viernes, noviembre 18, 2011

el dedo y el anillo

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A Felipe Cabrerizo
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Mientras leo El mapa y el territorio, la nueva novela de Michel Houellebecq, vuelve a fascinarme la sordina sentimental y hasta romántica que hace vibrar su escritura, esa dimensión de cuento de hadas que alienta por debajo de la pátina de nihilismo, sexo explícito y miedo y asco en el mundo de sus novelas. La rabia del narrador no está muy lejos de la rabia del niño o el adolescente desquiciado que se revuelve contra lo que tiene más cerca. Es como si Houellebecq se hubiera creído a pies juntillas las películas de Eric Rohmer (ese mundo ilusorio de muchachas hermosas y enigmáticas, conversaciones galantes con su punto justo de petulancia intelectual, atardeceres con vino y enamoramientos fugaces; esa Arcadia moderna que iluminó las pantallas de la Francia del bienestar) para descubrir, al cabo, que todo era mentira, un simulacro hiriente. Su respuesta –hacer trizas ese mundo, injuriarlo y denigrarlo por todos los medios posibles– no puede ocultar la fascinación primera, la deuda que tiene con él.

Es también un síntoma de inmadurez, desde luego, pero se trata de una inmadurez atractiva, que nos conmueve y nos arrastra con ella porque en el fondo es la nuestra, la compartimos y entendemos. Todos –quiero decir, los cuarentones y treintañeros de esta isla de prosperidad que sigue siendo Europa Occidental– hemos sido protagonistas y víctimas de esa glorificación de la juventud que nos ha permitido postergar el ingreso en la edad adulta hasta extremos inverosímiles para nuestros padres. Y, lo queramos o no, seguimos viviendo bajo el brillo imperial de las imágenes que los medios y la publicidad crearon para nuestro consumo. Da igual que tengamos familia o hijos o hayamos adoptado, en apariencia, rasgos y caracteres que corresponden a la mayoría de edad. Seguimos viviendo a la sombra de una representación del mundo que nació por y para el mercado y que, por tanto, sólo puede ser causa de insatisfacción, de hartazgo. Un hartazgo, no obstante, del que nos parece desleal y hasta incoherente renegar porque nos cubre, aún ahora, de juegos y diversiones y símbolos de estatus; una insatisfacción que nos parece mezquino denunciar porque es la misma que permite y hasta promueve esos paréntesis de inmadurez sin los cuales la vida sería aún más insufrible.
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Houellebecq nos libera y nos consuela porque adopta por nosotros el papel de niño mimado, de réprobo con posibles que se lanza contra ese mismo sistema que le permite rebelarse y hacer negocio con su rebelión. Su inmadurez es la nuestra; también su descaro. Sólo que nosotros, quizá por fortuna, somos más hipócritas (sin hipocresía no habría convivencia, y un mundo de Houellebecqs liberados de obligaciones sociales sería inhabitable) y callamos lo que él, como bufón de corte y aspirante a moralista, dice en voz bien alta para que le oigamos. Lo que resulta curioso –o al menos a mí me lo parece– es encontrar, por debajo de las muecas y los aspavientos, por debajo de unas escenas de sexo que se suceden con rutina notarial, por debajo del impulso de irrisión y de denuncia constantes, la pervivencia de ideas y anhelos de novela romántica. Decir que Houellebecq es un sentimental sería quedarse corto: una y otra vez aparece en sus páginas la idea del amor verdadero, de la mujer que pasa sólo una vez por nuestra vida y la redime (y tiene que ser mujer, además: la mirada de Houellebecq es ferozmente masculina); muchos de sus personajes conocen la felicidad, aunque sea fugazmente, y luego caen abatidos por la certeza de que esa felicidad es irrepetible, de que la vida a partir de entonces sólo puede ser un descenso apático hacia la muerte; otros, como perpetuos adolescentes, se refugian en una soledad que es responsabilidad de los demás romper: no quieren buscar sino ser buscados, su pasividad está pidiendo a gritos que la observen, que la reconozcan. Es todo un poco ridículo, en principio, pero le salva –y nos desarma– la convicción con que procede, la seriedad absoluta con que exhibe su fe.

La escritura de Houellebecq es liberadora porque da vida a todas nuestras fantasías adolescentes, todas nuestras pulsiones de inmadurez (también las destructivas), siempre un poco degradadas o vulgarizadas después de pasar por la máquina de picar de la publicidad y los medios de comunicación, y lo hace sin pedir disculpas, sin mirar a los lados ni estimar las consecuencias. No es extraño que haya logrado convertirse, así, en el poeta laureado de esta sociedad de peterpanes descontentos, hijos resabiados del sueño socialdemócrata y sus jardines de infancia. Aunque no convenga tomarlo demasiado en serio ni convertirle en abanderado de ninguna corriente de pensamiento. Su nihilismo y su rabia adolecen de la misma debilidad de carácter que las diversas modalidades de progresía bienpensante que ridiculiza. También para él es imposible la vuelta atrás, a una época de convicciones fuertes (y eran fuertes, no lo olvidemos, porque se defendieron en ocasiones con la propia vida, algo que nos resulta inconcebible y hasta escandaloso). Sólo queda el sexo –en sus diversas figuras modernas: el turismo sexual, la pornografía, los clubes de intercambio de parejas, la frontera especiada del sadomasoquismo– y la soledad impotente (¿inapetente?) del urbanita saciado. Pero queda también la escritura, y con ella un motivo de esperanza: pues la escritura presupone la existencia de los otros, de un idioma colectivo, de alguien que lee o que escucha. Y queda también la risa, la comicidad irresistible de muchas escenas y pasajes –como la estancia de Bruno en un campamento new age en Las partículas elementales, o el arranque del primer viaje tailandés de Michel en Plataforma–, genuinas actualizaciones de un costumbrismo burlesco que me sigue pareciendo una de las pocas vías de renovación de la postmodernidad. Al menos por ese lado el nihilismo de cartón piedra de Houellebecq preserva una tenue dimensión comunitaria. (Francés malgré lui, su particular modalidad de anarquismo conservador le impide abrazar las proclamas neoliberales de la Thatcher y derivados, por cuya vulgaridad y puritanismo sólo puede sentir un profundo desprecio.)
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El mapa y el territorio me ha parecido un libro más seco y desencantado incluso que los anteriores, también más mecánico, peor resuelto en su estructura interna. La supuesta trama policial no es más que una digresión que le permite jugar a placer con la imagen de su propia muerte –lo que de verdad le interesa– y los policías que la protagonizan despiertan una simpatía muy difusa. El libro retoma motivos e inquietudes de Las partículas elementales pero los trata con menos frescura, sin el entusiasmo algo demoníaco de los primeros libros. Y, sin embargo, el embrujo de la escritura sigue ahí, esa sordina sentimental que hipnotiza y arrastra y nos hace pasar página tras página hasta el desenlace final. Houellebecq es un enorme contador de historias, un maestro en el género de los cuentos de hadas. Nada le gusta más que los finales felices, y sus libros se pueden dividir en dos clases: los que añaden a ese final feliz una coda trágica, o los que lo representan en forma de ensoñación utópica. El mapa y el territorio pertenece a esa segunda clase, postulando una Francia ruralizada –una nueva Arcadia– en la que reina un espíritu comunitario fundado en la alianza de tradición y tecnología y enriquecido por un contingente de inmigrantes de lujo (chinos y rusos, principalmente). Que Houellebecq escenifique su propia muerte como antesala de ese nuevo tiempo no debe leerse como una figuración ególatra, aunque algo de eso hay, sino como el reconocimiento –lúcido y resignado– de que su particular forma de inmadurez debe quedar desterrada del futuro. Con gentes como él, parece decirnos, es imposible construir ninguna sociedad viable. Y uno se inclina a darle la razón. Pero no parece que quienes le acompañamos, los que no somos Houellebecq, constituyamos un material mucho más prometedor, al menos de momento. Sería absurdo extraer conclusiones apocalípticas, preguntarnos –como hacen algunos críticos literarios metidos a profetas– si somos las últimas generaciones de una sociedad decadente o abocada a un lento adormecimiento, pero está claro que leemos a Houellebecq, entre no muchos otros, porque
levanta testimonio extremo de un malestar genuino, íntimo. Es verdad que a veces agita el dedo amonestador con sospechoso entusiasmo, pero todo se le perdona cuando hace brillar el anillo de sus hipérboles.
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miércoles, noviembre 16, 2011

el acosador

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No dejaba de llamar, pero no para saber dónde ni cómo estaba yo, sino para no sentirse perdido.
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lunes, noviembre 14, 2011

sin título

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Gustav Klimt, Árbol de la vida


No sé bien de qué hablamos
ni por qué…
Quizá sólo la noche
dijera cosas con sentido,
retirada unos pasos
junto al muro de las lamentaciones.
Los demás nos quitábamos el miedo
compartiendo tabaco y preguntas retóricas.
Hierba rala, costras de tierra seca,
el exiguo calor de la amapola
respirando bajo la lengua de los insomnes.
No sé bien qué dijimos
ni para qué…
El mundo se escurría fuera del campamento
pero ningún reloj se dio cuenta.
Los perros, los caballos,
dormitaban por turnos
y sus ronquidos nos servían para reconocernos.
¿Por qué nadie se acuerda a estas alturas?
Hambre y frío cortante.
Bajo la luna insatisfecha
sólo palabras y palabras.
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jueves, noviembre 10, 2011

islas

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Todos los días oigo y leo cosas distintas sobre la manera de hacer España. ¿Pero España se va a hacer así; en una esquina, en el café, en la prensa?

No; que trabaje cada uno en su casa, plenamente, en lo que sabe. En sus libros, en su cátedra, en el laboratorio; con voluntad, con espíritu, con amor. Pasados unos años, España será una suma de obra y acción pura; será –sobre granito bueno y mirto– amor, espíritu y voluntad.

Recójase hacia dentro el río de la palabra y trasmítase y hágase duradera. Hablar, sí, pero de otro modo y mejor.

¿Que otros, mientras, se harán dueños? Sí, pero por menos tiempo que ahora. Y, mientras, que sea la obra verdadera y grande el premio, la luz, el pan de verdad, de los que no lo sean ni lo quieren ser.

Y, por otro lado, ¿es que puede más el dueño que el libre?
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Juan Ramón Jiménez


Palabras oportunas, me parece, en estos tiempos de alboroto político. Y con un ojo puesto en el gran Tomás Segovia, que acaba de dejarnos y que tanto admiró a JRJ. Bien es cierto que él hacía su España en el café (el célebre Comercial de la Glorieta de Bilbao, tan recordado estos días), pero no lo es menos que había logrado convertir esa mesa de café en un espacio íntimo, un segundo hogar: la misma soledad, el mismo recogimiento. Por mi escaso trato con él, no creo que Segovia apreciara precisamente el ruidoso gregarismo del tertuliano castizo; en su costumbre veo más bien una manera de replicar con su sola presencia el acto poético, el orgullo huraño y algo zumbón de quien planta su isla de silencio en medio del bullicio, que es –en realidad– lo que hace o pretende hacer todo poema. Descanse en paz.
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martes, noviembre 08, 2011

cien mil millones de poemas

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Hace algo más de medio año mis amigos Eduardo Vilas y David Villanueva, responsables del Hotel Kafka y la Editorial Demipage respectivamente, me hicieron una curiosa propuesta. Una de esas propuestas, en realidad, que no cabe rechazar. Los dos habían caído en la cuenta de que este otoño se cumpliría –se cumple ahora– el quinto aniversario de la creación de sus dos sellos, y para celebrarlo no se les ocurrió cosa mejor que rendir homenaje al gran Raymond Queneau replicando en español –justamente medio siglo más tarde– su famoso Cent mille milliards de poèmes (1961): esto es, diez sonetos en versos alejandrinos, con rima consonante, sin puntuación ni encabalgamientos, a fin de que cada verso se pueda leer por separado; diez sonetos cortados en tiras que permiten combinar un verso con cualquier otro de los sonetos restantes para formar combinaciones casi infinitas (las matemáticas dicen que hasta un número de 10 elevado a 14, o, lo que es lo mismo, 100.000.000.000.000). Un poco largo de explicar, como veis, aunque una rápida ojeada al libro lo aclara todo.

El libro de Queneau, en fin, es una forma memorable de recordarnos hasta qué punto la literatura –la poesía– es hija del juego, del azar, del accidente: hay combinaciones de todo tipo, absurdas, extravagantes, sugestivas o luminosas, una verdadera cornucopia de metáforas y hallazgos verbales. Es también un objeto singular, algo así como un pariente cercano de las tablas de ouija o las barajas del Tarot.

Nuestro libro se llama Cien mil millones de poemas e imita en todo el de Queneau salvo por un detalle: esta vez firman el libro diez autores, uno por soneto. Cinco venimos por el lado del Hotel Kafka: Marta Agudo, Javier Azpeitia, Rafael Reig, Julieta Valero y un servidor. Los cinco restantes, por el lado de Demipage: Pilar Adón, Fernando Aramburu, Santiago Auserón, Francisco Javier Irazoki y Vicente Molina Foix. Hay poetas, novelistas, y hasta un artista total, inclasificable, como es el gran Auserón, más conocido en estos tiempos como Juan Perro. Resulta instructivo cómo pese a todas las reglas y constricciones (los diez poemas están escritos en alejandrinos y siguen el mismo juego de rimas) cada soneto refleja o encarna a la perfección la sensibilidad de cada autor. Hay lugar para todo: humor, erotismo, delirio, gravedad reflexiva o metafísica, protesta social…

El libro llega estos días a las librerías, justo a tiempo para la temporada navideña; entretanto, aquí os dejo la portada –muy otoñal–, la nota de prensa de la editorial, y también un vídeo en el que David Demipage Villanueva explica muy clara y didácticamente cómo «funciona». Y funciona, vaya que sí. Hasta hay espacio para que cada lector incorpore su propio soneto…


Cien mil millones de poemas. Demipage from Demipage on Vimeo.

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sábado, noviembre 05, 2011

charles tomlinson / las trampas usa

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Iglesia de Las Trampas, Nuevo México


Camino entre malvarrosas
por un jardín reseco hasta llegar,
arriba, a la casa,
llamo, luego pido
en inglés la llave
de la iglesia de Las Trampas.
La anciana
dice en español: no
hablo inglés
así que digo: dónde
está la llave de la iglesia
en español.
—Ve usted a esos
tres hombres trabajando: pregúnte-
les a ellos. Ella se
vuelve, yo
me vuelvo
dispuesto a preguntar-
les en español:
Hey, dicen
en americano. Hola
digo y les
pregunto en inglés
dónde está la llave
de la iglesia y ellos
dicen: la tiene él
señalando a un cuarto
hombre que trabaja
con la azada en un campo
de maíz cercano, y a él
(en español): ¿dónde está
la llave de la iglesia? Y él:
yo la tengo.—OK,
dicen en
español-americano:
tráela (y a mí
en inglés)
él la traerá. Usted
espere por él
en la puerta de la iglesia.
Gracias, les digo, y ellos
responden en americano
De nada. Regreso
de nuevo
y espero en la sombra
la llave: el que
la trae no es el de
la azada, sino
uno de los tres que
trabajan, quien
con gracia castellana
me introduce en
este lugar
de frescor
fuera del sol de agosto.



trad. J. D.


el original, aquí.
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viernes, octubre 28, 2011

el cuaderno

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Este próximo domingo 30 de octubre sale a la calle el tercer número de «El Cuaderno» [Semanal de Cultura de La Voz de Asturias], un nuevo suplemento que dirige el periodista y escritor Juan Carlos Gea y de cuyo consejo editorial formamos parte Juan Cueto, Julio César Iglesias, Álvaro Díaz Huici, Elena de Lorenzo, Miguel Barrero, Jaime Priede y un servidor. El Cuaderno se distribuye de forma gratuita con el diario La Voz de Asturias y ve la luz todos los domingos. Después de dos números centrados en Leonard Cohen y la cultura del fútbol, respectivamente, le toca el turno a un número más diverso y difícil de definir, pero por eso mismo, quizá, más sugerente: artículos dedicados a Tomas Tranströmer, Gonzalo Suárez o Wilco, reseñas de libros de Simon Leys y Jonathan Lethem, poemas inéditos de José Luis Piquero… En fin, material de primera, algo imprescindible si queremos hacer realidad nuestro deseo primero: traer el presente cultural a Asturias, hacerlo convivir con la realidad de la región, ensanchar y poblar horizontes para no caer en las trampas del provincianismo. Evitando siempre, eso sí, la repetición de firmas, secciones o temas, la sensación de rutina que dan muchos suplementos, la tendencia de muchos críticos a instalar su columna o su reseña en mitad de la plaza y soltar cada fin de semana el mismo discursito previsible.

A la espera de que la página web sea operativa (algo que, me aseguran, no puede tardar), podéis asomaros a la página alternativa que hemos abierto en Facebook para ir anunciando contenidos y actividades. Tan pronto sea posible leer el suplemento fuera de Asturias, en formato virtual, lo anunciaré aquí. Entretanto, os dejo con la portada del nuevo número, colorista remake/remodel (los fans de Roxy Music me comprenderán) del pintor asturiano Alfonso Fernández.
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jueves, octubre 27, 2011

but a child's play


Sabemos que jugar es el modo inconsciente en que un niño aprende a ser adulto. Lo que nadie se molestó en añadir es hasta qué punto la adultez consiste, inversa y hasta perversamente, en jugar a ser adulto.
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martes, octubre 25, 2011

burnside / nosotros

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nosotros

Así debiera ser:
la calle azul, el carro de la leche,
olor a tinta y grano.

Nada conforta al ojo
como las vallas y los muros
salpicados de lluvia verde

o crestados de nieve, en
el alba que rezuma.
Nada nos calma tanto
como los setos y las puertas,

la sensación de ser
cuartos secretos
al fondo de la casa única,
dedicados al tiempo y el espacio.



No sé cómo es para los demás, pero el trabajo de producción de un libro me resulta cada vez más difícil. Y no digamos ya si se trata de una traducción. Corregir pruebas es lo de menos; pero es un menos por el que uno, casi sin querer, empieza a dudar de todo, a cotejar obsesivamente la traducción con el original, a preguntarse por qué tradujo este o aquel verso de un modo que ahora –tres o cinco o siete años más tarde– le resulta sospechoso… Se lanza uno a corregir y hasta reescribir versos enteros, y es como si se hubiera abierto la caja de Pandora: cada cambio provoca a su vez media docena, y pronto las ramas (si al menos fueran árboles) impiden ver el bosque. Digo esto porque desde hace días ando inmerso en la corrección de las segundas pruebas de la antología del poeta John Burnside, Conjeturas y esperanza, que Pre-Textos tiene previsto publicar antes de que acabe el año (creo que ya he hablado de ella en esta página). Inmerso es la palabra. Traduje los primeros poemas de Burnside hace como quince años; los últimos, hace dos. Su trabajo me ha acompañado de forma intermitente desde 1993. Y, sin embargo, sigo insatisfecho con el resultado, tocando y retocando los poemas, remiso a enviar el libro a imprenta y darlo por concluso. Es falso que los años den más seguridad. Lo que dan es cierta capacidad de distanciamiento, de resignación: bueno, se dice uno, ya has vivido esto antes y al final el trabajo sale adelante, parece funcionar. Pero la incertidumbre crece con cada nueva entrega, también el recelo, hasta el punto de que debo –no es retórica– obligarme a poner los codos en la mesa antes que el libro se envenene sin remedio.

Entretanto, conjuro el miedo compartiendo en esta página el poema inaugural de la antología; un poema de The Hoop (Carcanet, 1988), el libro con que Burnside se dio a conocer a los lectores y que resume, en apenas unos versos, muchas de las constantes de su obra. Un poema otoñal, sí, también una especie de mantra con el que el propio Burnside se educó para la normalidad (sic) después de muchos años de trastornos vitales y psicológicos. Además, y sin que sirva de lenitivo, creo que dice o habla también en español.


us

This is what ought to be:
blue street, milk float,
the smell of ink and grain.

Nothing soothes the eye
as walls and fences do,
speckled with lilac rain

or snow-ridged, in
the seeping dawn.
Nothing soothes us more
than hedges and doors

and the sense of ourselves
as secret rooms,
deep in the one house,
busy with space and time.
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miércoles, octubre 19, 2011

3


No te ensañes conmigo, no niegues mi existencia a toda costa… Te expones a que resucite.



Todos se apartan a la vez, y entonces él despierta.



Seguiré leyendo mientras me quede vida, declara, entre jovial y retador. Sí, muy bien, pero ¿cuántos libros seguirán leyéndole durante ese tiempo?

domingo, octubre 16, 2011

field commander cohen

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Era un disco lejano del comandante Cohen, nueva piel para la vieja ceremonia, quién por el fuego, quién junto al agua, con ángeles volando que hacían el amor bajo un ala improbable, pintada torpemente por la vieja censura. Era el disco del hotel Chelsea, era esto lo que querías, hay una guerra –como si hubiera olido, muerte de un mujeriego, su futura pendencia con el guerrero Spector–, y la voz condensada, arrastrándose sobre un fondo espartano de guitarras y banjos socarrones. Crecíamos extraños y la voz ayudaba, daba claves. Decía: no sabréis más que ahora, no hay descanso, tomad esta intemperie y haced algo con ella, lo que podáis. Sigue diciéndolo. ¿Y quién diré que llama?

(El Cuaderno, La Voz de Asturias, 16/10/2011)


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jueves, octubre 13, 2011

espantapájaros

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El que guarda silencio para impedir que los demás conversen con fluidez, intimidados por su rigidez de estatua, y el que habla sin parar para impedir que los demás metan baza, aturdidos por su locuacidad, son la cara y la cruz de una misma moneda. La cuestión es imponerse, y esta es una de esas manías que no hace sino agravarse con la edad. El anciano taciturno y el anciano charlatán son primos hermanos, pues, y las estratagemas con que buscan preservar su dominio no se detienen ante nada. Lo mismo da fingir una sordera que hacer de santo laico; el caso es conmover a cualquier precio, llamar la atención, como si sólo así, provistos de un cordón de seguridad de oyentes y escuderos, pudieran espantar a la Parca. Lo malo es que también los vivos, a poco que guarden cierto sentido de la medida, terminan espantados.
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lunes, octubre 10, 2011

monósticos / 11

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mano de Miles Davis, foto de Irving Penn


Sabía ver el mundo como si no estuviera en él.
Olvido, indiferencia, estas eran sus señas.
También piedad, a veces, una extraña ternura.
El piloto parpadeaba a ratos, con desgana.
No era cosa que debiera inquietarle.
Según el plan en curso, sobraban las urgencias.
Sin embargo, sentía un eco de los antiguos vínculos.
Algo se removía a tientas allá dentro.
Corrigió una palabra de su informe y se puso a esperar.
Siguió esperando mientras la Tierra giraba.
Si las piezas debían encajar, él no veía cómo.
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viernes, octubre 07, 2011

yeats / 2 poemas breves

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John Duncan (1866-1945)



reprende al zarapito

No lances tu chillido al aire, oh zarapito,
o lánzalo tan sólo al agua del Oeste;
pues tu chillar me trae a la memoria
finos ojos ardientes y sus largos cabellos
palpitando pesadamente sobre mi pecho.
Bastante mal hay ya en el chillar del viento.



oye el grito de las juncias

Me aventuro por la orilla
de este lago desolado
donde el viento aúlla en las juncias:
Hasta que no se rompa el eje
que sostiene a los astros en su ronda,
y las manos arrojen a lo hondo
los pendones del Este y el Oeste,
y se desciña el cinto de la luz,
no ha de yacer en sueños
tu pecho junto al pecho de tu amada.


trad. J. D.; aquí, allá, los originales.
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miércoles, octubre 05, 2011

hacia la tierra inalcanzable

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2011 es, entre otras muchas cosas, el Año Milosz, pues el gran poeta polaco (aunque de origen lituano) nació hace justamente cien años, en concreto el 30 de junio de 1911. Coincide este aniversario con la publicación en España, por fin, de una amplia antología de su obra (Tierra inalcanzable) a cargo de Xavier Farré. A mi juicio, uno de los libros fundamentales de lo que llevamos de año y un auténtico privilegio para los lectores. De Milosz sólo teníamos una pequeña antología publicada en 1984 por Tusquets Editores que –a decir verdad– no terminaba de hacerle justicia. La selección de Farré es más representativa y –lo que es más importante– está mucho mejor traducida.

Presentamos el libro en Madrid a finales del pasado mes de abril en la sede del Círculo de Lectores en Madrid. Leí entonces un texto que, debidamente corregido y ampliado, vio la luz en el número de verano de
Revista de Occidente. Resucita ahora en versión digital gracias a la hospitalidad de Juan Manuel Macías, quien ha decidido incluirlo en la sección de firmas invitadas de la página de DVD Ediciones. Una sección, por cierto, sin desperdicio. Ahí aparece, entre otras joyas, la hilarante reseña que mi buen Eduardo Moga dedica a esos poetas (sic) incapaces de convivir con la incertidumbre. En fin, ojalá el texto os guste y, sobre todo, os lleve a leer la obra de Czeslaw Milosz, uno de los grandes poetas y pensadores del siglo pasado.
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lunes, octubre 03, 2011

exprés


Mientras ojeo la mesa de novedades –sin ánimo para hojear como es debido–, me salta a los ojos el anglicismo, en grandes titulares, de una faja publicitaria: Un clásico instantáneo… Dan ganas de añadir: Vierta un poco de agua y…
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viernes, septiembre 30, 2011

hotel, club, diario

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foto: harry pearce


Comienza el curso, al fin, aunque el verano se niega a irse y sigue pisando los últimos días de septiembre con una luz capaz de despejar los humores más sombríos. Y, coincidiendo con este inicio de temporada, el Hotel Kafka abre las inscripciones para el Máster de Escritura Creativa (el módulo de poesía se impartirá durante el segundo trimestre, de enero a abril) y también para el Club de Poesía que inauguramos este año: una ocasión para compartir lecturas, inquietudes y deslumbramientos. Comenzamos el 7 de noviembre con Residencia en la tierra de Pablo Neruda y luego el 21 del mismo mes con Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma (luego seguiremos con Zbigniew Herbert, Luis Cernuda y John Ashbery, entre otros). Como veis, un menú de lo más variado. Os copio los dos párrafos de presentación del Club de Poesía y os invito a matricularos si vivís en Madrid: se trata de leer, de compartir lo leído (lo pensado) y, en general, de pasar un buen rato.



El Club de Lectura de Poesía del Hotel Kafka no quiere ser más –ni menos– que un espacio de encuentro, de diálogo, de interrogación, de debate y de aprendizaje en torno a esos libros sin los cuales difícilmente seríamos lo que somos, o querríamos ser lo que no somos. Desde clásicos de la vanguardia histórica a trabajos contemporáneos, queremos acercar lo más vivo, lo imprescindible, lo más provocador para la inteligencia y los sentidos (la única provocación que vale la pena), ponerlo en comunidad, entrar y salir de su círculo de tinta para entrar y salir de nosotros mismos, escarbar en sus entrañas o sus motores y borrar la pátina que el tiempo, a veces, pone sobre páginas que, bien miradas, bien leídas, siguen teniendo tanta o más vida –siguen siendo tan (im)pertinentes– que cuando fueron escritas. Nos mueve el convencimiento de que nadie puede ser poeta si antes no ha sido lector –obsesivo, compulsivo– de poesía, si no experimenta el asombro, el íntimo deslumbramiento, el secreto placer de quien, al leer, siente que las palabras de otro le están leyendo, rehaciendo, cartografiando el territorio siempre confuso de su propia identidad.

Nuestro método de trabajo es sencillo. Para leer, como para escribir, hay que quedarse a solas. Leeremos por tanto, primero, cada uno por nuestra cuenta. Y luego, cada quince días, nos reuniremos para debatir, interrogar (al libro y a nosotros mismos), dar nueva vida a las palabras con el firme propósito de que ellas nos den un poco más de la suya. Echaremos mano de nuestra inteligencia y nuestra memoria, de nuestros sentidos y nuestras emociones, y de una experiencia vital que incluye también todo lo que hemos leído y pensado y visionado. Se trata, en fin, de disfrutar y aprender de la poesía en un entorno de cordialidad cómplice que no excluye el rigor y la indagación. Si la poesía es, en gran medida, el espacio de la palabra en libertad, quizá su lectura y su frecuentación nos ayuden a ser un poquito más libres.



Entretanto, Antonio José Ponte sigue haciendo de las suyas y ha decidido publicar una nueva selección de mis perros playeros en Diario de Cuba. Esta vez lo ha titulado «Lo que es invisible de tan grande» y la frase, sin duda, es la definición más certera o precisa de su hospitalidad.

miércoles, septiembre 28, 2011

peter redgrove / en el huerto

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Gustav Klimt


Manzanos como un arrecife de coral

tras los cálidos muros de arenisca
que les permiten madurar. Hablamos

en susurros de la negrura
destilada en los frutos,
la carga basculante del ramaje
como pechos palpables bajo una blusa verde.

Igual que duerme el ojo
duerme el fruto en su párpado perfecto,
hasta que muerdo negro y sale
blanco, diciendo
«Hágase la luz».



No es habitual, pero a veces ocurre. De hecho, debería ocurrir más a menudo. Quiero decir, uno vuelve sobre un antiguo poema, una traducción realizada –e incluso publicada– hace años, y la tentación inmediata es cambiar palabras, corregir este o aquel verso, optar por nuevas soluciones. Me pasó no hace mucho con un poema de Peter Redgrove (1932-2003) que colgué en esta bitácora hace exactamente cinco años. En realidad, los poemas de Redgrove me han planteado siempre muchos problemas, como si el estado de flujo en el que parecen haber sido escritos –según confesión del autor– los volviera escurridizos o resistentes a la traducción. Supongo que es también cuestión de torpeza (la mía, por supuesto). El caso es que me encontré con este poema, «En el huerto», y cuando me di cuenta había rescrito la mitad de los versos. Así que vuelvo a publicarlo aquí, acompañado del original. Podría dar para una curiosa sesión del taller de escritura creativa. Todos los cambios, por definirlos o resumirlos en pocas palabras, apuntan a un solo propósito: buscar la máxima precisión, arrimarse lo más posible al original sin dejar de estar atento a lo que la traducción misma puede aportar; en este caso, los últimos versos, esos «hasta que muerdo negro / y sale blanco», que suenan –creo– más concisos y hasta más vivaces que en inglés. Me gusta el modo en que el endecasílabo queda trunco y prepara la cita bíblica del final. No descarto, con todo, verme con una nueva versión de este poema dentro de cinco años.



orchard end

Apple-trees coralled behind
The warm stone walls that help
To ripen them. We discuss

In whispers the spirituous dark
Within the fruit, the boughs
Librating their poundage
Like heavy bosoms in a green shirt.

As an eye sleeps each apple
Sleeps in its seamless lid
Until I bite into the black, turning it
To white, saying
‘Let there be light.’
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lunes, septiembre 26, 2011

cul-de-sac

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Ese curioso instante en que sólo te queda una esquina para completar el cubo de Rubik de ciertos trabajos o problemas, pero cualquier movimiento te obliga fatalmente a retroceder y deshacer el prodigio, sin posibilidad de enmienda. Repasas una y otra vez los planos, la secuencia de eventos, y te preguntas con rabia de Tántalo, ¿en dónde me equivoqué? Otra cosa es que, por soberbia o mala fe, uno quiera mostrar el resultado de tal modo que nadie advierta esa esquina indispuesta.
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miércoles, septiembre 21, 2011

la espera

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Francisco Toledo, Garza y cocodrilo


El escritor al que atraen multitud de asuntos, que mariposea entre intereses encontrados sin decidirse jamás por ninguno, no es muy distinto del que no tiene asunto ni encuentra nada que decir (aunque sepa muy bien, tal vez, cómo decirlo). En ambos falta el yugo imperativo de la obsesión, ese instante fatal en que algo –a medias yo y no-yo– nos agarra del pescuezo y se niega a soltarnos hasta que lo hemos escrito. Un instante, por cierto, que no cabe premeditar, aunque podamos cortejarlo de distintas maneras. De ahí que el escritor verdadero gaste la mayor parte de sus fuerzas en una actividad paradójicamente agotadora: no escribir. Sí, puede ofrecer su cuello a multitud de aspirantes, ansioso por sentir el peso del yugo, pero sólo unos pocos tendrán derecho a esclavizarle. Extraño privilegio el suyo, o extraña condena: elegir sin saberlo a sus dueños sucesivos, el grado y condición de su servicio.
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lunes, septiembre 19, 2011

a oscuras

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Me cuenta un amigo que ayer al mediodía –así puede ser una jornada de mediados de septiembre en un valle asturiano– el cielo se aborrascó hasta el extremo de provocar el encendido automático de los faros del coche… Algo como un eclipse de nubes que borró la luz del sol casi por completo y que no remitió hasta media tarde. No recordaba que los coches estuvieran equipados con este tipo de sensores, aunque parece lógico. Algo como los filamentos que la sangre enciende por instinto para iluminar los días oscuros, llenos de malos presentimientos. Y también en este caso hay que hacer como el conductor del coche: mirar con terquedad hacia adelante, no entretenerse sino lo indispensable, concentrarse en el acto mismo de conducir hasta que poco a poco se sale del túnel y se comienza a respirar más anchamente. A la salvación por la rutina. O del remolque salvador de los automatismos. No es mucho consuelo, tal vez, pero no se me ocurre nada mejor cuando los días se estrechan y se vuelven irrespirables, como este comienzo de semana en el que ciertos asuntos –domésticos, laborales– que debieron resolverse hace tiempo comienzan a emponzoñar el aire. Supongo que mi vieja manía de enterrar la cabeza en la arena, esperando que la tormenta amaine o siga su curso, sigue siendo tan improductiva y malsana como siempre. Con lo que me temo, además, que estoy gastando los filamentos de la sangre con oscuridades de mi propia hechura. Imposible quejarse, pues. A lo más que puedo aspirar es al semblante de dolorida sorpresa de mi amigo al contarme el eclipse de ayer. No me lo puedo creer, venía a decirme. Yo tampoco; me he visto en este hoyo tantas veces que mi insistencia en visitarlo me parece francamente digna de asombro.
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viernes, septiembre 16, 2011

+ perros


1. Estos perros siguen haciendo de las suyas. Ayer mismo, gracias a la hospitalidad del escritor Antonio José Ponte, se colaron en las playas del periódico virtual Diario de Cuba, uno de los grandes espacios dinamizadores de la resistencia democrática cubana. Si tenéis tiempo, no dejéis de pasearos por sus páginas para leer, entre muchas otras incitaciones, los memorables artículos literarios de Orlando González Esteva, Lorenzo García Vega o el propio Antonio Ponte. (La ilustración, por cierto, no podía ser más acertada.)

2. Mi querido y admirado Andrés Sánchez Robayna ha escrito una muy generosa reseña del libro para el número de septiembre de la revista cultural Letras Libres. Se titula «Reticencia y agudeza» y se publica exactamente siete años después de que yo dejara, en septiembre de 2004, la redacción española de la revista. Cosas del azar, o de esas extrañas simetrías que esconde el tiempo. En cualquier caso, no niego que me hace mucha ilusión. Y para que la alegría sea completa, traigo a esta pantalla una ilustración, espléndida, de otro buen amigo, el pintor Melquiades Álvarez.


y 3 (posdata). Estoy de enhorabuena. A las pocas horas de colgar esta entrada, me llega el aviso de que el joven poeta José Luis Gómez Toré (por cuya escritura siento eso tan raro de encontrar llamado afinidad, cercanía) ha escrito una reseña de Perros en la playa para el blog de crítica La Tormenta en un Vaso. Su generosidad viene de lejos. Suya fue también una reseña de Hormigas blancas, allá por el 2005, que ayudó no poco a difundir el libro. Gracias, José Luis. Esa poesía, intemperie que da título a tu bitácora es bastante más amable gracias a compañeros como tú.


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martes, septiembre 13, 2011

tomlinson / renshi

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En octubre de 1998, algo menos de treinta años después de unir fuerzas con Octavio Paz, Jacques Roubaud y Edoardo Sanguineti en Renga, fruto de una semana de intenso trabajo colectivo en París, Charles Tomlinson fue invitado a Tokio para participar en la composición de otro renga, esta vez con poetas japoneses. Si el escenario de la primera colaboración había sido un asfixiante y oscuro sótano del Hôtel Saint-Simon, esta vez Tomlinson compartió una sola jornada de trabajo en el Hotel Daisenya, entre estanques llenos de carpas
y dilatadas vistas de los arrozales vecinos. A su lado, como una especie de lugarteniente, tenía al escritor inglés James Lasdun (1958), que había sido alumno suyo en la Universidad de Bristol. El quinteto creador lo completaban tres poetas nativos: Hiroshi Kawasaki, Mikiro Sasaki y el también crítico literario Makoto Ooka, quien ofició de maestro de ceremonias y explicó a sus compañeros que el poema que iban a escribir debía llamarse propiamente renshi, pues era una variante menos estricta, en forma y contenido, del renga tradicional. Añade Tomlinson con algo de humor que, «si bien evitamos muchas estipulaciones tradicionales, acatamos la vieja regla de no mencionar demasiado la luna». Y comenta que la tarea se hizo muy llevadera pues en todo momento uno podía escaparse a una habitación cercana para escribir su parte o picotear algunas de las innumerables exquisiteces que la cocina del hotel ponía a su disposición.

Si el patrón formal del renga parisino había sido el soneto (un soneto multilingüe, escrito en inglés, francés, italiano y español), esta vez
se acordó combinar estrofas de tres y cinco versos, tal vez como un homenaje a las viejas formas japonesas del haiku y el tanka. A medida que escribían, el resultado era caligrafiado en un gran mural que colgaba de las paredes del cuarto. Como explica el poeta inglés, «parecíamos habitar una casa creada –de manera pausada y sin embargo veloz– por nosotros mismos». En todo momento los cinco poetas tuvieron la colaboración de dos traductoras encargadas de facilitar la comunicación y allanar el territorio de encuentro: Janine Beichman (del japonés al inglés) y Masahiko Abe (del inglés al japonés).

Los primeros once fragmentos de este renshi aparecen colgados en el portal
de la revista inglesa Agenda (aquí, y hay que irse abajo, al extremo inferior de la página, para descargar el pdf con el ensayo de Tomlinson) y no he dudado en traducirlos, aun a sabiendas de que el poema resultante es, en la mayoría de los casos, el fruto de una doble mudanza: del japonés al inglés, y del inglés al español. La secuencia tiene al menos un doble mérito: logra en muy pocos versos reflejar la personalidad de cada uno de los participantes, y respeta la vieja norma del renga de que cada fragmento se engarce única y exclusivamente con su predecesor, creando un itinerario semántico algo zigzagueante que depende casi en exclusiva de la voluntad de los distintos coautores. Resulta curioso, en última instancia, que quizá el fragmento más proverbialmente oriental de todos (el VI) sea de un viejo poeta inglés, y que corresponda a un poeta japonés contemporáneo (Makoto Ooka) añadir en su respuesta unas pocas gotas de humor y hasta de malicia irónica.

No he traducido, por cierto, la muy intraducible expresión mono no aware, que corre
sponde a un impulso espiritual común a la mejor poesía tradicional japonesa: la empatía con las cosas, o la piedad por ellas, la percepción melancólica de su carácter efímero y la sabia conciencia de que esta fugacidad es precisamente lo que les confiere su peculiar belleza.



Charles Tomlinson, Makoto Ooka, James Lasdun, Hiroshi Kawasaki y Mikiro Sasaki

Extracto de Golondrinas viajeras, renshi compuesto en las terma
s de Hatake en el Hotel Daisenya, 1998

I

Octubre: emigran nuestras golondrinas:
África es su destino, pero este año ve
a una pareja inglesa entre japoneses
aprendiendo nuevas canciones, nuevos nombres para la flor
y el árbol,
antes de que vengan el frío y mono no aware

Charles


II

Siempre es posible hallar de nuevo mono no aware
¡Mirad! Ha
sta por el corazón de los mares sin caminos
hermosamente abriendo camino van los peces

Makoto


III

Un camino.
......Un claro.......Una habitación….
Y con qué rapidez lo que parecía pura
obstrucción rinde una ventana y luego una puerta…
Pero cuidado: aquello por lo que creías haber venido
puede haber cambiado ya

James


IV

Los niños jugaban a comprar y vender
Mientras sostenía un paraguas, uno de ellos dijo
Esto es una buena máquina para escuchar la lluvia

Hiroshi


V

Encima de una hoja de bambú
una pequeña rana silvestre, y sobre ella
su alma, del tamaño de una gota de lluvia, elevando
un suspiro

............hacia donde las nubes se abren

Mikiro


VI

Nubes que no dejan de borrar las montañas
Sobre un paisaje holandés:
Mondrian en los arrozales de Izu

Charles


VII

Estos campos colindan con aquellos donde crecí
los saltamontes pasaban brincando y nosotros los
cazábamos y comíamos hervidos, con azúcar y soja,
la crisis alimentaria hacía la vida difícil hasta para los saltamontes
aún no había oído hablar de Van Gogh o Rimbaud

Makoto


VIII

El arce, el arce rojo y floreciente
que talé en el prado la primavera pasada
arde un poco demasiado ferozmente en el horno de leña

James


IX

He oído hablar de mariposas que dejaban de respirar
mientras sorbían néctar, pegadas a la flor.
O contemplad a la cigarra: desprovista de vida,
apurados los cantos,
es izada por las hormigas, que unen la vida con lo venidero
¡Qué finales tan felices!

Hiroshi


X

Un viento anónimo......mantiene a flote
......vidas anónimas
Navegando en el barco de los genes, la tierra boyante
Sigue su viaje

Mikiro


XI

Lo aprendes demasiado tarde: cuando una hoja
brota del mástil, cuando la hiedra enreda tus remos,
cuando tus marineros con nariz de botella
y brazos como aletas se arrojan por la borda…
demasiado tarde comprendes que tu vileza atrapó a un dios

James

[…]


Trad. J. D.



domingo, septiembre 11, 2011

2 mujeres


No seas tan duro con ella. Fuiste tú quien la eligió, exponiéndote libremente a sus colmillos. Querías la validación de una dentellada, y la tuviste. Todo lo demás, como se suele decir, es literatura.



No tardó en dejarla. Cada vez que hacían el amor, le parecía estar como detrás de una puerta, oyendo algo que no le estaba reservado, que ni siquiera debía oír.


jueves, septiembre 08, 2011

mudanzas, resistencias, humildad


1. De paseo por el centro de Gijón, veo que donde solía estar una venerable galería de arte han abierto ahora una tienda de productos o remedios homeopáticos. No es mal cambio. O al menos, tiene su lógica. Todo queda en el reino del espíritu; o de cierta clase de masaje incorpóreo que ahora, más degradado, reemplaza las formas reparadoras de la imaginación con imágenes de una salud ilusoria. Ya no creemos en el arte, al parecer, sino en formas de higiene y de limpieza que nos devuelven a la tierra sin peligro de mancha o contaminación. El artificio que higieniza la naturaleza es preferible al artificio propio de la cultura. Lo importante es que el mundo se vuelva presentable. Y el arte contemporáneo se ha ocupado tanto de bucear en lo oculto, de producir imágenes de lo larvado y lo fallido, que a muchos ya no les sirve. No es productivo, dicen, no compensa el esfuerzo que ponemos en él.

2. Por lo mismo, donde antes se levantaba uno de los grandes cines y teatros de la ciudad hay ahora un centro de cuidados estéticos de esplendor casi oriental. ¿Para qué admirar la belleza y la vitalidad ajenas si uno puede ahora, por un precio más o menos accesible, convertirse en el protagonista de su propia película? El desprestigio del arte es también, en este sentido, el desprestigio de la ficción, y uno ve cómo la vieja distancia entre personas y personajes, entre nosotros y nuestros modelos, va desapareciendo al mismo tiempo que los viejos complejos, las viejas culpas y constricciones. Que los personajes de ficción vivan la vida por nosotros es algo que admite cada vez menos gente. La tendencia es, más bien, a convertir a gente vulgar en carne de cañón televisiva, a que cada cual tenga su minuto de fama y exposición novelera; o, al revés, a negar la importancia o pertinencia de unas ficciones que nada tienen que decirnos, a nosotros, que somos el centro suficiente y vanidoso de nuestras propias vidas.



y 3. Por ahí también cabría entender la tendencia de muchas series de televisión a dejar que los espectadores dicten el argumento o discutan abiertamente en los foros virtuales las decisiones del equipo director. A sus ojos, el hecho de haber creado la serie no da derecho a sus responsables a dictar sus contenidos y contrariar los deseos de la audiencia. Hay como un rechazo a la pasividad tradicional del espectador, una resistencia a reconocer que esas ficciones que tanto nos apasionan pueden y deben estar fuera de nuestro control. No, lo queremos todo y ahora, sujeto a los radios imperiosos de nuestro capricho. Pero si la ficción vale por algo, es por su capacidad para iluminar el yo desde fuera del yo, para instruirnos sobre la existencia en carne ajena, y sólo podremos estar fuera de nosotros mismos si nos dejamos arrastrar y llevar por las historias, si lo ignoramos todo de su desarrollo salvo aquello mismo que nos cuentan o que acontece ante nuestros ojos. Hay que abrazar un estado de receptividad, bajar la guardia, dejarse invadir por esa suspensión de la incredulidad que invocaba Coleridge. Ni el orgullo ni el egotismo tienen nada que hacer aquí. Ser lector o espectador es cultivar una humildad que conoce sus límites, o que los repone tan pronto acepta que derribarlos no fue una gran idea. Por ahí cabe entender cierto paralelismo entre la práctica religiosa y la frecuentación de las obras de arte. La única sabiduría que nos es posible adquirir / es la sabiduría de la humildad: la humildad es infinita, decía Eliot en Cuatro Cuartetos. Sin este respeto, sin este sometimiento como de orante ante su dios –un sometimiento activo, sin embargo, que busca, que interroga y enjuicia, que indaga en la obra–, dudo mucho que uno pueda tener un vínculo fecundo con el arte. Hay que escuchar lo que se nos dice, dejarnos arrastrar. Sin ese momento de entrega, sin esa rendición incondicional de uno mismo a la obra (algo que Eliot, de nuevo, supo entender muy bien), no tendremos esa forma de conocimiento íntimo, intuitivo, que es el conocimiento artístico. No habrá ganancia, es decir, algo en lo que sentirnos comprometidos, algún tipo de huella. Aquella hermosa historia de Jean Paul –que tanto gustaba a Coleridge y a Borges– sobre el hombre que atraviesa el paraíso en sueños, recibe una flor como prueba de su pasaje y al despertar encuentra esa flor en sus manos, es en el fondo una alegoría de la creación y la recepción del arte imaginativo. O dicho de otro modo: para obtener la flor hay que saber rendirse al sueño y aceptar el regalo que nos está reservado. Lo más probable es que no sea una flor ni nada que se le parezca, pero no perdamos la esperanza: todavía debemos despertar.

ilustración de Pelayo Ortega

miércoles, septiembre 07, 2011

el diario de valente

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Una de las novedades inexcusables de la rentrée poética es sin duda el Diario anónimo de José Ángel Valente, que publica Galaxia Gutenberg en la edición (siempre modélica) del poeta Andrés Sánchez Robayna: cuarenta años de escritura privada o secreta que ahora, de pronto, surge a la luz de los lectores. Ayer nos llamaron a Marta Agudo y a un servidor de la redacción de Público para que habláramos un poco de Valente y de la significación que puede tener su nuevo libro, y este es el resultado.
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lunes, septiembre 05, 2011

3


He descubierto que mis mejores ideas son siempre vías de escape, formas de la evasión. Me he convertido, no siempre a mi pesar, en un experto en arrinconarme a mí mismo.



Me niego a creer que nadie sea tan estúpido… y esa negativa me lleva a i
maginar toda clase de motivos ocultos y esotéricos que arrojen una luz favorable sobre su conducta. Prefiero ser deferente a dejarme llevar por un paternalismo fácil pero no infundado. Necedad por necedad, esta al menos me hace mirar a lo alto.



Ponte en mi lugar, me dijo, y cuando quise darme cuenta ya me había robado la silla.
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Ramón Prendes, La casa de Caronte
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sábado, septiembre 03, 2011

respuesta

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¿Quién eres tú para pensar tan mal de mí? Eso es cosa de profesionales; deja que yo me ocupe.


jueves, septiembre 01, 2011

periódico de poesía

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Me escribe el poeta y crítico mexicano Pedro Serrano para comentarme que el nuevo número de la revista virtual Periódico de Poesía está en la red. Después de tres años de duro y modélico trabajo editorial, Serrano ha conseguido algo que parecía difícil y que sin embargo él ha hecho fácil: una página dinámica, plural, donde caben entrevistas, traducciones, reseñas, ensayos y hasta el ocasional panfleto belicoso. En sus columnas virtuales han convivido poetas y críticos de toda Hispanoamérica, con especial hincapié en México y Argentina, y no ha habido número que no contuviera al menos dos o tres trabajos memorables. Así que me he llevado una buena alegría cuando he visto que el último número de Periódico de Poesía incluye un par de colaboraciones mías: traducciones de la poesía del joven escritor y editor norteamericano Jeffrey Yang (del que ya di una muestra en esta bitácora hace cosa de año y medio), y el epílogo de la edición española de El juramento de la pista de frontón de John Ashbery (Calambur Ediciones), que no habría escrito sin la amable insistencia de su traductor, Julio Mas Alcaraz. Me gusta esta doble vida de los textos, este salirse de las tapas de un libro para anunciar su existencia en territorios donde el libro apenas llega. Esa es quizá, una de las grandes virtudes o funciones de este Periódico de Poesía bajo la dirección de Pedro Serrano. Un periódico que permite a los lectores ignorar las fronteras nacionales y hasta lingüísticas y habitar un espacio común, el de la modernidad, sin dioses ni falsos dogmatismos.
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