lunes, julio 06, 2009

the fly

Cada vez que sorprendía el lunar en la frente sudorosa del camarero yo veía una mosca. Ni siquiera cuando se inclinó a mi lado para servir los entrantes pude borrar aquella primera impresión; grande y esférica, de un negro casi palpable, era ella quien iba indicando a su montura quién tenía cubiertos de carne o de pescado, qué copas había que reponer, cuándo tocaba recoger o cambiar el servicio. Hasta me pareció ver cómo se movía, agitando nerviosamente las patas para remachar sus órdenes. Una mosca tiránica, incrustada en la piel como una injuria, feroz y soberbia desde su alta silla.

3 comentarios:

Mori dijo...

En una de esas la mosca era el camarero, y el camarero, un enorme grano en la cara de la mosca.

Isidro Hernández dijo...

Al menos una cosa es segura: en mosca cerrada no entran bocas.

Jordi Doce dijo...

Veo que la nota ha despertado algunas ocurrencias. Está bien que sea contagiosa. Gracias y saludos, J12