domingo, octubre 21, 2012

monósticos / el libro



Haritz Guisasola


Quienes visiten esta bitácora recordarán la existencia de un puñado de poemas breves que han ido apareciendo a intervalos bajo el título –tal vez algo pedante– de Monósticos. Se trata de los picos visibles de una serie de 21 poemas que se gestó en dos tiempos (octubre de 2011 y febrero de este año) y que ahora ve la luz en un libro de artista que, bajo el amparo del Centro de Arte Moderno de Madrid, he tenido la fortuna de realizar en colaboración con el pintor y dibujante Haritz Guisasola. Todo se ha hecho con cierta rapidez pero también con mucho rigor y entusiasmo gracias al esfuerzo de Haritz y del editor Claudio Míguez (y a la mediación de, por lo menos, dos estupendos amigos: el galerista Luis Burgos y el poeta y editor Juan Soros). El resultado se presentará este próximo miércoles 24 en la sala del CAM (Galileo, 62) y estáis todos invitados.

Escribí Monósticos, como he dicho, en dos tiempos, y siempre en las primeras horas del día, recién despierto. Quizá de ahí provenga la atmósfera algo sonámbula del conjunto, como si no hubiera logrado desprenderme del todo de las nieblas del sueño. Ese ha sido, quizá, el gran reto de Haritz, del que salido triunfante: dar cuerpo y volumen a una escritura muy poco figurativa, que avanza casi por contagio o adivinación. Creo que nunca he escrito una poesía tan nebulosa y con menos soluciones de continuidad. El estilo de Haritz en estos dibujos (de los que doy aquí dos ejemplos) evidencia su talento para estar cerca de lo real sin ser realista, para trazar figuras y volúmenes sin dejar en todo momento de sugerir o abrir incluso una puerta hacia el enigma.


Haritz Guisasola


El otro desafío era, desde luego, el tener que responder a una obra ya escrita y cerrada. Esta colaboración no ha sido un diálogo de ida y vuelta, sino que los dibujos han surgido de la lectura de los poemas y tratan de habitar sus resquicios, los espacios en blanco, sin perder por ello presencia o autonomía. El trabajo de Haritz se basta y se sobra por sí solo. Al mismo tiempo, convive a la perfección con estos 21 «monósticos» y hace que este libro sea una realidad mayor que la suma de sus partes.

En dos años he tenido la suerte de colaborar con tres artistas muy distintos entre sí: Melquiades Álvarez, Javier Pagola y, ahora, Haritz Guisasola, con resultados igualmente variados. Hechas las cuentas, ninguna otra colaboración me ha deparado tantas alegrías y satisfacciones como la que pone en vecindad imagen y palabra, poema y trazo. Monósticos es un libro pequeño, casi un breviario, pero en él cabe la inmensa alegría del encuentro, del trabajo en común. Y es también una forma de entretener o acortar la espera mientras avanzo en mi nuevo libro de poemas, del que ya empiezo a entrever su final. Como dice uno de los «monósticos» finales:


Una lluvia menuda nos calaba los huesos.
Nadie miró la hora, sin embargo.
Callar era el camino, los pies en el camino.

viernes, octubre 19, 2012

yeats / navegando hacia bizancio

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Caligrafía de Philippa Dow


I

Aquel no es un país para viejos. Los jóvenes
unos en brazos de otros, pájaros en los árboles
–esas generaciones moribundas– cantando,
cascadas de salmones y mares de caballa,
aves, peces o carne celebran en verano
cuanto ha sido engendrado, nace y muere.
Sujetos a esa música sensual todos descuidan
los monumentos de la mente inmarchitable.


II

Cosa indigna es un viejo, un abrigo andrajoso
montado en una estaca, excepto cuando el alma
bate palmas y canta, y canta con más fuerza
por cada desgarrón de su mortal vestido,
pues no hay escuela para el canto, sólo estudiar
los monumentos de su propia magnificencia.
Y por ello he cruzado los mares y venido
a la ciudad sagrada de Bizancio.


III

Oh sabios congregados en el fuego divino
tal figuras murales en un mosaico de oro.
Venid a mí del fuego, girando en la espiral,
para ser los maestros de canto de mi alma.
Purgad mi corazón; enfermo de deseo
y uncido a un animal agonizante,
no recuerda quién es; y encomendadme
al artificio de la eternidad.


IV

Fuera de la naturaleza no tomaré mi forma
corpórea de ningún objeto natural
sino de aquellas formas que los orfebres griegos
crean forjando el oro y en oro recubriéndolas
a fin de prevenir la modorra imperial;
o ponen a cantar en un árbol dorado
ante las damas y señores de Bizancio
los hechos que pasaron, pasan o pasarán.



trad. J. D. / el original, aquí
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martes, octubre 16, 2012

yo, tú, demonio

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Muchas discusiones, en especial las domésticas –donde afloran con más facilidad emociones de largo alcance, trastornos que han sabido ocultarse hasta entonces y que surgen de una vez, armados de los pies a la cabeza–, no se dirigen tanto a una persona en particular como al espectro, el demonio, que esa persona sabe despertar en nosotros. Ese demonio es nuestro, forma parte de la cuadrilla que nos ha tocado en herencia y que debemos domesticar con mejor o peor fortuna a lo largo de los años: un cajón de sastre de daños y limos mal asentados, de inhibiciones y prejuicios que han conseguido perpetuarse a pesar de las apariencias. Lo que provoca nuestro malestar o incluso nuestra ira no es algo concreto que esa persona haya hecho, sino lo que su hacer despierta en nosotros. El acto en sí puede no tener importancia –horas después nos parecerá trivial, una nimiedad que no explica nuestra furia– pero eso es lo de menos. Se trata de un pretexto, una coartada para que el demonio resucite y se plante de un salto en la escena. Y con el demonio surge el miedo; un miedo antiguo, cerval, que debemos disfrazar de rabia si no queremos que nos anule.

Todo sucede en cosa de segundos, sin pensar (en realidad es impensable): el demonio se solapa con nuestro interlocutor, se desliza en él, y desde allí hace lo posible por sacarnos de nuestras casillas. La persona que hasta hace unos momentos nos hacía compañía se nos vuelve ajena, impenetrable. Es un caso de posesión como cualquier otro. Pero aquí somos a la vez agentes y víctimas de esa posesión, pues todo proviene de nuestra incapacidad para enterrar al demonio de una vez por todas. Por decirlo con claridad: aquello contra lo cual dirigimos nuestra ira es algo que no hemos conseguido conjurar o neutralizar en nosotros mismos. Bien es verdad que hay quienes disfrutan excitando a los demonios de otros, que se entretienen buscando el punto débil de su compañero y accionándolo a discreción, pero el orgullo bien entendido consiste precisamente en ser más astuto y evitar caer en la trampa. De hecho, hay que obligarse a no caer. Siempre habrá gente manipuladora o adepta al chantaje emocional –nosotros mismos, admitámoslo, hemos jugado a veces a ese juego–, pero eso no nos excusa de saber comportarnos. El imperativo aquí es, una vez más, «conócete a ti mismo», aunque sólo sea para reconocer en todo momento a quienes nos rodean y no dejar que una sombra, nuestra sombra, los desfigure.

domingo, octubre 14, 2012

trofeo


Elogios incrustados en su corazón como diamantes. No se atreve a quitarlos, por si la sangre sale a borbotones.

sábado, octubre 13, 2012

3 retratos


No quiere que le comprendan. Cultiva la confusión y evita las confesiones, incluso las más triviales. Es su forma de seguir con vida, de no gastarse.



A fuerza de evitar su propia mirada en el espejo termina conociendo cada pliegue y repliegue de su cuerpo, hasta los que aún no existen.



Cada vez que empieza a masticar, algo se retuerce de dolor al otro lado de la calle.

miércoles, octubre 10, 2012

tranströmer en madrid



(haz click sobre la imagen para ampliarla) 


El próximo jueves 18 de octubre, es decir, dentro de ocho días exactamente, el poeta sueco y Premio Nobel Tomas Tranströmer visitará Madrid para asistir a una lectura en homenaje a su obra. Será en la Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes, a las siete y media de la tarde, y el acto vendrá introducido por unas palabras de bienvenida de otro escritor tocado recientemente por la varita de la Academia Sueca, Mario Vargas Llosa. La mujer del poeta, Monica Tranströmer, leerá los poemas originales y un puñado de admiradores de aquí (José Manuel Caballero Bonald, Juan Antonio González Iglesias, Esther Ramón, Carlos Pardo, Martín López-Vega, Juan Marqués y un servidor) le daremos la réplica leyendo su traducción española. Será una ocasión especial, sin duda; la mejor manera de celebrar la palabra de un poeta que, por desgracia, no puede ya decirlas de viva voz.

Acaba de colgarse en el blog del Círculo de Bellas Artes «La lógica del sueño», un breve texto que publiqué el año pasado en uno de los primeros números de El Cuaderno con motivo de la concesión del Nobel a Tranströmer. Y cuelgo, aquí, uno de mis poemas favoritos de entre los muchos que ha traducido Roberto Mascaró para la editorial Nórdica. Un simple aperitivo, una invitación a estar el jueves 18 con el gran poeta sueco. No se lo pierdan.



música lenta

El edificio está cerrado. El sol entra por las ventanas
y calienta la parte superior de los escritorios
que son tan fuertes como para cargar el peso del destino del hombre.

Estamos afuera hoy, junto a la extensa y ancha ladera.
Muchos llevan ropas oscuras. Uno puede estar al sol y cerrar los ojos
y sentir cómo es soplado lentamente hacia adelante.

Rara vez vengo hasta el agua. Pero ahora estoy aquí,
entre grandes piedras con espaldas pacíficas.
Piedras que lentamente han caminado hacia atrás desde las olas.


trad. Roberto Mascaró

domingo, octubre 07, 2012

estaciones 3 y 4





3

Las cosas que te dicen
son muy sensatas, pero
no te interesan,
están muy lejos de ayudarte,
y sólo
por respeto te paras a escucharles,
sin impaciencia,
mientras hundes el pie entre malentendidos
y el silencio prospera
como un tumor en la garganta, tienes
razón, no lo había pensado,
y el paso fiel, el ojo acuoso.


4

Desiertos de los días, demonios de mis noches,
decidme,
¿qué fue de la materia que fue vida,
en qué acabaron
la sangre y su latido, el agua
crispada del deseo?
Ya no quedan preguntas,
tan sólo una insistencia muda,
como el dormir,
y la niña que el tiempo no ha disuelto
jugando
con la noche, con los demonios, consigo misma.


jueves, octubre 04, 2012

austeridades / 2





Hace justamente veinte años, en octubre de 1992, en una de mis primeras visitas a la librería Waterstone’s de Sheffield, encontré Groundwork: Selected Poems and Essays, una antología de la poesía y los ensayos de Paul Auster editada por Faber & Faber. Sorpresa mayúscula. Los ensayos ya los conocía por la edición española de Edhasa (El arte del hambre), pero la poesía –seca, lapidaria, trabada como un nudo gordiano– fue un descubrimiento y no tardé en ensayar los primeros borradores de una traducción que pasaría por muchos otros antes de ver la luz, en Pre-Textos, en la primavera de 1996 (el título del libro era, y sigue siendo, Desapariciones). Fue mi estreno como traductor de poesía en una editorial comercial, y aún recuerdo los cinco días que pasé en casa escribiendo la introducción, lleno de dudas, poniendo una palabra tras otra como quien levanta una pared a pulso. Era final de enero y anochecía a las cuatro de la tarde. De vez en cuando salía a dar una vuelta para despejar la cabeza, pero el frío y la nieve endurecida de las aceras no tardaban en hacerme regresar. Alguien, delante de mi ventana, había dejado una señal de tráfico indicando la presencia de obras: una enorme placa triangular con la silueta de un hombre hundiendo su pala en un montón de tierra. Después de pasar el día frente al ordenador (con el ratón girando como una rueda de molino), la presencia de aquella señal ante mi casa parecía un gesto de complicidad, un aviso.

Dos años después Anagrama, en su colección de bolsillo, reunió en un solo volumen (Pista de despegue) los poemas y ensayos de Auster, estos últimos traducidos por María Eugenia Ciocchini. Aproveché la ocasión para revisar con detalle mi trabajo y el resultado fue un libro muy distinto, casi una reescritura. No sé si muchos se dieron cuenta; en realidad, ambas ediciones han convivido a lo largo de casi quince años y cada cual tiene su razón de ser, sus lectores. Las veo como hermanas mellizas, semejantes entre sí y también a sus padres (en este caso, los poemas originales), pero con personalidades distintas y no siempre conciliables que pueden incluso reñir cuando la ocasión lo exige.

Ahora Seix-Barral se ha embarcado en el proyecto de dar la Poesía completa de Paul Auster. Lo de «completa» requiere una explicación. Se trata, en efecto, del libro de Pre-Textos más cerca de treinta inéditos, pero todo él –también la introducción– ha sido revisado sin piedad, como si lo hecho hasta ahora no hubiera sido más que un borrador o un trabajo preparatorio. Dieciséis años no pasan en balde, y más cuando se trata de una poesía tan dura y exigente como la de Auster: una poesía en la que cada palabra cuenta, donde los silencios y las elipsis no dejan de hablar y que apenas si deja entrever las circunstancias y motivos que animan su escritura. Una poesía abstracta, podría decirse, si no fuera porque está gobernada por el ojo, por un mirar constante en dirección al mundo, como si Auster hubiera aprendido la lección de Alechinsky o de Bradley Walker Tomlin (a quien dedica justamente un largo poema) para crear conjuntos donde la sensualidad de las formas y la tentación figurativa convive con un fuerte impulso abstracto.

Hace unos días el ABC Cultural, además de publicar una larga y muy recomendable entrevista con Paul Auster, dio en primicia tres breves poemas (inéditos) del libro que llegó a las librerías este pasado lunes. Por su intensidad, por su cortante delicadeza, están quizá entre lo mejor del conjunto, y me parece oportuno citarlos de nuevo para cerrar esta nota. Nos recuerdan que el Auster novelista fue una vez un aprendiz en el taller del silencio, un joven obsesionado por pesar y sopesar cada palabra, alguien para quien cantar era imposible pero que empleó la poesía para aprender a contar. Y que todo lo que ha contado desde entonces sería bastante menos seductor si no hubiera convivido antes con el misterio de las palabras, del mundo, y del espacio que separa unas de otro.



Bradley Walker Tomlin



descripción de octubre

Los abatidos, ilusorios robles
de nuestro norte celestial, cálido como piedra, irguiéndose
en el aire endeudado
de sangre que prospera
en torno a estos viñedos casi en sazón. Más lejos aun
que la ebriedad que habremos respirado,
el ala de una urraca ha de girar
hasta prenderse en nuestra sombra.

Ven
a por la calderilla de tristeza
que tengo para ti.




de sombra a sombra

Contra la fachada del atardecer:
sombras, fuego y silencio.
Ni siquiera silencio, sino su fuego,
la sombra
que arroja un respirar.

Para entrar en el silencio de este muro
debo dejarme atrás a mí mismo.




visible

Bobinas de relámpagos, desovilladas
en la noche escindida de invierno: truenos
tirados por estrellas, como si

tu fantasma hubiera pasado, ardiendo,
por el ojo de una aguja y se hubiera afinado
hasta la transparencia con la seda
de la nada.



trad. J. D.

lunes, octubre 01, 2012

estaciones 1, 2

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1

Has vuelto a retrasarte,
pero la novedad
no es esa, siempre te retrasas,
siempre lo has hecho,
y la tensión que asoma mientras pones
los platos
o remueves el guiso que nunca está en su punto
es otra cosa,
el barbecho de un cielo inapetente
que calla lo que ha visto,
el frío seco que da en hueso
cuando abres la puerta y no es nadie.


2

El miedo,
es el miedo otra vez, piensas, mientras la luz
se hace más fuerte
en el patio interior y la mañana
arranca sin certezas,
tan sólo la voz de una niña
en el piso de al lado, un ruido
de puertas y ascensores
para gentes seguras de su oficio,
nombres redondos,
y la leche que hace un momento pusiste al fuego
se quema.


[…]

sábado, septiembre 29, 2012

i heard it through the grapevine

  
Son tres y hablan a voces, salpicando el diálogo con insultos cariñosos mientras esperan al pie de un cruce. De pronto, oímos a uno decir: «En Madrid, ahora, los saurios se venden como caramelos». Por su mezcla perfecta de disparate y sequedad realista, la frase nos recuerda esta otra que oyó por azar un amigo poeta: «En Madrid es más fácil conseguir un león que un enano».

viernes, septiembre 28, 2012

vislumbre


Sale uno con la lluvia pisándole los hombros y descubre en el arcén un par de zapatos de mujer que el agua ha terminado de arruinar. Cuesta pensar que alguien tire unos zapatos así a la calle. Están entre dos coches, casi ocultos, y tienen algo de pájaro que ha quedado muerto en el asfalto, un pájaro sucio y con las alas rotas. Nunca fueron gran cosa, esas alas, pero al menos su dueña sabía emplearlas para dejar la tierra un instante, pasar volando.

miércoles, septiembre 26, 2012

la solución

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A veces no queda más remedio que recordar a Brecht...



Tras la revuelta del 17 de junio,
el secretario del Sindicato de escritores
distribuyó panfletos en la Stalinallee
en los que afirmaba que el pueblo
había perdido la confianza del gobierno,
y que sólo si trabajaba
con esfuerzo redoblado
podría volver a ganarla. ¿No sería
más simple, en ese caso, que el gobierno
disolviera al pueblo
y eligiera a otro?



trad. J. D.

lunes, septiembre 24, 2012

jueves, septiembre 20, 2012

2 frases


«En la lengua en la que se habla / peor / se miente menos» (János Pilinszky).



«Si los muertos pudieran escribir, no tendría sentido que los vivos siguiéramos haciéndolo» (Bernard Nöel).

domingo, septiembre 16, 2012

vladimir nabokov / el poema




  
El poema

No el poema crepuscular que compones pensando
en voz alta
con su tilo esbozado en tinta china
y cables de telégrafo sobre nubes rosáceas;

no el espejo que está en ti y el hombro de ella,
delicado y desnudo, brillando con luz tenue;
no el lírico chasquido de rimas de bolsillo…
la música menuda que da siempre la hora;

y no los pesos y monedas en esas pilas
de diarios vespertinos calados por la lluvia;
no los cacodaimones del dolor de la carne
ni las cosas que dices mucho mejor en prosa:

el poema que cae desde alturas ignotas…
cuando aguardas el chapoteo de la piedra
allá al fondo, y agarras como puedes la pluma,
y entonces sobreviene la conmoción, y entonces…

en la fronda sonora, las palabras-leopardo,
las aves avistadas, los insectos cual hojas,
se fusionan y forman un intenso, callado,
mimético diseño de perfecto sentido.



Trad. J. D.

El original, transcrito extrañamente en prosa, aquí.




Entre las librerías que visité en París este pasado mes de julio no podía faltar, por supuesto, la gran Shakespeare & Co.; no es la original de Sylvia Beach pero se le parece bastante y, por lo demás, está muy bien surtida y atendida por un puñado de libreros eficaces a los que no parece conmover el fetichismo algo pegajoso de sus visitantes.

Quizá el que más prefiero de los que compré aquel día es el volumen de Collected Poems (2012) de Vladimir Nabokov, poco más de doscientas páginas que reúnen todos los poemas de madurez de Nabokov: no sólo el contenido íntegro de la primera parte de Poems and Problems (1969) (es decir, los treinta y nueve poemas que el escritor tradujo del ruso al inglés y los catorce que escribió originalmente en inglés y que se publicaron por lo general en la mítica revista New Yorker), sino también poemas de la etapa americana que habían quedado inéditos y nuevos poemas «rusos» que su hijo Dmitri, auténtico experto en la obra de su padre, con quien colaboró estrechamente, ha ido traduciendo a lo largo de estos años. Todo un poco laberíntico, como se ve, pero nada que turbe la coherencia del conjunto, que lleva impreso en cada página el sello de Nabokov, esa rara mezcla de inteligencia, galanteo verbal y un afán de trascendencia que hace todo lo posible por jugar al despiste.

Hace unas semanas me entretuve traduciendo un par de poemas «americanos» del libro, labor compleja porque Nabokov escribe una poesía muy hecha, muy cocinada formalmente, con un gusto manifiesto por las rimas consonantes, los juegos de palabras y las frases enigmáticas que a veces me hace pensar en Auden, aunque el autor de Pálido fuego es más coqueto y a la vez más sentimental. De los dos, me gusta en especial este «El poema», publicado por primera vez el 10 de junio de 1944 en el New Yorker y que Nabokov recogió ya en su día en Poems and Problems. Es un metapoema, por decirlo en pedante, una poética que procede por eliminación, descartando posibles definiciones que siempre resultan insuficientes antes de postular una imagen final que parece la apoteosis del credo simbolista: el poema como cifra redonda, como música intensa de «perfecto sentido» que logra encarnar la vida y detener el tiempo. Sin embargo, esta idea aparece expresada con un lenguaje lleno de concreción, de frescura, por momentos incluso prosaico, como si Auden hubiera decidido musicar una letra de Paul Valéry: no en vano la idea de que «las cosas que dices mucho mejor en prosa» no son materia de la poesía es algo que habría suscrito cualquiera de los dos.

En español se pierden las rimas consonantes, pero he tratado de compensar esa pérdida con algunas asonancias y aliteraciones encargadas de tensar la malla del verso. Entiendo que Nabokov fue trilingüe (francés, inglés y ruso) desde muy niño, pero no deja de asombrarme que fuera capaz de escribir este poema en inglés cuando apenas llevaba cuatro años viviendo en Estados Unidos.

viernes, septiembre 14, 2012

ecos


Ni me acordaba de estos dos poemas. Se escribieron, no sé, hace veinte o veintiún años y acabaron formando parte de La anatomía del miedo (1994), publicado de forma casi clandestina por el Ayuntamiento de León. Ahora David de San Andrés (aka David González) ha tenido la gentileza de recuperarlos en su bitácora. Gracias, David. No puedo evitar una mueca de disgusto cuando leo muchos poemas de aquella época, lastrados por vicios de estilo que piden a gritos una corrección. Pero el paso del tiempo también se nota en que uno convive más fácilmente con sus propios errores. O dicho de otra forma: leo estos poemas como si fueran de otro. Y es que, en buena parte, lo son.

Entretanto, mi buen Elías Moro sigue con su generosa labor de ir colgando entradas de Bestiario del nómada en su bitácora. A este paso no tardará en dar buena cuenta de todo el libro. Su generosidad me abruma. Ahora le ha llegado el turno a la «Cebra fantasma», y me pregunto qué extrañas redes maneja Elías, que ha conseguido atraparla sin un rasguño.

martes, septiembre 11, 2012

debajo de los mapas



 Pierre Alechinsky


Ciertas callejas o tramos de calles que, sin saberse el porqué, aparecen envueltas en un aire sombrío, incluso maléfico, como si el tiempo de todos los días hubiera decidido evitarlas y todo en ellas latiera sin fuerza, con esa calma helada de los personajes de cuentos de hadas que han sido hechizados y duermen a caballo entre dos mundos. Son espacios donde abundan los locales abandonados, que nadie quiere, donde los portales son de otro siglo y hasta los árboles tienen un aspecto desastrado que se trasmite a su sombra como un miasma. Es algo inexplicable, que se acepta sin más como parte de una rutina de la que somos, por lo común, espectadores pasivos. Todos conocemos, en nuestro barrio, esa esquina funesta donde cada dos años se cuelga un cartel de traspaso y se inaugura un comercio condenado antes incluso de abrir, porque todos hemos interiorizado de manera inconsciente la maldición que lo aqueja, todos sabemos que allí ningún negocio tiene futuro –que, por no tener, no tiene ni pasado, pues nadie recuerda cuáles lo precedieron.

Se trata, desde luego, de un conocimiento supersticioso, un resto de pensamiento mágico que sigue haciendo mella en nuestras percepciones, pero la misma intensidad o insistencia con que lo hace resulta sospechosa; es como si la propia superficie de las calles se resistiera a ser ordenada o jerarquizada racionalmente, como si algo de esa magia más bien antipática persistiera por debajo de las líneas del mapa. Esto es algo que los surrealistas, tan amantes de los cafés como de perder el rumbo por las calles de París, sabían muy bien. Los paseos y encuentros de André Breton en Nadja, por ejemplo, son el testimonio de un zahorí empeñado en pulsar las fuentes de energía de la ciudad, imanes que van asociados, para él, al ir y venir de esa mujer fatal con la que entabla una relación a medio camino entre la fascinación y el escrúpulo. Breton creía que esta energía se vinculaba a la antigüedad del lugar, a los estratos de historia y de vivencias que se acumulan con el tiempo, y por eso nunca tuvo ojos (ni oídos) para Nueva York. Su rechazo a convertirla en materia de sueño está relacionado, en el fondo, con su negativa a hablar inglés: ciudad sin cafés ni terrazas, sin calles que pudieran caminarse cómodamente, sin el espesor o la espesura históricos de su rival europea, Nueva York volvía inservible la sintaxis divagante de Nadja o El amor loco, todo ese largo y delicado sondeo verbal que era una de las marcas de la casa.




Ahora sabemos que estos imanes bretonianos también actúan en lugares sin apenas historia, en los barrios o calles de nuevo cuño donde se instalaron nuestros padres. Los concibo en el extremo de una red de arterias que fluye por debajo de la ciudad, una tela de araña cuyos hilos, si suben a la superficie, tienen el poder de alumbrar o envilecer los lugares que tocan. Y me doy cuenta de que, en mi caso, gran parte del interés o la excitación de vivir en la ciudad depende forzosamente de localizar y ordenar con precisión tales lugares.

lunes, septiembre 10, 2012

2 contiendas


El enemigo de su enemigo es también su enemigo. Está orgulloso de sus odios y no admite competidores.


Son sus elogios. Acéptalos sin más y deja los matices para otro. Corres el riesgo de insultarle.

viernes, septiembre 07, 2012

volcanes hay en sicilia





Todos hemos sentido alguna vez la tentación de la caída, la voz seductora de esa brecha que rodeamos con prudencia, los ojos nublados, hasta hacernos dudar peligrosamente sobre el caldero de nosotros mismos. Pero nadie, la verdad, ha descrito esa grieta con la coquetería y la gracia de Emily Dickinson...



#1691

Volcanes hay en Sicilia
y también en Sudamérica
lo leo en mi Geografía –
y Volcanes más cercanos
a un solo paso de Lava
si me inclinara por darlo –
un Cráter podría ver
el Vesubio mismo en Casa



trad. J. D.

el original, aquí.

miércoles, septiembre 05, 2012

oficio de tinieblas





Cuando empecé a escribir, me parece que lo que yo buscaba era materializar el espacio, la profundidad de una determinada efervescencia imaginativa desbordante, algo así como cuando se grita en la oscuridad de una caverna para medir sus dimensiones según el eco. […]

Julien Gracq, Leyendo, escribiendo, traducción de Cecilia Yepes, Madrid, Edición y Talleres de Escritura Creativa de Fuentetaja, 2005, p. 152.

domingo, septiembre 02, 2012

maribel nazco





Hace unos meses el poeta y comisario de arte canario Isidro Hernández, hombre de rara generosidad y uno de los manes que protegen y dan fuerza al TEA (Tenerife Espacio de las Artes), me llamó con una de esas propuestas a las que es difícil resistirse: escribir un poema para Metales, la exposición que el TEA dedica actualmente a la artista canaria Maribel Nazco y que se mantendrá abierta al público hasta el 6 de enero del año que viene. Una muestra que recoge muchas de las esculturas en metal que Nazco realizó durante los años setenta y que merecieron los elogios encendidos de, entre otros, el gran Eduardo Westerdahl.

Vi imágenes de los metales, leí a Westerdahl y recogí el guante. Nunca he escrito poemas por encargo, pero en este caso me pareció posible y hasta deseable: la calidad y la naturaleza de las obras, cuya apariencia de paisajes misteriosos evoca igualmente la calidez de cuerpos que se aman, me hechizó por completo. Como si esas planchas de cobre, aluminio, zinc o acero sometidas a complicados procesos de erosión y oxidación con ácidos, y también a un delicado trabajo de limpieza y pulimento, hubieran adquirido el tacto y el volumen de dunas y arenales, o de cuerpos que se buscan bajo la luz irreal y cegadora del sol.

Lo dice con más claridad Isidro en el texto que acompaña el anuncio de la exposición en la página web del TEA:

Es, el suyo, un mundo eminentemente constructivo y abstracto, pero en el que la alusión a la figura humana aparece en todo momento, logrando así una reconciliación entre la forma y lo informe, entre lo figurativo y lo abstracto. Los contornos deliberadamente curvos, sinuosos y orgánicos, sugieren, inevitablemente, cuerpos y figuras humanas irisados de erotismo, pero también paisajes; «paisajes corporales», para decirlo con palabras de Maud Westerdahl, que «han tomado largos baños de luna, han flotado y nadado de noche en el interminable río de la Vía Láctea, han rodado para pulimentarse en las vueltas del cielo».

El fruto de mi abordaje es este poema, «Aquí», que envié en versión manuscrita y que Isidro ha tenido la gentileza de hacer dibujar o perfilar en la pared de la exposición. El resultado es inmejorable, como puede apreciarse en las fotos adjuntas. No sé aún si el poema se entiende fuera de esa pared, lejos de las obras que animaron su escritura, pero de momento me basta con saber que ha vivido entre ellas, a la luz que entra cada día por el gran ventanal de la sala. No pierdo la esperanza de poder viajar a Tenerife antes del próximo día de Reyes para ver la exposición en persona (y visitar de paso a los muchos amigos que tengo en la isla). Aunque de tanto mirar las fotos me parece que ya he estado aquí.





aquí

Es un sol que amanece como si se pusiera.
Una luz incompleta, la paciencia del tallo.
No sabes dónde estás,
por qué ruta llegaste,

pero aquí, donde el suelo
tiembla bajo tus pies
como un idioma a punto de extinguirse,
la curva del brotar y la curva del horizonte

se confunden,
respiran una en otra
para limar las formas de la tierra,
los velos y espesores de la tierra.

Aquí, donde tus ojos son ojos que te miran
y nada es del metal de que está hecho:
deltas, riberas, vestigios de animales
y cuerpos que se buscan bajo un sol ilusorio.


(con Maribel Nazco)













sábado, septiembre 01, 2012