martes, marzo 17, 2020

cuaderno del encierro / 3

martes, 17 de marzo

Veo que algunos colegas no pierden la ocasión de darse pisto. Ahora, en las redes sociales, hay quien ofrece «libremente», como favor a posibles lectores, su libro de poemas o de cuentos en PDF. Una manera como cualquier otra de agitar sus plumas de pavo real, pero con apariencia de gesto caritativo. O al reino de los cielos por la autopromoción. Uno incluso se ofrece a crear una tertulia on-line para comentar y debatir su novela. Bien. Si la tontería fuera un virus, estábamos apañados.


La cara de José Luis es un poema, como suele decirse, y no es para menos. Le han descontado 450 euros de la nómina por reducción de jornada. Y, en efecto, su jornada se ha visto reducida: solo tiene que venir por la mañana a limpiar la escalera y el portal… y a media tarde a recoger la basura. Para ello tendrá que hacer dos viajes al día desde Móstoles. Es verdad que tampoco podría quedarse a comer por la zona, como solía, porque todos los bares han cerrado. Pero resulta deprimente la falta de imaginación de sus jefes, el recurso fácil de hacerlo apechugar con las consecuencias. No hay eslabones débiles, que también, sino conciencias mal adiestradas.


Me he abrigado –jersey de invierno y bufanda– y he salido al balcón: tarde desapacible, con rachas de aire frío, nubes rápidas y algún chubasco. De pronto, un golpe de viento ha levantado una polvareda verdosa de los pinos y la ha esparcido por toda la calle. No ha llegado al balcón por muy poco. Sé bien que el polen de pino no suele producir alergia –es demasiado grande y pesado para poder aspirarse–, pero esta nube me ha parecido un exceso; una descortesía de la naturaleza. No están los ánimos para (más) sobresaltos.
El efecto visual, eso sí, ha sido muy llamativo.


Autobuses vacíos, taxistas con mascarilla. Abundan las motos y las furgonetas de reparto. Tienen la vía despejada, nada se interpone en su camino, y sin embargo parece que van más lentos o tranquilos que de costumbre, con un respeto casi supersticioso por los semáforos y las señales de circulación. Lo justo para no despertar la ira de nadie, y menos de los dioses.


Sospecho que estas semanas de encierro terminarán pareciendo un sueño. Un sueño pesado, molesto, como de siesta echada a perder. Los días se irán haciendo una pasta de la que iremos emergiendo con esfuerzo, limpiándonos el engrudo del tedio y las rutinas de interior. Gastaremos una dosis valiosa de nuestra energía en imponernos trabajos forzados que ordenen o dosifiquen el paso del tiempo. Tendrán un éxito moderado, o eso creo. Pero sería necio descuidarlos. Así también dosifican nuestros gobernantes las novedades: ayer, cierre de fronteras; hoy, intervención de unidades militares para regular el flujo de pasajeros en las estaciones; mañana, por lo que llevo oído, el cierre del tráfico aéreo. Entretanto, cada uno en su cubil, vamos arañando nuestro palmo de tierra y haciendo más cómoda y holgada la celda que nos corresponde. Toca hibernar en pleno comienzo de la primavera.

1 comentario:

ÍndigoHorizonte dijo...

Este cuaderno te va a dar mucha tela que cortar: de la crítica a la sutileza. Principio duro, desarrollo aún más duro, final intenso. Y el conjunto, como siempre, certero.

Abrazo y fuerza, Jordi.