jueves, septiembre 24, 2009

peter redgrove en falmouth

No suelo colgar dos traducciones seguidas en esta bitácora, pero esta vez haré una excepción. Hace días que pienso con insistencia en Peter Redgrove (1932-2003), y en lo necesario que sería editar una amplia antología de su trabajo (la pequeña muestra que ofrecí en un hermoso catálogo de la galería Luis Burgos no basta, es sólo un pequeño aperitivo, el vértice de un iceberg cuyas dimensiones exactas resultan muy difíciles de calibrar, incluso para los críticos británicos). Redgrove es casi un arquetipo de gran poeta irregular, capaz de lo mejor y de algunas caídas disculpables y hasta coherentes con su ideario: su fe en la creación, en la vida como un ejercicio constante de la fuerza imaginativa, le hicieron escribir y publicar en exceso, pero ese mismo exceso es parte de su encanto, algo que lo explica y lo singulariza.

Hablar de Redgrove me lleva al pasado. Durante dos años, del 93 al 95, bajé regularmente al sótano de la biblioteca de la Universidad de Sheffield, un lugar no en vano llamado The Cage, para trabajar con los papeles de su archivo: borradores de poemas y novelas, cartas, primeras ediciones de sus libros… Mi tesina debía estudiar su método compositivo y llegué a consultar borradores escritos veinte años atrás. Todo un viaje en el tiempo. De vez en cuando, para combatir el tedio, desoía las prohibiciones legales y abría las carpetas de la correspondencia: recuerdo, por ejemplo, un fajo de cartas de Ted Hughes de mediados de los años setenta que leí con una mezcla de aprensión, entusiasmo y curiosidad malsana, como quien se cuela en una conversación ajena.

Para entender su curioso método de composición, del que dio cumplida descripción en un artículo, «Redgrove’s Incubator», no me resisto a citar dos párrafos de un viejo ensayo, «El baile del poeta» (incluido en Curvas de nivel), que dejan claro hasta qué punto vivía en una atmósfera saturada de creatividad, de un afán constante y perdurable por transfigurar la realidad cotidiana. Son un poco largos, pero con ellos todo queda más claro:

«El principio básico [de Redgrove] es que el proceso creativo consta de diversas etapas. A cada etapa corresponde un cuaderno diferente: uno primero, llamado Diario, en el que anota todo tipo de estímulos: imágenes, citas, ideas, sueños; a este cuaderno le sigue otro llamado Imaginario, al que van a parar ‘las imágenes más musculosas, las metáforas más voraces, los extraños ciempiés del pensamiento’. Una vez incubado, este material se organiza en un tercer cuaderno. Aquí la tarea es doble: en la página izquierda aparece un primer borrador en prosa; en la página derecha, el borrador incorpora la partición del verso. Cuadernos posteriores exhiben borradores cada vez más trabajados, que un buen día desembocan en lo que Redgrove, a regañadientes, llama ‘versión final’.

Lo más curioso de esta técnica compositiva es que el autor dedica una o dos horas al día a cada uno de estos cuadernos: diario, imaginario y borradores pasan por sus manos en un proceso que abarca el trabajo de lustros. Aclaro enseguida este punto: Redgrove deja pasar meses e incluso años entre diferentes borradores de un mismo poema. Así, incorpora a su diario las imágenes e ideas del día; abre luego el imaginario por páginas de un año de antigüedad; corrige un borrador en prosa escrito dos años antes, y el primer borrador en verso de otro poema aun más antiguo. Y así sucesivamente. De este modo, pueden pasar de cinco a diez años hasta que un poema adquiere forma final, y en cada instante el escritor puede tener en sus ficheros centenares de textos inconclusos. Obviamente, no todos los borradores desembocan en un poema ni todas las versiones finales terminan viendo la luz, pero el porcentaje de logros es lo bastante amplio como para dar trabajo simultáneo a varias imprentas.»


Redgrove vino dos o tres veces por Sheffield a leer poemas y aproveché aquellos encuentros para charlar con él y tratar de conocerlo. No pude sacar mucho en claro porque vivía tan absorto en su mundo, en su peculiar rutina, que era casi imposible transitar una zona media en la conversación: o se hablaba de lo que a él le interesaba, y en sus términos, o no había mucho que hacer. Recuerdo sus cejas, eso sí, con un curioso bucle o rizo hacia arriba, como acentos circunflejos, y sus ojos vivaces de inglés excéntrico. Vivía muy retirado con su mujer, la también poeta Penelope Shuttle, en Falmouth, uno de los pueblos más hermosos de la costa sur de Cornualles, lugar favorecido por toda clase de pintores, donde daba clases de escritura creativa en el College of Arts, y a Falmouth dedicó multitud de poemas en los que aparecía como un pueblo poseído por una extraña energía, un lugar mágico que acogía o suscitaba constantes metamorfosis. Uno de esos poemas es este «Zona de terremotos», en el que coexisten diferentes realidades imaginativas, diferentes versiones del mismo pueblo, y que fue una de las primeras piezas de Redgrove que me atreví a traducir. No sé si es un gran poema, pero le tengo mucho cariño y es un retrato bastante fiel de la relación que él mismo tenía con su entorno, esa capacidad para otorgar rango fabuloso a las circunstancias más cotidianas y prosaicas.



Zona de terremotos

Nuestro hogar es zona de terremotos,
ciudad de columnas partidas y avalanchas colgantes.

Al ojo del visitante todo es paz:
las pequeñas cabañas de piedra, los estuarios
siempre alisados por el viento, pero ¿y la realidad?

Grandes piedras caen del cielo y rebotan
varias veces al día, grandes como palacios
o largas como avenidas.

¿De dónde vienen estos cuerpos caídos?

Ahora observo la luna llena:
qué tranquila y hermosa en su navegación;
luego, su negro equivalente se echa sobre nosotros
y aterriza en algún antiguo cráter…

Pero ¡mirad!, la luna aún cabalga
serena como una postal;
y otra vez su pesado espectro cae.

El golpe de la luna resuena por los montes.

De vez en cuando, e
n noches claras,
otra aparición nos visita,

una ciudad de muros y torres
y cisternas de agua luminosa
toma tierra y se acopla a nuestras calles,

y vagamos por esta ciudad suplementaria

explorando una versión astral del hogar
que estrena galerías en nuestras escaleras cotidianas,
halla un salón del trono en el silencio

[de cada invernadero.


Trad. J. D.




9 comentarios:

Alberto dijo...

Me interesó mucho su método compositivo, qué recomendarías de él si no es mucho pedir, ya que dices que es tan irregular. Tuvo que ser alucinante esa experiencia de vouyerismo epistolar, qué envidia. Gracias por el poema, un saludo,
Alberto

Jordi Doce dijo...

Lo fue, lo fue, poder ver y leer cartas reales de Ted Hughes fue una experiencia intensa...

Creo que corre aún por ahí, al menos en Abebooks, una amplia antología de su obra en Penguin que cubre desde el 59 al 87, más o menos. En la portada va un cuadro célebre de Frida Kahlo. Y luego Cape publicó en el 99 un nuevo Selected Poems que cubre toda su obra pero incluye proporcionalmente menos poemas de cada libro.

Un saludo, y gracias por tu lectura. J12

carlos maiques dijo...

Es un poema muy divertido, la verdad. El método Redgrove debe ser muy práctico si tienes la paciencia, algo así como las personas muy ordenadas porque dicen que son un desastre. Te dejo con alguien de Gales. Un saludo y hasta otra.

John Cale & Lou Reed. Forever Changed.
http://www.youtube.com/watch?v=lGtznW_-IBQ

Anónimo dijo...

Muy buena tu traducción, Jordi. Creo que había oído hablar de Redgrove, pero es el primer poema suyo que leo.

El hecho de que mencionaras a su esposa, la poeta Penelope Shuttle, me ha hecho recordar el libro que escribieron juntos, "The Wise Wound", Marion Boyars Publishers Ltd, 2005 (la primera edición que he visto es de 1986). Fueron juntos a una biblioteca en busca de información sobre la menstruación, dado que Shuttle al parecer tenía muchos dolores. Como no encontraron nada, decidieron investigar por su cuenta, lo cuál desembocó en la escritura del libro.

Mario Domínguez Parra

Jordi Doce dijo...

Gracias, Carlos, me encanta esa canción de Reed y Cale. El disco que dedicaron a Warhol fue durante mucho tiempo uno de mis discos de cabecera.

En efecto, Mario, los dos son autores de "The Wise Wound", publicado a comienzos de los ochenta. Un libro importante dentro del movimiento feminista inglés, aunque ellos se mueven también por los terrenos de la mitología, la filosofía oriental, etc. Un libro interesantísimo, y muy importante para Redgrove. Un día de estos cuelgo un poema suyo llamado "Menstruación", muy divertido, en el que se aborda este tema desde una perspectiva muy desmitificadora...

Por cierto, si quieres leer más poemas de Redgrove, pincha en la etiqueta Redgrove que hay debajo de la entrada y te encontrarás con 3 o 4 poemas más. Ya iré colgando nuevas traducciones a lo largo del tiempo. Un abrazo a los dos, J12

Yaiza Martínez dijo...

Muchas gracias Jordi, me ha interesado mucho este poeta. No lo conocía. Deduzco que no hay aún una traducción de su obra al español, ¿es así?

Seguiré con interés las traducciones de Redgrove que cuelgues. Me ha gustado mucho también su método de escritura, con el que me identifico pero sin tanta exhaustividad.

Gracias de nuevo, un abrazo, Yaiza

Jordi Doce dijo...

Gracias por tu lectura, Yaiza. Bueno, hace unos tres años publicamos unos cuantos poemas en un catálogo de la galería Luis Burgos de Madrid, colección "El Lotófago" (http://www.lotofago.com/). Creo que ellos siguen teniendo ejemplares en su almacén. Yo me quedé sin ellos hace tiempo y no he respuesto. Un abrazo, j12

Jordi Doce dijo...

Hay un enlace más claro:

http://www.lotofago.com/numeros/lotofago10/critica.htm

Saludos, J12

Anónimo dijo...

Qué interesante la entrada, Jordi. Es la primera vez, creo, que leo un poema de Redgrove (la verdad es que tu página es una verdadera mina para los que, como es mi caso, somos cuasi analfabetos respecto a la actual poesía inglesa, y cuánto ayuda a ir remediando esa carencia). Después de leerlo un par de veces, tampoco sabría decir si es un buen poema, quizás llegó a la imprenta antes de sufrir ese envidiable método compositivo que describes, en el fondo no muy diferente al de muchos otros poetas artesanos. Un método que, me parece, tiene algo del oficio del pintor: la mesa de escribir como un espacioso taller sobre el que conviven lienzos en diferente estado de composición. En todo caso, un escenario apetecible, y aún más al contemplar el espacio "real" en el que se sitúa. Curiosamente, la imagen que incluyes al final (supongo que es una vista de Falmouth) ancla el poema de una forma especial, lo vuelve si no claro sí mucho más preciso en su capacidad de sugerencia. La clave, me parece, la das tú con precisión: «otorgar rango fabuloso a las circunstancias cotidianas». Toda una poética, y acaso la función más consoladora de la literatura frente a tanta fugacidad. Un abrazo.

Alfredo Ramos