jueves, septiembre 03, 2009

entonces


Cuando el mundo se convirtió en el mundo
la luz brillaba como de costumbre
sobre un reloj indiferente,
el aire estaba lleno de comienzos
y mil veces en mil calles distintas
alguien se tropezaba en una piedra
y esa piedra le abría los ojos;
fue la ocasión que todos esperábamos
para tomar las mismas decisiones,
besar de nuevo el mismo suelo,
decir los hasta luego de anteayer;
y el rostro amado y rutinario
que fingía escuchar
o brindaba una mano distraída
volvió a apartarse antes de tiempo.
Detrás de las ventanas crecía la penumbra,
una gaviota hurgaba en la basura
y los niños jugaban casi a ciegas
ignorando los gritos de sus madres.
Era un día cualquiera en la ciudad,
con su ruido de fondo en nuestras venas
y el hollín de la noche borrando cercanías.
Quien guardó una moneda en su bolsillo
no fue más rico a la mañana.
Nada ocurrió que pueda recordarse,
ninguno de nosotros se dio cuenta
cuando el mundo se convirtió en el mundo.




Éste es uno de los poemas que leeré dentro de dos días, el sábado 5 de septiembre, a las ocho de la tarde, en el monasterio de Valdediós, en el concejo asturiano de Villaviciosa. Me presenta mi buen amigo José María Castrillón. Estas lecturas son siempre una buena ocasión para conocernos, charlar y pasar un buen rato. Si algún lector asturiano de esta bitácora se acerca, será más que bienvenido.

12 comentarios:

José Luis Gómez Toré dijo...

Un poema muy hermoso. Gracias por publicarlo.

Olga B. dijo...

"alguien se tropezaba en una piedra
y esa piedra le abría los ojos;
fue la ocasión que todos esperábamos
para tomar las mismas decisiones"

Casi todo lo importante llega así, la conciencia apenas lo atrapa, igual que a un poema.
Me gusta mucho, especialmente esos cuatro versos.

zaidenwerg dijo...

Me gusta.

Fernando del Busto dijo...

Es un buen día, un lugar maravilloso y un fantástico presentador... Haré todo lo posible, aunque ya me veo excusando mi asistencia.

Juan Manuel Macías dijo...

Precioso. Precioso y sonámbulo como un buen romance lorquiano. De seguro que el sábado levanta vítores. Gracias por el regalo para los que no podemos ir :-)
Abrazo.

ana dijo...

Este poema me gusta mucho.
Un besote, feliz reentrada.

Cassioppeaboreal dijo...

Una belleza.
Gracias como siempre.
Como han dicho más arriba, un regalo para quienes no podemos ir.
Cuándo te tendremos por Argentina, Jordi? Quizás en la próxima edición de la Feria del Libro?
Sabé desde ya, que en Córdoba tenés tu casa.
Gabriela.

Anónimo dijo...

A mí, en cambio, me parece un poema flojito, aburrido, sin mucha chispa fónica, sin verdadera potencia en las imágenes. Un poema que arrastra sus sílabas por un paisaje de desolación que no logra un mínimo de trascendencia o de aliento porque el lenguaje que lo dice es un lenguaje fallido.

Y, por cierto, nada tiene que ver con los romances de Lorca.

Juan Miguel Guzmán

Al59 dijo...

Extraordinario, Jordi. Cuanto más te leo, más bendigo el enredo que nos puso en contacto (y valoro mi suerte).

Un cura dijo...

Lo leo cuando debes estar leyédolo tú. Ánimo y enhorabuena. Que lo disfruten todos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Magnífico, Jordi, el poema te toma de la mano y te deja en el mismo lugar, quizás aún desconocido, pero tras la travesía ya eres otro. El inicio y su final circular me traen a la memoria el comienzo memorable de «Cielo sobre Berlín», la película de Wenders (y no sólo por el paralelismo evocador de las primeras palabras: «Cuando el niño era niño...»). Seguro que las piedras de Valdediós habrán guardado el eco de forma adecuada.

Jordi Doce dijo...

Gracias a todos, también a los que os ha gustado menos. Lo leí, en efecto (creo recordar que muy al comienzo), y yo al menos me sentí muy cómodo con él. Un abrazo, j12