martes, marzo 17, 2009

squirrel

Llevo ocho años frecuentando regularmente el Retiro, pero jamás había visto una ardilla en el recinto del parque. Esta mañana, camino del trabajo, se me ha cruzado una muy cerca del estanque: visiblemente roja, más corpulenta y de cola más espesa que las grises que recuerdo de los parques ingleses. Ha salido de detrás de un banco, apenas a unos metros de mí, y se ha puesto a correr con saltos inquietos sobre la explanada de tierra amarillenta que rodea la fuente-escultura de Ramón y Cajal (un peculiar friso modernista en el que casi nadie repara, por lo demás); no ha tardado en encaramarse a un tronco y quedarse allí subida, arrimada a la corteza, estirando la cabeza hacia la copa donde las ramas ya han echado sus primeros brotes.

La sorpresa ha sido grande. No sabía que hubiera ardillas rojas en el Retiro. Acostumbrado a la abundancia y la sociabilidad de las ardillas inglesas, que venían a comer literalmente de nuestra mano, se me hace raro no haberlas visto hasta hoy mismo. ¿Me habré perdido algo? Supongo que el calor y la llegada de la primavera la han vuelto menos cauta o precavida, animándola a salir de su refugio habitual. Así al menos me lo ha parecido esta mañana: disfrutando del regalo de una correría algo alocada, libre por unos instantes de su instinto de conservación. Supongo que es lo propio después de un largo invierno sometida a la oscuridad y el frío (aunque no es animal que suela hibernar, por lo que sé). Su aparición, ya digo, me ha recordado su omnipresencia en los parques ingleses, donde al final, de tan insistentes, ni les hacíamos caso. Bajo el sol afilado de una mañana de marzo en la que todavía se adivinaba el punzón del invierno, su viveza era contagiosa y conmovedora: una pequeña bola de fuego que crujía y crepitaba sobre la tierra seca. Me ha recordado al enigmático firecat del poema de Wallace Stevens: «El gato de fuego saltaba / hacia la derecha, hacia la izquierda, / y / se erizaba en su camino». Y, como los ciervos del poema, yo también me he apartado un largo rato de mi camino, dejándome contagiar por su inacción eléctrica, su mezcla de cautela y súbita urgencia.


5 comentarios:

Al59 dijo...

Lindo disco, por cierto, el de la viñeta. De los mejores de Phillips (que, a decir verdad, se 'publica completo' con demasiada alegría).

Óscar Santos Payán dijo...

Estoy de vuelta en tu casa dándote gracias por tu comentario. Ya me he empapado de las lecturas retrasadas. La última preciosa y precisa. Un abrazo

Jordi Doce dijo...

Gracias, Óscar. Me alegra mucho saberte de vuelta--ojalá todo recupere cierta normalidad...

Hola, Alejandro, encantado de verte por aquí. No son muchos los que podrían pillar la referencia... De Phillips hay un precioso disco, muy reciente, de guitarra acústica--"Field Day". Lo disfrutarás. Abrazo, j12

Esther dijo...

Me parece que las ardillas del Retiro están algo escamadas con los humanos madrileños. Hace unos años todavía se atrevían a acercarse y a comer de la mano -o de la tartera-. Si te abstraías leyendo y no te movías pendiente de tu lectura, lo más probable era que alguna quisiera dar buena cuenta de tu ensalada... y merodeara alrededor tuyo, pero eso era antes... las ardillas de hoy han cambiado mucho... pero que las pregunten, que verás cuánto saben...

Jordi Doce dijo...

Pues sí, Esther, sin duda están escamadas con los madrileños, porque sigo sin verlas habitualmente. Lo del otro día fue, literalmente, una aparición. Saludos, J12