martes, enero 15, 2019

traum


En el sueño, el niño estaba muerto. Un bebé apenas, de tres o cuatro meses. Alguien lo había dejado en aquel piso, no había sabido cuidarlo y ahora el niño llegaba a mí muerto. No sé por qué ni cómo. Sólo recuerdo el rostro céreo, los ojos redondos y abiertos, como de muñeca.

Sentí de inmediato que debía arroparlo, vestirlo a su manera, y me fui a un rincón, extendí una sábana y me puse a doblarla, envolviendo su cuerpecito con cuidado, amorosamente. Entonces el niño despertó, empezó a canturrear y a sonreírme. Por alguna razón había revivido y me miraba, diáfano, como si nada hubiera pasado.

Fui a avisar a M. y a partir de ahí el sueño se fue enredando, aunque siempre volvía, por alguna razón, a un primer plano del niño muerto y, acto seguido, a una visión de sus ojos risueños, las burbujas de saliva en los labios que hablaban por hablar.

Me desperté con angustia, sobresaltado, y sin embargo me daba cuenta, en ese mismo instante, de que era un sueño afirmativo, de resurrección. El niño había revivido gracias a mi sencillo gesto de arroparlo, pero ese despertar suyo me aliviaba y me dolía a la vez, impidiéndome regresar al sueño. Cerraba los ojos y el alivio –la alegría– se mezclaba con el miedo a lo que había pasado… y lo que podía pasar. Pero el niño seguía canturreando. Entonces volví a dormirme.

1 comentario:

Indigo Horizonte dijo...

Arropado el niño, vuelve el sueño. Y el canto.