lunes, mayo 23, 2011

invisible

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Hace pocas semanas, al término de su perspicaz lectura de Perros en la playa, el poeta Álvaro Valverde confesaba que había escrito un poema a partir de uno de los fragmentos del libro, una suerte de objet trouvé hecho con las palabras que escribí –algo alocadamente– hace siete años sobre el lugar que le estaba reservado en nuestro mundo a ciertos escritores (seguramente también yo estaba confesándome, aunque quisiera disfrazarlo de mala teoría). Curiosamente, este fragmento forma parte de las notas que decidí no publicar en esta página, así que puedo dar ahora el poema –que Álvaro me ha enviado hace unos días– casi como una primicia. También como un texto a dos manos, una obra en colaboración que no sería posible sin una amistad de casi veinte años, esa cercanía o complicidad que se establece con el tiempo. En cierto modo, la operación de reescritura de Álvaro me reafirma en la idea de que hay mucha poesía en Perros en la playa, aunque no adopte la forma ortodoxa del poema. También de que a la casa común de la escritura se llega por muchas puertas, aunque no todos quieran darse cuenta o cuiden esa casa por igual. En fin, glosas aparte, aquí está el poema. Obrigado, Álvaro, de corazón.


Invisibilidad

Siguiendo tu consejo,
estoy atado al mástil de mí mismo.
al de mi soledad, al de mi orgullo,
al de mi condición de persona invisible.
Ni juez ni periodista
y menos policía;
el que va por ahí sin ser notado
y capta de un vistazo
el sentido de ésta o de cualquier escena;
el que sale de casa y vuelve a ella
sin anclaje posible en sitio alguno.
Soy el furtivo, en suma.
El tiempo nos devora,
nos consume, vacía de nosotros
todo aquello
que acaso contenemos de valioso:
envidia nuestros cuerpos, la materia
donde el recuerdo tiene asiento
y nos permite ir y venir
por las calles de los años
con secreta libertad.
Por tal razón
hay que vivir con disimulo,
perdido entre la multitud
pero a un palmo de ella
para que así no nos advierta el tiempo
y que pase de largo
y sin embargo se deje ver
ante nosotros: sus testigos,
sus observadores, sus escribas.
Aunque nadie
nos haya confirmado en nuestro puesto,
y precisamente porque nadie lo ha hecho.

Álvaro Valverde
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2 comentarios:

Índigo dijo...

La imagen: bellísima. Invisible, pese a tantos puentes, tantas puertas. Y el poema, me parece tan triste y tan bello como la imagen: ¡tantas veces nos atamos al mástil de la soledad y no sabemos salir de ella". Algunos saben disimularla y otros, hélas !, no siempre saben disimularla, no salir de ella.

Jordi Doce dijo...

Gracias, Índigo... Abrazo, j12