jueves, julio 09, 2009

acción / reacción

No consigo traducir un pasaje particularmente abstruso de un ensayo de Eliot. Creo comprender los detalles pero su sentido general se me escapa. Molesto, irritado incluso por mi incapacidad, recurro a una vieja traducción mexicana del mismo ensayo. Es inútil: mi predecesor anda aún más despistado que yo y malinterpreta por completo el sentido del original. Pero entonces se me enciende una luz, no sé cómo, y a fuerza de tirar del hilo doy con el sentido concreto del pasaje, la forma de traducirlo.

Así trabaja también la mente, como un mecanismo de acción-reacción. Como si el error del traductor mexicano fuera un aviso a navegantes o una pared tapiada que me hiciera rebotar y me empujara en la dirección correcta. Y vuelvo a concluir, no sin resignación, que a veces la claridad no es más que falta de alternativas.

4 comentarios:

fran dijo...

Ese momento de triunfo me produce envidia; suena a revelación. Es como si entre el enigma y su revelación, la conciencia obviase el tosco mecanismo de nuestro engranaje cerebral. Por eso nos parece un milagro.

Jordi Doce dijo...

Muy bien visto, Fran. Gracias por tu lectura. Abrazo, j12

Estel_Julià dijo...

Jordi,

Curioso comentario el que descubro hoy en tu lugar.
La verdad es que yo estuve estos días trabajando con una que me resultó un poco complicada, sobre todo porque no estaba tampoco en la lengua original (que desconozco, por cierto) esto dificulta aún más las cosas.
Es como una mesa de tres patas, al final siempre te falta la cuarta, la que puso el propio autor.
Desafortunadamente en ocasiones no tenemos a los autores para preguntarles cuál era el verdadero sentido con el que escribieron los poemas, porque ya no están entre nosotros, nunca lo sabremos.

Un saludo,


Estel J.

Jordi Doce dijo...

Muy cierto, Estel. En cualquier caso, ninguna traducción puede aspirar a ser más, ni menos, que una lectura: no agota el poema original pero siempre añade algo, esa tercera dimensión que ofrece el lector / traductor. Saludos, j12