jueves, marzo 26, 2020

cuaderno del encierro / 10

jueves, 26 de marzo

La luz de buena mañana en las copas de los pinos. Estos cielos azules y la taza de café en la mano, su calor seguro. Luego los titulares en el móvil, los gráficos, los análisis de última hora. No es solo la impotencia o la sensación creciente de alarma. Es la contradicción entre mundos que comparten costuras, que no paran de tocarse. El disfraz precario pero forzoso de la normalidad. La pura irrealidad de lo real.


Me dice un amigo que ayer me puse estupendo al hablar del libro de Salinas. Puede ser. También (para compensar, supongo) que le gustan estas notas, pero que las ve demasiado cercanas a mis poemas, donde no suele aparecer mucha gente y la vida cotidiana queda reducida a los paseos más o menos melancólicos de un flâneur: «Ahora la atmósfera de la calle se parece a la de tus libros». No sé si en todo esto hay un reproche escondido. Me remuerde no estar hablando de lo que pasa en urgencias o en esa morgue terrible que han improvisado en el Palacio de Hielo, pero no soy periodista y no creo poder añadir nada a lo que nos dice a todas horas la televisión. Prefiero hablar de este rincón del mundo, que no será muy distinto del de quienes me leen. Lo cierto es que las jornadas se encadenan sin solución de continuidad, hasta el punto de que Marta acaba de preguntarme qué día es hoy. Y entonces recuerdo (brisa triste por los olivos) estos viejos versos de Gonzalo Rojas: «¿Y a eso llaman constelación / de vivir?, ¿a esa ciencia / del desperdicio?, ¿a ese escurrimiento / de un viernes a las 3 a otro viernes?».


En relación con esa piedra de la que hablaba hace dos días, estas palabras de Rafael Behr, columnista político de The Guardian: «La democracia ha sido puesta en confinamiento, algo necesario para prevenir la transmisión del virus. Sabemos que el encierro puede salvar vidas. No sabemos aún qué músculos de la sociedad civil se atrofiarán por falta de ejercicio». Son palabras que deben ponerse en el contexto de la política británica, cuyas garantías constitucionales son más vagas o difusas que las nuestras; más dependientes, en cualquier caso, del temple de sus gobernantes. Pero es esa «atrofia de la sociedad civil» lo que me preocupa y me hace dudar (insisto) de las bondades solidarias de nuestro encierro. Veremos.


Así está el patio, literalmente. Esta mañana lo único reseñable es un vecino –rollizo, calvo, en la treintena– que ha salido al balcón mientras se lavaba los dientes. Por lo demás, ropa tendida y un silencio espeso, municipal. Andamos todos tan enfrascados en nuestro mundo que hasta las palomas se han ido con la música a otra parte.


Siguen llegando notificaciones de Idealista. Persiste mi perplejidad. Y empiezo a pensar si estos anuncios no serán una ficción destinada a tranquilizarnos. ¿Quién podría comprobarlo? Todo sigue igual, como en la canción. Cuando esto pase, no te olvides de nosotros. Cuando esto pase, busca otras cuatro paredes donde perderte. Cuando todo pase.

miércoles, marzo 25, 2020

cuaderno del encierro / 9

miércoles, 25 de marzo

La pequeña familia de gatos que vive al otro lado del patio ha empezado a tomar el sol y desperezarse en el tejado de uralita del garaje. Los llamo «familia», pero son más bien una banda callejera, todos distintos y sin mucha relación entre sí. Por lo que puedo ver desde el estudio, conviven sin tocarse ni establecer alianzas. Asumo que tienen comida de sobra o que al menos la consiguen sin esfuerzo. El tejado, a dos aguas, es grande y con una pendiente muy suave, ideal para recostarse y mirar el vuelo de los pájaros. Supongo que será una contemplación puramente estética, porque esos pájaros –urracas, palomas, ya no hay gorriones– están demasiado lejos de su alcance. Creo que fue Sánchez Rosillo quien escribió una vez que «mirar es poseer». Es muy posible. Pero a condición, como saben bien estos gatos callejeros (un saludo, Thomas O’Malley del Arrabal), de tener las necesidades cubiertas.


Llevo unos días leyendo Cuando editar era una fiesta, la «correspondencia privada» de Jaime Salinas que acaba de editar Tusquets. El volumen es un rompecabezas, un collage de textos de diversa procedencia en el que destacan las cartas que escribió durante medio siglo a su pareja, el escritor islandés Gudbergur Bergsson, a quien conoció en Barcelona en la década de 1950. La labor de montaje corre a cargo de Enric Bou, que ha resuelto con nota un empeño difícil: contar las diversas vetas o hilos temporales de la vida de Salinas desde su llegada a España y su ingreso en la editorial Seix-Barral. Contarlas, digo, con claridad, deslindando intereses y frentes de acción sin desvirtuar la riqueza de una vida que parece haberse volcado sobre todo en los demás, en lo de fuera: su trabajo editorial, las relaciones con escritores amigos de Madrid y Barcelona, el deber de la gestión política… Al poco de empezar la lectura, subrayé una frase de Salinas a la que sigo dando vueltas: «Pienso con frecuencia que eso del tiempo, del tiempo que le pasa a uno, es algo así como lo que sentía durante la guerra, cuando estaba en el frente y había más o menos peligro; entonces tenía una especie de seguridad infundada, casi fanática de que no me pasaría nada. Para sentir el verdadero peligro, casi tenía que hacer un esfuerzo de imaginación, de cálculos complejos». Me doy cuenta de que la cita, con su referencia a la guerra, puede llamar a engaño (la metáfora bélica de la «lucha contra el virus» solo me parece justificable en el caso de los hospitales, las urgencias sobresaturadas, la morgue en el Palacio de Hielo, los controles policiales, etc., no en el de nuestro encierro, el de los ciudadanos de a pie, tan pasivo como mundano, tan rápidamente normalizado), pero creo que lo que me llamó la atención de la frase fue esa conciencia de Salinas de que la vida, para ser real, para que nos parezca real, tiene que estar filtrada o reelaborada por la imaginación. No basta con vivir; hay que hacerse cargo de este vivir nuestro con un esfuerzo imaginativo, esos «cálculos complejos» de los que habla Salinas, lo que implica también un ejercicio de empatía con el vivir –el hacer y el padecer– de los otros. Esto es fácil decirlo, claro. Las recetas conceptuales tienen ese problema. En mi caso, no basta con mirar, debo llevar esa mirada hacia dentro, entrañarla; y no basta con pensar, debo llevar ese pensamiento hacia fuera, extrañarlo y hacer que se roce –se manche– con el pensar de los demás. Me gustaría pensar que ese movimiento contrapuesto, como de ruedas que se engranan, abre un espacio en el que no hay cabida para el narcisismo, la necedad del postureo, las expectativas falsas o exageradas. Pero quién sabe. Siempre queda el miedo de estar haciendo un «papelón», como diría Mafalda. De momento, y hasta nueva orden, mi quitamiedos más efectivo es seguir leyendo.


Siguen las sorpresas. Ahora resulta que los gamberros que se dedicaron a patrullar las calles de Tacoronte, en Tenerife, insultando a los vecinos con un altavoz y echándose unas risas a costa de su encierro, eran «jóvenes de 22 a 37 años». Atención, reporteros de La Sexta: parece que alguien en las islas ha dado con el elixir de la eterna juventud.

martes, marzo 24, 2020

cuaderno del encierro / 8

martes, 24 de marzo

El sol del mediodía –un sol limpio, como de entre tormentas– calienta el gran caldero del patio. Se ve ropa puesta a secar en las traseras de los edificios y gente –poca– faenando en algunos balcones. Otros simplemente salen a tomar el aire o fumarse un pitillo. La luz da de lleno en la ventana y me deslumbra. He tenido que bajar el estor. En la calle hace fresco, pero aquí noto cómo el estudio se caldea en cuestión de minutos. Me dan ganas de saludar al sol, como en el poema de Frank O’Hara, pero aún no tengo la confianza necesaria. Prefiero celebrarlo con palabras.


Me cuenta José Luis en su mensaje de ayer que raro es el día que no le cuesta dormir y que sus sueños «son, como poco, extraños». La frase me ha hecho gracia porque esa es justamente mi vivencia: sueños veloces, turbulentos, con ráfagas ocasionales de violencia que arruinan el aire felliniano del asunto. Por suerte, el malestar no dura mucho. Las mañanas están llenas de obligaciones y me olvido pronto de mis fantasmas nocturnos, esa baba de irrealidad que filtra o depura las preocupaciones cotidianas. Tampoco estaría mal tener los sueños glamurosos de mi hija. Me dice que ayer se encontró con Leonard Cohen, nada menos, y que se pusieron a charlar. Solo que la conversación era la letra de «The Stranger Song»: «It’s true that all the men you knew were dealers / who said they were through with dealing». Es uno de los textos más ominosos de Cohen, y no deja de ser curioso que la lógica del sueño lo reescriba a dos voces. Cada cual procesa su inquietud como puede. Pasamos los días entre cuatro paredes, pero nadie dijo nada de las noches. La «extrañeza» de estos días es como el agua: siempre encuentra el modo de filtrarse y seguir camino.


Tropiezo una y otra vez en la paradoja inicial, esa piedra testaruda que no logro sacar de mi vista, y es que nuestro acto mayor de solidaridad consista en aislarnos mutuamente, mantener la distancia, quedarnos encerrados en nuestro cubil. No hay más remedio, en efecto, y así lo dictan los expertos y el sentido común, así lo hemos acordado y aceptado todos, pero fundar la solidaridad en aquello mismo que la adormece en circunstancias normales –recelo, temor, prohibición del tacto y repliegue en el espacio doméstico, haciendo bueno aquel viejo lema inglés de «mi casa es mi castillo»– no parece el mejor augurio para el futuro. Me consuela pensar que si algo escapa a las leyes de la lógica son las relaciones humanas, la vida social, así que pongo toda mi esperanza en equivocarme.


Iba a escribir que las mujeres que sacan a sus perros suelen ser más amables que sus colegas masculinos, siempre tan secos y huraños, pero el paseo de esta mañana me ha hecho dudar. Me he cruzado con tres y ninguna me ha devuelto el saludo: una iba con el rostro contraído y los ojos puestos en el suelo; otra hablaba por el móvil y se ha ido a la acera contraria al segundo de verme; y la tercera tiraba con agobio de su perro y del carrito del bebé y ni caso. Así que nada de conclusiones antes de tiempo. El estudio de campo se prorroga.

domingo, marzo 22, 2020

cuaderno del encierro / 7

domingo, 22 de marzo

Cosas que veo desde el balcón:
Los trabajos en el bloque de apartamentos de lujo han cesado, al menos por este fin de semana. No hay ruidos, nada se mueve. A media altura, anclada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, ondea ociosamente una bandera española.
Hay dos maneras de salvar la altura entre la base del parque y la calle: o por una escalera de piedra bastante empinada que desemboca directamente en el paso de cebra, o tomando una pendiente más suave en la dirección contraria que obliga a dar un pequeño rodeo. Cada veinte minutos o media hora llega alguien con el carro de la compra bien cargado y empieza a bajar laboriosamente los peldaños. Con paradas frecuentes, porque el carro es incómodo y suele pesar demasiado. A nadie se le ocurre tomar el rodeo; todos enfilan la escalera, la línea recta, aun a riesgo de descalabrarse. Ayer una señora entrada en años llegó a reprenderme porque le di una voz señalando la opción de la pendiente. Con estos mimbres, como para seguir confiando en la inteligencia de la especie.
Una urraca cruza con toda la tranquilidad del mundo el paso de cebra de la calle Irún. Así, con esa chulería abstraída, quisiera yo vadear estas semanas.
Más pájaros (por cierto, un leitmotiv en los mensajes de los amigos): He observado que las palomas están crecidas. Ya ni se inmutan cuando los perros –o sus dueños– se les acercan. Buscan la seguridad en la masa y bullen y gorgotean con ostentación, como si la cosa no fuera con ellas. Y así es, en efecto.
La vigilancia sube un grado: una patrulla de la policía nacional está rodeando el parque en contradirección.


Cuando hace justamente una semana empecé a escribir estas páginas, lo hice por la necesidad de ordenar la cabeza, de sosegarla, pero también con una voluntad de ligereza, casi de ingravidez, como queriendo quitarle su aguijón a lo real. Pero noto que el tono se ha ido oscureciendo y hasta amargando con los días. Supongo que es inevitable, pero me resisto. No quiero convertir estas notas en un cuaderno contable de agravios y lamentos. Tampoco de ironías a costa de este o aquel, aunque me tiente (ayer fue el Día Internacional de la Poesía y es de admirar la cantidad de boberías exhibicionistas que llenaron la red en su nombre; qué culpa tendrá la pobre…). Cada cual pasa este encierro como puede, que no es poco. Lo demás está de más, como dice la canción. Pero si estas notas trajeran un poco de serenidad a los amigos, un poco de paciencia y buen humor, me daría por satisfecho.


Mi hermano comparte en el grupo familiar de WhatsApp un vídeo que al parecer se ha hecho viral. En él se ve a dos policías que reducen a una mujer, una joven, que no para de soltar aullidos y de gritar «¡Ayuda, ayuda!». Me sorprende –me asusta, la verdad– la voz de la persona que está grabando la escena, o de su amiga, increpando a la muchacha con rencor vengativo: «¡Cómo baje yo entras de una vez!». Todo muy innecesario. Bastante tiene la policía con cumplir con su deber para que los fariseos de turno se quieran colgar medallas. Ni siquiera hay que pensar, como han hecho algunos, que quizá la joven tenía algún trastorno mental. Basta con un grano de empatía (o de algo tan sencillo como la presunción de inocencia). Mi hermano, por lo visto, lo encuentra divertido. No le envidio el gusto.

sábado, marzo 21, 2020

cuaderno del encierro / 6

sábado, 21 de marzo

Ayer los aplausos volvieron por sus fueros después de la (relativa) decepción del jueves. Quizá influyera el cansancio. Pero se debió también a la impaciencia de algunos, que empezaron a aplaudir cuando todavía faltaban tres o cuatro minutos para las ocho. Entre ellos, los hijos de un vecino para los que este ritual es, supongo, una excusa para jugar y distraerse. Y así debe ser. Pero el resultado fue una sesión deslavazada, en la que los vecinos del patio nos íbamos dado el relevo sin convicción. Ayer no; ayer empezamos todos a una y a la misma hora, con la gracia –la frescura– de los primeros días. Como si nos hubiéramos sincronizado sin querer. La idea puede parecer absurda, pero a estas alturas estoy dispuesto a creerme lo que sea.


Me pregunto qué pensarán los pájaros de este barullo. Pienso en los vencejos, que todos los atardeceres de verano vienen a este patio a darse un festín, y me alegra estar aún en marzo.


A cada tiempo sus neurosis. Me descubro restregándome los ojos o mordiéndome distraído una uña, y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no ir al baño y lavarme las manos. No siempre lo consigo.


En las películas catastrofistas que son uno de mis placeres culpables todo sucede en poco tiempo. Puede haber un preludio más o menos breve de días o semanas –una grieta en el Ártico que nadie sino el héroe percibe, una lluvia de pedrisco asesino en un pequeño mercado oriental, un gran géiser que estalla de repente en el rincón más remoto de un parque natural y se traga a un grupo de excursionistas–, pero el grueso de la trama, de la peripecia, se resuelve en pocas horas. El mundo se encamina hacia el desastre a toda velocidad y la gente muere por miles y por millones, pero toda nuestra atención está puesta en los protagonistas, repartidos en dos o tres lugares emblemáticos. La falla de San Andrés se hunde en el Pacífico, una ola inmensa invade Manhattan, grandes ciudades históricas son arrasadas en cuestión de minutos, pero todo va bien mientras los protagonistas sigan con vida (y si alguno de ellos muere o es herido, siempre es por un pequeño error de juicio, o por ser el mejor amigo del héroe, o simplemente por ser negro; pero me estoy desviando del asunto). El caso es que en dos horas largas de metraje el mundo cambia sin remedio, casi siempre para mal, y nosotros apagamos el televisor cansados y satisfechos. Y pienso que sería difícil hacer una película de este encierro, tan tedioso y poco heroico, tan normal en sus rutinas y sus prudencias. Otra cosa es si la acción se desplazara a los hospitales, pero incluso ahí haría falta un buen montador para mantener el ritmo, la sensación de suspense. No estamos acostumbrados –la ficción no ha sabido entrenarnos– a que el caos o el desastre se desenvuelvan a cámara lenta, con esta pátina de normalidad aparente. El caudal de noticias se ha ido amansando. O vemos las justas para evitar sobresaltos. Y todo se frena y ensombrece por momentos. De ahí la abundancia de bulos, de noticias sin dueño y teorías conspirativas. El disparate entretiene mucho, y de alguna manera hay que dar consistencia y realidad a este sentimiento impreciso de fin-de-mundo. El discurso oficial (sin mucha convicción, la verdad, solo hay que ver los apuros del jefe del estado mayor para explicarse) habla de guerra, de lucha contra el virus, pero lo único que vemos tras las ventanas es asfalto, tejados y ausencia de gente.

jueves, marzo 19, 2020

cuaderno del encierro / 5

jueves, 19 de marzo

Llevo guantes, pero al entrar en el portal me sorprendo empujando la puerta con los codos. Y lo mismo al salir del ascensor. También los new habits son duros de pelar.


Buena noticia: José Luis me confirma que finalmente no le tocan la nómina. Parece que la presidenta de la comunidad ha hecho lo correcto y se ha puesto de acuerdo con la empresa de portería. Bien. Por lo demás, seguimos sin ver a nadie ni cruzarnos con nuestros vecinos. Escribo entre la voz recia y matinal del vecino del tercero y el ruido de la ducha en el segundo B.


Han vuelto a subir las temperaturas. Los pájaros cantan a todo gas, como si no hubieran salido del poema de Juan Ramón. Siguen llegando anuncios de Idealista.


Hoy tendría que estar en Oviedo, en la librería Cervantes, para celebrar con César Iglesias la publicación de En la rueda de las apariciones. La idea de que esta semana me tocaba viajar a Plasencia y a Oviedo (con parada en León) me resulta casi inconcebible, dadas las circunstancias. Cómo se me ocurre. Y, sin embargo, son estas circunstancias, tan absolutamente irreales hace apenas dos semanas, las que ahora se imponen y dictan la pauta de lo que es normal y lo que no. Ya lo dice el proverbio: a todo se acostumbra uno. No sé si celebrarlo o preocuparme como es debido.


Hace unos días terminé la relectura de Trastos, recuerdos, la biografía de Wisława Szymborska que Pre-Textos publicó justamente hace cinco años. La había abierto de nuevo para refrescar datos e impresiones con vistas al club de lectura de la librería Alberti –que tuvimos que suspender a última hora– y su compañía me vino bien para calmarme durante las jornadas previas al confinamiento definitivo: hay algo en la actitud de la poeta que inspira confianza. Mientras lo leía, era inevitable pensar en cómo habría abordado Szymborska una situación semejante. O en cómo la habría trasladado al papel. Esas lecturas suyas, no obligatorias, que invitan a tomarse las cosas con humor y hasta con despreocupación dentro de la seriedad. Y que sacan conclusiones poco solemnes o rotundas, capaces de implicar al lector y tomarlo del brazo con una sonrisa. Me gustaría leer su poema, ese poema cómplice y sabio que habría escrito en nuestro lugar. Otra opción es abrir los Cuadernos de Cioran, recién publicados, que me esperan en la mesa del salón y cuya desolación hiperbólica siempre logra estimularme. Es una lectura egoísta y por contraste, lo sé: en comparación con la suya, tan llena de cuitas y lamentos, llevamos una vida bastante apañada. Como diría Szymborska, ni tanto ni tan poco.


He salido el balcón para tomar el café de media tarde y me llega un olor remoto a hierba cortada. Y he recordado que esta mañana los jardineros andaban segando el césped a la altura del Templo de Debod, a unos doscientos metros de aquí en línea recta.

miércoles, marzo 18, 2020

cuaderno del encierro / 4

miércoles, 18 de marzo

Supongo que nuestra generación recordará estas semanas perplejas como los neoyorquinos recordaron durante años el gran apagón de julio de 1977. Solo que esos dos días de violencia y de desórdenes públicos se han convertido, en nuestro caso, en una travesía mucho más segura –al menos en apariencia, o de momento– pero también más larga y letárgica, como si nos dejáramos llevar por la corriente y el mar estuviera lejos. ¿El mar? Tendremos suerte si al final del trayecto no caemos en una montaña rusa de rápidos y saltos de agua.


El primer día estábamos avisados, pero por alguna razón se nos pasó y no tuvimos tiempo de sumarnos a los aplausos. A decir verdad, tampoco los oímos; pensé con cierta tristeza que este vecindario era un nido de insolidarios (o, como nosotros, de despistados irremediables). La segunda tarde salimos al balcón de la fachada y aplaudimos con ganas, pero el parque vacío nos respondió con indiferencia. Así que desde el lunes hemos optado por asomarnos a la trasera del edificio, donde están nuestros dormitorios, y desde allí sumarnos a la celebración. No puedo llamarlo patio interior; es más bien el hueco de una gran manzana que contiene garajes, almacenes y hasta una vieja corrala, así que los aplausos resuenan con fuerza y se mezclan con gritos, silbidos y algún «viva» o «bravo» proferido con entusiasmo. En algún momento me ha parecido oír incluso unas palmas flamencas, que pueden ser más contagiosas que cualquier virus. Es un decir. Todo es muy emocionante, hasta para los que tenemos poco espíritu gregario. La iniciativa empezó como un homenaje a los trabajadores de la sanidad pública, pero a estas alturas parece claro que el aplauso es una manera de sentirnos acompañados en el desastre. Nos aplaudimos a nosotros mismos y damos fe de nuestro vivir colectivo –de nuestra convivencia– en este patio inmenso. Algo así dice mi amigo Raúl en el mensaje de correo que acabo de leer: «Contemplo los edificios que rodean el parque con casi todas las luces encendidas y las persianas y las cortinas abiertas; como en Ámsterdam, los vecinos quieren mostrar a sus vecinos que existen, que están ahí, acompañándose». La imagen me conmueve porque eso mismo hago yo estos días: trabajar hasta tarde con el estor enrollado y las luces encendidas. Puro instinto, quizá. Como si los ojos de las ventanas pudieran arroparnos y darnos un poco de luz. Qué menos.


Hablaba por teléfono con un amigo, y le comentaba el alivio que suponía poder sacar a la perra todos los días, aunque fuera un rato. No tardó en interrumpirme: «Bueno, y eso que dicen que no se pueden dar paseos, hay que salir solo para que el animal haga sus necesidades, y punto». Mi amigo es un hombre cordial y bondadoso y estoy seguro de que habló con la mejor intención, pero sentí claramente una nota de censura en sus palabras, en su tono de voz. Así también, con ojos de reproche, me miraba esta mañana un jardinero del parque. Mi única respuesta fue acelerar visiblemente el paso, para dejar claro que mi presencia era en realidad una obligación, algo impuesto por las circunstancias. La perra iba a lo suyo, como debe. Me aferré a su mueca confiada, casi alegre, y así me fui sintiendo menos culpable. Tampoco hay que exagerar, me digo. Pero preveo que estos raptos involuntarios de puritanismo se irán haciendo cada vez más frecuentes y que la mala conciencia será nuestra forma de hacernos perdonar cada escapada.

martes, marzo 17, 2020

cuaderno del encierro / 3

martes, 17 de marzo

Veo que algunos colegas no pierden la ocasión de darse pisto. Ahora, en las redes sociales, hay quien ofrece «libremente», como favor a posibles lectores, su libro de poemas o de cuentos en PDF. Una manera como cualquier otra de agitar sus plumas de pavo real, pero con apariencia de gesto caritativo. O al reino de los cielos por la autopromoción. Uno incluso se ofrece a crear una tertulia on-line para comentar y debatir su novela. Bien. Si la tontería fuera un virus, estábamos apañados.


La cara de José Luis es un poema, como suele decirse, y no es para menos. Le han descontado 450 euros de la nómina por reducción de jornada. Y, en efecto, su jornada se ha visto reducida: solo tiene que venir por la mañana a limpiar la escalera y el portal… y a media tarde a recoger la basura. Para ello tendrá que hacer dos viajes al día desde Móstoles. Es verdad que tampoco podría quedarse a comer por la zona, como solía, porque todos los bares han cerrado. Pero resulta deprimente la falta de imaginación de sus jefes, el recurso fácil de hacerlo apechugar con las consecuencias. No hay eslabones débiles, que también, sino conciencias mal adiestradas.


Me he abrigado –jersey de invierno y bufanda– y he salido al balcón: tarde desapacible, con rachas de aire frío, nubes rápidas y algún chubasco. De pronto, un golpe de viento ha levantado una polvareda verdosa de los pinos y la ha esparcido por toda la calle. No ha llegado al balcón por muy poco. Sé bien que el polen de pino no suele producir alergia –es demasiado grande y pesado para poder aspirarse–, pero esta nube me ha parecido un exceso; una descortesía de la naturaleza. No están los ánimos para (más) sobresaltos.
El efecto visual, eso sí, ha sido muy llamativo.


Autobuses vacíos, taxistas con mascarilla. Abundan las motos y las furgonetas de reparto. Tienen la vía despejada, nada se interpone en su camino, y sin embargo parece que van más lentos o tranquilos que de costumbre, con un respeto casi supersticioso por los semáforos y las señales de circulación. Lo justo para no despertar la ira de nadie, y menos de los dioses.


Sospecho que estas semanas de encierro terminarán pareciendo un sueño. Un sueño pesado, molesto, como de siesta echada a perder. Los días se irán haciendo una pasta de la que iremos emergiendo con esfuerzo, limpiándonos el engrudo del tedio y las rutinas de interior. Gastaremos una dosis valiosa de nuestra energía en imponernos trabajos forzados que ordenen o dosifiquen el paso del tiempo. Tendrán un éxito moderado, o eso creo. Pero sería necio descuidarlos. Así también dosifican nuestros gobernantes las novedades: ayer, cierre de fronteras; hoy, intervención de unidades militares para regular el flujo de pasajeros en las estaciones; mañana, por lo que llevo oído, el cierre del tráfico aéreo. Entretanto, cada uno en su cubil, vamos arañando nuestro palmo de tierra y haciendo más cómoda y holgada la celda que nos corresponde. Toca hibernar en pleno comienzo de la primavera.

lunes, marzo 16, 2020

cuaderno del encierro / 2

lunes, 16 de marzo

Ayer prometían frío y lluvia. Hoy solo tenemos frío, aunque la noche fue tormentosa y las aceras están mojadas por la lluvia. Ha sido un paseo breve y a uña de caballo, pero suficiente. La perra no estaba por la labor. Calle arriba, las obras de Bailén –obras públicas– llevan detenidas más de una semana. Calle abajo, los trabajos en el bloque de apartamentos de lujo que hace esquina con Arriaza han retomado su viejo ritmo. Me pregunto qué clase de permiso habrá conseguido la empresa constructora. Casi prefiero no indagar demasiado. Para esta gente –ni para los albañiles que tienen empleados y a los que veo trabajando en las alturas con la mascarilla puesta– no hay crisis sanitaria que valga.

La visión del furgón de la U.M.E, la Unidad Militar de Emergencia, instándonos por megafonía a no salir de casa. Como un camión de bomberos de rango superior, más oscuro y blindado. Digno de un fotograma de Spielberg o de Nolan, pero sin la distancia aséptica de la pantalla. El corazón no tiene más remedio que encogerse.
  
Han cerrado el parque del Templo de Debod; se acaba así la tentación de acercarse al mirador y contemplar la mancha silenciosa de la Casa de Campo. Había algo poco recomendable en esa contemplación. El impulso neroniano de ponerse lírico y estupendo mientras la ciudad se enrosca sobre sí misma. Con la que está cayendo, como para ensayar decadencias.

Paso las horas leyendo artículos de prensa, columnas de opinión, explicaciones de expertos y tutólogos varios. Está la necesidad de saber, claro. Y también una fascinación malsana a la que no termino de resistirme (al fin y al cabo, aunque nos duela y nos inquiete, estamos viviendo nuestra pequeña película de ciencia-ficción). De ahí estos apuntes. Son mi modo de agarrarme a lo real y no dejarme llevar por las especulaciones. Tomo partido por lo menudo, lo trivial; lo que percibo en el estrecho radio de mi experiencia. Quizá de esta manera eso mismo, en su pequeñez, me devuelva un poco de su luz.

Hablo con José Luis, nuestro portero, y me dice que el autobús que lo ha traído desde Móstoles iba vacío y parcialmente precintado: una cinta adhesiva que separaba al conductor del pasaje, más presunto que real. Está enfadado, con razón: su compañía –con el apoyo de nuestra inefable comunidad de vecinos, supongo– no le ha relevado de su puesto. Añade que ha tirado de lejía «hasta aburrir». Lo dice para darme tranquilidad, pero el punto de orgullo en su voz es inconfundible.

Sin novedades en el frente del correo electrónico. Eso sí, esta mañana me han llegado dos anuncios de Idealista.

domingo, marzo 15, 2020

cuaderno del encierro / 1

domingo, 15 de marzo
 
Esta mañana, al salir al parque, algunas impresiones:
            El canto de los pájaros, vivísimo, omnipresente. Esto ha seguido luego en la calle Cadarso, la más arbolada de este lado del barrio.
            El parque vuelve a ser de los cuervos y las palomas –y de las cotorras, claro. No dejan de brincar sobre la tierra, picoteando el suelo y espantándose mutuamente con soltura. La perra, feliz, no ha tardado en seguirles el juego.
            Un hombre discute a voces con la pareja de la policía nacional que patrulla el anillo superior del parque, en torno al Templo de Debod. Su perro no deja de ladrar y revolverse, pero lo lleva atado en corto, con firmeza, y se mantiene a una distancia prudencial de los agentes. No logro entender el motivo de su queja. Un segundo hombre que hace cinco minutos tomaba el sol en un banco enfila el camino de salida, pero, al ver el cariz de la escena –demasiados gritos, demasiados ladridos–, decide volver sobre sus pasos.
Como nadie lo pisa, el césped se ha vuelto más tupido y oscuro. Un verde como de felpa, impecable.
El guante azul de látex con que el quiosquero me ha devuelto el cambio. Ayer no lo llevaba puesto.
En dos o tres casos he saludado a perfectos desconocidos con un sonoro «Buenos días». Somos tan pocos que no darnos el saludo parece un desaire innecesario. Cortesías de pueblo que me devuelven el humor.

Doy gracias a que tenemos a Layla en casa, con nosotros. Nos da un motivo respetable para salir a la calle y tomar el fresco. Es obvio que la perra siente algo, una extrañeza, un cierto desconcierto. Quizá la tensión misma con que pasamos las horas en casa, y que luego se desovilla –no por mucho tiempo– en cada paseo.

¿Cuántas paredes de nuestras casas se han convertido ya en pantallas?

El secreto, por lo que veo, es hacer un poco de todo en dosis moderadas: una hora o dos de lectura, otras tantas de escritura, ver una película, cocinar, jugar al Scrabble, hacer tertulia junto a las tazas de café, etc.; y no descuidar las tareas domésticas, el cuidado de la casa. El correo electrónico ha enmudecido. Y el mensaje que logra colarse a pesar de todo resulta casi impertinente. No digamos ya si hace referencia a cuestiones laborales o los planes de trabajo del remitente. También es verdad que es domingo. Veremos qué pasa mañana.

Esta prohibición de salir acompañados nos ha convertido a todos en paseantes solitarios, casi flâneurs que se turnaran siguiendo un ritmo arcano. Eso sí, aferrados todos a nuestros perros, mochilas, bolsas de plástico, como testimonio bien visible de nuestro compromiso, de que tenemos un destino y vamos a él.

martes, marzo 10, 2020

encuentro





Ya está colgado en la red el nuevo número (el 18, nada menos) de la revista Estación Poesía, editada por la Universidad de Sevilla y dirigida por el escritor y traductor Antonio Rivero Taravillo, a quien agradezco que haya dado cabida a este «Encuentro», que es de la poca poesía que escribí el año pasado.

En este número se incluyen poemas inéditos de Susana Benet, Nuria Ruiz de Viñaspre, Elías Moro, Juan Marqués, Victoria León, Ben Clark, David González o Braulio Ortiz Poole, entre muchos otros. También una estupenda reseña (firmada por José de María Romero Barea) de El paisaje se hace en el poema, la antología de la obra de José Corredor-Matheos que edité hace dos años para la Fundación Ortega Muñoz.

El número entero está disponible en PDF y se puede descargar aquí.

sábado, marzo 07, 2020

hispanismes / ticontre





Febrero fue un mal mes para esta bitácora: las tareas editoriales se me acumularon y dispuse de poco tiempo para actualizarlo y darle la vida que a mí me gusta. Con todo, y aunque no me gusta convertirlo en un tablón de anuncios, han ido apareciendo en la red algunos trabajos de los que parece conveniente dar noticia.


El número 13 de la revista HispanismeS, editada por la Société de Hispanistes Français, está dedicado íntegramente a la poesía española contemporánea e incluye un amplio dossier –coordinado por las hispanistas francesas Laurence Breysse-Chanet y Laurie-Anne Laget– que recoge poemas y poéticas de autores de distintas generaciones: José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Arcadio Pardo, Antonio Gamoneda, Clara Janés, Pere Gimferrer, Antonio Colinas, Olvido García Valdés, Jaime Siles, Miguel Casado, Juan Carlos Mestre, Blanca Andreu, Eli Tolaretxipi, Jordi Doce, Esther Ramón, María Ángeles Pérez López, Carmen Díaz-Maroto y Julio Prieto, así como artículos de Julio Neira, Juan José Lanz, Marie-Claire Zimmermann y José Teruel, entre otros. Se incluye también una extensa entrevista con Miguel Casado:

Se accede al número pulsando aquí, y cada sección o capítulo se puede descargar individualmente en PDF.


Por otro lado, acaba de ver la luz el nuevo número (que hace el número 12) de la revista académica Ticontre, editada por la universidad italiana de Trento, que incluye un amplio dossier sobre la obra de José Ángel Valente que he ayudado a coordinar con los profesores Pietro Taravacci y Julio Pérez-Ugena. Se titula «El sueño de la nada (a Valente en los noventa años de su nacimiento)» e incluye colaboraciones de Antonio Petre, Armando López Castro, Eva Valcárcel, Ángel Luis Prieto de Paula, Paul Cahill, Carlos Peinado Elliot, Stefano Pradel, Margarita García Candeira, Adrián Valenciano y José Luis Gómez Toré. Me parece, modestamente, que ha quedado muy bien.

Se puede leer en línea o también descargar en forma de PDF, aquí.

martes, febrero 04, 2020

dos poemas / letras libres




Gracias a la hospitalidad de su editora de poesía, Malva Flores, la revista Letras Libres acoge en su número de febrero dos breves poemas inéditos que escribí el pasado otoño. Se pueden leer aquí. Tienen poco que ver con el dossier de este mes, aviso. Pero siempre es un gusto volver a una revista a la que dediqué casi tres años de mi vida...