jueves, noviembre 12, 2015

charles reznikoff / dos poemas



saludo y despedida

Mientras esperaba a cruzar la avenida
vi a un hombre que había ido a la escuela conmigo:
habíamos sido compañeros
y nos reconocimos al instante.
«Qué calor, ¿no?», le dije,
como si nos hubiéramos visto ayer, «lo menos estamos a 95 grados».
«Oh, no», respondió, «todavía no he llegado a los noventa y cinco».
Luego sonrió con tristeza y dijo,
«Sabes, estoy tan cansado
que por un momento pensé que te referías a mi edad».

Caminamos juntos un rato y me preguntó qué estaba haciendo.
Aunque, por supuesto, no le importaba.
Luego, educadamente, le pregunté por su vida
y él también respondió con brevedad.
En la escalera de entrada al metro me dijo,
«Me da vergüenza confesarlo,
pero he olvidado tu nombre».
«Descuida», respondí,
«yo también he olvidado el tuyo».
Al decir esto nos sonreímos con amargura,
dimos nuestros nombres, y nos despedimos.

•

te deum

No son victorias
lo que canto,
pues en nada vencí,
sino el sol cotidiano,
la brisa,
la holgura de la primavera.

No victorias,
sino el hacer mi labor cotidiana
tan bien como pudiera;
no estar arriba en el estrado
sino en la mesa compartida.



trad. J.D. / el original, aquí.

 

Conocí originalmente a Charles Reznikoff (1894-1976) gracias a un ensayo de Paul Auster incluido en la primera edición de sus textos críticos publicada por Edhasa, El arte del hambre. Otro Charles. Otro poeta judío neoyorquino que fue (paradójicamente) admirador y alumno a distancia de Pound durante los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra mundial. Otro «objetivista», en suma, pero muy distinto de los más secos y dogmáticos Oppen y Zukofsky. Ya en las citas que Auster incorporaba a su artículo se advertía esa frescura tan suya, ese modo casi impresionista de recrear una escena o una situación con dos pinceladas.

Hacia 1998 encontré su poesía completa, los dos volúmenes publicados por Black Sparrow Press (la editorial de Bukowski, entre otros), en una librería de viejo de Oxford, y los compré sin pestañear (ni regatear). Autor de una sola y temprana novela, By the Waters of Manhattan, que pude leer hace años cortesía de Jorge Ordaz, y de dos grandes libros unitarios (Testimony y Holocaust) que merecen capítulo aparte, la mejor poesía de Reznikoff es una celebración de lo humilde y lo fugaz, un esfuerzo constante por revestir de su antigua belleza a lo que nos rodea y que, curtidos en la indiferencia, ya no vemos. Su materia prima es el paisaje vulgar y desvencijado de la gran ciudad, la prosa sugerente de la vida cotidiana. Como dice en uno de sus últimos poemas, «Ciudad II»: «¡Escuchad! / La sirena del coche de policía, / y esa otra, la de los bomberos. / También nuestra ciudad tiene sus pájaros nativos». Algún viejo lector de esta bitácora quizá recuerde algunas de esas piezas breves, que subí a la red hará seis o siete años, y en las que el viejo vendedor de sombreros judío se ha transformado para sorpresa de todos en un sabio oriental.

«Saludo y despedida» es bastante extenso para lo que es costumbre en el último Reznikoff, y su mezcla de ternura, resignación y escepticismo me parece modélica. «Te Deum» es uno de sus poemas más celebrados y se lee, a la distancia de los años, más como un credo personal que como una poética. Son textos muy distintos, pero creo que se complementan bien. La dificultad que conlleva traducirlos está en dar con el tono, entre suelto y conversacional, no caer en lo redicho o lo envarado. Aunque «Te Deum», a decir verdad, casi parece escrito para ser grabado en piedra; algo tiene de la solemnidad y el sentido de la ocasión de un epitafio. Y quizá por eso mismo sigue encontrando lectores apreciativos.

Unas palabras sobre la foto. Fue tomada en el apartamento de Reznikoff por Abraham Ravett en diciembre de 1975 y es quizá la última hecha en vida del poeta, que murió un mes más tarde. Hay algo en ella, en la mirada y la pose de su protagonista, que me impresiona. Una mezcla de tristeza y mansedumbre, las manos entrelazadas, los ojos puestos en un punto impreciso del espacio. Y esa luz azulada que se desprende de la camisa, la corbata curvada dócilmente sobre el pecho. Hay que conocer a fondo la vida, haber tenido un trato muy íntimo con ella, para llegar así a su final.



lunes, noviembre 09, 2015

el aforista


José Luis Trullo ha tenido la gentileza de plantearme algunas preguntas sobre el aforismo en su revista virtual llamada, precisamente, El aforista. Este «cuestionario Chamfort», al que he intentado responder por breverías, para no desentonar, va acompañado de una pequeña muestra de mi trabajo en el género (aunque a los lectores habituales de esta bitácora gran parte de esa muestra os resultará familiar). Y, por si fuera poco, Trullo reseña brevemente Perros en la playa en compañía de los nuevos libros de Mario Pérez Antolín (Oscura lucidez) y de mi querido amigo Elías Moro (Algo que perder). Estoy de enhorabuena. Gracias, José Luis, por tu hospitalidad.

jueves, noviembre 05, 2015

charles tomlinson / 1927-2015





(El poeta inglés Charles Tomlinson murió el pasado 22 de agosto. Su estado de salud se había agravado notablemente este verano, pero la noticia, con ser esperada, no fue menos triste. Cuando escribí estas líneas de homenaje, no era consciente de que se habían cumplido exactamente veinte años de mi primera visita a Brook Cottage, la casa del poeta. Fue en noviembre de 1995, y las fotos demuestran que mi memoria, la misma que ha dictado los primeros párrafos de esta nota, no me engaña demasiado.

Una versión reducida de este escrito vio la luz en el número de octubre de El Cuaderno.)


Recostada en el fondo del valle, la casa –o más bien, la vieja pareja de cobertizo y establo («con crin ligaban la argamasa: había caballos») que era su hogar desde 1958– brillaba como un lingote; una caja de cerillas abrochando la cremallera del río, rozándose con la vegetación oscura (acebos, castaños, nogales, algún roble) que crecía en la orilla. Al otro lado, una ladera con pastos: cercas de madera, un rebaño de ovejas, vacas tranquilas. Una escena inverosímil de puro idílica, a pesar de que era noviembre; el cliché de la arcadia inglesa. Pero el hombre que miraba a su alrededor con aire satisfecho, refiriéndome los accidentes del terreno mientras fruncía el ceño y se frotaba las manos heladas, llevaba un coqueto béret francés (las fotos dicen que azul marino) y no se resistía a interrumpir sus comentarios para citar en voz alta a Mallarmé: «Mon âme vers ton front où rêve, ô calme sœur, / Un automne jonché de taches de rousseur…». El acento sonaba escolar, pero el énfasis era impecable, con especial atención a las vocales largas y las rimas, entonadas sin pedantería. El aire se volvió más tibio de pronto, como si hubiera soplado directamente desde Valvins.

Poco después, sentados a la mesa de la merienda, la ingenuidad con que acepté su invitación a probar su amado gentleman’s relish (una pasta de anchoas de textura arenosa y sabor alquitranado que no puedo recordar sin estremecerme) lo puso de buen humor para el resto de la tarde. Aquel mejunje era una pervivencia de su paladar infantil, un eco del joven Tomlinson criado en la penuria de una Inglaterra proletaria que él, sin embargo, recordaba sin nostalgia pero también sin rencor. Como ha recordado su editor Michael Schmidt, «se alegraba de no haber padecido “la suave opresión de la prosperidad”». Y el mismo Charles, comentando uno de sus grandes poemas de madurez, «The Return» («El regreso»), había definido su infancia como un tiempo «de carencias, pero a la vez repleto de posibilidades insospechadas». Su estoicismo no exento de picardía, afirmado por la vitalidad y el buen humor, desdeñaba las quejas y las excusas de mal pagador. Nada de perder el tiempo lamentando lo que fue o lo que podría haber sido. «La casa se construye con lo que ahí encontramos», y así también la vida, la poesía, los espacios complementarios de la familia y la palabra, la amistad y el arte. Como escribió en otro poema célebre: «El azar de la rima es el azar de los encuentros: desde ese mismo instante / lo fortuito se vuelve, por encontrado, vinculante».


 Nuria González, 1995


Esa vida se cerró el pasado 22 de agosto, a los 88 años. La noticia no fue una sorpresa para quienes estábamos más o menos al corriente de su estado, pero no por ello fue menos triste. Poeta, traductor y crítico literario, artista gráfico, profesor universitario, viajero impenitente… la lista de sus méritos es tan extensa como la de sus amigos y lectores, pero más importante que cualquier inventario es subrayar la coherencia rigurosa que animó su itinerario vital y creativo. Una coherencia, por lo demás, que abundó en riquezas y paradojas inesperadas: el inglés casi estereotípico que habita su hogar de hobbit sin dejar de recorrer medio planeta, de Italia a Japón, de Grecia a Nuevo México; el poeta de la naturaleza capaz de leer con lúcida ferocidad las superficies de la vida urbana; el admirador del estilo neoclásico de Dryden y de Pope que dedicó gran parte de sus esfuerzos juveniles a introducir la poesía norteamericana de vanguardia (Stevens, W.C. Williams, los poetas objetivistas, el grupo Black Mountain) en la Inglaterra de su tiempo; el notario puntilloso de su tierra, obsesionado con la noción de lugar y con acotar el suyo propio en la trama intrincada de gremios y clases sociales en su Stoke-on-Trent natal, que fue también el poeta inglés más cosmopolita y volcado hacia Europa de su generación, traductor de Fiódor Tiútchev y Antonio Machado, lector de Ungaretti y Philippe Jaccottet, amigo y colaborador de Octavio Paz…

El poeta, en fin, que hizo del mirar un arte, empeñado en aunar las lecciones del empirismo y de la imaginación recreadora, tan fiel a los datos de la percepción como a la memoria que ahonda y sintetiza, pero que a la vez, en sus collages y decalcomanías, plasmó paisajes interiores que observan las leyes del deseo y la metamorfosis, un edén de formas que juegan, charlan y se niegan a estar quietas. Su entusiasmo juvenil por la obra visionaria de Blake (a quien emuló en un libro –Nightbook– que duerme felizmente en su archivo) lo vacunó para siempre contra la tentación de la verbosidad y el subjetivismo miope, pero fue ese mismo aliento onírico el que dio vida a su trabajo visual. En poesía, sin embargo, halló modelos en la reticencia elegante y rococó de Wallace Stevens, la sobriedad sincopada de W.C. Williams o el diálogo a tres bandas entre percepción, imaginación y memoria que alimenta el otro romanticismo, el de los poemas conversacionales de Wordsworth y Coleridge. Su verso tiene la claridad del cristal o del diamante, pero es un cristal que mira y piensa, que camina de la mano del mundo y registra sensaciones con la precisión de un sismógrafo que luego, en la página, dibujara terrarios y jardines.



Brook Cottage, Richard Swigg


Charles halló muy pronto residencia en la tierra de nuestro idioma gracias a la amistad cómplice y admirativa de Octavio Paz. La mayoría de sus amigos españoles y mexicanos lo fueron porque, a su vez, eran amigos y colaboradores de Paz. Su vínculo con México y, más tarde, con España, fue íntimo y profundo. Sus poemas sobre México, extensión de los que dedicó en la década de 1960 al sur de Estados Unidos, se leen como un diario intermitente de sus viajes por el país: la frescura y la perspicacia de sus sondeos están hechas de cercanía y extrañeza, asombro y admiración; parece tener un sexto sentido para el dato significativo, el detalle humorístico, la distorsión que su propia presencia introduce en la escena.

Por contraste, sus viajes a España fueron pocos y tardíos. Como muchos ingleses de su generación, se negó a visitar el país durante la dictadura de Franco. Quien solía definirse como anarquista tory sintió toda su vida una repugnancia visceral por cualquier forma de autoritarismo. Pero aquí halló, durante la década de 1990, lectores cercanos y atentos que le consolaron de algunas decepciones domésticas. Uno de ellos, Juan Malpartida, coordinó una antología de título significativo (La insistencia de las cosas, 1994) que tomaba como germen o cimiento las versiones que Octavio Paz había hecho más de veinte años atrás. Serían el punto de partida de otras muchas, en México y en España.

Parece claro que con sus versiones Paz no quiso únicamente saldar la deuda contraída desde que Tomlinson, a la vuelta de su primera visita a México, tradujera algunas piezas breves de Días hábiles («Madrugada», «Aquí», «Paisaje»…); fue también el modo de expresar su admiración por una poesía que, sin renunciar a la imagen luminosa y la palabra medida, salía una y otra vez al encuentro del mundo. En su amigo inglés Paz halló al vástago improbable de Wordsworth y Valéry: la herencia del romanticismo pasada por el tamiz de la modernidad constructivista. Rigor, sí, ma non troppo. La mezcla era seductora para un Paz que venía cansado de las vetas más lenguaraces de la vanguardia, sobre todo la hispanoamericana. El trato con Tomlinson le llevó a Wordsworth (El preludio) y de ahí a concebir el plan de un poema autobiográfico, lo que ahora conocemos como Pasado en claro. Diría incluso que en la lección de equilibrio y claridad analítica de esta escritura, en su respeto escrupuloso por el mundo sensible, llegó a ver una virtud moral: el pudor o la reticencia como una forma suprema de higiene; y sin la obsesión francesa de cortar pelos en tres que confundió incluso a un poeta como Ponge.

Por lo demás, las afinidades no pueden ocultar las diferencias. Las cartas nos dicen que la fase más intensa de su diálogo tuvo lugar durante los años que siguieron a la escritura y montaje de Renga, cuando Paz halló en nuestro poeta un interlocutor fiable y eficaz que compensaba esa desidia latina a la que nunca terminó de resignarse. Pero Charles estaba lejos de la pasión política de Paz. Sin llegar a lamentarla, la vio como un estorbo, una interferencia que ponía en entredicho el impulso creativo. Los escasos poemas de corte político de Tomlinson (como el justamente famoso «Asesino», puesto en boca de Ramón Mercader) son más bien retratos psicológicos, denuncias de la ceguera o el embotamiento emocional que induce la fe revolucionaria. Mercader es literalmente incapaz de ver a su víctima. Nada en su adiestramiento ideológico le ha preparado para el caudal de sangre que mancha la mesa, los libros, su propia ropa. La materialidad grosera de la sangre es la venganza que la vida concreta, el cuerpo irreducible de la vida, inflige en la mente ofuscada por el fanatismo.

La obra de Charles Tomlinson se cumplió, a todos los efectos, con la publicación de sus New Selected Poems (Carcanet, 2009). Desde entonces, ingresó en un mutismo que la muerte no ha hecho sino confirmar. Quedan sus poemas y traducciones. Quedan sus ensayos, impecables, pegados a la letra de la obra y sin embargo capaces de iluminarla desde ángulos insospechados. Queda su voz, recogida en las grabaciones que Richard Swigg fue haciendo durante años y que abarcan no sólo sus propios libros sino textos centrales en su formación como La tierra baldía, sin duda la mejor lectura del poema de Eliot que he leído nunca (algunas de estas grabaciones se pueden escuchar en PennSound, portal de la Universidad de Pennsylvania). Que nada habría posible sin la compañía, el apoyo y la complicidad de su esposa Brenda, como él mismo se encargaba de repetir cuando tenía ocasión («Le doy a leer todo. And damn it, she’s always right!»), no es sino otra forma de llamar la atención sobre esa continuidad fundamental que, por debajo de las paradojas aparentes, define su vida y su obra; una fidelidad ejemplar al arte como educación de los sentidos y lección de vida que todo lo imagina o anticipa, hasta su propio final: «Mariposas amarillas / que transitan nerviosas / de flores escarlatas a flores de bronce / desaparecen cuando la noche aparece».


Nuria González, 1995

lunes, noviembre 02, 2015

laurel






A Fernando Menéndez


Tiramos la pared al cuarto día.

Allí, junto a la piedra y el cerco de maleza,
olorosos y oscuros,
crecían los laureles. Eran viejos,
tanto quizá como el establo,
pero mucho más firmes. Nada
se podía con ellos. Fue preciso
cavar bien hondo
y extraer la mellada roca de los cimientos,
comprobar de qué forma la raíz
había prosperado,
descendiendo entre láminas de grava
y tierra negra,
abrazándose al muro húmedo
bajo la superficie. Encendimos la hoguera
poco después, en la penumbra,
y agotados y absortos
contemplamos la tarea del fuego. Las llamas
se abrieron paso como garfios,
pero tampoco así las grandes piedras
quedaron libres… Al hacerlas rodar
sobre la hierba, sobre
la tierra blanca, la ceniza
echó raíces.


1993-2013


 


Dediqué parte de la primavera pasada a seleccionar y ordenar mis poemas con vistas a una antología que está a punto de ver la luz (gracias a la invitación generosa del escritor Fernando Sanmartín) en la colección La Gruta de las Palabras de las Prensas de la Universidad de Zaragoza. El título de la antología es Nada se pierde y se incluyen en ella 77 poemas escritos entre 1990 y 2015. Veinticinco años, pues, de dedicación intermitente y variable a la poesía resumidos en un libro que es un poco, para mí, el hermano mellizo del poemario en el que ando trabajando desde hace años (y del que, por lo demás, doy en esas páginas un brevísimo adelanto). La experiencia ha sido como ordenar la mesa de trabajo (guardando libros, tirando papeles y metiendo otros en carpetas) o encender una pequeña hoguera con las hojas secas del jardín. Todo sea por quitar lastre.

Algo que siempre me había hecho cuestionarme la conveniencia de publicar una antología (aparte del carácter inevitablemente prematuro de la empresa) era la pregunta de qué hacer con mis primeros libros, y en especial con La anatomía del miedo, escrito mayormente durante mi primer año en Sheffield, entre septiembre de 1992 y el verano de 1993. Un libro irregular y primerizo, lleno de torpezas expresivas; y, sin embargo –me parece–, no carente de intensidad y de buenas ideas que fui incapaz de interpretar bien en su día. Fuera de algunas piezas breves que he ido corrigiendo ligeramente a lo largo de los años, el libro era un escollo intratable, que no me decidía a dejar atrás. Hasta que hace dos o tres años me embarqué en una relectura del conjunto y vi que había media docena de poemas que podían salvarse del desastre.

Uno de ellos es este «Laurel», que rescribí de principio a fin, verso a verso, como si volviera a armar un puzle que había resuelto por las malas hace ya más de veinte años. El resultado es paradójico: un poema que nunca se me ocurriría escribir ahora, quizá por falta de atrevimiento, pero que tira de algunas argucias que he aprendido (el dichoso oficio) desde entonces. Un poema mestizo, pues, hijo de dos fechas y dos momentos distintos de una vida. Eso no lo hace necesariamente mejor, claro está, pero al menos sí me ayuda a convivir con él. Y esa es en mi caso la prueba del algodón. Compartir con los demás lo que uno no quiere para sí me parece menos un error que una muestra de descortesía. Y no están las cosas como para contribuir a la aspereza natural del mundo.

jueves, octubre 29, 2015

cinquillo



Escribir con las entrañas, sí. Échalas bien sobre la mesa. Ya puedes escrutar y jugar a las adivinaciones.



Dio un paso, un solo paso irreparable, y se desprendió de su piel como de un mono de trabajo. Luego la enrolló con firmeza, como un saco de dormir, y siguió camino.



Pone palabras entre él y la meta para no terminar de llegar nunca.



Respira en el espacio abierto por sus exageraciones.



Días en los que nada brota. Días desérticos. Días exhaustos. Días que expían la presunción, por discreta que sea, de las épocas de abundancia; que hacen perdonar, antes o después, el orgullo satisfecho de la fecundidad.

lunes, octubre 26, 2015

notas de un impostor / 2





Desde hace un año no he dejado de escribir, de hacer crítica, de traducir, de responder a este o aquel encargo; sin embargo, la sensación final es de dispersión, de no haber hecho gran cosa, o de que lo hecho pesa muy poco. Trabajar en respuesta a estímulos externos puede ser benéfico si nos saca por un tiempo de nuestras casillas y nos alivia de esta difícil convivencia con nosotros mismos que puede ser el día a día (todo sea por perdernos de vista), pero llega un momento en que a base de cumplir con las órdenes o las peticiones que vienen de fuera no sabemos dónde estamos; hemos perdido nuestros puntos de referencia. Queríamos evitar el extravío del solipsismo, ese momento en el que de tanto mirarnos al espejo dejamos de reconocernos, y ahora nos sorprendemos en el extremo contrario, incapaces de avanzar si alguien no nos dice de hacerlo.

Es fácil engañarse pensando que basta con llevar el agua del encargo a nuestro molino. La labor de acarreo puede ser útil y hasta rentable por un tiempo, pero al final ese esfuerzo adicional se paga. Y es que el encargo parte siempre de una necesidad ajena, de criterios y puntos de vista que sólo con esfuerzo podemos hacer nuestros. Es primordial resistirse, o mejor dicho: sustraerse, rehuir la respuesta, el requerimiento. El encargo es un engaño sutil: nos hace sentir importantes –falsamente importantes–, porque nos convierte en medio de la importancia ajena, en instrumento para su realización. El encargo crea un campo magnético donde la naturaleza de los distintos elementos que trabajan para él queda reducida fatalmente, supeditada a un cumplimiento que, por lo demás, apenas nos devuelve algo de la energía que le dimos.

Sí, todo trabajo literario es en el fondo un trabajo de colaboración; no se escribe sin ayuda, sin el pie que nos dan ciertas palabras, el eco de una lectura o la conversación de un amigo; todo remite a otra cosa, ninguna frase surge del vacío, etcétera. Pero estas razones tan razonables (y que se reducen, en esencia, a que el lenguaje, la materia misma que empleamos, es una creación colectiva que nos antecede) nada tienen que ver con jugar en el campo del contrincante aceptando sus normas. Ahí llevaremos siempre las de perder. Puestos a ser medio, mejor serlo de las palabras. Puestos a escuchar y obedecer, mejor escuchar los dictados aleatorios –pero nunca caprichosos– del sueño y el deseo, de la memoria y la imaginación. Sin olvidar que servirnos de las palabras es en gran medida servirlas a ellas. Si el encargo ofusca o nos hace olvidar esta obediencia primera, mala cosa.

No se trata de engolar la voz y hablar de inspiración o de llamada interior, términos especiosos sobre cuyo sentido nadie se pone de acuerdo. Basta con reivindicar una fuerza tan humilde y poderosa como el apetito, la necesidad, las ganas puras y duras de llevarse algo a la boca, de saciar el hambre con que celebramos cada regreso a casa. Se ha hablado en ocasiones del vacío que debe acompañar la creación, de ese vacío que debemos hacer en nuestro interior para que la obra surja o comparezca debidamente. Ese hueco no es ninguna abstracción, no es un bonito juego conceptual diseñado para deslumbrarnos. Existe de verdad y es el hueco –palpable, material, urgente– que deja en el estómago el hambre: el escritor tiene ganas de mundo, quiere comer mundo, necesita llenar el buche con esto (en) que vive y que le rodea por todas partes. 

El escritor es, sí, «un artista del hambre», aunque en un sentido algo distinto del que le dieron Hamsun o Kafka. El hambre es su motor, la fuerza que impulsa y orienta su escritura. El ayuno sólo es prerrequisito de la creación en la medida en que abre el hueco que quiere ser llenado –que necesita ser llenado– por el mundo. Pero tampoco hace falta llegar a esos extremos. Basta con salir a la calle y echar a andar. Basta con vagar sin rumbo cierto hasta que el dolor en las piernas haga aconsejable un respiro. Y dejar entonces que el relato tome el relevo.

jueves, octubre 22, 2015

seamus heaney / san kevin y el mirlo



Clive Hicks-Jenkins, Tender Blackbird


Y luego estaba el caso de San Kevin y el mirlo.
Brazos en cruz, el santo se arrodilla
en su celda, pero la celda es estrecha, así que

la palma de una mano sale por la ventana, rígida
como un travesaño, cuando un mirlo desciende
y se acurruca y monta ahí su nido.

Kevin siente la tibia puesta, el pecho diminuto,
las garras y la limpia cabeza arrebujada
y, al descubrirse parte de la cadena eterna de la vida,

siente piedad: ahora tendrá que estarse semanas
con el brazo extendido como una rama a la intemperie,
hasta que los polluelos nazcan y cobren fuerzas y aprendan a volar.

*

Puestos a imaginar la escena,
imaginad que sois Kevin. ¿Cuál de todos es él?
¿Olvidado de sí o viviendo un suplicio

con dolores entre cuello y muñeca?
¿Le hormiguean los dedos? ¿Siente aún las rodillas?
¿O es que el vacío subterráneo

ha trepado por él a ciegas? ¿Hay distancia en su cabeza?
A solas, y reflejado limpiamente en el río profundo del amor,
reza: «trabajar y no buscar descanso»,

una oración que eleva de cuerpo entero
pues ha olvidado el ser, olvidado el mirlo,
y en la orilla el nombre del río ha olvidado.


trad. J. D. / el original, aquí.



Clive Hicks-Jenkins, St Kevin and the Blackbird


Hace más de dos años que Seamus Heaney nos dejó: una muerte quizá anunciada por sus problemas de salud, pero no por ello menos triste. Me gustaría recordarle aquí con uno de los poemas más célebres de su última etapa, este «San Kevin y el mirlo» en dos partes que apareció originalmente en su libro The Spirit Level de 1996. Un poema que toma como punto de partida una vieja fábula referida al eremita irlandés Kevin de Glendalough, fundador de la abadía del mismo nombre, que según se dice llegó a vivir 120 años (del 498 al 618 d. C.), pero que es también una metáfora espléndida sobre el trance poético y el don para ser uno con aquello que se concibe desde la imaginación. Keats lo llamaba «capacidad negativa». Es también un poema sobre la piedad y el amor por todo lo vivo, como si Kevin fuera un heraldo irlandés de San Francisco.

En cualquier caso, se convirtió en uno de sus poemas más célebres, y quienes se lo escuchamos decir en público no olvidamos el placer con que lo hacía, el guiño travieso que subrayaba el vaivén de sus manos al dibujar en el aire la celda y el vuelo del mirlo, el brazo extendido para recibirlo, la voz tranquila y un poco sonámbula con que leía la segunda parte, como si hablara de memoria o recordara algo de lo que había sido testigo. Y, en el fondo, era así.

lunes, octubre 19, 2015

buckets of rain





Ayer por la noche, casi a punto de dormirme, el ruido de la lluvia en las persianas… Mediados de octubre y el agua cae con ganas, en rachas generosas que ponen un filo de hielo en el aire. Pensé que la escritura debía tener ese ritmo, esa soltura, llegar al cuaderno como quien no quiere la cosa y a la vez sin reservas, insistente y pródiga, impulsando sus frases como gotas de agua en el cristal. Me dormí con ese ritmo en la cabeza y hoy, al despertar, tardé en salir de mi sueño, como si las aventuras de la noche fueran la casa en cuyo techo la lluvia debía seguir repicando, incubando palabras.

sábado, octubre 17, 2015

volver


Algunas frases que han ido a volcarse, un poco al azar, en mi cuaderno. Las reúno aquí para delimitar el espacio propicio donde esta bitácora pueda volver a respirar, no sé por cuánto tiempo. Cruzaré los dedos:



Thoreau: «Conoce tu propio hueso, mordisquéalo, entiérralo, desentiérralo, y sigue royéndolo con los dientes».



Orlando González Esteva (en carta de hace algunos días): «La inteligencia alarma a quienes les avergüenza un tanto, como debe ser, tenerla».




Miguel Fisac (creo que leído en un periódico): «La arquitectura es el aire que queda dentro de lo que construimos».




Francisco León (2009): «Los aforismos no pueden ser tomados como leyes para los demás, sino como expresiones de deseo para quien los escribe. En eso creo: escribo mis aforismos como “lemas de memoria” que trato de aplicar únicamente en mi escritura».


lunes, noviembre 17, 2014

un verano con mónica





Releo Casetas de baño, recuperada con esmero y elegancia por Ediciones el Taller del Libro en Madrid –atrás quedan la edición pionera de Seix Barral en 1983 y la reedición de Galaxia Gutenberg en 1997–, con la sensación fascinante, algo incómoda también, de estar espiando una conversación íntima, la charla ante el espejo de alguien a quien no conocí en persona pero que, a fuerza de cruzarse conmigo –en sus propios libros, en libros ajenos–, a fuerza de responder a mi saludo en las calles de la literatura, se ha incorporado a ese diálogo interminable que todo lector lleva consigo. Es el coloquio de la complicidad, de los espíritus afines, que revive o cobra fuerza con cada encuentro.

Si hace apenas medio año me sumergía sin reservas en la biografía que Monique Lange (1926-1996) dedicó en 1989 a uno de sus ídolos, el escritor y artista total Jean Cocteau, este regreso en odre nuevo a la que Juan Goytisolo considera su mejor novela no ha hecho sino restaurar, intacta, la seducción inicial. El relato de la mujer, aún joven, que trueca los añorados veranos mediterráneos por una estancia solitaria en el pueblo bretón de Roscoff vuelve a conmoverme –a hechizarme– con sus frases breves, sus párrafos desenvueltos, su tono acerado y a la vez impresionista, la verdad hiriente de sus ensoñaciones y sus nostalgias. Hay novelas que se ocupan del momento decisivo, ese punto de inflexión en que algo cambia fatalmente para su protagonista. Otras, por el contrario, lidian con las secuelas, la herida que no termina de sanar o que deja una marca visible en la piel. Casetas de baño pertenece a esta segunda categoría. Su verdad pertenece al orden de ese proceso de recuperación y remembranza verbal que, según el poeta T. S. Eliot, sigue al momento de la entrega. Por supuesto, añade Eliot con astucia y también con dolor, «el ser que se recupera nunca es igual al ser que se entrega».

Así, el médico que aparece en la primera línea del libro y que receta a la mujer, aún joven, una cura de aguas en un pueblo de la Bretaña, lejos del sol meridional de sus mejores veranos, no es más que una excusa para empezar a hablar, a contar. El médico dice lo que la mujer, tal vez sin saberlo, quiere oír: una confirmación de su dolencia, una salida plausible. Y la mujer, según vamos descubriendo, es alguien que sólo entiende el amor como entrega, como rendición voluntaria –y paradójicamente orgullosa– de esos espacios de sí misma donde han de habitar sus seres queridos. Si ello implica que sus seres queridos –su hija, su compañero vital– se alejen de ella, buscando espacios que les son propios, siguiendo un impulso que los constituye pero que ella no puede asumir sin aflicción, que hiere incluso su pequeña reserva de vanidad, sea. El amor no espera nada, no asegura nada. El amor, para esta mujer aún joven, debe quedar fuera de los circuitos de interés y cálculo egoísta de la sensibilidad burguesa. Libertad, libertad sobre todas las cosas, aun si la libertad de los demás conlleva mi esclavitud.

A ese primer gesto de entrega le acompaña, desde luego, un sentimiento de pérdida. Y el libro detalla el largo esfuerzo de la mujer por ganarse, por recobrarse, que es también el esfuerzo por recobrar el habla, la palabra: evocar los paisajes familiares del Sentier, rememorar un viaje compartido por Egipto, rendir homenaje a las figuras tutelares de su juventud… Aparece entonces el símbolo de las casetas de baño, ese espacio real que un personaje imaginario, «un señor mayor y descarnado [que] se parece a Clemenceau», le ofrece con anticuada y hasta sospechosa galantería. Es ahí, en esas casetas de baño que son una extensión o un reflejo de su cuarto de hotel, donde la mujer, aún joven, se refugia para rehacerse o gestar un nuevo yo, más libre y ecuánime. En resumen: más capaz de volver al mundo y encarar sus aristas, sus asperezas.

Si tuviera que definir este libro, diría que es el diario de una convalecencia, pero no nos equivoquemos: su tono, la frescura y ligereza de su prosa, tallada por los buriles complementarios de la elipsis y la lucidez –que se traduce en la búsqueda de los fetiches de una vida, de los detalles significativos–, arrancan de cuajo cualquier tentación autocompasiva. No hay lugar aquí para desfogues sentimentales ni quejas infundadas. Se mira a la existencia de frente y se lee el pasado, como apunta Goytisolo en el bello prólogo que ha escrito para esta reedición, con un propósito moral innegable: lo importante es saber vivir, saber vivirse. Por el camino, pinceladas de humor, de ironía, de una tristeza que justamente por eludir las trampas del patetismo se vuelve soportable.

El final del libro son dos simples palabras, una exclamación en sordina: «Cuánta dulzura». Y la prueba del nueve de su verdad –de vida y de palabra– es que el lector no espera otro.


[Revista Quimera, núm. 372, noviembre 2014, p. 65]

jueves, noviembre 13, 2014

mundo papel





Envidia, una vez más, del taller del pintor, del estudio cerrado donde trabaja en contacto inmediato con sus materiales: telas, cartones, pinceles, bastidores, pigmentos, barnices, productos químicos… Nostalgia de la dimensión física o artesanal del trabajo creativo, que apenas comparece en la escritura más allá del golpe de unos dedos en las teclas o (cada vez con menos frecuencia) el avance de la tinta por la página. Una envidia antigua, que se renueva al admirar, como cuando era niño, el escaparate de una papelería con sus plumas y bolígrafos, sus libretas y cuadernos, sus cajas de ceras y lápices de colores, sus reglas y compases, su inmenso surtido de carpetas y estuches y archivadores… Toda una cueva de Alí Babá para quien, como yo, vive con la ilusión o el horizonte de un orden capaz de introducir un poco de orden en su mente, de contener en lo posible el asedio del tiempo.

Es algo más que la felicidad infantil de estrenar libreta nueva. La tinta y el papel se transmutan y sutilizan en diseños cuidados, casi lujosos, que proponen al comprador un mundo feliz, una asepsia colorista y juguetona. La limpieza de los objetos finales se contrapone a la suciedad innata de la materia prima (la tinta mancha por definición; el papel se llena de huellas, se impregna del olor y la grasa de unos dedos) y la neutraliza con tal éxito que acabamos viendo la tinta, el papel, el cartón pintado y manipulado de los archivadores, como emblemas mercantiles de pureza. El proceso de higienización se extiende incluso a lo que tocan: fajos de papeles que atestaban una mesa van sin rechistar a su carpeta; las plumas, lápices y bolígrafos que acumulamos sin medida se alinean como picas en un bote de plástico. En realidad, estos objetos cumplen la misma función que las agendas o los cuadernos de notas: envolver el caos, o mejor dicho: volverlo presentable a fuerza de esconderlo.

Esta limpieza tiene muy poco que ver con el desorden de cajón de sastre que suele imperar en el taller de un pintor. Hasta en las herramientas propias del oficio se observa el carácter casi inmaterial de la escritura. A excepción de algunas plumas –que no dejan de ser primas hermanas de los pinceles–, se trata de objetos que juegan al disimulo, que seducen más al ojo que a la mano. Las tiendas de artículos de pintura, en cambio, son como un híbrido de bazar y almacén: en parte porque la tela y la madera, tan necesarias para el pintor, son materias primas más groseras, menos depuradas, que no suelen despertar el interés manumisor del diseño; en parte porque el grado de atractivo de la tienda depende directamente de su capacidad para evocar la atmósfera de su estudio; y en parte, como es obvio, porque ningún artista quiere olvidar la dimensión artesanal de su tarea, la cocina de la obra.

Eso sí, las diferencias no esconden una semejanza cardinal. Pues la consecuencia inmediata de la escritura, como sabemos, es que rasga el papel, lo llena de palabras y manchas y hasta de tachaduras. Y así también la pintura. La caligrafía es una variante del impulso primitivo de ocupar superficies con tramas de forma y de color; superficies que se convierten, en ambos casos, en volúmenes capaces de abrir las puertas de la percepción, de arrojar orden y claridad sobre la mirada –la consciencia– de quien los mira. El signo inscrito, por tanto, es menos una mancha que una grieta por la que pasa –por la que ha de pasar– la luz, y que convierte al lector o espectador en cámara oscura donde esa luz revela un mundo.

Con todo, lo importante a nuestros efectos es la fisicidad del gesto, la imagen del brazo y la mano y la muñeca flexionándose para lograr su objetivo. De ahí que el escritor mire siempre con envidia el taller del pintor: en más de un sentido, el espacio refrenda su trabajo con una soltura que no está al alcance de ningún escritorio, ninguna biblioteca.


sábado, noviembre 08, 2014

piedra





Vine para estar cerca de la piedra

–la piedra que aguarda en cualquier camino,
anónima y fiel,
que vio durar soles, planetas, prodigios
remotos,
que sufrió el castigo de vientos volubles
y fue deshojándose, menguando sencillamente,
descuidando sus confines
por los siglos de los siglos,
balbuciendo en sueños con la boca llena

–la piedra que estaba dentro de sí misma,
luchando por aflorar

–la piedra que poco a poco se convirtió en grumo,
en grano,
en polvo de escoria que el aire se lleva lejos
y desciende aquí, donde no hay camino,
vistiendo mis ropas y hablando en mi nombre.


para Juan Soros

martes, noviembre 04, 2014

hole5





Busca horas con agujeros, para cruzar al otro lado y olvidarse de todo.
            Pero los agujeros se cierran siempre a su espalda.



Cuando desapareció, nadie conocía su nombre, sus señas, su apariencia. Sólo cuando obtuvieron estos datos se permitió salir de su escondite.



En aquel patio de vecinos, la distancia se cuenta por años luz.



Deja siempre abiertas las puertas de casa. Sólo así no siente deseos de huir.



Cría discípulos, y te sacarán los colores.