Leo el libro de un contemporáneo tenido por cordial
y accesible, y me doy cuenta de que apenas comprendo la mitad de los poemas,
que sin embargo hablan de sucesos y escenas cotidianas y hasta banales. Es como
si tuviera miedo de llamar a las cosas por su nombre pero tampoco se decidiera
a llamarlas por un nombre de su propiedad. Su apocamiento me sorprende y me impacienta, como quien se ofrece tibiamente a invitar, y aventura incluso una mano en el
bolsillo, a sabiendas de que será otro –mira que no seas tú– quien pague la nota.
no se puede decir que es un genocidio
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Francesca Fornario nos sitúa frente a un espejo terrible. “Los soldados
israelíes han orinado en las cunas, han defecado en las ollas, han quemado
los libr...
Hace 1 hora


2 comentarios:
Estupenda entrada... En cuanto a ese contemporáneo, se me ocurren unos cuantos candidatos (pero yo tampoco diré ningún nombre).
Gracias, José Luis. Ya sabes, se dice el pecado pero no el pecador... Supongo que lo que me interesa es el síntoma, sus efectos...
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