sábado, diciembre 13, 2008

fantastic place

He vuelto del trabajo a esa hora del otoño en que la noche, ya caída, no se ha cerrado del todo y deja respirar un poco las brasas de la tarde. He cruzado el parque, casi desierto a excepción de algún corredor y unas pocas parejas absortas. Del estanque venía un frío glacial, como de urna de piedra, ese frío que cae sobre las cosas y las deja muy quietas, aferradas a su latido expectante. Mientas subía la cuesta inicial entre las estatuas algo kitsch de viejos reyes y príncipes medievales iba sintiendo cómo la inquietud del trabajo iba quedando detrás, se fundía con la gravilla y la arena oscurecidas. Luchaba por no dejarme invadir por la tristeza, esa melancolía de segunda mano que nace del cansancio y nos empareja con la peor versión de nosotros mismos (repugnancia, una vez más, de la espiral autocompasiva, del enfermizo ir y venir sobre lo mismo). El paseo hasta el otro lado del parque ha durado unos veinte minutos, veinte minutos de frío y silencio y soledad casi inexpugnables, y cuando he salido a la luz y el tráfico de mi barrio es como si el día me hubiera dado una segunda oportunidad, una prórroga que sigue aún vigente mientras escribo estas líneas, casi cuatro horas más tarde. La sensación de tregua, de un espacio exento en el que puedo moverme con relativa fluidez, no se ha extinguido, como si hubiera interiorizado los rasgos del espacio que atravesé esta tarde: la soledad, el silencio, la ferocidad casi primordial del frío que dejaba al mundo en puro hueso de sí. Un túnel de lavado emocional, una versión mínima del desierto del que salí casi febril, aturdido, pero a la vez extrañamente sereno, como si tal cosa. Como si algo en mí hubiera dicho, ya está bien, date un poco de tiempo, date un respiro, respira. Respira. Hasta ahora.