jueves, marzo 24, 2022

a este lado del paraíso

 


 

María Victoria Atencia, Una luz imprevista. Poesía completa, ed. Rocío Badía Fumaz, Madrid, Cátedra, 2021, 562 págs.

 

 

A lo largo de todas sus diversas etapas, la poesía de María Victoria Atencia (Málaga, 1931) se mantiene admirablemente leal a un puñado de obsesiones y estrategias compositivas. Después del hiato de quince años que sigue a la aparición de sus primeros libros –en especial Arte y parte, publicado en Adonais en 1961–, que revisten de factura clásica el dibujo de una educación más sensitiva que sentimental, la publicación de Marta & María en 1976 establece las constantes de su mundo: elipsis, brevedad, reticencia emocional y preciosismo expresivo; pero también los estímulos del viaje y del arte, el diálogo sostenido con los objetos y las presencias cotidianas, la lección de equilibrio del mundo natural, las iluminaciones del sueño… También algo más, que confiere a esta poesía su coloración afectiva: el latido del tiempo, su espesor, sus pérdidas, que es también la capacidad de la autora para reconocerlas y asumir el rasgón –el hueco– que abren en el tejido de la existencia.

 

Una luz imprevista. Poesía completa recoge más de sesenta años de escritura, precedida por un estudio minucioso de Rocío Badía Fumaz que nos da sus claves y sigue muy de cerca su desarrollo. Inscrita por edad en la llamada generación del 50, es evidente que Atencia se siente más cómoda dialogando con ciertas vetas de la poesía novísima –cercanas al barroco y el modernismo españoles y a su gravitación sobre el grupo Cántico– y también con los poetas de los ochenta y posteriores que han asumido de manera natural, sin estridencias, la lección del culturalismo. El lugar literalmente excéntrico que ocupa (al que contribuye su gusto por las ediciones artesanales, casi invisibles) la ha convertido en una presencia seductora cuyo magisterio se renueva porque no es impuesto ni llama la atención sobre sí. Le basta con el poder irradiante de su palabra.

 

Dije antes modernismo, y es verdad que la omnipresencia del alejandrino en los poemarios de la década de 1970 –asociado a una estructura bimembre de dos sextetos–, que ha seguido siendo el metro preferido de Atencia, ha llevado a algunos críticos a poner el énfasis en la hechura y el acabado clásicos de sus poemas; en su elegancia, en suma. Pero más determinante que el metro –que en ella nunca ha sido una horma mecánica– es la sutileza del decir, la capacidad de la sintaxis para tomar el hilo de la frase y extenderla barrocamente, sometiéndola al ir y venir del pensamiento. Son numerosos los poemas que se componen de una sola frase que se desovilla verso a verso, apoyándose en encabalgamientos, subordinadas, repeticiones (de estructuras, de palabras, de sonidos incluso). Y esta diástole sintáctica convive con la sístole de versos rotundos, memorables y sonoros como aforismos: «una lágrima puede / comprometer el curso de las constelaciones»; «los arrebatos tienen sus regresos de frío»; «como si yo estuviera aún muerta de ti».

 

Todo un libro, El puente (1992), dedica María Victoria Atencia a la ciudad de Praga, en el que se incluye un homenaje al poeta Holan y su traductora española, la poeta Clara Janés. Pero otro río, el Tormes, comparece desde «el pretil romano» en un emocionante poema que habla, como al sesgo, de las injurias del tiempo: «El río, / herido en su mitad, proseguía ignorándonos».

 

Tan crucial como lo que se dice es aquí lo que se oculta, lo que se escamotea, en un ejercicio de condensación que ha ido haciéndose más hondo y esencial con los años. Significativo es el diálogo constante con el arte, en poemas que van más allá de la écfrasis y remiten a la vida, como lo hacen los poemas surgidos del viaje y el trato con ciudades (europeas casi siempre: Praga, Londres, Salamanca, Venecia). En todo caso, las texturas del mundo son la espuela de un impulso introspectivo que nunca se muestra complaciente ni enfático. Muy al contrario: los versos finales de muchos poemas son como una puerta abierta tras la cual la sentimos escabullirse, sabia y serena, la confirmación de su amor por el misterio y el secreto. Un secreto, el de su poesía, que este libro nos acerca en toda su singular belleza.

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 11 de marzo de 2022.

 

 



domingo, marzo 20, 2022

ensayos sobre el simio parlante


 

 

Sandra Santana, La parte blanda, Valencia, Pre-Textos, 2022, 58 págs.

 

 

Ensayista, profesora universitaria y traductora –de la poesía de Karl Kraus y Peter Handke, entre otros–, Sandra Santana (Madrid, 1978) tiene a su nombre una breve pero exigente obra poética. Ocho años después de Y ¡pum! un tiro al pajarito llega este nuevo libro, La parte blanda, que cabe leer como un solo poema extenso. Y es que sus 35 «piezas», la mayoría de corta extensión, configuran un todo unitario que se ordena según criterios no sólo rítmicos y tonales, sino también conceptuales.

 

La voluntad teórica del libro se manifiesta muy pronto, desde la cita inicial de Roland Barthes. «La parte blanda» es, en efecto, la lengua, «molusco sin concha», «animal [que] / que despierta en la guarida / de la boca», y Barthes contrapone esa «lengua visceral» al «habla civilizada», aquella que necesita la articulación de lengua y dientes, la corrección del hueso, la parte dura. Surge así la palabra, el signo que denota la cosa y la suplanta, forzando un desplazamiento. Surge también una asepsia que nos vuelve ciegos a nuestra propia condición animal, los deseos y compulsiones que nos atraviesan sin apenas darnos cuenta. Todo el libro viene a explorar esta suplantación, esta ceguera, con una escritura sobria, pegada a su trama, que fluye sin estorbos y distribuye con astucia las repeticiones, los encabalgamientos, las elipsis: «Porque si el brazo / sacude violento / la correa, la correa / también tira fuerte. Es, / en definitiva, su propia rabia / el animal / que muerde al dueño».

 

Y todo el libro, por lo mismo, está escrito en una voz que interpela a un «vosotros» que es el lector, que somos todos: «Lo habéis visto», «os pensáis libres», «así aprendisteis»… Es una voz, una lengua, que nos habla desde el arriba del tiempo y parece juzgarnos sin impaciencia, con piedad. También con tristeza objetiva, la que merecemos.

 

El libro sabe que nuestra fragilidad de «especie desprotegida» es indisociable del don para referir lo que no está, decir mañana o mentir. Lo sabe y lo expone con una escritura que no agota sus sentidos e invita, más que nunca, a la relectura.

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 25 de febrero de 2022.

 




viernes, marzo 11, 2022

palabras para decir el vértigo

  

 


 

José Luis Gómez Toré, El territorio blanco, Sevilla, La Isla de Siltolá, 2022, 96 págs.

 

 

La de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) es una de las voces más radicalmente líricas de nuestra poesía. Su delicadeza, que no fragilidad, oscila entre el ancla de un ritmo sereno, austero, asociado a la pérdida («para quién tocas, corazón, / tu tambor de ceniza»), y el afán de vuelo, de ingravidez: «piedra, sé ala, / una puerta en el aire». En sus momentos más altos, esta poesía logra algo tan difícil como rebajar el peso de las palabras y hacer más llevadera su carga de sentido, de vida padecida, de memoria. Lo dice a las claras en «Zúrich»: «si todavía hablamos, / si escribimos en una lengua que arde, / es porque no queremos dejar rastro».

 

Gómez Toré deja el tono crítico, incluso político, de Hotel Europa, su anterior libro, para volver al territorio de una meditación personal teñida de vislumbres, de recuerdos, de sondeos. Hay en El territorio blanco una cierta sensación de repliegue que remite al diálogo con la propia infancia, hijos mediante, pero también a un grado supremo de atención, de percepción alerta y casi alucinada, en el que cualquier signo –cualquier paso– resulta decisivo. Y lo es porque el lugar al que se vuelve no es nunca el lugar del que se sale. Las dos puertas que el hijo del poeta descubre en el cuarto amarillo de Van Gogh la convierten en «habitación de paso» entre dos intemperies y cifran el carácter precario, inestable, siempre fugitivo, de la existencia.

 

Gusta el autor de romper la secuencia poemática con textos que juegan a disfrazarse de otros géneros. Si Hotel Europa incluía un «interludio grotesco», «El teatro anatómico del doctor Cirlot», aquí las trece viñetas de «Melusina (novela)» narran en clave simbólica el descubrimiento de la desnudez y el deseo, también del asombro y el temor que inspiran: «Es un rito vulgar, pero el deseo es empujar un límite».

 

Hay una obsesión en esta escritura por la idea de preludio, de umbral, de inminencia. Gómez Toré reivindica una poética del hambre que es la del niño, que «prueba el mundo con la boca», porque el mundo finalmente se hace así, «con la boca», diciéndolo, masticándolo; royendo la pared de la celda de cada día.

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 25 de febrero de 2022.

 


lunes, marzo 07, 2022

poemas para cuidar el fuego del mundo

 

 


 

María Ángeles Pérez López, Incendio mineral, epílogo de Julieta Valero, Madrid, Vaso Roto, 2021, 90 págs.

 

María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) ha hecho de la diversidad formal uno de los rasgos distintivos de su poesía. Es, en realidad, una estrategia –un reto– que le permite abordar una y otra vez el mismo territorio y así obtener mapas distintos pero complementarios, o que acaban formando un mapa mayor. Si en Atavío y puñal y Fiebre y compasión de los metales la horma generadora era el endecasílabo blanco, usado con ductilidad y maestría, en Diecisiete alfiles fue el haikú, impregnado ahí de subjetividad y anhelo, «con su vocación de relámpago que todo lo ilumina».

 

Los quince poemas en prosa de este Incendio mineral parecen moverse en el extremo contrario, fruto de un deseo –cumplido– de articulación que toma recursos del ensayo, la viñeta descriptiva o la reflexión íntima para plasmar y hacer visible la red que une todas las cosas, la sustancia común que aflora en sus manifestaciones incesantes: lo vivo y lo mineral, lo animado y lo inerte. Lo apunta Julieta Valero en su esclarecedor epílogo: esa «necesidad de la voz de hacerse transitiva con todos los habitantes y materiales del mundo». Pero también la poeta desde el minuto cero: «Mi cuerpo choca contra los pronombres […] No es cierto que sean cáscaras vacías: son vísceras y plasma en la transfusión que cede cada uno de nosotros».

 

El diálogo con otros poetas y voces afines vuelve a estar en la raíz de esta escritura, que es también «esta extrañeza que llamaron vivir». Lejos de ella las proyecciones del yo ensimismado o la inclinación a ver en los demás un reflejo de lo propio: «Porque tú no eres suficiente para ti».

 

Hay algo muy seductor en este libro que surge no sólo de su coherencia tonal, sino de la convicción con que rastrea y atesora, «en ti, partículas lejanísimas de estrellas y otros parientes, piedras, peces, patronímicos […] todos ellos te bendicen y completan». Lo cantaba Joni Mitchell: «somos polvo estelar, somos de oro». Y Pérez López lo remacha con palabras atentas, tan precisas como elásticas.

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 18 de febrero de 2022.

 

 


 

jueves, marzo 03, 2022

la función ya se acabó

 



 

Albert Balasch, Un hombre llega tarde, prólogo de Andreu Jaume, selección de Aníbal Cristobo, traducción del catalán de Sílvia Galup, Barcelona, Kriller71, 2022.

 

 

Confieso que desconocía la poesía de Albert Balasch (Barcelona, 1971). Muy joven para ser incluido en Sol de sal (2001), la muestra de «nueva poesía catalana» de Jordi Virallonga, tampoco está en la posterior Medio siglo de oro (2014), de Eduardo Moga. Ahora ve la luz esta amplia antología bilingüe, Un hombre llega tarde, traducida con esmero por Sílvia Galup, y su lectura me deslumbra y perturba por igual. Se recogen aquí poemas de cuatro libros, todos editados en menos de una década (2002-2009), más una breve coda de «Inéditos y rarezas» que incluye la obra radiofónica «Grava».

 

«Tú / escribes esto, el nombre de Nada, cansado / de ti mismo. No tienes placer ni ninguna / derrota», leemos en «Tos». Y toda la escritura de Balasch transita en esta clave austera, casi sonámbula, como de quien está más allá del mundo, en un ámbito de cansancio y desencanto que sin embargo no le impide hablar. O, mejor, donde lo único que puede hacer es hablar, decir frases entre rotundas y enigmáticas («como golpes de hacha», dice Andreu Jaume en su prólogo) en las que resuena el absurdo beckettiano, pero también cierto gusto por la fábula negra y el desmarque irónico. Para entendernos, y ya que estamos en el centenario de La tierra baldía, el Eliot con el que enlazaría esta poesía sería el de sus «hombres huecos», «hombres de trapo / unos en otros apoyados / con cabezas de paja»; pero hombres que subsisten después de que el mundo se haya terminado, «no con una explosión sino con un sollozo». Con todo, los poemas crecen y se adensan con los años, pasando del yo/tú inicial al «nosotros» de Las ejecuciones y de ahí al poema extenso en La caza del hombre.

 

«Escribo porque ya no puedo rezar»; «seguramente soy un ronquido que declina, / un viejo con frío y olor de perro». En este excepcional poema-libro el páramo castigado del rey Lear se puebla de gestos animalescos y soledad cósmica, sí, pero también de una rara y digna y estremecedora elocuencia que abre la puerta, por sí sola, a la posibilidad de la redención: «contando, sorbiendo, un perro esperaría a un hombre».

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 18 de febrero de 2022.

 

lunes, febrero 28, 2022

con asombro dolido

 



Piedad Bonnett, Lo terrible es el borde. Antología poética, selección y prólogo de Malola Romero Carbonell, Madrid, Visor, 2021, 232 págs.

 

 

Lo primero que uno percibe al adentrarse en esta amplia y necesaria antología de la obra de Piedad Bonnett (Amalfi, Colombia, 1951) es su unidad de tono, de lenguaje, de intención. No hay lugar aquí para ensayos ni titubeos. Tampoco para cambios drásticos, más allá de un gusto creciente por la sencillez expresiva que no desfigura, más bien modula, la profunda elegancia y musicalidad del verso. Poeta de publicación tardía –su primer libro, De círculo y ceniza, es de 1989–, sabe muy bien cuál es su mundo y cómo decirlo. Y los ecos de ciertos maestros –Asunción Silva, Aurelio Arturo, ese legado de armónicos modernistas que salta justo sobre las vanguardias– no impiden que oigamos, rotunda, expresiva, la voz de un sujeto femenino que nos habla a las claras del daño, la herida, la decepción o la culpa.

 

«¿Esto era todo? / ¿Esto que nos han dado?». Así, con preguntas desabridas, impacientes, arranca este libro. Y pronto, como en esas enumeraciones que toma prestadas de Borges, va desplegando ante nosotros su estera de obsesiones: el difícil amor de los padres y el peso de «las herencias»; la bendición del espacio doméstico; el miedo como una compañía temprana, casi palpable, que amarga la conciencia y la vuelve receptiva a la culpa, la sospecha, la parálisis; la sombra de la pobreza y su rúbrica fatal, la violencia; pero también, del otro lado, el descubrimiento del propio cuerpo y el enigma del sexo, la alegría de la sensualidad y el amor entendido barrocamente como «campo de plumas»… Todo ello referido con palabras que Bonnett juzga falibles, limitadas, pero que quizá por ello mismo maneja con rara maestría.

 

A lo largo de los diez poemarios que recoge Lo terrible es el borde –con una etapa especialmente intensa en la década de 1990, cuando en apenas cinco años publica cuatro libros centrales– asistimos a un sondeo feroz en la memoria de su autora: si Nadie en casa (1994), El hilo de los días (1995) y Ese animal triste (1996) cartografían sucesivamente los ámbitos del hogar, el tiempo y el cuerpo, Todos los amantes son guerreros (1998) tiene algo de pausa en el camino: hasta la sintaxis se relaja queriendo ser fiel a la experiencia amorosa, su modo de sacarnos del tiempo y hasta de nosotros mismos. Pero es en Tretas del débil (2004) y Las herencias (2008) donde Bonnett da con la sustancia primera de su imaginación: la familia, telaraña que nos impone una cercanía hiriente y hecha de malentendidos.

 

Así, el padre, que «tuvo pronto miedo de haber nacido», está condenado a transmitir esa carga: «Tenía miedo de tu miedo / y miedo de mi miedo». La madre y su «terca convicción», sus «ataduras», sus «extrañas formas del amor», reciben el juicio retrospectivo de una hija que, a su vez, tiene que enfrentarse al reto de la maternidad. El destino cortó ese hilo y lo convirtió en una tragedia –la muerte del hijo– que está en la raíz de Los habitados (2017), donde el dolor mismo se convierte en presencia benéfica, dadora de sentido: «Cuida la sal de tus ojos»; «Pido al dolor que persevere […] para que de su mano cada día / con tus ojos intactos resucites». La poesía, una vez más, es la encargada de hablar de «lo que no tiene nombre» y lo hace justamente porque, siendo palabras, ilumina siempre ese borde «terrible» donde las palabras no suelen llegar. 

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 11 de febrero de 2022.

 

 

 


 

jueves, febrero 24, 2022

contra la muerte

  



Eduardo Moga, Tú no morirás, Valencia, Pre-Textos, 2021, 86 págs.

 

 

Alguna vez ha dicho Eduardo Moga (Barcelona, 1962) que toda su obra es un acto de rebeldía contra la muerte: la muerte, ese escándalo, que envenena la existencia y nos condena a bracear en el absurdo. A pesar de la tensión existencialista de sus últimos libros, Moga ha sido siempre un poeta barroco, empeñado en combatir ese falta de sentido con el placer de una palabra feraz, casi palpable, y Tú no morirás lo confirma plenamente, con su visión del amor como fuerza primordial que eleva y salva a sus protagonistas. «Amor todo lo vence», sí, como quería Virgilio.

 

Dividido en doce largos poemas que combinan el verso y la prosa –más un soneto en alejandrinos que hace las veces de pórtico–, estamos quizá ante el libro más condensado y a la vez formalmente más diverso de su autor. Desde el inicio mismo, la amada comparece como ausencia, pero es una ausencia corpórea, «desnuda […], acuciada por las dentelladas del no ser, húmeda de penumbra y de madrugada»; una ausencia material que no cesa de mutar y transfigurarse gracias al poder reproductor de la imagen. Amor y desamor conviven en una alternancia de la que salen más unidos que nunca: el dolor es alegría, el aliento es ahogo, todo baila los ritmos de la paradoja y el principio de contradicción. Y el yo se explaya en toda clase de formas –el versículo, la prosa sin puntuación, la tirada anafórica– para desvanecerse justo al final, en los poemas en prosa que reconstruyen el mal de amor de personajes reales o ficticios como Larra o Yuri Zhivago, entre otros. Por el camino, el poeta revisita el tono de sus primeros libros (La luz oída, Premio Adonáis) en dos largos poemas –el VI y el VIII– que confirman su maestría en el verso clásico y son, a la vez, el punto más alto y luminoso del libro: «Me lacera decir / tu nombre: me redime».

 

La poesía de Moga es a la vez minuciosa y expansiva, como si las palabras que pone ante la muerte crecieran hacia dentro, como matrioskas. Y aquí, además, las anima una urgencia, una necesidad, que el lector no tarda en hacer suya.

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 4 de febrero de 2022.

 

 

 


 

jueves, febrero 17, 2022

esplendor en la ruina

 


 

  

José Antonio Llera, El hombre al que le zumban los oídos, Barcelona, RIL Editores, 2021, 68 págs.

 

 

Para encontrar las raíces de este nuevo libro del poeta y ensayista José Antonio Llera (Badajoz, 1971) hay que ir no sólo a su poemario anterior, Transporte de animales vivos, publicado hace ya nueve años, sino al dietario Cuidados paliativos (2017), en el que la ambición reflexiva y el buceo en la memoria familiar y rural se correspondían con una palabra densa y bien trabada, de admirable intensidad plástica. Llera parece haber encontrado en el poema en prosa el cauce idóneo para una escritura que quiere dejar acta de un tiempo, aquí, ahora, que se percibe como terminal, agotado, incapaz de alimentar nuevos sueños.

 

Los 45 poemas en prosa de El hombre al que zumban los oídos, divididos en tres partes de igual extensión («Cuerpo», «Descendencia» e «Historia»), giran sobre esta idea y dibujan un mundo –el del tardocapitalismo– que «nos enferma» a fuerza de ensimismarnos: «Por eso acudimos a las puertas de la farmacia, para comulgar con sus ríos de hierro y sombra». Quizá el origen del mal esté en un sistema cuya opulencia se basa justamente en la insatisfacción constante, pero Llera, con Eliot, parece apuntar más hondo, a la naturaleza fallida del hombre y su pecado original: «Toda culpa es caracol: abre los surtidores, mengua la maleza…». Así, ante las «tijeras y pesticidas» que pudren las esperanzas, la mirada de Llera toma conciencia de su propia fragilidad y se compadece del fondo ruinoso de ciertas vidas: «Los exiliados […] nunca volverán a preguntar por el dueño de la casa».

 

Libro de índole expresionista, fértil en imágenes y hallazgos expresivos, El hombre… tiene algo de museo imaginario de la modernidad. A veces, en poemas como «Detrás del sol» o «Lautréamont», me recuerda un poco a Charles Simic, pero Llera es más arisco y también más hondo. No queda otro remedio cuando se sabe, como él, que «el límite del bosque es otro bosque». Alta poesía.



Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 4 de febrero de 2022.


martes, febrero 08, 2022

una república de iguales

 


 

Pepa Merlo, Con un traje de luna. Diálogo de voces femeninas de la primera mitad del siglo XX, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, 2022.

 

 

Doce años después de publicar Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27, la narradora y estudiosa Pepa Merlo (Granada, 1969) nos entrega, con este Con un traje de luna, una revisión al alza de aquel libro pionero y necesario: se incrementa el número de poetas incluidas (de 20 se pasa a 24, con un apéndice que añade otras 10); se abre el abanico temporal, que ya no se detiene en la Guerra Civil sino que alcanza a la obra escrita en la posguerra, bien en el exilio o en el ámbito misérrimo de la España franquista; y se duplica largamente el número de páginas.

 

En realidad, este libro –subtitulado Diálogo de voces femeninas de la primera mitad del siglo XX– esconde otros más en su interior: su extensa introducción es un compendio de la misoginia cifrada en las tradiciones clásica y judeocristiana y de hasta qué punto sigue reprimiendo a la mujer, confirmando así que lo simbólico está una y otra vez detrás de los códigos de la vida social y familiar. Un segundo libro es la antología misma, cuyos ejes no han cambiado, desde nombres más familiares –Carmen Conde, Concha Méndez o Rosa Chacel– a otros que nos acercó en su día Peces en la tierra: Lucía Sánchez Saornil y Margarita Ferreras; o Elisabeth Mulder, cuya obra narrativa está siendo objeto de un intenso trabajo de recuperación. El tercero lo configuran los fascinantes bosquejos biográficos que Merlo antepone a la selección de cada poeta y que tienen, a menudo, un fuerte acento novelesco: imposible no conmoverse con la peripecia vital de Sánchez Saornil, por ejemplo; o no admirar la entereza de Marina Romero en el exilio; o, en el otro costado ideológico, no descubrirse ante la fuerza de carácter de una Cristina de Arteaga.

 

Si algo queda claro es que el ingreso de la mujer en la vida civil española de los años veinte y treinta forma parte de un proceso de modernización y apertura que culmina con la instauración republicana. ¿El 27? Si queremos ser fieles a la riqueza y diversidad –no sólo genérica– de ese tiempo, tal vez haya que empezar a hablar ya claramente de una «Generación de la República».

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 28 de enero de 2022.

 

 


 


martes, febrero 01, 2022

el sueño del final

 



Louise Glück, Recetas invernales de la comunidad, traducción de Andrés Catalán, Madrid, Visor, 2021, 102 páginas.

 

 

Louise Glück (Nueva York, 1943) es una poeta de las postrimerías. El paisaje de sus libros más recientes suele ser invernal, sombrío, un mundo escasamente poblado en el que las cosas se repliegan sobre sí mismas o espían con paciencia, con discreta pasión, la presencia de la muerte. Su talante introspectivo parece excluir el deseo humano, los afanes del cuerpo –que es algo manifiestamente impuro, poco fiable–, pero no el gusto sensorial por las formas de la naturaleza, en especial las plantas: en El iris salvaje (1992), el libro que la descubrió entre nosotros gracias al trabajo pionero de la editorial Pre-Textos, otorgaba emociones complejas a las flores y también a una voz que, a falta de otros candidatos, debemos atribuir a Dios.

 

La atracción del vacío y el silencio, esa vía negativa que ha ido perfeccionando con los años, mueve los hilos de este nuevo libro, Recetas invernales de la comunidad (Visor), el primero que publica tras obtener el premio Nobel en 2019. Traducido con solvencia por Andrés Catalán, que reproduce con acierto el tono frío y lacónico del original, es un conjunto de quince poemas o series poemáticas de corte narrativo, con personajes brumosos que viven en la esfera del «érase una vez» y se pasean por un mundo espectral donde las cosas suceden a menudo sin porqué y la existencia es un descenso tenaz («Hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo / es donde nos lleva el viento»), un aprendizaje del cambio y la pérdida. El impulso fabulador convive con el don para la expresión lapidaria: «no existe algo así como una muerte en miniatura»; «pero has dejado de hacer cosas, dijo, que es lo que / hace el filósofo»; «no hay suficiente noche, respondí. De noche puedo ver / mi propia alma»… A veces la sequedad se resuelve en apartes mordaces, gotas de humor negro que confirman el buen ojo de Glück para el detalle grotesco y destierran, de paso, cualquier asomo de patetismo. Como ella misma señala en la primera sección del poema homónimo: «El libro contiene / solo recetas para el invierno, cuando la vida es dura. En primavera / cualquiera es capaz de preparar un buen plato».

 

Muchas de estas series («La negación de la muerte», «Viaje de invierno», «Una historia interminable», «La puesta de sol») incluyen pasajes dialogados, careos en los que una segunda voz –de la hermana, del profesor de pintura, de una figura misteriosa llamada «el conserje»– permite articular ideas y emociones que ayudan al yo en su labor de examen. Son voces que parecen provenir del pasado, visto por la poeta como una carga que le impide relacionarse sin trabas con el ahora: «Qué llena tengo la cabeza / con las cosas del pasado. / ¿Habrá suficiente espacio / para que quepa el mundo?». Así la hermana, que la acompaña en sus sondeos de la memoria familiar para revivir escenas con la lente de la ficción, viñetas en las que lo evocado tiene la misma aura fantasmagórica que lo inventado y enturbia el recuerdo de los padres, de la madre enferma, de la propia niñez en la que «demasiado pronto surgió / mi verdadero yo, / robusto pero amargo, / como un despertador».

 

La precisión del autorretrato hace patente la lucidez de Glück. Robusta pero amarga, su voz ilumina el territorio austero pero lleno de posibilidades del final. Y este libro breve y decantado, intensísimo, confirma que el viaje –la vigilia– está lejos de haber concluido: «Ah, dice, otra vez estás soñando // Y entonces digo: me alegro de estar soñando / el fuego aún sigue vivo».

 

 

Publicado originalmente en La Lectura de El Mundo, 21 de enero de 2022.

 

 


viernes, enero 28, 2022

tiempo ganado


 

Clive James, Fin de fiesta. Últimos poemas, edición y traducción de Luis Castellví Laukamp, Valencia, Editorial Pre-Textos, 2021, 160 págs.

 

 

Desconocido en España, el australiano Clive James (1939-2019) fue una celebridad en Inglaterra, su país adoptivo, primero como crítico de televisión para The Observer en la década de 1970, donde creó un estilo propio, culto y desenfadado; y luego como presentador en la BBC, donde destacó gracias a su inteligencia curiosa y su ironía risueña. Pero su pasión primera fue la literatura, y en concreto la poesía. Autor de novelas, letras de canciones, libros de viaje y de divulgación, se inició como autor de poemas épico-satíricos que retomaban el ejemplo de Swift o Alexander Pope. Y es que había algo decididamente dieciochesco, en el mejor sentido del término, en su relación con la escritura, que encaró sin prejuicios, con un dominio absoluto del oficio y la voluntad horaciana de «entretener y aleccionar».

 

Gran lector de Larkin, al que dedicó un libro ejemplar (Somewhere Becoming Rain), su poesía se fue haciendo más íntima y reflexiva con los años. En 2010, la enfermedad lo apartó de los focos y le permitió centrarse en la creación. De esa etapa datan dos libros señeros, Sentenced to Life (2015) e Injury Time (2017), que son los afluentes que nutren esta muestra de 41 poemas, modélicamente traducida por Luis Castellví Laukamp con rigor métrico y un oído impecable. Basta leer la elegía inicial, conmovedor homenaje al padre, enterrado en el cementerio de guerra Sai Wan de Hong Kong, o los poemas en que dialoga sin almíbar con su nieta, la pequeña Maia, o el tono estoico, lejos de todo patetismo, de sus soliloquios, para comprender que estamos ante un poeta genuino, en el que inteligencia y emoción van en todo momento de la mano. Así estas «lecciones de tinieblas», como él mismo las llama, que son también la ocasión para mirar atrás sin ira y hacerse perdonar sus errores: «Mi experiencia… Debí ser más amable. Es mi destino / reconocerlo tarde y a deshora». Una revelación.

 


Publicado originamente en La Lectura de El Mundo, 14 de enero de 2022.

 

 

 

lunes, enero 24, 2022

cuerpo elocuente

 

 

Julieta Valero, Mitad, Madrid, Vaso Roto Ediciones, 2021, 122 páginas.

 

 

La publicación el año pasado de Niños aparte (Caballo de Troya) hizo pensar a muchos lectores de Julieta Valero (Madrid, 1971) que la sustancia narrativa de sus primeros poemarios había migrado a la prosa, configurando un relato de relatos en el que encontrábamos muchas de sus marcas temáticas y de estilo: esa lengua propia, extrañamente barroca y austera a la vez, que se interrogaba sobre los vínculos familiares y sentimentales, las vetas de la propia identidad, la fuerza de la pertenencia, el asombro de ser y estar en el mundo…

 

Y es que Mitad ahonda en el proceso de condensación y despojamiento que Valero ya inició en Los tres primeros años (2019), también en Vaso Roto. El decir, aquí, se ha vuelto corto y erizado, hecho de fulguraciones y transiciones rápidas, rupturas sintácticas y esos neologismos tan suyos de estirpe vallejiana. Los 104 poemas que componen el libro (dividido en tres partes más una coda: «Frontal», «Cuerperio» y «Mitad») arrancan en una clave sentenciosa («La intemperie que esto es. La casa que esto es»; «No somos de lo que queda somos / de lo perdido) que no tarda en complicarse y hacerse maleable con preguntas, apartes, la inserción de la oralidad y el uso de ciertas imágenes («Una luz en el esternón que / me pone de pie me ahoga») que no son estrictamente sinestésicas, sino el modo en que la autora busca borrar cualquier traza de dualismo, reparar la brecha cuerpo/mente y devolver la primacía al instinto, la inteligencia implícita de la sangre.

 

Porque no nos engañemos. Aunque esta poesía haya reducido su componente narrativo, aquí se sigue contando una historia; y la historia de Mitad es justamente el trauma de la pérdida y la separación, el duelo que sigue a la ruptura, pero también el diálogo con la hija («Una demanda de ser que / no soy yo pero sabe / mi nombre»), el aprendizaje de la maternidad y el abanico de emociones que despierta (alegría, sorpresa, culpa, incertidumbre…). Y detrás, como telón de fondo, el imán del deseo y la plenitud erótica, la búsqueda legítima de la felicidad: «no olvides que tú y yo / sabemos también prosperar hacia el cielo».

 

La escritura en Mitad es a la vez franca y perspicaz, cálida y desafiante. Lo exige no sólo el carácter voluble de la vida, sino también «esta distancia por recorrer» que cierra el libro con hambre de futuro. O lo que es lo mismo: sin cerrarse a nada.

 

 

Versión extensa de la reseña publicada en La Lectura de El Mundo, 14 de enero de 2022.


miércoles, noviembre 24, 2021

novedad



«Somos las abejas de lo invisible», escribió Rilke al final de su vida. Y a este libar «desesperadamente la miel de lo visible» para alimentar la gran colmena de la imaginación se dedica el poeta en cuerpo y espíritu, en un ejercicio de diálogo con el mundo que va revelando sus formas, colores y relieves, abriendo con los sentidos un espacio para la conciencia. Todo esto será tuyo, publicado justamente diez años después de Perros en la playa (2011), su predecesor, es el cuaderno de notas de un poeta que no abdica de la viñeta narrativa, la excursión ensayística o el aforismo perspicaz para estar a la altura de las cosas y hacerse digno de ellas; sólo así, tal vez, nos darán a conocer su secreto, que es también el de quienes convivimos con ellas. Jordi Doce se pasea como un detective distraído por entre lo cotidiano visible y observa el acontecer del mundo, el aquí y ahora de sus gentes, el modo en que las cosas se despliegan ante nosotros a poco que les prestemos atención. Una mirada hacia afuera que no descuida las sombras de interior ni el sondeo curioso y hasta extravagante sobre un puñado de obsesiones musicales y literarias. Todo esto será tuyo es el retrato algo borroso de alguien que insiste en no llamar la atención; alguien que ha elegido dar un paso atrás para que las palabras hablen por él.

 

Más información, aquí.


Lectura del poeta Álvaro Valverde en su blog.


Imagen de cubierta: Segimón Vilarasau, Delta de l'Ebre. Óleo sobre tabla. 2017.