martes, abril 19, 2011

charles simic / 5 poemas en prosa

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El mundo no se acaba esta Semana Santa, aunque nadie lo diría por la ansiedad con que esperamos estas brevísimas vacaciones. Cuatro días que saben a gloria después de un largo y muy trabajoso trimestre. También esta bitácora se toma un descanso hasta el lunes que viene. Entretanto, os dejo con cinco poemas (salen a uno por día, por si queréis racionarlos) de, esta vez sí, El mundo no se acaba [The World Doesn’t End], el libro de poemas en prosa con que el poeta norteamericano Charles Simic obtuvo el Premio Pulitzer en 1990. Espero que os gusten. Y descansad cuanto podáis, que mayo y junio se presentan peleones.





Soy el último soldado napoleónico. Han pasado casi doscientos años y no he dejado de batirme en retirada desde que dejé Moscú. A ambos lados del camino se alinean abedules blancos, y el barro me llega hasta las rodillas. La mujer tuerta quiere venderme una gallina, y ni siquiera tengo con qué vestirme.

Los alemanes van en una dirección; yo, en la contraria. Los rusos avanzan por un tercer camino mientras se despiden. Tengo un sable de gala. Lo uso para cortarme el pelo, que tiene metro y medio de largo.





Fui secuestrado por los gitanos. Mis padres me rescataron. Luego los gitanos volvieron a secuestrarme. Esto duró un tiempo. Un minuto estaba en la caravana, mamando del oscuro pezón de mi nueva madre, y al siguiente estaba en un extremo de la mesa del comedor, dando cuenta de mi desayuno con una cuchara de plata.

Era el primer día de la primavera. Uno de mis dos padres cantaba en la bañera; el otro pintaba un gorrión vivo con los colores de un pájaro tropical.





Es una tienda especializada en porcelana antigua. Ella se pasea de un lado a otro con un dedo en los labios. ¡Chist! Hay que guardar silencio al pasar junto a las tazas de té. Ni un suspiro cerca de los azucareros. Una mota de polvo diminuta se ha posado en un platillo tan fino como una oblea. Ella deja escapar un «oh» de su boca de mochuelo. En los pies lleva zapatillas blandas y almohadilladas alrededor de las cuales corretean los ratones.





Ella me alisa suavemente con una plancha de vapor caliente, o desliza su mano en mi interior como si fuera un calcetín que necesita un zurcido. El hilo que usa es como el flujo de mi sangre, pero la punta del alfiler es claramente suya.

«Te vas a arruinar los ojos con tan poca luz, Henrietta», le avisa su madre. ¡Y tiene razón! Nunca desde que empezó el mundo ha habido tan poca luz. Nuestras tardes de invierno tienen fama de haber durado a veces cientos de años.





Éramos tan pobres que tuve que hacer de cebo en la ratonera. A solas en el sótano, podía oírles caminar por el piso o dar vueltas en la cama. «Vivimos malos tiempos, tiempos oscuros», me dijo el ratón mientras mordisqueaba mi oreja. Pasaron los años. Mi madre llevaba puesto un cuello de piel de gato, que acariciaba hasta que las chispas alumbraban el sótano.


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5 comentarios:

Índigo dijo...

El mundo no termina pero a veces el cansancio parece terminarlo todo. Aún así, el mundo sigue y nosotros también... Y después de mayo y junio, llegará julio y las ansiadas y prolongadas vacaciones.

Claudia Hernández dijo...

Guao, qué maravilla. No conocía este autor, me ha puesto los pelos de punta, de pura emoción.
Bien comenzar el día con poemas como estos-
saludos

nuria dijo...

fantástico simic. ponerle voz a la voz interior que una escucha cuando le lee, fue algo cercano a lo extrasensorial

mm dijo...

Esplándidos poema, sí señor.
Manuel Moya

MHM dijo...

Magnífico, el poema de Simic. El primero: "soy el último de los soldados napoleónicos...". Gracias por estos regalos