libros de poemas que pasan por literatura y que no son sino extensiones de esta misma escritura periodística que es un poco la maldición de nuestro tiempo: una escritura que procede a tientas, por aproximación, como quien siluetea un monigote con tijeras y va cortando aquí y allá hasta llegar a un parecido razonable (¿soportable?). Una escritura que habita en las afueras y que, por mucho que quiera entrañarse, por mucho que trate de acercarse a la médula de su asunto, es por naturaleza exterior, un tanteo que siempre se queda a las puertas, que no sabe nunca muy bien si se ha excedido o se ha quedado corto, si hay rebaba en el contorno por donde pasaron las tijeras. Una escritura, por último, que sólo construye las curvas a basa de múltiples líneas rectas enlazadas, que sólo es capaz de generar matices y detalles como suma de algo y su contrario, de pasos en una y otra dirección; todo en ella, en fin, es pleonasmo, pues se mueve por tanteo, corrigiéndose en el curso de su avance, haciendo la media de sus afirmaciones tajantes y mutuamente divergentes.

No pretendo negar la utilidad del periodismo ni impugnar su existencia. Sería absurdo, por lo demás. Pero sí quiero llamar la atención sobre el imperio casi absoluto de un tipo de escritura –una poética, en fin, por mucho que me irrite o me parezca equivocada– cuyos vicios y limitaciones hemos interiorizado hasta el punto, muchas veces, de no verlos, y que contribuyen de modo activo a la estrategia niveladora del mercado. Una escritura que, como la publicidad, opera con la urgencia del trilero, del que tiene algo que esconder y no quiere que descubramos su juego, su trampa. Nuestro mundo vive precisamente en el poco espacio abierto por estos discursos, velado por la sombra de sus impaciencias y sus simplificaciones. Vivimos tan metidos en ese velo, tan al cobijo de su sombra, que hemos dejado de advertirlo. Y nuestra sensibilidad, como nuestra reserva, se ha vuelto más roma. Es cierto que los encargos mundanos nos ayudan a sacarnos de la inercia y a poner la máquina de escribir en movimiento, pero me inquieta la frecuencia con que aceptamos salir de nosotros para hablar de cosas que nos incumben sólo a medias, o que no terminamos de hacer nuestras, o que cierta pericia retórica sabe envolver en juegos de ingenio y de palabras. Porque la escritura que reivindico o que me parece propia de nuestro oficio es precisamente lo contrario de este ejercicio de tanteo y ensayo. No procede desde fuera, sino que parte de un germen, una semilla, y la hace crecer y levantarse y fructificar hasta darle contorno y volumen precisos. Podemos calificar a esta escritura de poética, aunque su dominio es tanto el verso como la prosa, tanto el poema como la novela o el ensayo cuando están dictados por el deseo, la fatalidad, eso que mueve las palabras desde dentro y las empuja hasta engendrar algo, lo que sea, dueño de vida propia. Así también ese periodismo de investigación o de viaje movido por una curiosidad genuina y un respeto escrupuloso a los hechos –así como por una profunda conciencia de estilo–, donde la escritura periodística cambia de polaridad y cobra una vivacidad, una integridad orgánica, que la convierten en creación genuina, literatura. Aquí no hay aproximaciones, no hay rebabas ni virutas ni cortes fallidos o groseros, sino que el texto, como el «álamo» del que hablaba Juan Ramón Jiménez en La estación total, «termina bien en sí mismo». Esta identidad del ser consigo mismo no es la petrificación inmóvil de la muerte sino que remite a algo más profundo: la capacidad de la vida para encarnar o fructificar en seres plenos, colmados de sí mismos, de su sangre sonora.

Ésta es la escritura que siempre me ha interesado y sólo ella, a mi juicio, merece el nombre de poesía. En última instancia, da igual que esté escrita en verso o en prosa. Debe surgir de dentro, como un tallo de la tierra, olisqueando el aire, buscando siempre su más justo punto de expansión. Tal vez adivinar este perímetro justo, este contorno preciso, sea la tarea más difícil del escritor: escuchar las palabras, sus raíces y tendones y zarcillos, a fin de no castrarlas o de obligarlas, por el contrario, a crecer más de lo debido. Pero lo urgente, lo inexcusable, es no incurrir en esquematismos, en polaridades maniqueas que borren o suprimen las sutilezas, el placer de moverse por los grises del pensamiento. Un placer que no excluye la incertidumbre o la ansiedad, por supuesto, pero sin el cual parece muy difícil escribir nada que nos exceda, nada que nos mejore o nos tome por sorpresa.
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13 comentarios:

lolita lagarto dijo...

Un acierto todo este escrito.

A veces temo que al usarse las palabras tantas veces de modo banal, por llamarlo de algún modo, el sentido de la propia palabra se pierde, deja de corresponderse con su sentido original, pierde matices y cerca o encierra escrituras que luchan por poder ser.

José Antonio Fernández dijo...

Ese es el problema, que hay palabras que no están preparadas para según que oidos, o hay oidos que sólo quieren escuchar ciertas palabras.
Saludos.

azul dijo...

Muchas verdades y muy atinadas, en la forma y en el fondo. Da gusto leer palabras como las tuyas, que no están manidas, que fluyen desde dentro y que reflejan una verdad. Un fuerte abrazo.

Los viajes que no hice dijo...

No todos somos iguales, Jordi.
No todos.
O lo intentamos, al menos.

Jordi Doce dijo...

Por dios, viajes, nadie está señalando con el dedo. No hay que tomarse estas cosas personalmente. Son reflexiones de corte general, en respuesta a estímulos que no dejan de llegarme por uno y otro lado. Ya digo, en mi entrada, que hay periodistas que tratan de escribir desde dentro, desde la entraña. Y nadie está libre de culpa: también yo, empujado por encargos que habría sido mejor rechazar, he escrito alguna vez textos insulsos, exteriores. Abrazo, J12

Mario Domínguez Parra dijo...

Jordi, no sé si te refieres al artículo de Peio H. Riaño en Público, del 22 de marzo, en el que te citan. En el de Elsa Fernández-Santos del 17 de mayo, no veo que te citen ("El último perdón a Ted Hughes", que suena a título de película de Hollywood que nada tiene que ver con el original).

El último que he leído sobre Hughes es el de Jaime Siles en ABCD, que me pareció, aunque demasiado breve, muy interesante para abrir el apetito. Gaudete es un libro que hace mucho que quiero leer. Los dos anteriores caen en la historia de Plath y Wevill (que, siendo algo terrible, sería conveniente mencionar en este contexto si tiene que ver con las obras poéticas mencionadas), sin hacer suficiente hincapié en la grandeza de Hughes como poeta. El o la gran poeta (hablamos de creadores-as en general) no tiene porqué ser una buena persona, y se puede amar la obra de un o una poeta aunque haya cometido actos deleznables (Pound es el caso que me viene a la cabeza ahora).

Los viajes que no hice dijo...

No, no: era sólo una reflexión. Tu texto me ha hecho pensar sobre el lenguaje que usamos. No sobre el lenguaje que se usa en las noticias de cultura, sino en el resto: en qué concepción del mundo transmitimos. Y por qué. Y cómo lo hacemos sin darnos cuenta.

Recuerdo las informaciones sobre Haití, sobre Chile y sobre Nueva Orléans. No había día en que no se hablara de saqueos. Sobre todo, en Nueva Orléans: cuando las de Chile y Haití, yo preferí no leer casi nada, porque me daba asco. Saqueos, cuando la gente no tiene qué comer, porque la ayuda no llega, porque la comida va a pudrirse. Era más importante la propiedad privada que comer.

Supongo que con los textos culturales pasa lo mismo. Yo entrevisto a cantidad de autores a los que no he leído (no me da tiempo a leerme dos libros al día) y a los que, posiblemente, además, no voy a leer, porque sólo leo a gente muerta últimamente, a gente que murió hace mucho tiempo.

En los textos periodísticos (no así en la radio, menos mal) existe la figura del gancho. En la televisión se llama cebo. El gancho es lo que atrae la atención de la gente. Que un escritor fue un hijo de puta, que traficó con armas, que violó a su madre, que estuvo en un psiquiátrico. Y sobre eso ya se construye todo.

A mí me gusta mucho Dickens, por ejemplo. He leído muchos de sus libros. No creo que supiera qué preguntarle. Si acaso, cómo lo hace para sobrecogerme y para admirarme. Pero supongo que un periodista (cultural, o de otro tipo) sólo le preguntaría por sus hijos, por cómo afrontó la muerte de sus hijos y las penurias de su familia.

Y esto me está recordando a una charla con Tomás Segovia. Me comentó que todos le preguntaban por el exilio, pero que a él le había marcado mucho más tener un hijo.

Me pareció hermoso.

(Ya sé que esto no tiene mucho que ver con lo que has escrito, pero estoy inconexa: me rompieron en dos hace un par de días y no doy mucho de mí).

Un abrazo grande.

J. C. Gea dijo...

Naturalmente, y aunque no haya nada personal en esto, me toca muy profundamente lo que dices. En primer plano unos días, como ruido de fondo otros; pero el miedo -un miedo de conciencia, ético y a menudo también político- a caer en lo que con toda justicia denuncias forma parte de mi vida, mucho más allá de las servidumbres de la profesión. Una profesión que, como bien sabes, encuentro con frecuencia aborrecible por su banalidad, su afán de simplificación, su trapacería y su soberbia a la hora de decretar qué interesa o no al lector medio, cuando no su malicia manipuladora, su hipocresía o, abiertamente, su irresponsabilidad moral, que roza e incluso alcanza lo delictivo todos los días.

Creo que por lo dicho queda claro que no me mueve ningún prurito ni personal ni corporativo. Tienes razon, y punto. Pero, con todo y con eso (y espero que no se tome como un jeremíaco pliego de descargo: es una mera descripción), lo cierto es que, hoy por hoy, no hay muchas opciones para trabajar de otro modo en la prensa de este país: presionados, estajanovistas, desbordados, imposibilitados para aplicar un mínimo de rigor a lo que hacemos; y además vulnerables, desorganizados profesionalmente, mal dirigidos y aún peor pagados... Los periodistas no lo tenemos -no lo tienen, en realidad, yo soy casi un intruso en el gremio- demasiado fácil para hacer un trabajo que cumpla los mínimos que exige el propio código deontológico; así que imagínate para escribir con esa autenticidad, sensibilidad y tiento que reclamas, con toda la legitimidad que te da tu trabajo y tu demostrado amor por las palabras.

Y la cosa va a peor. El tempor a la competencia digital y las perspectivas de bajón en el negocio tienen a las empresas periodísticas bajo estado de pánico. Las palabras van a ser las víctimas... pero solo las primeras.

Lamento el mal trago. Abrazos, amigo.

Jordi Doce dijo...

Hola de nuevo a todos:

Dudé mucho antes de publicar este texto (fue escrito hace algunas semanas), y la respuesta que ha tenido me lleva a pensar que hacía bien en dudar. Sospecho que no me explicado bien y tampoco quisiera haber ofendido la integridad profesionalidad de algunos lectores de esta bitácora, lo que incluye algún buen y admirado amigo como Juan Carlos Gea.

Creo que en el fondo todos compartimos la misma visión, y quizá mi error de partida ha sido no engarzar el argumento del texto a mi propia biografía. Si hubiera sido más egotista se me habría entendido mejor. Porque yo también he sido periodista, digamos, o al menos he trabajado durante tres años en una revista cultural donde se exigía, o era necesaria, una escritura de corte periodístico, informativa, llena de punch. Y luego he dado a la imprenta, lo reconozco, textos o entrevistas que caen por entero en lo que yo llamo periodismo cultural. Y no lo lamento en absoluto. Fue un aprendizaje estupendo. Me dio soltura, capacidad de reacción y agilidad, para responder a las circunstancias tanto como para contarlas. Y me enseñó a quitar un poco de solemnidad a la escritura, a no creer que todas nuestras palabras son sacrosantas. Supongo que es una experiencia que todos los estudiantes de filología o académicos que luego hemos pasado por el periodismo cultural compartimos y agradecemos. Cuando me encuentro con poetas muy pagados de sí mismos que entienden que tocarles una coma o arreglar su sintaxis es poco menos que una violación espiritual, no puedo sino sonreírme por dentro.

(Bien es verdad que, en contrapartida, hubo un momento en que ese tipo de escritura comenzó a aburrirme e incluso a cansarme. Se trataba de una destreza artesanal que en sí no aseguraba nada excepto cierta productividad, una provisión constante de textos con destino a la imprenta. Y mi problema es que si tengo la sensación de haberle pillado el truco a algo, pierdo interés en ese algo.)

Ya digo en el texto que no pretendo impugnar ni censurar la poética periodística. Sería absurdo, por lo demás. El periodismo bien hecho es necesario, indispensable (no podría vivir sin periódicos, soy un lector ávido de noticias y columnas de opinión), y quizá planteé mal la cuestión al tomar como ejemplo un caso de periodismo mediocre. Lo que denuncio, quizá, o al menos describo con cierta irritación, es la omnipresencia de esta poética en casi todos los géneros literarios. La omnipresencia de una forma de escribir que es perfectamente legítimo en su género, y en el contexto en que debe aparecer, pero que se ha extendido a otros géneros, dando lugar a novelas, ensayos sociológicos o incluso libros de poemas escritos desde presupuestos tayloristas o customizados, por emplear ese neologismo que tanto gusta últimamente: todo a gusto del consumidor, para ilustrar y deleitar. Bien, es una opción legítima. Pero me irrita que deba ser, por fuerza, la única opción. O que se nos diga que debe ser la única.

Releyendo el comienzo de mi texto, veo que, efectivamente, doy por supuesto que todo periodismo cultural es necesariamente romo y simplista. Y esto no es así. Las generalizaciones son siempre falsas. Hay excepciones, y Juan Carlos Gea, por ejemplo, es una de ellas: pero es que Juan Carlos es poeta y además ya no oficia de periodista, lo que no sé si interpretar como síntoma, en línea con el final de su comentario. Creo que es particularmente difícil hacer periodismo sobre asuntos, como la cultura, que exigen cuidar con celo redoblado el matiz, la ambigüedad, el respeto a las ideas y sus infinitas gradaciones. Y que a menudo muchos periodistas, como muchos escritores, no son conscientes de la responsabilidad que tienen.

Por lo demás, estoy totalmente de acuerdo con las ideas de "viajes" y de Juan Carlos. Estamos condenados a vivir en la contradicción, pero al menos somos capaces de verlo. Por ahí se empieza.

Y dejo aquí el sermón. Buen fin de semana a todos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Qué interesante debate, Jordi, pero también qué aburrido, recurrente y quizá desenfocado. El mero hecho de que puntualices tus propias y sensatas a la vez que apasionadas palabras con frases como ésta: «no pretendo impugnar ni censurar la poética periodística», da pie a imaginar cómo podrían ser recibidas en la asamblea general de la tribu y del gremio, qué guiños y visajes no arrancarían de ciertos rostros, qué espasmos no provocarían en otros o qué bobaliconas sonrisas no dibujarían, en fin, en unos terceros, mientras al fondo de la asamblea, en mitad de la timba diaria (algo así como la escena aquella de Primera plana), los menos dados a pensar seguirían cabalgando a lomos de sus tics de supervivencia. Quiero decir que tu reflexión me parece que cae muy por encima de la media que acredita la realidad profesional del país; y en buena parte de su desarrollo es, sin más, incomprensible; no, claro, porque no sea lúcida y no esté bien expresada, sino porque su discurso sobrenada la audiencia. Pero, aunque me contradiga con lo anterior y en el fondo considere que no sirven de mucho, me parecen bien estos aldabonazos. Sirven para no perder de vista algunas exigencias que deben ser irrenunciables por muy improbable que sea su generalización. Fíjate si serán oportunas tus palabras que ahora mismo, mientras escribo, Gallardón está diciendo por la radio que Madrid es «una máquina de producir cultura».

Políticos, periodistas culturales, poetas sedicentes y otras gentes del hampa que es este mundo, tienen (tenemos) en común que un día hemos de morir. Y eso, amigo, sí que imprime carácter.

Anónimo dijo...

He querido publicar algo como esto en mi sitio web y esto me dio una idea. Saludos.

Anónimo dijo...

hola, Chicos, Este fue un buen artículo para leer, gracias por compartirlo.

Anónimo dijo...

Lo que es un buen puesto . Me gusta mucho la lectura de estos tipos o artículos. Yo no puedo esperar a ver lo que otros tienen que decir .