domingo, diciembre 13, 2009

cielo cerrado

Arrecian el frío y las heladas nocturnas y pienso en F. este comienzo de invierno. Hace tres días que no lo veo en su puesto. Tal vez se haya ido al túnel de Pío Baroja, donde puede resguardarse de las rachas de viento. Tal vez haya recalado temporalmente en un albergue. Ha ocurrido otras veces. Regresa afeitado y aseado, con la ropa de siempre lavada o al menos desprendida unas horas de su carne.

Llegó hace cuatro inviernos y se instaló en mitad del bulevar, en el mismo banco donde suele sentarse ahora, debajo de una hilera de acacias que recorren la calle de un extremo a otro y la convierten parcialmente en una extensión del parque.

Cuando apareció vestía ropa deportiva, tenía la cara limpia y afeitada, maneras tímidas de recién llegado; se veía a las claras que la calle era nueva para él, que no había tenido tiempo aún de asimilar su caída. Como mucho, un rastro de hollín en los pantalones, una nube de descuido flotando vagamente en su expresión, delataban que había dormido a la intemperie aquella noche. Apareció y tomó asiento en el banco con una lata de cerveza en la mano; no la ha soltado desde entonces. Cuatro años, cuatro largos inviernos con sus cuatro veranos le hemos visto degradarse lentamente, perder sus facciones originales hasta convertirse en un sin techo más, envuelto en el anonimato de una barba descuidada y unas ropas gruesas que, sin ser andrajos, tienen el color indescriptible de lo que ha olvidado su origen. Un hombre educado, cortés, que muchos días me pregunta de usted la hora o me pide con voz ronca un pitillo. Un día me acerqué a él para oírle mejor y quedé sobrecogido por la telaraña encarnada de sus ojos vidriosos, inyectados en sangre. La piel del rostro se le ha oscurecido y acartonado, enturbiada por el alcohol y la intemperie, cubierta por la mugre y su barba de mujik taciturno.

Desde hace dos años acepta compañeros de desgracia. Al principio tuvo a su lado a un hombre alto y anguloso, de expresión torva, al que llamaba una y otra vez la atención por su comportamiento agresivo. Sus discusiones se oían a través de las ventanas y perturbaban las noches del barrio. Otros, más fugaces o menos memorables, han ocupado el lugar de aquel primer compañero, pero no por mucho tiempo. Parece un hombre orgulloso, empeñado en hacer valer su evidente superioridad con gestos de una cortesía que no puedo calificar sino de didáctica. Así se hace, parece estar diciendo, la gente no tiene por qué aguantar tus groserías. (Esto no le impide orinar contra las acacias cuando hay ocasión, o cruzar la calle con paso chulesco, como apartando los coches que discurren a su lado.) Ha conseguido incluso que algunos vecinos le hagan compañía de vez en cuando, escuchando con paciencia sus peroratas entrecortadas, asintiendo cuando él remacha con aire ausente una certeza incuestionable. Confieso mi incapacidad para sumarme a ellos. A lo más que he llegado, fuera de la consabida limosna, es a comprar un paquete de tabaco para poder darle un pitillo cuando me lo pide. Sólo así, bajo el disfraz del trueque, me permito una cercanía incómoda. Él también desconfía, huele mi repugnancia y la resiente sin disimulo; su habitual suspicacia se convierte aquí en lucidez.

Miro por la ventana. F. sigue sin aparecer. Ahora es un perro el que orina en el tronco que hay junto al supermercado, quizás animado por rastros anteriores. Un poco más allá, en un banco cercano, un grupo de muchachos combate el frío bebiendo alcohol en vasos de plástico. Parecen eslavos, tal vez polacos, los mismos que suelen frecuentar el locutorio de la esquina. Ha empezado a cerrarse el cielo, nubes que oscurecen la acera y las ramas harapientas de las acacias. Por su bien, espero que regrese mañana.