miércoles, abril 08, 2020

cuaderno del encierro / 19

miércoles, 8 de abril

A cada día sus músicas. Hoy debo de tener el ánimo sombrío. Empiezo la mañana haciendo ejercicio con «Blindfolded» de Simple Minds y la termino con «House With No Door», un viejo tema de 1970 de los Van der Graaf Generator. A pesar de su título, es una canción de amor convencional (aunque de tono morbosamente gótico, como era costumbre en Peter Hammill). Pero es también un título sugestivo, que me lleva a pensar, de pronto, en un futuro conjetural de casas sin puertas físicas, un futuro en el que el riesgo de pandemias y otras amenazas nos obligará a vivir confinados en espacios estancos, hogares individuales o unifamiliares de los que será imposible marcharse, salvo por motivos de fuerza mayor. Sigamos. La vida laboral se haría en estos hogares, bien provistos de pantallas de realidad virtual para celebrar reuniones, encuentros con amigos, sesiones de yoga o de gimnasia… La única vía de acceso sería un compartimento que haría las veces de dársena y habitación desinfectante. Por ahí entrarían provisiones y comestibles (servidas a domicilio, claro está). Y por ahí se saldría solamente en casos excepcionales, de urgencia, y con el permiso oportuno de las autoridades. Un enjambre de obreros no cualificados y en condiciones de cuasi esclavismo atendería las necesidades de la población, pero pronto serían reemplazados por robots. Lo dejo aquí. Quedan flecos por resolver –por ejemplo, cómo formar familias o vínculos personales si no es posible salir de casa–, pero es cuestión de sentarse y armar el puzle. Y, si algo no cuadra, siempre podemos contar con el avance seguro de la tecnología y las herramientas de control social… 
       De joven, a los quince o dieciséis años, estos constructos me entusiasmaban, precisamente porque eran teóricos y mi juventud me impedía investirlos de experiencia, de vida vivida. Eran dignos de los cuentos y novelas de ciencia-ficción que consumía con avidez y cuyo valor descansaba, sobre todo, en que ofrecían un repertorio riquísimo de hipótesis y puntos de partida para imaginar el futuro (y el futuro estaba justamente para imaginarlo). Éramos ignorantes y optimistas. Ahora me aterran, supongo que como a cualquiera, porque sé lo que está en juego y no quiero perderlo. Los viejos esqueletos narrativos se han levantado del polvo, como en la profecía de Ezequiel, y se han cubierto de carne, de piel y hasta de espíritu. Y parece claro que una existencia semejante sería terrible para el espíritu, al menos vista desde aquí, por este adulto que he llegado a ser y con estos ojos que se comerá la tierra. Lo que no me impide reconocer que es una hipótesis plausible. ¿La vivirán alguna vez nuestros hijos, nuestros nietos? Quién sabe. Tal vez desde una perspectiva ecológica ese vivir en celdas y colmenas bien selladas fuera más sostenible: un ejercicio socialmente programado de contención. Desde luego, en todos los demás órdenes sería una pesadilla. Y no sé si el miedo o la sugestión hablan por mí, pero tendremos suerte si las gentes del futuro no recuerdan este primer encierro del siglo XXI como un ensayo general, una prueba de resistencia.


Segunda tarde de lluvia. Pero esta vez es una lluvia mansa, cálida, casi tropical, que cae con desgana. Como si no quisiera dejar rastro. Según el pronóstico del tiempo, este frente nuboso viene directamente de Portugal, del Atlántico, y se nota: el cielo no está tan blanco como la Torre de Belém, pero casi. Un blanco lavado, ceniciento, en el que las nubes se recortan como masas de color en un negativo. Un blanco que lleva en sí polvo de cal y de azulejos. Y el aire entumecido del calor.


Tarde también de moscas. Después de estos días de humedad y temperaturas medias, se veía venir. Y Layla va debidamente mosqueada, más atenta a su trasero que a los reclamos del camino. La verdad es que no recuerdo haber visto tantas, sobre todo en la zona en obras que limita con la calle Bailén (y que lleva semanas abandonada). Habrá que elevar una protesta. ¡Señores pájaros, dejen ya de cantar y hagan su trabajo!


Más música: Paula está leyendo en el salón, en el otro extremo de la casa. Suena un disco de Arvo Pärt (Alina). Una melodía sencilla y hermosa, de aire sonámbulo. Las notas del piano caen como gotas de un árbol recién llovido: un ritmo vagamente irregular, la expectativa de algo que no termina de cumplirse y que llena el pasillo con sus ecos. Yo estoy escuchando unos blues de Donald Fagen mientras escribo, pero no tardo en bajar el volumen y acoger la música que llega del salón. El disco de Pärt se impone sin esfuerzo. Silencio que habla. Silencio elocuente.

lunes, abril 06, 2020

cuaderno del encierro / 18

lunes, 6 de abril

Si esto fuera un cuento de ciencia-ficción, un relato a lo Ballard en forma de diario o de cuaderno de campo, estas notas se irían espaciando con el tiempo, adelgazándose hasta convertirse casi en un hilo de voz. El miedo sería un virus en sí mismo y las páginas se poblarían de líneas en blanco o de puntos suspensivos capaces de ahogar el grito de socorro del narrador. Pero nada de esto ha sucedido. La vida cotidiana sigue con normalidad hasta donde es posible y disponemos de suministro eléctrico y conexión wifi. Sale agua caliente de los grifos y los supermercados están bien surtidos. La policía patrulla las calles y los quioscos, al menos en las grandes ciudades, siguen vendiendo la prensa. Para la mayor parte de la población, los que vivimos confinados a la fuerza y no podemos contribuir de manera activa, este fin del mundo es más bien anodino (¡por suerte!), aunque no está libre de perplejidad y de miedo al futuro. Todos hemos tenido miedo al futuro alguna vez, pero ahora la incertidumbre es ley. Hay más tiempo para pensar, los periódicos y noticieros no dejan de bombardearnos con pronósticos de urgencia y todo está en suspenso, como esperando algo que no termina de llegar. Pero la normalidad impera, al menos en la superficie. De hecho, nuestro fin del mundo se parece bastante al que profetizó hace décadas Thomas McGrath en un poema homónimo. Recuerdo, en concreto, que su breve y personal versión del apocalipsis no traía «la cólera que escinde rocas» ni «el terrible fuego proverbial», sino únicamente «un tintinear de copas» y «risas en el edificio vecino»; no nos hacía oír «el trueno mudo, el largo colapso del cielo», sino «un solo suspiro melancólico / de mi vecino, que bebía cerveza en la oscuridad, sentado en el porche» (una posible versión española de esta escena tendría que incluir, en nuestro caso al menos, las gárgaras matinales y la cinta de correr de los vecinos del tercero B, pero ese es otro asunto). El poeta concluía entonces que «el Apocalipsis era nunca / y era siempre», es decir: «esta noche en una pobre calle donde una risa alegre, irreverente, / pospone el fin del mundo: donde vivimos siempre». Como cualquier artista, McGrath tenía una conciencia intensísima de la fragilidad de la vida y sabía que nuestras casas, nuestros hogares, se levantan en un mundo que una y otra vez aplaza su final. O, por decirlo más brevemente: vivimos sobre arenas movedizas. Lo sabía también el primer Eliot, cuando escribía que «en un minuto hay tiempo / para decisiones y revisiones que un minuto refuta». En realidad, cualquiera que haya vivido con los ojos abiertos o haya tenido algún revés importante en la vida es consciente de ello… o debería serlo. Pero vivir es también un largo y minucioso ejercicio de olvido; enterrar miedo y dolor y malos recuerdos bajo capas de rutina y de costumbres narcóticas. Ahora esta nueva rutina de interior abre un tajo en ese lienzo y todo se complica y enrarece. Sopla una corriente de aire. Podemos asomarnos al otro lado y perseverar en la extrañeza, como Alicia, o bien seguir corriendo como mi vecino en su cinta: a ningún sitio.


Escribí antes que «todo está en suspenso, como esperando algo que no termina de llegar». La frase huele a Beckett, pero la imagen que me vino a la mente fue más bien de dibujos animados o de película de artes marciales: ese instante en que el héroe se levanta en el aire para dar una patada y la cámara se ralentiza o se detiene (en las versiones más recientes incluso gira a su alrededor y se recrea en la plasticidad del cuerpo, de su postura) antes de acelerarse bruscamente y meternos de hoz y coz –nunca mejor dicho– en el combate. Lo mismo ahora: todo está en el aire, girando a cámara lenta, mostrándose desde varios ángulos, pero empiezo a temer el momento en que caiga con súbita ferocidad al suelo.


El poeta Orlando González Esteva me envía desde Miami un célebre haiku de Bashō al que es muy aficionado (recuerdo cuánto lo citaba hace años). En su versión, claro, por una vez más rica en aliteraciones que en asonancias:

Aun en Kioto
si oigo al cuco cantar,
añoro Kioto.

            Y añade: «El cuco es el pájaro nacional de Japón, como quizás sepas. ¿Tiene España el suyo? ¿Cantor?». No, España no tiene un pájaro nacional, y mucho menos cantor (lo acabo de comprobar en la red). Me avergüenza un poco reconocerlo, la verdad. Lo que no impide que hasta en Madrid, si oigo cantar al mirlo, añore Madrid.

domingo, abril 05, 2020

cuaderno del encierro / 17

domingo, 5 de abril

Ayer por la tarde, cuando salí al balcón con la taza de café en la mano y sentí el viento de paso entre los árboles, eran las cuatro y diez.


Una humilde propuesta. Quizá desde ahora haya que matizar aquella frase de Max Aub y decir que uno es, entre otros lugares, de donde ha pasado la cuarentena.


Nos estamos aburguesando. Asomados a la ventana, oyendo el bostezo lento de la tarde de domingo, hemos vivido el paso de cada coche como una pequeña afrenta.


No tendrá velatorio ni despedida pública. No habrá un cortejo de amigos y colegas de vocación que se acerquen a decirle adiós y cantar sus alabanzas (es el precio abusivo que se cobra el virus). A cambio, eso sí, todos sabremos exactamente dónde estábamos cuando murió Aute.


El crujido como de papel de las alas de las palomas. El gajo de naranja que llevan los mirlos por pico. El vuelo a pies juntillas de las urracas. El regreso de los gorriones (les basta con eso, con haber vuelto, para alegrarme el día). Compañeros de tertulia.


Sentado en el balcón, en el alféizar de la ventana, sorprendo alguna mirada furtiva de los paseadores de perros que bajan la cuesta del parque. Una mirada tímida, sí, pero también de reconocimiento. No llegamos a saludarnos, pero por poco. Y luego me doy cuenta de que tal vez piensen que estoy ahí plantado vigilándoles, como un agente más de esa «policía de balcón» que ha nacido con el estado de alarma. Todo es posible. Así que opto por ponerme literalmente de perfil, haciendo como que miro las copas de los árboles o que sigo el ir y venir de los pájaros. Una tontería, lo sé. Y encima instintiva. Pero hay dudas que conviene despejar como sea.


Descubro a Layla hurgando en el cajón de los gatos. No hace falta ser muy listo para saber lo que está haciendo, pero es que además su masticación furtiva lo confirma. No me queda mas remedio que echarle un buen rapapolvo: ojos feroces y palabras de reproche (es una perra recogida y en su caso el castigo físico no es productivo). Ella sabe que ha hecho mal y camina casi a rastras, con el rabo entre las piernas, rehuyendo mi mirada y buscando el amparo del sofá. A partir de ahí todo va a peor: voy a sacarla y me rehúye, salimos a la calle y se acobarda, la animo a pisar la hierba y se pega a mi pernera, adulona. Un desastre. No hay manera de que se relaje, y solo al final, cuando emprendemos el camino de vuelta, parece olvidar su morriña. Y todo porque se topa con una bandada de palomas a las que puede espantar. De esto saco dos obviedades poco halagüeñas. Primero: que el miedo nos anula y nos vuelve tontos. Y segundo: que el miedo se cura atacando a otros más débiles. Nada nuevo, pues. Pero al menos la perra tuvo conciencia inmediata de su falta y pidió perdón. No se puede decir lo mismo de otros.

sábado, abril 04, 2020

cuaderno del encierro / 16

sábado, 4 de abril

Esta frase del poeta Alejandro Krawietz. Se la leí a principios de año en un grupo de WhatsApp de escritores canarios amigos (soy el único no insular del grupo, y confieso que la distinción me enorgullece tontamente) y no he dejado de tenerla en la cabeza desde entonces: «Mejor no hacer nada que hacer nada».


Hablo por teléfono con mi madre, que está en Gijón, a casi quinientos kilómetros de aquí. Vive sola, pero siempre ha sido una mujer autónoma y con recursos, así que por ese lado estoy tranquilo. Lo que más echa de menos, me dice, es ver el mar. Y eso que el paseo marítimo, el Muro, está exactamente a dos manzanas de distancia. Acostumbrada a pasear junto a la playa todos los días –o, mejor dicho, a dar largas caminatas con paso marcial–, esa presencia tantálica la abruma. Lo comenta con una mezcla de tristeza y de resignación. Tan cerca y tan lejos. Y pienso en los vecinos de su barrio que están en la situación contraria, los que viven frente al mar y lo tienen todos los días ante su vista, subiendo y bajando, cambiando de color según la luz y la hora, respirando con sus maneras de gran cetáceo. ¿Puede alguien cansarse de ver el mar? Alguno habrá, estoy seguro. Y, sin embargo, ese horizonte dilatado es justo lo que nos hace falta en estos momentos. No perder la mirada de largo alcance. No abdicar de la profundidad de campo.


Salgo al balcón a media tarde y me sorprende un murmullo apretado, como de agua que corre entre piedras. Es el viento en los árboles.


Normalidad, sí. Normalidad y buen humor. Paciencia y disciplina. Lo que no impide que algunos amigos confiesen temores e inquietudes, malos sueños, momentos de decaimiento… No siempre podemos impedir que la mente se oville sobre mí misma o se adorne con las espinas de la culpa. Y hace días, pensando en ellos, leyendo sus mensajes de WhatsApp –pensando también en mí mismo–, me vi traduciendo este breve poema del irlandés Derek Mahon (Belfast 1941). Lleva por título «Everything Is Going to Be All Right» («Todo va a salir bien»), y parece que Mahon lo escribió en un paréntesis de su tratamiento oncológico. El poema –uno de los más accesibles de su autor– tiene ya algunos años, pero estos días, por razones obvias, ha vuelto a cobrar actualidad. Mi versión es solo un tanteo, un primer intento, y quien lea el original inglés sabrá por qué. Me gusta sobre todo esa reiteración obsesiva del cuarto verso, «There will be dying, there will be dying» –un instante de debilidad, tal vez, pero también de aceptación lúcida–, que rápidamente se acalla con un hábil: «pero no hablemos de eso ahora». Y entonces el poema da con su «manantial oculto». Mahon habla del presente, de esto que ocurre ahora, dentro o fuera de nosotros, para acabar diciendo, fuera penas, alegrémonos de ver el sol, qué más da el futuro si el futuro no existe. Son solo doce versos, pero alivian y acompañan como el mejor fármaco:

¿Por qué no va a alegrarme contemplar
las nubes despejándose detrás de la lucerna
y la marea alta reflejada en el techo?
Habrá muerte, habrá muerte,
pero no hablemos de eso ahora.
Los poemas afloran de la mano sin trabas
y el manantial oculto es el corazón atento.
El sol sigue saliendo pese a todo
y relumbran hermosas las ciudades lejanas.
Tumbado aquí, bajo el motín del sol,
veo nacer el día y las nubes perderse.
Todo va a salir bien.

jueves, abril 02, 2020

cuaderno del encierro / 15

jueves, 2 de abril

Mi amiga Nuria me envía por WhatsApp la imagen de lo que parece un ammonites, una espiral fosilizada. Su mensaje habla de la importancia de lo menudo, de eso que a veces no vemos de tan humilde y que da valor y sentido a nuestros días. «La vida sigue», concluye. Sí, la espiral avanza, pero no está claro si hacia fuera o hacia dentro. Gira el mundo, o giramos nosotros en sus hélices, pero a saber si caeremos al pozo o bien saldremos disparados, volando.


Los números cantan, así reza la expresión, y lo que los números están cantando estos días es una endecha larga, dilatada. El cerco se estrecha, como si el escenario de «Casa tomada» de Cortázar fuera ahora toda una ciudad. Raro es el día en que un mensaje de correo no habla de algún familiar o amigo infectado, o con neumonía, o directamente en la UCI. Por no hablar de la llamada de teléfono en la que un amigo te confiesa que ha «pasado» el virus, pero que no ha dado señales por no molestar (el exceso de discreción está sobrevalorado, definitivamente). Toca uno madera y siente –al menos aquí en Madrid– esa cercanía amenazadora de la pandemia, la paciencia maliciosa con que se infiltra en todos los órdenes de la vida. Y es una cercanía perfectamente capaz de «secar la savia de las venas, ajando / el gusto natural y la dicha espontánea / del corazón», como decía Yeats. Siento el apuro casi vergonzante de estar escribiendo estas palabras cuando lo importante sucede fuera, justo donde no podemos estar o se nos impide la acción. Y confieso que no pude evitar sentirme señalado por una frase del último artículo de Enrique Vila-Matas, en el que se preguntaba por «la causa de esa propensión a tirar tanto el tiempo y a malgastarlo encima en una gran cantidad de ocupaciones tontas, como, por ejemplo, llevar una bitácora-tostón de nuestro confinamiento». Alguien dirá que me estoy haciendo de rogar, pero no es eso, me parece, sino que la frase de Vila-Matas activó una incomodidad, un acceso de pudor, que está ahí latente y puede saltar en cualquier momento. Pues sí, es verdad: a quién se le ocurre. Aunque tal vez la frase, más que un reproche, sea la confesión de una impotencia. Qué otra cosa podemos hacer. Si lo nuestro es la palabra, habrán de ser las palabras –que nunca son solamente palabras, sino que remiten a realidades concretas, humildes, que están a la mano, y también a ideas y emociones compartibles– las que arrojen algo de luz y nos hagan compañía cuando hace falta. Aunque el resultado sea un «tostón», como prevé con cierto facilismo Vila-Matas (sí, ya lo sabemos, no es nada nuevo, la mediocridad abunda mucho más que la excelencia). Entretanto, los días van pasando y la necesidad de hablar, de hablarnos –aunque sea a nosotros mismos–, se impone. Ese trasiego.


Me acuerdo de un ciclista francés de mi infancia que se llamaba Raymond Poulidor. Poulidor, que por cierto murió hace pocos meses, pasó a la historia como el eterno segundón, ya que terminó el Tour de Francia en el segundo puesto en tres ocasiones (y en tercer lugar otras cinco; tuvo la desgracia de coincidir con dos grandes, Jacques Anquetil y «el caníbal» Eddy Merckx). Se hizo tan célebre que incluso mi madre, poco adepta a las noticias deportivas, hablaba de él con una mezcla característica de lástima y devoción. Y si me acuerdo de él ahora es porque una vez más me siento el Poulidor del Scrabble. No veo la manera de ganar, y menos cuando compito con Marta. Su técnica parece sencilla, pero lleva detrás muchos años de experiencia. Consiste en sacarle el máximo partido a las letras de que dispone: no hay rendija en el tablero, por pequeña que sea, donde no sea capaz de deslizar una letra –vocal o consonante– capaz de sumar puntos en dos direcciones. Es la técnica poética por excelencia: brevedad y condensación, síntesis y buena puntería. Es también un poco ratonera, desde luego, pero con un resultado demoledor. Yo, por el contrario, tiendo a ser narrativo: se me ocurren palabras muy vistosas, sí, pero ninguna definitiva. Y cometo el error capital de abrir el tablero a los demás jugadores. De nada sirve sumar puntos con regularidad si se descuidan los flancos. Eso sí, Poulidor me miraría con orgullo. Ni siquiera me queda el recurso de la contrarreloj final –quiero decir, de un pleno de última hora– para recuperar los segundos perdidos…

martes, marzo 31, 2020

cuaderno del encierro / 14

martes, 30 de marzo

Algunas de las cosas que haré cuando acabe la cuarentena (no necesariamente en este orden):

Ir al peluquero.

Frecuentar al sauce del Parque del Oeste en cuyo tronco, hace dos veranos, vi ascender en forma de anillos los reflejos del sol en el arroyo.

Pedir una copa de vino blanco bien frío en una terraza de las Vistillas.

Bajar a Gijón y abrazar a mi madre y ver el mar.

Dar mis clases en el Hotel Kafka y dejarme invitar por mis queridos Olga Muñoz y Juan Hermoso, que solo comparten lo mejor.

Bajar a Cádiz y visitar la Torre Tavira y ver el mar.

Saludar a la estatua del poeta Carlos Edmundo de Ory.

Saludar a las encinas y los algarrobos de la Casa de Campo.

Comprar libros. Muchos.

Descansar.

Bajar al puente del monumento a Goya y ver pasar los trenes de cercanías que van al norte atestados de viajeros.

Abrir la botella de Glenfiddich Select Cask que compré hace dos meses en el aeropuerto de Heathrow.

Darme de baja del servicio de notificaciones de Idealista.

Enmarcar una pequeña postal pintada que me envió Melquiades Álvarez la pasada primavera y que ahora preside mi escritorio.

No quejarme cuando la afluencia de gente en la oficina de correos de Martín de los Heros sea excesiva.

Echar de menos el círculo perfecto de setas que vi una mañana fresca de julio mientras volvía con Layla del Puente de los Franceses.

Visitar a Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre para estudiar con ellos los ritmos sibilinos y los arcanos léxicos de Saint-John Perse.

Seguir mirando a los gatos del patio interior.

Pasar una tarde charlando con mi amigo Luis Burgos en su galería.

Dar mi taller de lectura en la librería Alberti y tomar el camino más largo para volver a casa.

Corregir mi afición al cine catastrofista.

Seguir jugando al Scrabble, manque pierda.

Seguir mirando con recelo a la policía.

Abrir, por fin, los Cuadernos de Emil Cioran.

Como el Miguelito de Mafalda, darme el gusto de quedarme un día en casa porque yo quiero, no porque me obliguen.

Volver sobre esta lista y darle al menos dos vueltas por semana.



De camino al supermercado de la calle Quintana (unos setecientos metros), he visto: tres ambulancias del SAMUR, una ambulancia privada, tres patrullas de la policía municipal (dos de ellas apostadas a la salida del pequeño túnel que va de Bailén a Irún), dos coches de la policía nacional y un furgón con todas las luces encendidas. También a dos muchachas gitanas vadeando el parque entre risas, ajenas a todo (para ellas no hay confinamiento que valga). La estridencia de sus voces. Su ropa de punto, sucia y multicolor. Y me ha parecido que hasta la lluvia –fría, desapacible– les daba un respiro y se negaba a mojarlas.

lunes, marzo 30, 2020

cuaderno del encierro / 13

lunes, 30 de marzo

Cambio de hora. Ayer fue la primera sesión de aplausos a cara descubierta, sin la penumbra que oscurecía ventanas y balcones. La luz de las lámparas no creaba claroscuros ni distorsiones. Estuvo bien eso de vernos los unos a los otros, aunque fuera en la distancia. Sin controles ni revistas militares. Solo la alegría de aplaudir y saludarnos mutuamente. Y esta vez, por suerte, sin música radiada.


La vigilancia sube un grado: ahora la policía que patrulla el parque va de incógnito. Me lo dijo Marta esta mañana, en el desayuno, y confieso que no la creí: «Ya está la gente con sus rumores –dije–. Ni que fuéramos delincuentes…». Qué ingenuidad la mía. Media hora más tarde estaba en el parque con Layla, abrigado hasta el cuello y haciendo mi ronda habitual (un circuito de veinte minutos a paso vivo), cuando un coche oscuro, de alta gama, se paró a mi altura. Pensé que era un conductor de Cabify que estaba perdido, así que yo también me detuve. Pero no era ningún taxista, sino un policía de paisano que en rápida sucesión me preguntó que adónde iba, dónde vivía y qué hacía en aquella parte del parque… a cien metros de mi casa. Casi no tuve tiempo de pedirle que se identificara. Sacó la placa de mala gana, me amenazó con la multa de rigor y me mandó de vuelta a mi cubil. Todo en medio minuto y sin contemplaciones (es lo que tiene la práctica). Quise pensar que era un joven con ínfulas que aprovechaba el camino a la comisaría para predicar su evangelio, pero no: era demasiado coche para él, y esa calle en particular no coge de paso ni lleva a ningún sitio. Así que van a ser ciertos los rumores. Policías de paisano. Qué honor. Ni siquiera los muchachos que se han pasado el invierno trapicheando delante de nuestra ventana han despertado tanto interés.


«Paralizada toda la actividad no esencial», decía ayer el titular de El País con una foto velada de la Gran Vía que parecía un cuadro de Antonio López. Presuntamente, la que quedó paralizada con la declaración del estado de alarma hace dos semanas era todavía menos esencial, como la capa de espuma que decora el café. Y pienso, no por primera vez, en la naturaleza de mi trabajo, del trabajo que desempeñan muchos de mis colegas que siguen editando, ilustrando, maquetando, traduciendo… Aquí no se ha parado nada: sigo con mi traducción de Plath, con la entrevista a Ana Blandiana que me encargó Turia, con la revisión textual de los libros de Vallejo y Saint-John Perse para Galaxia Gutenberg (que a saber cuándo saldrán). Por no hablar de estas notas, que nadie me ha pedido, pero que han ido cobrando vida propia y tienen ya su espacio-tiempo particular en mi rutina. Nuestra labor, lo sabemos muy bien, no es esencial: no cuida al enfermo ni repone los supermercados ni surte de electricidad los hogares. Está fuera de los circuitos de la necesidad inmediata y el gran mundo puede pasarse muy bien sin ella, al menos por un tiempo. Pero tampoco, por lo visto, es no esencial, o no al modo que estipula el BOE. Así vivimos, sustraídos al control de las máquinas de fichar y los horarios programados. Es todo lateral y furtivo, como si este cristal que me separa del frío fuera la ventanilla de un tren que se desplaza a su ritmo, en su propio vial, y que está exento de respetar (durante la travesía, al menos) las señales y semáforos de las demás vías. Así pagamos –se dice– tener una vocación, hacer lo que nos gusta. Veremos qué pasa al llegar a destino. De momento, ni esenciales ni no esenciales sino todo lo contrario. En otro lugar, siempre.

domingo, marzo 29, 2020

cuaderno del encierro / 12

domingo, 29 de marzo

El escritor Ernesto Hernández Busto se hace eco –es un comentario de Facebook– «de la abundancia de los pájaros, fuera y dentro de tus diarios» y me recuerda un hermoso verso de Emily Dickinson: «‘Hope’ is the thing with feathers». Literalmente, «‘Esperanza’ es la cosa con plumas», aunque una traducción mejor o más musical sería tal vez: «‘Esperanza’ es aquello que tiene plumas». Así empieza el poema 314 según la edición de R. W. Franklin (la más reciente). Lo releo como si hablara con un viejo amigo. Y me veo traduciéndolo casi sin darme cuenta. Es una versión utilitaria, para salir del paso, pero me basta:

«Esperanza» es aquello que tiene plumas –
Y se posa en el alma –
Que entona una canción sin las palabras –
Y no cesa – jamás –

Y más dulce – en el Temporal – se oye –
Que amarga fuera la tormenta –
Capaz de acobardar al Pajarillo
Que a tantos dio calor –

Lo he oído en la tierra más glacial –
Y el más ignoto Mar –
Sin embargo – jamás – en ningún Trance
Una miga siquiera – me pidió.

«Amarga» es la tormenta, en efecto. Pero el quid del poema está en el verso final, en esa «esperanza» en forma de «Pajarillo» («little Bird») que no pide nada, que no exige alimento, que solo necesita cantar y ser oído, pues «no cesa – jamás». Tampoco es mala cosa buscar ayuda en la poesía de Emily Dickinson, que algo sabía de encierros y confinamientos. Y tengo la sensación de que estos versos se han deslizado hasta mi mesa como aquellas labores de punto que ella dejaba a la puerta de su dormitorio, en el descansillo, para que su familia o sus vecinos las recogieran.


A cada semana sus renuncias. Al principio eran los bulos, los memes idiotas, los mensajes de voz de WhatsApp que no hacían sino transmitir inquietud y tontería. Ahora son las noticias mismas, o mejor dicho su exceso, porque ni siquiera los medios «serios» son capaces de ponerse de acuerdo y enlazan artículos y reportajes y columnas de opinión en una carrera constante –y apabullante– por estar a la última. El hecho de que la pandemia se halle en etapas distintas en los países de nuestro entorno hace que las novedades se solapen o que veamos repetido en otro país lo que ya hemos vivido en el nuestro. Y sucede que el virus lo ocupa todo. Como la actividad social ha quedado reducida a su mínima expresión y la vida que llevamos en nuestros hogares carece de interés o picos de conflicto, solo se habla del virus; solo se puede hablar de él, porque hasta sus efectos –ya sean remotos o inmediatos– llevan su apellido. Solo él tiene derecho a ocurrir. Voy leyendo y tratando de concertar lo que dicen unos y otros y rara vez lo consigo: lo único seguro, al parecer, es que la «distancia social» y el confinamiento son la mejor manera de derrotar al virus, pero tampoco hay consenso sobre el grado de encierro ideal. Por no hablar de las voces, en la prensa angloamericana (siempre tan economicista, tan obscenamente pragmática), que sopesan los pros y los contras de la paralización laboral. La suma de este exceso de datos y palabras me sume en el desconcierto. Peor, en el agobio. Así que he decidido medirme y racionar la lectura on-line, el visionado de los telediarios, esa compulsión que me llevaba de un lado a otro con el hocico en la pantalla. He recuperado el placer y la calma –la cordura– de la lectura en papel: a diferencia de su versión digital, el diario impreso sigue un orden, está paginado, estructurado, es un corte en el tiempo que se mantiene estable durante veinticuatro horas. Y deja claro que en estas circunstancias la exigencia de las cabeceras de actualizarse cada poco es, o puede ser, contraproducente: obra en oposición misma a la necesidad de información, de chismorreo útil, que nos permite actuar o tomar un rumbo deseable. Aunque, bien pensado, tampoco es que tengamos mucha libertad de acción. Solo se nos pide obedecer.

sábado, marzo 28, 2020

cuaderno del encierro / 11

sábado, 28 de marzo

Los vecinos del tercero B pisan con garbo, pisan con fuerza. Bajan las persianas de un tirón y cierran las puertas sin freno, acostarse para ellos es un largo y dilatado proceso en el que todo es sometido a revisión y no queda un ruido por hacer: voces, el runrún de un electrodoméstico que no logro identificar, una puerta corredera, pasos como de fiera enjaulada, el chorro generoso de algún grifo. Parece improbable que hayan adquirido esta destreza en apenas dos semanas de encierro, por lo que debo concluir que ya actuaban así antes y que soy yo, somos nosotros, los que hemos desarrollado una sensibilidad especial hacia su mundo, algo así como un oído vulcaniano capaz de sintonizar cualquier frecuencia de onda. Gracias al silencio, la casa ha recuperado su condición de cosa viva. Gracias al confinamiento, techos, paredes, caños y bajantes son ahora el tejido orgánico del animal que nos guarda, como la ballena de Jonás. Solo que la ballena es también un gran barco de madera que no para de crujir y acomodarse. Tumbado en la cama, escucho el ruido del agua en las tuberías y hasta creo adivinar el eco de una cisterna dos pisos más arriba. El libro abierto me pesa en el pecho, pero espero a que los sentidos regresen de sus inspecciones nocturnas para dejarlo en el suelo y apagar la luz. Cor meum vigilat.


El parlamento de las aves está en su apogeo. La sesión de hoy fue particularmente variada y musical, con abundancia de mirlos, jilgueros y gorriones, quizá también alguna tórtola. No tengo el ojo bien entrenado y me cuesta verlas entre las ramas más espesas (ayer Paula grabó a un pájaro carpintero «atacando» un tronco desde varios frentes: no es una visión habitual, al menos en este parque, y de hecho no aparece entre los pájaros listados por las guías, aunque su picoteo me es familiar de mis visitas a la Casa de Campo). Las únicas excepciones son las cotorras, tan ruidosas y pendencieras como siempre. Tan fuera de lugar, en realidad. Esta mañana dos ejemplares saltaron bruscamente de una rama sin dejar de chillar y picotearse entre ellos. De la trifulca salió asustada una paloma que andaba por ahí y no las vio venir. Y eso que es difícil no verlas… ni oírlas, como a mis vecinos del tercero B. Así lo contaba el poeta José Luis Zerón en un mensaje de hace días: «Vivo muy cerca de los últimos reductos de la huerta de Orihuela, y con el trasiego cotidiano apenas distinguía el canto del mirlo y por las noches el del alcaraván. Ahora oigo con nitidez el canto de la calandria, del verdecillo, del jilguero, del verderón y del petirrojo, más el grito brujil de las garzas». Me encantó la enumeración de José Luis, su gusto visible por unos nombres casi tan sonoros como las aves que designan. Sí, este silencio nos ha devuelto el canto de los pájaros. Y pienso –pero no sé si es pronto para decirlo– que ojalá nos devolviera también el sonido entero de algunas palabras, su sentido, las ganas y el placer y hasta el asombro de decirlas.


«A Madrid en Madrid buscas, ¡oh confinado!, / y en la misma Madrid a Madrid no la hallas…». Se puede decir así, a la manera de Quevedo y Du Bellay (y convirtiendo los endecasílabos originales en alejandrinos algo forzados), o como ha hecho Paula este mediodía al salir al balcón y ver la calle desierta: Echo de menos Madrid


Me instalo en la mesa del comedor y empiezo a escribir y responder mensajes de correo electrónico mientras vigilo el horno. Me gusta esta convivencia de escritura y cocina, este levantarme cada poco para ver cómo va el asado y comprobar que no se seca. Aprovecho cada interrupción para pensar de nuevo una palabra, el ritmo de una frase, un giro verbal. Mi forma de cuidar la carne es acercarme al horno, abrir la puerta y verter medio vaso de vino blanco. Mi forma de cuidar la escritura es salirme de ella y pensarla desde lejos. Mientras tanto, el comedor se va llenando de olores: limón, vino, aceite, romero y tomillo, la piel que se dora sin prisa y el jugo que se escurre en la fuente. Todo es cuestión de no despistarse y medir los tiempos. Así también estos días.