jueves, junio 13, 2013

stephen romer / poema



Presas,
las mimbreras enrojecidas
bruñen
arena y nieve,

vellos de hielo
se encrespan en su lomo
este Loira indolente
charrie son troupeau

pero también aquí
en las mimbreras, bajo el agua,
hay calor,
trazos dorados, terracota,

su mano en mi mano
curso que fluye
pureza de la vida
desde aquí y desde ahora


[trad. J. D.]




Hace casi año y medio el poeta inglés Stephen Romer (Hertfordshire, 1957) compartía con sus corresponsales uno de sus últimos poemas, una pieza breve y delicada, muy en su estilo, que iba acompañada de varias fotografías invernales del río Loira entre hielos y nieve. Romer se prodiga muy poco en la red, así que recibir un mensaje suyo es casi un acontecimiento, y más si incluye un poema inédito. Desde el pueblo de Mosnes, muy cerca de la ciudad francesa de Tours, donde da clase y reside desde hace treinta y dos años (afortunado él), Romer ha hecho una poesía que se distingue netamente de la de sus contemporáneos por su capacidad para incorporar las vetas más líricas y esenciales de la poesía francesa contemporánea. Gran traductor de Yves Bonnefoy (L’Arrière-pays) y de Philippe Jaccottet, entre otros, es autor de una obra escueta pero compacta, inconfundible: sus cuatro libros hasta la fecha son como las cuatro paredes de una habitación en la que todo sucede un poco más despacio de lo habitual, a media voz, como si la vida misma fuera su fantasma o su fotografía. Ese cuarto es justamente el Yellow Studio [Estudio amarillo] que da nombre a su último poemario (de 2008), el espacio doméstico donde Romer se refugia del mundo para estar más cerca de él.
  
Hice una primera versión de estos versos sobre la marcha, pero no quedé contento. Y casi me había olvidado de ellos, un año después, cuando abrí una carpeta y allí estaban, pidiendo casi a gritos que los reescribiera. Así lo he hecho, y este es el resultado, que acompaño de un par de aquellas fotos crepusculares de los bancos nevados del Loira que nos envió su autor: me encanta esa mezcla del granate borroso de los árboles y el azul turbio de la corriente, el blanco azulino de la nieve. Y el poema es muy hermoso. Un poema de amor, sí, y tan sutil y reticente que nos deja con ganas de más, mirando por encima del hombro de quien habla, mirando las aguas heladas del río.


Sealed in
the reddened sallows
burnish
the sand and the snow,

hackles of ice
raised on her back
sluggish Loire
charrie son troupeau  

but even here
in the sallows, underwater,
there is warmth,
goldblock, terracotta,

her hand in mine
the current running
purity of life
henceforth and hereafter



lunes, junio 10, 2013

aforisma, que algo queda




Corre desde hace semanas por las mesas de novedades un libro que viene a llenar una pequeña laguna en nuestra literatura reciente. Se titula Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos (1980-2012), lo publica la editorial asturiana Trea, y es exactamente lo que dice en la cubierta: una antología de los aforistas españoles que han publicado su trabajo a lo largo de las últimas tres décadas. Su autor, José Ramón González, profesor de literatura española en la Universidad de Valladolid, ha hecho la selección después de haberse leído hasta la más pequeña colección de astillas verbales que alguien haya tenido la ocurrencia de publicar entre nosotros, y ha escrito un estudio previo que es un modelo de orden, claridad expositiva y sutileza conceptual: el tema lo exige, la verdad, porque pocos géneros plantean tantos problemas de caracterización como el aforismo, que puede ser y no ser al mismo tiempo sentencia moral, juego de ingenio, apunte narrativo, chispazo metafórico y capricho verbal. También antepone a cada selección un breve comentario que describe y explica la obra de su autor con una prosa que es todo un ejemplo de lo que debe ser la escritura académica: rigurosa y perspicaz, cordial y accesible. Un gusto, vaya.

La nómina, amplísima, arranca con Carlos Castilla del Pino, Cristóbal Serra y Carlos Edmundo de Ory (un trío que ejemplifica muy bien la diversidad de propuestas que acoge el volumen) y termina con autores nacidos a finales de los años setenta. Por el camino, nombres como los de Antonio Fernández Molina, Rafael Sánchez Ferlosio, Rafael Pérez Estrada, Carlos Pujol, Rafael Argullol, Ramón Andrés, Fernando Aramburu, José Mateos o Andrés Neuman, por nombrar unos pocos. Se incluyen también, me alegra decirlo, algunas de las «hormigas» que he ido publicando desde hace diez años. En fin, que estoy encantado con el libro. Son casi 350 páginas, pero en formato de bolsillo: caben bien en cualquier carpeta y también en la mesita de noche. Hay que afinar los ojos porque el cuerpo de letra es pequeño pero abundan las líneas en blanco, los espacios donde perderse cada vez que leemos algo que nos conmueve o nos pasma.
 
*

Por cierto, acaba de aparecer en la red una breve selección de mis aforismos en traducción italiana (con el original español). La «culpa» es del escritor Fabrizio Caramagna (Turín, 1969), creador y responsable de Aforisticamente, una página asombrosa, dedicada íntegramente al aforismo, en la que se recoge el trabajo de escritores de casi todo el mundo. Ahora le ha llegado el turno a este ocioso domador de hormigas. Caramagna ha montado su particular hormiguero (qué curioso comparar lo que cada cual selecciona del trabajo de uno) y ha escrito una breve semblanza crítica en la que me reconozco sin dificultades. Estoy encantado, por supuesto. Si digo tonterías, al menos suenan en italiano...! Grazie mille, Fabrizio.

domingo, mayo 26, 2013

5 hormigas





Dicen que la tontería se quita leyendo. Eso sí, no hay término medio. La alternativa es que se petrifique.


Loan su rapidez, su agilidad. Pero es sólo la inercia de quien huyó corriendo.


Era un hombre de principios. No lograba concluir nada.


La biblioteca del paraíso nada en libros; la del infierno naufraga en ellos.


Somos más generosos con quien menos reclama.

martes, marzo 26, 2013

pequeño cuento de pascua


.
Hajo Mueller
.

En aquella región a los niños que empiezan a hablar se les entrega un colgante con una piedra en la que se custodian gotas de un veneno mortal hecho a partir de su sangre. Los niños tienen prohibido indagar sobre la naturaleza de la piedra, que deben proteger de cualquier daño, y sólo cuando llegan a la pubertad se les informa sobre su contenido y sobre cómo acceder a él. Entonces la prohibición se levanta y cualquier muchacho puede, en cualquier momento, abrir la piedra y beber de ella.

No se puede salir de casa sin el colgante. No se puede emplear para hacer daño a otros, pues el veneno sólo afecta a su portador. No se puede vaciar a escondidas, pues la piedra cambia de color y se agrieta hasta romperse. La pérdida o deterioro del colgante se castiga con el destierro; es imposible no pensar en él, no cuidarlo, ignorar u olvidar que se lleva puesto. La piedra del veneno se convierte en la joya más preciada y los nativos no dejan de idear mil formas de adornarla, de protegerla.

Si alguien la emplea para matarse, se esparcen sus fragmentos sobre el cadáver. Si alguien muere de muerte natural, es enterrado con ella sobre los labios.

sábado, febrero 23, 2013

tanning / artista, una vez



 

Hace unos diez meses publiqué en esta bitácora un poema («Mujer saludando a los árboles») de Dorothea Tanning, la gran pintora y poeta norteamericana de cuyo fallecimiento se cumplió un año el pasado 31 de enero. Casada con Max Ernst entre 1946 y la muerte del pintor en 1976, Tanning descubrió la escritura y la poesía modernas a su regreso a Nueva York, a la edad en la que otros se jubilan, gracias a su amistad tardía con James Merrill y John Ashbery, entre otros, y supo reinventarse como espléndida biógrafa de un mundo, el de la inmediata posguerra europea, en el que las luminarias de la vanguardia presidían un gran baile de máscaras en el que se entremezclaban gentes de todo pelaje: diplomáticos, jóvenes bohemios, galeristas y editores, empresarios enriquecidos por la guerra, aristócratas extranjeros venidos a menos o arruinados por el exilio pero aún con ínfulas y no pocos contactos… Así lo cuenta ella en Between Lives, extraño y fascinante libro en el que la prosa serpentea y se enrosca con una voluntad de estilo que es un poco el correlato de ese tiempo, de la propia ambivalencia de su autora al revisarlo, dividida entre la admiración sincera y la burla socarrona. París es un imán demasiado intenso, un ojo de huracán devorado muy pronto por la vulgaridad chillona del dinero fácil, y la pareja Ernst-Tanning no tarda en escapar, primero a Touraine, en la región del Loira, y luego al sur, a la Provenza, donde residen hasta la muerte de él en 1976.

Pero no adelantemos acontecimientos. Coming to That (2011), su segundo y último libro de poemas, se cierra con este poema, «Artist, Once», en el que Tanning recrea su juventud neoyorquina, ese lapso de tiempo que se extiende entre su llegada a la ciudad en 1935 y el encuentro con Max Ernst en 1942: siete años en los que se ganó la vida trabajando como ilustradora y dibujante publicitaria mientras pintaba los cuadros de corte vagamente surrealista que llamaron la atención del mítico galerista Julien Levy. Fue Ernst, de hecho, quien la convenció de dejar el mundo de la ilustración y dedicarse de lleno (o, por hacer un fácil juego de palabras, sin medias tintas) a la pintura, aunque esos primeros años de «libertad» no debieron de ser fáciles: la sombra de su compañero era demasiado grande y Tanning tardó en madurar su mundo, encontrar la puerta que la llevara hacia sí misma.

Traduje este poema por invitación de Patricia Nieto, redactora de Letras Libres y gran admiradora de Tanning, quien lo ha incluido amablemente en el número de febrero de la revista. Es un poema sobrio, ajustado, regido por los principios de la elipsis y la economía verbal. No hay nostalgia ni complacencia en su mirar atrás, aunque no deja de ser significativo que Tanning cerrara el libro con él. De alguna manera, responde al deseo de cumplir el círculo vital de la creación, atar cabos, inferir algún tipo de coherencia entre el yo de entonces y el de ahora, aunque sea bajo la luz vacilante de la duda o la incertidumbre («ya no está tan segura»). Lo que me sigue asombrando es que lo escribiera una persona casi centenaria, alguien llegado a la poesía cuando la mayor parte de los poetas ya no tienen gran cosa que decir ni ganas de decirlo.

El original, aquí.

sábado, febrero 09, 2013

charles simic en el cuaderno


Hace una semana vio la luz el número 42 (¡ya!) de El Cuaderno. En él, entre otros muchos materiales, se incluía un adelanto de El mundo no se acaba, el libro de Charles Simic que está a punto de aparecer en Vaso Roto Ediciones. Son nueve poemas, a los que acompaña un breve texto en el que trato de iluminar, hasta donde se me alcanza, el mundo poético de Simic. El libro, como digo, está a punto de aterrizar en las librerías. No descarto que el título, dadas nuestras peculiares circunstancias, pueda sorprender o atraer a algún curioso. Pero es todo cuestión de azar, porque la edición original (de 1989) tiene ya veinticuatro años y su optimismo tácito nada tiene que ver con el desastre ambiental que padecemos, este hundimiento generalizado de valores y expectativas.

Podéis leer el adelanto pulsando en cada una de las tres imágenes. Alternativamente, podéis leer el número entero en la página correspondiente de issuu.





viernes, febrero 01, 2013

un poema de gerald dawe






Hijo del Imperio

La otra noche soñé con Churchill.
Estaba en el jardín, fumándose un buen puro.
Luego todo cambió y ambos reaparecimos
en un castillo, a solas; un fuego ardía en el hogar.

Retratos de hacendados y príncipes mercantes
nos vigilaban desde el hueco de la escalera.
Hablamos de pintura –la suya y la de otros–
y del fracaso;
de cómo hay que vivir también con él.

Tosía con frecuencia y los ojos se le nublaban
como si fuera a hablar una vez más
del enfermo de Roosevelt, o de Stalin.
Ahora ya sólo veo las pantuflas a cuadros
con su pequeña cremallera a cada lado.


trad. J. D.



Otro poema incluido en la antología de poesía irlandesa de Michael Longley. No conozco bien a Gerald Dawe (1952) y apenas he leído nada suyo, pero me gustó esta visión ligera y hasta compasiva de Churchill; una buena forma de jugar con su condición icónica, de patrón del establishment, hasta desactivarla. La clave, supongo, está en el título, que deja vislumbrar el subtexto político de unos versos que viajan, no por azar, del célebre puro de las fotografías a unas humildes pantuflas. No sé si los escritores, fuera de un puñado de grandes, tienen la última palabra, pero sospecho que si no creyeran tenerla cultivarían bastante menos la pantalla o la página en blanco.

martes, enero 29, 2013

poemas en paradoja





Supongo que quienes visitáis habitualmente esta bitácora conocéis muchos de estos poemas: los acaba de publicar la revista virtual Paradoja gracias a la gentileza del joven y brillante poeta argentino Ignacio Uranga. El título de la revista me despierta simpatía, la verdad, y en su portada descubro a un puñado de buenos amigos y poetas admirables: Circe Maia, Juan Carlos Mestre, Roger Santiváñez, José Kozer… He aprovechado para incluir un poema inédito, escrito hace apenas unos días. Se llama «Paisaje» y es muy breve, pero tiene algo de resumen o saldo vital. Es de esperar que no se prolongue demasiado...

martes, enero 22, 2013

un centón para sergio gaspar



Willys de Castro. Torsión, 1958.  Colección Patricia Phelps de Cisneros


El pasado viernes 18 de enero, el Círculo de Bellas Artes de Madrid acogió el homenaje que escritores, colegas y amigos rendimos al editor Sergio Gaspar tras el cierre de DVD Ediciones. Sabedor de que mis colegas de mesa (mis queridos Eduardo Moga, Juan Manuel Macías, Manuel Rico y Javier Lostalé) glosarían con elegancia y precisión la trayectoria personal y profesional de Sergio –como así fue–, opté por salirme un poco por la tangente y escribir este centón o ristra donde aparecen, sin orden ni jerarquía, no pocos de los títulos de la colección de poesía y alguno de la de narrativa, más los títulos de los tres libros de poesía que Sergio ha publicado hasta hoy. No pretende ser otra cosa que un juego, aunque, como me ha escrito algún amigo, es una manera «de que los títulos homenajeen a su editorial, de que el catálogo cante en honor del catalogador». El juego, por lo demás, es también un intento de combatir esa melancolía que inspira siempre la desaparición de una realidad cercana, y más cuando se trata de una editorial que nos ha permitido respirar mejor, más anchamente, durante casi veinte años. Dan ganas de decir, como un viejo monárquico: DVD ha muerto, viva DVD.



Un centón para Sergio Gaspar y DVD Ediciones

Esta estancia en las afueras a la que ahora debemos renunciar, que cerramos con llave a regañadientes para que quede intacta a nuestras espaldas, tiene y no tiene autoría. La fueron haciendo, con la tenacidad del hombre constante, las horas y los labios, la voz que murmulla a las tres de la madrugada y ese adulto extranjero que ensaya, frente al espejo convexo, una pronunciación desconocida que quizá sea su autorretrato más genuino, pues al fin y al cabo sabemos bien que yo es otro, se llame Aben Razín o Rengo Wrongo. Es el mismo adulto que, navegando a solas por la habitación, ha llegado a convertirse alguna vez, sin poder evitarlo, en el invitado incómodo de sí mismo.

En esta estancia todo guarda una rara coherencia, como si la viéramos con una lente de gran angular: paredes color cobalto, un lucernario, un muro con inscripciones que reproduce, en miniatura, algunas pintadas del muro de Berlín, un tablero de corcho con el mapa de América, fotos de los dos en la playa, ella con su primer bikini, un retrato de familia en el invernadero de nieve con el gato que sólo quería a HarryFormas débiles que vacilan en la penumbra, que la piel del vigilante rozó apenas al salir con prisa y que parecen, de lejos, un escenario con las pruebas del delito.

Detrás de una puerta hay otra estancia, que es la misma mitad de la anterior. En su sombrío armario hay un espejo negro y allí, a la luz de un fósforo astillado, tan fino y tenue que parece el hilo de nadie, podemos ver las máscaras que ha colgado de una percha el hombre que salió de la tarta, las hormigas sin sombra que corren por la esquinera, papeles casi subterráneos con el borrador de tres poemas, el dinero que cogerá de la mesa, de un manotazo, el que desordena, antes de contemplar, desplegado frente a él, el fin de semana perdido en un ejercicio triunfante de porno ficción. El mismo que, tras pasar la noche en blanco, sin licencia ni límite, revela en la pantalla su carne de píxel.

Ahora todo se ha fundido en negro y la lengua se ha vuelto ciega, pero no hay cuidado. Esa estancia vivirá impresa en la memoria de los lectores, del huésped panorámico que somos todos al leer. Los que, por más señas, de tanto vadear ríos y no hacer pie aprendimos a medir el peso de los puentes y la tara que soportan. Los que sabemos cómo perder y terminar el día con el barro en la mirada. Los que combatimos la falta de lectura con poemas a la hora de comer y escribimos en nuestra vigilia breves historias de la sombra. Los que observamos, con ojos de entomólogo, la lenta construcción de la palabra, y a ratos perdidos vamos dando forma a nuestro vitral de voz.

No haya, pues, golpes en el pecho (feroces o no) ni heridos graves. No echemos leña al fuego. El mundo no se acaba, ciertamente, aunque se nos haga un poco más pequeño, más hostil. No es la última noche de la tierra ni la destrucción de la mañana. Sólo una nueva revisión de la naturaleza, ley de vida. No hay que hacer ninguna autopsia. Poetry is not Dead. La poesía, que son los nombres del tiempo, que es el diario de la luz, que es amor tirano.

Hace triste, eso sí. Nos esperan, desde ahora –huyendo de las invasiones, esas que recoge el libro de las catástrofes donde nuestros hijos aprenderán a leer–, el cielo sin mácula, la errancia a campo abierto bajo un sol de sal, el tránsito hacia un país lejano y sus fronteras de niebla, sus montañas de niebla, el bosque lácteo de la noche donde brilla el hierro de la luna, la estrella que señala el norte magnético sobre las tiendas de fieltro.

El camino es largo, da vueltas y revueltas mientras en el cielo de Mercia se levanta, sorda y remota, la tormenta. Alguien dice: ¿Estás seguro de que no nos siguen? Otro duerme, intranquilo, el sueño del monóxido. Un tercero dibuja pequeños círculos en la tierra. El cuarto pregunta: ¿Dónde? Un quinto susurra para sus adentros: Dime qué.

Heredemos la sabiduría de las brujas. Cultivemos la astucia del vacío. Persistamos en la adoración, de todo y de todos, de nada o de nadie. Escuchemos la corriente subterránea del mundo. Escribamos, en fin, apuntes para un futuro manifiesto.

Después de todo, lo que queda es esto, todo esto.


leído en el Círculo de Bellas Artes el 18 de enero de 2013

miércoles, enero 16, 2013

piedra y cielo / segunda etapa





El año 2013 ha empezado un poco más tarde de lo debido en esta bitácora. De vez en cuando conviene tomarse un respiro y dejar de alimentar a la fiera. Pero ya era hora de volver, y qué mejor que hacerlo anunciando el primer número de la revista virtual Piedra y Cielo, que coordinan desde Tenerife mis admirados Francisco León, Alejandro Krawietz, Ismael García y Régulo Hernández. Debería añadir: primer número de la segunda etapa, porque Piedra y Cielo tuvo una existencia anterior, en papel, allá por el 2004-2006; se publicaron cuatro números que guardo como oro en paño y que son un ejemplo de cómo debe hacerse una revista literaria: marcando –sin dogmatismos, pero con firmeza– una línea estética clara, decantada, bien audible para quien quiera oírla.

Así que Piedra y Cielo vuelve, ahora en la red, y lo hace a lo grande, con textos y poemas de George Herbert, Melchor López, Alejandro Krawietz y José Luis Gómez Toré, entre otros. Un servidor también contribuye con una reseña del Diario anónimo de J. A. Valente que Galaxia Gutenberg publicó a finales de 2011. Aunque el plato fuerte de este número es, sin duda, la entrevista que Michael Silverblatt le hizo al escritor alemán W. G. Sebald y que se recoge en el libro La emergencia de la memoria: conversaciones con W. G. Sebald (2010). Que yo sepa, el libro no se ha editado en nuestro idioma, así que esta entrevista sirve estupendamente de adelanto o cata previa.

Ah, si la lectura en pantalla os incomoda, existe la posibilidad de descargar la revista en formato pdf.

Buena lectura. Y que el 2013 nos sea propicio, que buena falta nos hace.

lunes, diciembre 31, 2012

aquí, ahora



Peter Sacks, Durban Point (Indian Ocean), 2009-12


Una lluvia menuda nos calaba los huesos.
Nadie miró la hora, sin embargo.
Callar era el camino, los pies en el camino.


monósticos, 3

viernes, diciembre 28, 2012

john hewitt / sustancia y sombra





Hay una desnudez en las imágenes
con las que aplaco el tiempo
por defender mi mente;
se bastan y se sobran con sus tercos secretos;
inútil sublevarse contra su reticencia:
el chapuzón de un alcatraz,
garzas junto a un estanque,
ese grajo que vuelve con el último sol,
una araña encogida sobre un tallo de helecho
y cardos en la copa de un manojo de mies,
una roca en la escarpa, moteada de liquen,
los destellos del sol en los carámbanos,
su durable sentido cifrado en atributos
de textura, color, silueta y nada más.
Son nítidas, exentas, sencillas, propias de
la pequeña república que he demarcado
como el acre seguro donde mi juicio acierta,
mientras alrededor de sus confines
se extienden los escombros de la duda.

Mi lámpara ilumina la tetera en el fuego
y proyecta su sombra en la pared de cal
como un perfil asirio rematado, en lo alto,
por un yelmo con cresta de serpiente o de ave;
pero sigue siendo una sombra; cuando muevo
la lámpara o aparto la tetera se esfuma
y quedan al garete sustancia y sombra, desgajadas,
esas que solo el bronce apuntalaba, bronce o piedra.


trad. J. D. / el original, aquí


.


Una de las antologías que más frecuento últimamente es 20th-Century Irish Poems, editada por el poeta irlandés Michael Longley y publicada por Faber & Faber hace justamente diez años, en 2002. Longley tiene un gusto infalible y nada dogmático, le da a cada quien su espacio y sabe elegir los mejores poemas, o los más característicos, de cada autor. Longley, de obra tan escueta como intensa, confiesa haber dado rienda suelta a su pasión por el poema breve, y el libro contiene algunos ejemplos memorables, como la «glosa» de Thomas Kinsella que traduje y colgué en esta bitácora hace algo más de un año. Pero hay más ejemplos, desde alguna pieza poco conocida de James Joyce a instantáneas de escritores contemporáneos como Greg Delanty, Gerald Dawe o Mary O’Malley.

Un poema algo más extenso que el de Kinsella pero igualmente célebre es este de John Hewitt (1908-1987), que me atrapó desde sus primeros versos y que llevaba meses queriendo traducir. Es una de esas piezas que a uno, la verdad, le habría gustado escribir, supongo que porque tienen algo de lema o de divisa y evocan lecturas de hace años. Este «Sustancia y sombra» es una poética, sí, pero es bastante más que eso: resume o encarna en un puñado de versos una moral de vida, una forma de estar en el mundo y de relacionarse con él. Conozco mal y poco la poesía de Hewitt, maestro reconocido de los escritores que surgieron en Irlanda del Norte en los años sesenta (con Heaney a la cabeza), pero estos versos en particular son emblemáticos del afán de control de la tradición británica, de su negativa a convertir la escritura en un ejercicio exhibicionista o confesional. O, en otras palabras: de su convencimiento de que sólo estableciendo un equilibrio entre los imperativos de la conciencia y de la realidad exterior se pueden amansar los demonios de uno, educarse y madurar. Los excesos patéticos o truculentos están de más. La sombra forma parte de la sustancia, queda fijada en ella, gracias al poder aleccionador de la forma. Algo así parece decir la segunda estrofa, pero lo que más me gusta de ella es el modo en que cambia radicalmente el escenario y el punto de vista de la primera introduciendo, de pronto, la imagen exótica e inesperada de la kettle «como un perfil asirio». Son detalles como estos los que encienden la lectura cuando uno menos lo espera. Y los que permiten entender que poetas como Heaney o el propio Longley vieran en Hewitt a un modelo que insuflaba un poco de aire fresco en el paisaje provinciano de la poesía irlandesa de posguerra.

miércoles, diciembre 26, 2012

auster en buen salvaje





Hace unos meses la revista peruana Buen Salvaje me pidió un artículo breve sobre mi traducción de la Poesía completa de Paul Auster; en palabras de su responsable, Dante Trujillo Ruiz, «un comentario personal sobre lo que ha sido esa experiencia; un acercamiento». Venciendo la pereza que me da volver sobre trabajos ya hechos, y con la sensación de que difícilmente podía añadir nada a lo expuesto en la «Introducción», escribí estos cuatro párrafos que ya se pueden encontrar en la red: no son demasiado personales (lo mío no es la confidencia, lo reconozco), pero ayudan a entender el cuándo, el cómo y el porqué. Van también, en edición bilingüe, cuatro poemas de Auster a modo de escaparate. (Por cierto, releo los versos finales de «Provenza: Equinoccio» y tengo la sensación, nada arbitraria, de que hablan del futuro inmediato, de esa larga espera de la primavera que arrancará tan pronto acabe el año.)


[…] como si el sueño
te llevara tan lejos
que pudieras hablarme de la densa
y embarrada semilla
que está ardiendo en nosotros,
y apaciguar el lento dolor de primavera
que trabaja
por entre el largo desarraigo
de las estrellas.

lunes, diciembre 24, 2012

feliz navidad



Pieter Brueghel el Viejo, Cazadores en la nieve (detalle)

[…]
 
Así la rueda de las estaciones
te será dulce, ya el verano vista
la tierra de verdor, o el petirrojo
se pose y cante en la desnuda rama
del musgoso manzano, entre mechones
de nieve blanda, mientras a su lado
la techumbre de paja humea al sol;
ya caigan del alero
las gotas de rocío, sólo audibles
en la quietud que sigue a la tormenta,
o el oficio secreto de la escarcha
las torne estalactitas refulgentes,
calladas bajo la callada luna.


S. T. Coleridge
«Escarcha a medianoche»