martes, mayo 10, 2011

como zapatos viejos

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Se habla mucho de la necesidad de volver a los clásicos en nuevas traducciones y ediciones contemporáneas que ofrezcan garantías; un servir el vino viejo en odres nuevos, como si dijéramos, que nos permita releer y meditar de nuevo, sin estorbos, sin el recuerdo de previas frecuentaciones, sobre lo leído. Pero no se recuerda la importancia, quizá más íntima y hasta cierto punto contradictoria, de recuperar las ediciones en la que uno leyó un libro por vez primera. La importancia, en rigor, de rescatar el soporte físico de otro tiempo y con él –convertido de pronto en médium– las sensaciones que acompañaron su lectura. El tacto del papel, la tipografía, el color más o menos desvaído de la portada, los pliegues de las páginas, se vuelven así conductores o elementos de una máquina del tiempo que, más que nunca, nos sube a las pupilas la marea de nuestra sangre joven, nos ciega con la fuerza insolente de lo que fuimos. Lo que surge de ese contacto renovado, el súbito chispazo, no es menos capaz de estimularnos que el cambio de envoltorio de tantas reediciones. Aparecen cosas de las que no teníamos memoria, que habíamos pasado por alto, y es como si estuviéramos rematando un trabajo que no supimos completar en su día. Algo de esa satisfacción se filtra a la relectura y nos convierte en un lápiz que olfatea las letras finales de un crucigrama. Con la diferencia de que este crucigrama es más bien un rompecabezas y no se termina jamás.
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4 comentarios:

Isabel dijo...

Esa sinestesia maravillosa...
¡Qué bien describes lo importante!

Saludos

Índigo dijo...

En lo viejo reencontramos lo nuevo. Y, en ocasiones, nos reencontramos. ¿Entre muñecas rusas, el juego de lo viejo y lo nuevo?

Alfredo J. Ramos dijo...

...Y no se termina jamás, Jordi, así es. Por eso resulta tan difícil reordenar una biblioteca personal o, más todavía, someterla a un escrutinio seleccionador (para ganar espacio, por ejemplo). En tales situaciones siempre acabo atrapado por la nueva emoción de las trampas del tiempo. Y la tarea iniciada queda por hacer, aplazada para otra ocasión... cada vez más improbable.

Ángel Muñoz dijo...

Me parece una reflexión interesante Jordi, me la llevo al blog con tu permiso.